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EL IDIOTA. EDICIóN CONMEMORATIVA

Fiódor M. Dostoievski  

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Fragmento

1

A fines de noviembre, a las nueve de la mañana de un día de deshielo, el tren de Varsovia se acercaba a todo vapor a Petersburgo. Era tanta la humedad y la niebla, que a duras penas si la luz del día se abría paso; a diez pasos a derecha e izquierda de la vía era difícil distinguir nada desde las ventanillas. Entre los viajeros había quienes regresaban del extranjero, pero los vagones más llenos eran los de tercera, ocupados por gente modesta y que acudían de puntos cercanos a resolver sus asuntos en la capital. Todos, como es lógico, daban muestras de cansancio; después de la noche de viaje todos tenían los ojos pesados, todos estaban ateridos, sus caras eran de una palidez amarillenta a la luz que se filtraba a través de la niebla.

En un coche de tercera se habían despertado, al clarear el día, uno frente a otro, junto a la misma ventanilla, dos viajeros: ambos eran jóvenes, ambos con muy poco equipaje, modestamente vestidos, de caras bastante notables y que, en fin, deseaban entablar conversación. Si hubiesen sabido, el uno del otro, lo que en aquellos instantes los hacía particularmente notables, se habrían admirado, claro, de que el destino les hubiera puesto uno frente a otro en un vagón de tercera clase del tren de Varsovia-Petersburgo. Uno de ellos era más bien bajo, de unos veintisiete años, de pelo rizado y casi negro y de ojos grises y pequeños, pero que parecían dos ascuas. Su nariz era ancha y aplastada; su cara, de pómulos salientes; sus finos labios se desplegaban sin cesar en una sonrisa descarada, burlona y hasta maligna; pero su frente era alta y bien formada, lo que embellecía la parte inferior del rostro, de innoble trazo. Era particularmente notable en aquella cara la mortal palidez, que daba a toda la fisonomía del joven un aspecto de agotamiento, a pesar de su complexión, bastante fuerte, y, al mismo tiempo, algo apasionado, rayano con el dolor, que no armonizaba con la sonrisa descarada y grosera ni con la penetrante y satisfecha mirada. Iba bien abrigado, con un capotón negro de piel de cordero forrado de paño. Así, durante la noche no había pasado frío, mientras que el vecino había debido aguantar en su temblorosa espalda todas las delicias de la húmeda noche de noviembre rusa, para la que, al parecer, no estaba preparado. Este último llevaba un capote bastante amplio y grueso, sin mangas, con un capuchón enorme, exactamente igual que los que a menudo usan en invierno los viajeros lejos, en el extranjero, en Suiza o, por ejemplo, en el norte de Italia, sin pensar, se entiende, en una distancia tan larga como la que separa Eudkunen de Petersburgo. Pero lo que servía y satisfacía por completo en Italia, no resultaba del todo satisfactorio en Rusia. El propietario del capote del capuchón era un hombre joven, también de unos veintiséis o veintisiete años, de estatura algo superior a la media, pelo muy rubio y espeso, de mejillas hundidas y barbita recortada en punta, casi albina. Sus ojos eran grandes, azules, y miraban fijamente; esta mirada apacible, pero pesada, tenía la expresión que permite adivinar a primera vista a las personas aquejadas de epilepsia. Por lo demás, el rostro del joven era agradable, fino y delgado, aunque descolorido, y en aquellos instantes estaba amoratado por el frío. Llevaba en sus manos un hatillo de viejo satén desteñido, que, al parecer, constituía todo su equipaje. Calzaba unas botas de gruesa suela con polainas, lo que no era nada ruso. El vecino de pelo negro y capotón miraba todo esto, en parte porque no tenía otra cosa que hacer, hasta que, por fin, preguntó con el tono burlón y poco delicado en que a veces, sin cumplidos y miramientos, expresa la gente su satisfacción ante las desdichas del prójimo:

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—¿Tiene frío?

Y se encogió de hombros.

—Mucho — contestó el vecino con extraordinaria presteza—. Y fíjese que está deshelando. ¿Qué sería si helase? No podía pensar que aquí hiciese tanto frío. He perdido la costumbre.

—¿Viene del extranjero?
—Sí, de Suiza.
—¡Caramba! Hay que ver...

