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EL SEXTO SOL (EL SEXTO SOL 1)

J. L. Murra

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Fragmento

Prólogo

La habilidad de soñar ha sido considerada por los científicos como una de las capacidades de nuestra mente para crear fantasías, existentes sólo dentro de nuestra imaginación, sin ninguna influencia en el mundo cotidiano.

Sin embargo, existen declaraciones de personas que aseguran haber experimentado sueños premonitorios que escapan de los límites del tiempo lineal, y los cuales les han permitido presenciar sucesos que ocurrieron en tiempos muy antiguos, lugares muy remotos o algo más extraño aún: hechos futuros.

Estas personas aseguran haber tenido estas experiencias con la misma intensidad con la que viven el mundo de todos los días. Pretender convencerlos de que se trata de sueños ordinarios y no de actos verdaderos es por demás inútil, ya que únicamente el individuo que tiene este tipo de vivencias puede constatar la diferencia entre éstas y los sueños comunes y corrientes.

En la antigüedad, cuando una persona tenía este tipo de sueños premonitorios los consideraba como algo divino y mágico. Ejemplos de esto son las visiones que originaron el Apocalipsis de Juan o las profecías de Michel de Nostradramus, cuyos textos describen estados de sueño consciente.

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Si consideramos el inmenso potencial de nuestra mente, aun no del todo conocido, podemos aceptar la posibilidad de que nuestra conciencia realice un “viaje temporal”. Es decir, un viaje a través del espacio y el tiempo para presenciar el pasado o el futuro. Pero si esto es así, entonces, ¿cómo diferenciaríamos un viaje temporal de un sueño común?

Una característica inquietante de un viaje temporal es que los sucesos o lugares se presentan de modo congruente con la realidad. En cambio, en un sueño común y corriente la realidad es distorsionada en lugar y forma. Dicho de otro modo, en un sueño normal las cosas no tienen sentido, mientras que en un viaje temporal todo guarda relación y lógica. Otra gran diferencia es que, cuando se experimenta un viaje temporal, el recuerdo permanece grabado en la memoria de una manera muy distinta a la de los sueños comunes, que por lo general se olvidan en cuestión de horas.

Esta increíble capacidad de nuestra mente ha sido relacionada con las reencarnaciones humanas en diferentes épocas, ya que en gran parte de estos viajes las personas adquieren la personalidad de la gente de otros tiempos históricos. Esta creencia en las reencarnaciones era común en las más avanzadas culturas de la antigüedad, como los egipcios y los mayas.

No solamente en nuestra sociedad actual se presentan estos fenómenos. A través de varias décadas de estudios étnicos e investigaciones realizadas por diferentes antropólogos y científicos en todo el mundo, se ha logrado constatar que las culturas indígenas consideran los sueños como un medio de contacto con una realidad superior que existe independientemente de la nuestra. Por ejemplo, los aborígenes australianos aseguran que nuestra mente o espíritu posee la capacidad y la libertad de viajar a través de diferentes dimensiones o mundos que guardan una estrecha relación con el nuestro. Asimismo, su mitología describe que en el principio de los tiempos, antes de la creación de nuestro mundo, todo la realidad existente se desarrollaba en otro plano al que ellos llaman el mundo de los sueños. Su firme creencia es que, al morir, sus almas son transportadas a este mundo para continuar su existencia.

Aunque parezcan extrañas, tales creencias se asemejan a las de la mayoría de las religiones actuales. Los budistas aseguran que nuestra mente o espíritu no se extingue al morir nuestro cuerpo físico, sino que continúa su viaje en un infinito de posibilidades de existencia para reencarnar de nuevo en nuestro mundo o en cualquier otro lugar dentro o fuera de nuestro universo físico.

Dentro de las sociedades indígenas y aborígenes, los encargados de tratar asuntos relacionados con el espíritu o a la realidad no física son llamados chamanes. Estos individuos gozan de una gran reputación dentro de sus comunidades, pues son considerados sabios y poseedores de poderes sobrenaturales. Las leyendas dicen que algunos chamanes son capaces de desarrollar poderes que incluyen la capacidad de aparecer y desaparecer a voluntad, así como la de controlar los elementos como el agua o el fuego. A ellos también se les atribuye la capacidad de viajar conscientemente a otras dimensiones, con muy variados propósitos, el más importante de ellos, quizá, es el de curar a las personas que sufren de algún mal o alguna enfermedad. En varias entrevistas, los chamanes han revelado que ellos poseen la capacidad de soñar conscientes, o sea, que mientras sueñan están conscientes de que lo que experimentan es un sueño y que su cuerpo físico se encuentra durmiendo en ese momento. A este tipo de experiencias se les denomina sueños lúcidos o viajes astrales.

De acuerdo con los chamanes, gran parte de su conocimiento es obtenida en estos viajes. Esto ha pasado totalmente desapercibido en nuestra sociedad, debido a la poca o nula importancia que los occidentales brindamos a nuestros sueños. Desafortunadamente, el abismo que se abre entre el mundo de ellos y el nuestro es tan grande que parece infranqueable. Nuestra sociedad siempre ha mostrado un profundo miedo y completo desacuerdo con las prácticas de sus facultades, tradiciones y creencias. En el caso de los indios huichol de México, por dar un ejemplo claro, se encuentra el uso ritual de diferentes plantas psicotrópicas, consideradas como plantas de poder o plantas sagradas, las cuales son ingeridas por los chamanes y otros miembros de la tribu con el propósito de potenciar las capacidades de la mente y así desentrañar los misterios del mundo que nos rodea. Los chamanes, que son los guardianes de la salud y seguridad de la tribu, se someten al trance a través del uso de estos alucinógenos para viajar a otros planos de existencia y obtener información sobre cómo resolver algún problema específico que afecte a un individuo o a la comunidad.

Según ellos, estos planos de existencia superiores proporcionan el conocimiento necesario para el desarrollo de otras capacidades, como la de observar la naturaleza energética más profunda de las cosas. Ellos aseguran que el ser humano, al igual que todo lo que existe en el universo, no es una unidad sólida sino un conglomerado de campos de energía que cuando se unen dan forma a un objeto o ser vivo particular y provocan la percepción de un mundo estable.

Estos campos de energía se encuentran ordenados de tal forma que su frecuencia vibratoria determina el plano de realidad en que habrán de ubicarse. De acuerdo con esta visión, el universo está dividido en planos dimensionales a los que se puede acceder por medio de los sueños. En otras palabras, que todo lo que percibimos como realidad está compuesto de energía en su totalidad y puede ser percibido como un mundo estable si logramos que nuestra conciencia se enlace a su ritmo vibratorio.

