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EL MUNDO ES TU ESCENARIO

Greta Elizondo  

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Fragmento

Mis comienzos en el mundo del ballet

Mi historia con el ballet empieza desde que yo era muy pequeña. Mi mamá siempre ha sido una aficionada a la danza y sus diversas técnicas. Durante mi niñez viví viéndola bailar en el escenario, experimentando la felicidad que transmitía y escuchando sus historias de la vida tras bambalinas. Ella no bailaba profesionalmente, pero tenía la entrega de cualquier bailarina que se dedicaba a ello. Bailaba y sigue bailando todo tipo de ritmos y técnicas, entre ellas ballet clásico. Así, mi mente comenzó a asociar la danza con un estado de felicidad, alegría y entusiasmo. En algún momento de mi niñez estuve en clases de jazz, como las miles de niñas pequeñas que van a clases de baile. No recuerdo bien esas clases y de todas maneras no duré mucho ahí. Sin embargo seguía estando cerca de la danza. En varias ocasiones acompañé a mi mamá a sus clases y me sentaba en el salón a colorear y dibujar en mis cuadernos. Por alguna razón me gustaba estar ahí, presente. Escuchar la música mientras coloreaba y de vez en cuando alzar la vista para ver cómo las personas ejecutaban la coreografía dictada por el maestro. Durante este tiempo nunca me pasó por la mente querer entrar a clases de baile. De todas maneras, yo bailaba. Bailaba sin excepción en las fiestas navideñas, en mi casa y prácticamente en cualquier lugar. Bailaba, no como si nadie me estuviera viendo. Al contrario, como si todos lo estuvieran haciendo, el mundo era mi escenario y la ingenuidad de mi alma me llevaba a experimentar la danza en su pureza total. Bailar por el simple hecho de que me nacía hacerlo cuando estaba feliz.

No fue hasta que tenía alrededor de ocho años que mi mamá me llevó a un curso de verano en una academia de ballet. Era un curso de iniciación en el que coloreábamos bailarinas y aprendíamos a amar la danza. Sólo recuerdo que ese primer día fue extraño. Todas las niñas iban vestidas con leotardo y faldita negra. Yo, de rosa pastel. Ahí fue la primera vez que me sentí fuera de lugar, pero logré que nadie notara mi inseguridad. Supongo que durante esos días o semanas fui entendiendo el ballet como un detalle que me hacía sonreír. Moverme y bailar siempre me había parecido natural pero ahora aprendía que existía una forma “correcta” de hacerlo por medio de la danza clásica. Al finalizar el curso de verano y al notar mi gran interés, mi mamá decidió inscribirme a mi primera clase oficial de ballet.

El mundo del ballet me fue envolviendo más y más. En las noches, mi mamá me leía sobre la historia de este hermoso arte. Yo la escuchaba con atención y me emocionaba grandemente conocer y descubrir cada capa de su historia, desde cómo el rey Luis XIV creó el ballet en Francia hasta la evolución del tutú y las zapatillas de punta. Recuerdo el capítulo que hablaba sobre Marie Taglioni, una de las bailarinas más importantes de la época del romanticismo del ballet. El autor describía la elegancia de Taglioni al moverse y la belleza estética de sus largos brazos y su cuello; en el libro había fotografías en las que se mostraban las posiciones de los brazos que Taglioni ejecutaba para enmarcar las líneas de su torso. Ese mismo año, para las fotografías de fin de curso, hice exactamente las mismas poses. Fui apropiándome del ballet. Me encantaba escuchar la música y dejarme llevar por ella, pero también tenía una fascinación por cada día ejecutar mejor los ejercicios y pasos en la clase.

En el festival de fin de cursos interpreté a una de las princesas principales en el cuento. Hace muy poco encontré el video de esa función. Era muy pequeña y no hacía grandes cosas técnicamente, pero lo que sí hacía era mucho drama. Había una escena en la que la bruja malvada me hechizaba y yo tenía que caer al piso derrotada. Cuando la vi, no paré de reír. En vez de sencillamente caer con delicadeza, lo que hice fue lanzar un grito silencioso al cielo y luego desmoronarme con un melodrama digno de un Oscar. Esta manera de interpretar salió de lo más profundo de mi corazón, nadie me había pedido que lo hiciera así. Por naturaleza era una niña sumamente expresiva e histriónica, pero a la vez muy silenciosa y disciplinada cuando había que serlo. Supongo que era una buena combinación para el ballet. Ver ese video me recordó lo que con los años se va perdiendo: la naturaleza al bailar y el verdadero sentimiento que éste provoca en el cuerpo.

Yo no estaba interesada en ser la mejor de la clase, simplemente mi carácter no me permitía hacer las cosas a medias. Si me pedían que enderezara la espalda y el cuello, lo hacía hasta que parecía que se me iba a salir la cabeza, o por lo menos eso me decía mi mamá cuando me veía hacer mis ejercicios de ballet. Si tenía que estirar la pierna, lo hacía al máximo y no la relajaba hasta que mi maestro me lo pedía. Tanto los maestros como mi mamá comenzaron a ver potencial en mí. Estaba en una simple academia de ballet en donde las niñas iban a divertirse. Yo me divertía, pero me gustaba poner gran atención a las palabras del maestro y no me lo tomaba como un simple juego. Me parecía increíble cómo podía ir haciendo con mi cuerpo lo que mi mente le ordenaba. Al ver que mi interés en la danza aumentaba, mi mamá decidió llevarme a otra academia donde el enfoque hacia el ballet era más técnico y especializado. En esa academia se encontraba la maestra rusa Irina Provorova, quien con el tiempo se convirtió en una segunda madre para mí. Desde mi primera clase con Irina me percaté de que mis compañeras eran mucho más serias que en la academia pasada, no hablaban entre sí durante la clase y el orden en el salón era impecable. Me encantaba. Encajé perfectamente, ya que aprender, trabajar y aprovechar al máximo cada clase era mi meta y la de todas mis compañeras. Me enamoré de la técnica rusa y de la manera en la que Irina me enseñaba a mover las manos, los brazos y la cabeza en perfecta sintonía. Comencé a entender las exigencias del ballet clásico, tanto físicas como psicológicas, pero éstas no me detenían, al contrario, me motivaban. Seguía manteniendo la pureza de la danza en mi ser. Bailaba porque me hacía sentir feliz.

A los 10 años decidí que quería ser bailarina profesional. No tengo la menor idea de cómo se lo expresé a mi familia o cómo tomé esa determinación. Fue una simple decisión. Cuando eres niño no le das mil vueltas al asunto. Me encantaban mis clases de ballet, entendía que mi maestra tenía un gran conocimiento y yo quería absorber cada corrección y lección de vida que saliera de ella. Toda mi energía se canalizab

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