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EL TEMPERAMENTO MELANCóLICO

Jorge Volpi  

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Fragmento

LIBRO PRIMERO

LA CULPA

¿De qué sirve castigar cuando existe la culpa? La culpa es una pena que nos impone la propia conciencia, una mezcla de resentimiento y amargura, de miedo y frustración, una prueba implícita e inexcusable de nuestra miseria. Es mucho peor que cualquier reprimenda externa: es un arrepentimiento que se sabe imperdonable. Quizá en el último día, cuando sean juzgadas las almas y los cuerpos, sea lo único que reciban los condenados. Una culpa eterna, insondable, merecida.

Así nos decía la abuela a mi hermana y a mí cuando éramos niñas y ella se encargaba de cuidarnos por las noches. Hablaba con un tono seco y monótono, acaso reminiscencia de rezos repetidos desde temprano, mientras nos sostenía fuertemente del brazo al encontrar algún destrozo o descubrirnos peleando. Nunca nos golpeaba o nos gritaba como hacían los padres de mis compañeras: la abuela se limitaba a introducir en nosotras un miedo —una conciencia del bien, diríamos ahora— capaz de lograr que fuésemos nosotras mismas las encargadas de reprimir la desobediencia. Este método resultó sumamente eficaz y aún ahora no he podido librarme de él sino apenas reconocerlo gracias a incontables sesiones de psicoanálisis.

Yo adoraba a la abuela. Era la única imagen de autoridad que existía en la casa, y se tomaba sus atribuciones muy en serio: ya que mi madre no vigilaba el buen comportamiento moral y religioso de sus hijas, ella tenía que hacerlo. El mundo de sus regaños, sin embargo, nos parecía no sólo extravagante sino incomprensible, lleno de plegarias y genuflexiones y una serie de enseñanzas bíblicas y catequísticas que no oíamos en ninguna otra parte. Antes de comer y de dormir nos hacía persignarnos —no se valía santiguarse— y no perdía oportunidad para referirse a Dios, a su infinita misericordia y su implacable justicia, esa especie de borrador gigantesco que algún día cancelará nuestros pecados y justificará con la santidad las tristezas terrenales.

¿Hasta dónde guardo yo todavía en alguna parte de mi cabeza aquellas imágenes increíbles? ¿Hasta dónde no serán ya componentes indispensables de mi personalidad a pesar del tiempo que ha pasado, de mi incredulidad y de mi fe perdida? A veces creo que es imposible renunciar a las historias que nos han contado durante la infancia; una continúa persiguiéndolas sin percatarse, acaso obsesionada con hallar en el mundo esas convicciones primitivas, la claridad perfecta e inalcanzable de esos recuerdos. No lo sé, extraño a la abuela y sus absurdas ideas aun cuando reconozca en ellas las porciones de mi vida que más aborrezco y más me avergüenzan. Los absolutos, la Verdad única e indiscutible, la Bondad y la Belleza me cercan por doquier; no obstante mi voluntad relativista, la apertura que busco ofrecer y la amplitud de mis gustos presentes, no dejo de advertir a cada momento la insatisfacción que me acecha al darme cuenta de que nunca alcanzaré la perfección. ¿Quién nos habrá diseñado, a mi abuela y a mí, a todos los seres humanos, con ese deseo de alcanzar estratos angélicos, de traspasar los límites de la realidad, de volvernos irremplazables?

Mi pobre abuela no sabía lo que provocaba. Su misión era crear conmigo una criatura dócil, una máquina capaz de responder eficientemente a planes preconcebidos, a órdenes indubitables provenientes de mi cerebro. Nada de impulsos irracionales, nada de sensiblerías, nada de errores: estos eran los postulados de su moral, amparada en los principios de la iglesia y las buenas costumbres. Ser recto y justo equivalía a tener un celador por dentro, el corazón como verdugo y como juez, siguiendo un solo camino, igual y evidente para todos: la virtud. Para ella, la vida era un conjunto ordenado de acontecimientos, un orden explicado y explicable, en donde lo imprevisto solo podía identificarse con el mal, obra de demonios. El deber había sido inoculado en cada uno, y si no se le daba una prioridad incondicional, se caía en las aberraciones, en el egoísmo, la mentira y la muerte.

