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DIVAS REBELDES

Cristina Morató  

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Fragmento

Morir por amor

Soy muy tímida. Nunca me atrevo a mostrar lo que siento por la gente. Me toman por una diva orgullosa e indiferente. Y entonces, aún me encierro más en mí misma.

MARIA CALLAS

«Me pregunto si llegaré a ser algún día feliz o si me pasaré el resto de mi vida luchando por sobrevivir, aunque sobrevivo fabulosamente, no quiero quejarme. Preferiría esperar lo peor y tener lo mejor. Francamente, durante nueve años pensé que lo tendría, y descubrí… ¿Cómo puede ser un hombre tan falso?… Oh, no, ya he tenido suficientes altibajos. Al diablo con todo. Pero ¿y la noche? ¿Qué pasa cuando cierras la puerta de tu dormitorio y estás totalmente sola?…» Quien así hablaba era la gran Maria Callas que por primera y última vez abría su corazón a un periodista amigo, el crítico musical John Ardoin. Corría el año 1968 y la famosa soprano asistía impotente al fin de su sonado romance con el único hombre al que había amado de verdad, Aristóteles Onassis. Apenas unos días atrás paseaba de la mano del armador griego por la isla privada de Skorpios, y ahora, triste y amargada, contemplaba cómo su amante negociaba su boda con Jackie Kennedy, la viuda del presidente estadounidense.

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La historia de Maria Callas, la mayor diva de la ópera del siglo XX, fue tan trágica y apasionada como la de las heroínas que encarnó en los mejores teatros líricos del mundo. Nadie como ella —que vivió en carne propia los celos, el rechazo, el amor intenso, la culpa y el abandono— pudo meterse en la piel de una Norma, una Lucia o una Violeta, de manera tan sublime y dramática. La Callas fascinó al mundo porque representó a través de sus colosales personajes femeninos su propia vida marcada por el sufrimiento y las frustraciones.

El público que durante diez años —entre 1949 y 1959— la veneró como a una diosa, contempló con tristeza cómo su vida privada se convertía en un espectáculo mediático. La prensa rosa encontró un filón en aquella cantante poco atractiva y obesa, transformada por arte de magia en una mujer escultural y deslumbrante que cautivó a uno de los hombres más poderosos del mundo. Cuando su romance con el multimillonario griego saltó a las portadas de las revistas, sus seguidores olvidaron su fulgurante carrera artística y comenzaron a juzgarla sin piedad. Perseguida por los paparazzi, traicionada por su mezquino marido y agente Battista Meneghini, la Callas se refugió en los brazos de Onassis cuando su carrera estaba prácticamente terminada. «No quiero cantar, quiero vivir», repetiría una y otra vez. Y a sus treinta y seis años, libre al fin de ataduras y compromisos, se alejó de los escenarios que la habían encumbrado a la gloria para vivir como una reina un exilio menos dorado de lo que imaginó.

Su turbulenta relación con Onassis, sus abruptas cancelaciones de actuaciones y berrinches, las frecuentes ocasiones en que abandonó el escenario en plena función, sus altercados con empresarios y directores de teatro, sus enfermedades y su temprana muerte —relacionada con el abuso de somníferos— forman parte de su leyenda. Los que admiraban e idolatraban a la estrella nunca le perdonaron que acabara desperdiciando su talento y perdiendo la voz. Su dramático final, sola y atrapada en sus recuerdos, estuvo a la altura de las tragedias griegas que la convirtieron en un mito. «Hay gente que ha nacido para ser feliz y gente que ha nacido para ser infeliz. Simplemente no he tenido suerte en el amor. Muchas veces me pregunto: ¿por qué?», confesaba poco antes de morir en su apartamento parisino con la única compañía de sus sirvientes.

UNA INFANCIA ROBADA

El 2 de diciembre de 1923, cuando Maria vino al mundo en un hospital de la Quinta Avenida de Manhattan, en Nueva York, su madre, Evangelia, sintió una gran decepción. Estaba convencida de que traía al mundo a un niño —en aquel mismo año había fallecido, a la edad de tres años, su único hijo varón— y cuando la enfermera le mostró a aquella pequeña risueña, de casi cinco kilos de peso, morena y mofletuda, la rechazó. Durante cuatro días no quiso acercarse a ella e incluso se negó a darle un nombre. La relación entre la gran diva de la ópera y su madre sería, hasta el final de sus días, tan fría y conflictiva como lo fue en sus primeros meses de vida.

Evangelia Dimitriadis ya era una mujer triste y amargada antes de que su hija naciera. Pertenecía a una familia de la alta burguesía griega, y se enorgullecía de estar emparentada con destacados hombres de la política, oficiales de rango, músicos y poetas. Su padre, el general Petros Dimitriadis, era un veterano militar que tenía un gran talento musical y le apodaban el «comandante cantante». Amante de la ópera, transmitió a sus once hijos su amor por la música, y muy especialmente a la más pequeña, Evangelia, su predilecta. Pero Litza —como él la llamaba— aunque soñaba con ser actriz o cantante no tenía ni voz ni talento dramático. A los diecisiete años renunciaría a sus sueños adolescentes y buscaría un marido. El elegido fue un prometedor y atractivo farmacéutico, George Kalogeropoulos, quince años mayor que ella. Aunque todos parecían encantados con la elección de la joven, Petros, que conocía bien a su hija, le aconsejó que no se casara con un hombre tan distinto de ella. Pero Litza ya había tomado una decisión y no estaba dispuesta a cambiar de planes. El general moriría dos semanas antes de la boda, que se celebró de manera discreta en una iglesia ortodoxa de Atenas.

Tras el enlace, la pareja se estableció en Meligala, ciudad natal del marido. En esta pequeña localidad del Peloponeso, George abrió una farmacia que les daría dinero y prestigio social. Evangelia pronto descubriría que su vida de casada no iba a ser lo que esperaba. Acostumbrada a vivir en la capital, rodeada de gente refinada y cultivada, esa polvorienta y tranquila ciudad de provincias le ofrecía pocos alicientes. A los pocos meses se arrepentiría de haberse casado con aquel boticario, a quien no le interesaba, como a ella, el arte ni la música clásica, y mucho menos aún el lujo y la vida social. Es cierto que, a falta de competencia, George Kalogeropoulos acabó siendo uno de los hombres más ricos del pueblo y pudo comprarse una de las mejores casas de Meligana. Pero tal como le pronosticó su padre, un año después de su boda, su matrimonio estaba roto.

