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EL SUEñO DE UNA ESTRELLA

Danielle Steel  

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Fragmento

1

En el valle Alexander los pájaros ya se estaban llamando en la quietud del amanecer cuando el sol asomó lentamente por detrás de las colinas, extendiendo sus dorados dedos hacia un cielo que, en un instante, se tiñó casi de púrpura. Las hojas de los árboles susurraban acariciadas por una suave brisa mientras Crystal permanecía de pie sobre la hierba húmeda, contemplando el estallido de colores en el cielo fulgurante. Por un momento, los pájaros dejaron de gorjear, como si también ellos admiraran la belleza del valle en cuyos fértiles campos, enmarcados por abruptas colinas, pastaba el ganado en libertad. El rancho de su padre abarcaba ciento cincuenta hectáreas de tierras feraces. Allí crecía el maíz, las nueces y las vides, y se criaba el ganado, su mayor fuente de beneficios. El rancho Wyatt era rentable desde hacía cien años, pero Crystal lo amaba no por lo que les daba, sino por lo que era. Mientras contemplaba las altas hierbas mecidas por la brisa y sentía el calor del sol, que iluminaba su cabello tan rubio como el trigo, Crystal parecía estar en silenciosa comunión con unos espíritus cuya existencia solo ella conocía. Sus ojos tenían el color del cielo estival. De pronto, sus piernas largas y esbeltas echaron a correr hacia el río y sus pies se hundieron en la hierba húmeda. Se sentó sobre una roca y dejó que el agua helada danzara sobre sus pies. Le encantaba ver salir el sol y correr por los campos, le encantaba estar simplemente allí, viva, joven y libre, formando una sola cosa con sus raíces y con la naturaleza. Le encantaba sentarse a cantar en las mañanas solitarias y sentir que su voz joven y melodiosa la envolvía con su magia incluso sin acompañamiento musical. Era como si el hecho de cantar allí significara algo especial, porque solo Dios la escuchaba.

Los braceros cuidaban del ganado y los mexicanos se encargaban del maíz y las viñas bajo la supervisión de su padre. Nadie amaba el rancho tanto como ella o su padre, Tad Wyatt. Su hermano Jared también participaba en las tareas al salir de la escuela, pero, a sus dieciséis años, prefería pedirle el tocadiscos a su padre e irse a Napa con los amigos. La localidad distaba de Jim Town cincuenta minutos por carretera. Era un muchacho muy bien parecido, con el cabello oscuro como su padre y una habilidad especial para la doma de caballos salvajes. Pero ni él ni su hermana Becky poseían la lírica belleza de Crystal. Aquel día se iba a celebrar la boda de Becky, y Crystal sabía que su madre y su abuela ya estaban ocupadas en la cocina. Las oyó cuando salió sigilosamente a contemplar la salida del sol por encima de los montes. Crystal vadeó la corriente con el agua hasta los muslos. Al sentir que los pies se le entumecían y las rodillas le hormigueaban, soltó una carcajada en la pura mañana estival y se quitó el fino camisón de algodón, lanzándolo a la orilla. Sabía que nadie la miraba y en absoluto se percataba de que parecía una joven Venus surgiendo de las aguas en el valle Alexander. De lejos parecía toda una mujer, sosteniéndose en lo alto de la cabeza el pálido cabello rubio mientras las gélidas aguas envolvían poco a poco las exquisitas curvas de su cuerpo. Solo quienes la conocían sabían lo joven que era. A los ojos de un desconocido, habría parecido una muchacha de dieciocho o veinte años, con el cuerpo totalmente desarrollado, grandes ojos azules que contemplaban gozosamente el cielo y una desnudez como cincelada en mármol rosado. Sin embargo, no era una mujer sino una niña que ni siquiera había cumplido los quince años, aunque los cumpliría este verano. Se rió para sus adentros al pensar en lo que dirían cuando fueran a buscarla a su habitación para que ayudara en la cocina, e imaginó la furia de su hermana y los irritados comentarios de su desdentada abuela. Como de costumbre, se les había escapado. Era lo que más le gustaba, huir de las obligaciones aburridas y correr por el rancho, vagando entre la hierba alta, recorriendo los bosques bajo la lluvia o cabalgando sin silla por las colinas hasta los escondrijos secretos que había descubierto en sus largos paseos con su padre. Había nacido allí y, algún día, cuando fuera muy vieja, tanto como la abuela Minerva o tal vez más, moriría también allí. Amaba con toda su alma el rancho y aquel valle. Había heredado la pasión de su padre por la tierra morena y el lujuriante verdor que tapizaba las colinas en primavera. Vio un venado cerca de allí y esbozó una sonrisa. En el mundo de Crystal no había enemigos, peligros o terrores secretos. Todo aquello le pertenecía, no tenía nada que temer.

Contempló cómo el sol se elevaba en el cielo y regresó despacio a la orilla, pisando las piedras con sus delicados pies hasta que alcanzó el camisón y se lo puso, dejando que se le pegara al cuerpo mojado mientras la melena de pálido cabello rubio le caía por debajo de los hombros. Sabía que ya era hora de volver, pues todo el mundo estaría furioso con ella. Su madre ya se habría quejado ante su padre. La víspera, Crystal ayudó a preparar veinticuatro tartas de manzana, coció el pan, aderezó los pollos, participó en la cocción de siete jamones y rellenó unos enormes tomates maduros con albahaca y nueces. Ya había contribuido bastante, solo le quedaba ponerse nerviosa, molestar y oír los gritos de Becky contra su hermano. Tendría tiempo más que suficiente para ducharse, vestirse e ir a la iglesia a las once. No la necesitaban para nada, simplemente lo creían. Ella era más feliz vagando por los campos y vadeando el río al amanecer. El aire ya era más cálido y la brisa casi había cesado. Sería un día precioso para la boda de Becky.

