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EL MUNDO DE HIELO Y FUEGO (CANCIóN DE HIELO Y FUEGO)

George R. R. Martin   Elio M. García   Linda Antonsson  

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Fragmento

LA ERA DEL AMANECER

NADIE PUEDE AFIRMAR con certeza cuándo empezó el mundo, mas ello no ha impedido que muchos maestres y hombres doctos hayan buscado la respuesta. ¿Tiene cuarenta mil años, como sostienen algunos, o es tan alto el número como quinientos mil o más? En ningún libro de los que obran en nuestro conocimiento se podrá leer, pues en la Era del Amanecer, la primera del mundo, carecían los hombres de instrucción.

De lo que sí podemos estar ciertos es de que el mundo era mucho más primitivo, bárbaro teatro de tribus que adquirían directamente su sustento de la tierra, sin conocimiento de las artes del metal ni de la doma de los animales. Lo poco que hoy sabemos procede de los textos más antiguos, los relatos puestos en letra por ándalos, valyrios y ghiscarios, e incluso por los pueblos de la remota y legendaria Asshai. Ahora bien, por muy antiguos que sean estos pueblos, en la Era del Amanecer no habían accedido tan siquiera a la infancia, de modo que es difícil discernir lo que hay de cierto en sus relatos, como lo es hallar semillas en la broza.

Recibe antes que nadie historias como ésta

¿Qué es lo que con más exactitud puede decirse acerca de la Era del Amanecer? Las tierras orientales albergaban gran abundancia de pueblos; no civilizados, puesto que no lo estaba el mundo, pero sí numerosos. En Poniente, desde la tierra del Eterno Invierno hasta las costas del mar del Ocaso, existían sin embargo dos únicos pueblos: los hijos del bosque y una raza de seres conocida como los gigantes.

Poco, muy poco es lo que puede decirse sobre los gigantes de la Era del Amanecer, pues nadie ha reunido sus cuentos, historias y leyendas. Según dicen los hombres de la Guardia, los salvajes fabulan con un tiempo en el que los gigantes vivían en tensa vecindad con los hijos del bosque, y hacían incursiones a su antojo para apoderarse de cuanto deseaban. Todas las fuentes coinciden en presentarlos como seres enormes y de gran fortaleza, pero de pocas luces. Por testimonios fidedignos de los exploradores de la Guardia de la Noche, que fueron los últimos en ver a los gigantes cuando aún vivían, sabemos que no eran simplemente hombres de gran tamaño, como aparecen en los cuentos infantiles, sino que estaban recubiertos por un grueso pelaje.

Existen muchas pruebas de entierros entre los gigantes, tal como hace constar el maestre Kennet en su Pasajes de los muertos, un estudio de los campos de túmulos y de las sepulturas y tumbas del Norte en la época en que sirvió en Invernalia, durante el largo reinado de Cregan Stark. Algunos maestres, partiendo de los huesos que han sido hallados en el Norte y enviados a la Ciudadela, calculan que los mayores de entre los gigantes podían alcanzar las cinco varas, aunque otros aseguran que sería más exacto hablar de cuatro o poco más. Todos los testimonios de antiguos exploradores puestos en letra por los maestres de la Guardia coinciden en que los gigantes no fabricaban casas ni prendas, y en que no conocían más enseres o armas que las ramas arrancadas de los árboles.

Los gigantes carecían de reyes y señores. No hacían morada sino en cuevas, o bajo altos árboles, y no trabajaban los metales ni la tierra. Con el paso de las eras, al multiplicarse los hombres, y ser domeñados y disminuir los bosques, los gigantes siguieron siendo seres de la Era del Amanecer. Ni tan siquiera en las tierras de allende el Muro existen ya. Los testimonios más recientes tienen más de cien años, y aun ellos son dudosos, consejas como las que narran los exploradores de la Guardia en torno de la lumbre.

Los hijos del bosque eran en muchos aspectos la antítesis de los gigantes. Pequeños como niños, pero de piel morena y gran belleza, sus costumbres podrían ser tachadas en nuestros días de toscas, pero no dejaban de ser menos bárbaras que las de los gigantes. Si bien no trabajaban el metal, eran muy diestros en labrar la obsidiana (lo que llama el pueblo llano vidriagón, y que conocen los valyrios por un nombre cuyo significado es “fuego congelado”), con la que se hacían herramientas y armas de caza. Tampoco tejían, pero se mostraban hábiles en la confección de prendas a partir de hojas y cortezas. Aprendieron a elaborar arcos de arciano y a construir trampas volantes de hierba, con las que cazaban tanto hijos como hijas.

Los archivos de la Ciudadela custodian una carta del maestre Aemon escrita en los primeros años del reinado de Aegon V, en la que se recoge el testimonio de un explorador de nombre Redwyn en los tiempos del rey Dorren Stark. Narra un viaje a Punta Lorn y la Costa Helada durante el que, según dice el texto, el explorador y sus acompañantes lucharon con gigantes y comerciaron con los hijos del bosque. En su carta, Aemon asegura haber hallado diversos testimonios de la misma índole al examinar los archivos de la Guardia del Castillo Negro, y les otorga credibilidad.

PÁGINAS ANTERIORES | Construyendo el Muro.

ARRIBA | Un gigante.

Se dice que sus cantos y su música eran tan hermosos como ellos, aunque no se recuerdan sus canciones, con la salvedad de algunos pequeños fragmentos que nos han llegado de la antigüedad. Los reyes del Invierno, o Leyendas y genealogía de los Stark de Invernalia, del maestre Childer, contiene un fragmento de balada supuestamente relativo a cuando Brandon el Constructor pidió ayuda a los hijos durante la erección del Muro. Fue llevado a un lugar secreto para reunirse con ellos, pero al principio no entendió su lenguaje, descrito como el canto de las piedras en un arroyo, o el viento entre las hojas, o la lluvia en el agua.

Veneraban los hijos a esos dioses sin nombre que con el tiempo acabarían siendo los de los primeros hombres, las incontables deidades de los ríos, los bosques y las piedras. Fueron ellos, los hijos, quienes tallaron rostros en los arcianos, tal vez para dar ojos a sus dioses, que así podrían ver cómo se les rendía culto. Hay también quien dice, con escaso fundamento, que los verdevidentes (los sabios de los hijos) eran capaces de ver por los ojos de los arcianos esculpidos. Supuestamente lo demuestra que así lo creyesen los primeros hombres, cuyo miedo a ser espiados por los arcianos los llevó a derribar gran parte de los árboles tallados y de los bosquecillos de arcianos, con el fin de privar de esta ventaja a los hijos; pero los primeros hombres daban crédito a cosas a las que no se lo otorgan hoy sus descendientes. Me remito a la obra del maestre Yorrick Casados con el mar, donde se recoge la historia de Puerto Blanco desde sus orígenes, que refiere la práctica del sacrificio de sangre a los antiguos dioses. Estos sacrificios pervivieron hasta hace tan solo cinco siglos, según consignan los predecesores del maestre Yorrick en Puerto Blanco.