En 1917 nació en Atenas la primera hija del matrimonio Kalogeropoulos, Cynthia —llamada por todos Jackie—, y tres años más tarde llegaba al mundo un varón rubio y de ojos azules como los de la madre al que llamaron Vasily. Evangelia, ante el vacío que sentía en su matrimonio —y harta de soportar los devaneos amorosos de su esposo— volcó toda su atención en aquel niño que con sólo tres años de edad ya mostraba predisposición para la música y tocaba algunas canciones infantiles al piano. Pero la trágica muerte del pequeño en el verano de 1922, a causa de una meningitis, provocó entre ellos un mayor distanciamiento. Evangelia cayó en una profunda depresión y se volvió una mujer atormentada y de carácter muy inestable.

Fue en ese instante tan doloroso de sus vidas, cuando George le comunicó a su esposa que había vendido la farmacia y que pronto se irían a Estados Unidos, donde podría ganarse bien la vida. Evangelia, embarazada de cinco meses, no dio crédito a la inesperada noticia. Se negaba a aceptar que quisiera sacrificarlo todo para irse a vivir a un país lejano, cuyo idioma desconocían —ninguno de los dos hablaba inglés— y alejarse de sus familias y de sus amigos. Sus lágrimas y reproches no harían cambiar de idea a su marido, que estaba dispuesto a comenzar una nueva y próspera vida en aquella tierra de promisión.

A principios de agosto de 1923, la familia Kalogeropoulos llegaba al puerto de Nueva York donde los esperaba el doctor Leonidas Lantzounis, un amigo de George de los tiempos de la universidad. Este cirujano ortopédico que había emigrado a Nueva York el año anterior, ayudaría a los recién llegados a instalarse en la ciudad. Con el paso del tiempo el doctor Lantzounis, padrino de Maria, sería uno de los hombres que más querría y ayudaría a la cantante a lo largo de su vida. Leo —como ella le llamaba cariñosamente—, buen amigo y confidente, mediaría en los interminables conflictos entre la diva y su madre. Maria, ya convertida en una estrella del bel canto, reconocía haber recibido de su padrino todo el afecto y el apoyo que nunca tuvo de su familia. En una de las muchas cartas que le escribió a su padrino, la Callas le abre su corazón y le confiesa con tristeza: «…Te quiero y te admiro Noné [padrino en griego] y eres para mí como parte de mi sangre. Es extraño notar cómo los parentescos que nos unen a nuestros consanguíneos no son realmente importantes. Los míos me han dado sólo infelicidad».

La colonia griega asentada en Nueva York recibió a sus nuevos miembros con los brazos abiertos, y pronto a Evangelia su nueva vida no le pareció tan terrible como imaginaba. La familia se instaló en el barrio de Queens, donde residía la mayor parte de los inmigrantes griegos. Cuatro meses después de su llegada, en la fría noche del 2 de diciembre, Evangelia daría a luz a su hija en un hospital de la Quinta Avenida. Como esperaba un varón tuvo que improvisar un nombre y la llamó Maria. A los tres años de edad la pequeña sería bautizada como Cecilia Sophia Anna Maria Kalogeopoulos. Al poco de nacer su segunda hija, y tras obtener la nacionalidad estadounidense, su padre cambiaría el apellido Kalogeropoulos por el de Callas. George, que por entonces ya podía ejercer su profesión, compró una farmacia en la esquina de la calle Treinta y ocho y la Octava Avenida en Manhattan; la familia viviría en un modesto piso encima de la tienda hasta que pudieran mudarse a un lugar más confortable.

Evangelia volcó todas sus frustraciones en sus dos hijas a las que impuso su amor por la música. Cuando Maria tenía apenas cinco años, su madre descubrió que aquella niña mofletuda y miope tenía una maravillosa voz. Entonces compró una pianola y empezó a enseñar a sus hijas canciones griegas y estadounidenses; más adelante trajo a casa un gramófono en el que Maria iba a escuchar sus primeras óperas de Bellini y de Verdi. Ya en su madurez y convertida en una estrella, la Callas confesaría: «Mi madre decidió que yo estaba preparada para cantar aunque entonces sólo tuviera cuatro años, y yo lo detestaba. Es por este motivo que siempre he tenido una relación de amor y de odio con el bel canto».

Maria creció falta de cariño y marcada por las desavenencias de sus padres. «Yo no tuve infancia —diría más tarde—, mi madre no me comprendía y mi padre estaba casi siempre ausente y no me podía ayudar.» Era una niña introvertida y acomplejada ante la belleza de su hermana, que apenas tenía amigos y pasaba muchas horas sola en su casa. Evangelia siempre prestó más atención a su hija Jackie —seis años mayor—, una muchacha atractiva, rubia y esbelta, en la que depositó todas sus esperanzas de ascender socialmente gracias a un buen matrimonio. Con Maria se mostraba distante y exigente, imponiéndole una férrea disciplina más propia de una institutriz. Las dos hermanas, entonces muy bien avenidas, se reconfortaban mutuamente y trataban de sobrellevar los bruscos cambios de humor de una madre propensa a las depresiones.

Cuando en 1929 la grave crisis económica golpeó a la sociedad estadounidense, el padre de Maria se vio obligado a vender su negocio y tuvo que regresar a su antigua ocupación de representante de farmacia. Por entonces las desavenencias del matrimonio eran insalvables. George, que pasaba mucho tiempo lejos de casa debido a su nueva ocupación, inició una relación con Alexandra Papajohn, una joven de origen griego hija de unos amigos de la familia. Evangelia, que siempre estuvo al tanto de las infidelidades de su marido, estaba al límite de la desesperación. Se habían visto obligados a mudarse de casa y ahora vivían en un pequeño apartamento sin ascensor, a un paso del barrio negro de Harlem, uno de los más pobres de la ciudad. La única esperanza de la señora Callas era que Maria obtuviera el graduado escolar y regresar con sus dos hijas a Grecia donde podrían recibir una sólida formación musical.

Al cumplir los diez años, Maria empezó a recibir una rigurosa educación musical que le impediría disfrutar de una infancia como la de otros niños de su edad. A Evangelia no parecía importarle en absoluto la opinión de su hija, para quien la música entonces no era más que un divertido pasatiempo. Tampoco le inquietaba que a la pequeña le aterrorizara actuar en público y hacer el ridículo en un escenario. Acomplejada por su peso odiaba mirarse al espejo y sin embargo su madre la obligaba a exhibirse. Esta inseguridad se mantendría a lo largo de su vida y al convertirse en una estrella Maria inventaría el personaje de la gran diva Callas para esconderse tras él como una máscara.

