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EFECTOS SECUNDARIOS

Rosa Beltrán  

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Fragmento

Está la típica escena, en medio del salón atestado, cuando termina el espectáculo y la gente aplaude y luego se acerca a la mesa de los bocadillos a brindar con un vino por lo general bastante malo. Y la otra, la que más temo de este oficio. Que ocurrió hace unos días, dos para ser exacto. Un poco antes de abrir la sesión de preguntas, una mujer, muy molesta, se levantó y dijo: Mañana, en este lugar, piensan reunirse el presidente de su país y quienes pactan con el narcotráfico. Antes, se reunió con la guerrilla de Colombia. Si usted tuviera que estar ahí, sentado donde está, ¿qué les diría? Tras un primer momento de duda, el autor hizo ademán de tomar el micrófono, pero la mujer siguió: En mi familia han secuestrado a siete miembros, contando a mis padres, un hermano, un tío. Y usted, ¿ha vivido un secuestro? Dígame, ¿lo ha vivido? Siguió así por mucho tiempo, explicando su caso y preguntando, sin preguntar en realidad, qué solución podría haber a un problema de ese tipo hasta que, en un descuido, el autor, que había estado muy inquieto, estrujando el micrófono y mostrando distintos modos de atender, logró arrebatarle la palabra e insertó el siguiente clavo en la tabla de salvación: el diálogo. ¿El diálogo? La mujer se escandalizó, varias la secundaron. ¿Cómo el diálogo? Qué fácil es decir esto cuando no se ha vivido un secuestro en carne propia. Tenía unos cincuenta años, era muy delgada, transparente casi, la esposa de un industrial colombiano refugiada en México. Había venido a oír hablar a un escritor. Eso dijo. A vivir un momento en esa vida paralela para tener un poco de vida, oyendo a otro, pero la que hablaba era ella. No conocía a una persona que no hubiera sido secuestrada. Ninguna. Y no parecía haber solución. Te toman por sorpresa, piden un rescate impagable, amenazan a tu familia, te torturan, la familia entera se enferma. Es el síndrome del secuestro.

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