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EL PEREGRINO (BIBLIOTECA PAULO COELHO)

Paulo Coelho  

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Fragmento

PREFACIO

Veinticinco años después

Cuesta creer que han pasado más de veinticinco años desde que hice mi primera (y única) peregrinación a pie hasta Santiago de Compostela. Fue un momento decisivo, cuando pospuse mis planes y decidí dedicarme a lo único que soñaba hacer en la vida: escribir.

Cuesta todavía más creer que El peregrino, publicado por primera vez en 1987 por una pequeña editorial carioca, sigue siendo uno de mis libros más vendidos y más traducidos en el mundo entero. Por lo tanto, en esta edición me gustaría volver un poco en el tiempo y observarme a mí mismo.

Estamos en una tarde de julio o agosto de 1986. Un bar, un café, un agua mineral, personas conversando y caminando. El escenario: las inmensas planicies que se extienden inmediatamente después de Castrojeriz. Se acerca mi cumpleaños, hace tiempo salí de Saint-Jean-Pied-de-Port y estoy un poco más allá de la mitad del camino que conduce a Santiago de Compostela.

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Velocidad de la caminata: veinte kilómetros diarios.

Todo me parece irreal.

¿Qué estoy haciendo aquí? Esa pregunta sigue acompañándome, aunque hayan pasado ya varias semanas.

Estoy buscando una espada. Estoy cumpliendo un ritual de RAM, una pequeña orden dentro de la Iglesia Católica que no tiene secretos ni misterios más allá del intento de comprender el lenguaje simbólico del mundo. Estoy pensando que fui engañado, que la búsqueda espiritual no pasa de ser algo sin sentido ni lógica, y que sería mejor estar en Brasil, cuidando de lo que siempre cuidé.

Estoy dudando de mi sinceridad en esta búsqueda, porque da mucho trabajo buscar a un Dios que nunca se muestra, rezar a las horas correctas, recorrer caminos extraños, tener disciplina, aceptar órdenes que me parecen absurdas.

Eso es: dudo de mi sinceridad.

Petrus, mi guía, insiste en que el camino es de todos, de las personas comunes, lo que me decepciona mucho. Yo pensaba que este esfuerzo me ganaría un lugar destacado entre los pocos elegidos que se acercan a los grandes arquetipos del Universo. Creía que finalmente descubriría que son verdaderas todas las historias con respecto a los gobiernos secretos de sabios en el Tíbet, a pociones mágicas capaces de despertar amor ahí donde no existe atracción, a rituales en los cuales, de repente, se abren las puertas del Paraíso.

Pero no hay nada de eso: estamos en el camino de las personas comunes.

Es ese entusiasmo lo que nos conecta con el Espíritu Santo, y no los centenares, miles de lecturas de los textos clásicos. Es la voluntad de creer que la vida es un milagro que permite que los milagros sucedan, y no los llamados “rituales secretos” u “órdenes iniciáticas”. Es, en fin, la decisión del hombre de cumplir su destino lo que lo hace ser realmente un hombre, y no las teorías que desarrolla en torno al misterio de la existencia.

Y aquí estoy. Un poco más allá de la mitad del camino que me lleva a Santiago de Compostela. Si las cosas son tan simples como dice Petrus, ¿por qué esta aventura inútil?

En esta tarde, en este bar, en el lejano año de 1986, todavía no sé que en seis o siete meses escribiré un libro sobre mi experiencia.

No sé que el pastor Santiago ya camina por mi alma en busca de un tesoro, que una mujer llamada Verónika se prepara para ingerir algunas pastillas y cometer suicidio, que Pilar llegará ante el río Piedra y, llorando, escribirá su diario. No puedo imaginar que veinticinco años después haré un libro contando de otra peregrinación importante en mi vida, que me llevó al encuentro de un punto misterioso llamado Aleph.

Todo lo que sé es que estoy haciendo este absurdo y monótono Camino. No existen el fax ni el celular, los refugios son pocos, mi guía parece irritado todo el tiempo y no tengo idea de lo que está ocurriendo en Brasil.

Todo lo que sé en este momento es que estoy tenso, nervioso, porque acabo de darme cuenta de que ya no puedo volver a hacer lo que venía haciendo, aun cuando eso signifique dejar ir una cantidad razonable a fin de mes, una cierta estabilidad emocional, un trabajo que ya conozco y del cual domino algunas técnicas.

Necesito cambiar, seguir en dirección a mi sueño, un sueño que me parece infantil, ridículo, imposible de ser realizado y que nunca tuve el coraje de asumir: convertirme en el escritor que secretamente siempre quise ser.

Petrus termina de beber su café, su agua mineral, me pide que pague la cuenta y comienza a caminar incluso antes de que me den el cambio. Todavía faltan algunos kilómetros hasta la próxima ciudad.

