Loading...

EL RELOJ DE SOL

Shirley Jackson  

0


Fragmento

1

Después del funeral volvieron a la casa, que ahora le pertenecía indiscutiblemente a la señora Halloran. Permanecieron inquietos, sin certeza alguna, mientras veían desde el hermoso y enorme vestíbulo de la entrada a la señora Halloran dirigirse al pabellón derecho de la mansión para informarle al señor Halloran que los ritos finales de Lionel se habían suscitado sin melodrama. La joven viuda Halloran, que seguía a su suegra con la mirada, dijo sin esperanza:

—Tal vez caiga muerta al pie de la puerta. Dime, Fancy querida, ¿te gustaría ver a la abuela caer muerta al pie de la puerta?

—Sí, mamá. —Fancy tiró de la larga falda del vestido negro que le había puesto su abuela. La joven viuda Halloran opinaba que el negro no era apropiado para una niña de diez años y que, de cualquier forma, era un vestido demasiado largo, además de simplón y burdo para una familia con el prestigio de los Halloran; la mañana misma del funeral tuvo un ataque de asma para demostrar su punto. Aun así, a Fancy la obligaron a usar el vestido negro. La larga falda negra la había mantenido entretenida durante el funeral y en el auto, y si no hubiera sido por la presencia de su abuela, tal vez habría disfrutado el día por completo.

Recibe antes que nadie historias como ésta

—Rezaré porque así sea durante el resto de mis días —dijo la joven viuda Halloran, y cruzó las manos con gesto devoto.

—¿Y si la empujo? —preguntó Fancy—. ¿Como ella empujó a mi papi?

—¡Fancy! —exclamó Miss Ogilvie.

—Deja que diga lo que quiera —dijo la joven viuda Halloran—. Además, quiero que lo recuerde. Dilo otra vez, Fancy preciosa.

—La abuela mató a mi papi —dijo Fancy obedientemente—. Lo empujó por las escaleras y lo mató. Fue la abuela, ¿verdad que sí?

Miss Ogilvie alzó los ojos al cielo, pero bajó la voz por respeto a la triste ocasión que los reunía.

—Maryjane —dijo—, estás pervirtiendo la mente de esa chiquilla y casi con seguridad arruinando sus oportunidades de heredar…

—El día de hoy —la interrumpió la joven viuda Halloran con una expresión de reproche y orgullo en su rostro de ratón—, quiero que todos los presentes, que todos los que están aquí, lo entiendan y lo recuerden por siempre, si no les molesta. Fancy ha quedado hoy huérfana de padre solo porque esa maldita anciana no podía soportar que la casa le perteneciera a alguien más y que yo siguiera siendo una esposa y adorada compañera. —Su respiración era superficial. Se llevó las manos al pecho—. Lo empujó por las escaleras —repitió sombríamente.

—El rey, el fantasma de vuestro padre asesinado —le dijo Essex a Fancy. Luego bostezó, se sentó en el taburete de terciopelo y se estiró—. ¿Dónde está la comida para el funeral? No será que la anciana planea matarnos de hambre ahora que lo posee todo, ¿o sí?

—Esto es inadmisible —comentó la joven viuda Halloran—. Pensar en comida, cuando Lionel ni siquiera se ha enfriado. Fancy —dijo y extendió la mano. Fancy se acercó a regañadientes, ondeando su falda negra y larga, y la joven viuda Halloran se volteó hacia la enorme escalinata—. Ahora me corresponde estar con mi pequeña huérfana de padre —anunció por encima del hombro—. Que nos envíen la cena a la habitación de Fancy. Creo que me está dando otro ataque de asma, en cualquier caso.

Por encima de la ventana arqueada, en el rellano de la enorme escalinata, estaba pintada en letras góticas negras, con un toque dorado, la frase ¿CUÁNDO HABREMOS DE VIVIR SI NO ES AHORA? La joven viuda Halloran se detuvo al llegar a la ventana y se dio media vuelta, mientras Fancy seguía subiendo, enredada en su propia falda.