No pretendo con ello negar que los verdevidentes conocieran artes ya perdidas y pertenecientes a los misterios mayores, como la de ver lo ocurrido a gran distancia, o la de comunicarse a través de medio reino (como hicieron mucho después los valyrios), pero acaso algunas de las proezas de estos verdevidentes tengan más de patrañas que de realidad. Contrariamente a lo que sostienen ciertas fuentes, no eran capaces de transformarse en animales, aunque parece cierto que podían comunicarse con los animales de un modo que no se encuentra ya en nuestro poder. He ahí el origen de todas las leyendas sobre “cambiapieles” u “hombres bestia”.

Muchas son las leyendas sobre cambiapieles, pero las más extendidas (traídas del otro lado del Muro por hombres de la Guardia de la Noche, y recogidas siglos ha por los septones y maestres de esas tierras) aseguran que no solo se comunicaban con los animales, sino que podían controlarlos mediante la fusión de sus espíritus. Incluso entre los salvajes se temía a estos cambiapieles como hombres antinaturales que podían recurrir como aliados a los animales. Algunas historias hablan de cambiapieles que se pierden en sus animales, y otras de animales capaces de hablar con voz humana cuando eran controlados por un cambiapiel. En lo que están de acuerdo todas es en que los más comunes eran hombres que controlaban a lobos, y hasta a lobos huargos, y en que tenían un nombre especial entre los salvajes: wargs.

Si bien en nuestros días no goza de predicamento, hay un pasaje de la Historia antinatural del septón Barth que ha dado pie a más de una polémica en las salas de la Ciudadela. Tras afirmar que ha consultado ciertos textos que se guardan en el Castillo Negro, el septón Barth sostiene que los hijos del bosque eran capaces de hablar con los cuervos y hacer que repitiesen sus palabras. Según Barth este misterio mayor les fue enseñado a los primeros hombres por los hijos, a fin de que los cuervos pudieran divulgar a gran distancia sus mensajes. En una forma degradada sigue transmitiéndose a los maestres de hoy, que ya no saben hablar con las aves. Es cierto que nuestra orden entiende el lenguaje de los cuervos, pero con ello debe entenderse el contenido básico de sus graznidos, sus manifestaciones de temor o de enojo y los medios por los que exhiben su disposición a emparejarse o su mala salud.

Los cuervos figuran entre las más inteligentes de las aves, pero su ignorancia es pareja a la de los bebés y no están en modo alguno capacitados para hablar. Unos pocos maestres han defendido la postura de Barth, pero ninguno de ellos ha logrado demostrar las teorías del septón en lo tocante a la comunicación hablada entre los hombres y los cuervos.

ARRIBA | Un hijo del bosque.

También cuenta la leyenda que los verdevidentes poseían la facultad de escudriñar el pasado y atisbar el futuro, pero según nos muestran los conocimientos de que disponemos, los misterios mayores que afirman gozar de este poder presentan asimismo como poco claras y a menudo engañosas sus visiones de lo que vendrá, lo cual es un argumento muy útil cuando se pretende engañar a los crédulos con adivinaciones. Aunque los hijos tuvieran artes propias, siempre hay que deslindar entre realidad y superstición y someter a verificaciones el conocimiento. Los misterios mayores, las artes de la magia, han estado siempre, y siguen estando, más allá de los límites de nuestra capacidad mortal de examen.

Al margen de lo que haya de cierto en estas artes, los hijos tenían por caudillos a sus verdevidentes, y no cabe duda de que antaño se les encontraba entre las tierras del Eterno Invierno y las costas del mar del Ocaso. No erigían fortalezas, ni castillos, ni ciudades, sino que moraban en bosques, palafitos, marismas, tremedales e incluso cuevas y colinas huecas. Se dice que en los bosques confeccionaban refugios con hojas y mimbre entre las ramas, “aldeas” secretas en los árboles. Durante mucho tiempo se ha creído que lo hacían para protegerse de los depredadores, como los lobos huargos o los gatosombras, contra los que de nada les valían sus sencillas armas de piedra, pero otras fuentes lo cuestionan y sostienen que sus grandes enemigos eran los gigantes, como dan a entender ciertos relatos narrados en el Norte, y como es posible que demuestre el maestre Kennet en su estudio de un túmulo cercano al lago Largo: el entierro de un gigante en el que aparecieron puntas de flecha de obsidiana entre restos de costillas. Nos trae este dato a la memoria la transcripción de una canción salvaje en la Historia de los Reyes-más-allá-del-Muro del maestre Herryk. Los hermanos Gendel y Gorne son llamados a mediar en un conflicto entre un clan de hijos y una familia de gigantes por la posesión de una caverna. Se dice que al final lo resolvieron con el truco de hacer que ambas partes renegasen de cualquier pretensión sobre la cueva después de que los hermanos descubrieran que formaba parte de una serie de grutas que pasaban por debajo del Muro. De todas formas, teniendo en cuenta que los salvajes son iletrados, conviene desconfiar por principio de sus tradiciones. Con el tiempo, no obstante, se sumaron a animales de los bosques y gigantes peligros aún mayores.

Existe la posibilidad de que en la Era del Amanecer los Siete Reinos estuvieran habitados por una tercera especie, aunque es tan especulativa que bastará con dedicarle algunas líneas. Entre los hombres del Hierro se cuenta que los primeros de entre los primeros hombres que llegaron a las islas del Hierro hallaron en Viejo Wyk el famoso Trono de Piedramar, pero que las islas estaban inhabitadas. De ser cierto esto último, la naturaleza y los orígenes de quienes labraron el trono sería un misterio. En su colección de leyendas, Canciones que cantan los hombres ahogados, el maestre Kirth sugiere que el trono lo dejaron visitantes de allende el mar del Ocaso, pero son puras conjeturas sin datos que las abonen.

LA LLEGADA DE LOS PRIMEROS HOMBRES

SEGÚN LOS ANALES mejor considerados de la Ciudadela, hace entre ocho mil y doce mil años, en los confines más meridionales de Poniente, un nuevo pueblo atravesó la lengua de tierra que, cruzando el mar Angosto, conectaba las tierras orientales con aquella en la que vivían los hijos del bosque y los gigantes. Por ahí llegaron los primeros hombres a Dorne, cruzando el Brazo Roto, que entonces aún no lo estaba. Nada se sabe ya de por qué abandonaron sus tierras, pero el caso es que una vez llegados lo hicieron en gran número. Fueron miles los que entraron y empezaron a colonizar las tierras, y en el transcurso de las décadas se desplazaron cada vez más hacia el norte. Sobre esas épocas de migración conservamos historias a las que poco crédito se puede dar, ya que parecen indicar que en el plazo de muy pocos años los primeros hombres se habían desplazado desde el Cuello hasta el Norte, cuando para ello, en honor a la verdad, habrían hecho falta décadas o siglos.

Lo que sí parece ajustarse a la realidad, en todos los relatos, es que los primeros hombres entraron pronto en guerra con los hijos del bosque. A diferencia de estos cultivaban la tierra y erigían castros y aldeas, práctica que los llevó a la tala de arcianos, incluidos los que tenían rostros esculpidos. Tal fue la razón de que los hijos pasaran al ataque, y el preludio de cientos de años de conflicto. Los primeros hombres (que traían consigo nuevos dioses, caballos, ganado y armas de bronce) eran mayores y más fuertes que los hijos, y en ese sentido planteaban un peligro nada desdeñable.

