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EL VENCEDOR ESTá SOLO (BIBLIOTECA PAULO COELHO)

Paulo Coelho  

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Fragmento

3:17 horas

La pistola Beretta Px4 compacta es un poco más grande que un teléfono móvil, pesa alrededor de setecientos gramos y puede disparar diez tiros. Pequeña, ligera, incapaz de dejar una marca visible en el bolsillo que la lleva, el pequeño calibre tiene una enorme ventaja: en vez de atravesar el cuerpo de la víctima, la bala va golpeando los huesos y revienta todo lo que encuentra en su trayectoria.

Evidentemente, las probabilidades de sobrevivir a un tiro de ese calibre también son altas; hay miles de casos en los que ninguna arteria vital resulta dañada, y a la víctima le da tiempo a reaccionar y desarmar al agresor. Pero si la persona que dispara tiene experiencia, puede escoger entre una muerte rápida —apuntando entre los ojos o al corazón— o algo más lento, colocando el cañón del arma en un determinado ángulo junto a las costillas y apretando el gatillo. Al ser alcanzado, el individuo en cuestión tarda algún tiempo en percatarse de que está herido de muerte, e intenta contraatacar, huir, pedir ayuda. Ésa es la gran ventaja: tiene tiempo suficiente para ver quién quiere matarlo, mientras va perdiendo la fuerza poco a poco hasta caer al suelo, sin sangrar demasiado, sin entender muy bien por qué le está pasando eso.

Está lejos de ser una arma ideal para los entendidos en el tema: «Es mucho más apropiada para las mujeres que para los espías», le dice alguien del servicio secreto inglés a James Bond en la primera película de la serie, mientras le confisca su vieja pistola y le entrega un nuevo modelo. Pero eso era sólo para los profesionales, por supuesto, porque para lo que él pretendía no había nada mejor.

Compró su Beretta en el mercado negro, por lo que será imposible identificar el arma. Tiene cinco balas en el cargador, aunque sólo pretende utilizar una, en cuya punta ha grabado una «X» con una lima de uñas. De ese modo, al ser disparada y alcanzar algo sólido, se romperá en cuatro fragmentos.

Pero sólo empleará la Beretta en última instancia. Tiene otros métodos para aniquilar un mundo, destruir un universo, y con toda seguridad ella entenderá el mensaje en cuanto encuentren a la primera víctima. Sabrá que lo ha hecho en nombre del amor, que no está resentido, y que aceptará que vuelva sin hacer preguntas sobre lo sucedido en los dos últimos años.

Espera que seis meses de planificación den resultado, pero no lo sabrá hasta la mañana siguiente. Ése es su plan: dejar que las Furias, antiguas figuras de la mitología griega, desciendan con sus alas negras sobre ese paisaje blanco y azul plagado de diamantes, Botox y coches veloces absolutamente inútiles, ya que sólo tienen capacidad para dos pasajeros. Sueños de poder, éxito, fama y dinero; todo eso puede verse interrumpido de un momento a otro con los pequeños artefactos que ha llevado consigo.

Podría haber subido ya a su cuarto, porque la escena que esperaba tuvo lugar a las 23:11 horas, aunque estaba preparado para aguardar más tiempo. El hombre entró acompañado de la hermosa mujer, ambos vestidos de etiqueta, para otra de esas fiestas de gala que se celebran todas las noches después de las cenas importantes, más concurridas que el estreno de cualquier película presentada en el festival.

Igor ignoró a la mujer y utilizó una de las manos para acercarse a la cara un periódico francés —la revista rusa podría levantar sospechas— para que ella no pudiera verlo. Sin embargo, era una preocupación innecesaria: ella nunca miraba a su alrededor, como hacen siempre las que se creen reinas del mundo. Están ahí para brillar y evitan fijarse en lo que los demás llevan porque, dependiendo del número de diamantes y de la exclusividad de la ropa ajena, dará lugar a depresión, malhumor y sentimiento de inferioridad, aunque su propia ropa y sus accesorios hayan costado una fortuna.

Su acompañante, bien vestido y de cabello plateado, se acercó al bar y pidió champán, aperitivo necesario antes de una noche que promete muchos contactos, buena música y unas excelentes vistas de la playa y de los yates amarrados en el puerto.

Observó que trató a la camarera con respeto. Le dijo «gracias» cuando le sirvió las copas. Le dejó una buena propina.

Los tres se conocían. Igor sintió una inmensa alegría cuando la adrenalina empezó a mezclarse con su sangre; al día siguiente iba a hacer que ella se enterase de su presencia allí. En un momento dado, se encontrarían.

Y sólo Dios sabía el resultado de ese encuentro. Igor, católico ortodoxo, había hecho una promesa y un juramento en una iglesia de Moscú, ante las reliquias de santa Magdalena, que permanecerían en la capital rusa durante una semana para que los fieles pudieran adorarlas. Pasó casi cinco horas en la fila y, al acercarse, estaba convencido de que todo era una invención de los sacerdotes. Pero no quería correr el riesgo de faltar a su palabra. Le pidió que lo protegiese, que le permitiese alcanzar su objetivo sin mucho sacrificio. Y le prometió un icono de oro que le entregaría a un famoso pintor que vivía en un monasterio de Novosibirsk cuando todo acabara y pudiera volver a poner los pies en su tierra natal.

