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EL SECRETO DE DIOS (TRILOGíA DE LA LUZ 3)

Guillermo Ferrara  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

Nunca había sentido la mínima simpatía por la Argentina de comienzos del siglo XX. Me daba la sensación de que esos señores de galera, bastón y mostacho —y que ni en las fotos se reían— jamás podrían interesarme. Me parecían hombres grises envueltos en historias grises, muy distantes de los valientes Necochea, Lavalle y Pacheco; de los espléndidos Belgrano, San Martín y Brown; de los polémicos Rosas, Urquiza y Rivadavia. Pensaba que ni Teodolina Alvear de Lezica, ni Mercedes Castellanos de Anchorena ni Susana “Pototo” Torres de Castex eran comparables con la genial Mariquita Sánchez de Thompson; que la Plaza de Mayo de 1873 no tenía ningún atractivo frente a la de 1810.

Los tiempos de la Guerra de la Independencia fueron, son y serán el período más romántico de nuestra historia. Debe ser por eso que, en contraste, los hombres de la Argentina constitucional me parecían grises. Sin embargo, en cuanto me zambullí en esta época, me encontré con algo distinto: los abuelos y bisabuelos de nuestras generaciones eran tipos muy divertidos, bastante chiflados, demasiado románticos y bien mundanos.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Ver a Jorge Newbery desnudo, posando para estudiantes de dibujo. Compartir las locuras del director del Zoológico Clemente Onelli. Hallar al padre de Adolfo Bioy Casares aterrorizado en un truculento cuarto de hotel en Azul. Descubrir que la paquetísima Susana Castex vencía a los hombres en las mesas de billar. Impresionarme con las piruetas de Roland Garros en el cielo de Buenos Aires. Participar de dos casamientos, uno indio y otro de la alta sociedad porteña… ¡Las vidas de los protagonistas de este libro tienen mucho colorido y muy poco gris!

En algunos casos, las anécdotas que reuní son tan disparatadas que rayan el campo de la ficción. Pero estos hechos ocurrieron, no son cuentos; Historias insólitas… no es una novela. Menos aún, un muro de lamentos o un estrado judicial. El enojo con los próceres y el enjuiciamiento del pasado no son mi especialidad. Me entusiasma la Historia y espero poder contagiarle un poco de ese entusiasmo.

¿Alguna vez compró un libro que jamás abrió? ¿Alguna vez comenzó a leer uno y lo desechó sin terminarlo? A mí me pasó. Muchas veces. Pero este libro contiene un premio para los lectores que no abandonen: tres “Bonus tracks” con información adicional sobre los capítulos que ya leyó.

Y una última pregunta: ¿Alguna vez salteó la introducción de un libro? Yo lo hago muy seguido. Menos mal que, según parece, querido lector, no le he contagiado mi habitual indiferencia a las introducciones.

PRÓLOGO A LA SEGUNDA EDICIÓN

Aquí, unas pocas palabras para comentarles que buena parte de la primera edición de este libro se escribió en Pinamar. Pero en esta oportunidad, Historias insólitas ha cambiado de escenario. Se transformó en un libro con mayor altura debido a que todas las modificaciones las hice en Chacras de Coria (Mendoza) y Merlo (San Luis). No resisto la tentación de explicar que el primer lugar fueron tierras adjudicadas a Juan de Coria Bohórquez en el siglo XVI y que a fines del XVIII, el marqués de Sobremonte —entonces gobernador intendente de Córdoba del Tucumán— ordenó que la villa fundada en San Luis rindiera homenaje al virrey Pedro Melo. Un documento de caligrafía complicada generó una confusión y la Villa de Melo pasó a denominarse Villa de Merlo.

¿Por qué contamos esto? Porque, como ya dije, es difícil resistirse. Pero también, para explicar que en esta nueva edición se sumaron buena cantidad de detalles a las historias, además de las necesarias correcciones.

Por otra parte, respecto de la primera edición, ésta ha perdido un capítulo (dedicado a Saint Exupéry, ya que necesita más trabajo para que integre un futuro proyecto). En cambio se incorporaron tres capítulos que encajan a la perfección con el resto de la obra: el relato de la primera ascensión y cruce del Río de la Plata en globo (que publiqué hace un par de años en la revista Polo Today), la historia de la inauguración del subte (que desarrollé para Metrovías con motivo de su 95º aniversario) y una curiosa poesía con honorarios (publicada en 2011 en mi blog Historias inesperadas, en lanacion.com).

Creo que este libro concebido en el mar y modificado en las sierras es un buen homenaje a los protagonistas de las historias que enseguida, a la vuelta de página, ya comienzan.

