Loading...

EL VENCEDOR ESTá SOLO (BIBLIOTECA PAULO COELHO)

Paulo Coelho  

0


Fragmento

3:17 horas

La pistola Beretta Px4 compacta es un poco más grande que un teléfono móvil, pesa alrededor de setecientos gramos y puede disparar diez tiros. Pequeña, ligera, incapaz de dejar una marca visible en el bolsillo que la lleva, el pequeño calibre tiene una enorme ventaja: en vez de atravesar el cuerpo de la víctima, la bala va golpeando los huesos y revienta todo lo que encuentra en su trayectoria.

Evidentemente, las probabilidades de sobrevivir a un tiro de ese calibre también son altas; hay miles de casos en los que ninguna arteria vital resulta dañada, y a la víctima le da tiempo a reaccionar y desarmar al agresor. Pero si la persona que dispara tiene experiencia, puede escoger entre una muerte rápida —apuntando entre los ojos o al corazón— o algo más lento, colocando el cañón del arma en un determinado ángulo junto a las costillas y apretando el gatillo. Al ser alcanzado, el individuo en cuestión tarda algún tiempo en percatarse de que está herido de muerte, e intenta contraatacar, huir, pedir ayuda. Ésa es la gran ventaja: tiene tiempo suficiente para ver quién quiere matarlo, mientras va perdiendo la fuerza poco a poco hasta caer al suelo, sin sangrar demasiado, sin entender muy bien por qué le está pasando eso.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Está lejos de ser una arma ideal para los entendidos en el tema: «Es mucho más apropiada para las mujeres que para los espías», le dice alguien del servicio secreto inglés a James Bond en la primera película de la serie, mientras le confisca su vieja pistola y le entrega un nuevo modelo. Pero eso era sólo para los profesionales, por supuesto, porque para lo que él pretendía no había nada mejor.

Compró su Beretta en el mercado negro, por lo que será imposible identificar el arma. Tiene cinco balas en el cargador, aunque sólo pretende utilizar una, en cuya punta ha grabado una «X» con una lima de uñas. De ese modo, al ser disparada y alcanzar algo sólido, se romperá en cuatro fragmentos.

Pero sólo empleará la Beretta en última instancia. Tiene otros métodos para aniquilar un mundo, destruir un universo, y con toda seguridad ella entenderá el mensaje en cuanto encuentren a la primera víctima. Sabrá que lo ha hecho en nombre del amor, que no está resentido, y que aceptará que vuelva sin hacer preguntas sobre lo sucedido en los dos últimos años.

Espera que seis meses de planificación den resultado, pero no lo sabrá hasta la mañana siguiente. Ése es su plan: dejar que las Furias, antiguas figuras de la mitología griega, desciendan con sus alas negras sobre ese paisaje blanco y azul plagado de diamantes, Botox y coches veloces absolutamente inútiles, ya que sólo tienen capacidad para dos pasajeros. Sueños de poder, éxito, fama y dinero; todo eso puede verse interrumpido de un momento a otro con los pequeños artefactos que ha llevado consigo.

Podría haber subido ya a su cuarto, porque la escena que esperaba tuvo lugar a las 23:11 horas, aunque estaba preparado para aguardar más tiempo. El hombre entró acompañado de la hermosa mujer, ambos vestidos de etiqueta, para otra de esas fiestas de gala que se celebran todas las noches después de las cenas importantes, más concurridas que el estreno de cualquier película presentada en el festival.

Igor ignoró a la mujer y utilizó una de las manos para acercarse a la cara un periódico francés —la revista rusa podría levantar sospechas— para que ella no pudiera verlo. Sin embargo, era una preocupación innecesaria: ella nunca miraba a su alrededor, como hacen siempre las que se creen reinas del mundo. Están ahí para brillar y evitan fijarse en lo que los demás llevan porque, dependiendo del número de diamantes y de la exclusividad de la ropa ajena, dará lugar a depresión, malhumor y sentimiento de inferioridad, aunque su propia ropa y sus accesorios hayan costado una fortuna.

