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EL ORáCULO

Valerio Massimo Manfredi  

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Fragmento

I

Efira, Grecia noroccidental,

16 de noviembre de 1973, ocho de la tarde

Temblaron de repente las puntas de los abetos; las hojas secas de las encinas y de los plátanos se estremecieron aunque no había un soplo de aire y el mar lejano estaba frío e inmóvil como una losa de pizarra.

El viejo estudioso tuvo la impresión de que todo callaba de golpe, el piar insistente de los pájaros, el ladrido de los perros y la voz del río, como si las aguas lamieran las orillas y las piedras del lecho sin tocarlas, como si un oscuro y súbito escalofrío recorriera la tierra.

Se pasó una mano entre los blancos cabellos, finos como la seda, se tocó la frente y buscó en su interior el valor para afrontar, después de treinta años de búsqueda infatigable y obstinada, la visión de la meta.

Nadie habría podido compartir con él aquel momento. Sus obreros, Yorgo, el borrachín, y Stathis, el pendenciero, se alejaban ya, después de haber guardado las herramientas, con las manos hundidas en los bolsillos y el cuello del abrigo levantado; el crujido arrancado a la grava del camino por sus pisadas era lo único que se oía en la noche.

Se sintió invadido por la angustia.

—¡Ari! —gritó—. Ari, ¿estás todavía aquí?

El guardián acudió.

—Sí, profesor, estoy aquí.

No fue más que un instante de debilidad.

—Ari, he decidido quedarme un poco más. Tú puedes irte al pueblo. Ya es hora de cenar, tendrás hambre.

El guardián lo miró con una expresión mezcla de afecto y protección y le dijo:

—Venga usted también, profesor. También le hace falta comer algo y descansar. Además, empieza a hacer frío; si se queda se va a enfermar.

—No, Ari, vete, yo... yo me voy a quedar un rato más.

El guardián se alejó a regañadientes, subió al coche de la Dirección General de Bellas Artes y enfiló hacia la carretera que conducía al pueblo. Durante unos instantes, el profesor Harvatis siguió con la mirada la luz de los faros que lanceaba las laderas de las colinas y luego entró en el pequeño edificio de la hospedería; con gesto resuelto descolgó una pala de la pared, encendió una lámpara de gas y se dirigió hacia la entrada del antiguo edificio del Nekromantion, el oráculo de los muertos.

Al final del largo pasillo central llegó a la escalera que había sacado a la luz gracias al trabajo de la última semana, y descendió muy por debajo del nivel de la galería de los sacrificios, hasta una cámara que todavía se encontraba repleta en gran parte con el material de las excavaciones. Miró a su alrededor calculando a ojo el breve espacio que lo rodeaba, luego contó algunos pasos hacia la pared occidental y se detuvo tanteando enérgicamente con la punta de la pala la capa de tierra suelta que cubría el suelo hasta que la punta de la herramienta resonó contra una superficie dura. Quitó la tierra y descubrió una losa de piedra en la que aparecía grabada la figura de una serpiente, la fría criatura símbolo del más allá.

Sacó el paletín del bolsillo de la americana y rascó alrededor de la losa hasta que la liberó. Plantó la punta de la pala en la fisura, hizo palanca y la levantó unos cuantos centímetros. La volcó hacia atrás y un olor a moho y a tierra húmeda lo golpeó desde abajo.

Se abría ante él una entrada negra, un escondrijo frío y oscuro jamás explorado por nadie: el ádito, la cámara del oráculo secreto, el lugar en el que solo unos pocos iniciados podían invocar las pálidas larvas de los difuntos.

Bajó la lámpara para iluminar otros escalones y notó que en su interior la vida temblaba como la llama de una vela a punto de apagarse.

Al llegar al confín del Océano de aguas profundas donde se halla la tierra y ciudad de los hombres cimerios, entre nieblas y nubes; son hombres a quienes los rayos esplendentes del Sol no deslumbran jamás en la vida, ni siquiera al subir a los cielos poblados de estrellas ni tampoco al bajar de los cielos buscando la tierra: sobre tales cuitados se extiende una noche de muerte.[1]

Recitó como una plegaria los versos de Homero, las palabras de la Nekya, el viaje de Ulises al país de las sombras. Llegó al suelo de la segunda sala hipogea y levantó la lámpara para iluminar las paredes. La frente se le arrugó y se le perló de sudor; la luz, que debido al temblor de su mano danzaba a su alrededor, reveló escenas de un rito antiguo y tremendo: el sacrificio de un carnero negro; la sangre le chorreaba del gaznate desgarrado y caía en un foso. Contempló aquellas figuras borrosas, carcomidas por la humedad, recorrió con paso incierto el perímetro de las paredes y en ellas vio grabados nombres de personas. En algunos reconoció a grandes personajes de un pasado remoto, pero muchos le resultaron incomprensibles, escritos con letras indescifrables. Concluyó su reconocimiento y la lámpara volvió a iluminar la escena del sacrificio. De sus labios volvieron a salir las palabras:

... Saqué luego de junto a mi muslo la espada agudísima, abrí entonces un hoyo que un codo por lado tenía y vertí en torno de él tres ofrendas por todos los muertos: la primera con leche y con miel, la segunda con vino, la tercera con agua y vertí blanco polvo de harina, invoqué a los muertos al fin, a sus cabezas inanes...

Se desplazó hasta el centro de la cámara, se arrodilló y comenzó a excavar. La tierra estaba fría y le entumecía los dedos. Se detuvo un momento para meter las manos ateridas debajo de

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