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EL MISTERIO DEL PLANETA DE LOS GUSANOS

Ken Follett  

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Fragmento

 

—Ignoraba que ese tal Grigorian fuera tío nuestro —dijo Crespo Price.

—El nombre parece de chiste —observó Helen, su hermana—. ¿No te estarás confundiendo, Panza?

—No me llames así —protestó el aludido.

Los mellizos se habían sentado en el murete de ladrillo que había delante de la fachada de Vista Soleada, la pensión que regentaba la señora Price. El edificio, pese a su nombre, en realidad no ofrecía ninguna vista al margen de la hilera de casas de huéspedes idénticas a Vista Soleada que había en la acera de enfrente. Soleada sí que lo era, no obstante, sobre todo a finales de julio.

Acababan de almorzar y, mientras decidían en qué emplear la tarde del sábado que tenían por delante, se dedicaban a observar a los recién llegados que desfilaban ante ellos con sus vehículos cargados hasta la baca de maletas, sillas plegables, termos, cubos y palas para la arena.

Lo cierto era que Helen y Crespo llevaban ya un buen rato devanándose los sesos para encontrar la manera de dar esquinazo a Panza y no volver a verlo en todo el día. Era su primo, tres años menor que ellos y, como Crespo no dejaba de recordarle, un pequeño y gordo grano en el culo. Siempre que iban a pasar las vacaciones de verano a Vista Soleada pasaba lo mismo. Al principio los mellizos se desvivían por ser agradables con él: lo llevaban a nadar a última hora de la tarde, cuando las playas no estaban atestadas de gente; lo incluían en sus partidos de críquet cuando brillaba el sol y en sus partidas de Monopoly cuando llovía; y le habían enseñado su guarida secreta, entre las zarzas del camino del acantilado, desde donde se podía espiar a los conejos.

Luego, transcurridos unos días, empezaban a hartarse de su infantilismo y procuraban darle la espalda. Lo único que conseguían así era que les exigiera con gritos estridentes que lo incluyeran en todo, y los mellizos siempr

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