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EL LABERINTO EN LLAMAS (LAS PRUEBAS DE APOLO 3)

Rick Riordan  

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Fragmento

1

Antes era Apolo, ahora soy una rata en el Laberinto.

Enviad ayuda y cronuts

No.

Me niego a narrar esta parte de mi historia. Fue la semana más infame, humillante y horrible de mis cuatro mil y pico años de vida. Tragedia. Desastre. Congoja. No pienso contártela

¿Por qué sigues ahí? ¡Lárgate!

Desgraciadamente, creo que no tengo elección. Sin duda Zeus espera que te cuente la historia como parte de mi castigo.

No le basta con haber hecho de mí, el antes divino Apolo, un adolescente mortal con acné, michelines y el seudónimo de Lester Papadopoulos. No le basta con haberme encargado la peligrosa misión de liberar cinco importantes oráculos antiguos de un trío de malvados emperadores romanos. ¡Ni siquiera le basta con haberme hecho esclavo —a mí, que fui su hijo favorito— de una prepotente semidiosa de doce años llamada Meg!

Por si todo eso fuera poco, Zeus quiere que deje constancia de mi vergüenza para la posteridad. Muy bien. Pero estás avisado. En estas páginas solo te espera sufrimiento.

¿Por dónde empezar?

Por Grover y Meg, por quiénes si no.

Habíamos recorrido el Laberinto durante dos días, habíamos cruzado fosos de tinieblas y rodeado lagos de veneno, habíamos atravesado ruinosos grandes almacenes en los que solo había tiendas de Halloween de rebajas y sospechosos bufets libres de comida china.

El Laberinto podía ser un sitio desconcertante. Como una red de capilares bajo la piel del mundo de los mortales, conectaba sótanos, cloacas y túneles olvidados de todos los rincones del mundo sin respetar las leyes del tiempo y el espacio. Uno podía entrar en el Laberinto por una alcantarilla de Roma, andar tres metros, abrir una puerta y encontrarse en un campo de entrenamiento para payasos en Buffalo, Minnesota. (No preguntes, por favor. Fue traumático.)

Yo habría preferido evitar el Laberinto. Lamentablemente, la profecía que habíamos recibido en Indiana era muy concreta: «Por laberintos oscuros hasta tierras de muerte que abrasa». ¡Qué divertido! «Solo el guía ungulado sabe cómo no perderse.»

Sin embargo, no parecía que nuestro guía ungulado, el sátiro Grover Underwood, supiera el camino.

—Te has perdido —dije por cuadragésima vez.

—¡No me he perdido! —protestó él.

Avanzaba trotando con sus vaqueros holgados y su camiseta verde desteñida, bamboleando las pezuñas en sus New Balance 520 especialmente modificadas. Llevaba el cabello rizado tapado con un gorro de punto rojo. Por qué creía que ese disfraz le ayudaba a hacerse pasar por humano era algo que se me escapaba. Se le veían claramente los bultos de los cuernos debajo del gorro. Las zapatillas se le escapaban de las pezuñas varias veces al día, y me estaba hartando de hacer de recogezapatos.

Se detuvo en un cruce del pasillo. A cada lado, unos muros de piedra toscamente tallados se perdían en la oscuridad. Grover se tiró de la perilla rala.

—¿Y bien? —preguntó Meg.

Grover se estremeció. Al igual que yo, había llegado a temer la desaprobación de nuestra amiga.

No es que Meg McCaffrey tuviera un aspecto aterrador. Era menuda para su edad y llevaba ropa de los colores de un semáforo —vestido verde, mallas amarillas, zapatillas de caña alta rojas— raída y sucia de arrastrarnos por túneles estrechos. Su pelo moreno cortado a lo paje estaba lleno de telarañas. Los cristales de sus gafas con montura de ojos de gato se encontraban tan sucios que no sabía cómo podía ver. En conjunto, parecía una niña de párvulos que había sobrevivido a una encarnizada reyerta en el patio por la posesión de un columpio.

Grover señaló el túnel de la derecha.

—Estoy... estoy convencido de que Palm Springs está en esa dirección.

—¿Convencido? —preguntó ella—. ¿Como la última vez, cuando nos metimos en unos servicios y pillamos a un cíclope en el váter?

—¡Eso no fue culpa mía! —protestó él—. Además, en esta dirección huele bien. A... cactus.

Meg olfateó el aire.

—Yo no huelo a cactus.

—Meg —dije—, se supone que Grover es nuestro guía. No nos queda más remedio que fiarnos de él.

—Gracias por el voto de confianza —contestó él resoplando—. ¡Os recuerdo que yo no pedí que me trajesen por arte de magia de la otra punta del país ni despertarme en un huerto de tomates en una azotea de Indianápolis!

Valientes palabras, aunque no apartaba la vista de los anillos que Meg llevaba en el dedo corazón de cada mano, temiendo tal vez que invocase sus cimitarras doradas y lo convirtiese en tajadas de cabrito asado.