—¡Cuánto dolor! —exclamó la joven viuda Halloran, con una mano en el pecho y la otra apenas rozando el amplio pasamanos pulido—. Un dolor duradero. Apúrate, Fancy. —Juntas, la joven viuda Halloran apoyada ligeramente sobre el hombro de su hija, dejaron de ser visibles desde el vestíbulo para perderse en la vastedad del ala izquierda de la segunda planta, que hasta hacía tan poco habían compartido con Lionel.

Essex las siguió con la mirada con cierto desagrado.

—Quiero pensar que Lionel acogió con gusto la idea de morir —dijo.

—¡No seas ordinario! —lo reprendió Miss Ogilvie—. Aunque solo estés frente a mí, recuerda que somos empleados y no miembros de la familia.

—Yo sigo aquí, por si no lo habían notado —dijo de pronto la tía Fanny desde una esquina oscura del vestíbulo—. Es evidente que pasaron por alto el hecho de que la tía Fanny estaba aquí, pero les suplico que no se inhiban por mi culpa. Es verdad que soy parte de la familia, pero no por eso…

Essex volvió a bostezar.

—Tengo hambre —dijo.

—Me pregunto si habrá una cena normal. Es el primer funeral al que asisto desde que estoy aquí —comentó Miss Ogilvie—. Y no estoy segura de cómo lo maneja la señora. Aun así, supongo que nos sentaremos a la mesa.

—Nadie se preocupará ni un momento si la tía Fanny se resguarda en su habitación —dijo la tía Fanny—. Dile a la esposa de mi hermano —le ordenó a Essex— que me uniré a su pena después de cenar.

—También es mi primer funeral —contestó Essex. Con pereza, se puso de pie y volvió a estirarse—. Y me ha dado sueño. ¿Crees que la anciana haya guardado bajo llave la ginebra en honor a este día?

—Debe haber bastante en la cocina —contestó Miss Ogilvie—. Pero para mí solo un vasito. Gracias.

*

—Ya se acabó —dijo la señora Halloran. Se colocó detrás de la silla de ruedas de su esposo y le miró la nuca, ya sin necesidad alguna de ponerle freno a su aburrimiento. Antes de que el señor Halloran terminara confinado de manera permanente a su silla de ruedas, a la señora Halloran se le había dificultado con frecuencia contener sus expresiones faciales o los pequeños gestos reveladores de sus manos, pero ahora que el señor Halloran estaba reducido a su silla y no podía voltearse con rapidez, su esposa era siempre atenta con él, se paraba con gesto protector a sus espaldas y usaba un tono de voz amable—. Lionel ya no está, Richard —dijo—. Todo salió espléndido.

El señor Halloran había estado llorando, lo cual no era inusual; desde que lo habían obligado a aceptar que ya no se le concedería una segunda ronda de juventud, lloraba con facilidad y con frecuencia.

—Mi único hijo —suspiró el señor Halloran.

—Lo sé. —La señora Halloran se contuvo de dar golpecitos inquietos con los dedos en el respaldo de la silla de ruedas, pues no había que mostrar agitación frente a un inválido. No había que ser impaciente frente a un anciano aprisionado en una silla de ruedas. La señora Halloran suspiró en silencio—. Intenta ser valiente —le dijo.

—¿Recuerdas…? —preguntó el señor Halloran con la voz entrecortada—. ¿Recuerdas que el día que nació hicimos tocar las campanas sobre la cochera?

—Eso hicimos —contestó la señora Halloran en tono cordial—. Puedo pedir que vuelvan a tocar las campanas, si lo deseas.

—Creo que no —dijo el señor Halloran—. Creo que no. No creo que lo entiendan en el pueblo, y no debemos consentir nuestros propios recuerdos sentimentales a expensas de la opinión pública. Creo que no. En cualquier caso —agregó—, las campanas no suenan tan fuerte como para llegar a oídos de Lionel.

—Ahora que Lionel no está —comentó la señora Halloran—, tendré que conseguir a alguien que administre la propiedad.

—Lionel lo hacía bastante mal. En una época, el jardín de rosas se veía perfectamente desde mi terraza, pero ahora solo alcanzo a ver los arbustos. Quiero que los poden. Cuanto antes.

