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EL ORO MEXICA

Ted Estrada  

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Fragmento

1

Tres meses después de la batalla final que destruyó el imperio mexica y México Tenochtitlan, su majestuosa ciudad capital, Cortés tenía dificultades para dormir. Aterradoras pesadillas lo despertaban en pánico. Marina, su compañera, traductora y concubina, tendida desnuda a su lado, trataba de calmarlo con sus caricias, pero él la apartaba bruscamente. Al despertar a causa de sus propios gritos, Cortés se sentaba entonces en la cama, empapado en sudor, apretando su cabeza con las manos, tratando de sacudirse las inquietantes visiones que lo dejaban mareado y con náuseas. Noche tras noche, en cuanto lograba dormirse, las pesadillas volvían a atormentarlo, sembrando un miedo abrasador en su corazón. ¿Cómo pueden aterrorizarme hasta este punto las pesadillas?, se preguntaba. Cuando él, sus soldados y sus aliados nativos se enfrentaban a miles de guerreros mexicas, no sentía miedo. En batalla nunca tuvo tiempo de temer a la muerte. “Morir no es una opción —gritaba a sus hombres—; la única opción es la victoria.” Día tras día, Cortés, sus hombres y aliados luchaban como bestias enfurecidas. “El miedo —les decía a sus soldados— puede ser fatal y conduce a la debilidad, y la debilidad sólo traerá la derrota.” Pero sus pesadillas le causaban un miedo diferente y avasallador. A pesar de su liderazgo, su astucia y su valor, Cortés no conseguía librarse de las horribles pesadillas. ¡Me volverán loco!, pensaba.

Dejándose caer en la cama, Cortés cerró los ojos e intentó dormir. Marina, una vez más, trató de consolarlo, pero él de nuevo la apartó. Pronto se durmió y, contra su voluntad, incapaz de escapar de ella, volvió a la pesadilla: era la última noche de la última gran batalla que destruiría para siempre el poderoso imperio mexica, y traería la conquista de México Tenochtitlan, en cumplimiento de su destino.

El sitio final para tomar México Tenochtitlan duró ochenta días. La lucha continuó sin cuartel desde ambos bandos. Cientos de sus hombres y miles de sus aliados nativos cayeron en batalla. Decenas de miles de mexicas murieron también. A muchos de sus hombres y aliados heridos los capturaron los mexicas y los sacrificaron de forma salvaje en la cúspide del Templo Mayor. Los gritos de los hombres a los que les arrancaban el corazón se escuchaban más allá del estruendo de la batalla.

Ésa fue la noche de la última batalla, que había sido encarnizada durante todo el día. A pesar de la armadura que llevaba, Cortés tenía graves heridas en los brazos y las piernas, y sus ojos estaban llenos de sangre debido a un corte que tenía en la frente. Sin embargo, seguía luchando, mientras su gran espada de acero de Toledo despachaba a muchos enemigos. Parecía que entre más mexicas caían, más seguían llegando. Sintió el corazón golpeándole el pecho, no por miedo, sino por la alegría que sentía al estar cerca de su objetivo: la conquista de la gran nación mexica, que le traería la gloria, la fama y la riqueza que buscaba desde el momento en que navegó por primera vez a esta tierra desconocida y legendaria.

La batalla fue despiadada e intensa. Cinco guerreros mexicas lo rodearon, golpeándolo con sus hachas de batalla incrustadas de obsidiana, que no eran rivales para su espada de acero. Luchando con una rabia impetuosa, Cortés se percató de que lo obligaban a avanzar hacia el borde de la calzada, en dirección al lago. Desatando una furia ciega, blandió su espada, entonces sintió un fuerte golpe en el pecho que lo empujó hacia el agua. Varios guerreros mexicas saltaron al lago después de él, no para matarlo, sino para tomarlo prisionero y sacrificarlo en el Templo Mayor, donde le arrancarían el corazón y se lo ofrecerían a Huitzilopochtli, el dios mexica de la guerra. Sintiendo más que nunca el peso de su armadura, y casi seguro de que se ahogaría, Cortés siguió luchando, destrozando a sus posibles captores. Le rajó la cabeza a uno, y cuando el otro levantó el hacha para soltarla sobre su nuca, Cortés sacó su espada del agua y la clavó con tanta fuerza en el abdomen del mexica que la punta le salió por la espalda. Luego la apartó del cuerpo sin vida.