EL DECIMOCUARTO

Cuando en 1852 la batalla de Caseros marcó el final del gobierno de Juan Manuel de Rosas, su cuñado Lucio Norberto Mansilla entendió que era hora de tomarse un descanso de tanto trajín bélico. Venía combatiendo desde 1810 y resolvió dar unas vueltas por Europa junto con su hijo Lucio Victorio Mansilla, de 20 años, quien andaba un tanto encabritado por una serie de romances turbulentos.

En aquel viaje, los Lucios descubrieron una actividad parisina que les llamó la atención y que, de implantarse en nuestras pampas, sería bien recibida por los triscaidecafóbicos, los fóbicos al número 13. Lucio V. explicó el extraño oficio en uno de sus textos: “En Francia, nación cultísima, hay una industria que no tardará en introducirse en Buenos Aires”. Se refería al “quatorzième” (decimocuarto), un recurso inventado para que nunca hubiera en una mesa trece personas.

Aún se sostiene que tal cantidad trae mala suerte y el origen de la superstición se remonta a la Última Cena, donde fueron trece los comensales —Jesús y los doce apóstoles, ya que a María y a Magdalena no las contaron— y terminó de una manera trágica cuando al día siguiente crucificaron a Jesús.

En Francia, como en cualquier otra parte del mundo, podía ocurrir que por algún motivo accidental —ausencias, demoras o llegadas imprevistas de invitados— los asistentes a una comida fueran trece. Entonces se contrataba al “decimocuarto”.

Según explicó Mansilla, “el ‘quatorzième’ no puede ser cualquiera. Se requiere ser joven, no pasar de 35 años, tener porte simpático, maneras finas, vestir bien, hablar varios idiomas y estar al cabo de todas las novedades de la época y del día”.

El oficio era bien retribuido y en todos los barrios había uno: “Es como el médico”, aseguraba Lucio Victorio. La participación del novedoso sujeto terminaba cuando llegaba el invitado que se había retrasado. Entonces, el “quatorzième” se retiraba con disimulo y muchas veces continuaba sus tareas en alguna otra comida.

A pesar de las predicciones de Mansilla y de la buena predisposición de los porteños para copiar modas europeas, la costumbre del “quatorzième” no llegó al Río de la Plata. Por lo menos, hasta ahora.

URQUILLIZAS Y URQUILLIZOS

La salida del gobierno de Juan Manuel de Rosas y la llegada de Justo José de Urquiza vienen acompañadas de un acontecimiento institucional clave: la redacción de la Constitución. La Ley Fundamental de los argentinos nació el 1° de mayo de 1853. Y apenas veinticuatro horas antes de que los constitucionales juraran fidelidad a la Carta Magna, nacía Dolores Urquiza. Ni aquélla era la primera Constitución que tuvimos, ni Lola era la primera descendiente del entrerriano. Ni la última.

Los hijos de Urquiza —los que se conocen— son veintitrés. Por eso, conviene ir por partes o, si se quiere, por partos. A la edad de 18 años, en 1820, una relación furtiva de Justo con Encarnación Díaz los convirtió en padres de Concepción, un nombre más que premonitorio si se analiza su nutrida descendencia. ¿Dónde vivía Concepción? En Concepción del Uruguay.

Tres años más tarde, Urquiza conoció a Segunda Calvento, quien pertenecía a lo más exquisito de las familias de Entre Ríos. Segunda dio a luz a Pedro Teófilo Urquiza Calvento el 18 de septiembre de 1823. Justo y Segunda no formalizaron la relación mediante el matrimonio, pero eso no les impidió darle hermanos a Teo. Diógenes nació el 18 de diciembre de 1825. Waldino, el 30 de enero de 1827. José, el cuarto de los Urquiza Calvento, llegó en 1829. Su padre lo llamaba Pepe.

La relación con aquella segunda novia llamada Segunda culminó en algún momento y Justo encontró un nuevo amor. Cruz López Jordán (20 años) era su cuñada y a la vez, ¡madrina de Waldino! El fruto de los amores entre Cruz y Justo fue Ana Dolores Ercilia, sexta en la lista de hijos, quien nació el 11 de mayo de 1835.

En los meses de 1839, el donjuán fue asiduo participante de las tertulias de doña Pascuala Ferreira de Sambrana, en Concepción del Uruguay. La festejada hija de Pascuala —y potencial madre de criaturas Urquiza— se llamaba Doraliza. No duró mucho la relación porque el galán pasó a cortejar a una hermana menor de Doraliza, Juanita. El 27 de febrero de 1840 Doraliza se convirtió en tía de Carmelo, el séptimo Urquiza. En 1842 Dolariza volvió a ser tía, esta vez de una pequeña llamada Juana, quien pronto tendría compañía. Cándida nació el mismo año que Juana, pero su madre fue la atractiva riojana Tránsito Mercado y Pazos. (Hacemos un paréntesis para contar que en medio de estos nacimientos, se casaba la primogénita Concepción Urquiza Díaz. Aquel producto de su pecado de juventud ya tenía edad para formar familia. Pero al padre de Concepción no había quién lo llevara a un altar.)