—No debes exaltarte, Richard. Siempre fuiste un buen padre, y yo me haré cargo de que poden los arbustos.

El señor Halloran se inquietó, y los ojos se le llenaron de lágrimas de nuevo.

—¿Recuerdas que yo quería conservar sus rizos? —dijo.

La señora Halloran esbozó una ligera sonrisa nostálgica y rodeó la silla para ver a su marido de frente.

—Mi querido Richard —le dijo—. Esto no te hace bien. Sé que Lionel te amaba más que a nadie en el mundo.

—Eso no es apropiado —contestó el señor Halloran—. Lionel tiene una esposa y una hija, y no debe seguir anteponiendo a su padre. Debes hablar con Lionel, Orianna. Dile que no lo toleraré. Su responsabilidad primera y única es para con la buena mujer con la que se casó y su pequeña hija. Dile a Lionel que… —Se detuvo, indeciso—. ¿Es Lionel quien murió? —preguntó minutos después.

La señora Halloran volvió a pararse detrás de la silla y se permitió cerrar los ojos por el agotamiento. Levantó la mano deliberadamente y la puso con delicadeza sobre el hombro de su marido.

—El funeral salió bastante bien.

—¿Recuerdas… —preguntó el anciano— …que hicimos tocar las campanas sobre la cochera el día que nació?

*

La señora Halloran apoyó su copa de vino con mucho cuidado, paseó la mirada entre Essex y Miss Ogilvie, y dijo:

—¿La tía Fanny bajará a comer el postre?

—El toque de júbilo final para un día de felicidad absoluta —comentó Essex.

La señora Halloran lo miró fijo durante un minuto.

—Ante ese comentario —dijo finalmente—, a Lionel le habría parecido necesario recordarte que no estás aquí para ser irónico, sino para pintar los murales del desayunador.

—Orianna querida —contestó Essex con una risita falsa—, nunca creí que usted fuera falible; el que iba a pintar los murales del desayunador era el joven anterior; yo soy el joven que debe catalogar la biblioteca.

—Lionel no habría sabido la diferencia —dijo Miss Ogilvie, y se sonrojó.

—Pero la habría sospechado —dijo la señora Halloran en tono complaciente, y luego—: La tía Fanny está en la puerta; escucho su tosecita. Ve a abrirle, Essex, o jamás se decidirá a girar el picaporte.

Essex abrió la puerta con una floritura.

—Buenas noches, tía Fanny —dijo—. Espero que este día triste haya sido de su agrado.

—Nadie debe preocuparse por mí, gracias. Buenas noches, Orianna, Miss Ogilvie. Por favor, en serio no se molesten; saben perfectamente bien que no hay que preocuparse por la tía Fanny. Me dará gusto permanecer de pie, Orianna.

—Essex, trae una silla para la tía Fanny —ordenó la señora Halloran.

—Estoy segura de que el joven preferiría no hacerlo, Orianna. Estoy más que acostumbrada a velar por mí misma, como seguro tú ya has notado.

—Y una copa de vino para la tía Fanny, Essex.

—Solo bebo vino con mis iguales, Orianna. Mi hermano Richard…

—Está descansando. Ya cenó, tía Fanny, y tomó su medicina. Te prometo que nada te impedirá verlo más tarde. Siéntate ya, tía Fanny.

—No me criaron para recibir órdenes, Orianna. Pero supongo que ahora eres la señora de la casa.

—En efecto. ¡Essex! —La señora Halloran se giró con facilidad sobre su silla y apoyó la cabeza en el respaldo cómodamente—. Quiero oír historias de cómo desperdiciaste tu juventud. Pero solo las partes escandalosas.

—El sendero se va haciendo más recto y estrecho todo el tiempo —contestó Essex—. Los años van ahorcando. El camino se vuelve el filo de una navaja, y yo me arrastro sobre él, aferrado incluso a eso, pues los años me van aprisionando por ambos lados y por encima.

—Eso no es muy escandaloso —dijo la señora Halloran.

—Me temo —intervino la tía Fanny— que este joven no tuvo lo que solíamos llamar «ventajas». No todos, Orianna, tuvieron la fortuna de crecer entre lujos y riquezas. Pero claro, tú lo sabes perfectamente bien.