Estas ideas respecto a la naturaleza del universo, por extrañas que nos resulten, concuerdan perfectamente con los más recientes descubrimientos de los más avanzados estudios por los físicos teóricos, en un campo de la ciencia denominado física cuántica, la rama de la física que estudia los movimientos y propiedades de las partículas elementales que forman el universo o lo que consideramos realidad. Según su concepción, el universo no está compuesto por átomos y moléculas, como se creía hasta el principio del siglo XX, sino por una infinita cantidad de energía vibrante atrapada en el vacío y que es denominada campo de súper cuerdas o campo unificado. Este campo de infinita energía vibrante que parece surgir de la vacuidad del espacio es el responsable de crear todo lo que existe en el universo físico y, teóricamente también, de todo lo que existe en los universos más allá del nuestro.

Aunque resulta imposible describir en términos claros la naturaleza y el comportamiento del campo unificado, podemos entenderlo como un inmenso océano omnipresente de energía súper ordenada y súper consciente, que crea y establece las leyes y comportamientos de la realidad. Es como un gigantesco ordenador que define la forma de todo lo creado y, al mismo tiempo, establece un estrecho vínculo energético o interconexión entre todo lo que existe. A esta extraña propiedad la física cuántica le ha llamado entrelazamiento y es considerada la propiedad primaria del campo unificado. El entrelazamiento del universo quiere decir que, a nivel subatómico, todo lo que existe está estrechamente unido por un vínculo energético.

Todo parece indicar que los chamanes son capaces de percibir la naturaleza íntima o energética de todas las cosas, al volverse conscientes de la conexión o el entrelazamiento que existe entre este campo y la compleja mente humana.

Sin embargo, las leyes que gobiernan el comportamiento de este campo son totalmente diferentes y contradictorias a las leyes que gobiernan nuestra realidad de todos los días. Por ejemplo, podemos citar que, de acuerdo con las leyes del campo unificado, es posible viajar a través del tiempo en cualquier dirección posible, pues su naturaleza es tal que no existen mecanismos de restricción que impidan el acceso tanto al pasado como al futuro de un suceso determinado.

En la realidad que gobierna al campo unificado, una misma cosa puede existir al mismo tiempo en dos o más lugares y las dimensiones del espacio se pueden compenetrar de tal forma que dos o más objetos pueden ocupar un mismo lugar. A esto se le conoce como superposición. Existen experimentos que sugieren que en este campo de infinita energía súper concentrada haría falta solamente un centímetro cúbico para proporcionar la energía suficiente y crear miles de galaxias con millones de estrellas como nuestro Sol. Estas extrañas propiedades y la inmensa cantidad de energía que este campo posee son prácticamente inconcebibles para la mente humana.

De acuerdo con los científicos, estos nuevos descubrimientos sobre la verdadera y misteriosa naturaleza del universo y el campo unificado darán nacimiento a una nueva ciencia. Ésta no estará fundamentada en la creación de tecnología para explorar el universo, sino que utilizará el potencial de nuestra mente, percepción y conciencia como base para resolver los más inextricables secretos sobre nuestra existencia: los secretos de la vida, la muerte y nuestro origen como seres conscientes. Será una nueva ciencia que hará posible lo imposible y explicable lo inexplicable. Una ciencia que dará nacimiento a una nueva clase de seres humanos súper conscientes y poderosos. Según estas últimas predicciones, el potencial de nuestra mente será incrementado como nunca antes en nuestra historia, dando lugar al surgimiento de una nueva raza de seres humanos capaces de manipular el campo unificado, creando y modificando la realidad a voluntad propia.

No obstante, esta predicción sobre el surgimiento de esta nueva humanidad no es del todo correcta. Estoy convencido de que no se trata del nacimiento de una nueva humanidad, sino del resurgimiento de una raza que había sido destinada a vencer todos los obstáculos y restricciones del universo físico en su camino hacia la máxima evolución. Se trata del resurgimiento de una estirpe de súper humanos. Una estirpe que existió en nuestro planeta hace miles de años y cuyas huellas se encuentran dispersas alrededor del mundo, escondidas a los ojos del ser humano común.

Muchos mitos y leyendas han arrojado luz sobre la existencia de esta civilización pero la verdad permanece oculta aún. Esta estirpe de súper humanos no sucumbió a la catástrofe que destruyó su civilización, sino que encontró la forma de seguir existiendo frente a las situaciones más extremas e inconcebibles jamás experimentadas por una cultura. Esta estirpe, dicen las leyendas, era la estirpe de los Atlantes.

J.L. MURRA

Verano 2009

Capítulo 1

22 de diciembre de 2011. Península de Yucatán.
366 días para el amanecer estelar.

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Una fresca mañana de diciembre, en la espesa selva de la península de Yucatán, Kiara despertó sobresaltada. Había tenido un sueño muy vívido y extraño. Se encontraba sola en una inmensa planicie desprovista de animales y vegetación, contemplando el cielo que, de pronto, comenzaba a cambiar de colores, al mismo tiempo que la tierra empezaba a temblar. Asustada, corría desesperada sin llegar a ningún lado. Cuando despertó, su corazón aún estaba acelerado por la impresión.

Se fue incorporando de su catre con lentitud y sintió la tela del mosquitero que la protegía. Se apresuró a retirarla, tomó unos shorts y una playera de algodón que siempre dejaba sobre un pequeño ropero. Se vistió rápidamente y fue hacia la salida del viejo y desvencijado remolque del campamento en que su padre la había instalado.

Al salir sintió la cálida brisa, muy común en esas zonas costeras. El día era espléndido, el viento soplaba con una fuerza considerable. Había pasado más de una semana desde que había llegado al campamento y aún no había visitado la playa. El Caribe era famoso por su incomparable color turquesa y sus playas de arena blanquecina. “El día de hoy —se dijo a sí misma— iré a nadar en el mar, nada ni nadie me lo va a impedir.”

Fue a la carpa principal para hablar con su padre, el principal encargado del proyecto arqueológico que los tenía en ese lugar. Pero no lo encontró ahí y pensó que seguramente estaría en algún sitio de la excavación. Estaba a punto de irse cuando vio a alguien conocido. Se trataba de un joven arqueólogo mexicano que había conocido antes. Su nombre era José García, era muy simpático y a Kiara le había agradado desde que llegó.

—Buenos días —dijo Kiara aproximándose.

—Buenos días, Kiara —respondió José con una gran sonrisa—. Parece que no te sienta muy bien dormir en el catre, te ves un poco cansada.

Kiara pensó un momento y se dio cuenta de que esa mañana había olvidado peinarse por la prisa de encontrar a su padre. Tampoco se había lavado la cara y de seguro se veía fatal.

—No es el catre —respondió Kiara al tiempo que se agarraba el pelo y trataba inutilmente de acomodarlo—. Más bien es el ruido —se refería a los ruidos producidos durante la noche por los animales en la selva.

—Bueno, pues no creo que los animales se vayan a ir a otro lado, así que pronto te acostumbrarás, ya verás.

—José, ¿sabes dónde puedo encontrar a mi padre?

—Claro que sí, el doctor Jensen se fue muy temprano al sitio oeste a recolectar las muestras de cerámica que se obtuvieron ayer. Yo estaba a punto de ir hacia allá. Si quieres puedes caminar conmigo, no está muy lejos.

