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EL JURAMENTO (ODISEO 1)

ValerioMassimo Manfredi  

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Fragmento

Prólogo

¿Cuánto tiempo llevo caminando? Ya no lo recuerdo, no consigo contar los días y los meses. La luna y el sol se confunden. El astro de la noche brilla, a veces, iluminando la infinita extensión nevada con intensidad similar a la del sol y el astro diurno surge del horizonte velado de nieblas como una pálida luna. El hielo refleja la luz igual que el agua.

¿Cuánto tiempo hace que no veo hombres? ¿Cuánto tiempo hace que no veo la primavera, el mar, los quejigos y los mirtos en los montes y entre las rocas? He encontrado lobos. Osos. No me han hecho ningún daño, no me han atacado. No he echado mano al arco y aun así he sobrevivido. Para que pueda llevar a cabo mi viaje.

El último.

He aprendido a hablar conmigo mismo, a tener de compañera a mi mente para que no se evapore con las nieblas. Echo de menos a mi esposa, sus brazos tan blancos y blandos. Echo de menos su pecho tibio y sus ojos negros, negros, negros. Echo de menos a mi hijo, a mi muchacho, el único que he engendrado. Le he dejado que continuara durmiendo. Los chicos tienen un sueño pesado. Me odiará: me había esperado tantos años…

Añoro a mi diosa de los ojos verdes, de labios perfectos que no han dado nunca un beso, ni a un dios ni a un mortal. No deja huella ni aunque camine a mi lado. Su aliento no se condensa: es frío, como la nieve. Me amaba en otro tiempo, se me aparecía bajo una falsa apariencia, pero siempre la reconocía, en todas partes… Ahora ya no me habla, o tal vez soy yo quien no consigo ya oírla.

¿Me escuchas? ¿Me escuchas, hijo de una pequeña isla, hijo de un destino amargo? Incorregible mentiroso… ¿Cuántas veces has sumergido las manos desnudas en la nieve para lavarlas de la sangre? Sin conseguirlo. ¿Notas que te miran? Camina, camina, sigue adelante, cada vez más lejos porque el horizonte huye, escapa, y esta tierra que no termina nunca, vasta, ilimitada, informe y baldía como el mar, plana como la bonanza…

Y sin embargo, puedes no creerme, soy un rey.

¿Tú, un rey? Me das risa.

Ríete si es lo que quieres, pero soy un rey. Sin reino, sin súbditos, sin amigos, sin, sin, sin…, pero un rey. He llevado a cabo empresas, estaba a la cabeza de un gran número de naves… Guerreros. Amigos. Compañeros. Muertos. Tengo frío. ¿Me oís? ¡Tengo frío! ¿Dónde estáis? ¿Tal vez a mi alrededor? ¡Bajo tierra! ¿Bajo el hielo? También vosotros tenéis un aliento frío que no se condensa. Invisibles.

Adelante, siempre adelante. Ya no sé cuándo fue la última vez que comí. No sé por qué mi destino no se aplaca, por qué no puedo vivir como la mayoría de los hombres con un hogar, con una familia, con la comida preparada tres veces al día.

Atenea. ¿Me amas todavía? ¿Soy aún tu preferido? O tal vez es esta mi locura: mi mente se halla ligada a realidades misteriosas mayores que yo e incomprensibles. Los pies que avanzan uno tras otro envueltos en pieles de conejo que me he comido son mi única visión. Mis pasos carecen de meta, a no ser la profecía del adivino que en una noche sin luna evocó desde el más allá. Una meta cualquiera que sabré que he alcanzado cuando haya llegado. He perdido la cuenta de los días y de las noches. No la he llevado nunca y no sé desde cuándo estoy de viaje. Ni siquiera sé cuántos años tengo. Es cierto que ya no soy joven.

Una montaña.

Se yergue solitaria como una isla en medio del mar. Y hay una cueva. Encontraré refugio del viento que me corta el rostro, de la nevisca que se me mete en los ojos.