—Las estadísticas te rasgan los ojos —continuó Essex—. Cuando tenía veinte y no notaba el tiempo, la probabilidad de que muriera del corazón era una en ciento doce. Cuando tenía veinticinco y me dejé engañar por vez primera por una pasión descarrilada, la probabilidad de que muriera de cáncer era una en setenta y ocho. Cuando cumplí treinta, y los días y las horas comenzaron a confinarme, la probabilidad de que muriera en un accidente era una en cincuenta y tres. Y ahora que tengo treinta y dos, y el sendero se va haciendo cada vez más estrecho, la probabilidad de que muera de cualquier cosa es una en una.

—Qué profundo —comentó la señora Halloran—. Pero sigue sin ser demasiado escandaloso.

—Miss Ogilvie —continuó Essex— atesora en una cajita de ébano que robó de la sala de música y que tiene oculta bajo sus pañuelos en el primer cajón de la derecha de su tocador las pequeñas notas que Richard Halloran le escribió hace cuatro años, antes de que, aunque tal vez sea inapropiado mencionarlo, quedara confinado a su silla de ruedas. Todas las tardes le dejaba una debajo del enorme jarrón azul de esmalte alveolado que está en el vestíbulo principal.

—¡Cielo santo! —exclamó Miss Ogilvie con el rostro pálido—. No creo que a eso se refiriera con escándalo.

—No se inquiete, Miss Ogilvie —dijo la señora Halloran, entretenida—. En su calidad de bibliotecario, Essex se ha acostumbrado a espiarlos a todos ustedes. Luego me trae historias muy divertidas, y su información siempre es precisa.

—Un momento de sinceridad —dijo la tía Fanny, severa—. Tosco y vulgar fue entonces, y tosco y vulgar es ahora.

—No me habría quedado si… —intentó decir Miss Ogilvie con dificultad.

—Claro que se habría quedado. Nada habría podido desplazarla. Su error —dijo la señora Halloran con gentileza— fue suponer que podía desplazarme a mí. En otras palabras, el mismo error que cometió la tía Fanny.

—Esto es innecesario y grotesco —comentó la tía Fanny—. Si la señora de la casa me permite retirarme…

—Quédate y acábate tu vino, tía Fanny. Mientras tanto, Essex pensará en más historias escandalosas que contarte.

—El sendero se va haciendo más estrecho con el paso del tiempo —repitió Essex con una sonrisa maliciosa—. ¿Recordará la tía Fanny aquella tarde en la que se bebió la champaña del cumpleaños de Lionel y me preguntó…?

—Creo que me estoy enfermando —dijo la tía Fanny.

—La señora de la casa te lo permite —dijo la señora Halloran—. Essex, no estoy complacida. Tú debes estar por encima de toda sospecha, incluso si la tía Fanny no lo está. Y Fanny, si tú vas a hacer algún escándalo, por favor hazlo de una vez; quiero salir a caminar antes de jugar backgammon, y mis planes ya se han visto bastante afectados hoy. ¿Ya se terminó su vino, Miss Ogilvie?

—¿Vas a jugar backgammon? —le reclamó distraída la tía Fanny—. ¿Esta noche?

—Ahora es mi casa, tía Fanny, como tuviste a bien recordármelo. No veo razón por la cual no pueda jugar backgammon en ella.

—Vulgar era y vulgar será —comentó la tía Fanny—. Esta casa está de luto.

—Estoy segura de que Lionel habría evitado morirse, tía Fanny, de haber sabido que su funeral interferiría con mi sesión de backgammon. ¿Ahora sí se terminó el vino, Miss Ogilvie? —La señora Halloran se puso de pie—. ¿Essex? —lo llamó.