La madre de Maria, una mujer de ambición ilimitada, había decidido explotar a su «niña prodigio» y en los meses siguientes la llevaría de audición en audición para intentar lanzarla al estrellato. Para la pequeña comenzaba una época muy dura, sometida a las continuas presiones de su madre y a un trabajo agotador marcado por las clases y los ensayos. Evangelia la acompañaba al piano y la obligaba a forzar la voz con piezas clásicas demasiado difíciles para su edad. La Callas siempre lamentó en público haber perdido su infancia: «Efectivamente yo poseía una gran voz, y mi madre me empujó a hacer una carrera musical. Yo también fui considerada una niña prodigio. Viendo las cosas como me han ido, no me puedo quejar. Pero debería existir una ley que prohibiera que una responsabilidad tan grande recayera sobre un niño tan pequeño. Siempre se priva a los niños prodigio de una verdadera infancia. Yo no recuerdo ningún juguete —ni siquiera una muñeca o un juego preferido—, sólo las arias que me hacían ensayar, en ocasiones hasta el agotamiento, para que pudiera lucirme en la fiesta de fin de curso del colegio».

A pesar de que Maria comenzó su educación musical sin demasiado entusiasmo —por entonces quería ser dentista— poco a poco mostró un gran interés por la música. Se dio cuenta de que aunque no era atractiva, gracias a su magnífica voz conseguía el cariño y la admiración de la gente. En ese instante su vida dio un profundo cambio, descubrió que ya no tenía sentido intentar ser como su hermana, sino que debía sacrificarse por llegar a ser alguien en el mundo artístico. Dejó de preocuparse por su aspecto físico, y se centró en lo único en lo que su hermana Jackie jamás podría vencerla: en el canto.

Cuando en enero de 1937 la señora Callas le dijo a su esposo que regresaba a Grecia con sus hijas, éste intentó sin éxito que Maria se quedara con él. Evangelia deseaba lanzar a su niña prodigio en su país natal y contaba con la generosidad de sus parientes para costear las clases de música. Le prometió que volverían a final del verano o a más tardar en Navidades. George aceptó enviarle ciento veinticinco dólares al mes para su manutención, la mitad de su exiguo salario. Las niñas siempre pensaron que aquélla iba a ser una separación temporal, pero la cantante —que físicamente se parecía mucho a su padre y estaba muy unida a él— tardaría ocho años en volver a verlo.

La vuelta a casa no fue tan fácil como Evangelia creía. Al llegar a Atenas se instalaron con la abuela materna que ahora residía en una modesta vivienda de apenas tres exiguas habitaciones. Tras catorce años de ausencia, pudo constatar que la familia Dimitriadis ya no nadaba en la abundancia y su prestigio social no era el de antaño. Al poco tiempo de llegar y tras una intensa ronda de visitas a la familia y a los amigos, la señora Callas tuvo claro que nadie la ayudaría a financiar las carreras musicales de sus hijas. Durante ocho años madre e hijas se verían atrapadas en un país sometido al dolor y las penurias de la Segunda Guerra Mundial, y más tarde a la guerra civil griega.

Sus problemas económicos se agravaron cuando a los dos meses de su llegada, su esposo George contrajo una neumonía y perdió su trabajo. Ya no podía enviarles dinero desde Estados Unidos y le pidió a Evangelia que regresaran a Nueva York. La madre de Maria no tenía ninguna intención de abandonar su país, y consiguieron salir adelante gracias al modesto salario que Jackie obtenía trabajando como secretaria, y a la ayuda de sus parientes. La familia se pudo mudar a un apartamento más amplio que Evangelia decoró con los escasos muebles que tenía. Maria, que no disponía de calefacción en su habitación, se ponía guantes y un grueso abrigo para estudiar durante la noche.

A Maria, Grecia le parecía un país pobre y atrasado, que no se correspondía en nada con las descripciones idílicas a las que la tenía acostumbrada su madre. Se sentía una intrusa entre su propia familia —sus primas la apodaban «la yanqui»— y añoraba mucho a su padre. Evangelia continuaba reprochando a su marido todas las incomodidades que sufrían y nunca le enseñaba a Maria las cartas donde éste le rogaba que volvieran a casa. La joven Callas, sin apenas tiempo para poder adaptarse a su nueva vida, y creyendo que su padre ya no la quería, se vio inmersa en un ritmo frenético de audiciones, recitales y actuaciones en los lugares más pintorescos. Aceptó con resignación las exigencias y humillaciones de su madre, y empezó a odiar que a todas horas le pidieran que «cantara algo».

A principios de septiembre de 1937, Evangelia descubrió que, con trece años, su hija era demasiado joven para matricularse en el Conservatorio de Atenas, el mejor del país. Sin embargo, consiguió una audición para su hija en el Conservatorio Nacional, considerado el segundo en categoría. Falsificó la edad de Maria, diciendo que tenía dieciséis años, algo que nadie dudó dada su corpulencia y altura. La audición ante Maria Trivella, una de las mejores profesoras de canto de la capital, no pudo ir mejor. La joven consiguió una beca para estudiar con la señora Trivella, quien se mostró entusiasmada ante las posibilidades vocales y la madurez interpretativa de su nueva pupila. Comenzaba para ella una época de arduo trabajo y mucho sacrificio personal.

Los días transcurrían entre cursos de voz, de arte dramático, de historia de la ópera, de piano, clases de dicción en francés y en italiano. No tenía amigas de su edad porque apenas disponía de tiempo libre y hablaba mal el griego. Su educación musical se convirtió en su prioridad, y a la vez en una obsesión. Trabajaba hasta el agotamiento —doce o catorce horas seguidas—, y su único aliciente entonces era la comida, algo poco beneficioso para su salud y para su imagen. Maria seguía siendo una muchacha de aspecto desgarbado y torpe, con gruesas gafas y excesivo peso. Su madre, en lugar de cuidar la dieta de su hija, le ofrecía grandes cantidades de comida como premio a tanto sacrificio. A sus catorce años —y en una época en que muy poco se sabía de esta enfermedad— la cantante padecía bulimia, un desorden alimentario causado por una preocupación excesiva por el peso corporal y el aspecto físico.

