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EL PRíNCIPE MALDITO (TRILOGíA EL PRíNCIPE MALDITO 1)

Ramón Obón  

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Fragmento

Agradecimientos

Son muchas las personas a quienes uno tiene que agradecer cuando emprende una tarea como ésta, entre ellas a mis hijos Lorena, Ramón y Mariana, por su entusiasmo e interés; a mis yernos y nuera, Mario, Aldo y Piky. A mi cuñado, el doctor Jorge Solá. Y a mi Oli, por enseñarme el camino. A Hugo Plessi, quien creyó en la historia desde la primera vez que se la comenté en una agradable sobremesa en un restaurante en Polanco, mientras disfrutábamos de anís y cognac, incitándome a entrar en esta maravillosa aventura donde también he de agradecer el interés, entusiasmo y la capacidad profesional de Ediciones B. A la doctora Doris Camarena, amiga entrañable y talentosa escritora, estudiosa de cuanta manifestación de terror existe, y que me brindó sus conocimientos y consejos como médico forense. A Ernesto por sus fotografías. Especial mención a mis hermanas Guadalupe y María del Pilar, que siempre estuvieron conmigo durante este periplo literario, aportando su sentido crítico y su incondicional apoyo, así como su indudable talento y experiencia como escritoras. Y desde luego a Tere, mi amada esposa, cuyo espíritu de aventura me llevó un día hasta Budapest, en donde, en una tarde apacible de otoño, caminando por una vereda empedrada a orillas del Danubio, encontramos en el suelo a un cuervo que picoteaba a un pequeño murciélago que seguramente había escapado de un vetusto edificio al lado de una vieja línea de tranvía, y en donde nació esta historia en la cual ella tuvo mucho que ver con su paciencia, entusiasmo, apoyo incondicional, su invaluable investigación y observaciones muy certeras e inteligentes.

Prólogo

Europa Central. Siglo xi

A
parecieron de pronto entre los jirones de neblina que se entreveraban por los árboles del tupido bosque, tal y como si fuesen fantasmas arrancados de la violencia. Eran guerreros, magiares mercenarios, de imponente aspecto, con sus armaduras y cotas de malla sucias de lodo y sangre, mostrando los arañazos y las hendiduras que armas enemigas habían dejado en ellas. Venían a caballo. Exhaustos, ateridos de frío, guardando un ominoso silencio en sus rostros curtidos de facciones como esculpidas en piedra, semiocultas en las marañas ensortijadas de sus hirsutas barbas.

Avanzaban con lentitud, dejándose llevar por el cansino paso de sus fatigadas cabalgaduras, muchas de las cuales mostraban heridas recientes entre su pelaje empapado y sucio. Por los ollares de las bestias se escapaba el vaho, revelando el frío de aquella mañana gris, azotada por una insistente llovizna que calaba hasta los huesos.

El lugar era umbrío, de follaje cerrado y altos árboles de recios troncos cubiertos de musgo, cuyas copas se juntaban allá en lo alto, dejando apenas pasar la pálida y grisácea claridad de aquella mañana de invierno. El silencio de la floresta se rompía con el avance de los hombres y las bestias a través del suelo pantanoso cubierto de hojarasca podrida. Las armaduras y las pesadas armas en sus fundas, o terciadas en sus espaldas, producían un ruido metálico, apagado

Eran no más de diez, desperdigados en la zona. Al frente de ellos venía un hombre imponente, por su estatura y aspecto. Una gruesa piel de oso cubría sus amplios y poderosos hombros. Su enorme cabeza de tupida melena ensortijada que caía sobre su espalda cubierta de un vello hirsuto, leonado, estaba protegida por un casco de metal del que sobresalían dos largos cuernos en espiral, rematados en filosas puntas, y del que colgaban dos tiras de cabello humano como macabro trofeo de guerra. Sus ojos eran crueles y fríos, de un color amarillo acerado. Sus labios delgados bajo una nariz ganchuda y poderosa. El bigote de largas guías se unía a la tupida barba que le bajaba hasta el cuello. Una enorme hacha de guerra se terciaba a su espalda, y en la funda de su cabalgadura se anidaba una pesada espada de grandes dimensiones, sólo capaz de ser blandida por un hombre como aquel que era su dueño.

La sola mención de su nombre estremecía a los enemigos de ese formidable señor feudal, legendario por su valor, su ferocidad y su crueldad. Su grito de guerra estremecía y sacudía con ramalazos de pánico a quienes se le enfrentaban: “¡No prisioneros!” Su emblema, que ondeaba orgulloso en lo alto de una larga pica, eran dos lobos rampantes de expresión fiera, contra un fondo encarnado. Era Vládislav, conocido también como el Lobo Cruel. Regresaba de una brutal campaña, en donde sus huestes prácticamente habían aniquilado al enemigo. No habían quedado sobrevivientes en aquella que fue una brutal carnicería; los heridos y los pocos que escaparon ilesos habían sido cruentamente empalados en el mismo campo de batalla.