El del pelo negro lanzó un silbido y se echó a reír. Entablaron conversación. La prontitud con que el joven rubio del capote suizo respondía a todas las preguntas de su moreno vecino era asombrosa; no sospechaba en absoluto lo que en algunas de esas preguntas había de desenfado, falta de lugar e inconveniencia. Explicó, entre otras cosas, que, en efecto, llevaba mucho tiempo fuera de Rusia, cuatro años y pico; que había marchado al extranjero por motivos de salud, a causa de una extraña enfermedad nerviosa, algo parecido a la epilepsia o al baile de San Vito, que le producía temblores y convulsiones. Al escucharlo, el pelinegro sonrió varias veces. Le hizo reír en particular cuando a su pregunta de si le habían curado, el rubio contestó que no, no le habían curado.

—¡Je, je! Quiere decirse que ha gastado el dinero en balde. Y nosotros creemos en esa gente — observó en tono mordaz.

—¡Es la pura verdad! — terció en el diálogo un señor que ocupaba el asiento contiguo, mal vestido, con el aspecto de covachuelista, de unos cuarenta años, complexión fuerte, nariz colorada y cara salpicada de granos—. Es la pura verdad, se nos llevan de balde todas nuestras energías.

—En lo que a mí se refiere se equivoca — replicó el paciente suizo con voz apacible y conciliadora—. Claro que no puedo discutir porque no lo sé todo, pero mi médico me pagó el viaje con el último dinero que le quedaba, y antes me había mantenido casi dos años a sus expensas.

—¿Es que no había nadie que pagase? —

preguntó el pelinegro.

—No, el señor Pávlischev, que corría con mis gastos, se murió hace dos años. Escribí entonces a la generala Epánchina, parienta lejana mía, pero no recibí contestación. Esa es la causa de mi venida.

—¿Y adónde viene?
—¿Quiere decir que a casa de quién vengo?... La verdad es que no lo sé todavía.

—¿Aún no lo ha decidido?

Y ambos oyentes volvieron a soltar la risa.
—¿Es que no lleva más equipaje que ese hatillo? — preguntó el del pelo negro.

—Apuesto a que es así — insistió con aire de extraordinaria satisfacción el funcionario de la nariz colorada— y que no ha facturado nada aparte.

Y aunque la pobreza no es un vicio, es cosa que no puede por menos de saltar a la vista.

Resultó que era así: el joven rubio se apresuró a reconocerlo inmediatamente.

—Su hatillo, sin embargo, tiene cierta significación — prosiguió el funcionario cuando se hubieron hartado de reír (es de señalar que el propietario del hatillo empezó también a reírse al verlos, lo que aumentó todavía más la jovialidad de los otros)—. Y aunque se puede asegurar que en él no hay paquetes de monedas de oro extranjeras, de napoleones y federicos, ni siquiera de florines holandeses, cosa que también se puede deducir por las polainas y por sus botas extranjeras, si a su hatillo se añade una pariente como la generala Epánchina, entonces adquiere una significación distinta; se comprende, en el caso de que la generala Epánchina sea realmente pariente suya y usted no se haya equivocado por distracción... lo que es muy propio de personas que poseen... una imaginación excesiva.

—También ha vuelto a acertar — asintió el joven rubio—. Porque, en efecto, casi me he equivocado, quiero decir que casi no es realmente pariente mía. Hasta el extremo de que no extrañé lo más mínimo cuando no me contestaron. Así lo esperaba.

—Podía haberse ahorrado el dinero del franqueo. ¡Hum!... Al menos es usted sencillo y franco, lo que es de elogiar. ¡Hum!... Al general Epanchin lo conocemos en realidad porque todo el mundo lo conoce; y también conocemos al señor Pávlischev, el que sufragaba sus gastos en Suiza, si es que se trata de Nikolai Andréievich Pávlischev, porque eran dos primos. El otro sigue residiendo en Crimea. Nikolai Andréievich, el difunto, era un hombre honorable y con muy buenas relaciones, en otros tiempos poseía cuatro mil almas...

—Efectivamente, se llamaba Nikolai Andréievich — contestó el joven, quedándose mirando atentamente y con curiosidad al señor que todo lo sabía.

Estos señores sabelotodo suelen encontrarse y hasta bastante a menudo en cierto estrato social. Lo saben todo, toda la inquieta curiosidad de su mente y sus facultades tienden irresistiblemente hacia un punto, claro que a falta de más importantes aspiraciones e ideas en lo referente a la vida, como diría un pensador contemporáneo. Lo de que «lo saben todo» debe entenderse, por lo demás, en lo relativo a una esfera bastante reducida: dónde fulano de tal presta sus servicios, qué conocidos tiene, cuál es su fortuna, dónde fue gobernador, con quién está casado, cuál fue la dote que la mujer aportó, de quién es primo carnal y en segundo grado, etcétera, etcétera, y así por el estilo. En su mayor parte, estos sabelotodo van con los codos agujereados y perciben un sueldo mensual de diecisiete rublos. Las personas de las que saben hasta los últimos pormenores no se imaginarían, ciertamente, qué intereses los guían, aunque muchos de ellos alcanzan su propia estimación y hasta un alto grado de satisfacción espiritual con estos conocimientos, que equivalen a una auténtica ciencia y les sirven de consuelo. Es, además, una ciencia seductora. He visto a hombres de ciencia, a escritores, a poetas y a políticos que encontraron y encuentran en estos conocimientos el supremo fin y contento y que solo gracias a ello hicieron carrera.