En aquel verano de 1939, su hermana Jackie se comprometía con el heredero de una importante familia de navieros, Miltos Embiricos. La joven había renunciado a una prometedora carrera musical por casarse con un buen partido. Evangelia se mostraba satisfecha porque había conseguido «colocar» a una de sus hijas y, de paso, ascender socialmente. Pero las cosas no iban a ser tan fáciles y Jackie pasaría de ser su prometida a su eterna amante. La adinerada familia Embiricos se opondría al matrimonio de su hijo con una muchacha de origen modesto y dudosa moralidad. A Maria la noticia del compromiso de su hermana no le sentó muy bien pues, a pesar de los celos y las desavenencias, seguía muy unida a ella. Sólo un tiempo más tarde descubriría las verdaderas razones por las que Jackie Callas no llegó a casarse con su prometido.

A final de año, Maria obtuvo su anhelada plaza en el prestigioso Conservatorio de Atenas tras una audición con una mujer que impulsaría definitivamente su carrera e influiría como nadie en su transformación, Elvira Hidalgo. Esta famosa soprano española, que había cantado en los más importantes teatros de ópera del mundo como La Scala de Milán o el Covent Garden de Londres, se quedó atrapada en Grecia cuando estalló la Guerra Civil española. Perteneciente a la alta sociedad, Elvira no sólo era una prestigiosa profesora del conservatorio sino una mujer culta y estilosa, muy bien relacionada en el mundo artístico.

El primer encuentro entre Elvira y su futura pupila no pudo ser más descorazonador para ambas. La Hidalgo se encontró frente a una adolescente descuidada, con el rostro cubierto por el acné y unas gruesas gafas, que a sus quince años pesaba noventa kilos, y no paraba de morderse las uñas a causa de los nervios. Le parecía ridículo que aquella joven quisiera ser cantante, pero cuando la escuchó al instante supo que sería una extraordinaria intérprete. «Su técnica vocal estaba lejos de ser perfecta pero su voz poseía un sentido dramático innato, un sentido de la musicalidad y una individualidad que me emocionaron. Derramé un par de lágrimas y me di la vuelta para que ella no me viera. Enseguida supe que sería su profesora y cuando miré en sus magníficos ojos, me dije que a pesar de todo lo demás, era muy bella», recordaría Elvira Hidalgo a propósito de aquella primera audición.

A partir de ese instante, la señora Hidalgo pasó a ser la profesora, la amiga y la mentora de Maria, al igual que lo fuera su primera maestra Trivella. El día que la Callas falleció en su piso de París, la fotografía de su admirada mentora ocupaba un lugar destacado entre sus recuerdos. En una ocasión la soprano diría: «Debo toda mi preparación y mi formación artística, escénica y musical a esta ilustre artista española». Elvira no sólo se ocuparía de la voz de Maria sino también insistiría en su aspecto físico, hasta el punto de amenazarla con dejar de darle clases si no adelgazaba y cuidaba más su imagen. «Una futura prima donna debe ser elegante tanto por su voz como por su físico», le recordaría en una ocasión.

Nadie había captado las auténticas cualidades de la voz de Maria Callas hasta que Elvira Hidalgo entró en su vida. Trivella la había considerado una mezzosoprano, pero ella la ayudaría a alcanzar las notas más altas de las sopranos. Y de la mano de la que sería su primer «pigmalión», la joven comenzó con entusiasmo una nueva etapa, un período de intensa formación que abarcaba de las diez de la mañana a las ocho de la noche. Sólo vivía para la música y poco a poco el trabajo de Elvira sobre Maria se fue dejando ver. A medida que pasaban los meses se sentía mejor consigo misma, y el sentimiento de soledad que siempre la invadía comenzó a disiparse. Aprendió a vestirse con trajes que disimulaban su obesidad, a andar con elegancia, a moverse con naturalidad sobre el escenario y a cuidar cada uno de sus gestos.

El 28 de octubre de 1940, Grecia entraba en una guerra que había querido evitar a toda costa. El ejército de Mussolini había invadido Albania y cuando las tropas italianas pretendieron cruzar la frontera griega, el país se movilizó y obligó a los hombres del Duce a retroceder. Las penurias de la guerra llegaron de manera casi imprevista al país donde Maria Callas se preparaba para debutar en el Teatro Lírico Nacional de Atenas interpretando un pequeño papel en la opereta Boccaccio, de Suppé. El reconocimiento del público fue unánime y por primera vez se sintió una cantante profesional y no una simple aficionada. Toda su familia asistió orgullosa al estreno, aplaudiéndola en primera fila. El éxito de aquella noche inolvidable la ayudaría a madurar y sentirse más segura de sí misma. El arduo trabajo junto a Elvira había dado al fin sus frutos.

La vida de Evangelia y sus hijas no se vio muy afectada en los primeros meses de la contienda, pero lo peor estaba por llegar. El 27 de abril de 1941, tras la huida del rey Jorge y su familia a Egipto, Grecia cayó en manos de los alemanes. Algunas semanas después, la cruz gamada ondeaba en lo alto de la Acrópolis, y los griegos comenzaron a vivir el horror que ya sufrían millones de personas en Europa. Los víveres empezaron a escasear, los servicios públicos estaban en manos del ejército invasor y se impuso el toque de queda desde media tarde. Pero los nazis no iban a conseguir que Maria interrumpiera su trabajo y cada mañana caminaba sola hasta la casa de la señora Hidalgo donde permanecía todo el día. Regresaba al anochecer tras los agotadores ensayos, a veces desafiando el toque de queda y con el riesgo de ser detenida por alguna patrulla alemana.

A pesar de la ocupación, la situación de Maria y de su madre no era del todo mala ya que Miltos Embiricos, el rico prometido de su hermana Jackie, les conseguía ropa de abrigo y víveres. La hermana de Maria, en sus reveladoras memorias publicadas en 1989, confesaba que la razón por la que durante la guerra nunca les faltó comida ni dinero, era un secreto bien guardado por su madre. Cuando Evangelia se enteró de que Jackie se había comprometido con el rico heredero no dudó en entrevistarse con él para ofrecerle un trato: si las ayudaba económicamente, ella permitiría que su hija Jackie fuera su amante. Aquel acuerdo acabaría con las esperanzas de que un día Jackie pudiera convertirse en su esposa. Cuando un año más tarde Maria, que siempre pensó que era su padre quien las ayudaba económicamente, descubrió la verdad, odió aún más a su madre.

