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DIVAS REBELDES

Cristina Morató  

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Fragmento

Morir por amor

Soy muy tímida. Nunca me atrevo a mostrar lo que siento por la gente. Me toman por una diva orgullosa e indiferente. Y entonces, aún me encierro más en mí misma.

MARIA CALLAS

«Me pregunto si llegaré a ser algún día feliz o si me pasaré el resto de mi vida luchando por sobrevivir, aunque sobrevivo fabulosamente, no quiero quejarme. Preferiría esperar lo peor y tener lo mejor. Francamente, durante nueve años pensé que lo tendría, y descubrí… ¿Cómo puede ser un hombre tan falso?… Oh, no, ya he tenido suficientes altibajos. Al diablo con todo. Pero ¿y la noche? ¿Qué pasa cuando cierras la puerta de tu dormitorio y estás totalmente sola?…» Quien así hablaba era la gran Maria Callas que por primera y última vez abría su corazón a un periodista amigo, el crítico musical John Ardoin. Corría el año 1968 y la famosa soprano asistía impotente al fin de su sonado romance con el único hombre al que había amado de verdad, Aristóteles Onassis. Apenas unos días atrás paseaba de la mano del armador griego por la isla privada de Skorpios, y ahora, triste y amargada, contemplaba cómo su amante negociaba su boda con Jackie Kennedy, la viuda del presidente estadounidense.

La historia de Maria Callas, la mayor diva de la ópera del siglo XX, fue tan trágica y apasionada como la de las heroínas que encarnó en los mejores teatros líricos del mundo. Nadie como ella —que vivió en carne propia los celos, el rechazo, el amor intenso, la culpa y el abandono— pudo meterse en la piel de una Norma, una Lucia o una Violeta, de manera tan sublime y dramática. La Callas fascinó al mundo porque representó a través de sus colosales personajes femeninos su propia vida marcada por el sufrimiento y las frustraciones.

El público que durante diez años —entre 1949 y 1959— la veneró como a una diosa, contempló con tristeza cómo su vida privada se convertía en un espectáculo mediático. La prensa rosa encontró un filón en aquella cantante poco atractiva y obesa, transformada por arte de magia en una mujer escultural y deslumbrante que cautivó a uno de los hombres más poderosos del mundo. Cuando su romance con el multimillonario griego saltó a las portadas de las revistas, sus seguidores olvidaron su fulgurante carrera artística y comenzaron a juzgarla sin piedad. Perseguida por los paparazzi, traicionada por su mezquino marido y agente Battista Meneghini, la Callas se refugió en los brazos de Onassis cuando su carrera estaba prácticamente terminada. «No quiero cantar, quiero vivir», repetiría una y otra vez. Y a sus treinta y seis años, libre al fin de ataduras y compromisos, se alejó de los escenarios que la habían encumbrado a la gloria para vivir como una reina un exilio menos dorado de lo que imaginó.

Su turbulenta relación con Onassis, sus abruptas cancelaciones de actuaciones y berrinches, las frecuentes ocasiones en que abandonó el escenario en plena función, sus altercados con empresarios y directores de teatro, sus enfermedades y su temprana muerte —relacionada con el abuso de somníferos— forman parte de su leyenda. Los que admiraban e idolatraban a la estrella nunca le perdonaron que acabara desperdiciando su talento y perdiendo la voz. Su dramático final, sola y atrapada en sus recuerdos, estuvo a la altura de las tragedias griegas que la convirtieron en un mito. «Hay gente que ha nacido para ser feliz y gente que ha nacido para ser infeliz. Simplemente no he tenido suerte en el amor. Muchas veces me pregunto: ¿por qué?», confesaba poco antes de morir en su apartamento parisino con la única compañía de sus sirvientes.

UNA INFANCIA ROBADA

El 2 de diciembre de 1923, cuando Maria vino al mundo en un hospital de la Quinta Avenida de Manhattan, en Nueva York, su madre, Evangelia, sintió una gran decepción. Estaba convencida de que traía al mundo a un niño —en aquel mismo año había fallecido, a la edad de tres años, su único hijo varón— y cuando la enfermera le mostró a aquella pequeña risueña, de casi cinco kilos de peso, morena y mofletuda, la rechazó. Durante cuatro días no quiso acercarse a ella e incluso se negó a darle un nombre. La relación entre la gran diva de la ópera y su madre sería, hasta el final de sus días, tan fría y conflictiva como lo fue en sus primeros meses de vida.