El 22 de marzo de 1846 lanzó su primer llanto Clodomira del Tránsito Urquiza, hija de Tránsito Mercado, la atractiva riojana. Ese mismo año, en septiembre, María Romero dio a luz a Norberta Urquiza. Pocas semanas después llegó Medarda Urquiza, hija del picaflor y Cándida Cardoso. Las tres nacidas el mismo año, pero lejos de ser trillizas, eran más bien urquillizas.

Hasta aquí, la primera mitad de la descendencia del entrerriano. Conviene recapitular. Justo José de Urquiza tuvo entre 1820 y 1846 siete “novias” y doce hijos extramatrimoniales: Concepción, Teófilo, Diógenes, Waldino, José, Ana, Carmelo, Juana, Cándida, Clodomira, Norberta y Medarda.

Sarmiento sostenía que Urquiza fomentaba “el concubinaje, que es el sistema provincial”. Según Domingo Faustino —otro entusiasta de las relaciones del primer tipo—, en Entre Ríos todos seguían la moda: “Cuando el general tiene tres queridas públicas, jueces, empleados, comandantes y coroneles se esfuerzan en ostentar igual número”. Vicente López y Planes quiso encarrilar el desorden y le aconsejó a Justo que se casara con alguna viuda de Buenos Aires. No hubo caso. El semental de Concepción del Uruguay creyó necesario explicarle a López y Planes los motivos de su soltería. Le dijo que tenía “una aversión invencible al matrimonio” a causa de “recuerdos dolorosos” por “haber sido cruelmente engañado en su juventud”.

Pocas semanas después del histórico Pronunciamiento del 1° de mayo de 1851, en el que cuestionaba el poder de Rosas, Urquiza, quien por entonces tenía 49 años, asistió en Gualeguaychú a una de las tantas fiestas de las que participaba —Justo José era fanático del baile— y quedó encandilado ante una joven de 21 años y mirada cautivante. La reina de Gualeguaychú era Dolores Costa, pero el general, quien tenía cinco hijos más grandes que ella, la llamaba Dolorcita. Para Sarmiento, la señorita Costa era “la sultana favorita” del entrerriano.

Dolores actuó como Primera Dama de Palermo —donde Urquiza se instaló al vencer a Rosas—, aunque no lo hizo con exclusividad, ya que tuvo que aguantarse a una ex en su casa. Nos referimos a Cruz López Jordán, madre de Anita y madrina de Waldino. Tal vez esta rareza de contar con una doble compañía le haya servido a Justo José para paliar la herida psicológica que habría recibido cuando fue “cruelmente engañado” en su juventud.

La decimotercera descendiente, Dolores Urquiza Costa, nació —como dijimos— el día previo a que se sancionara la Constitución del año 53. Lola tuvo varios hermanos: Justa nació en 1854. Al año siguiente tuvo lugar un episodio anecdótico. En un arranque de deseo, Justo José, quien se encontraba con su hermana Matilde Urquiza y su novia Dolores, mandó llamar un sacerdote para que los uniera en matrimonio. La ceremonia fue casera, muy informal, y tampoco contaron con el número de testigos exigidos. Por ese motivo el casamiento no fue convalidado.

Durante la presidencia del entrerriano, tanto Dolores como Tiburcia Domínguez, la mujer del vicepresidente Salvador María del Carril, estuvieron embarazadas. Dieron a luz con diferencia de once meses. El 12 de agosto de 1856 se realizó un superbautismo y Del Carril y Tiburcia apadrinaron a Justo José Salvador Urquiza, quien había nacido pocas semanas atrás, el 8 de junio. Justo José Salvador, a quien le pusieron los nombres del presidente y del vice, fue el primer varón de la pareja Urquiza-Costa, que, por su parte, apadrinó a la niña de los Del Carril, quien había cumplido un año de vida (había nacido el 8 de agosto de 1855). Se llamó Julia Justa y su segundo nombre fue en honor al presidente de la Confederación Argentina. Fue una eximia arpista, se casó con Victoriano Viale y de esa unión surgieron los Viale del Carril. Pero nuestro norte, en este momento, son los urquillizos.

Continuaron llegando: Cayetano (1858), Flora (1859), Juan José (1861), Micaela (1862) y Flora Teresa (1864). En total, ocho hermanos con la misma madre, la gualeguaychense Dolores Costa, con quien convivía en el espléndido palacio San José de Concepción del Uruguay.