En el transcurso de esta conversación, el joven pelinegro bostezaba, miraba por la ventanilla, sin ver nada, y esperaba impaciente el fin del viaje. Parecía distraído, incluso muy distraído: oía y no escuchaba, miraba y no veía y, en ocasiones, se reía sin él mismo comprender la causa.

—Permítame, ¿con quién tengo el honor...? — preguntó de pronto el señor de la cara llena de granos al joven rubio del hatillo.

—Con el príncipe Liev Nikoláievich Mishkin — contestó con presteza el interpelado.

—¿El príncipe Mishkin? ¿Liev Nikoláievich? No lo conozco. Ni siquiera he oído hablar de él — comentó perplejo el funcionario—. Es decir, no me refiero a su nombre, que es un apellido histórico y se puede y debe encontrarse en la historia de Karamzín, sino a la persona; hace ya mucho que no se tropieza uno con un príncipe Mishkin, ni siquiera se oye hablar de ellos.

—¡Claro que no! — asintió el príncipe—. En la actualidad el único príncipe Mishkin que existe soy yo; creo que soy el último. En cuanto a mis padres y abuelos, fueron gente muy modesta. Mi padre, por lo demás, fue subteniente, antiguo suboficial. No sé cómo la generala Epánchina llegó a tener lazos familiares con los príncipes Mishkin. También es la última en su género...

—¡Je, je, je! ¡La última en su género! ¡Je, je! ¡Qué bien le ha salido! — dijo riendo el funcionario.

También rió el del pelo negro. El rubio se asombró de que hubiera podido hacer un retruécano, por lo demás bastante malo.

—Ni siquiera había pensado lo que decía — explicó, por fin, admirado de sus propias palabras.

—Se comprende, se comprende — asintió alegremente el funcionario.

—Y qué, príncipe, ¿estudió allí con algún profesor? — preguntó de pronto el de pelo negro.

—Sí que estudié...
—Pues yo nunca estudié nada.
—No puede decirse que fuera mucho — añadió el príncipe, poco menos que disculpándose—. Mi enfermedad no me permitía un estudio sistemático.

—¿Conoce usted a los Rogozhin? — preguntó con frase rápida el del pelo negro.

—No, no los conozco en absoluto. En Rusia conozco a muy poca gente. ¿Es usted Rogozhin?

—Sí, Parfión Rogozhin.

—¿Parfión? ¿De los Rogozhin que...? — empezó con acentuada gravedad el funcionario.

—Sí, de esos mismos — lo interrumpió rápidamente y con descortés impaciencia el del pelo negro, quien, por lo demás, no se había dirigido ni una sola vez al funcionario de los granos, sino que desde el comienzo mismo hablaba solo al príncipe.

—Pero... ¿cómo es eso? — exclamó el funcionario perplejo, con unos ojos que casi se le salían de las órbitas y cuyo rostro adquirió al instante una expresión de unción y servilismo, hasta de miedo—. ¿Es hijo de Semión Parfiónovich Rogozhin, heredero de un honorable ciudadano que hace un mes murió dejando un capital de dos millones y medio de rublos?

—¿De dónde sacas que dejó un capital de dos millones y medio de rublos? — lo interrumpió el del pelo negro, sin dignarse tampoco esta vez mirar al funcionario—. ¡Vaya! —

añadió, señalándolo con un gesto al príncipe—. ¿Qué les importará a estos lacayos, que inmediatamente se le pegan a uno como moscas? Es verdad, sí, que mi padre murió; yo estaba en Pskov, y al cabo de un mes vuelvo a casa poco menos que descalzo. Ni el miserable de mi hermano ni mi madre me han mandado ni dinero ni noticia alguna. ¡Como si fuese un perro! He estado en Pskov todo el mes enfermo con calenturas.

—Y ahora recibirá de una vez un milloncejo y pico. Eso por lo menos. ¡Qué cosas ocurren, Señor! — exclamó el funcionario, juntando las manos.

—¿Podría decirme qué le importará a él? — preguntó Rogozhin colérico, señalando de nuevo al funcionario—. Porque aunque andes de cabeza ante mí no te he de dar ni un kópek.

