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EL RENCOR

Fabrizio Mejía Madrid  

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Fragmento

EL INFRAMUNDO











—Cuando la gente dice: “Soy feliz”, busco de inmediato dónde tiene escondido el alcohol —le iba diciendo al taxista—. No tengo problemas con la bebida sino con la gente. Pero es sólo en público. Que yo recuerde, jamás he hecho el ridículo conmigo mismo. ¿Es usted feliz? —le pregunto.

El taxista me mira por el retrovisor y me confirma que no trae botellas a bordo.

—Cuando sea grande quiero ser sobrio como usted —le respondo, aunque calculo que él tiene como diez años menos que yo—. Admiro a la gente que enfrenta la vida apretando los dientes.

Y no es que quisiera hablar con el taxista sino que tengo este acto que me gusta representar a veces; es un discurso lleno de frases ingeniosas y chistes infalibles. Esta vez lo uso para disimular que apesto a alcohol y que son apenas las cuatro de la tarde, que no traigo calcetines y que la cabeza se me va un poco de lado. Conmigo mismo no me da pena el olor y la boca pastosa pero sí con la gente que no está bajo mis órdenes, aunque sea este taxista al que quizás no volvería a toparme. Fue por eso que me rellené la boca de chicles de menta, encendí un puro que apagué contra la ventana después de que el taxista me anunció que estaba prohibido fumar y traté durante todo el trayecto de presentar el acto para que él supiera que no soy alguien a quien se puede justificar y compadecer, sino un tipo esencialmente listo, experimentado. Y entonces le conté lo del divorcio con Marcia y lo humillante que era para mí ver a las niñas en la banqueta. Verán: engañé a Marcia primero pero no debía usar a las niñas como venganza. No puedo mandarla golpear porque las niñas sufrirían. Si le desfiguran la cara, las niñas no tendrían con quién identificarse. Es lo único que me detiene: mi maldita conciencia.

—He estado ahí y se lo digo, amigo, no vale la pena ser infiel —le digo al taxista entre chicles nuevos—. El adulterio es una confusión momentánea mediante la cual uno está convencido de que una mujer ajena será muy distinta de la propia —sonrío, pero el taxista no me sigue.

Y le fui infiel a Marcia, para no ser más obvio, con una de esas edecanes que lo mismo sirven en los actos del Partido que en Cámara o en la Recámara. Ya saben: con la que usaba el escote más abierto y mascaba el lápiz, se llama Venecia. Se la quité a un encargado de difusión del Congreso, más joven que yo, como de unos veintitantos años. Caemos por los trucos más bobos. La competencia es uno de los más antiguos. Y sí, lo hice casi sin planearlo, y cuando me descubrió Marcia y traté de dejar a Venecia, ésta dijo que se ahorcaría. Un día se hizo unos cortes en el brazo. Volvimos. A los pocos meses, Venecia, sin avisar, comenzó un romance con un diputado. El infeliz. Un día de estos quiero mirarlo directo a los ojos. Seguro se acobarda.

Lo de la edecán no tuvo mucho de memorable: me cocinaba en su casa atrás del Monumento a la Revolución —vivía a media cuadra del Partido—, luego, tras los resultados, yo la invitaba a comer y cenar —los desayunos están reservados para hacer política— y la aventura fue reflejo de la comida. Me trató como a sus propias venas. En una primera etapa me retacó con grasa y colesterol. En la segunda, menos interesada, me sacó hasta la última gota de donaciones voluntarias, muchas joyas y unas vacaciones en Acapulco. En la última etapa me cortó.

—Nunca he logrado que una mujer se enamore de mí —le estoy diciendo al taxista que apaga el radio por tercera vez—. Lo que tengo que ofrecerle realmente no es visible ni motivo de obsesión. Y es que lo único que tengo que ofrecerles es la idea de que tengo algo que ofrecer. Una vez que caen en la cuenta, el final es sólo cuestión de días. ¿Es usted casado?

El taxista me clava la mirada por el retrovisor. Tiene una novia en Cuba, el inocente.

Y le cuento cómo veo las cosas después de ser casado, adúltero y corrido de mi propia casa hacia un hotel:

—Uno puede preguntarse si es mejor la libertad estando solo o formar una familia añorando el espacio propio, pero un día la pregunta misma expira: uno es ya demasiado demente para querer la soledad o demasiado solitario para formar una familia —sentencio, pero mi memoria se va hacia el hecho de que Marcia movía los labios hasta cuando veía la tele. No fue por su inteligencia que me casé con ella, si deben saberlo.

—Mi esposa no tiene sinapsis, sólo diablito —me río pero con tos.

El taxista me sugiere que si quiero vomitar saque la cabeza por la ventana. Le aseguro que no tengo nada. Me vuelvo a disculpar por no saber qué día de la semana es. La edad es un golpe. Llega poco a poco después de las primeras canas. No importa lo que uno haga, el tiempo llega. Se te olvidan las fechas, te sofocas por nada, tienes dolores en lugares que no existían, bebes más, durante más días, con gente que no conoces. Por mi aspecto nunca adivinarían mi edad. Parezco veinte años más viejo. Veo a mis ex compañeros de la universidad y parecen mis sobrinos. Después de que Marcia me echó y me quitó mi derecho a ver a las niñas en interiores, engordé, se me cayó e

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