Los hijos que se dedicaban a la caza (sus danzarines de los bosques) se convirtieron asimismo en sus guerreros, pero ni todas sus artes secretas con árboles y hojas lograron otro fruto que ralentizar un poco el avance de los primeros hombres. Los verdevidentes recurrieron a sus artes. Cuentan las historias que podían invocar a los animales de las marismas, los bosques y los aires para que luchasen de su parte: lobos huargos, y osos monstruosos de las nieves, y leones de las cavernas, y águilas, y mamuts, y serpientes, y otras bestias. Sin embargo, los primeros hombres resultaron ser demasiado fuertes, y se dice que los hijos se vieron obligados a tomar medidas desesperadas.

Cuenta la leyenda que la gran inundación que rompió el puente de tierra que es hoy el Brazo Roto y convirtió el Cuello en marismas fue obra de los verdevidentes, los cuales se reunieron en Foso Cailin para obrar su oscura magia, aunque hay quien lo cuestiona. A fin de cuentas, cuando sucedió ya estaban los primeros hombres en Poniente, y contener la marea por el este solo habría servido para retardar su avance. Es más: se trata de un poder inaccesible incluso a las facultades que atribuye la tradición a los verdevidentes, y ya esa tradición parece exagerada. Es más probable que la inundación del Cuello y la fractura del Brazo fueran fenómenos naturales, cuya causa más probable sería un hundimiento natural. Es bien sabido lo que fue de Valyria. En las islas del Hierro, el castillo de Pyke se apoya en pilares de roca que habían formado parte de una isla más grande, hasta que se hundió parcialmente en el mar.

ARRIBA | Un arciano tallado.

Debates al margen, es lo cierto que los hijos del bosque combatieron con la misma bravura que los primeros hombres para defender sus vidas. La guerra, inexorablemente, duró generaciones, hasta que los hijos comprendieron que no podían vencer. También los primeros hombres deseaban ver el fin de aquel conflicto, acaso por cansancio de la guerra, e imperó así la postura de los más sabios de ambos bandos: los principales héroes y gobernantes de unos y de otros se reunieron en la isla del Ojo de Dioses para cerrar el Pacto. Los hijos renunciaron a todas las tierras del oeste, con la excepción de los bosques profundos, y obtuvieron de los primeros hombres la promesa de no seguir talando sus arcianos. A continuación se tallaron rostros en todos los de la isla donde se había forjado el Pacto, a fin de que los dioses pudieran ser testigos de este último, y se formó la orden de los hombres verdes para cuidar los arcianos y proteger la isla.

Con este Pacto se cerraba la Era del Amanecer del mundo, y se abría la Edad de los Héroes.

No se sabe con certeza si los hombres verdes sobreviven en su isla, aunque de vez en cuando aparece el testimonio de algún joven señor de los ríos que en su audacia embarca para ella y vislumbra a estos seres justo antes de que sople el viento o le aleje una bandada de cuervos. Las consejas que nos los presentan como personajes con cuernos y piel de color verde oscuro son corrupciones de la verdad más probable, que es que los hombres verdes llevaban ropa y tocados con cuernos de dicho color.

ARRIBA |Los hijos del bosque y los primeros hombres cerrando el Pacto.

LA EDAD DE LOS HÉROES

LA EDAD DE los Héroes duró miles de años, en los que nacieron y cayeron reinos, se fundaron y agostaron nobles casas y se dio cumplimiento a grandes hazañas. A pesar de ello, nuestro conocimiento real de tan remotos tiempos supera a duras penas el que poseemos de la Era del Amanecer. Los relatos que han llegado hasta nosotros son obra de septones y maestres que escribieron miles de años después. A diferencia, sin embargo, de los hijos del bosque y los gigantes, los primeros hombres de esta Edad de los Héroes dejaron algunas ruinas y vetustos castillos que pueden corroborar algunas partes de las viejas leyendas, y tanto en los campos de túmulos como en otros lugares hay monumentos de piedra que llevan grabadas sus runas.

Suele aceptarse que la Edad de los Héroes empezó con el Pacto y se prolongó miles de años, durante los cuales los primeros hombres y los hijos del bosque vivieron en paz los unos con los otros. Tras la cesión de tantas tierras, los primeros hombres disponían de mucho espacio para extenderse, y ejercían su gobierno desde castros entre la tierra del Eterno Invierno y las costas del mar del Ocaso. Proliferaron los reyezuelos y los señores poderosos, pero con el paso del tiempo algunos demostraron ser más fuertes que otros, y de ese modo se plantaron las semillas de los reinos de los que descienden los Siete Reinos que conocemos hoy. Los nombres de los reyes de estos primeros reinos se pierden en la leyenda, y los relatos que aseguran que sus reinados duraron cientos de años deben ser entendidos como errores y fantasías introducidos en edad posterior por otras fuentes.

Es probable que haya más fantasía que realidad en las leyendas de Brandon el Constructor, Garth Manoverde, Lann el Astuto y Durran Pesardedioses. Por otra parte, además de los reyes legendarios, y de los cientos de reinos que dieron origen a los Siete Reinos, hay historias que se han vuelto pasto de septones y bardos por igual, como las de Symeon Ojos de Estrella, Serwyn del Escudo Espejo y otros héroes. ¿Existieron de veras? Es posible, pero cuando los bardos presentan a Serwyn del Escudo Espejo como miembro de la Guardia Real –institución que se formó durante el reinado de Aegon el Conquistador– nos damos cuenta de que no hay que fiarse de casi ninguno de estos cuentos. Los septones que los pusieron por escrito por primera vez tomaron los detalles que más les convenían y añadieron otros, mientras que los bardos los modificaron, en aras de poder dormir calientes en la sala del castillo de algún señor. Se explica así que tal o cual primer hombre de antaño pase a ser un caballero que rinde culto a los Siete y protege a los reyes Targaryen miles de años después de haber vivido (si es que lo hizo alguna vez). Y sería imposible llevar la cuenta de los niños y jóvenes a quienes estos despropósitos han inculcado la ignorancia de la historia de Poniente.

Al referirnos a estos legendarios fundadores de reinos no hacemos más que hablar de algunos dominios tempranos, centrados por lo común en un solar, como Roca Casterly o Invernalia, que con el tiempo fueron adueñándose de nuevas tierras. Si alguna vez llegó Garth Manoverde a gobernar lo que según él mismo era el reino del Dominio, cabe dudar de que a partir de dos semanas a caballo de su castillo este mandato fuese algo más que un mero concepto. Ahora bien, sí es cierto que estos modestos dominios dieron origen a otros reinos más poderosos que después llegaron a dominar Poniente.

ARRIBA | Un castro en ruinas de los primeros hombres.