Evangelia Dimitriadis ya era una mujer triste y amargada antes de que su hija naciera. Pertenecía a una familia de la alta burguesía griega, y se enorgullecía de estar emparentada con destacados hombres de la política, oficiales de rango, músicos y poetas. Su padre, el general Petros Dimitriadis, era un veterano militar que tenía un gran talento musical y le apodaban el «comandante cantante». Amante de la ópera, transmitió a sus once hijos su amor por la música, y muy especialmente a la más pequeña, Evangelia, su predilecta. Pero Litza —como él la llamaba— aunque soñaba con ser actriz o cantante no tenía ni voz ni talento dramático. A los diecisiete años renunciaría a sus sueños adolescentes y buscaría un marido. El elegido fue un prometedor y atractivo farmacéutico, George Kalogeropoulos, quince años mayor que ella. Aunque todos parecían encantados con la elección de la joven, Petros, que conocía bien a su hija, le aconsejó que no se casara con un hombre tan distinto de ella. Pero Litza ya había tomado una decisión y no estaba dispuesta a cambiar de planes. El general moriría dos semanas antes de la boda, que se celebró de manera discreta en una iglesia ortodoxa de Atenas.

Tras el enlace, la pareja se estableció en Meligala, ciudad natal del marido. En esta pequeña localidad del Peloponeso, George abrió una farmacia que les daría dinero y prestigio social. Evangelia pronto descubriría que su vida de casada no iba a ser lo que esperaba. Acostumbrada a vivir en la capital, rodeada de gente refinada y cultivada, esa polvorienta y tranquila ciudad de provincias le ofrecía pocos alicientes. A los pocos meses se arrepentiría de haberse casado con aquel boticario, a quien no le interesaba, como a ella, el arte ni la música clásica, y mucho menos aún el lujo y la vida social. Es cierto que, a falta de competencia, George Kalogeropoulos acabó siendo uno de los hombres más ricos del pueblo y pudo comprarse una de las mejores casas de Meligana. Pero tal como le pronosticó su padre, un año después de su boda, su matrimonio estaba roto.

En 1917 nació en Atenas la primera hija del matrimonio Kalogeropoulos, Cynthia —llamada por todos Jackie—, y tres años más tarde llegaba al mundo un varón rubio y de ojos azules como los de la madre al que llamaron Vasily. Evangelia, ante el vacío que sentía en su matrimonio —y harta de soportar los devaneos amorosos de su esposo— volcó toda su atención en aquel niño que con sólo tres años de edad ya mostraba predisposición para la música y tocaba algunas canciones infantiles al piano. Pero la trágica muerte del pequeño en el verano de 1922, a causa de una meningitis, provocó entre ellos un mayor distanciamiento. Evangelia cayó en una profunda depresión y se volvió una mujer atormentada y de carácter muy inestable.

Fue en ese instante tan doloroso de sus vidas, cuando George le comunicó a su esposa que había vendido la farmacia y que pronto se irían a Estados Unidos, donde podría ganarse bien la vida. Evangelia, embarazada de cinco meses, no dio crédito a la inesperada noticia. Se negaba a aceptar que quisiera sacrificarlo todo para irse a vivir a un país lejano, cuyo idioma desconocían —ninguno de los dos hablaba inglés— y alejarse de sus familias y de sus amigos. Sus lágrimas y reproches no harían cambiar de idea a su marido, que estaba dispuesto a comenzar una nueva y próspera vida en aquella tierra de promisión.

A principios de agosto de 1923, la familia Kalogeropoulos llegaba al puerto de Nueva York donde los esperaba el doctor Leonidas Lantzounis, un amigo de George de los tiempos de la universidad. Este cirujano ortopédico que había emigrado a Nueva York el año anterior, ayudaría a los recién llegados a instalarse en la ciudad. Con el paso del tiempo el doctor Lantzounis, padrino de Maria, sería uno de los hombres que más querría y ayudaría a la cantante a lo largo de su vida. Leo —como ella le llamaba cariñosamente—, buen amigo y confidente, mediaría en los interminables conflictos entre la diva y su madre. Maria, ya convertida en una estrella del bel canto, reconocía haber recibido de su padrino todo el afecto y el apoyo que nunca tuvo de su familia. En una de las muchas cartas que le escribió a su padrino, la Callas le abre su corazón y le confiesa con tristeza: «…Te quiero y te admiro Noné [padrino en griego] y eres para mí como parte de mi sangre. Es extraño notar cómo los parentescos que nos unen a nuestros consanguíneos no son realmente importantes. Los míos me han dado sólo infelicidad».