En marzo de 1865, en los días en que organizaban el bautismo de Flora Teresa (quien usó siempre el segundo nombre), el sacerdote Domingo Ereño detectó la irregularidad: los padres de la niña eran solteros. A fines de abril, el propio padre Domingo los casó en la Inmaculada Concepción del Uruguay. Una vez que Justo y Dolores fueron marido y mujer, nacieron Cipriano (1866), Carmelito (1868) y, por último, Cándida (1870). Estos once hijos que tuvieron con Dolores más los otros doce de distintas relaciones fueron reconocidos en forma legal. Si hubo más, nunca alcanzaron el grado de estos veintitrés. Muchos de los hijos anteriores de Urquiza vivieron en el palacio San José, con su padre, Dolores Costa y los descendientes del matrimonio.

Es el caso de Medarda, quien fue protagonista de una escena de celos paternal. En 1863, en un baile en el palacio San José, Urquiza mandó sentar a Medarda, acusada de bailar muy pegada al hijo del comisario de Gualeguaychú. El insolente joven recibió una amonestación muy clara: si seguía faltándole el respeto, el propio general iba a tomarlo de los pantalones y lanzarlo fuera de su propiedad.

A comienzos de 1870, cuando nació Cándida, ya habían muerto dos hijos de Urquiza: José “Pepe” Urquiza Calvento, en 1864, víctima de una afección pulmonar; y Cándida Urquiza Mercado, en 1869. En su recuerdo bautizaron a la benjamina con su nombre. Candidita, así la llamaban, fue la última hija que tuvo con Dolores Costa, antes de que se desencadenara la tragedia familiar.

El 11 de abril de 1870 a las 19.30, el palacio San José vivía uno de sus rutinarios y a la vez intensos días. Lola y Justa tocaban el piano en una sala, acompañadas de la pequeña Micaela. En su cuarto, la señora Dolores Costa de Urquiza amamantaba a Candidita. Carmelito, Cipriano y Teresa jugaban en el patio. Flora y Micaela deambulaban por la casona. Y el gobernador de Entre Ríos, Justo José de Urquiza, estudiaba papeles oficiales sentado en un sillón en la galería.

Hombres que respondían a Ricardo López Jordán —hermano de Cruz, tercera novia de don Jota Jota, por lo tanto, tío de Ana Urquiza— atropellaron a todos y llegaron ante el ex presidente para asesinarlo. Muerto el padre de las criaturas, otra partida en Concordia llevaba engañado a Waldino Urquiza, que era ahijado de Cruz López Jordán, a la comisaría ubicada en la misma cuadra de su casa, donde le informaron que su padre había sufrido un atentado. Lo metieron en una celda y su hija Diógenes (leyó bien: su hija, mujer) fue a reclamar por su padre. No pudo verlo. Maniatado encima de las ancas de un caballo, lo llevaron al cementerio de Concordia y lo ultimaron con ferocidad.

Su medio hermano Carmelo también se hallaba en Concordia, en un hotel donde jugaba a las cartas y tomaba mate con amigos. Entre esos compañeros, uno le apuntó con dos armas, otro le informó que su padre y su hermano Waldino habían muerto, y un tercero lo apuñaló. Lo cargaron en una bolsa y lo tiraron en un monte. Su cuerpo fue encontrado por casualidad unos meses después.

Micaela tenía 7 años y le tocó vivir uno de los momentos más terribles en la tarde que mataron a su padre. Cuando comenzaron los tiros, ella corrió a esconderse debajo del piano en el que minutos antes tocaban sus hermanas Lola y Justa. Un integrante de la banda ingresó al cuarto en busca de alguna víctima y le pisó el vestido. A ella se le escapó una exclamación. El hombre la buscó por todas partes, pero no la halló: se había deslizado debajo de un sillón. Micaela, quien había escapado del cuchillo de un asesino, murió poco después, en septiembre de 1871, durante la epidemia de viruela que asoló a Concepción del Uruguay. Al año siguiente, y por el mismo motivo, se fue Cándida, la más pequeña de la familia, antes de cumplir los 3 años.

El resto de los hermanos llevó adelante su propia historia. Por ejemplo, la viuda de Juan José Urquiza, hijo número 18 de la dinastía, reincidió en el matrimonio con su cuñado Cipriano Urquiza, el número 21. La agraciada, y doble nuera de Dolores Costa, fue María Luisa de la Serna.

Dos hermanas muy apegadas murieron en 1940: Lola y Justa, las pianistas de la tarde trágica. Justa se había casado con Luis María Campos, hermano de los bravos Manuel, Julio y Gaspar Campos.