Las personas siguen pasando y conversando, mirando con el rabillo del ojo a dos peregrinos de mediana edad, pensando en cómo hay gente extraña en este mundo, siempre lista a intentar revivir un pasado que ya está muerto.* La temperatura debe estar alrededor de los 27° C, pues es el final de la tarde.

¿Yo quería cambiar?

Creo que no, pero a final de cuentas este camino me está transformando.

¿Quiero conocer los misterios?

Creo que sí, pero el camino me está enseñando que no existen misterios, que, como decía Jesucristo, no hay nada oculto que no haya sido revelado.

En fin, todo está sucediendo exactamente al contrario de lo que esperaba.

Estoy sumido en mis pensamientos, en mi inseguridad, y Petrus debe estar pensando en su trabajo en Milán. Está aquí porque, de alguna manera, fue obligado por la Tradición, pero espera que esta caminata termine pronto, para poder volver a hacer lo que le gusta.

Andamos en silencio durante casi todo el resto de la tarde. Estamos aislados en nuestra convivencia forzada. Santiago de Compostela está allá adelante, y no puedo imaginar que este camino me conduce no sólo a esa ciudad, sino a muchas otras ciudades del mundo.

Ni yo ni Petrus sabemos que esta tarde estoy caminando también hacia Milán, su ciudad, adonde llegaré casi diez años después, con un libro llamado El Alquimista.

Estoy caminando en dirección a este futuro, en esta tarde de julio o agosto de 1986.

*El año en que hice la peregrinación, sólo 400 personas habían recorrido el Camino de Santiago. En 2010, según las estadísticas de la Junta de Galicia, 454 personas pasaban, al día, ante el bar mencionado en el texto.

PRÓLOGO

—¡Yque, ante la Faz Sagrada de RAM, toques con tus manos la Palabra de la Vida, y recibas tanta fuerza que te vuelvas su testigo hasta los Confines de la Tierra!

El Maestro levantó mi nueva espada, manteniéndola en su vaina. Las llamas de la hoguera crepitaron, un presagio favorable, indicando que el ritual debía continuar. Entonces me incliné y, con las manos desnudas, comencé a cavar en la tierra frente a mí.

Era la noche del día 2 de enero de 1986, y estábamos en lo alto de una de las montañas de Sierra del Mar, cerca de la formación conocida como Agujas Negras. Además de mí y de mi Maestro, también estaban mi mujer, un discípulo mío, un guía local y un representante de la gran fraternidad que congregaba las órdenes esotéricas en todo el mundo, conocida con el nombre de Tradición. Todos, incluyendo el guía que había sido advertido previamente de lo que sucedería, estaban participando de mi ordenación como Maestro de la Orden de RAM.

Terminé de cavar un agujero no muy profundo, pero largo. Toqué la tierra con toda solemnidad, pronunciando las palabras rituales. Entonces mi mujer se me acercó y me entregó la espada que yo había utilizado por más de diez años y que tanto me auxiliara en centenares de Operaciones Mágicas durante aquel tiempo. Deposité la espada en el agujero que había cavado. Después le puse la tierra encima y aplané de nuevo el terreno. Mientras lo hacía, recordaba las pruebas por las que había pasado, las cosas que había conocido y los fenómenos que era capaz de provocar simplemente porque llevaba conmigo aquella espada tan antigua y tan amiga. Ahora ella sería devorada por la tierra, el hierro de su lámina y la madera de su mango sirviendo nuevamente de alimento para el sitio de donde había obtenido tanto Poder.

El Maestro se aproximó y colocó mi nueva espada ante mí, encima del lugar donde yo había enterrado la antigua. Entonces todos abrieron los brazos y el Maestro, utilizando su Poder, hizo que alrededor de nosotros se formara una especie de luz extraña, que no iluminaba, pero que era visible y hacía que el cuerpo de las personas tuviera un color diferente al amarillo proyectado por la hoguera. Entonces, desenvainando su propia espada, tocó mis hombros y mi cabeza mientras decía:

—Por el Poder y por el Amor de RAM, yo te nombro Maestro y Caballero de la Orden, hoy y para el resto de los días de tu vida. R de Rigor, A de Amor, M de Misericordia; R de Regnum, A de Agnus, M de Mundi. Cuando toques tu espada, que jamás permanezca mucho tempo en su vaina, porque se herrumbrará. Pero cuando salga de la vaina, que jamás vuelva a ella sin antes haber hecho un Bien, abierto un Camino o bebido la sangre de un Enemigo.

Y con la punta de la espada hirió levemente mi frente. A partir de ese momento yo ya no tenía que permanecer en silencio. No tenía que esconder aquello de lo que era capaz, ni ocultar los prodigios que había aprendido a realizar en el camino de la Tradición. A partir de ese momento, yo era un Mago.

Extendí la mano para tomar mi nueva espada, de acero que no se destruye y de madera que la tierra no consume, con su empuñadura negra y roja, y su vaina negra. Sin embargo, al momento en que mis manos tocaron la vaina y yo me preparaba para atraerla hacia mí, el Maestro dio un paso al frente y pisó mis dedos con gran violencia, provocando que yo gritara de dolor y soltara la espada.