Ambos salieron de la carpa principal y emprendieron el camino. Para llegar ahí debían caminar una brecha de terracería de más de un kilómetro, pero esto no molestaba en absoluto a Kiara, que adoraba caminar.

La zona arqueológica había sido encontrada hacía más de un año casi por casualidad, cuando un grupo de investigadores estudiaba los felinos de esa región. Al caminar por la espesura de la selva hallaron las ruinas y de inmediato reportaron el hallazgo a las autoridades. Desafortunadamente, el gobierno mexicano no había podido destinar los fondos para su estudio y recuperación, alegando que el país se encontraba en una profunda recesión económica, igual que toda Norteamérica.

El descubrimiento fue ignorado varios meses, hasta que un grupo de arqueólogos mexicanos localizó al doctor Jensen y, con su apoyo, reunió fondos privados y de las Naciones Unidas para el proyecto de restauración. Estas ruinas eran las más recientemente descubiertas y, sin duda alguna, pertenecían a la civilización maya, que encantaba a Kiara con sus misterios. A sus dieciocho años, Kiara ya era una astrónoma de corazón y, siguiendo el ejemplo de los mayas, tenía una increíble fascinación por el estudio de las estrellas y los cuerpos celestes. En su nativa California le encantaba salir de noche para observar durante horas el movimiento de las constelaciones, conocía casi todos sus nombres y posiciones.

Su padre, Robert Jensen, era un experto en la cultura maya y, por lo general, en todas las culturas prehispánicas que se habían asentado en las regiones de México, Guatemala y Honduras. Él gozaba de prestigio internacional por haber descifrado algunos de los códices mayas que marcaban fechas importantes de la historia del imperio, así como aquellos que demostraban su conocimiento de las matemáticas.

Kiara no había vuelto a México desde hacía más de seis años. En su pasada estancia había sufrido una tragedia. Su madre fue secuestrada y probablemente ejecutada por un grupo subversivo de pobladores que se oponía a que científicos extranjeros excavaran en las ruinas de sus antepasados. Esto, por supuesto, sólo era el pretexto para encubrir sus verdaderas intenciones: pedir jugosas sumas de dinero por los rescates. A pesar de años de búsqueda e investigaciones, nadie había revelado su paradero ni había exigido jamás dinero por ella. Kiara vivía con la duda de si su madre había sido ejecutada y enterrada en algún lugar de la selva tropical, sentía aún el dolor de no poder verla y abrazarla.

Su padre tampoco se había recuperado de esta gran pérdida. Su carácter había cambiado de forma radical. Ya no era el mismo que la había criado; se había tornado mucho más serio y autoritario. Al inicio abandonó su trabajo para dedicarse de lleno a buscar a su esposa; pero más de un año después, sus recursos económicos y emocionales se agotaron al punto de que la única forma de permanecer cuerdo era volver a ejercer su profesión.

Mientras caminaban, José le platicaba a Kiara cómo habían llegado meses atrás y limpiado el terreno para montar el campamento alrededor de las ruinas. Ella escuchaba con atención cuando divisó al final de la brecha la entrada al sitio oeste de la excavación. A lo lejos pudo reconocer la figura de su padre parado junto a un muro de piedra, examinando una pieza de cerámica. Se dirigió hacia él.

—Buenos días, papá.

—Buenos días. ¿Qué haces aquí? —respondió su padre al tiempo que saludaba a José.

—Vengo a avisarte que he decidido ir a la playa a nadar.

—¿Vienes a avisarme o a solicitar mi permiso? —preguntó su padre sorprendido, con un gesto de molestia.

—Vengo a pedir tu permiso, pero en verdad quiero ir —dijo ella con un tono de voz más dócil—. Llevo aquí más de una semana y ya estoy muy aburrida. Quiero ver el mar, sé que es hermoso en esta región.

—Ya veo. No me parece muy buena idea, hay mucho viento y eso puede ser peligroso, no puedes ir allá sola y yo no tengo tiempo para acompañarte. Mejor espera hasta pasado mañana y podemos ir juntos, yo también tengo ganas de nadar en el mar.

—Pero papá —contestó Kiara con un gesto de desagrado—. ¿Por qué hasta pasado mañana? Ya te dije que estoy aburrida. Pídele a la doctora Sánchez que me acompañe o a alguien más, pero déjame ir.

—¡Imposible! —repuso su padre—. La doctora Sánchez dirige la excavación en el sitio principal. No tiene tiempo que perder. Como sabes, nuestros fondos son escasos y el proyecto debe completarse lo antes posible.

En ese momento, José, que había estado escuchando la conversación, intervino.

—Doctor Jensen, si me permite, puedo llevar a Kiara a la playa. No está muy lejos de aquí, son como diez kilómetros aproximadamente. Podemos usar el jeep y estaríamos de vuelta en un par de horas.

El doctor Jensen se volvió para observar al joven arqueólogo y le dijo con voz tajante:

—Muchas gracias, José, pero no será necesario. Kiara esperará hasta pasado mañana e iremos todos juntos.

—¡Pero papá! —a Kiara se le formaba un nudo en la garganta. La relación con su padre no era nada fácil y las cosas no mejoraban con el tiempo—. O sea que no tengo derecho a pasear ni a divertirme, solamente a vivir de acuerdo con tu estado de ánimo, ¿no? ¿Por qué eres tan injusto conmigo? —sus ojos se empezaron a llenar de lágrimas y su padre se sintió incómodo con la conversación.

—Tranquilízate, Kiara. No estás en Cancún o en alguna otra playa turística; ésta es la selva y aquí hay muchos peligros.

—¡José conoce el lugar mejor que nadie y solamente vamos a salir un par de horas!

Kiara se volvió para encarar a José pidiendo su apoyo. Pero él se quedó callado y la situación se ponía más tensa. El doctor Jensen tomó la palabra. Odiaba ser condescendiente con ella, pero estaba ocupado y lo que menos quería era tener que soportar los llantos de una adolescente frustrada.

—De acuerdo, Kiara, tú ganas. Pero van a llevar con ustedes el teléfono satelital y estarán de vuelta a la hora de la comida. José, te hago responsable de estar aquí a esa hora.

—No se preocupe, doctor. Estaremos de vuelta a tiempo, tiene mi palabra.

Kiara sonrió y le dio un fuerte abrazo a su padre.

—Vamos, José, no hay tiempo que perder —cuando Kiara se disponía a marcharse, su padre la detuvo con un gesto. José lo observó y supo que necesitaban unos momentos a solas, así que se adelantó a preparar el jeep y el teléfono satelital.

—Kiara, comprende que no me es fácil trabajar y estar atendiendo tus deseos al mismo tiempo. Ten cuidado, recuerda que estás en la selva. No te alejes del jeep y ten el teléfono a la mano. Cuando regreses, vamos a tener una larga conversación. Y tal vez vayamos a pasar juntos un tiempo a Cozumel la próxima semana, ¿te gustaría? Podemos bucear, los arrecifes son maravillosos.