LA LARGA NOCHE

CUANDO DESPUÉS DEL Pacto fundaron sus reinos los primeros hombres, pocas cuitas tenían más allá de sus desavenencias y sus guerras; así al menos nos lo dicen las historias, las mismas que ponen en nuestro conocimiento la existencia de la Larga Noche, ese invierno de toda una generación durante el cual nacieron niños, alcanzaron la edad adulta y en muchos casos fallecieron sin haber visto jamás la primavera. De hecho, hay cuentos de comadres que aseguran que no vieron ni la luz del día, tan duro fue el invierno que cayó sobre el mundo. Esto último podría muy bien ser fantasía, pero parece indudable que hace muchos miles de años acaeció algún cataclismo. Lomas Pasolargo, en sus Maravillas creadas por el hombre, refiere su encuentro en las ruinas de la ciudad festiva de Chroyane con descendientes de los rhoynar, cuyos cuentos hablaban de una oscuridad que hizo menguar y desaparecer el Rhoyne, las aguas del cual se helaron tan al sur como su confluencia con el Selhoru. A decir de esos cuentos, el regreso del sol se produjo tan solo cuando un héroe convenció a los múltiples hijos de la Madre Rhoyne (dioses menores, como el Rey Cangrejo y el Anciano del Río) de que se dejaran de trifulcas y unieran sus voces en un canto secreto que trajo nuevamente el día.

También está escrito que en Asshai existen anales sobre esa oscuridad, y sobre un héroe que luchó contra ella con una espada roja. Dicen que sus hazañas tuvieron lugar antes del surgimiento de Valyria, en los primeros tiempos en que formaba su imperio el Antiguo Ghis. Esta leyenda se ha extendido hacia el oeste desde Asshai, y los seguidores de R’hllor aseguran que el héroe se llamaba Azor Ahai y profetizan su regreso. En el Compendio jade, Colloquo Votar refiere una curiosa leyenda de Yi Ti en la que se explica que el sol ocultó su faz a la tierra lo que dura una vida, avergonzado de algo que nadie pudo descubrir, y que solo las hazañas de una mujer con cola de mono lograron evitar el desastre.

Si es cierto, como dicen los relatos, que existió este cruel invierno, las privaciones a las que dio lugar debieron de constituir un horrendo espectáculo. Es costumbre que en los más duros inviernos los norteños de mayor edad y de peor salud anuncien que se van de caza sabiendo muy bien que jamás volverán, y que así quedará algo más de comida para los que tienen mayores posibilidades de supervivencia. No cabe duda de que fue una práctica común en el transcurso de la Larga Noche.

Si bien ha largo tiempo que la Ciudadela busca el modo de prever la longitud y el paso de las estaciones, sus esfuerzos hasta hoy han sido en balde. Parece ser que en un tratado fragmentario el septón Barth argumentó que la inconstancia de las estaciones, más que materia de conocimiento fidedigno, lo era de las artes mágicas. La obra La medida de los días, del maestre Nicol, parece influida por esta postura. Nicol da argumentos poco convincentes para demostrar que en otros tiempos las estaciones pudieron ser de una longitud bastante regular, determinada únicamente por cómo se encara el globo al sol en su trayectoria por el cielo. La idea de partida (que una mayor regularidad en el alargamiento y el acortamiento de los días también provocaría estaciones más regulares) parece verosímil, pero Nicol no logró encontrar pruebas de que se diera el caso en alguna época, más allá de los relatos más antiguos.

ARRIBA | Los Otros montados en arañas de hielo y caballos muertos, tal como explican las leyendas.

Existen, sin embargo, otros relatos que hablan de unos seres llamados los Otros. Según estos relatos procedían de las tierras heladas de la tierra del Eterno Invierno, y portadores del frío y de la oscuridad trataron de extinguir cualquier vestigio de luz y de calor. Añaden estos relatos, que iban montados en monstruosa arañas de hielo y en los caballos de los muertos, resucitados para servirlos, del mismo modo que resucitaban a los muertos a fin de que lucharan en su bando.

Las circunstancias en que concluyó la Larga Noche son pasto de leyendas, como todo lo de aquel remoto pasado En el Norte se cuenta la historia de un último héroe que buscó la intercesión de los hijos del bosque, y cuyos compañeros lo abandonaron o perecieron al enfrentarse con gigantes voraces, servidores del frío y los mismísimos Otros. Finalmente llegó solo hasta los hijos del bosque, a pesar de los esfuerzos de los caminantes blancos. Gracias a los hijos del bosque, los primeros hombres de la Guardia de la Noche se unieron y lograron salir vencedores en la Batalla por el Amanecer, el combate que rompió el interminable invierno e hizo huir hacia el gélido norte a los Otros. Ahora, seis mil años más tarde (ocho mil según la Verdadera historia), el Muro erigido en defensa de los reinos de los hombres sigue al mando de los hermanos juramentados de la Guardia de la Noche, y hace muchos siglos que nadie ha visto a los Otros ni a los hijos del bosque.

Pese a no gozar de gran prestigio en nuestros días por sus errores acerca de la fundación de Valyria y ciertas afirmaciones sobre las fronteras entre el Dominio y las tierras del oeste, Mentiras de los antiguos, del archimaestre Fomas, especula con que los legendarios Otros no eran sino una tribu de los primeros hombres, antepasada de los salvajes, que se estableció en el extremo norte. La Larga Noche hizo que estos primeros salvajes no tuvieran más remedio que emprender una oleada de conquistas hacia el sur. Según Fomas, el hecho de que en los relatos posteriores aparezcan como seres monstruosos refleja el deseo de la Guardia de la Noche y de los Stark de conferirse a sí mismos una identidad más heroica, como salvadores de la humanidad, no como meros beneficiarios de una pugna por el dominio.

ARRIBA | Los señores dragón de Valyria.

LA ASCENSIÓN DE VALYRIA

MIENTRAS PONIENTE SE recuperaba de la Larga Noche, en Essos surgía una nueva potencia. Este vasto continente, que se extiende desde el mar Angosto hasta el legendario mar de Jade y la remota Ulthos, parece haber sido el lugar en que se desarrolló la civilización tal como la conocemos. La primera de ellas (pese a las dudosas pretensiones de Qarth, las leyendas de Yi Ti sobre el Gran Imperio del Amanecer y lo dificultoso que es hallar visos de verdad en los relatos de la legendaria Asshai) tuvo su origen en el Antiguo Ghis, una ciudad sustentada en el esclavismo. El mítico fundador de la ciudad, Grazdan el Grande, sigue siendo venerado hasta el punto de que es frecuente que se ponga su nombre a los varones de las familias esclavistas. Fue él, según las más antiguas historias de los ghiscarios, quien fundó las legiones, con sus altos escudos y sus tres lanzas, primeras en combatir como cuerpos disciplinados. El Antiguo Ghis y su ejército procedieron a colonizar su entorno, y después a subyugar a sus vecinos. Así nació el primer imperio, que no tuvo rival durante siglos.

La gran península situada frente a la bahía de los Esclavos fue el origen de quienes pusieron fin al imperio del Antiguo Ghis (aunque no a todas sus costumbres). Las grandes montañas volcánicas que se conocen como las Catorce Llamas daban amparo a los valyrios, quienes aprendieron a domar dragones y convertirlos en el arma de guerra más temible vista jamás por el mundo. Según los cuentos que explicaban de sí mismos los valyrios, descendían de dragones, y estaban emparentados con los mismos seres que ahora se hallaban bajo su control.