Lola se había unido en matrimonio con Samuel Sáenz Valiente, el sobreviviente de la tragedia de Felicitas Guerrero. Recordemos que Felicitas murió en 1872 por el ataque de su ex novio, Enrique Ocampo, cuando éste se enteró de que se casaría con Sáenz Valiente. Tres años más tarde, Samuel se unía en matrimonio con Lola Urquiza. Ella enviudó en 1924 cuando su marido se quitó la vida afectado por una depresión.

Otras dos hermanas muy unidas murieron en 1945: Flora (hija número 17) y Flora Teresa (número 20).

Cipriano, el número 21 de la dinastía, fue el último hijo de Urquiza en dejar este mundo. Lo hizo en 1949, cuando apenas faltaban cuatro años para que se cumpliera el centenario de la Constitución Argentina; y del nacimiento de su hermana Dolores, un día antes.

EL GLOBO

Entre los numerosos aventureros que emigraban de Europa hacia América figura monsieur Lartet. Hombre de alto vuelo y oriundo de Francia, se instaló en Río de Janeiro donde intentó, con poco éxito, deslumbrar a los cariocas con su globo aerostático. Luego de varios fracasos, ya que nunca logró elevarse —y viendo que su prestigio tampoco tomaba altura, sino todo lo contrario—, viajó a Montevideo. En la capital uruguaya su arte generó expectativas. Como en Río, cientos de personas se agolparon para presenciar la hazaña del intrépido francés. Pero una vez más defraudó a su público, ya que apenas se alzó unos metros y aterrizó en el suelo de manera abrupta y poco elegante.

Con algunos moretones, optó por abandonar Montevideo en la primavera de 1856 y desembarcar con un grupo teatral y su globo en la simpática Buenos Aires, donde una negra llamada María Haedo, viuda de Acosta, cumplía 99 años de vida. Le tocó a Lartet, como integrante del elenco, inaugurar el teatro Porvenir, en la calle Piedras. En este nuevo destino, y con la experiencia adquirida a fuerza de golpes, monsieur Lartet estaba en condiciones de soñar con la hora de su consagración. Los diarios comentaron su arribo y el francés, luego de dar innumerables explicaciones acerca del funcionamiento del globo, anunció que haría demostraciones de su capacidad en pocos días.

El primer paso fue encontrar un lugar adecuado para la plataforma de despegue. El aventurero quería uno descampado y céntrico, como la Plaza de Mayo. La policía entendió que sería mejor alejar un poco esa peligrosa actividad. Autorizó que realizara su ascensión en un terreno conocido como “del Molino”, ubicado en Callao, entre Rivadavia y Bartolomé Mitre. Enviarlo a ese lugar significaba sacarlo de la ciudad, porque en 1856 Callao era algo así como la avenida General Paz, que marca el límite entre la ciudad capital y la provincia.

El lote “del Molino” llevaba esa denominación por un molino harinero que era la construcción más importante de la zona. Dio lugar al nombre de la Relojería del Molino, la Sombrerería del Molino, el Almacén del Molino y, años más tarde, la Confitería del Molino. Aquella famosa máquina moledora se hallaba en Rivadavia y Solís, en la esquina que hoy ocupa la plaza.

Según se publicó en los diarios, el viernes 30 de octubre de 1856 a las tres de la tarde, monsieur Lartet se lanzaría en un globo aerostático. Se pusieron en venta las localidades y no tardaron en agotarse. El aviso también anunciaba: “Se darán 1.000 pesos de premio a la persona que recoja al aeronauta y el globo en el río”. Los asientos de la extensa primera fila costaban 20 pesos. La segunda fila, 10 pesos. Y también había una especie de VIP: pagando un dinero extra, uno podía ingresar al galpón donde se guardaba el globo, observar de cerca a monsieur Lartet en los preparativos y presenciar el comienzo del inflado. Quienes no quisieran pagar por el ingreso al backstage o gastar dinero para tener un asiento, deberían amontonarse a unos cien metros del lugar. En otras palabras, la platea se pagaba y la popular era gratis.

El inicio del show fue demorándose debido al intenso viento. Luego de una hora de retraso, Lartet prefirió hacerle frente al miedo antes que defraudar a los concurrentes. La suerte estaba echada.

Una ovación saludó la aparición del globo en escena. El francés alzaba los brazos: era el hombre del momento. Montó su nave, ordenó que soltaran las amarras, y se lanzó. Sin embargo, aquel show que se había demorado más de una hora apenas duró unos segundos porque el globo fue arrastrado por el viento y se estrelló contra el frente de una casa. Un concierto de chiflidos e insultos coronó la jornada. El público reclamó la devolución del dinero pagado, a pesar de que el francés les aseguraba que volvería a intentarlo no bien reparara la nave.