Kiara no pudo contener las lágrimas y miró con fijeza a su padre. Dio un paso hacia adelante y lo abrazó afectuosamente.

—Te quiero, papá. Vayamos a pasar un tiempo juntos, solos, sin excavaciones ni ruinas ni arqueólogos —después de un rato, ambos escucharon el sonido del jeep—. Nos vemos al rato.

José ya la esperaba con el teléfono satelital y varias provisiones. Le dijo a Kiara que recogería algunas frutas en el campamento principal mientras ella preparaba sus cosas. Tomaron el camino de terracería y después se internaron en otra brecha a través de la selva tropical mexicana. El paisaje se tornaba más hermoso a medida que recorrían el camino que conducía a la playa. A ambos lados se podían distinguir los altos árboles de chicle y las curiosas ceibas. Por todas partes se escuchaban ruidos de aves e insectos. El cielo se notaba despejado y la temperatura no podía ser más agradable.

Kiara disfrutó el recorrido que duró alrededor de veinte minutos. José aprovechó el momento para platicarle todo lo referente a la flora y la fauna del lugar. Al percatarse del dominio que él tenía del inglés, ella se preguntaba dónde lo había aprendido. Lo escuchaba con curiosidad. Era todo un fanático de los mayas, igual que el resto de gente en el campamento. De eso no había la menor duda.

—Mira, Kiara, ¿qué te parece contemplar esta selva que existe desde hace miles de años, cuando los humanos no contaminaban el ambiente? Podemos considerarnos afortunados de que aún existan lugares donde la mano del hombre no ha llegado a ensuciar y destruir.

Kiara escuchó con atención y no pudo hacer otra cosa que asentir con la cabeza. Reflexionó sobre las palabras de José y se preguntó si esta tendencia cambiaría algún día.

Al llegar, Kiara se quedó boquiabierta. El mar, en esa zona, era la cosa más hermosa que había visto en su vida. Tenía varios colores diferentes a medida que el agua se juntaba con la arena. En la orilla se distinguía un color turquesa claro casi llegando al verde. Luego, a unos treinta metros de distancia, comenzaba a tornarse en turquesa oscuro para luego volverse azul ultramarino, aún más oscuro conforme se alejaba en el horizonte. La arena era tan blanca y fina como el talco, y el paisaje estaba poblado por palmeras, algunos arbustos desconocidos para ella y rocas apiladas a lo largo de toda la playa.

Kiara se quitó las botas y saltó de inmediato fuera del jeep para sentir la cálida arena en las plantas de sus pies. Corrió alegremente hacia el mar y se sumergió en él hasta las rodillas. La temperatura del agua era perfecta. Ni muy fría ni muy caliente. Simplemente perfecta.

Una oleada de emoción recorrió todo su cuerpo al tiempo que sentía el agua moverse contra sus piernas. Definitivamente era grandioso estar viva en ese lugar, en ese maravilloso momento. Volteó la cabeza para observar a José y éste se encontraba bajando unas mochilas del jeep. Observó el paisaje que unía a la selva con el agua del mar y más emociones recorrieron su cuerpo. Este lugar era en verdad mágico. Había algo en esa playa que no podía ver, pero su cuerpo lo percibía con una sensación de bienestar que pocas veces había experimentado. Sus sentimientos de asombro daban paso a un estado de profunda calma mental y regocijo.

José se acercó a ella y le sonrió amablemente.

—¿Qué opinas ahora de nuestro país, Kiara?

—¡Es maravilloso! De veras me faltan las palabras, es increíble estar aquí.

—Ya me imaginaba que iba a causarte esa impresión, por eso me ofrecí a traerte —explicó José—. Este lugar era considerado como un lugar sagrado por nuestros antepasados mayas. Es un sitio de poder. Un lugar donde ellos realizaban sus ceremonias.

—¿Qué tipo de ceremonias, José? ¿Eran ese tipo de ceremonias donde sacrificaban seres humanos?

—No, Kiara. Claro que no. Hubo diferentes épocas en la historia del imperio maya. No todos los tiempos fueron así de terribles, aunque al final parece que sí sucedieron. Fue durante la caída de su civilización que ellos mismos se destruyeron. Todo parece indicar que fueron presas de sus propios miedos, igual que nos sucede en la actualidad, ¿no crees?

—No sé a que te refieres, José —dijo Kiara, con rostro confundido.

—Claro que no lo sabes, cómo podrías. Eres muy joven para entenderlo. Tu vida gira alrededor de las fiestas y la loca diversión en bares y discotecas, como los famosos springbreakers que vienen año con año a Cancún.

—No me llames springbreaker —refunfuñó Kiara—. No me agrada ese término. No soy igual a los demás estudiantes de mi edad. Tengo otros intereses menos superfluos.

—Ah, qué bien. ¿Y cuáles son esos intereses?

—No lo sé, me gustan las estrellas. Algún día me convertiré en astrónoma y escribiré muchos libros como los de Carl Sagan. Soy admiradora de él, ¿sabías? No soy una americana tonta e ignorante como tú piensas.

—Hey, hey, tranquila, yo nunca dije eso —se defendió José.

—No lo dijiste, pero lo insinuaste. No soy estúpida para no darme cuenta. Quiero que sepas que paso horas enteras en la biblioteca estudiando cartas astronómicas, a diferencia de los otros estudiantes de mi edad.

—A mí también me interesó siempre el estudio de las ciencias —le respondió él—. Aunque no tuve la fortuna, como otros, de poder pagar una carrera universitaria. Todo lo que sé lo aprendí por medio de la experiencia.

—¿Así aprendiste a hablar inglés? —dijo Kiara intrigada por la afirmación de José—. Desde el campamento he notado que lo pronuncias muy bien.

—Gracias Kiara, definitivamente eres más observadora de lo que pensé. Bueno, verás, yo viví en los Estados Unidos varios años. Tengo unos familiares que viven en el este de Los Ángeles. Por eso conozco bien tu idioma y tus costumbres.

—¿En Los Ángeles? Ahí es donde yo vivo. Es una ciudad enorme. ¿Tus familiares todavía se encuentran allá?

—Así es —respondió él mientras volteba hacia el mar y enfrentaba el horizonte—. Pero hace mucho tiempo que no he podido visitarlos.

José hizo una pausa seguida de un largo silencio, parecía recordar algo. Se había quedado observando el mar. Kiara se dio cuenta de que algo en la conversación lo había inquietado y decidió cambiar de tema.

—¿Qué me estabas contando acerca de los mayas que habitaban esta zona? —preguntó ella—. Me interesa mucho saber sobre las culturas del pasado.

—Ah, los antiguos mayas, sí. Ellos realizaban otro tipo de ceremonias. Adoraban al Sol y a la madre Tierra. Se sentían profundamente agradecidos por todas las bendiciones que la naturaleza nos brinda. Y cómo no estarlo, Kiara, es todo un privilegio estar vivo y experimentar toda la vida natural que compone este tipo de lugares. ¿No crees?