Maria nunca olvidaría el invierno de 1941, cuando una ola de frío invadió la ciudad causando muchas bajas, y había que ir caminando hasta las montañas para comprar alimentos en el mercado negro. «La ocupación de Atenas fue el período más doloroso de mi vida. Recuerdo muy bien el invierno de 1941, el invierno más frío que haya padecido jamás, durante el cual nevó por primera vez en más de veinte años. Durante todo el verano siguiente, comí tomates y coles que conseguía tras caminar durante kilómetros y suplicar a los granjeros que me dieran algunas verduras», contaría la Callas años más tarde. Maria tampoco olvidaría los sufrimientos que padecieron durante la ocupación alemana. Años de hambre, pobreza y mucho miedo que la marcarían para siempre.

En aquellos días dramáticos, Maria supo que Elvira le había conseguido un puesto en la Ópera de Atenas. Tenía sólo diecisiete años y el hecho de haber entrado por la puerta grande gracias a las influencias de su maestra, la convirtieron en el blanco de las envidias de sus compañeros. Maria, que había comenzado a sentirse segura y a perder el miedo a los demás, se volvió de nuevo desconfiada y se encerró en sí misma. En el verano de 1942, cuando los alemanes permitieron que se reanudara en Atenas la vida cultural, tuvo la oportunidad de interpretar un papel que marcaría su lanzamiento. En la Ópera de Atenas se iba a representar Tosca y al caer enferma la protagonista le ofrecieron sustituirla. Maria, apenas una adolescente, salió al escenario y triunfó cantando en griego junto al tenor más famoso del país: Antonio Dhellentas. Un mes después lo haría en italiano. En una Grecia desgarrada por la guerra, aquella muchacha hasta entonces casi desconocida había conseguido, una vez más, ganarse el respeto unánime del público.

A partir de su primera representación de Tosca como suplente, Maria fue considerada una de las mejores cantantes de ópera del país. Hacía ocho años que había abandonado Estados Unidos —siendo la única de la familia que tenía la nacionalidad estadounidense— y aunque en Grecia era una celebridad, deseaba regresar a ese país y reunirse con su padre. Los alemanes habían abandonado Atenas y tras un período de euforia, el país se vio inmerso en una sangrienta guerra civil. La situación era aún más delicada que durante la guerra mundial y Maria, cuyo contrato en la Ópera de Atenas había finalizado, tenía muy pocas posibilidades de continuar su ascendente carrera. A punto de cumplir los veintiún años, y cuando menos lo esperaba, recibió una carta de George Callas dirigida a ella. Era el 5 de diciembre de 1944 y dentro del sobre su padre le metió cien dólares como regalo de cumpleaños. La cantante estaba convencida de que tras sus éxitos en Grecia, en Nueva York se le abrirían muchas puertas, incluidas las del mítico Metropolitan Opera House.

HA NACIDO UNA ESTRELLA

El 14 de septiembre de 1945, la joven soprano zarpaba en el vapor Stockholm rumbo a Estados Unidos. Viajaba con cien dólares en el bolsillo, ligera de equipaje y sin saber la dirección exacta donde vivía su padre. Evangelia, furiosa ante la «traición» de su hija, se negó a facilitarle ninguna información sobre el paradero de sus familiares al otro lado del Atlántico. De ahí la emoción cuando desembarcó en el muelle de Nueva York y reconoció a George entre la multitud. Su padre se había enterado de su llegada por casualidad leyendo las páginas del periódico de la colonia griega donde se publicaban las listas de pasajeros de los barcos procedentes de Grecia. Maria ya tenía un sitio donde vivir: el pequeño apartamento de Washington Heights, en el mismo barrio en el que habían residido años atrás.

Tras la euforia inicial por reencontrarse con su padre, Maria descubrió que éste vivía con su antigua amante Alexandra Papajohn. Aunque comprendía que Evangelia le había abandonado ocho años atrás, le costaba compartir el afecto de su padre por quien sentía una oculta adoración. Alexandra, una mujer soltera de cuarenta años, discreta y sencilla —con la que George acabaría casándose en 1964 tras obtener el divorcio de su mujer— decidió que mientras Maria viviera en la casa ella se mudaría a la de sus padres para no interferir entre ellos.

Los primeros meses en Nueva York fueron para Maria como unas cortas vacaciones tras años de duro trabajo y privaciones en Grecia. Le gustaba pasear por las calles de esa ciudad próspera y dinámica, mientras no dejaba de comer hamburguesas y perritos calientes por lo que seguía ganando peso. Pronto tuvo que renovar todo su vestuario, pero además necesitaba un piano, contratar un profesor de canto y un agente artístico. Soñaba con independizarse y encontrar un pequeño apartamento en un barrio más elegante. Como su padre no podía ayudarla en sus gastos personales, recurrió a su padrino, el doctor Lantzounis, quien le prestó dinero y le permitió ensayar en su elegante casa de East Side en Manhattan.

El anhelado triunfo de Maria en Estados Unidos no iba a ser fácil ni mucho menos inmediato. Durante semanas visitó a los mejores agentes y empresarios sin demasiado éxito. Cuando les mostraba las reseñas y las buenas críticas de sus actuaciones en Grecia se encontraba con un problema insalvable: ninguno de los agentes hablaba griego, así que era como si su glorioso pasado no hubiera existido. Por fortuna, seis meses después de su llegada conseguiría una audición con el gerente del prestigioso Metropolitan. Tras cantar la «Casta Diva», el señor Edward Johnson le ofreció a aquella joven de veintidós años para él desconocida, los papeles principales de dos óperas: Madame Butterfly y Fidelio. Para su sorpresa, la respuesta de la Callas fue un no rotundo. Maria quería triunfar en ese templo de la ópera pero se negaba a hacer el ridículo. No quiso arriesgarse a interpretar Fidelio en inglés, y tampoco a encarnar a una delicada muchacha japonesa, siendo ella entonces una mujer robusta de noventa kilos de peso.

Aunque sus amigos pusieron el grito en el cielo al conocer su negativa a actuar en el Metropolitan, la cantante muy altiva, diría: «Idiotas, un día el Met vendrá a suplicarme de rodillas que cante». El ego de la Callas había crecido con sus tempranos éxitos en Grecia y cuando, tras una audición celebrada ante el director de la Ópera de San Francisco, éste le comentó que se marchara a Italia para formarse y que luego la contrataría, ella le respondió: «Gracias, pero cuando yo haya hecho carrera en Italia, ya no le necesitaré para nada». Estaba convencida de que había tomado la decisión adecuada —y el tiempo le daría la razón—, pero por el momento se acababa de cerrar las puertas de las dos compañías de ópera más importantes de Estados Unidos.