Su acompañante, bien vestido y de cabello plateado, se acercó al bar y pidió champán, aperitivo necesario antes de una noche que promete muchos contactos, buena música y unas excelentes vistas de la playa y de los yates amarrados en el puerto.

Observó que trató a la camarera con respeto. Le dijo «gracias» cuando le sirvió las copas. Le dejó una buena propina.

Los tres se conocían. Igor sintió una inmensa alegría cuando la adrenalina empezó a mezclarse con su sangre; al día siguiente iba a hacer que ella se enterase de su presencia allí. En un momento dado, se encontrarían.

Y sólo Dios sabía el resultado de ese encuentro. Igor, católico ortodoxo, había hecho una promesa y un juramento en una iglesia de Moscú, ante las reliquias de santa Magdalena, que permanecerían en la capital rusa durante una semana para que los fieles pudieran adorarlas. Pasó casi cinco horas en la fila y, al acercarse, estaba convencido de que todo era una invención de los sacerdotes. Pero no quería correr el riesgo de faltar a su palabra. Le pidió que lo protegiese, que le permitiese alcanzar su objetivo sin mucho sacrificio. Y le prometió un icono de oro que le entregaría a un famoso pintor que vivía en un monasterio de Novosibirsk cuando todo acabara y pudiera volver a poner los pies en su tierra natal.

A las tres de la mañana, el bar del hotel Martínez huele a tabaco y a sudor. Aunque Jimmy ya haya acabado de tocar el piano (Jimmy lleva un zapato de cada color) y la camarera esté extremadamente cansada, la gente que está allí se resiste a marcharse. Hay que quedarse ahí, al menos durante una hora más, durante toda la noche, ¡hasta que suceda algo!

Después de todo, ya hace cuatro días que empezó el Festival de Cine de Cannes y todavía no ha pasado nada. En mesas diferentes, el pensamiento es el mismo: encontrarse con el Poder. Las mujeres bonitas esperan que un productor se enamore de ellas y les dé un papel importante en su próxima película. Hay algunos actores hablando entre sí, riendo y fingiendo que nada de eso les importa, pero siempre con un ojo en la puerta.

Alguien llegará.

Alguien tiene que llegar. Los nuevos directores, con muchas ideas en la cabeza, currículums con videos universitarios, lecturas exhaustivas de tesis sobre fotografía y guiones, esperan un golpe de suerte; alguien que al volver de una fiesta busque una mesa vacía, pida un café, encienda un cigarrillo, esté cansado de ir siempre a los mismos sitios y esté abierto a una nueva aventura.

Cuánta ingenuidad.

Si eso sucediera, lo último que a esa persona le gustaría es oír hablar del nuevo «proyecto que nadie ha hecho todavía», pero la desesperación puede engañar al desesperado. Los poderosos que entran de vez en cuando sólo echan un vistazo y suben a sus habitaciones. No están preocupados. Saben que no tienen nada que temer. La Superclase no perdona traiciones, todos conocen sus límites; no han llegado a donde están tras pisotear a todos los demás, aunque eso sea lo que cuenta la leyenda. Además, si hay algo imprevisto e importante que descubrir, ya sea en el mundo del cine, de la música o de la moda, se hará a través de investigaciones, no en los bares de hotel.

Ahora la Superclase está haciendo el amor con la chica que ha conseguido colarse en la fiesta y está dispuesta a todo. Desmaquillándose, observando las arrugas, pensando que ya le toca una nueva cirugía plástica. Buscando en la red lo que dicen las noticias sobre el reciente anuncio que ha hecho durante el día. Tomando la inevitable pastilla para dormir, y el té que promete adelgazar sin demasiado esfuerzo. Eligiendo en la hoja del menú lo que desea para desayunar en la habitación y colgándola en la puerta, junto al cartel de «No molestar». La Superclase está cerrando los ojos y pensando: «Espero quedarme dormido pronto, mañana tengo una reunión antes de las diez.»