El jueves 30 de octubre —y con tiempo apacible— fue el día de la revancha. Esta vez no hubo demoras aunque la impaciencia de los espectadores se percibía en el aire. Sí hubo una notable ausencia: la ovación para Lartet. De todos modos, el audaz aeronauta no se inmutó y, parado en el precario canasto de su aparato, dio las instrucciones para el despegue. Inició el ascenso previsto, ante el asombro de la multitud. Incluso estaba a punto de recibir la aprobación popular cuando surgió un imprevisto: el maldito globo chocó contra las aspas del molino harinero y Lartet perdió el control. Presintiendo que sería el último viaje de su vida, saltó a una azotea y abandonó la nave. Ante la rechifla general, el globo deambuló sin piloto hasta caer en un galpón en la calle Sarmiento 350, entre Maipú y Florida. Más a pique se fue la imagen de Lartet: el intrépido francés fue detenido por la policía y marchó preso. Por estafador. Se le ofreció la libertad bajo fianza, pero no tenía con qué pagarla.

Surgió en esos días una polémica por el nombre del aeronauta. Alguien dijo que ése no era su apellido, sino Chausson. Luego de un poco de disputa mediática el hombre explicó que en realidad Lartet era el apellido de su madre y que un hermano de la señora había sido aeronauta. Al morir, él había heredado el equipo de vuelo, incluido el globo. Por eso, en su homenaje, decidió usar su nombre. Esta respuesta, de dudosa veracidad, dio por cerrado el debate.

También en esos días de encierro explicó las razones técnicas de su fracaso e imploró que le permitieran intentarlo por última vez. Tanto insistió que logró convencer a las autoridades. Se organizó todo para el domingo 16 de noviembre a las tres de la tarde, en Plaza Lorea, en las actuales Rivadavia y Luis Sáenz Peña, a trescientos metros del primer escenario. La expectativa generada hizo que ese día, horas antes de la actividad, comenzara la procesión de los porteños, camino a la plaza. Cuenta la crónica del diario La Tribuna: “Desde las doce del mediodía, las azoteas, los miradores, las veredas, los carruajes, estaban coronados de gente que esperaba con impaciencia el momento deseado. Un sol abrasador tostaba esa concurrencia, pero la curiosidad no se dejaba vencer por el sofocante calor ni por las nubes de polvo que la asfixiaba”.

Minutos antes de las tres de la tarde, monsieur Lartet fue trasladado cuatro cuadras, desde la cárcel del Departamento de Policía (Moreno y Virrey Cevallos), hasta la plataforma de despegue. Según La Tribuna, al bajar del carro policial, Lartet estaba “pálido y tembloroso como un criminal a quien se va a fusilar”.

Los gritos de los presentes inundaban el ambiente. El piloto, con semblante de resignado, pidió que soltaran las amarras. El indómito globo se estampó contra el muro de una terraza. El impacto hizo que se diera vuelta el canasto y Lartet cayó en el patio de esa casa. Se fracturó un brazo y una costilla. Fue internado de inmediato y, no bien se recuperó, se subió al primer barco rumbo a Europa.

Monsieur Lartet no fue el primer aeronauta de nuestra historia. Pero tres veces intentó serlo.

EL GATO BLANCO

Las reuniones nocturnas eran una actividad recuperada a partir de que Juan Manuel de Rosas fue desplazado del gobierno en 1852. En esos días se fundó el Club del Progreso y sus socios tomaron la costumbre de hacer una escala de un par de horas largas en el club antes de regresar a sus casas. Esta tradición del after office de la alta sociedad aún se mantiene, sobre todo en el Jockey Club, en el Club Universitario de Buenos Aires (CUBA) y en varios rotarys del interior del país.

Luego de fumar unos habanos y tomar alguna copa con sus camaradas, el caudillo porteño Adolfo Alsina partió una noche del Club del Progreso y se encaminó a su casa. Advirtió que lo seguían. Por más que portara un arma, se hallaba en desventaja porque el peligro estaba a sus espaldas.

Para manejar la situación con disimulo, aprovechó el lamento de un gato en la vereda de enfrente y cruzó haciéndose el interesado. Eso le permitió ver la silueta de su perseguidor, a pesar de la oscuridad. Además, cuando se paró frente al animal, dejó de darle la espalda al husmeador, que se quedó quieto y, al sentir que se acercaba un sereno, huyó corriendo.

El salvador de Alsina era un gato blanco que tenía una patita quebrada. Alsina se la ajustó con un pañuelo y lo llevó a su casa. Un veterinario se la entablilló. El gato blanco se quedó a vivir, para siempre, con Alsina.