*

Quizás el carácter de la casa resulte de interés. Estaba erigida sobre un terreno ligeramente elevado, y toda la extensión de tierra que desde ella se veía le pertenecía a la familia Halloran. El terreno de los Halloran se distinguía del resto del mundo por un muro de piedra que rodeaba por completo la propiedad, de modo que todo lo que estaba dentro del muro era de los Halloran, y lo que quedaba fuera no. El primer señor Halloran, padre de Richard y de la tía Fanny —llamada Frances Halloran por aquel entonces—, había sido un hombre que, ante el asombro de descubrir de pronto que poseía una riqueza inmensa, no había podido idear algo mejor que hacer con su dinero que crear con él su propio mundo. Su proyecto para la casa, que fuera comunicado solo vagamente al arquitecto, los decoradores, los carpinteros, los paisajistas, los albañiles y los peones que la erigieron, era que debía contenerlo todo. El otro mundo, el que los Halloran dejaban atrás, debía ser saqueado sin piedad de objetos hermosos que ornamentaran por dentro y por fuera la mansión Halloran; infinitas debían ser las delicias que recibieran a sus habitantes. La casa tendría que estar completamente decorada y adornada, y los jardines diseñados y atendidos con finísimo cuidado. Debía haber cisnes en el lago ornamental frente a la casa, y en algún lugar una pagoda, además de un laberinto y un rosedal. Los muros de la casa irían pintados de colores claros y adornados con escenas de ninfas y sátiros entreteniéndose entre las flores y los árboles. Tendría que haber mucha plata y mucho oro, además de mucho esmalte y madreperla. Al señor Halloran no le interesaban las pinturas, pero le concedió al decorador que eligiera unas cuantas; no obstante, insistió en que hubiera un retrato de sí mismo —como hombre práctico y superficial que era— colgado sobre la repisa de la chimenea en la habitación que el arquitecto, en un frenesí creativo, insistía en llamar «la sala de estar». Al señor Halloran no le interesaban los libros, pero cedió ante las sonrisas escépticas del arquitecto y del decorador, e incluyó una biblioteca, que fue bien abastecida de bustos de mármol y de diez mil volúmenes encuadernados en cuero que llegaron por ferrocarril y que personas contratadas para ese fin llevaron caja por caja hasta la biblioteca, y desempacaron con cuidado y acomodaron en orden en los estantes. El señor Halloran se empeñó en tener un reloj de sol, el cual se encargó a una compañía particular de Filadelfia que se especializaba en ese tipo de objetos, y el señor Halloran en persona eligió el lugar en el que iría. Tenía la ligera esperanza de que la inscripción en el reloj de sol —la cual quedó a discreción de la gente de Filadelfia que sabía mucho sobre ese tipo de objetos— fuera «Es más tarde de lo que crees», o quizás incluso «El dedo en movimiento escribe, y luego de escribir pasa a otra cosa», pero, por capricho de alguien de Filadelfia —que nadie supo nunca quién había sido—, el reloj de sol llegó con la inscripción ¿QUÉ ES ESTE MUNDO? Después de un período, el señor Halloran le tomó bastante gusto, pues se había convencido de que era un comentario sobre el tiempo.

El reloj de sol fue colocado con tanto cuidado como los libros en la biblioteca, y fue correctamente calibrado y puesto en hora para que cualquiera que deseara ignorar el pequeño reloj de jade de la sala de estar o el reloj del abuelo en la biblioteca o el reloj de mármol del comedor pudiera salir al jardín y calcular la hora con el sol. Desde cualquiera de las ventanas de ese lado de la casa, que daban al jardín del frente que desembocaba en el lago ornamental, la gente de la casa podía ver el reloj de sol a media distancia, ubicado en un lado del extenso jardín. El señor Halloran había sido un hombre metódico. Había veinte ventanas en el ala izquierda de la casa y veinte ventanas en la derecha; dado que el enorme portón del frente tenía dos hojas, en el segundo piso había cuarenta y dos ventanas, y otras cuarenta y dos en el tercer piso, alojadas justo debajo de los elaborados altorrelieves en la cornisa. El señor Halloran había ordenado que los altorrelieves fueran flores y cuernos de la abundancia, y no quedaba duda de que se habían seguido sus instrucciones al pie de la letra.