Pero en el bar del Martínez todos saben que los poderosos están allí. Y si están allí, hay una oportunidad.

No se les pasa por la cabeza que el Poder sólo habla con el Poder. Que tienen que verse de vez en cuando, beber y comer juntos, asistir a grandes fiestas, alimentar la fantasía de que el mundo del lujo y el glamour es accesible a todos los que tienen el suficiente coraje para perseverar en una idea. Evitar guerras cuando no son rentables y estimular la agresividad entre países o compañías, cuando presienten que pueden reportarles más poder y más dinero. Fingir que son felices, aunque sean prisioneros de su propio éxito. Seguir luchando para aumentar su riqueza y su influencia, aunque ya sean enormes, porque la vanidad de la Superclase es competir consigo misma y ver quién está en lo más alto.

En el mundo ideal, el Poder hablaría con actores, directores, estilistas y escritores que en este momento tienen los ojos enrojecidos de cansancio, que están pensando cómo van a volver a sus habitaciones alquiladas en ciudades apartadas, para al día siguiente empezar de nuevo el maratón de peticiones, de posibilidades de reuniones, de disponibilidad. En el mundo real, a estas horas el Poder está encerrado en su habitación, comprobando el correo electrónico, quejándose de que las fiestas siempre son iguales, de que la joya de su amiga era más grande que la suya, que el yate que se ha comprado su competidor tiene una decoración única, ¿cómo es posible? Igor no tiene con quien hablar, pero tampoco le interesa. El vencedor está solo.

Igor, el exitoso dueño y presidente de una compañía telefónica en Rusia. Reservó con un año de antelación la mejor suite del Martínez (que obliga a todo el mundo a pagar al menos doce días de estancia, independientemente del tiempo que se vaya a quedar), llegó esta tarde en un jet privado, se dio un baño y bajó con la esperanza de ver una única y sencilla escena.

Durante algún tiempo se vio importunado por actrices, actores, directores, pero tenía una respuesta ideal para todos:

—Don’t speak English, sorry. Polish.

O:

—Don’t speak French, sorry. Mexican.

Alguien intentó decir algunas palabras en español, pero Igor tenía un segundo recurso. Anotar números en un cuaderno, para no parecer ni periodista (que les interesa a todos), ni nadie ligado a la industria de las películas. A su lado, una revista de economía en ruso (al fin y al cabo, la mayoría no sabe distinguir el ruso del polaco ni del español) con la foto de un ejecutivo poco atractivo en la portada.

Los que frecuentan el bar piensan que entienden bien el género humano, dejan a Igor en paz, pensando que debe ser uno de esos millonarios que sólo van a Cannes a ver si encuentran una novia. Después de que una quinta persona se siente a su mesa y pida un agua mineral alegando que «no hay otra silla vacía», corre el rumor, ya todos saben que el hombre solitario no pertenece a la industria del cine ni de la moda, y lo dejan de lado como si fuera «perfume».

«Perfume» es la jerga que utilizan las actrices (o starlets, como se las denomina en el Festival): es fácil cambiar de marca, y muchas veces pueden ser verdaderos tesoros. Los «perfumes» son abordados los dos últimos días del festival si no consiguen encontrar nada interesante en la industria del cine. Así pues, ese hombre extraño, con pinta de rico, puede esperar. Todas saben que es mejor salir de ahí con un novio (que se puede convertir en productor de cine) que ir al siguiente evento, repitiendo siempre el mismo ritual: beber, sonreír (sobre todo sonreír), fingir que no está mirando a nadie, mientras el corazón late acelerado, los minutos en el reloj pasan de prisa, las noches de gala todavía no se han acabado, no las han invitado, pero ellos sí.