Una gruta. Es cálida, sobre todo en el interior, donde el viento no tiene espacio para moverse.

Ha aparecido un conejo. Blanco sobre blanco. Difícil apuntar, más difícil aún no hacer caso al hambre. Y sin embargo sería hermoso abandonarse al agotamiento, dejarse morir lentamente, de una muerte dulce. ¿Quién me encontraría nunca aquí? Un cuerpo reseco, la mueca de una calavera de dientes hambrientos…

Atrapado. Desollado. Devorado. Yo, o el conejo. ¿Qué diferencia hay? Desde entonces se han amontonado huesos sueltos en mi cueva. Y recuerdos en mi mente. Volverá la primavera y encontraré un hombre que me hará una pregunta y tendré que responderle. Pero deberé recordarlo todo. También los gritos y el llanto, ecos de desgarro. He apoyado en la pared del fondo de la cueva el palo que llevaba sobre el hombro. Me lo encontré abandonado en la orilla de Ítaca una mañana después de mi regreso, derrelicto de un viejo naufragio. ¿Cuánto tiempo llevaba flotando en el mar? Años. Lo he reconocido por una mariposa tallada en la empuñadura: en otro tiempo lo manejaba uno de mis compañeros. El cuarto remo de la derecha. Viejo amigo, ahora duermes en la oscuridad del abismo. Pero me has mandado una señal. Es hora de reanudar el viaje.

Mi nave. La echo de menos. Tenía los costados curvos como una mujer, mórbida y sensual. Como la diosa de los ojos verdes. Yace hecha pedazos en el fondo del mar. Y el corazón llora. ¡Deja de llorar, corazón mío! Has soportado bien otros dolores. Desventuras sin fin, sí. Recuerda más bien en sueños. Recuérdalo todo. Son hermosos los recuerdos: son el nacimiento, la vida. El futuro es la muerte, muerte de un héroe, muerte de un conejo. Ninguna diferencia, tremenda certeza.

La escasa luz es tragada por la oscuridad. El viento empieza de nuevo a recorrer la llanura, gimiendo en la oscuridad, despertando largos ululatos de lobos, llamando nieve, nieve, nieve. ¡Qué noches más largas! No terminará nunca. ¿Es que ha existido alguna vez el cálido sol que se asomaba tras los montes cubiertos de robles susurrantes? ¿Ha existido de veras la isla besada por el mar, silenciosa bajo la luna llena, perfumada de arrayán y de asfódelos?

Y sin embargo, un día lejano, nació un niño en la isla, en el palacio sobre el monte, un hijo único. No lloraba, trató enseguida de hablar, de imitar los sonidos aprendidos en la oscuridad del seno materno.

Yo.

1

Me llamaron Odiseo porque así lo había establecido mi abuelo Autólico, rey de Acarnania, llegado de visita al palacio un mes después de mi nacimiento. Y pronto me di cuenta de que los otros tenían un padre y yo no. Por la noche, antes de dormirme, preguntaba a la nodriza:

—Mai, ¿dónde está mi padre?

—Se ha ido con otros reyes y guerreros en busca de un tesoro en un lugar lejano.

—¿Y cuándo volverá?

—No lo sé. Nadie lo sabe. Cuando se parte por mar no se sabe cuándo se vuelve. Están las tempestades, los piratas, los arrecifes. Puede ocurrir que la nave sea destruida y que alguien se salve nadando hasta tierra. Pero después debe esperar a que pase otro barco y para ello pueden pasar meses, años. Si luego se detiene un bajel pirata, los coge y los vende como esclavos en el puerto siguiente. La del marinero es una vida arriesgada. El mar esconde monstruos terribles y criaturas misteriosas que viven en los abismos y suben a la superficie en las noches sin luna… Pero ahora duerme, pequeño.

—¿Por qué ha ido a buscar un tesoro?