Poco antes de las Navidades de 1946, Evangelia desembarcaba en Nueva York donde la esperaban Maria y su esposo George al que hacía nueve años que no veía. En un vano intento por reconciliar a sus padres, la cantante le había pagado el pasaje a su madre para que se reuniera con ellos. El reencuentro entre la pareja no fue como Maria imaginó. Cuando su madre descubrió que George mantenía una relación con su antigua amante Alexandra, se puso furiosa. A partir de ese momento la vida familiar sería un auténtico infierno. Maria, que en su ingenuidad había intentado salvar el matrimonio de sus padres, se encontraba de nuevo controlada por su posesiva madre y en medio de sus continuas disputas.

Por fortuna en aquellos días la Callas conoció al famoso tenor italiano Giovanni Zenatello, director artístico del Festival de Verona quien se encontraba en Nueva York buscando una soprano para una nueva producción de la ópera La Gioconda. Por mediación de su amiga la cantante Nicola Rossi-Lemeni, consiguió una audición en el apartamento de Zenatello donde el veterano tenor se quedó prendado de la voz de Maria. Sin dejar que finalizara su monólogo, la contrató convencido de que era lo que andaba buscando. Para Maria aquélla era su gran oportunidad de debutar en Italia con un papel a su medida y la posibilidad de alejarse de sus padres, cuya relación era cada día más tormentosa.

La carrera de Maria Callas comenzaría con buenos augurios en Italia, a donde llegó el 27 de junio dispuesta a triunfar en el prestigioso Festival de Verona. Con sólo veintitrés años actuaría en un anfiteatro ante veinticinco mil personas bajo la batuta de Tulio Serafin, antiguo director del Metropolitan, considerado «el gran maestro en la dirección de óperas». Tras despedirse de sus padres, Maria partiría rumbo a Italia, donde su profesora y mentora Elvira Hidalgo había soñado con verla actuar un día. Nada más llegar a Verona comenzó a trabajar y ensayar con el maestro Serafin, quien enseguida reconoció el enorme talento de la joven, y se prestó a darle todo su apoyo.

Una noche, la Callas acudió a una cena donde conocería al hombre que acabaría siendo su esposo y agente artístico, Giovanni Battista Meneghini. Eran muchos los que no entendían qué vio la cantante en un hombre como él, calvo, grueso y mayor, a quien todos confundían con su padre. Este acaudalado industrial italiano dedicado al negocio de la construcción, soltero y treinta años mayor que Maria, pertenecía a una familia tradicional de la burguesía de Verona. Gran amante de la lírica, Meneghini era conocido en toda la ciudad como mentor y protector de cantantes primerizas y uno de los mecenas del Festival de la Arena de Verona. Maria desde el primer momento se sintió atraída por él: «Me pareció un hombre honesto y sincero, me gustó enseguida».

Al día siguiente, Battista invitó a Maria a visitar Venecia, ciudad próxima a Verona. Al parecer los dos se gustaron desde el primer instante, aunque entonces el físico de Maria tampoco era muy agraciado debido a su sobrepeso. En su controvertido libro autobiográfico titulado Mi mujer Maria Callas, Meneghini recordaba así aquel primer encuentro: «Me dio lástima. Tenía deformadas las extremidades inferiores. Los tobillos estaban tan hinchados que parecían pantorrillas. Se movía con torpeza y esfuerzo». A ella le atraían las buenas maneras y la esmerada educación de su anfitrión; desde un principio Battista —quizá por su edad— le hacía sentirse protegida y segura de sí misma. Por primera vez en su vida un hombre la trataba con respeto y admiración. Desde aquella romántica excursión a Venecia, se convirtió en su asiduo e inseparable acompañante. A lo largo de aquel verano de 1947, la relación entre ambos se fue estrechando y lo que empezó siendo sólo una buena amistad, acabó en un discreto romance.

El esperado debut de Maria Callas en Italia no fue como ella soñaba. Unos días antes del estreno de La Gioconda, y durante un ensayo general, la cantante sufrió un accidente. Como Maria era miope y no podía llevar gafas durante su actuación, había memorizado cada movimiento en el escenario. Pero ocurrió que al final del segundo acto, tropezó y se torció un tobillo. El público asistente al ensayo nunca repararía en la fatal caída de la soprano, quien aprovechó el incidente para imprimir aún más dramatismo a su personaje. El día del estreno, Maria Callas estuvo soberbia y actuó como si nada hubiera pasado; llevaba el tobillo vendado y soportó como pudo el intenso dolor. Aunque las críticas fueron buenas, no consiguió el anhelado reconocimiento internacional.

A sus veinticuatro años, Maria se había enamorado de un hombre al que eligió «como padre y compañero». En las cartas que enviaba a su madre y a su hermana Jackie les contaba cómo era su nuevo acompañante y lo atento que se mostraba con ella. El 18 de agosto tuvo lugar la última representación de la Callas en Verona y la cantante dudaba en regresar a Nueva York. No tenía ningún contrato en perspectiva —y apenas 240 dólares que había cobrado por las cuatro funciones en el festival— y la idea de regresar junto a sus padres no le resultaba nada atrayente. Fue entonces cuando Battista se ofreció a ser su mentor y a financiar todos los gastos de su estancia en Italia. Aunque sus más cercanos le aconsejaron que no pusiera su carrera artística en manos de un hombre que no era empresario del sector, ella estaba encantada de que su nuevo amor se ocupara de sus asuntos profesionales.

A mediados de octubre de 1947, la pareja abandonaba Verona para instalarse en Milán. El industrial —al que Maria llamaba cariñosamente Titta— se sentía presionado por su anciana madre que se oponía a su relación con «una mujer del teatro» demasiado joven para él. Además le echaba en cara que desatendiera el negocio familiar, del que vivían tanto ella como sus hermanos, por seguir a una artista. Sin embargo, Meneghini se volcó en la carrera de Maria desde el primer día que la oyó cantar, y dedicaría su tiempo y dinero a facilitarle los mejores maestros y audiciones. Con la ayuda del maestro Serafin, la joven soprano fue contratada para cantar el papel principal en la gran ópera dramática Tristán e Isolda de Wagner en la célebre La Fenice de Venecia. Tras su tormentoso debut en Verona, la Callas obtendría su primer gran éxito en Italia interpretando a Isolda, uno de los papeles más difíciles del bel canto.