Cortés estaba exhausto y al borde del desmayo, mientras la sangre le chorreaba de las heridas en la frente, los brazos y los hombros. Flotaba en el lago junto a miles de cadáveres: españoles, tlaxcaltecas, mexicas, mujeres, niños y caballos. Aferrándose a su espada, comenzó a bracear en el agua. Guiado por la luz procedente de las llamas que devoraban la ciudad, intentó nadar hacia la calzada, pero poco avanzó debido a los miles de cadáveres flotantes. Apenas podía sostener la cabeza por encima del agua.

Llegó hasta el cuerpo de un español que flotaba bocabajo y trató de usarlo para sostenerse, pero la armadura del cadáver, resbaladiza por el agua y la sangre, era difícil de asir. Al observarla de cerca, Cortés vio que el agua era espesa y cálida. Se frotó el ojo izquierdo y vio que no estaba nadando en agua, sino ¡en sangre! ¡El lago entero estaba lleno de sangre! El miedo se apoderó de su corazón. “¡Santiago, ayúdame!”, gritó. Redobló sus esfuerzos para llegar a la calzada y comenzó a empujar el cuerpo al que se había aferrado hasta el borde del lago. De repente, por sí solo, el cuerpo se dio vuelta lentamente, permitiéndole a Cortés ver la cara del soldado muerto. Para su gran horror, el rostro que vio era el suyo. “¡Santa madre de Dios —gritó a todo pulmón—, estoy muerto!”

Se incorporó en la cama, gritando. “Mi muerte ha sido anunciada”, dijo. Marina, asustada por los gritos, se levantó para traerle una taza de agua mezclada con hierbas que un herbolario mexica le había dado para calmar a Cortés y ayudarlo a dormir. Él la bebió con la avidez de un hombre que acaba de cruzar el desierto. Marina le puso un paño húmedo en la frente. El cuerpo de Cortés temblaba. Sombrita, el enano, compañero y sirviente de Cortés, vino corriendo al oír sus gritos. Se quedó al lado de la cama, asustado, sin saber cómo ayudar a su amado maestro.

—Mi señor, ¿quieres que llame a uno de tus sacerdotes o a un médico? —preguntó Marina.

—¡No, no, no! ¡No quiero a nadie! Vuelve a la cama, estaré bien —sentenció Cortés, más calmado ahora que comprendía que su muerte sólo había sido una pesadilla.

Se recostó en la almohada y cerró los ojos, pero no pudo sacar de su cabeza la funesta imagen: su cadáver flotando en un lago de sangre. ¿Por qué tengo estas pesadillas?, se preguntó. Dulce Jesús y Santísima Madre de Dios, ayúdenme; permítanme sobrevivir a esta prueba; no me dejen morir, se los ruego. Con esta última súplica, volvió a dormirse.

Cortés, vestido con una magnífica armadura, con la espada a su lado y el casco bajo el brazo izquierdo, se paró frente a las grandes puertas talladas de la sala imperial de audiencias del castillo español del rey, en Valladolid. Los dos guardias imperiales colocados frente a frente con sus lanzas cruzadas que vigilaban las puertas no dieron señales de reconocerlo. Lo habían llamado a comparecer ante el rey y, cumpliendo con la orden, esperó a ser admitido para aparecer frente a su soberano, el más grande y poderoso gobernante del mundo conocido.

Se escuchó un golpe desde adentro, los guardias levantaron las lanzas y juntos abrieron ambas puertas. En el interior había un paje imperial, vestido con una vistosa levita, quien le indicó a Cortés que entrara. Una alfombra roja conducía desde la puerta hasta un estrado a unos trescientos metros de distancia en el cavernoso salón real. Dispuestos a lo largo del pasillo se encontraban colgados numerosos retratos de reyes pasados, reinas y nobles. Las paredes estaban cubiertas de enormes tapices, y el techo estaba adornado con banderas y estandartes que ostentaban los escudos de armas de todos los dominios del rey. El salón, de otro modo gélido, se conservaba caliente gracias a cuatro enormes hogueras de fuegos abrasadores. Los guardias imperiales, ataviados con armaduras completas, permanecían de pie contra las paredes.