A ambos lados de la puerta, la terraza se extendía ochenta y seis azulejos negros y ochenta y seis azulejos blancos a la derecha, y la misma cantidad hacia la izquierda. Había ciento seis delgados pilares sosteniendo la balaustrada de mármol a la izquierda, y ciento seis pilares a la derecha. Por el lado izquierdo, ocho anchos escalones bajos de mármol llevaban al jardín, y la misma cantidad de escalones llevaban al jardín por el costado derecho. El césped rodeaba con precisión la piscina azul —rectangular— y ascendía en un movimiento vasto y prolongado hasta una casa de verano construida como un templo a algún dios matemático menor; el templo era abierto y tenía seis columnas a cada lado. Aunque no se había intentado coordinar cada rama y cada hoja de cada uno de los árboles que bordeaban el césped a ambos lados, había cuatro álamos equidistantes alrededor de la casa de verano; adentro, las paredes estaban pintadas de verde y dorado, y por las columnas ascendía una parra que llegaba hasta el techo.

Como un intruso intencional en la escena, un objeto imposible de pasar por alto, estaba el reloj de sol, completamente desequilibrado y ostentando la frase ¿QUÉ ES ESTE MUNDO?

Una vez que el primer señor Halloran tuvo su casa pintada, revestida de paneles, chapeada, enjoyada y alfombrada, con sábanas de seda en las camas y agua azul en la piscina, llevó a su esposa —la primera señora Halloran— y a sus dos hijos pequeños a vivir ahí. La primera señora Halloran falleció a los tres meses de haber llegado, sin haber visto el reloj de sol más que desde la ventana de su habitación; nunca llegó al centro del laberinto o a visitar el jardín secreto, y nunca paseó por el huerto para cortar un damasco con sus propias manos, aunque cada mañana le llevaban a la cama un tazón azul traslúcido lleno de fruta fresca, rosas recién cortadas del jardín de rosas y orquídeas y gardenias de los invernaderos. Por las tardes la bajaban al piso inferior para sentarla en un sillón frente a la gran chimenea que estaba en la que para ese entonces el señor Halloran llamaba con orgullo su sala de estar. La señora Halloran había nacido en una casa compartida por dos familias en las afueras de una ciudad lejana donde todo el año parecía ser invierno, y sentía que el frío que había pasado durante toda su vida había cesado por fin frente al gran fuego de la sala de estar. No podía terminar de creer que en esa casa no volvería a haber invierno, y ni el verano eterno de su habitación repleta de rosas, gardenias y damascos lograba convencerla; de hecho, murió creyendo que afuera de su ventana caía nieve.

La segunda señora Halloran fue Orianna, la esposa de Richard, la cual se había esmerado especialmente en comportarse agradecida y dócil mientras vivía su suegro.

—Creo —le dijo una vez a Richard cuando volvieron de su luna de miel en Oriente y se establecieron en la mansión— que es nuestro deber encargarnos de que los últimos años de vida de tu padre sean felices. Después de todo, es el único pariente vivo que te queda.

—No es el único pariente vivo que tengo —señaló Richard, un tanto confundido—. Están mi hermana Frances y mi tío Harvey y su esposa en Nueva York, y sus hijos. Y estoy seguro de que tengo otros primos segundos y terceros.

—Sí, pero ninguno de ellos tiene control alguno sobre el dinero de tu padre.

—¿Te casaste conmigo por el dinero de mi padre?

—Bueno, por eso y por la casa.

*

—Recítalo otra vez —dijo la señora Halloran, con la mirada fija en el reloj de sol, rodeada por la cálida penumbra del anochecer.

—«¿Qué es este mundo?» —declamó Essex en voz baja—. «¿Qué se desea tener? Un momento estás con tu amor; al siguiente, solo y sin amigos en la tumba fría».

—No me gusta. —En silencio, la señora Halloran se puso de pie, estiró el brazo y tocó el reloj de sol con la punta de los dedos; se escucharon susurros de hojas agitándose y el movimiento del agua en la piscina. En medio de la oscuridad, la casa se veía muy lejana y sus luces muy pequeñas, y la señora Halloran, con la mano en el reloj de sol, acarició con el dedo la M y pensó que, sin el reloj, el césped quedaría vacío. Era un acto de malicia humana, una declaración sobre la incapacidad del ojo humano para apreciar sin cegamiento la perfección matemática. Soy mundana, se recordó a sí misma la señora Halloran de forma concienzuda, debo ver el reloj de sol igual que el resto del mundo. No soy inhumana; si se llevaran el reloj de sol, yo también tendría que desviar la mirada hasta encontrar alguna imperfección, un reemplazo del reloj de sol; quizá una estrella.