Ya saben lo que van a decir los «perfumes», porque es siempre lo mismo, pero fingen que se lo creen:

a) «Puedo cambiarte la vida.»

b) «A muchas mujeres les gustaría estar en tu lugar.»

c) «Por ahora todavía eres joven, pero piensa en el futuro. Es el momento de hacer una inversión a largo plazo.»

d) «Estoy casado, pero mi mujer…» (Aquí la frase puede tener diferentes finales: «está enferma», «juró suicidarse si la dejo»…)

e) «Eres una princesa y mereces ser tratada como tal. Sin saberlo, te estaba esperando. No creo en las casualidades, y me parece que deberíamos darle una oportunidad a esta relación.»

La conversación no varía. Lo que varía es obtener la mayor cantidad de regalos posible (a poder ser, joyas, que se pueden vender), que las inviten a algunas fiestas en algunos yates, conseguir el mayor número de tarjetas de visita, encontrar el modo de que las inviten a las carreras de Fórmula 1, a las que acude el mismo tipo de gente y en las que puede surgir la gran oportunidad.

«Perfume» también es la palabra que utilizan los jóvenes actores para referirse a las viejas millonarias, con cirugía y Botox, más inteligentes que los hombres. Ellas nunca pierden el tiempo: también llegan en los últimos días, y saben que todo el poder de seducción está en el dinero.

Los «perfumes» masculinos se equivocan: creen que las largas piernas y los rostros juveniles se han dejado seducir y que pueden manipularlos a su antojo. Los «perfumes» femeninos confían en el poder de sus brillantes, sólo en eso.

Igor no conoce ninguno de esos detalles: es su primera vez allí. Y acaba de confirmar, para su sorpresa, que nadie parece demasiado interesado en el cine, salvo la gente de ese bar. Hojeó algunas revistas, abrió el sobre en el que su compañía había metido las invitaciones para las fiestas más importantes, pero ninguna de ellas mencionaba ni un solo estreno. Antes de desembarcar en Francia, intentó averiguar qué películas competían. Le costó mucho conseguir esa información, hasta que un amigo le comentó:

—Olvida las películas. Cannes es un festival de moda.

Moda. ¿Qué tienen en la cabeza? ¿Acaso creen que moda es eso que cambia con cada estación del año? ¿Han llegado desde todos los rincones del mundo para mostrar sus vestidos, sus joyas y su colección de zapatos? No saben lo que significa. La «moda» no es más que una forma de decir «pertenezco a tu mundo», «utilizo el mismo uniforme que tu ejército, no dispares en esta dirección».

Desde que grupos de hombres y mujeres empezaron a convivir en las cavernas, la moda es la única manera de decir algo que todo el mundo entienda, incluso sin conocerse: nos vestimos de la misma manera, pertenezco a tu misma tribu, nos unimos contra los más débiles y así sobrevivimos.

Pero ahí hay gente que piensa que la «moda» lo es todo. Cada seis meses se gastan una fortuna para cambiar un pequeño detalle y seguir en la exclusiva tribu de los ricos. Si visitaran Silicon Valley, donde los multimillonarios dueños de empresas informáticas llevan relojes de plástico y pantalones rotos, se darían cuenta de que el mundo ya no es el mismo. Todos parecen tener el mismo nivel social, nadie presta la menor atención al tamaño de un diamante, la marca de una corbata, el modelo de la cartera de cuero. Es más, no hay corbatas ni carteras de cuero en esa región del mundo, pero cerca de allí está Hollywood, una máquina relativamente más poderosa —aunque decadente— que todavía es capaz de hacer que los ingenuos crean en los vestidos de alta costura, en los collares de esmeraldas, en las limusinas gigantes. Y cómo sigue apareciendo en las revistas, ¿a quién le interesa destruir una empresa de billones de dólares de publicidad, venta de objetos inútiles, cambios de tendencias innecesarios, fabricación de las mismas cremas con etiquetas diferentes?

