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EL TERCER JESúS

Deepak Chopra  

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Fragmento

Introducción

Jesucristo dejó tras de sí un enigma que dos mil años de adoración no han logrado resolver. Ese enigma se resume en una pregunta: ¿por qué resulta imposible vivir según sus enseñanzas? Afirmar que existe tal enigma alarmará a millones de cristianos. Los cristianos tratan de vivir según las palabras de Jesús. Aman, rezan, muestran compasión y practican la caridad en su nombre. Sin embargo, estas acciones meritorias y humanitarias, indicativas de un intento sincero de servir a Dios, no acatan el significado último del mandato de Jesús.

Las enseñanzas de Jesús eran mucho más radicales y místicas. Cuando yo era niño y vivía en la India oí hablar por primera vez de la Regla de Oro a los hermanos cristianos llegados desde Irlanda para dirigir nuestro colegio. El principio fundamental del cristianismo, que proviene de Mateo 7, 12, es lo bastante simple para enseñarlo a los niños: «Y así, haced vosotros con los demás lo que deseáis que hagan con vosotros». ¿Dónde está el enigma? ¿Qué podría considerarse aquí radical o místico?

Literalmente, la Regla de Oro exige tratar al enemigo como a un igual, lo que en esencia significa que no se puede tener enemigos. Jesús no dijo: «Escoge a la gente más agradable y trátala bien, tal como te gustaría que te tratasen a ti». Ésa quizá sea la Regla Dorada, que es en lo que se convirtió la Regla de Oro en cuanto la gente se percató de que las enseñanzas de Jesús no se ajustaban a la naturaleza humana. Resulta natural amar a aquellos que nos aman, no a aquellos que nos odian. Resulta natural devolver el golpe cuando nos atacan (desdeñando así otro principio fundamental pero imposible de acatar: no resistáis al mal). Pero Jesús no realiza tales concesiones. La mayoría de las palabras de Jesús más conocidas desafían a la naturaleza humana. Pon la otra mejilla. Ama al prójimo como a ti mismo.

Si las palabras de Jesús resultan demasiado radicales para vivir según ellas, ¿era ésa su intención? ¿O acaso hemos malinterpretado a un guía espiritual que parece mostrarse tan directo, claro y simple? Yo creo que han sucedido ambas cosas. Jesús trató de imponer una visión totalmente nueva acerca de la naturaleza humana y, a no ser que te transformes, malinterpretarás sus enseñanzas. Puedes esforzarte toda la vida en ser un buen cristiano y no lograr hacer lo que Jesús dijo explícitamente.

Quiso inspirar un mundo renacido en Dios. Una perspectiva de ambición sobrecogedora. Nos dirige hacia un reino místico, el único ámbito donde la naturaleza humana puede cambiar radicalmente. Y es que tan solo en las profundidades del alma podremos amar al prójimo como a nosotros mismos, podremos evitar los obstáculos que impiden que hagamos por los demás lo que nos gustaría que hiciesen por nosotros. Al reino del alma Jesús lo llamaba Reino de Dios y sin lugar a dudas pretendía que descendiese a la tierra. (Así en la tierra como en el cielo.) Dios debía sustituir al César como guía de los asuntos humanos, y todas las condiciones relacionadas con la existencia material cambiarían. Jesús no pudo expresarse con mayor claridad cuando anunció que la transformación total estaba cerca. De hecho, quizá fue ese el primer y más importante mensaje que quiso transmitir: «Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir: “Arrepentíos, porque el Reino de los Cielos está cerca!”» (Mateo 4, 17.)

Sin embargo, Jesús no logró imponer el reinado de Dios en la tierra y su enfoque radical se tergiversó tan solo una generación después de su muerte, mientras el primer cristianismo se propagaba a una velocidad e intensidad sorprendentes. Los discípulos que le habían seguido sabían sin ninguna duda que habían conocido a alguien de una relevancia revolucionaria. Pero los discípulos no hablaron con el mismo fervor acerca del lado más oscuro de su nueva fe. Se esforzaban por vivir siguiendo los mandatos de Jesús y, en muchos aspectos, fracasaban. Se enfrentaron entre ellos por el poder y discutieron por cuestiones doctrinales. Dudaban y temían que los persiguieran. Los celos y los deseos sexuales afloraron con sus exigencias de siempre. Un asunto tan básico como si seguir a Pedro o a Pablo como principal portavoz de Jesús distanció a los cristianos.

En la Iglesia primitiva las disputas y los conflictos eran los mismos que en cualquier otra fe anterior. Salir de semejante caos, sobrevivir como seguidores del Mesías, era cuestión de vida o muerte. El resultado fue que el cristianismo tuvo que adecuar la visión de Jesús; lo contrario —la transformación completa de la naturaleza humana— se demostraba imposible. A los pocos que lo conseguían se les llamó santos, personas ajenas a este sucio y bullicioso mundo y a sus corruptelas.

En este libro argumento que cumplir el mandato de Jesús no es imposible. Sí, es radical y místico. Eso no ha cambiado. Pero el dilema subyacente —cómo vivir según la voluntad de Jesús— puede resolverse. De hecho, debe resolverse para que Jesús pueda tener un futuro significativo. Para encontrar la respuesta al enigma de Jesús debemos comenzar con una cirugía radical, para apartar al Jesús desgastado que todos conocemos (incluso aquellos que, como yo, no fueron educados en la fe de la Iglesia). Esa versión tradicional de Jesús fue el resultado de un compromiso; acepta el fracaso esencial de la visión de Cristo, por eso debemos superarla.

Jesús no descendió físicamente de la morada de Dios en los cielos, ni regresó a ella para sentarse a la derecha de un trono.

Haber alcanzado un estado de conciencia divino fue lo que lo convirtió en hijo de Dios. Eso fue lo que Jesús dijo una y otra vez cuando proclamaba «el Padre y yo somos uno». No distinguía entre los pensamientos de Dios y los suyos, los sentimientos de Dios y los suyos, las acciones que Dios deseaba que se realizasen y las realizadas por él. Soy consci

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