Un par de años después, el caudillo regresó tarde a su casa —se supone que de una entretenida reunión en el club— y fue increpado por su compañera de la vida, Sofía. Don Adolfo, que solía ser muy bromista, respondió a los celos de su novia tomando una pistola que le había limpiado el mucamo; la apoyó en su sien y le anunció a Sofía que iba a suicidarse, cansado de los ataques de celos de ella.

Sofía se lanzó sobre él y le pidió que no lo hiciera. Alsina sonrió y le apuntó con la pistola a ella, sin saber que el arma estaba cargada. Pero el gato blanco lanzó un maullido intenso. La desagradable broma cambió de curso cuando el hombre dijo: “No moriremos nosotros, que muera el gato”. Jugando, le disparó al animal y se sintió el estampido. El gato que había maullado cuando Alsina le apuntaba a su compañera, murió al instante. Le salvó la vida a Sofía, cubriéndose de gloria.

VIAJE EN TREN

Luego de cuatro años de haber iniciado el proyecto, la “Sociedad el Camino de Fierro en Buenos Aires al Oeste” —integrada por respetables vecinos, casi todos masones de la orden Sol de Mayo— concluyó el tendido de vías del primer ferrocarril porteño. En el transcurso de esos cuatro años la empresa debió afrontar la oposición de algunos políticos y de muchos temerosos vecinos que rechazaban la idea y, por la noche, destruían los rieles o se los robaban. Hasta hubo que firmar una cláusula en la que se aceptaba el reemplazo de la tracción de vapor por la tracción animal si la primera se convertía en peligrosa. El Estado debió aportar fondos, ya que las acciones que la compañía había puesto en venta no lograron interesar a nadie. A comienzos de 1857, las vías y las seis estaciones estaban listas para recibir al tren. Mientras tanto, la negra María, criada de los Haedo, cumplía 100 años de vida.

Norberto de la Riestra fue comisionado para hacer la compra de los trenes en Europa. Como resultado de su gestión, dos locomotoras construidas a mediados de 1856 en Leeds, Inglaterra —algunos sostienen que habían sido utilizadas para el transporte de tropas en la guerra de Crimea, cuando en realidad eran nuevas—, llegaron a Buenos Aires el 25 de diciembre de 1856. Costaron once mil dólares cada una y las bautizaron “La Porteña” y “La Argentina”. La elección de los nombres no era caprichosa: en esos momentos, la Buenos Aires de Bartolomé Mitre se enfrentaba a la Confederación Argentina de Justo José de Urquiza y el poeta Carlos Guido y Spano promulgaba en su “Trova”: “He nacido en Buenos Aires / ¡qué me importan los desaires / con que me trate la suerte! / Argentino hasta la muerte / he nacido en Buenos Aires”. Las diferencias entre el Estado de Buenos Aires y el interior habían provocado odios desmesurados y en algunas provincias trataba de imponerse la idea de que los porteños no eran argentinos.

La llegada de las moles de hierro en el vapor Borlard sumó un nuevo problema para los empresarios: había que transportarlas —pesaban, entre las dos, 31.500 kilos— desde el puerto en Retiro hasta la flamante estación terminal Plaza del Parque, ubicada donde hoy se encuentra el Teatro Colón (en un principio había sido un basural y luego, parada de carretas). Se sumaban además los 5.000 kilos de cada uno de los cuatro vagones de madera de pino, con armazones de roble y siete ventanas.

Un centenar de marineros, que más bien parecían esclavos egipcios, arrastró “La Porteña” y “La Argentina” hasta la playa, en una operación que demandó un par de largas jornadas. Desde allí, durante cuatro días, carretones tirados por una docena de bueyes las llevaron hasta la estación y las pusieron en sus carriles.

Las locomotivas —como se las llamaba en aquel tiempo— quedaron en manos de los ingenieros ingleses John y Thomas Allan, quienes también integraban la logia masónica Sol de Mayo. Los Allan hicieron ajustes y dejaron las locomotivas a punto, listas para el traqueteo. Entonces, los socios de la compañía resolvieron hacer un viaje de prueba.

El viaje experimental se inició el 6 de abril en la estación Plaza del Parque. Salvo dos pasajeros, ninguno había viajado en tren hasta ese día. Pero los temores desaparecieron cuando “La Argentina”, con sus dos vagones, cubrió los diez kilómetros y arribó a la terminal en los campos de Floresta, luego de hacer escalas en las estaciones Once, Almagro, Caballito y Flores; esta última, construida en terrenos donados por la multimillonaria Inés Indart de Dorrego, nuera de uno de los socios de la empresa, Mariano Miró.