Bien sabida es la gran hermosura de los valyrios, con la plata y el oro finísimos de sus cabellos, y los tonos violáceos de sus ojos, que no se encuentran en ningún otro pueblo del mundo. De hecho, se aduce a menudo como prueba de que su sangre no es del todo igual a la del resto de los hombres, pero hay maestres que señalan que es posible alcanzar un resultado deseable mediante la cría cuidadosa de los animales, y que las poblaciones aisladas presentan a menudo variaciones muy notables respecto de lo que podría ser considerado normal. Tal vez constituya una respuesta más veraz al misterio de los orígenes de los valyrios, si bien no explica la afinidad con los dragones que manifestaban más allá de cualquier duda los de sangre valyria.

Los valyrios carecían de reyes. Se hacían llamar el Feudo Franco, por tener derecho a voz todos los ciudadanos poseedores de tierras. A veces se nombraba a arcontes para agilizar el mando, pero eran los señores feudenses quienes los elegían entre los de su propio número, y por tiempo limitado. Salvo excepciones, de las que alguna hubo, era infrecuente que Valyria sucumbiera al influjo de una sola familia feudense.

Las cinco grandes guerras que libraron en la juventud del mundo el Feudo Franco y el Antiguo Ghis están envueltas en leyendas. Fue a lo largo de la quinta y última de estas conflagraciones (siempre coronadas por una victoria de los valyrios sobre los ghiscarios) cuando el Feudo Franco decidió asegurarse de que no llegara a tener lugar la sexta, y arrasó los muros de ladrillo del Antiguo Ghis, levantados en la antigüedad por Grazdan el Grande. Las colosales pirámides, templos y viviendas fueron pasto del fuegodragón. En los campos se echó sal, cal y calaveras, y se ejecutó a muchos de los ghiscarios, mientras otros, convertidos en esclavos, perecían al duro servicio de sus conquistadores. Así fue como los ghiscarios se convirtieron en una parte más del nuevo imperio valyrio, y con el tiempo llegaron a olvidar el idioma hablado por Grazdan, sustituido por el alto valyrio. Así mueren los imperios, y así nacen otros nuevos.

En los fragmentos conservados de la Historia antinatural del septón Barth, este da muestras de haber examinado varias leyendas sobre los orígenes de los dragones, y sobre cómo fueron controlados por los valyrios. Según los propios valyrios, los dragones surgieron como hijos de las Catorce Llamas, mientras que en Qarth las fábulas sostienen que antaño hubo en el cielo una segunda luna, que escaldada por el sol se agrietó como un huevo, y de la que salieron un millón de dragones. En Asshai son muchos y confusos los relatos, pero determinados textos –todos de una antigüedad extraordinaria– afirman que el origen de los dragones estaba en la Sombra, un lugar donde de nada nos sirven todos nuestros conocimientos. Cuentan estos relatos de Asshai que un pueblo tan antiguo que ni nombre tenía fue el primero en domar a los dragones dentro de la Sombra y en traerlos a Valyria, a cuyos habitantes enseñaron sus artes antes de desaparecer de los anales.

Ahora bien, si ya en la Sombra fueron domados por hombres los dragones, ¿por qué no emprendieron las mismas conquistas que los valyrios? Parece más probable que el relato más veraz sea el valyrio. Y sin embargo hubo dragones en Poniente mucho antes de la llegada de los Targaryen, como nos cuentan nuestras leyendas e historias. Si de donde primero surgieron estos seres fue de las Catorce Llamas, debieron de estar muy extendidos por el mundo antes de que los domase alguien. De hecho, hay pruebas que lo abonan, ya que se han encontrado huesos de dragón tan al norte como Ib, e incluso en las selvas de Sothoryos. Sin embargo, los valyrios los enjaezaron y los subyugaron como nadie.

Muy pobre es lo que hoy queda del imperio, tan soberbio antaño, del Antiguo Ghis: unas pocas ciudades que se aferran como llagas a la bahía de los Esclavos, y otra que pretende ser el Antiguo Ghis renacido. Tras caer la Maldición sobre Valyria, las ciudades de la bahía de los Esclavos lograron liberarse de las últimas cadenas valyrias y se gobernaron de veras a sí mismas, no como un simple juego; y lo que quedaba de los ghiscarios reanudó rápidamente la trata de esclavos, aunque ahora, en vez de obtenerlos por conquista, los compraban y criaban.

“Con adoquines y sangre se construyó Astapor; y con adoquines y sangre, su gente”, dice una vieja canción popular en referencia a las muros de ladrillo rojo de la ciudad, y a la sangre vertida por los miles de esclavos que vivieron, sudaron y murieron para edificarlas. Gobernada por hombres que se hacen llamar los Bondadosos Amos, Astapor debe su fama a la creación de los esclavos-soldados eunucos que reciben el nombre de Inmaculados, hombres educados desde la niñez para ser guerreros sin miedo ni dolor. Los astapori pretenden ser las legiones del Antiguo Imperio renacidas, pero estas últimas estaban compuestas de hombres libres, y los Inmaculados no lo son.

Huelga hablar mucho de Yunkai, la ciudad amarilla, pues pocos lugares hay con tan mala fama. Quienes la gobiernan se hacen llamar los Sabios Amos, pero están impregnados de corrupción, y venden esclavos de cama, prostitutos y otras cosas peores.

De todas las ciudades que se asoman a la bahía de los Esclavos la más temible es la antigua Meereen, pero al igual que las demás se viene abajo, y su población no es más que una pequeña parte de la que alimentó en el apogeo del Antiguo Imperio. Sus murallas de ladrillos multicolores contienen sufrimientos infinitos, pues los Grandes Amos de Meereen enseñan a sus esclavos a luchar y morir para darles solaz en sus ensangrentadas arenas de combate.

Se tiene constancia de que estas tres ciudades han pagado tributos a los khalasares de paso para no enfrentarse con ellos en el campo de batalla, pero muchos de los esclavos que adiestran y venden los ghiscarios provienen de los dothrakis, que los obtienen durante sus conquistas y los venden en los mercados de carne de Meereen, Yunkai y Astapor.

La más dinámica de las ciudades ghiscarias es también la más pequeña y la más nueva, aunque ello no le impide aspirar a la grandeza como la que más: Nuevo Ghis, obligada a valerse por sus propios medios en su isla, donde sus amos han formado legiones de hierro que emulan las del Antiguo Imperio, aunque, a diferencia de los Inmaculados, se trata de hombres libres, como lo eran los soldados del Antiguo Imperio.

ARRIBA | La caída del Antiguo Ghis.

LOS HIJOS DE VALYRIA

LOS VALYRIOS APRENDIERON de los ghiscarios algo deplorable: la esclavitud; y los primeros en sufrirla fueron los ghiscarios a los que conquistaron. Las ardientes montañas de las Catorce Llamas eran ricas en minerales, muy ansiados por los valyrios.