A lo largo del siguiente año, con una voz y un registro incomparables, se enfrentaría a óperas de gran envergadura y dificultad en distintas ciudades italianas. La Callas no sólo era capaz de aprender un papel a una velocidad increíble, sino que a lo largo de toda su carrera se haría famosa por dominar todos los géneros y enfrentarse a óperas que llevaban, por su dificultad, mucho tiempo sin cantarse. En noviembre debutaría en Florencia con la Norma de Bellini, un papel que la marcaría de por vida. Nadie como ella fue capaz de afrontar un personaje de tanta complejidad y exigencia vocal con el dramatismo y la dignidad que ella le impuso. El papel de Norma —que llegaría a interpretar hasta ochenta veces— le reportaría alguno de los momentos más dulces de su carrera.

En aquellos meses de tanta presión, Maria pasaba de la euforia a la tristeza, y no dejaba de ganar peso. Se sentía desdichada porque Battista no le había pedido matrimonio, y en el plano profesional lamentaba que a estas alturas La Scala o el Covent Garden no la hubieran invitado a actuar. Pero las críticas eran cada vez mejores y su reputación iba en aumento. No fue hasta julio de 1948 cuando Maria se enteró de que la familia de Meneghini estaba cada vez más en su contra. La culpaban de haber acaparado por completo a Battista, que por ella había dejado de lado el negocio familiar, y no dudaban en acusarla de haber ido a Verona a «cazar» un hombre rico y bien relacionado en el mundo artístico. Por su parte Evangelia, que todavía no conocía a Battista, tampoco veía con buenos ojos que su hija se casara con un hombre que «parecía su padre».

A finales de marzo de 1949, Maria regresó a Verona para pasar unos días con Battista antes de emprender viaje a Buenos Aires donde comenzaría una gira que él le había organizado. En aquel año de grandes proyectos, tendría que separarse por primera vez de su prometido, algo que le desagradaba profundamente. Fue entonces, y de manera inesperada, cuando Battista Meneghini le pidió matrimonio, y ella aceptó al instante. El 21 de abril de 1949, Maria se convertía en su esposa aunque la boda no fue lo romántica que hubiera deseado. La Callas no era católica —estaba muy unida a la Iglesia ortodoxa griega— y el sacerdote los casó en la vieja sacristía que servía de almacén. La ceremonia se celebró en una pequeña iglesia de Verona y en presencia de sólo dos testigos. El esposo de Maria recordaba en sus memorias que se casaron a toda prisa «entre sillas rotas, estatuas sin cabeza, paños mortuorios polvorientos, palios y estandartes antiguos». La luna de miel tendría que aplazarse hasta que la cantante regresara de su gira argentina. Mientras, Meneghini la esperaría en Verona ocupado en encontrar y decorar una vivienda para ellos.

El 20 de mayo, Maria Callas actuaba por primera vez en el Teatro Colón de Buenos Aires, que a lo largo de su historia había acogido a las más grandes voces de la lírica. El público argentino se rindió ante su magnífica interpretación en la ópera Turandot y la crítica la elevó a la altura de una diosa. Pero a pesar de los éxitos que cosechaba en Argentina, Maria se sentía muy sola y echaba de menos a su esposo. Finalmente, el 9 de julio se reunió con él en Verona y pudo conocer el que sería su primer hogar estable, un luminoso y elegante ático en el centro de la ciudad. La Callas apenas tendría tiempo de disfrutar su flamante casa, pues a su regreso a Argentina los contratos se sucedieron sin interrupción y su vida transcurría de hotel en hotel. Se había convertido en una de las cantantes más prometedoras de la ópera mundial y en 1950 abría la temporada con Norma en Venecia.

Tras una agotadora gira por México donde fue recibida como una gran estrella, la soprano regresó a Italia. Durante la misma, Maria invitó a su madre a compartir con ella unos días en la capital mexicana. Evangelia, que llegó desde Nueva York donde seguía residiendo, fue tratada como una personalidad, agasajada por todos como si ella misma fuera una estrella. Ahora que estaba llegando a lo más alto de su popularidad, la Callas le quería demostrar a su madre que había conseguido triunfar sin su ayuda y tener su propia vida. De nuevo en su casa de Verona, la cantante decidió descansar tres meses junto a su esposo, quien no había podido acompañarla a México por estar muy ocupado en sus negocios. En aquellos días de reposo y escasa vida social, se preparó el papel protagonista de la ópera cómica Il turco in Italia, de Rossini, que le habían ofrecido a instancias del director Luchino Visconti.

Maria Callas era un «animal escénico», pero Visconti le ayudó a alcanzar su legendaria perfección dramática y a meterse de lleno en el alma de los personajes que encarnaba. El gran director italiano soñaba desde hacía tiempo con llevar una ópera a la escena. La primera vez que vio actuar a Maria en la Ópera de Roma fue en 1949 con Parsifal y se quedó tan impresionado que no se perdió ninguna de sus actuaciones. A partir de ese momento el director sólo pensó en trabajar junto a ella. Por su parte Maria admiraba la sensibilidad artística de este hombre de origen aristocrático, atractivo y culto, a quien solía visitar en su palacio de verano. La Callas y Visconti volverían a coincidir cuatro años más tarde en La Scala con dos óperas que pasarían a la historia, La Vestale y La Traviata. Luchino, que consideraba a Maria «un tipo de actriz dramática única y extraordinaria», la arropó en el escenario como nadie antes lo había hecho. Muy pocos sabían entonces que la cantante, a causa de su miopía, se movía por el escenario prácticamente ciega cuando se quitaba sus gruesas gafas. Maria aprendía siempre de memoria los pasos que tenía que dar, lo que le provocaba una indecisión en sus movimientos. Visconti consiguió darle tanta seguridad que nadie notaría en sus actuaciones este defecto que persistiría toda su vida.

Al finalizar aquel año de 1950, Maria estaba agotada y tuvo que suspender algunas de las representaciones previstas en Nápoles y en Roma. El matrimonio Meneghini había cambiado su residencia y ahora vivía en Milán, en un elegante piso en la via Buonarroti, conocido por su recargada decoración como «el palacio de la reina de La Scala». En aquel momento dulce de su vida, cuando tras años de esfuerzos Maria comenzaba a saborear las mieles del éxito, su madre seguía siendo un escollo para su felicidad. Evangelia había decidido regresar a Grecia para reunirse con su hija Jackie y dejar atrás un matrimonio que llevaba mucho tiempo roto. Resentida con su marido, pero también con Maria, le escribió a su hija una serie de cartas muy duras, llenas de reproches y acusaciones, que afectaron profundamente a la soprano.

