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DISPAROS EN LA OSCURIDAD

Fabrizio Mejía Madrid  

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Fragmento



Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Madrid, 21 de julio, 1977

Ciudad de México, 22 de julio, 1977

Ciudad de México, 23 de julio, 1977

Ciudad de México, domingo 24 de julio, 1977

Puebla, 25 de julio, 1977

Puebla, 26 de julio, 1977

Cuernavaca, 1 de agosto, 1977

Cuernavaca, 6 de agosto, 1977

Cuernavaca, 3 de agosto, 1977

Cuernavaca, 4 de agosto, 1977

Cuernavaca, 13 de julio, 1977

Ciudad de México, 19 de agosto, 1977

Ajijic, Jalisco, 31 de agosto, 1977

Ajijic, Jalisco, 4 de septiembre, 1977

Ciudad de México, 5 de septiembre, 1977

Acapulco, 15 de septiembre, 1977

Libros consultados

Créditos

Grupo Santillana

El poder tiene la facultad de atemorizar a quienes se apoderan
de él por métodos espurios, antes incluso de aterrorizar a
quienes en principio debieran estar destinados a sufrirlo.

Guglielmo Ferrero.

Los genios invisibles de la ciudad, 1942.

Madrid, 21 de julio, 1977

Durante los primeros veinte días de julio de 1977 las cortinas de la habitación 137 del Hotel Ritz de Madrid permanecieron cerradas. Adentro, en la oscuridad, el ex presidente de México, Gustavo Díaz Ordaz, ahoga sus gritos contra una almohada. La luz le duele, se queja. Como lo había hecho el 15 de abril de 1969: tras la matanza del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas, le operan el ojo derecho por desprendimiento de retina. Es un presidente que se queda ciego tras la matanza de estudiantes que ordenó. No puede ver y cuando lo logra, las imágenes lo confunden.

Hace una semana, temprano por la mañana, se asomó por última vez a la ventana del Hotel Ritz para mirar a un grupo de gente que lo saludaba desde la explanada, alrededor de la fuente. Sonrió con todos los dientes, con esa cara cerrada a todo lo que da para abarcar la boca, las encías, el gesto de una puerta que nunca se abrió. Traía los lentes en la mano, un ojo vendado. Mientras se calzaba los anteojos, subió el brazo para saludar a los entusiastas, sólo para descubrir que llevaban una manta con la palabra: “asesino”.

Detiene la mano en el aire y le pide un revólver a su guardaespaldas, el mayor Luis Bellato.

—Cierra esas cortinas. Me duele la luz —le ordena. Camina encorvado, como en medio de un tiroteo imaginario, y se resguarda recargando la espalda en el colchón, como si se tratara de una trinchera. Sentado en la alfombra de espaldas a la ventana, suda a mares. Con la pistola entre las piernas, se quita los lentes, se talla con cuidado el ojo detrás de la gasa, y asegura:

—Quieren entrar al hotel para matarme, Luis. Tienes que evitarlo. Necesitamos traer acá un batallón del rey, le tengo que decir que no podemos estar expuestos de esa manera a los asesinos.

El mayor Bellato, como siempre, asiente.

Gustavo Díaz Ordaz también mandó correr las cortinas tres meses antes cuando volvió a la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. Era un martes 12 de abril de 1977 y llegó vestido de gris rata, el cabello cano, al Salón Magno de la Secretaría de Relaciones Exteriores. La ventana daba a la misma plaza en la que, por sus órdenes, habían muerto tres centenares de estudiantes, obreros, niños, edecanes de la Olimpiada que se inauguraba sólo diez dias después: “Todo es posible en la paz”. Él no quiso mirar la plaza de nuevo y ordenó cerrar las persianas. Santiago Roel, el secretario, lo presentó ante la prensa que encendió sus luces en la penumbra, como “nuestro dilecto nuevo embajador en España”. Díaz Ordaz era ese nuevo embajador de México tr

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