La colonia griega asentada en Nueva York recibió a sus nuevos miembros con los brazos abiertos, y pronto a Evangelia su nueva vida no le pareció tan terrible como imaginaba. La familia se instaló en el barrio de Queens, donde residía la mayor parte de los inmigrantes griegos. Cuatro meses después de su llegada, en la fría noche del 2 de diciembre, Evangelia daría a luz a su hija en un hospital de la Quinta Avenida. Como esperaba un varón tuvo que improvisar un nombre y la llamó Maria. A los tres años de edad la pequeña sería bautizada como Cecilia Sophia Anna Maria Kalogeopoulos. Al poco de nacer su segunda hija, y tras obtener la nacionalidad estadounidense, su padre cambiaría el apellido Kalogeropoulos por el de Callas. George, que por entonces ya podía ejercer su profesión, compró una farmacia en la esquina de la calle Treinta y ocho y la Octava Avenida en Manhattan; la familia viviría en un modesto piso encima de la tienda hasta que pudieran mudarse a un lugar más confortable.

Evangelia volcó todas sus frustraciones en sus dos hijas a las que impuso su amor por la música. Cuando Maria tenía apenas cinco años, su madre descubrió que aquella niña mofletuda y miope tenía una maravillosa voz. Entonces compró una pianola y empezó a enseñar a sus hijas canciones griegas y estadounidenses; más adelante trajo a casa un gramófono en el que Maria iba a escuchar sus primeras óperas de Bellini y de Verdi. Ya en su madurez y convertida en una estrella, la Callas confesaría: «Mi madre decidió que yo estaba preparada para cantar aunque entonces sólo tuviera cuatro años, y yo lo detestaba. Es por este motivo que siempre he tenido una relación de amor y de odio con el bel canto».

Maria creció falta de cariño y marcada por las desavenencias de sus padres. «Yo no tuve infancia —diría más tarde—, mi madre no me comprendía y mi padre estaba casi siempre ausente y no me podía ayudar.» Era una niña introvertida y acomplejada ante la belleza de su hermana, que apenas tenía amigos y pasaba muchas horas sola en su casa. Evangelia siempre prestó más atención a su hija Jackie —seis años mayor—, una muchacha atractiva, rubia y esbelta, en la que depositó todas sus esperanzas de ascender socialmente gracias a un buen matrimonio. Con Maria se mostraba distante y exigente, imponiéndole una férrea disciplina más propia de una institutriz. Las dos hermanas, entonces muy bien avenidas, se reconfortaban mutuamente y trataban de sobrellevar los bruscos cambios de humor de una madre propensa a las depresiones.

Cuando en 1929 la grave crisis económica golpeó a la sociedad estadounidense, el padre de Maria se vio obligado a vender su negocio y tuvo que regresar a su antigua ocupación de representante de farmacia. Por entonces las desavenencias del matrimonio eran insalvables. George, que pasaba mucho tiempo lejos de casa debido a su nueva ocupación, inició una relación con Alexandra Papajohn, una joven de origen griego hija de unos amigos de la familia. Evangelia, que siempre estuvo al tanto de las infidelidades de su marido, estaba al límite de la desesperación. Se habían visto obligados a mudarse de casa y ahora vivían en un pequeño apartamento sin ascensor, a un paso del barrio negro de Harlem, uno de los más pobres de la ciudad. La única esperanza de la señora Callas era que Maria obtuviera el graduado escolar y regresar con sus dos hijas a Grecia donde podrían recibir una sólida formación musical.

Al cumplir los diez años, Maria empezó a recibir una rigurosa educación musical que le impediría disfrutar de una infancia como la de otros niños de su edad. A Evangelia no parecía importarle en absoluto la opinión de su hija, para quien la música entonces no era más que un divertido pasatiempo. Tampoco le inquietaba que a la pequeña le aterrorizara actuar en público y hacer el ridículo en un escenario. Acomplejada por su peso odiaba mirarse al espejo y sin embargo su madre la obli

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