—Estoy completamente de acuerdo —asintió, aunque en realidad no entendía la enorme admiración que los mayas sentían por la naturaleza ni el estrecho vínculo que ellos guardaban con su entorno inmediato.

—Durante sus rituales —prosiguió José—, los brujos antiguos, que eran sus gobernantes, invocaban los poderes del Cielo y de la Tierra para lograr que sus cosechas fueran prósperas y que su pueblo y sus animales estuvieran bien alimentados. Ellos podían provocar lluvias a voluntad y evitar las sequías. Eran poseedores de un gran poder.

Kiara miró a José con ojos de escepticismo.

—¿De veras crees que ellos eran capaces de hacer tal cosa? Me suena a ficción, ¿no crees? A historietas de acción. Ya sabes a qué me refiero. Cómics o algo parecido.

—El mundo es más misterioso de lo que pensamos, Kiara. Nuestro mayor defecto es pensar que lo sabemos todo. En realidad sabemos muy poco acerca de esta cultura y de cualquier otra, eso lo acepto. Casi todas las cosas que se dicen de los mayas son meras suposiciones. Nadie sabe en realidad qué era lo que sabían o qué hacían aquí. Nadie sabe tampoco de dónde vinieron. Lo que sí sabemos es que eran excepcionalmente inteligentes y muy avanzados en campos de estudio como las matemáticas y la astronomía. Eran capaces de predecir los eclipses y medir periodos que abarcaban decenas de miles de años y aun más. Conocían perfectamente las órbitas de los planetas y calculaban matemáticamente cuándo se iban a alinear. Pero no sabemos ni cómo ni con qué propósito lo hacían. Quizá nunca lo sabremos.

—Bueno, pues estoy segura de que mi padre seguirá dedicando su vida a tratar de averiguarlo, ya verás.

—Yo también pienso dedicar mi vida a estudiar esta cultura. No soportaría quedarme con la duda para siempre.

Kiara miró a José con detenimiento y pudo reconocer en su mirada la resolución para luchar por lo que él creía importante en su vida. Después, José se retiró y le avisó que iba a caminar por la selva en busca de plantas medicinales y algunas frutas que crecían por ahí. Se despidieron y acordaron verse a la una de la tarde para volver al campamento a la hora acordada con su padre.

El viento comenzaba a soplar con más fuerza y Kiara pudo distinguir que se empezaba a formar un manto de nubes en el horizonte. Conforme pasaban los minutos empezaba a disfrutar de su total privacidad en esa remota playa. Cogió su mochila y sacó su traje de baño. No usaría su bronceador como había planeado, pues no se sentía bien de contaminar el agua, y lo guardó de nuevo en la mochila. Se ocultó detrás de una palmera para ponerse el bikini. Su cuerpo era esbelto y hermoso. Su piel era blanca y su pelo castaño claro con unos ligeros toques de rubio. Era una joven muy bonita y muy alta. Sus ojos de color azul competían con la belleza del mar caribeño.

Kiara se zambulló por completo en el agua cristalina y buceó con los ojos abiertos mirando detenidamente el fondo blanquecino del mar. “Ojalá hubiera traído un visor y un snorkel”, pensó. El fondo marino era otro espectáculo que el lugar ofrecía. El mar estaba lleno de vida que variaba desde pequeños peces que se acercaban a ella con curiosidad hasta cangrejos y caracoles marinos de todos los tamaños posibles. Además, el lecho marino se encontraba casi alfombrado con pequeñas conchas. Le gustaba coleccionarlas, por lo que estuvo ahí mucho tiempo, buceando y tomando las conchas que más le atraían. El sol seguía irradiando luz en todo su esplendor y ella empezaba a sentir cómo los intensos rayos bronceaban sus hombros.

De pronto, al volver a la superficie observó algo que la dejó estupefacta: en una de las grandes rocas, situada a unos cien metros de distancia de ella, notó la figura de un anciano o un hombre maduro vestido con un traje indígena blanco con bordados multicolores. La visión duró sólo unos segundos pero pudo distinguir que llevaba en la mano izquierda un cetro o bastón con plumas de colores o algo parecido. El extraño personaje estaba observándola fijamente. Kiara se quitó el agua de la cara y se acomodó el pelo hacia atrás. Cuando reaccionó, el hombre ya no se encontraba más ahí.

¿Cómo era eso posible?, se preguntó Kiara. Le tomó menos de un segundo recogerse el pelo. ¿A dónde se había ido el sujeto? ¿Qué intenciones tenía? Recordó lo que le había sucedido a su madre y sintió miedo. José no se encontraba ahí, estaba completamente sola y no sabía qué hacer.

Se apresuró a salir del agua y fue hacia su mochila. Tomó sus shorts junto con una playera y se vistió. Se disponía a ponerse sus botas cuando de pronto sintió una fuerza extraña en su espalda. Volteó para ver qué sucedía y soltó un grito de terror. El anciano que había visto se encontraba a escasos metros de ella y la miraba fijamente. Su presencia era imponente, Kiara no se podía mover; había quedado paralizada. Era el personaje más extraño que había visto en su vida y parecía que la dominaba con el poder de su mirada.

El anciano dijo algo en un idioma que ella no pudo entender. Kiara trató de articular algunas palabras y, con voz titubeante, preguntó:

—¿Quién es usted? —El anciano no respondió, simplemente se limitaba a escudriñarla con la mirada. Kiara dejó de sentir miedo de un instante a otro, casi por arte de magia. Algo en esa mirada le hacía sentir que el anciano no tenía intenciones de hacerle daño. Dio un paso hacia atrás y se dio cuenta de que podía moverse. ¿O era que él le había permitido hacerlo? El anciano se acercó más a ella, casi tocándola, y no se pudo mover más.

—Ve a casa —dijo él en español—. Lugar sagrado.

El anciano pronunciaba estas palabras al tiempo que hacía un movimiento súbito con el bastón de su mano izquierda. Kiara sintió las plumas pasar cerca de su cara e inmediatamente la escena comenzó a tornarse borrosa. Lo escuchó cantar una tonada que ella no comprendía y el último pensamiento que la invadió fue que la estaba hipnotizando. Trató de resistirse pero fue inútil, el cielo azul se tornó rojo y luego negro. Tuvo la clara sensación de caer en un vacío interminable y después ya no sintió nada. Kiara no se dio cuenta de que acababa de entrar en un profundo trance.

Capítulo 2

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Thomas Render entró a su oficina apurado y notó que su escritorio lucía más desordenado que nunca, parecía que no lo hubieran limpiado por semanas enteras. Se disponía a ordenar los archivos cuando alguien tocó a su puerta. Un individuo de escasa estatura y aspecto un poco cómico abrió la puerta y se introdujo en la oficina. Era Daniel Roth, el jefe de la estación de monitoreo de satélites, un elemento clave para Render, encargado de la dirección administrativa del laboratorio Goddard de vuelos espaciales de la NASA, un puesto controlado directamente por la Casa Blanca. Como era responsable de vigilar el correcto manejo de los recursos de investigación, solían informarle de los aspectos más relevantes que se iban presentando.

