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EL DíA QUE NO FUE

Sandra Lorenzano  

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Fragmento

Dice el diccionario de la Academia:

miedo

Del lat. metus ‘temor’.

1. m. Angustia por un riesgo o daño real o imaginario.

2. m. Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.

“Algo contrario a lo que desea.” ¿Qué deseo? No el picahielos, ni las Converse que podrían aparecer una noche cualquiera en la escalera, ni el cuadro de Bacon: la carne. Un picahielos entrando en la carne. ¿Real o imaginario? Miedo. Pavor. Terror. El miedo se te instala bajo la piel, como hormigas que te van horadando. El pavor, el terror, son repentinos; aparecen y desaparecen. Como el pánico. El miedo, en cambio, se queda. Está. Es tu compañero cotidiano.

Pero las cosas pueden ser mucho más sencillas, o más arcaicas: “El mecanismo que desata el miedo se encuentra, tanto en personas como en animales, en el cerebro, concretamente en el cerebro reptiliano”. Paul MacLean propuso en su teoría evolutiva del cerebro triúnico que el cerebro humano es en realidad tres cerebros en uno: el reptiliano, el límbico y la neocorteza. No me pidan mucho más. Sólo quiero decir que me conmueve esta explicación del cerebro reptiliano: “MacLean ilustra esta función al sugerir que organiza los procesos involucrados en el regreso de las tortugas marinas al mismo lugar en el que han nacido”.

Las tortugas. Ulises. Yo misma. El cerebro de reptil da origen a la nostalgia porque ya no hay hogar al cual regresar. No leo más. La lagartija que hay en mí lagrimea al sol.

El lagarto está llorando.

La lagarta está llorando.

El lagarto y la lagarta

con delantalitos blancos.

Han perdido sin querer

su anillo de desposados.

¡Miradlos qué viejos son!

¡Qué viejos son los lagartos!

Mi madre me recitaba los poemas de Lorca. La nostalgia y el miedo se mezclan: soy una tortuga que no puede regresar.

Aquí están los amores, las complicidades, la memoria… pero también los fantasmas. De pronto el miedo y el desasosiego me recorren el espinazo. ¿Cuál es la historia que quiero contar? ¿La mía? ¿La nuestra? ¿La del amor y el desamor convertida en una herida que no deja de doler? Entiendo la furia, entiendo el enojo, incluso la tristeza. No entiendo la sordera ni el escarnio público. No entiendo la letra escarlata pintada con mi propia sangre. ¿Moriré en la hoguera, como las brujas? ¿Me arrancarán los ojos y la lengua? ¿Estará esperándome alguien cualquier noche en la puerta del departamento? Un picahielos es suficiente; preciso, certero, agudo. Por ¿quin

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