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EL LIBRO DE EVA

Carmen Boullosa  

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Fragmento

1.

Antes que yo, fue el Caos, el gran desorden, lo indefinido, la revoltura de oscuridad y luz, cielo y abismo, arriba y abajo, ligereza y peso, agua y tierra. No había quién lo percibiera. Todo era indefinido, incompleto, suspenso. Todo ardía, sin mesura.

Lo disforme era magnífico a su manera.

Del Caos tengo idea. No lo conocí de primera mano, pero el Caos es parte de lo que soy. No soy excepción en el Cosmos, el Caos hoy está presente, su fuerza anima al Universo.

Por mí existen el dolor y el placer humanos; por ser yo heredera del Caos, se confunden dolor y placer en los humanos.

Después del Caos, la Tierra empezó a girar en su eje, y sucedió su gravitación. No abundemos, porque esto, la transformación, el desfiguro, la desconsiderada centralización, podría ser toda la historia. Detengámonos en otras:

Persiguieron a la Tierra dos luminarias —el Sol y la Luna—, multitud de estrellas, los cometas, los atolondrados asteroides y otros cuerpos siderales sin nombre, algunos desgajándose y desorbitados, sin ton ni son. En honor a la verdad, el Sol no perseguía a la Tierra, pero en aquel entonces así parecía y por lo dicho hay que anotarlo así.

No era insensata la dicha percepción: nuestro planeta, vestido de atmósfera, era la aparición de la belleza. La belleza conlleva el horror: los titanes brotaron desde el centro terrícola respondiendo al llamado de la Luna y del Sol. No obedecían a la presión interna de la Tierra, como sí los géiseres, los ojos de agua, o el fuego de los volcanes.

Los titanes era desfiguros. Su forma, la impronta del Caos. Eran sombras retrasadas, de lenta aparición, lerdas sombras viajeras, procedentes de tiempos anteriores sin razón de ser propia. Su disformidad, y no su dimensión, les ganó el nombre, porque en la Tierra todo ser animado tiene alguna cordura en su forma, excepto los perecederos titanes.

Los sucedieron los gigantes. Con ellos conviví, pero puedo decir poco, porque sólo el infante puede ver a los gigantes con claridad, y yo nunca fui niña. Fui desde un principio una adulta, o esto de la edad que soy yo, la pausa de lo eterno.

La leyenda dice que los gigantes eran hijos de los titanes. Ésta no tiene fundamento, porque los previos a Eva no concibieron prole; los titanes se extinguieron sin dejar descendencia. Yo soy la primera que engendró vástago, mientras que titanes y gigantes brotaron, surgieron, como explota el volcán o da vida la semilla. Antes de mí, lo creado era lo que se desencadena, conmigo dio inicio el nacimiento. Previo a mí, el Caos y la Eternidad. Lo generado era sin madre.

Oh, ay, la Madre: ella es la irrupción, la personificación de la hechura, la presencia del oscuro ducto que nos trae a la vida, y aún peor: la cuidadora de la semilla, la alimentadora, la procuradora. Figura atroz. Valdría ponerla en duda, en lugar de celebrarla, porque ello, ella, eso, nos devora. Entramos al mundo por lo que nos consume, por doble vía sin la aceptación de la Madre.

Pasado el tiempo, los gigantes tuvieron hijos con las de nuestra especie. Engendraron seres soberbios y desdeñosos de todo lo bello; confiados en sus capacidades, cometieron iguales desmanes que los atribuidos por algunos a los gigantes.

Las humanas copularían también con ángeles. Las criaturas concebidas por ángeles y mujeres se mudaron a la primera ciudad, arruinando el sueño de Caín que después tendría Noé: crear una raza libre de perversidad, acortando la vida de sus habitantes, pues si longevos, algunos serían perversos, y conocerían el placer de los vicios. Esa historia vendrá adelante.

Los “oleajes” del Caos, algunos de alcance universal, otros regionales, en batallar formidable, pasaron por episodios bélicos narrables.

Uno de estos últimos empezó cerca de la Tierra, un poco más allá de la Luna. Fue cuando Belcebú, el mayor de los ángeles, cayó de allá, por arrogante, traicionando su energía sideral; se precipitó echando mano de la atracción geodésica, anclándose aquí entre nosotros como nuestro par. Episodio de natural irreversible.

En la Tierra, Belcebú, aunque resplandecía espectacular, no pudo contenerse ante tanta belleza terrestre. No la soportó; ansioso y hambriento, quiso devorárselo todo.

Con vertiginosas tarascadas, Belcebú manducó, deglutió y, por tragón, se desplomó, cayendo a un círculo del inframundo.

La Luna se carcajeó.

Ese reír largo y gordo de la Luna zarandeó la Tierra y sus alrededores. No estuve presente, lo supe mucho después: quedó escrito en las piedras y en la docilidad del agua ante la Luna.

Las carcajadas de la Luna, desafío magnífico, añadieron a lo terrestre la constancia incandescente de la frialdad lunar.

La Luna (lo explican así), incluso cuando atacada de risa, es sobre todo hembra. Lo mismo, la Tierra. ¿Qué no, qué no es hembra? Díganmelo.

2.

La primera de los nuestros soy yo, Eva.

Todo empezó con lo que llaman “la manzana”. La hipótesis que circula sobre el barro y el soplo y Adán es falsa —aquí se sabrá su malintencionado origen—. Lo cierto es que la carne, como la hoja del árbol, el nervio, la roca y el polvo, están hechos de polvo de estrellas.

Aseverar que con el barro la fuerza vital se dio a la tarea de crear humanos es incorrecto. Decir que la carne del varón fue anterior a la mía, y que a la mía se la sacaron de un costado, es un disparate.

Nuestra raíz no es subterránea: la podemos rastrear en un fruto.

Me llamo Eva. No tengo pasado. No nací de nadie. No tuve infancia. Soy el ser que no muere. Soy la primera. La madre de todos ustedes.

A pesar del Infierno y de su envidia,1 yo, deshacedora de entuertos, destrozadora de injurias,2 diré aquí la verdad.

Todo empezó con la mord

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