“¿Dónde está ese deber?”, me atrevía a preguntarle a la abuela, enfurruñada, y ella, con su voz de templo, tañida con dulzura, replicaba que el deber está inscrito en nuestro pecho, y apoyaba las manos hilosas contra el suyo, convencida de cuanto decía. Otras de las cosas que faltaban en su universo: la duda y la incertidumbre, asimiladas con la incredulidad. Creía en sus propias palabras como en las del Señor, como si Él se las hubiera dictado al oído igual que a los evangelistas y a los profetas. Esa era la estirpe a la que pertenecía: una sibila incomprendida, atada a un entorno maligno que se negaba a admitir lo obvio.

A fuerza de repetirlo, el universo de mi abuela terminó por convertirse en el mío: todo lo demás quedaba en un espacio que no me pertenecía: el del mal. Ni a mi madre ni a sus amigos ni a mis compañeros de escuela o a mis maestros, a pesar del respeto o la confianza que yo les tuviera, podía considerarlos como modelos a seguir. Hasta los cuatro años mi educación corrió casi exclusivamente a cargo de ella, y me resultaba imposible traicionarla. Aunque me agradaran las ideas de otras personas, y aunque a veces tratara de imitarlas, no dejaba de tener presente que mi fe estaba en las enseñanzas de la abuela. Mis desobediencias, mis rebeliones y mis caprichos no eran más que actuaciones que me esforzaba por representar delante de los extraños, meras herejías en contra de la verdad sabida. Pecar, como decía la abuela, era sinónimo de interpretar un papel que no era el mío, de comportarme ante los otros, por obstinación, inseguridad o cobardía, de modo diferente a como en realidad sabía que debía hacerlo. Desde este punto de vista, la abuela había triunfado rotundamente: yo no podía librarme del peso de la división entre lo bueno y lo malo, lo que debe hacerse y lo que no; apenas, y con muchos esfuerzos, me atrevía de vez en cuando a optar por lo malo, lo prohibido, pero siempre con la inconformidad acallada de mi espíritu.

Hay quien dice que sólo aquellos que tienen una pronunciada tendencia a la personalidad múltiple o dividida se convierten en grandes actores. No creo que sea mi caso: me hice actriz como culminación de un proceso natural. Para mí era muy fácil camuflarme con una indumentaria, unos gestos y unas palabras que no me pertenecían; a fin de cuentas lo hacía todo el tiempo, inconscientemente, al encontrarme con otras personas. Ser otro, pero sin perder la noción de que, más adelante, podía regresar a mi auténtica personalidad. Son los esquizofrénicos quienes realizan esta función sin retornar jamás a su carácter inicial, acaso porque pierden esta idea de prelación o de anterioridad de un rostro sobre los otros. En cambio, los actores, por más que nos adentremos en un papel, por más que éste nos apasione e involucre, siempre seremos capaces de volver a nosotros mismos, de reconocernos como los iniciadores de esa red de personajes que nos envuelve y en apariencia nos aniquila.

La culpa es el único sentimiento, la única afección humana que es imposible actuar. Su función es recordarnos que no somos lo que aparentamos. Shakespeare lo sabía muy bien y por eso tuvo que representar la horrible culpa de Macbeth dentro del sueño: de otro modo el observador no la vería, no sería capaz de imaginarla. La culpa es inimitable y al ser representada parece inevitablemente falsa. Con un buen actor o una buena actriz, la gente deja de decir éste es fulano representando a Otelo y en verdad, por un instante mágico, piensa que ése es Otelo, el único, el verdadero, que aparece por el poder y la inteligencia de un hombre. En cambio, si oye o mira a alguien actuando la culpa, nunca se deja convencer por la representación, la farsa, el engaño al que lo somete el actor o la actriz. Yo lo intenté muchas veces: inventar la culpa, sentir su peso, transformarla en movimientos, frases y guiños, obsequiarla a quienes me miraban, pero nunca apareció, siquiera remotamente, la sombra que mi abuela me inculcó y de la cual quise valerme en escena. La tristeza y la alegría, el dolor y el miedo, incluso el amor y el placer, al ser actuados remiten a sus contrapartes reales; la culpa, jamás.

No deja de parecer curiosa esta extraña vinculación proveniente de los abismos de mi niñez: culpa y actuación inseparablemente unidas, como si el gran reto de mi vida fuese asimilarlas, volverlas una sola. La hazaña deseada por todo actor o actriz y especialmente por mí: volver verosímil —por vivida— la actuación de la culpa y de este modo librarme de ella, exorcizarla subiéndola al escenario.

Mi madre nunca aceptó mis deseos de convertirme en actriz, nunca comprendió, quizá porque no tuvo el tiempo de conocerme suficientemente —y éste no es un reproche—, que yo podía decidir algo sin la intención expresa de lastimarla. Ella nunca hubiese podido imaginar que, en gran medi

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