—Porque han ido todos los guerreros más fuertes de Acaya. ¿Acaso podía dejar de hacerlo tu padre? Un día los cantores narrarán esta historia y los nombres de los héroes que tomaron parte en ella serán recordados eternamente.

Yo asentía con la cabeza como para aprobar, pero no comprendía del todo por qué había que irse, aventurarse solo para que alguien un día te cantase contando que habías tenido el valor de partir y de arriesgar la vida.

—¿Por qué he de dormir contigo, mai? ¿Por qué no puedo hacerlo con mi madre?

—Porque tu madre es la reina y no puede dormir con alguien que moja aún la cama.

—Yo no mojo la cama.

—Bueno —respondió la nodriza—, a partir de mañana dormirás solo.

Y así fue. Entonces mi madre, la reina Anticlea, dispuso que me trasladaran a un aposento exclusivamente para mí con una cama de encina decorada con incrustaciones de hueso. Hizo que me dieran una manta de lana fina recamada con hilos de púrpura.

—¿Por qué no puedo dormir contigo?

—Porque ya no eres un niño y porque eres un príncipe. Los príncipes no tienen miedo de pasar la noche solos. Pero durante un tiempo te mandaré a Femio. Es un buen chico: sabe muchas historias bonitas y te las cantará hasta que concilies el sueño.

—¿Qué historias?

—Las que tú quieras: las empresas de Perseo contra la Medusa, de Teseo contra el Minotauro y muchas otras.

—¿Puedo pedirte una cosa?

—Por supuesto —respondió mi madre.

—Esta noche me gustaría que fueses tú quien me contara una historia, la que quieras. Una cosa que haya hecho mi padre. Cuéntame cuándo lo conociste.

Sonrió y se sentó cerca de mí junto al lecho.

—Sucedió cuando mi padre lo invitó a una cacería. Nuestros reinos eran colindantes, el de Laertes a occidente en las islas, el de mi padre en tierra firme. Era una manera de hacer causa común para aliarnos contra los invasores extranjeros. Fui afortunada. Bien hubiera podido casarme con un viejo gordo y calvo: tu padre, en cambio, era apuesto y fuerte; tenía solo ocho años más que yo. Pero no sabía cabalgar. Fue mi padre quien le enseñó y le regaló también un caballo.

—¿Eso es todo? —le pregunté.

Me imaginaba una lucha para liberarla de un monstruo o de un cruel déspota que la tenía prisionera.

—No —respondió—, pero no puedo decirte más. Tal vez otro día. Cuando puedas comprender.

—Ya puedo.

—No. Ahora no.

Transcurrió otro año sin que llegasen noticias del rey, pero ahora tenía un maestro que lo sabía todo y me había contado cosas de mi padre. Aventuras de caza, incursiones, batallas contra los piratas: historias más hermosas que las que me relataba mi madre. Él, el maestro, se llamaba Mentor. Era un joven de ojos oscuros y barba negra, que lo hacía parecer mayor de lo que era. Sabía responder a cualquier pregunta, excepto a la única que me interesaba: «¿Cuándo volverá mi padre?».

—Pero ¿tú te acuerdas de tu padre?

Asentí con la cabeza.

—¿Ah, sí? Entonces dime, ¿de qué color tiene el cabello?

—Negro.

—En esta isla todos tienen el pelo negro. ¿Y la mirada?

—Penetrante. Color de mar.

Mentor me escrutó hasta el fondo de los ojos.

—¿Lo recuerdas de veras o tratas de adivinar?

No respondí.

Mi padre volvió al año siguiente, una vez terminada la primavera. La noticia llegó a palacio con las primeras luces del día y creó gran desconcierto. La nodriza hizo preparar enseguida un baño para la reina, luego la ayudó a vestirse y a peinarse y le llevó el joyero para que eligiese las alhajas que más le gustaran. A mí me hizo ponerme el traje largo de cuando había visitas, rojo con dos listas doradas. Bonito. Me miraba cuando pasaba por delante de un espejo en los alojamientos de las mujeres.<

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