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EL DEMONIO Y LA SEñORITA PRYM (BIBLIOTECA PAULO COELHO)

Paulo Coelho  

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Fragmento

NOTA DEL AUTOR

La primera historia sobre la División nace en la antigua Persia: el dios del tiempo, después de haber creado el universo, se da cuenta de la armonía que tiene a su alrededor, pero siente que le falta algo muy importante: una compañía con quien disfrutar de toda aquella belleza.

Durante mil años, reza para conseguir un hijo. La historia no cuenta a quién se lo pide, ya que él es todopoderoso, señor único y supremo; a pesar de todo, reza y, al final, queda embarazado.

Cuando comprende que ha conseguido lo que quería, el dios del tiempo se arrepiente, consciente de que el equilibrio entre las cosas es muy frágil. Pero ya es demasiado tarde: el hijo ya está en camino. Lo único que consigue con su llanto es que la criatura que lleva en su vientre se divida en dos.

Cuenta la leyenda que de la oración del dios del tiempo nace el Bien (Ormuz), y de su arrepentimiento nace el Mal (Ahriman), dos hermanos gemelos.

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Preocupado, hace lo posible para que Ormuz salga primero de su vientre, controlando a su hermano, Ahriman, y evitando que cause problemas en el universo. Pero el Mal, inteligente y espabilado, da un empujón a Ormuz en el momento del parto y es el primero en ver la luz de las estrellas.

El dios del tiempo, desolado, decide crear aliados para Ormuz y entonces crea la raza humana, que luchará con él para dominar a Ahriman y evitar que se apodere del mundo.

En la leyenda persa, la raza humana nace como aliada del Bien y, según la tradición, al final vencerá. Siglos después, surge una versión opuesta, en la que el hombre es el instrumento del Mal.

Creo que todos ustedes ya saben de qué les estoy hablando: un hombre y una mujer están en el jardín del Paraíso, gozando de todas las delicias imaginables. Sólo se les ha prohibido una cosa: la pareja no puede conocer el significado de Bien y Mal. Dice el Señor Todopoderoso: «No comerás del árbol del bien y del mal» (Génesis, 2, 17).

Pero un buen día aparece la serpiente, que afirma que este conocimiento es más importante que el mismo Paraíso, y que ellos deben poseerlo. La mujer se niega a ello, diciendo que Dios los ha amenazado de muerte, pero la serpiente afirma que no les pasará nada, sino al contrario: el día en que sepan lo que es el Bien y el Mal, serán iguales a Dios.

Eva, convencida, come de la fruta prohibida y da una parte de ella a Adán. A partir de entonces, el equilibrio original del Paraíso queda destruido, y ambos son expulsados y maldecidos. Pero Dios pronuncia una frase enigmática que da toda la razón a la serpiente: «Hete aquí que el hombre se ha convertido en uno de nosotros, conocedor del Bien y del Mal.»

En este caso (al igual que en el del dios del tiempo, que reza pidiendo algo aunque sea el señor absoluto), la Biblia no explica con quién está hablando el Dios único, y —si él es único— ¿por qué dice «en uno de nosotros»?

Sea como fuere, desde sus orígenes, la raza humana está condenada a lidiar con la eterna División entre dos polos opuestos. Y así estamos nosotros, con las mismas dudas que nuestros antepasados; este libro tiene como objetivo abordar este tema utilizando, en algunos momentos de su trama, leyendas sobre este asunto, que han sido sembradas por los cuatro confines del mundo.

Con El Demonio y la señorita Prym concluyo la trilogía Y al séptimo día…, de la cual forman parte A orillas del río Piedra me senté y lloré (1994) y Veronika decide morir (1998). Los tres libros hablan de una semana en la vida de unas personas normales que, repentinamente, se ven enfrentadas al amor, a la muerte y al poder. Siempre he creído que las transformaciones más profundas, tanto en el ser humano como en la sociedad, tienen lugar en períodos de tiempo muy reducidos. Cuando menos lo esperamos, la vida nos coloca delante un desafío que pone a prueba nuestro coraje y nuestra voluntad de cambio; en ese momento, no sirve de nada fingir que no pasa nada, ni disculparnos diciendo que aún no estamos preparados.

El desafío no espera. La vida no mira hacia atrás. En una semana hay tiempo más que suficiente para decidir si aceptamos o no nuestro destino.

Buenos Aires, agosto de 2000.

Hacía casi quince años que la vieja Berta se sentaba todos los días delante de su puerta. Los habitantes de Viscos sabían que los ancianos suelen comportarse así: sueñan con el pasado y la juventud, contemplan un mundo del que ya no forman parte, buscan temas de conversación para hablar con los vecinos…

Pero Berta tenía un motivo para estar allí. Y su espera terminó aquella mañana, cuando vio al forastero subir por la escarpada cuesta y dirigirse lentamente en dirección al único hotel de la aldea. No era tal como se lo había imaginado tantas veces; sus ropas estaban gastadas por el uso, tenía el cabello más largo de lo normal e iba sin afeitar.

Pero llegaba con su acompañante: el Demonio.

«Mi marido tiene razón —se dijo a sí misma—. Si yo no estuviera aquí, nadie se habría dado cuenta.»

Era pésima para calcular edades, por eso estimó que tendría entre cuarenta y cincuenta años. «Un joven», pensó, utilizando ese baremo que sólo entienden los viejos. Se preguntó en silencio por cuánto tiempo se quedaría pero no llegó a ninguna conclusión; quizá poco tiempo, ya que sólo llevaba una pequeña mochila. Lo más probable era que sólo se quedase una noche, antes de seguir adelante, hacia un destino que ella no conocía ni le interesaba.

A pesar de ello, habían valido la pena todos los años que pasó sentada a la puerta de su casa esperando su llegada, porque le habían enseñado a contemplar la belleza de las montañas (nunca antes se fijó en ello, por el simple hecho de que había nacido allí y estaba acostumbrada al paisaje).

El hombre entró en el hotel, tal como era de esperar. Berta consideró la posibilidad de hablar con el cura acerca de aquella presencia ind ...