Siguiendo al paje, Cortés caminó lentamente con la cabeza inclinada. A unos pocos metros del estrado, el paje se detuvo y se colocó junto a él. Sólo entonces Cortés alzó la cabeza y se acercó al sitio donde se hallaba el rey, sentado en un trono enorme y ricamente adornado. Cortés se arrodilló en el último peldaño del estrado, besó el pie izquierdo del rey, cubierto por una bota del más suave cuero, se levantó y retrocedió un par de pasos. Aquí se sienta el rey, el poderoso señor, el soberano imperial que gobierna la mayor parte de Europa y todo el Nuevo Mundo, que yo he conquistado para él, pensó Cortés.

Sin embargo, cuando se atrevió a mirar hacia arriba no vio al hombre poderoso que imaginaba: de gran estatura, con aspecto imponente y dominante, vestido con un uniforme militar con medallas en el pecho. Lo que vio, en cambio, fue a un muchacho de apenas veinte años de edad, con una actitud tímida y una débil sombra de vello facial, sentado en un trono demasiado grande para él. En el costado de la cabeza llevaba un gran sombrero de terciopelo púrpura de aspecto extraño que apenas le cubría el largo cabello rubio que caía sobre sus hombros. Tenía grandes ojos azules, una barbilla alargada y prominente y una palidez tan señalada que le daba la apariencia de no haber estado nunca al sol. El rey parecía ajeno a los que lo rodeaban, en especial a Hernán Cortés, conquistador del poderoso imperio mexica. Le he dado más tierras y ciudades que las que sus abuelos, el rey Fernando y la reina Isabel, le dieron, pensó Cortés.

En el brazo derecho, que llevaba cubierto con un guante de cuero que lo cubría hasta el hombro, el rey portaba un halcón con una capucha sobre su cabeza. Junto al trono había un bufón enano que sostenía una bandeja de plata con trozos de carne con los que el rey alimentaba al ave de rapiña, de perversa apariencia. Cada vez que acercaba un pedazo de carne al halcón, el rey emitía una risita aguda nerviosa, como la de un niño que juega con su juguete favorito.

Detrás del trono, en un semicírculo, se encontraban nobles y grandes señores españoles y flamencos, magníficamente vestidos: sacerdotes, frailes, obispos, arzobispos, cardenales, militares y guardias personales del rey. Destacaba la presencia del cardenal Adrián de Utrecht, tutor y consejero del rey y recién elegido papa. Todos tenían la más seria expresión de sus rostros. Nadie hablaba ni se movía, y todos tenían la mirada fija en Hernán Cortés, conquistador de México Tenochtitlan, conocida como la Nueva España, pues así había nombrado él mismo a la tierra descubierta hacía poco.

Sin excepción, los asistentes a la asamblea miraban con desprecio a Cortés, por considerarlo un campesino atrevido, un plebeyo y un arribista de baja extracción cuyo libertinaje era bien conocido, y que ahora tenía el atrevimiento de presentarse ante el rey y los nobles del reino, que no hacían más que verlo con desdén.

El secretario imperial, un hombre alto, delgado y de apariencia anémica, de largos cabellos rubios, vestido con una solemne túnica negra, adornado con un collar de oro trenzado del que pendía una medalla con el escudo imperial de los Habsburgo que denotaba el cargo que ocupaba, se acercó al trono. Se inclinó ante el rey, desenrolló un pergamino y, con un fuerte acento español, comenzó a leer:

Yo, Carlos, por la gracia de Dios, Santo Emperador Romano, Rey de Aragón, Castilla, Toledo, Granada, Córdoba, Sevilla, Portugal, Barcelona, Valencia, los estados alemanes, los Países Bajos españoles, Flandes, Nápoles, Sicilia, Cerdeña, el Ducado de Milán y Saboya, Malta, Jerusalén y Roma; Soberano Señor y Comandante Supremo de las órdenes militares del Vellocino de Oro, Alcántara, Trastámara, Santiago, Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén y Caballeros Teutónicos, por la presente y por los presentes declaro que en agradecimiento y gratitud por los trabajos, esfuerzos y sacrificios hechos en nuestro nombre y en el de nuestro reino emprendidos por nuestros súbditos para explorar, conquistar, pacificar, colonizar, evangelizar e incorporar a nuestros dominios las tierras hasta ahora desconocidas situadas allende el océano conocidas como Nueva España, habitadas por gente idólatra y pagana, confiero por medio de la presente a nuestro leal súbdito, Don Hernán Cortés y Monroy Pizarro Altamirano, natural de la noble ciudad de Medellín en la provincia de Extremadura, el título de Marqués del Valle de Oaxaca en la Nueva España, con tod

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