El grueso del ejército se había quedado acampando en el lugar de la conquista, y ahora Vládislav volvía a su amada tierra acompañado sólo de sus hombres más leales. No regresaba siquiera a su castillo, a su feudo, donde era amo y señor, y que quedaba a unas cuantas jornadas de viaje de donde ahora se encontraba, sino que se encaminaba hacia otro lugar, que le llamaba de manera imperiosa; que le hacía hervir la sangre y latir con desbordada pasión el corazón. Ahí, ya no tan lejos, donde también vivía y respiraba ella, ansiando asimismo su regreso; la única mujer que había podido inspirar amor y ternura en aquella alma brutal, curtida por la violencia y el odio: ¡Sophía, su amada Sophía!

Ya más avanzada la mañana, los guerreros dejaron el bosque para adentrarse en una vasta llanura quebrada por un río que serpenteaba y bordeaba al fondo de una agreste montaña en la que dominaba la imponente y tosca construcción de un castillo.

—Vládislav detuvo su caballo y clavó la mirada en las torres que se erguían por encima de las gruesas murallas, ahí donde ondeaban los emblemas del viejo Rendor Ferenc, dueño y señor de esas tierras y padre de la mujer que amaba. Hombre poderoso y de los más cercanos al Rey István, converso a la fe cristiana no sólo por convicción sino por lealtad a su soberano y a los mandatos de la cabeza indiscutible de aquella Iglesia, el papa Silvestre II , el hombre al que Vládislav más odiaba en el mundo

Sin poder contener la emoción, Vládislav, anhelante por llegar al encuentro de su amada, clavó los talones en los ijares de su caballo y reinició el camino rumbo a aquella fortaleza en donde le esperaba el amor, o la muerte.

pleca

PRIMERA PARTE

EL CRIMEN

CAPÍTULO I

Ciudad de México. 5:45 a.m.

Los números digitales parpadearon y el reloj despertador comenzó a zumbar con una alarma intermitente que hacía imposible ignorarla.

El hombre despertó sobresaltado, y mecánicamente estiró la mano para apagarlo. Le costaba mucho despertarse, sobre todo los lunes, y aún a oscuras como ahora. Pero desde que había salido librado de aquel ataque cardiaco de hacía dos años, se había jurado seguir todas las reglas para llevar una vida saludable y, entre ellas, el hacer ejercicio diariamente, lo que trataba de cumplir con heroica voluntad.

Saltó de la cama, todavía somnoliento. Se estiró desentumiendo sus músculos, y sin prender la lamparita del buró se movió en la oscuridad buscando unos pants y una sudadera que descansaban sobre una silla. Se vistió con ellos, se calzó sus viejos pero cómodos tenis para correr y abandonó la habitación.

pleca

El hombre salió del edificio, y ya en la calle, enfrentó el frescor de esa mañana del horario de verano, que le golpeó la cara y le hizo estremecerse de frío. Había llovido la noche anterior. Aún el pavimento mostraba signos de humedad, y aquí y allá manchones de agua semejaban turbios espejos. La oscuridad iba dejando paso a una parda claridad que anunciaba el nuevo día. Los faroles del alumbrado público todavía se mantenían encendidos, pues sus sensores de luz aún no recibían orden en contrario. Una tenue neblina envolvía el ambiente, difuminando la luminosidad de los faroles, y alumbrando dentro de su cono de influencia, el arranque de los escalones de piedra de la amplia escalinata que descendía desde la acera hasta el parque a cinco metros abajo, donde empezaba un sendero de gravilla que se perdía serpenteante entre arbustos y añejos árboles, ahora también envueltos en aquella neblina difusa que les hacía parecer como seres fantasmagóricos emergiendo de un mundo etéreo.

Se sopló en las manos para darse calor y avanzó hacia las escalinatas, bajando a trancos los húmedos escalones y llegando ante el sendero de grava.

No había nadie.

Empezó a dar pequeños saltos en el mismo lugar, abriendo y cerrando los brazos mientras hacía profundas inspiraciones y exhalaciones, para ir entrando en calor. Después, y tras un último resoplido, comenzó a trotar, acompasando su respiración con el avance de sus pies, eligiendo el camino hacia su derecha.

No había notado el zapato de mujer tirado a un lado del camino, medio oculto entre las plantas.

pleca

Mantuvo el trote, respirando regularmente, con profundidad y ritmo. Tomó la primera curva y desapareció entre la niebla y la oscuridad.

El ruido de los tenis al golpear contra la gravilla, y el rítmico resoplar de su respiración era lo único que se escuchaba en el parque. Extrañamente, los pájaros no habían comenzado esa mañana con su habitual barullo.

Avanzó corriendo más aprisa. Tomó una prolongada curva, abriendo con su cuerpo, como una quilla, la bruma que flotaba a ras del piso.

Fue entonces cuando sus pies tropezaron con algo.

Salió despedido hacia delante, ahogando una exclamación de sorpresa que

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