A las tres de la mañana, el bar del hotel Martínez huele a tabaco y a sudor. Aunque Jimmy ya haya acabado de tocar el piano (Jimmy lleva un zapato de cada color) y la camarera esté extremadamente cansada, la gente que está allí se resiste a marcharse. Hay que quedarse ahí, al menos durante una hora más, durante toda la noche, ¡hasta que suceda algo!

Después de todo, ya hace cuatro días que empezó el Festival de Cine de Cannes y todavía no ha pasado nada. En mesas diferentes, el pensamiento es el mismo: encontrarse con el Poder. Las mujeres bonitas esperan que un productor se enamore de ellas y les dé un papel importante en su próxima película. Hay algunos actores hablando entre sí, riendo y fingiendo que nada de eso les importa, pero siempre con un ojo en la puerta.

Alguien llegará.

Alguien tiene que llegar. Los nuevos directores, con muchas ideas en la cabeza, currículums con videos universitarios, lecturas exhaustivas de tesis sobre fotografía y guiones, esperan un golpe de suerte; alguien que al volver de una fiesta busque una mesa vacía, pida un café, encienda un cigarrillo, esté cansado de ir siempre a los mismos sitios y esté abierto a una nueva aventura.

Cuánta ingenuidad.

Si eso sucediera, lo último que a esa persona le gustaría es oír hablar del nuevo «proyecto que nadie ha hecho todavía», pero la desesperación puede engañar al desesperado. Los poderosos que entran de vez en cuando sólo echan un vistazo y suben a sus habitaciones. No están preocupados. Saben que no tienen nada que temer. La Superclase no perdona traiciones, todos conocen sus límites; no han llegado a donde están tras pisotear a todos los demás, aunque eso sea lo que cuenta la leyenda. Además, si hay algo imprevisto e importante que descubrir, ya sea en el mundo del cine, de la música o de la moda, se hará a través de investigaciones, no en los bares de hotel.

Ahora la Superclase está haciendo el amor con la chica que ha conseguido colarse en la fiesta y está dispuesta a todo. Desmaquillándose, observando las arrugas, pensando que ya le toca una nueva cirugía plástica. Buscando en la red lo que dicen las noticias sobre el reciente anuncio que ha hecho durante el día. Tomando la inevitable pastilla para dormir, y el té que promete adelgazar sin demasiado esfuerzo. Eligiendo en la hoja del menú lo que desea para desayunar en la habitación y colgándola en la puerta, junto al cartel de «No molestar». La Superclase está cerrando los ojos y pensando: «Espero quedarme dormido pronto, mañana tengo una reunión antes de las diez.»

Pero en el bar del Martínez todos saben que los poderosos están allí. Y si están allí, hay una oportunidad.

No se les pasa por la cabeza que el Poder sólo habla con el Poder. Que tienen que verse de vez en cuando, beber y comer juntos, asistir a grandes fiestas, alimentar la fantasía de que el mundo del lujo y el glamour es accesible a todos los que tienen el suficiente coraje para perseverar en una idea. Evitar guerras cuando no son rentables y estimular la agresividad entre países o compañías, cuando presienten que pueden reportarles más poder y más dinero. Fingir que son felices, aunque sean prisioneros de su propio éxito. Seguir luchando para aumentar su riqueza y su influencia, aunque ya sean enormes, porque la vanidad de la Superclase es competir consigo misma y ver quién está en lo más alto.

En el mundo ideal, el Poder hablaría con actores, directores, estilistas y escritores que en este momento tienen los ojos enrojecidos de cansancio, que están pensando cómo van a volver a sus habitaciones alquiladas en ciudades apartadas, para al día siguiente empezar de nuevo el maratón de peticiones, de posibilidades de reuniones, de disponibilidad. En el mundo real, a estas horas el Poder está encerrado en su habitación, comprobando el correo electrónico, quejándose de que las fiestas siempre son iguales, de que la joya de su amiga era más grande que la suya, que el yate que se ha comprado su competidor tiene una decoración única, ¿cómo es posible? Igor no tiene con quien hablar, pero tampoco le interesa. El vencedor está solo.

Igor, el exitoso dueño y presidente de una compañía telefónica en Rusia. Reservó con un año de antelación la mejor suite del Martínez (que obliga a todo el mundo a pagar al menos doce días de estancia, independientemente del tiempo que se vaya a quedar), llegó esta tarde en un jet privado, se dio un baño y bajó con la esperanza de ver una única y sencilla escena.

Durante algún tiempo se vio importunado por actrices, actores, directores, pero tenía una respuesta ideal para todos:

—Don’t speak English, sorry. Polish.

O:

—Don’t speak French, sorry. Mexican.

Alguien intentó decir algunas palabras en español, pero Igor tenía un segundo recurso. Anotar números en un cuaderno, para no parecer ni periodista (que les interesa a todos), ni nadie ligado a la industria de las películas. A su lado, una revista de economía en ruso (al fin y al cabo, la mayoría no sabe distinguir el ruso del polaco ni del español) con la foto de un ejecutivo poco atractivo en la portada.

Los que frecuentan el bar piensan que entienden bien el género humano, dejan a Igor en paz, pensando que debe ser uno de esos millonarios que sólo van a Cannes a ver si encuentran una novia. Después de que una quinta persona se siente a su mesa y pida un agua mineral alegando que «no hay otra silla vacía&r

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