En Almagro detuvieron la marcha cuando vieron que Dalmacio Vélez Sarsfield se encontraba de pie, junto a la vía. Lo invitaron a sumarse y continuaron el viaje. Vélez Sarsfield era uno de los legisladores que había autorizado la conformación de la sociedad. Dalmacio tenía su quinta en Almagro, donde hoy se encuentra el Hospital Italiano, y le entusiasmaba la idea de viajar a mayor velocidad rumbo a su descanso. Por supuesto que no era el único: muchos tenían sus quintas en Flores —que entonces era el pueblo de San José de Flores— y esperaban sacar provecho de la maravilla tecnológica que rodaría por las calles. Hay que tener en cuenta que el trayecto desde el centro hasta Flores era muy malo, estaba poblado de pantanos; la costumbre era ir en carretas tiradas por bueyes y el viaje demandaba horas.

En Floresta, los pasajeros se felicitaron, brindaron, encendieron los habanos y ordenaron al maquinista calabrés Alfonzo Corazzi —a quien supervisaba el ingeniero John Allan— que regresara al centro. Capitán y tripulantes de la mole se sentían confiados. Por eso, aceleraron un poco la vuelta: viajaban a 40 kilómetros por hora cuando, a la altura de Plaza Once, descarrilaron.

El tren siguió su marcha a los saltos y quedó semitumbado en un zanjón. La nuca de Francisco Moreno, el tesorero de la firma, se clavó en la barriga de Felipe Llavallol y lo dejó sin aliento. El habano que venía fumando Mariano Miró le perforó el pantalón y le quemó la cola. Daniel Gowland y Alejandro Van Prat chocaron las cabezas y la cara de Gowland se bañó en sangre. Allan y Corazzi sufrieron traumatismos. El administrador de la compañía, don Bernardo Larroudé, quien ya había viajado en tren en Europa, tomó el primer caballo que encontró a mano y huyó del lugar al galope hasta su casa en Barracas, en estado de pánico. El segundo vagón estaba vacío y volcó de manera completa.

Los que no habían resultado heridos organizaron una asamblea en el lugar del accidente y resolvieron que había que tapar el bochorno porque aquel suceso podía convertirse en la peor publicidad de la historia de los ferrocarriles argentinos. Volvieron a sus casas y, si se les preguntaba cómo les había ido, contestarían que muy bien y sonreirían, aguantando el dolor.

La empresa arregló la vía y repuso los setenta durmientes destruidos. El ingeniero Carlos Enrique Pellegrini, padre del futuro presidente, se ocupó de la inspección de las obras y el sábado 29 de agosto de 1857 a la una de la tarde (jornada primaveral), ante unas treinta mil personas, se inauguró el primer ferrocarril del país. Ambas locomotivas fueron bendecidas por el obispo, monseñor Aneiros, quien desde una grada les lanzó agua bendita. Abordaron el tren el gobernador de Buenos Aires Pastor Obligado, Bartolomé Mitre, Valentín Alsina y Dalmacio Vélez Sarsfield, quien volvió a probar suerte, a pesar de haber participado en el fallido viaje experimental.

En cambio Bernardo Larroudé, el administrador de la Sociedad, prefirió cubrir los seis kilómetros del recorrido en un zaino, acompañando al caballo de hierro a distancia prudencial.

Un mar de pañuelos blancos saludó a los pasajeros. Y hasta hubo lágrimas de despedida, como si se tratara de un viaje de muy larga distancia o un viaje de ida, sin regreso. El calabrés Alfonzo Corazzi volvió a tomar el mando del pesado transporte. Con mano firme. Pero ya no era a bordo de “La Argentina”, sino de “La Porteña”, a la cual le colocaron la patente número 1 y se quedó con los laureles. Esa tarde, con pocos minutos de diferencia, ambas máquinas realizaron el trayecto en medio de campanadas de iglesias, sombreros que se agitaban y muchas caras de asombro.

A partir del domingo 30, todos podían trasladarse en tren. Para viajar en el primer vagón, es decir en primera, se pagaban 10 pesos. Quien lo hacía en el segundo vagón, que era la segunda clase, sólo abonaba 5 pesos. Ese día, gracias a quienes tomaron el tren, simplemente para ir hasta Floresta y volver, nacieron los viajes turísticos, de paseo, en nuestra tierra. Desde aquel domingo hasta fin de año el flamante ferrocarril transportó 56.190 pasajeros.

Un tiempo después, Corazzi se retiró a vivir en Luján donde terminó sus días, y “La Porteña” continuó arrastrando vagones hasta 1889. Estuvo un tiempo en un galpón de La Plata, luego pasó ...