En 1951, restablecida por completo de su agotamiento, la Callas hizo realidad su sueño: actuar en La Scala con un contrato fabuloso y como primera figura. El director del gran teatro lírico, su enemigo acérrimo Ghiringhelli, no tuvo más remedio que humillarse ante ella y recibirla como lo que era: la mejor cantante de ópera del mundo. A esta oferta le siguió otra del Covent Garden de Londres, donde debido a las malas gestiones de su esposo Meneghini, a punto estuvo de no cantar Norma. El recibimiento en ambos teatros no pudo ser más espectacular. El público se entregó entusiasmado y la crítica destacaba sus magníficas dotes vocales y su talento dramático. A sus veintiocho años, Maria Callas había logrado su sueño, trabajar en grandes producciones a las órdenes de los mejores directores musicales y escénicos del mundo, entre ellos, Leonard Bernstein, Herbert von Karajan, Visconti y Zeffirelli. Había llegado a Italia en 1947, con muy poco dinero en el bolsillo y siendo casi una desconocida. Cuatro años después, cobraba cerca de treinta mil dólares actuales por actuación y era considerada la más grande en el mundo de la ópera.

La Callas estaba en su mejor momento profesional y no se daba cuenta de que su esposo y agente controlaba absolutamente su carrera como había hecho en el pasado su madre. Sin consultarle nunca, se permitía el lujo de rechazar a su antojo excelentes ofertas y de pedir honorarios elevadísimos por sus actuaciones. La actitud avara de Meneghini —que no contaba con las simpatías de nadie— sería muy perjudicial para su carrera. Pero aún tendrían que pasar unos años para que su enamorada y confiada esposa descubriera qué se escondía detrás de aquel hombre, «educado y paternal», que no se separaba de ella.

En 1953, la voluminosa soprano sufrió una transformación que ya forma parte de su leyenda. La gran diva, que ahora se sentía observada por todo el mundo al convertirse en una estrella operística, comenzó a preocuparse seriamente por su físico y decidió adelgazar. Las jaquecas, mareos y estados de agotamiento que padecía habitualmente se debían a su exceso de peso. En los meses siguientes —y mientras perdía kilos— siguió cosechando éxitos de nuevo en La Scala de Milán, y en el Covent Garden donde representó Norma, Il Trovadore y Aida, resucitando el gusto por la ópera para el público inglés. Algunos biógrafos apuntan a que Callas se sometió a un drástico régimen para parecerse a la actriz Audrey Hepburn. Cuentan que un día Visconti, a quien Maria pedía siempre consejo, fue a visitarla a su casa. La cantante acababa de ver la película Vacaciones en Roma y encontró en la encantadora y estilosa protagonista su modelo.

—Luchino, ¿si tuviera el cuerpo de Audrey Hepburn sería bella? —le preguntó.

—Estarías demasiado delgada.

—Pero… ¿sería atractiva?

—Serías una Traviata más verídica, no olvides que murió consumida —le respondió el director.

Maria se tomó muy en serio las palabras de Visconti y en apenas dos años perdería treinta y cinco kilos. En una sesión de fotos, realizada en Nueva York en 1959 para su casa discográfica, posaría muy sofisticada imitando el estilo de su admirada Audrey en la película Desayuno con diamantes. Por aquella época se alimentaba casi exclusivamente de ensaladas y carne casi cruda, mientras continuaba con su apretada agenda. Debido a su estricto régimen, y su frenético ritmo de trabajo, se mostraba muy irritable y descontenta con todo. En menos de un año había perdido cerca de veintiocho kilos y en los escenarios se movía con naturalidad, sin fatigarse como antes. Algunos biógrafos y el propio Meneghi ni en sus memorias, apuntan a que la verdadera transformación de su esposa fue debida a un parásito intestinal —conocido como la solitaria— que la cantante pudo contraer a través de los alimentos. Ella en público nunca reconoció haber padecido esta enfermedad y achacaba su repentino cambio físico a una dieta milagrosa y la férrea disciplina que se había impuesto.

En octubre de 1954, Maria Callas, tras una primavera y un verano dedicada casi por entero a grabar discos de sus óperas más famosas, actuaba por primera vez en Estados Unidos. Cuando llegó al país para su debut en el Chicago Lyric, la prensa se quedó asombrada ante el aspecto casi irreconocible de la soprano. La «nueva» Callas era una mujer radiante y esbelta que lucía con clase elegantes vestidos entallados de Dior, Givenchy o Balmain. Se había convertido en una belleza de rasgos exóticos, de gran magnetismo y personalidad. Le gustaba cambiar el color de su cabello y lucir originales peinados. Ya no le importaba enseñar sus piernas y sus tobillos hinchados —que ninguna dieta consiguió cambiar—, de los que antaño se avergonzaba. Ahora usaba tacones de aguja que aún la hacían más alta y acudía a las fiestas con deslumbrantes vestidos de noche y luciendo joyas de esmeraldas y diamantes. En las fotografías que se conservan de aquellos años parece una glamurosa actriz de cine. Si Maria consiguió ser una estrella dentro y fuera de los escenarios, fue gracias a madame Biki, nieta de Puccini y una de las más importantes diseñadoras de moda de Milán. Ella —con la ayuda de su socio Alain Reynaud— se encargó de su imagen y la transformaría en la cantante estilosa y atractiva que seduciría al mundo entero.

La Callas era ya considerada por muchos una auténtica diva, algo que la halagaba especialmente pues ella misma pensaba que «una diva, además de cantar e interpretar, tiene que ser una diosa en la vida cotidiana». Gracias a su nuevo aspecto la soprano podía dar más veracidad a las heroínas que encarnaba e incluso en el segundo acto de la ópera Alceste en La Scala, tres hombres la izaron en lo alto, algo impensable cuando pesaba cien kilos. Sus profundos ojos negros bizantinos, sus cejas bien delineadas, sus labios carnosos y su nariz aguileña destacaban ahora en su rostro anguloso y lleno de fuerza. En su gira por Chicago debutó con Norma y el éxito fue apabullante. Los medios de comunicación seguían sus pasos a todas horas, y la artista sacaba tiempo para conceder entrevistas, y posar ...