—Señor director, tengo noticias importantes sobre el clima.

—¿Qué sucede, Daniel?

—Me temo que va a tener que ver esto —contestó Daniel Roth mientras abría un paquete de archivos y los ponía sobre el escritorio de Thomas Render—. El centro de monitoreo meteorológico nos acaba de enviar unas fotografías para que las analicemos. Estas imágenes tienen veinte minutos, es lo más extraño que he visto últimamente. Como puede observar, algo parecido a un huracán está formándose justo enfrente de Quintana Roo, en la península de Yucatán, la zona del mar Caribe.

—¿Por qué dices algo parecido a un huracán?

—Esta tormenta tiene forma de huracán pero surgió de repente frente a las costas de Quintana Roo, lo cual es inusual porque los huracanes se forman en medio de los océanos. Además, este fenómeno posee una fuerza electromagnética que no hemos podido identificar. Lo que sabemos es que no se está generando por acción de los vientos ni de la temperatura. Al principio pensamos que se trataba de una falla en el radar Doppler, pero la capitanía de puerto mexicana confirmó la presencia de extraña nubosidad y fuertes vientos aproximándose a sus costas.

—Bueno, es extraño, muy extraño, pero afortunadamente está lejos de nuestro país —dijo Tom Render—. Continúen monitoreando el fenómeno y alerten a la guardia costera para que mande un mensaje a todos los barcos que naveguen por esa zona; que modifiquen su ruta, no queremos accidentes. Dile al centro meteórológico que vamos a analizar las posibles causas de ese fenómeno.

—Entendido —dijo Daniel—. Pero hay algo más.…

—¿De qué se trata? —contestó con impaciencia.

—La sonda espacial SOHO detectó desde hace una media hora alta actividad en la superficie de nuestro sol. Grandes concentraciones de energía electromagnética están formando dos manchas de proporciones gigantescas al norte del ecuador solar. El director Graham ya ha sido avisado y ha ordenado al centro de comando redireccionar el telescopio Hubble para observar el suceso.

—¿Por qué no estaba enterado yo de esto? —preguntó Render sorprendido.

—Sucedió súbitamente. Tratamos de localizarlo pero fue imposible. La concentración de energía fue detectada hace apenas media hora y el clima en el planeta se ha estado comportando erráticamente desde entonces. Quintana Roo es solamente uno de los extraños fenómenos que se han estado generando alrededor del globo. Hay alarmas también sobre otro fenómeno generándose en el Atlántico, cerca de las Islas Bermudas. Los menciono porque son los más cercanos hasta ahora.

—¿Ya calcularon en el centro de comando la magnitud de la llamarada solar que se producirá? —preguntó Tom.

—Están trabajando en eso, los pronósticos no son nada halagadores.

—¿Qué tan malo es, Daniel? ¿Qué magnitud alcanzará?

—La Federal Aviation Administration emitió una alerta a todos los aeropuertos y planea suspender la navegación aérea en cuestión de minutos. El problema son los aviones que están en el aire. Están siendo prevenidos y desviados a los aeropuertos más cercanos. En tierra no sabemos qué tan grave pueda resultar, pero podemos pronosticar apagones en todo el hemisferio norte.

—¡No puede ser! —respondió Tom alarmado—. No así, tan pronto. Deja eso ahí y acompáñame al centro de comando. Tenemos que ver qué está sucediendo. ¿Está enterada la doctora Hayes?

—Sí, señor.

—Otra cosa, Daniel.

—Sí, señor.

—No me llames señor, no somos militares. Llámame simplemente Tom, ¿ok?

—Sí señor, es decir, Tom —respondió Daniel que no dejaba de ver a Tom Render como el político responsable de que la agencia obtuviera los fondos necesarios.

Tom y Daniel se introdujeron en el elevador que los llevaría a la sala principal del centro de comando. Al llegar a la sala sintieron un silencio sepulcral. Parecía como si todos estuvieran esperando el conteo de lanzamiento de un transbordador espacial. Rara vez se veía al personal tan concentrado.

Sarah Hayes, directora en jefe del centro de comando, miró a Tom. Eran viejos amigos. Ambos se habían conocido hacía más de quince años cuando ella llegó a trabajar para la NASA. Era una mujer caucásica de complexión delgada. Tenía unos hermosos ojos verdes que contrastaban con su cabello, dándole una belleza muy especial a su rostro. Vestía generalmente traje sastre con la falda una pulgada arriba de la rodilla. Era astrofísica de profesión y había trabajado prácticamente toda su vida profesional para la NASA. Era la responsable de todas las misiones lanzadas al espacio, además del funcionamiento técnico de los satélites de investigación norteamericanos que orbitan la Tierra. Experta en astrofísica y mecánica cuántica, había escrito varios libros acerca de la compleja naturaleza de nuestro universo. Tom Render la vio al entrar a la sala y se acercó a ella.

—Hola, Tom, me da gusto verte.

—Hola, Sarah. ¿Qué diablos está sucediendo?

Sarah sonrió.

—Tú siempre tan directo, Tom. No lo sabemos, estamos esperando el alineamiento del Hubble para observarlo. Afortunadamente, en la pasada misión del transbordador instalamos un filtro reductor de calor, así que ahora podemos observar directamente el Sol por espacios de cinco minutos.

En ese momento uno de los operadores hizo un anuncio por el micrófono.

—Veinte segundos para alineación total. Tenemos imagen en treinta y cinco segundos y contando.

La sala de comando se puso cada vez más tensa mientras todos esperaban la imagen en la pantalla gigante situada al frente del salón. Tom miró a Sarah una vez más. Generalmente, que el Sol empezara a producir manchas solares era indicio de que su actividad magnética estaba aumentando. Esto significaba que en cualquier momento podía producir una llamarada solar lanzando enormes cantidades de partículas radiactivas de alta energía hacia el espacio. Esta radiación de partículas bombardeaba nuestro planeta y causaba fallas en los satélites de comunicaciones al mismo tiempo que sobrecargaba las redes de transmisión de energía eléctrica.

En ese momento se iluminó la pantalla y comenzó a enfocar una imagen prodigiosa. Era nuestro Sol visto desde la perspectiva del telescopio espacial. La imagen estaba filtrada a través del espectro ultravioleta, pero aun así era totalmente colosal. Una gran esfera de luz y fuego incandescente que se movía como si estuviera viva y tuviera voluntad propia.

En la parte norte del ecuador del Sol se comenzaban a distinguir puntos oscuros que aparecían y desaparecían en intervalos poco regulares. A momentos parecía como si estos puntos se quisieran integrar para formar dos grandes puntos o manchas de proporciones enormes.

—¡Ilumíname Sarah! —dijo Tom sarcásticamente—. ¿Qué sucede?