Con el crecimiento de Valyria aumentaron también sus necesidades de minerales, origen de nuevas conquistas cuyo fin era mantener el suministro de esclavos en las minas. Los valyrios se expandieron en todas las direcciones: hacia el este, allende las ciudades de los ghiscarios, y hacia el oeste, hasta las costas de Essos.

De sobra se conocen las virtudes del acero valyrio, fruto de plegar muchas veces el hierro a fin de equilibrarlo y eliminar las impurezas, y del uso de conjuros (o cuando menos de artes que desconocemos) para conferir una fuerza sobrenatural al acero resultante. Hoy en día se han perdido tales artes, aunque los herreros de Qohor dicen conocer todavía la magia necesaria para volver a forjar el acero valyrio sin que pierda su fuerza ni su insuperable capacidad de mantener el filo. Tal vez las hojas de acero valyrio que quedan en el mundo se puedan contar por millares, pero en los Siete Reinos, según los Inventarios del archimaestre Thurgood, solo existen doscientas veintisiete, algunas de las cuales, desde entonces, se han perdido o han desaparecido de los anales de la historia.

Este empuje inicial del nuevo imperio fue de importancia capital para Poniente y el futuro de los Siete Reinos. Ante las pretensiones de conquista de Valyria sobre cada vez más tierras y cada vez más gentes, hubo quien huyó y se refugió de la marea. En las costas de Essos los valyrios levantaron ciudades que hoy conocemos como las Ciudades Libres, de orígenes diversos.

Qohor y Norvos se fundaron de resultas de cismas religiosos. Otras, como la Antigua Volantis y Lys, empezaron siendo ante todo colonias comerciales, fundadas por ricos mercaderes y nobles que compraron el derecho a gobernarse a sí mismos como clientes, no súbditos, del Feudo Franco. En algunas crónicas se afirma que Pentos y Lorath respondían a un tercer tipo, el de las ciudades que ya existían antes de la llegada de los valyrios, y cuyos dirigentes, rindiendo pleitesía a Valyria, conservaron el derecho de aplicar sus propias leyes. En estas ciudades la presencia de la sangre valyria corrió a cargo de los inmigrantes del Feudo Franco, o de matrimonios políticos cuya finalidad era ligarlas a Valyria. Hay que decir, no obstante, que la mayoría de las crónicas que así lo narran tienen como fuente Antes de los dragones, de Gessio Haratis, que era de Pentos, y en cuya época Volantis amenazaba con refundar el imperio valyrio bajo su control, así que la idea de una Pentos independiente sin origen valyrio resultaba de gran utilidad política.

Lo que sí es indudable es que Braavos constituye un caso único entre las Ciudades Libres, ya que no se fundó por voluntad del Feudo Franco, ni por sus ciudadanos, sino por sus esclavos. Según los relatos de los braavosis, una enorme flota que regresaba de cobrar tributos en carne humana en las tierras del Verano y el mar de Jade fue víctima de una rebelión esclava, cuyo éxito se beneficiaría, qué duda cabe, de que los valyrios tuvieran por costumbre usar a sus esclavos como remeros e incluso marineros, los cuales se unieron al levantamiento.

Una vez al mando de la flota, los esclavos decidieron ir en busca de una tierra alejada de Valyria y de sus súbditos, y fundaron a escondidas su propia ciudad. Cuenta la leyenda que los bardos lunares profetizaron que la flota debería viajar muy al norte, hasta un recóndito y brumoso paraje de Essos, lleno de marismas y de salobrales.

Los braavosis permanecieron siglos escondidos del mundo en su remota laguna; y aun después de haberse dado a conocer, Braavos siguió siendo llamada la Ciudad Secreta. Eran los braavosis un pueblo sin pueblo: decenas de razas distintas, cien idiomas y cientos de dioses. Lo único que tenían en común era el valyrio que constituía la lengua franca del comercio de Essos, así como el ser libres habiendo sido esclavos. Se honraba a los bardos lunares por haberlos conducido a su ciudad, pero los más sabios de entre los libertos determinaron que para fraguar su unión debían aceptar todos los dioses que hubieran traído los esclavos, sin considerar que ninguno de ellos se hallara por encima de los otros.

ARRIBA | Los fuegos de las Catorce Llamas recorriendo Valyria, combustible para la magia de los piromantes.

Hoy en día, en resumidas cuentas, desconocemos en gran parte los nombres y el número de los pueblos sometidos por Valyria. Los anales que pudieran llevar de sus conquistas los valyrios fueron casi todos destruidos por la Maldición, y en lo que respecta a los otros pueblos, pocos o ninguno documentaron su propia historia de algún modo que sobreviviese al dominio del Feudo Franco. Algunos, como los rhoynar, resistieron siglos o incluso milenios a contracorriente. Se dice que los rhoynar, fundadores de grandes ciudades en la orilla del Rhoyne, fueron quienes primero aprendieron el arte de la metalistería. También la confederación de ciudades que recibiría más tarde el nombre de reino de Sarnor sobrevivió a la expansión valyria gracias a la gran llanura que los separaba; llanura, empero, que (junto con los pueblos que la ocupaban, los señores de los caballos dothrakis) acabaría siendo la causante de la caída de Sarnor.

Y aquellos que, pese a resistirse a la esclavitud, no podían hacer frente al poderío valyrio emprendieron la huida. Muchos fracasaron, y han caído en el olvido. Hubo unas gentes, sin embargo, de gran estatura y rubios cabellos, valientes e indomeñables gracias a su fe, que consiguieron escaparse de Valyria, y esas gentes son los ándalos.

Sobre la historia de Valyria tal como la conocemos hoy en día se han escrito muchos tomos al correr de los siglos, con los pormenores de sus conquistas y colonizaciones, los enfrentamientos entre los señores dragón, los dioses a los que adoraban y muchas otras cosas con las que podrían llenarse bibliotecas enteras, que ni aun así estarían completas. En general se considera que la historia más defintiva es la de Galerio, Los fuegos del Feudo Franco, y aun de ella faltan veintisiete rollos en la Ciudadela.

LA LLEGADA DE LOS ÁNDALOS

LOS ÁNDALOS TENÍAN su origen en las tierras del Hacha, al noreste de donde se halla en nuestros días Pentos, aunque durante muchos siglos fueron un pueblo migratorio que no permanecía mucho tiempo en ningún lugar. Desde el corazón del Hacha (un gran espolón de tierra íntegramente rodeado por el mar de los Escalofríos) viajaron hacia el sur y hacia el oeste para forjar Andalia, el antiguo reino que gobernaron antes de cruzar el mar Angosto.

Iba Andalia desde el Hacha hasta lo que son ahora las costas braavosis, y por el sur hasta las Llanuras y las colinas de Terciopelo. Trajeron los ándalos armas de hierro y armaduras de placas del mismo metal, contra las que poco podían hacer las tribus pobladoras de esas tierras. Una de ellas era la de los hombres peludos, cuyo nombre se ha perdido, si bien pervive su recuerdo en algunos relatos pentoshis. (Los pentoshis los creen emparentados con los hombres de Ib, algo en lo que concuerdan en gran parte las crónicas de la Ciudadela, aunque hay quien afirma que los hombres peludos fundaron Ib, y quien sostiene que de Ib llegaron justamente los primeros.)