Cuando aún estaba lejos de la casa, oyó los estridentes gritos de su abuela, llamándola desde el porche de la cocina.

—¡Crysstalll…! —La palabra pareció reverberar en todas partes mientras ella corría hacia la casa, riéndose como una chiquilla de largas piernas y rubio cabello ondeando al viento—. ¡Crystal! —La abuela Minerva llevaba el vestido negro que solía ponerse cuando tenía que hacer cosas importantes en la cocina. Lucía un delantal blanco y frunció los labios con expresión enojada al ver a Crystal acercándose con el camisón de algodón pegado al cuerpo desnudo. La muchacha no poseía la menor malicia, sino tan solo una deslumbrante belleza natural de la que todavía no era consciente. Se sentía una niña, a muchos siglos de distancia de las servidumbres que imponía la circunstancia de ser mujer—. ¡Crystal! ¡Pero mira cómo vas! ¡Pero si con ese camisón se te ve todo! ¡Ya no eres una niña! ¿Y si te viera uno de los hombres?

—Hoy es sábado, abuela… aquí no hay nadie.

La muchacha contempló el rostro envejecido de la anciana con una sonrisa que no revelaba turbación ni arrepentimiento.

—Debería darte vergüenza. Ya tendrías que estar preparada para la boda de tu hermana —masculló la anciana, secándose las manos en el delantal—. Corriendo por ahí como una bestia salvaje al amanecer. Aquí hay trabajo que hacer, Crystal Wyatt. Ahora entra y ve a ayudar a mamá.

Crystal sonrió, recorrió el amplio porche y entró en su dormitorio saltando por la ventana. La abuela cerró de golpe la cancela y regresó a la cocina para ayudar a su hija.

Crystal canturreó para sus adentros, se quitó el camisón, lo dejó amontonado en un rincón y contempló el vestido que se pondría para la boda de Becky. Era un sencillo modelo de algodón blanco con mangas abullonadas y un pequeño cuello de encaje. Su madre se lo hizo sin ningún adorno especial, su belleza no los necesitaba. Parecía el vestido de una niña pequeña, pero a Crystal le daba igual. Después podría usarlo en los actos sociales que organizaba la iglesia. En Napa le habían comprado unos zapatos blancos, y su padre le había traído de San Francisco unas medias de nailon. Su abuela no estuvo muy de acuerdo con la idea, y su madre comentó que todavía era demasiado joven para ponérselas.

—No es más que una niña, Tad.

A Olivia le molestaba bastante que su marido mimara tanto a su hija menor. Siempre le traía golosinas o alguna prenda extravagante de Napa o San Francisco.

—Eso la hará sentirse importante.

Crystal era la hija a la que él más adoraba, la que ocupaba un lugar especial en su corazón. De pequeña, tenía un halo de cabello rubio platino y unos ojos que se clavaban directamente en los suyos como queriendo revelarle un secreto reservado exclusivamente para él. Nació con los ojos llenos de sueños y un aire peculiar que inducía a la gente a detenerse a mirarla. Todo el mundo miraba a Crystal. Se sentían atraídos no solo por su belleza sino también por su forma de ser. Era distinta de los demás miembros de la familia y era la niña de los ojos de su padre. Él eligió su nombre al verla por primera vez en brazos de Olivia, a los pocos momentos de nacer. Era un nombre que encajaba a la perfección con sus ojos claros y su sedoso cabello rubio platino. Hasta los niños que jugaban con ella se daban cuenta de que era distinta. Era más libre, entusiasta y feliz que ellos, nunca se dejaba dominar por entero por las normas y limitaciones impuestas por los demás, ya fuera su irritable y rezongona madre, su hermana mayor, mucho menos agraciada que ella, su hermano, que le tomaba el pelo sin piedad, o su severa abuela, que al morir el abuelo Hodges en Arizona se quedó a vivir con ellos cuando Crystal solo tenía siete años. Únicamente su padre parecía comprenderla, entender lo extraordinaria que era, como un pájaro exótico al que de vez en cuando hay que dejar volar y elevarse por encima de la vulgaridad cotidiana. Era una criatura venida directamente de la mano de Dios; por eso él siempre quebrantaba las normas por ella, le ofrecía pequeños regalos y le perdonaba todo, para gran disgusto de los demás.

—¡Crystal! —Era la estridente voz de su madre, llamándola desde el otro lado de la puerta. Ella permanecía de pie en la habitación que había compartido con Becky durante casi quince años. La puerta se abrió antes de que tuviera tiempo de contestar, y Olivia Wyatt la miró casi sin poder contener su furia—. ¿Por qué estás así? —Estaba preciosa en su desnudez, pero a Olivia no le gustaba verla convertida tan pronto en mujer, a pesar de que todavía conservaba la inocencia infantil. La muchacha miró a su madre; llevaba el modelo de seda azul que luciría en la boda de Becky, protegido con un pulcro delantal blanco como el de la abuela Minerva—. ¡Cúbrete! ¡Tu padre y tu hermano ya se han levantado!

Olivia cerró la puerta a su espalda como si ellos estuvieran allí contemplando el joven cuerpo desnudo de Crystal. En realidad, su padre se hubiera limitado a comprobar, complacido, que parecía más mujer de lo que realmente era, y Jared se hubiera mostrado totalmente indiferente a la arrebatadora belleza de su hermana.

—Oh, mamá… —Crystal sabía cuánto se hubiera enojado de haberla visto desnuda en el arroyo—. No vendrán —dijo, encogiéndose inocentemente de hombros mientras Olivia la regañaba.

—¿No sabes que hay trabajo que hacer? Tu hermana necesita que la ayuden a vestirse. La abuela necesita que la a

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