Sarah Hayes parecía hipnotizada observando la pantalla. Era una imagen única.

—Sí, Tom, estamos presenciando la formación de dos grandes manchas solares. Desde aquí parecen pequeñas pero cada una de esas manchas tiene un diámetro cientos de veces mayor al de la Tierra. En 1989, la última vez que el Sol presentó este tipo de hiperactividad magnética produjo una llamarada tan poderosa que interrumpió toda la electricidad en Canadá y gran parte del norte de los Estados Unidos. Seis millones de personas se quedaron sin energía eléctrica en un abrir y cerrar de ojos. Además, dañó e interrumpió las comunicaciones satelitales por varias horas y dejó muchos inservibles. Nuestros aislantes de radiación han mejorado desde entonces, pero estas manchas que están por formarse parecen más grandes y violentas que las de hace veintitrés años.

—Eso no suena nada bien, Sarah —exclamó Tom sintiendo una descarga de adrenalina en su cuerpo—. ¿Cómo podemos ayudar?

—Hemos tomado todas las medidas precautorias posibles, pero no hay forma de prevenirse completamente. Se aproxima una tormenta solar y al igual que con cualquier otra tormenta, no podemos hacer otra cosa que esperar y resistir los daños. Lo que más nos preocupa son los satélites y los aviones que se encuentran en el aire. Espero que puedan aterrizar de emergencia lo antes posible.

Uno de los operadores interrumpió la conversación y se aproximó a Sarah para entregarle un informe.

—Doctora Hayes, el reporte de los cinturones de Van Allen, ¡se están saturando rápidamente!

—Eso quiere decir que está empezando —Sarah alzó la voz para dirigirse al personal—: Que todos los monitores estén listos y funcionando. Es cuestión de unos minutos para que se produzca la tormenta. Avisen al Pentágono y que el Sistema Nacional de Emergencias emita una alerta de radiación solar extrema en todo el país.

—¿Qué hay del Hubble? —preguntó Tom—. ¿No corremos el peligro de que la radiación dañe nuestro telescopio?

—El telescopio Hubble tiene una protección contra radiación —contestó Sarah—. Un dispositivo electrónico lo apaga automáticamente cuando detecta radiaciones por encima del nivel de operación adecuado.

Todos se quedaron serios contemplando en la pantalla los cambios que se estaban generando en nuestra estrella. Sarah comenzó a revisar los reportes que tenía ahora en sus manos. Las manchas seguían fluctuando cada vez a intervalos más cortos cuando Tom escuchó el sonido de un timbre de un teléfono celular.

—Es el mío —respondió Daniel Roth tomando su teléfono con la mano derecha.

Tom estaba cada vez más nervioso y la adrenalina no dejaba de incrementar. Observaba a varios operadores acercarse a Sarah con diversas fotos y reportes. Ninguno de ellos mostraba una buena cara. Daniel seguía en el teléfono, pero no decía casi nada, se limitaba sólo a escuchar. La sala se llenaba de tensión mientras el grandioso astro seguía brillando en la enorme pantalla. Tom miró alrededor y no pudo aguantar más.

—¡Daniel, dime qué sucede!

Daniel puso el celular en espera.

—Es peor de lo que esperábamos, Tom —respondió—. Se están reportando fenómenos meteorológicos en todo el país. Quintana Roo, en México, está en alerta general, lo que sea que esté sucediendo ahí no tiene precedente alguno. Es un tipo de tormenta altamente magnética acompañada por vientos huracanados y grandes concentraciones de electricidad. Va a barrer con todo lo que toque. Si llega a tocar tierra, no habrá escondite alguno para ocultarse. Se han registrado vientos de más de trescientos kilómetros por hora cercanos al núcleo del fenómeno. Los satélites están grabando todo. Los europeos ya nos llamaron, lo están observando y están sorprendidos. El fenómeno se dirige hacia la costa a una velocidad impresionante. Si encuentra alguna embarcación en el camino, las fuertes olas la hundirán sin remedio. El fenómeno tocará tierra en cuestión de unos minutos.

—¡Diablos! —replicó Tom—. ¡No puede ser! ¿Cuál es la situación en el país?

—Nada buena, California, Texas, Oklahoma y Colorado han reportado vientos de velocidad extrema. Se espera la formación de tornados en cualquier momento. Por ahora miles de viviendas están siendo dañadas por los fuertes vientos. Nueva Inglaterra reporta formación de nubes y vientos acelerados, está comenzando a nevar y las temperaturas descendieron drásticamente. Toda la navegación aérea ha sido suspendida. Más de cuatro mil vuelos han sido cancelados. Todo el país está sufriendo de mal clima. ¡Es una locura!, nunca habíamos visto algo así.

Tom no podía creer lo que escuchaba.

—Daniel, mantengan los satélites en posición. Usen todos los radares Doppler disponibles, necesitamos datos. Alerten a toda la población del mal clima, que nadie salga de sus casas.

En ese momento Sarah regresó a donde se encontraban Tom y Daniel. Daniel reanudó la conversación telefónica dando las indicaciones que había recibido de Tom.

—Tom —dijo Sarah aproximándose a él—, hemos declarado alerta máxima en todo el país, tienes que ver estos archivos. Los reportes atmosféricos muestran que la radiación de rayos gama proveniente del Sol está alcanzando niveles críticos en las capas superiores de la atmósfera. El Pentágono acaba de llamarnos. Dos satélites militares han sido inutilizados. Están exigiendo respuestas. Tienen que apagarlos o la radiación los va a freír.

—Por favor, Sarah, es el Pentágono, no apagarían sus satélites de vigilancia ni por una décima de segundo.

—¡Pues tendrán que hacerlo si no quieren perderlos por completo!

—Tú sabes las implicaciones de hacer ese tipo de recomendación. Nos van a exigir los datos para sustentarla. ¿Cómo les vamos a decir que no sabemos qué está sucediendo? —replicó Tom.

—Tenemos que explicárselos —dijo Sarah—. Nunca antes se habían alcanzado esos niveles críticos, la radiación está a punto de amenazar la vida en este planeta. El polo magnético está fluctuando, las brújulas tienen una desviación de catorce grados. Además, los instrumentos están registrando un tipo de radiación desconocida, con una longitud de onda ultracorta nunca antes registrada.

—¿Cómo que una radiación desconocida?, ¿a qué te refieres? Eso no es posible, seguramente los sensores de los satélites se están sobrecargando. Tú eres la experta. Tú dime qué sucede.

—Las lecturas no provienen de los satélites, Tom —respondió Sarah—. La radiación está alcanzando nuestros instrumentos aquí en tierra, aquí justamente, donde nos encontramos.

—No, no puede ser verdad —exclamó Tom, que conocía perfectamente los riesgos de exposición a la radiactividad—. Esto no puede estar sucediendo.