El dato de la forja del hierro por los ándalos ha sido presentado por algunos autores como prueba de que estaban guiados por los Siete –hasta el punto de que fue el mismísimo Herrero quien los instruyó en este arte–. Así lo enseñan también los textos sagrados. Sin embargo, por aquella época los rhoynar eran ya una civilización adelantada, conocedora ella misma del hierro, así que basta el simple estudio de un mapa para darse cuenta de que los primeros ándalos tuvieron contacto con los rhoynar. El Aguasfoscas y el Noyne quedan justo en el camino de la migración de los ándalos, y según el historiador norvoshi Doro Golathis, en Andalia quedan restos de puestos de avanzada rhoyne. De hecho, no serían los primeros hombres que hubieran aprendido a trabajar el hierro de los rhoynar, ya que se dice que los propios valyrios adoptaron de ellos ese arte, si bien acabarían superándolos.

Permanecieron los ándalos miles de años en Andalia, cada vez más numerosos. En el más antiguo de los libros sagrados, La estrella de siete puntas, se dice que en los montes de Andalia se paseaban los mismísimos Siete, y que fueron ellos quienes coronaron a Hugor de la Colina y prometieron grandes reinos en lejanas tierras para él y su linaje. Es lo que enseñan los septones y las septas como causa de que los ándalos partieran de Essos rumbo al oeste, hacia Poniente, aunque la historia que ha logrado revelar la Ciudadela con el paso de los siglos podría aportar una razón más sólida.

ARRIBA | Aventureros ándalos en el Valle, con las montañas de la Luna al fondo.

Según una antigua leyenda que se cuenta en Pentos, los ándalos dieron muerte a las doncellas cisne que atraían y mataban a los viajeros en las colinas de Terciopelo, al este de la ciudad libre. Acaudillaba por aquel entonces a los ándalos un héroe a quien llaman Hukko los bardos pentoshis, y se dice que no mató a las siete doncellas por sus crímenes, sino como sacrificio a los dioses. Algunos maestres han señalado que Hukko podría ser otra forma del nombre de Hugor. De las antiguas leyendas del este, sin embargo, es menester desconfiar, más aún de aquellas de los Siete Reinos. Han ido y venido demasiados pueblos, y se han mezclado demasiadas leyendas y consejas.

Prosperaron los ándalos durante algunos siglos en los montes de Andalia sin ser importunados por nadie, o casi nadie, pero la caída del Antiguo Ghis dio impulso a la gran ola de conquistas y colonizaciones del Feudo Franco de Valyria, que extendió sus dominios y buscó más esclavos. Al principio ejercieron de barrera el Rhoyne y los rhoynar. Al llegar al gran río, los valyrios tuvieron dificultades para cruzarlo en masa. Tal vez no fuera problema para los señores dragón, pero ante la resistencia de los rhoynar los infantes y jinetes lo encontraban desalentador, ya que por aquel entonces Rhoyne era ya tan poderoso como Ghis en su apogeo. Valyrios y rhoynar pactaron una tregua que duró unos cuantos años, pero a los ándalos solo los protegía hasta cierto punto.

Fue en la desembocadura del Rhoyne donde fundaron los valyrios la primera de sus colonias. Volantis fue trazada por algunos de los ciudadanos más ricos del Feudo Franco como lugar en el que hacer acopio de las riquezas traídas por las aguas del Rhoyne. Desde Volantis cruzó el río en gran número su ejército conquistador, y aunque al principio los ándalos presentaron batalla, ayudados incluso, quién sabe, por los rhoynar, era una avalancha incontenible, por lo que es muy probable que los ándalos decidiesen huir por no hacer frente a la esclavitud que comportaba sin remedio la conquista valyria. Se retiraron primero al Hacha, las tierras de las que habían salido, y al ver que no era suficiente protección se refugiaron más al norte y al oeste, hasta llegar al mar. Es posible que algunos desistieran en sus costas y se resignaran a su sino, mientras otros resistían hasta el fin, pero fueron mayoría los que construyeron barcos y zarparon en gran número hacia las tierras de los primeros hombres de Poniente, por el mar Angosto.

Los valyrios habían privado a los ándalos de ver cumplida la promesa de los Siete en Essos, pero en Poniente eran libres. Enardecidos por tantos combates y tantas huidas, los guerreros de los ándalos se grabaron en el cuerpo la estrella de siete puntas, y juraron por su sangre y por los Siete que no descansarían hasta haberse labrado reinos en las tierras del Ocaso. Su éxito dio un nuevo nombre a Poniente: Rhaesh Andahli, la Tierra de los Ándalos, que es como la llaman hoy día los dothrakis.

Hay consenso entre septones, bardos y maestres en que el primer lugar donde desembarcaron los ándalos fueron los Dedos del valle de Arryn. Las rocas y piedras de la zona están sembradas de grabados de la estrella de siete puntas, práctica que acabó por caer en desuso al progresar las conquistas de los ándalos.

Fue ahí, en el valle, a hierro y fuego, donde iniciaron su conquista de Poniente. Sus armas y armaduras de hierro superaban el bronce con el que aún combatían los primeros hombres, muchos de los cuales perecieron en la lucha. Fue una guerra, o una larga serie de ellas, que con toda probabilidad se prolongó durante décadas, hasta que algunos de los primeros hombres se rindieron. Como he dicho ya antes, quedan casas en el valle que se proclaman orgullosas descendientes de los primeros hombres, como la de Redfort y la de Royce.

Dicen los bardos que el héroe ándalo ser Artys Arryn montó en un halcón para abatir al Rey Grifo en la Lanza del Gigante, dando así origen al regio linaje de la casa de Arryn; puro desatino y corrupción de la verdad histórica sobre los Arryn mediante leyendas procedentes de la Edad de los Héroes, ya que lo cierto es que los reyes Arryn sustituyeron a los Grandes Reyes de la casa Royce.

Ya con el valle en su poder, los ándalos volcaron su atención en el resto de Poniente y atravesaron en gran número la Puerta de la Sangre. En las guerras que siguieron, varios aventureros ándalos fundaron pequeños reinos en los antiguos dominios de los primeros hombres, y se combatieron entre sí con la misma frecuencia con que lo hacían contra sus enemigos.

Se dice que en las guerras por el dominio del Tridente fueron nada menos que siete los reyes ándalos que unieron sus fuerzas contra el último rey de los Ríos y de las Montañas, Tristifer IV, descendiente de los primeros hombres, y le vencieron en la que según los bardos fue la batalla número cien del monarca. Su heredero, Tristifer V, no se mostró capaz de defender el legado de su padre, por lo que el reino cayó en manos de los ándalos.

Fue en esta época cuando cierto ándalo, a quien recuerda la leyenda como Erreg el Parricida, llegó a la gran montaña de Alto Corazón, donde los hijos del bosque, que gozaban de la protección de los reyes de los primeros hombres, habían cuidado los majestuosos arcianos tallados que lo coronaban (treinta y uno, según el archimaestre Laurent en su manuscrito Lugares antiguos del Tridente). Dicen que cuando los guerreros de Erreg trataron de talar los árboles los primeros hombres lucharon del lado de los hijos del bosque, pero el poder de los ándalos era excesivo, y a pesar del valor que demostraron ambos pueblos en defensa del bosque perecieron todos. Hoy en día los narradores dicen que de noche la montaña sigue encantada por sus espíritus. Es un lugar que evitan pisar los habitantes de las tierras de los ríos.