Lo miré sin entender. La extraña luz había desaparecido y el rostro del Maestro tenía ahora la apariencia fantasmagórica que las llamas de la hoguera dibujaban.

Me miró fríamente, llamó a mi mujer y le entregó la nueva espada. Después se volvió hacia a mí y dijo:

—¡Aparta la mano, que engaña! ¡Porque el camino de la Tradición no es el camino de los pocos elegidos, sino el camino de todos los hombres! ¡Y el Poder que piensas que tienes no vale nada, porque no es un Poder que se comparta con los otros hombres! Debías haber rehusado la espada, y si lo hubieras hecho ella te hubiese sido entregada, porque tu corazón estaría puro. Pero tal como yo temía, en el momento sublime tropezaste y caíste. Y, a causa de tu avidez, tendrás que caminar de nuevo en busca de tu espada. Y, a causa de tu soberbia, tendrás que buscarla entre los hombres simples. Y, a causa de tu fascinación por los prodigios, tendrás que luchar mucho para conseguir de nuevo aquello que tan generosamente te iba a ser entregado.

Fue como si el mundo hubiera huido bajo mis pies. Seguí arrodillado, atónito, sin querer pensar en nada. Como había devuelto mi antigua espada a la tierra, no podía tenerla de vuelta. Y como la nueva no me había sido entregada, estaba de nuevo como alguien que hubiese comenzado en ese instante, sin poder y sin defensa. En el día de mi suprema Ordenación Celeste, la violencia de mi Maestro, pisando mis dedos, me devolvía al mundo del Odio y de la Tierra.

El guía apagó la hoguera y mi mujer vino a mí y me ayudó a levantarme. Traía mi nueva espada en las manos, pero debido a las reglas de la Tradición, yo jamás podría tocarla sin permiso de mi Maestro. Descendimos en silencio en medio de la espesura, siguiendo la linterna del guía, hasta llegar al pequeño camino de tierra donde los autos estaban estacionados.

Nadie se despidió de mí. Mi mujer puso la espada en la cajuela del auto y encendió el motor. Permanecimos mucho tiempo en silencio, mientras ella conducía despacio, sorteando los agujeros y los escollos del camino.

—No te preocupes —me dijo, intentando animarme un poco—. Estoy segura de que lograrás obtenerla otra vez.

Le pregunté qué le había dicho el Maestro.

—Me dijo tres cosas. Primero, que debería haber traído un abrigo, porque ahí en la cima hacía mucho más frío de lo que había pensado. Segundo, que nada de lo ocurrido había sido una sorpresa para él, que ya había sucedido muchas otras veces, con muchas otras personas que habían llegado hasta donde llegaste tú. Y tercero, que tu espada te estaría esperando a la hora correcta, en la fecha correcta, en algún punto de un camino que tendrás que recorrer. No sé ni la fecha ni la hora. Sólo me dijo el sitio donde debo esconderla para que la encuentres.

—¿Y cuál es ese camino? —pregunté, nervioso.

—Ah, eso no me lo explicó muy bien. Sólo me dijo que buscaras en el mapa de España una ruta antigua, medieval, conocida como el Extraño Camino de Santiago.

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LA LLEGADA

El funcionario de la aduana miró largamente la espada que traía mi mujer, preguntando lo que pretendíamos hacer con aquello. Le dije que un amigo nuestro iba a evaluarla para poder subastarla. La mentira dio resultado; el hombre nos dio una declaración de que habíamos entrado con la espada por el aeropuerto de Barajas y avisó que, si hubiera problemas para sacarla del país, bastaba con mostrar aquel papel en la aduana.

Fuimos al mostrador de la compañía de renta de autos y confirmamos la reservación de dos automóviles. Tomamos los comprobantes y fuimos a comer algo en el restaurante del aeropuerto, antes de despedirnos.

Yo había pasado una noche insomne en el avión, mezcla de miedo de volar con miedo de lo que sucedería de ahí en adelante, pero aun así estaba excitado y despierto.

—No te preocupes —dijo ella por milésima vez—. Debes ir a Francia y, en Saint-Jean-Pied-de-Port, preguntar por Madame Lourdes. Ella te pondrá en contacto con alguien que te guiará por el Camino de Santiago.

—¿Y tú? —pregunté, también por milésima vez, sabiendo la respuesta.

—Voy adonde tengo que ir, a dejar lo que me fue confiado. Después me quedaré en Madrid algunos días y volveré a Brasil. Soy capaz de manejar nuestras cosas tan bien como tú.

—Yo lo sé —respondí, queriendo evitar el asunto. Mi preocupación con los negocios que había dejado en Brasil era enorme. Aprendí lo necesario sobre el Camino de Santiago en los quince dí ...