—¿Tienes frío? —le preguntó Essex—. Me pareció que temblabas.

—Sí —contestó la señora Halloran—. Creo que refrescó bastante. Deberíamos volver a la casa.

Mientras andaban, la señora Halloran acarició con sus suaves pisadas el terreno elegante y firme sobre el que caminaban; pudo percibir una firmeza similar en el brazo de Essex, bajo la manga de la camisa, y sintió que la ligera tensión de los músculos de Essex era también una respuesta a su perfección de mujer, así como un pequeño gesto protector. Todo esto es mío, pensó ella y saboreó la dulzura de las rocas inmóviles y la tierra y las hojas y el pasto de su propiedad. Recordó entonces que había decidido echar a Essex y comprendió, con una ligera sonrisa, que el pobre era incapaz de entender que la esencia del buen cortesano debía ser la inseguridad. Ahora la casa es mía, pensó, y en virtud de esa certeza no pudo enunciar palabra alguna.

*

En la enorme sala de estar estaba Richard Halloran en su silla de ruedas junto a la chimenea, y Miss Ogilvie, enfáticamente apartada de él, se hallaba sentada a una mesa lejana con la tía Fanny. Miss Ogilvie sostenía un libro y la tía Fanny jugaba al solitario; era evidente que la mujer no creía tener la autoridad para encender una luz adecuada, por lo que tanto Miss Ogilvie como ella debían encorvarse y entrecerrar los ojos para ver lo que tenían enfrente.

—Orianna —dijo su esposo cuando la señora Halloran y Essex atravesaron los altos ventanales de la terraza—, estaba pensando en Lionel.

—Me imagino, Richard. —La señora Halloran le entregó su bufanda a Essex y fue a pararse detrás de la silla de ruedas de su marido—. Intenta no pensar en él —dijo—. Tendrás problemas para dormir.

—Era mi hijo —contestó el señor Halloran pacientemente.

La señora Halloran se inclinó hacia delante.

—¿Quieres que te aleje de la chimenea, Richard? ¿Estás acalorado?

—No lo estés fastidiando —intervino la tía Fanny y levantó una carta hacia la luz para verla bien—. Richard siempre fue perfectamente capaz de tomar sus propias decisiones, Orianna, incluso tratándose de su comodidad.

—El señor Halloran siempre ha sido un hombre resuelto —agregó Miss Ogilvie con aprecio.

—Hicimos tocar las campanas sobre la cochera para su primer cumpleaños —explicó el señor Halloran a la tía Fanny y a Miss Ogilvie desde el otro extremo de la sala de estar—. Mi esposa sugirió que tocáramos las campanas de nuevo hoy, como una especie de despedida, ¿saben? Pero yo opiné que no. ¿Tú qué opinas, Fanny?

—Por supuesto que no —contestó la tía Fanny en tono firme—. Sería de pésimo gusto, naturalmente. —Miró a la señora Halloran y lo repitió—. Naturalmente.

—Essex —dijo la señora Halloran sin moverse—, me pregunto si no deberíamos ordenar que se tocaran las campanas, después de todo. —Essex cruzó la habitación con el sigilo de un felino, se paró a su lado con gesto atento.

El señor Halloran asintió y dijo:

—Sería considerado. A Lionel le habría gustado. Tocamos las campanas sobre la cochera —le dijo a Miss Ogilvie— para su primer cumpleaños, y luego lo hicimos cada cumpleaños, hasta que nos pidió que dejáramos de hacerlo.

—No obstante, temo que sea demasiado tarde para tocar las campanas esta noche —le dijo la señora Halloran a su esposo con seriedad.

—Tienes razón, querida mía, como siempre. En cualquier caso, el pobre Lionel ya no podría escucharlas. Tal vez mañana no sea demasiado tarde.

