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EL SOL DESNUDO (SERIE DE LOS ROBOTS 3)

Isaac Asimov  

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Fragmento

1

DONDE SE FORMULA UNA PREGUNTA

Elijah Baley pugnó denodadamente por dominar el pánico. Durante dos semanas el miedo había ido en aumento. Empezó a sentirlo desde el mismo día en que requirieron su presencia en Washington para decirle, como si tal cosa, que le habían asignado su nuevo destino.

Aquella convocatoria era de por sí bastante turbadora. Pero, además, había llegado sin previo aviso, como si se tratase de una citación, lo que contribuía aún más a empeorar las cosas. Al propio tiempo le adjuntaban unas tarjetas de embarque que comprendían sendos viajes de ida y vuelta en el aéreo, lo cual resultaba doblemente intranquilizador.

Por una parte, el miedo derivaba de la sensación de urgencia que despertaba la orden de tomar el aéreo, y por otra, del hecho de tener que utilizar este medio de transporte; ni más ni menos. Sin embargo, por el momento no era más que un temor incipiente y, por ello mismo, fácil de dominar.

A fin de cuentas, Elijah Baley ya había volado en cuatro ocasiones. Una vez incluso cruzó el continente. Así pues, aunque viajar en el aéreo le resultara poco grato, tampoco era como dar un paso en el vacío.

El vuelo de Nueva York a Washington sólo duraría una hora, y el aparato despegaría de la pista número 2 del aeropuerto de Nueva York. Esta pista, como todas las oficiales, estaba convenientemente encerrada y cubierta y contaba con una compuerta que se abría para dar salida al espacio libre una vez el aéreo había alcanzado la velocidad de despegue. La llegada se efectuaría por la pista número 5 de Washington, protegida de forma similar.

Además, como Baley sabía muy bien, el aéreo no tenía ventanillas, pero sí una excelente iluminación, buena comida y toda clase de facilidades. El vuelo teledirigido se realizaría sin contratiempos, y apenas tendría sensación de movimiento cuando el aéreo se hallase en el aire.

Se dijo estas cosas a sí mismo y a Jessie, su mujer, que nunca había volado y que se mostraba muy aprensiva en lo tocante a esta clase de experiencias.

De pronto, ella manifestó con disgusto:

—Elijah, no me gusta en absoluto que tomes el aéreo. No me parece natural. ¿Por qué no utilizas los expresos subterráneos?

—Porque tardaría diez horas —repuso Baley con un rictus amargo en su semblante— y porque pertenezco a las fuerzas de policía de la ciudad y tengo que acatar las órdenes de mis superiores si quiero conservar mi grado de C-6 en el escalafón.

Era un argumento irrebatible.

Baley tomó el aéreo y procuró mantener la vista fija en la cinta-noticiario que se iba desenrollando lenta e ininterrumpidamente en el distribuidor, situado a la altura de los ojos. La Ciudad se enorgullecía de aquel servicio, que incluía noticiarios, artículos, notas de humor, temas educativos y alguna que otra novela. La gente pensaba que tarde o temprano se sustituirían las cintas por películas; de este modo el pasajero, calándose un visor, conseguiría abstraerse todavía más de lo que ocurría a su alrededor.

Baley mantenía la vista fija en la cinta, no sólo para distraerse, sino porque así lo requerían las normas de cortesía. En efecto, había observado que en el aéreo viajaban otros cinco pasajeros, y cada uno de ellos tenía derecho a sentir en su fuero interno todo el temor y la ansiedad que su naturaleza y educación le llevasen a experimentar. Desde luego, a Baley le habría molestado que fisgonearan en su estado de ánimo. No deseaba que ojos extraños viesen cómo se le ponían blancos los nudillos cuando sus manos oprimían los brazos del asiento, ni la mancha de sudor que dejaban sobre la tapicería.

Estoy encerrado; este aéreo es como una Ciudad en miniatura, se dijo. Pero no quería engañarse a sí mismo. Tenía poco más de dos centímetros de acero a su izquierda, lo tocaba con el codo. Y al otro lado, nada… ¡Bueno, sí, aire! Pero eso era lo mismo que nada. Mil quinientos kilómetros de aire por un lado, mil quinientos por el otro y kilómetro y medio, quizá dos, bajo sus pies.

Casi habría preferido poder echar un vistazo hacia abajo, avizorar la superficie de las Ciudades subterráneas que estaban sobrevolando: Nueva York, Filadelfia, Baltimore, Washington… Se imaginaba los ondulantes, bajos y apiñados conjuntos de cúpulas que jamás había visto, pero que sabía se encontraban allí. Y debajo de este conglomerado, a mil quinientos metros de profundidad, extendiéndose docenas de kilómetros en todas direcciones, se hallaban las Ciudades con sus interminables corredores rebosantes de gente, y los apartamentos, cocinas comunales, fábricas, autopistas subterráneas, todo ello impregnado con el calor reconfortante de la presencia humana.

Mientras tanto, Baley se hallaba aislado en medio del aire frío y amorfo, encerrado en una pequeña cápsula de metal que avanzaba por el vacío. Le temblaban las manos, y se esforzó por fijar la atención en la tira de papel y leer un poco. Era un cuento que trataba de la exploración de la Galaxia. Saltaba a la vista que el protagonista era un terrícola.

Baley masculló algo entre dientes, exasperado, pero en el acto contuvo el aliento, avergonzado por la descortesía que suponía aquella moderada irrupción en el silencio reinante.

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