—Está sucediendo ahora mismo —respondió Sarah—. Al parecer no hay error en las lecturas. Si esto es correcto, deberíamos estar sufriendo trastornos o vamos a comenzar a experimentarlos muy pronto. Toda la radiación que proviene del Sol causa estragos en los tejidos orgánicos. Esperemos que sea una falla en los circuitos.

La atmósfera en la sala se tornaba más y más tensa. La calma que había precedido a la tormenta había desaparecido. Todos los operadores discutían entre sí. Daniel se aproximó a Tom Render.

—Tom, la señal del celular se cortó. Estamos perdiendo las comunicaciones.

Tom miró enseguida la pantalla que aún mostraba al gigante incandescente. De pronto la imagen comenzó a fallar. Toda la atención de la sala se centró en la pantalla. La falla iba en aumento pero aún lograba mostrar el crecimiento de las enormes manchas solares. Se habían tornado inmensas y estaban oscureciendo casi una cuarta parte del Sol.

Uno de los operadores que monitoreaba los instrumentos no pudo contener el grito.

—¡Doctora Hayes, los niveles de radiación gama en la atmósfera están rebasando niveles críticos! ¡Perdemos comunicación con los satélites! ¡El telescopio se apaga!

Lo último que alcanzaron a ver todos en la sala fue el crecimiento máximo de las manchas solares y después se cortó la imagen al tiempo que la electricidad fallaba y se apagaban todas las luces de la sala. Unos segundos después los generadores encendían las luces de emergencia y Sarah, Tom y Daniel se miraban entre sí.

Capítulo 3

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Kiara abrió los ojos lentamente y pudo distinguir que aún se encontraba en la playa. Lo extraño era que ahora estaba sentada en el asiento del conductor del jeep. Comenzó a recordar los detalles de lo que había sucedido y se sintió agradecida por no haber salido lastimada.

Se sentía perfectamente, pero el viento golpeaba su cara con violencia. Observó el cielo y notó que las nubes lo estaban cerrando. Comprendió de inmediato que se aproximaba una tormenta. Tenía que salir de ahí enseguida. Buscó la llave en el encendido del vehículo pero no estaba ahí. Claro, era lógico. José la había tomado consigo.

—¡Maldición! —pensó—, tengo que encontrarlo rápido. —Se bajó del jeep y comenzó a caminar a lo largo de la brecha gritando a todo pulmón el nombre de José. Transcurrieron más de diez minutos, había avanzado unos seiscientos metros y estaba sumamente nerviosa. El viento se tornaba más violento y a lo lejos se escuchaban ruidos de truenos y relámpagos que atemorizaban a cualquiera.

Kiara conocía los riesgos de estar a la intemperie durante una tormenta tropical. La idea de estar ahí cuando sucediera le daba escalofríos. Tenía que pensar rápido, José no aparecía y tampoco respondía a sus gritos. “¿Cómo es posible que no se dé cuenta de que se aproxima una tormenta?”, se preguntó. De repente recordó lo que el anciano le había dicho: “Ve a casa”, quizá se refería a que ella estaba en peligro en ese lugar. Seguramente por eso la había puesto en el asiento del jeep, para que se marchara lo antes posible. Tenía que volver al vehículo y pedir ayuda por medio del teléfono satelital.

Detestaba la idea de preocupar a su padre por sus descuidos, pero no tenía más remedio. Corrió de regreso por la brecha y a los pocos minutos estuvo de nuevo en el vehículo. Tomó el teléfono satelital y marcó el número del campamento. El teléfono sonó por mucho tiempo y finalmente tuvo que volver a marcar. Al segundo intento uno de los arqueólogos respondió.

—Soy Kiara, necesito hablar con el doctor Jensen —el ruido producido por la interferencia era terrible y difícilmente se escuchaba la voz del arqueólogo. Kiara tuvo que concentrar su oído y muy levemente escuchó que irían a buscar a su padre—. ¡Necesito que vengan a recogerme, José desapareció, no puedo encontrarlo! —por más que gritaba, no obtenía ninguna respuesta. Desesperada por no poder escuchar nada, colgó el teléfono y se llevó las manos al rostro. El viento la despeinaba con fuerza y la lluvia había comenzado a caer. Sabía que en pocos minutos estaría empapada.

No sabía qué hacer y el clima empeoraba con rapidez. Inútilmente trató de buscar los cables de encendido debajo del tablero. Jamás lograría encender el jeep sin la llave. Su única esperanza era la de encontrar a José. Saltó fuera del jeep y comenzó a correr hacia la brecha gritando su nombre frenéticamente.

Rápidamente se fue internando en la jungla al tiempo que el viento y la lluvia arrasaban con la vegetación. Su desesperación crecía a medida que el clima empeoraba. Los truenos y relámpagos se escuchaban cada vez más cerca y la lluvia empezaba a caer a cántaros.

Kiara estaba completamente mojada de pies a cabeza y comenzaba a sentir frío. Empezaba a perder la esperanza de salir de ahí antes de que empeorara la tormenta. Tenía que encontrar refugio. El jeep no era una opción pues no contaba con techo. Su desesperación no le permitía pensar con claridad. Cómo era posible que José no regresara. Quizá había sufrido un accidente o quizá estaba perdido en medio de la selva buscando el camino de regreso a la brecha. Su experiencia con el anciano la había dejado completamente trastornada, no se sentía capaz de tomar una decisión. No tenía idea de qué hacer.

En ese momento creyó escuchar un grito que provenía de la jungla. Afinó el oído y permaneció quieta. Una vez más escuchó una voz que gritaba desde la espesura de la vegetación. Ahora estaba segura de que se trataba de José. Se internó en la selva, pero era casi imposible atravesarla. Los árboles se agitaban con la fuerza descomunal del viento y las ramas la golpeaban con una fuerza tremenda.

Seguía luchando contra el viento tratando de gritar a todo pulmón para que José la escuchara. Siguió adelante por largos minutos caminando siempre en dirección hacia los gritos.

Al cabo de un rato el clima era insoportable y no tenía idea de cuántas veces había cambiado de dirección. De pronto, se detuvo y reflexionó. Cayó en la cuenta de que ya no escuchaba los gritos y había perdido por completo la orientación. Ya no sabía hacia dónde se encontraba la brecha. Estaba perdida en medio de la jungla.

Alzó la cabeza y miró al cielo. Se asustó al ver que había cambiado completamente de color. Era de color gris muy oscuro y se veían descargas eléctricas. Comenzó a llorar de desesperación. Tenía que hacer algo para salir de ahí y encontrar un lugar seguro que la protegiera de la tormenta. No podía permanecer en aquel sitio, eso sería una locura. El miedo se apoderó de ella y por primera vez pensó que quizá iba a morir en esa selva.

Una luz cegadora, seguida de un ruido ensordecedor, la hizo perder el equilibrio y caer al suelo. Un rayo había impactado un árbol a escasos cuarenta metros de ella. Kiara se incorporó y entro en pánico. No quería morir en ese lugar, no de esa manera. Se puso a correr frenéticamente buscando la brecha para volver al jeep. Su intención era esconderse ...