—Pues andaré, sí que andaré.
—No te daré nada, no te daré nada aunque te pases bailando una semana entera.

—¡No me lo des! Eso es lo que yo necesito. ¡No me lo des! A pesar de todo, bailaré. Abandonaré a mi mujer y a mis hijos pequeños, pero bailaré ante ti. ¡Para adularte, para adularte!

—¡Buf! — exclamó con asco el del pelo negro—. Hace cinco semanas — se volvió hacia el príncipe—, me escapé de mi padre, sin más equipaje que un hatillo, a Pskov, para refugiarme en casa de una tía; allí caí en cama con calenturas y, mientras tanto, él murió. De un derrame cerebral. Que Dios lo haya acogido en su Santo seno, pero entonces estuvo a punto de matarme a palos. ¡Créalo usted, príncipe, se lo aseguro! Si no me hubiese escapado, me mata de una paliza.

—¿Le había irritado usted? — preguntó el príncipe, mirando con cierta curiosidad particular al millonario del capotón.

Mas aunque pudiera haber algo digno de llamar especialmente la atención en lo del millón de la herencia, lo que al príncipe asombraba e interesaba era algo distinto. El propio Rogozhin había elegido por ciertas circunstancias al príncipe en calidad de interlocutor, si bien su necesidad de conversar con alguien parecía más mecánica que moral. Más para distraerse que para explayarse. Lo hacía movido por la inquietud, por la agitación, aunque solo fuese para mirar a alguien y tener un pretexto para la charla. Parecía como si siguiera enfermo de calenturas, o al menos en un estado ligeramente febril. En cuanto al funcionario, estaba tan pendiente de Rogozhin que no se atrevía ni a respirar; cazaba y sopesaba cada palabra como si buscase un brillante.

—Irritarse sí que se irritó, y acaso tuviera sus razones — contestó Rogozhin—. Pero el que más me fastidiaba era mi hermano. De mi madre no hay nada que decir; es ya vieja, lee las Vidas de los santos, busca la compañía de otras viejas y lo que dice Senka, mi hermano, es lo que debe ser. ¿Por qué él no me lo hizo saber a su tiempo? ¡Lo comprendo muy bien! Cierto que yo entonces estaba sin conocimiento. También dicen que pusieron un telegrama a mi tía pidiéndole que acudiera. Pero ella enviudó hace treinta años y se pasa todo el tiempo, de la mañana a la noche, con los lisiados. No es monja, es todavía peor. Tuvo miedo del telegrama y, sin abrirlo, lo llevó a la comisaría, donde sigue hasta ahora. Me salvó Vasili Vasílich Kóniev, fue el que me lo escribió todo. Por la noche, mi hermano cortó del paño de brocado que cubría el féretro de mi padre las borlas de oro, pensando que valdrían algún dinero. Esto podría costarle ir a Siberia si yo quisiera, porque se trata de un sacrilegio. ¡Eh, tú, espantapájaros! — Se volvió hacia el funcionario—. ¿No es según la ley un sacrilegio?

—¡Un sacrilegio! ¡Un sacrilegio! — se apresuró a confirmar el funcionario.

—¿Mandan por eso a Siberia?
—¡A Siberia, a Siberia! ¡A Siberia inmediatamente! —Ellos creen que yo sigo enfermo — prosiguió Rogozhin, volviéndose hacia el príncipe—. Yo, sin decir ni una palabra a nadie, sin que nadie lo advirtiese, he tomado el tren y allá voy. ¡Abre la puerta, hermano Semión Semiónich! El trató de enemistarme con mi difunto padre, lo sé. Y que por culpa de Nastasia Filíppovna este se enfadó, también es cierto. De eso soy el único culpable. Me empujó el pecado.

—¿Por culpa de Nastasia Filíppovna? — preguntó servilmente el funcionario, como considerando algo.

—¿Es que la conoces? — le gritó impaciente Rogozhin. —¡Sí la conozco! — contestó triunfalmente el funcionario. —¡Bah! ¡Anda que no hay pocas Nastasias Filíppovnas en el mundo! ¡Qué bicho más descarado eres! Ya sabía que cualquier tipo como este se me iba a pegar enseguida — prosiguió, dirigiéndose al príncipe.

—¿Y si la conozco? —

insistió el funcionario—. ¡Lébedev la conoce! Su Alteza me cubre de improperios, pero ¿y si demuestro lo que digo? Es la Nastasia Filíppovna por culpa de la cual su padre quiso darle una somanta. Nastasia Filíppovna es Barashkova, una señora, por así decirlo, muy distin ...