Al igual que sus antecesores, los primeros hombres, los ándalos manifestaron una dura enemistad contra los hijos del bosque que quedaban. Dado que a sus ojos adoraban a dioses extraños y tenían extrañas costumbres, los expulsaron de todos los bosques profundos que en otros tiempos les había asignado el Pacto. Debilitados, y aislados por el paso de los años, los hijos carecían ya de las ventajas que hubieran podido tener sobre los primeros hombres, y así los ándalos, en poco tiempo, lograron lo que nunca habían podido hacer los primeros hombres: erradicar por completo a los hijos del bosque. Es posible que unos pocos huyeran al Cuello, a la seguridad que les brindaban los marjales y los palafitos; de ser así, no queda rastro alguno de su paso. También es posible, como a veces se ha escrito, que sobrevivieran algunos en la isla de los Rostros, protegidos por los hombres verdes, a quienes los ándalos jamás lograron destruir. Tampoco en este caso, sin embargo, se ha encontrado prueba alguna.

ARRIBA | La matanza de los hijos del bosque por el guerrero ándalo Erreg el Parricida.

Los clanes de las montañas de la Luna son claros descendientes de los primeros hombres que al no hincar la rodilla ante los ándalos tuvieron que refugiarse en las montañas. Por si fuera poco, existen similitudes entre sus costumbres y las de los salvajes del otro lado del Muro (como la de robar novias, o el pertinaz deseo de gobernarse a sí mismos). Y no puede discutirse que los salvajes tengan su origen en los primeros hombres.

En suma, que los pocos hijos que quedaban huyeron o murieron, y los primeros hombres se vieron perdedores de una guerra tras otra ante los ándalos, que les arrebataron reinos y más reinos. Las batallas y guerras eran incesantes, pero al final cayeron todos los reinos sureños. Como en el caso de los habitantes del Valle, algunos se rindieron a los ándalos y adoptaron incluso la fe de los Siete. En muchos casos los ándalos tomaron por esposas a las de los reyes derrotados, o a sus hijas, como medio para consolidar su derecho al gobierno; y es que a pesar de los pesares los primeros hombres eran mucho más numerosos que los ándalos y no era posible apartarlos sin más por la fuerza. El hecho de que muchos castillos sureños conserven aún bosques de dioses con arcianos tallados en su centro se atribuye a la intervención de los primeros reyes ándalos, que al pasar de la fase de conquista a la de consolidación evitaron cualquier tipo de conflicto basado en diferencias de fe.

Hasta los hombres del Hierro (los feroces guerreros del mar, que al principio debieron de considerarse a salvo en sus islas) cayeron bajo la oleada de conquistas; pues, si bien los ándalos tardaron un millar de años en fijarse en las islas del Hierro, cuando lo hicieron fue con celo renovado, y al asolarlas acabaron con el linaje de Urron Manorroja, que durante mil años las había gobernado con el hacha y la espada.

Escribe Haereg que al principio los nuevos reyes ándalos trataron de imponer a los hombres del Hierro el culto de los Siete, pero que fue en vano, así que permitieron que coexistiese con el del Dios Ahogado. Como había sucedido ya en el continente, los ándalos casaron con las esposas e hijas de los hombres del Hierro, con las que tuvieron descendencia. La diferencia es que en las islas no se afianzó jamás la Fe, hasta el punto de que ni siquiera entre las familias de sangre ándala tenía raíces firmes. Con el paso del tiempo el Dios Ahogado se erigió en único señor de las islas del Hierro, y solo unas pocas casas recordaban a los Siete.

Solo el Norte, y nada más que el Norte, fue capaz de mantener a raya a los ándalos, gracias a las ciénegas impenetrables del Cuello y a la antigua fortaleza de Foso Cailin. Sería difícil calcular el número de ejércitos ándalos que fueron destruidos en el Cuello. Gracias a ello los reyes del Invierno siguieron gobernando sin ninguna servidumbre durante muchos de los siglos venideros.

ARRIBA | Los rhoynar ante el poderío del Feudo Franco.

DIEZ MIL NAVÍOS

LA ÚLTIMA DE las grandes migraciones de Poniente fue muy posterior a la llegada de los primeros hombres y los ándalos. Una vez concluidas las guerras ghiscarias, los señores dragón de Valyria centraron su atención en el oeste, donde el acrecentamiento del poder de los valyrios provocó un conflicto entre el Feudo Franco y sus colonias y los pueblos del Rhoyne.

Con sus numerosos afluentes, que ocupan gran parte del oeste de Essos, el Rhoyne es el río más caudaloso del mundo, y en sus orillas había surgido una civilización y una cultura no menos ilustres ni menos antiguas que las del Antiguo Imperio de Ghis. A los rhoynar los había enriquecido la prodigalidad de su río, al que llamaban “madre Rhoyne”.

Pescadores, comerciantes, maestros, eruditos y trabajadores de la madera, la piedra y el metal, sembraron de elegantes villas y ciudades todo el Rhoyne, desde sus fuentes hasta su desembocadura, y todos rivalizaban en belleza. Estaba Ghoyan Drohe, en las colinas de Terciopelo, con sus bosques y cascadas; Ny Sar, la ciudad de las fuentes, animada por mil cantos; Ar Noy, a orillas del Qhoyne, con sus salones de mármol verde; la pálida Sar Mell de las flores; Sarhoy, cercada por el mar y llena de canales y jardines de agua salada; y la mayor de todas, Chroyane, la ciudad festiva, con su gran Palacio del Amor.

En las ciudades del Rhoyne florecían el arte y la música, y se dice que sus gentes poseían una magia propia, una magia de las aguas muy distinta a los embrujos de Valyria, urdidos con sangre y fuego. Pese a estar unidas por la sangre, la cultura y el río del que habían nacido, las ciudades rhoynienses eran de una obstinada independencia: tenían todas su propio príncipe, o princesa, ya que entre aquellas gentes del río las mujeres estaban consideradas como iguales a los varones.

Eran los rhoynar, por lo general, gentes de paz, pero cuando alguien despertaba sus iras podían ser temibles, como comprobaría muy a su pesar más de un aspirante ándalo a conquistador. Con su armadura de escamas de plata, su yelmo en forma de cabeza de pez, su larga lanza y su escudo de concha de tortuga, el guerrero rhoynar era valorado y temido por cualquier contrincante en el campo de batalla. Se decía que la propia madre Rhoyne susurraba los peligros al oído de sus hijos, que los príncipes rhoynar tenían singulares y extraños poderes, que las mujeres del Rhoyne luchaban con el mismo encono que los hombres, y que sus ciudades estaban protegidas por “murallas de agua” que a su debido tiempo surgirían para ahogar a cualquier enemigo.

Durante siglos los rhoynar vivieron en paz. Aunque en los montes y los bosques aledaños a la madre Rhoyne morasen ...