—Lionel fue un buen hombre —dijo Miss Ogilvie con el rostro triste y caído—. Lo extrañaremos.

—Sí, debes enviar a alguien a podar los arbustos —dijo el señor Halloran a su esposa.

—Su padre fue todo lo que un niño puede desear —comentó la tía Fanny—. ¿No estás demasiado acalorado, Richard? Siempre te molestó acalorarte de más. Aunque —agregó—, al parecer el fuego no está demasiado fuerte. Al menos no da suficiente luz.

—Essex —ordenó la señora Halloran—, ve a encender una lámpara para la tía Fanny.

—Gracias, pero no —contestó la tía Fanny—. Nunca es necesario considerar mi comodidad, Orianna. Sabes bien que no pido nada que venga de tus manos. O… —agregó y miró de reojo a Essex, de pie a su lado— de manos de un empleado…

—Un joven empleado contratado para catalogar la biblioteca —completó Essex.

—Señor Halloran, ¿querría que le trajera un chal para ponerle sobre los hombros? —preguntó Miss Ogilvie—. ¿Tiene frío en la espalda? Sé que la espalda es lo primero que se nos enfría, aun cuando la chimenea nos caliente… —titubeó un instante— las extremidades —dijo.

—¿Habla de los pies, Miss Ogilvie? —preguntó la señora Halloran—. Porque le garantizo que Richard aún tiene los suyos, aunque no suelan ser visibles. A Miss Ogilvie le preocupan tus pies —le dijo a su marido.

—¿Mis pies? —preguntó con una sonrisa—. Ya no salgo mucho a caminar —le explicó en tono galante a Miss Ogilvie, quien se sonrojó.

—Tía Fanny —dijo la señora Halloran, y entonces todos se giraron a verla, intrigados por su tono de voz—. Me alegra oír que no pides nada que venga de mis manos, pues hay algo que debo decirles a todos, y la tía Fanny me lo ha recordado.

—¿Yo? —preguntó la tía Fanny, sorprendida.

—La esencia de la vida —continuó la señora Halloran en tono apacible— es el cambio, y dado que todos los presentes son personas inteligentes, coincidirán conmigo. El cambio reciente que hemos vivido todos, y me refiero, claro está, a la partida de Lionel…

—Así que sí fue Lionel —intervino el señor Halloran y asintió para sí mismo frente a la chimenea.

—…ha sido tanto vigorizante como conveniente. Podemos arreglárnoslas muy bien sin Lionel. Ahora estoy convencida de que es indispensable hacer una limpieza profunda de las instalaciones. Richard se quedará, claro está. —Le puso una mano en el hombro a su marido, quien asintió con gratitud—. Essex —continuó la señora Halloran—. Me pregunto si no te hemos retenido más de la cuenta.

—La biblioteca… —dijo Essex y se llevó los dedos a la boca, con los ojos bien abiertos.

—Creo que postergaremos un poco la biblioteca —dijo la señora Halloran— y traeremos a alguien que pinte murales en mi vestidor. Claro que recibirás una pequeña compensación que te permita iniciar algún pequeño proyecto académico.

—El sendero —dijo Essex, tenso— se va haciendo más estrecho con el paso del tiempo.

—Muy sabio de tu parte —dijo la señora Halloran.

—Habría esperado que… —intentó suplicar Essex—. Esperaba que después de…

—Essex, tienes treinta y dos años. No es demasiado tarde para que emprendas una carrera. Tal vez podrías trabajar con las manos. Claro que te daremos uno o dos días para planificar. Miss Ogilvie —dijo, y Miss Ogilvie extendió la mano distraídamente y se aferró al apoyabrazos del sillón—, estoy complacida con su trabajo. No es una crítica, Miss Ogilvie. Es una dama de esas que ya no se encuentran en estos tiempos; toda la vida ha estado protegida… ¿Creo que llegó aquí poco antes de que naciera Fancy? Ha estado protegida del mundo exterior toda su vida, y no me atrevería a exponerla al mundo de forma desconsiderada. Creo que la mandaré a una pequeña casa de huéspedes, de cierta categoría, por supues ...