Desde que se había enterado de que era hija de Deméter, la diosa de los cultivos, Grover Underwood se había comportado como si Meg le intimidase más que yo, una antigua deidad del Olimpo. La vida no era justa.

—Está bien —dijo ella, limpiándose la nariz—. Es que no pensaba que nos pasaríamos dos días vagando por aquí. La luna nueva es...

—Dentro de tres días —la interrumpí—. Ya lo sabemos.

Puede que fuese demasiado brusco, pero no necesitaba que me recordasen la otra parte de la profecía. Mientras nosotros viajábamos hacia el sur en busca del siguiente Oráculo, nuestro amigo Leo Valdez pilotaba desesperadamente su dragón de bronce hacia el Campamento Júpiter, el campo de entrenamiento de semidioses romanos en el norte de California, con la esperanza de prevenirlos del fuego, la muerte y la destrucción que supuestamente les esperaba en la luna nueva.

Intenté suavizar el tono.

—Tenemos que confiar en que Leo y los romanos puedan ocuparse de lo que ocurra en el norte. Nosotros ya tenemos nuestra misión.

—Y fuego de sobra. —Grover suspiró.

—¿Qué quiere decir eso? —preguntó Meg.

El sátiro siguió mostrándose evasivo, como había hecho los dos últimos días.

—Es mejor no hablar de eso... aquí.

Miró a su alrededor con nerviosismo como si las paredes oyesen, una posibilidad nada desdeñable. El Laberinto era una estructura viva. A juzgar por los olores que emanaban de algunos pasillos, estaba convencido de que como mínimo tenía intestino grueso.

Grover se rascó las costillas.

—Intentaré que lleguemos rápido, chicos —prometió—. Pero el Laberinto tiene voluntad propia. La última vez que estuve aquí con Percy...

Adoptó una expresión nostálgica, como solía ocurrirle cuando se refería a sus viejas aventuras con su mejor amigo, Percy Jackson. Lo comprendía perfectamente. Percy era un semidiós de los que convenía tener cerca. Lamentablemente, no era tan fácil de invocar desde un huerto de tomates como nuestro guía sátiro.

Puse la mano en el hombro de Grover.

—Sabemos que lo estás haciendo lo mejor que puedes. Sigamos adelante. Y de paso que olfateas cactus, si pudieras estar atento por si hueles algo para desayunar (café y cronuts con sirope de arce y limón, por ejemplo), sería estupendo.

Seguimos a nuestro guía por el túnel de la derecha.

Pronto el pasadizo se estrechó y nos obligó a agacharnos y a andar como patos en fila india. Yo me quedé en medio, el sitio más seguro. Puede que no te parezca valiente, pero Grover era un señor de la naturaleza, un miembro del Consejo de Ancianos Ungulados de los sátiros. Supuestamente, tenía grandes poderes, aunque yo todavía no le había visto utilizar ninguno. En cuanto a Meg, no solo podía manejar dos cimitarras doradas, sino que también hacía cosas increíbles con sobres de semillas, de los que había hecho una buena provisión en Indianápolis.

Por otra parte, yo me había ido quedando cada día más débil e indefenso. Desde la batalla contra el emperador Cómodo, al que había cegado con un estallido de luz divina, no había podido invocar ni una pizca de mi antiguo poder divino. Los dedos se me habían vuelto lentos en el mástil del ukelele de combate. Mis dotes como arquero habían empeorado. Incluso había fallado un tiro al disparar al cíclope del váter. (No sé cuál de los dos había pasado más vergüenza.) Al mismo tiempo, las visiones que a veces me paralizaban se habían vuelto más frecuentes y más intensas.

No había compartido mis preocupaciones con mis compañeros. Todavía no.

Quería creer que mis poderes simplemente se estaban recargando. Al fin y al cabo, las pruebas de Indianápolis habían estado a punto de acabar conmigo.

Pero existía otra posibilidad. Yo había caído del Olimpo y había hecho un aterrizaje de emergencia en un contenedor de Manhattan en enero. Ahora era marzo. Eso significaba que había sido humano unos dos meses. Era posible que cuanto más tiempo siguiera siendo mortal, más me debilitaría y más me costaría recuperar mi estado divino.

¿Había sido así las dos veces que Zeus me había desterrado a la Tierra? No me acordaba. Algunos días ni siquiera me acordaba del sabor de la ambrosía, ni de los nombres de los caballos que tiraban de mi carro solar, ni de la cara de mi hermana melliza Artemisa. (Normalmente, habría dicho que no recordar la cara de mi hermana era una suerte, pero la echaba mucho de menos. No se te ocurra contarle que he dicho eso.)

Avanzamos sigilosamente por el pasillo, con la Flecha de Dodona zumbando en mi carcaj cual teléfono sin sonido, como si quisiera que la sacara y le consultara qué hacer.

Traté de ignorarla.

Las últimas veces que había pedido consejo a la flecha no se había mostrado dispuesta a ayudar. Peor aún, había comunicado que no estaba dispuesta a ayudar en lenguaje shakespeariano, utilizando un estilo insoportable. Nunca me gustaron los noventa. (

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