Ridículos. Igor no puede esconder su desprecio hacia aquellos cuyas decisiones influyen en la vida de millones de hombres y mujeres trabajadores, honestos, que llevan su día a día con dignidad porque tienen salud, un lugar en el cual vivir, y el amor de su familia.

Perversos. Cuando todo parece estar en orden, cuando la familia se reúne alrededor de la mesa para cenar, el fantasma de la Superclase aparece, vendiendo sueños imposibles: lujo, belleza, poder. Y la familia se desarraiga.

El padre pasa horas en vela haciendo horas extra para poder comprarle el último modelo de zapatillas deportivas a su hijo y que así no se vea marginado en el colegio. La esposa llora en silencio porque sus amigas llevan ropa de marca y ella no tiene dinero. Los adolescentes, en vez de conocer los verdaderos valores de la fe y la esperanza, sueñan con convertirse en artistas. Las chicas de los pueblos pierden su propia identidad, empiezan a considerar la idea de trasladarse a la gran ciudad y aceptar cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa, con tal de conseguir una determinada joya. Un mundo que debería caminar en dirección a la justicia pasa a girar en torno a lo material, que al cabo de seis meses ya no sirve para nada, hay que renovarlo, lo que hace que se siga manteniendo en la cima del mundo a esas criaturas despreciables que ahora se encuentran en Cannes.

Pero Igor no se deja influenciar por ese poder destructivo. Continúa con uno de los trabajos más envidiables que existen. Sigue ganando mucho más dinero al día del que podría gastar en un año, aunque decidiera permitirse todos los placeres posibles, legales o ilegales. No le resulta difícil seducir a una mujer, incluso antes de que ella sepa si es o no un hombre rico (ya ha probado muchas veces, y siempre le ha dado resultado). Acaba de cumplir cuarenta años, está en plena forma, se ha hecho el chequeo anual y no le han encontrado ningún problema de salud. No tiene deudas. No necesita llevar una determinada marca de ropa, frecuentar dicho restaurante, pasar las vacaciones en la playa a la que «va todo el mundo», ni comprar un modelo de reloj sólo porque un determinado deportista de éxito lo recomienda. Puede firmar importantes contratos con un boli de unos cuantos pesos, usar chaquetas cómodas y elegantes, hechas a mano en una pequeña tienda al lado de su despacho, sin ninguna etiqueta visible. Puede hacer lo que quiera sin tener que demostrarle a nadie que es rico, que tiene un trabajo interesante y que le entusiasma lo que hace.

Tal vez ése sea el problema: siempre se entusiasma con lo que hace. Está convencido de que ésa es la razón por la que la mujer que horas antes entró en el bar no está sentada a su mesa.

Intenta seguir pensando, matando el tiempo. Le pide a Kristelle otro trago. Sabe el nombre de la camarera porque hace una hora, cuando el movimiento era menor —la gente estaba cenando—, le pidió un whisky y ella comentó que parecía triste, que debería comer algo y levantar el ánimo. Agradeció la preocupación y se alegró de que a alguien le importara su estado anímico.

Tal vez él sea el único que sabe cómo se llama la persona que le está sirviendo; el resto quiere saber el nombre —y de ser posible, también el cargo— de la gente que está sentada a las mesas y en los sillones.

Trata de seguir pensando, pero ya pasan de las tres de la mañana, y la hermosa mujer y el hombre educado —por cierto, muy parecido físicamente a él— no han vuelto a aparecer. Puede que se hayan ido directamente a la habitación y estén haciendo el amor, puede que todavía estén bebiendo champán en uno de los yates en los que la fiesta empieza cuando todas las demás se están acabando. Puede que estén acostados, leyendo revistas, sin mirarse el uno al otro. Eso no importa. Igor está solo, cansado, necesita dormir.

7:22 horas

Se despierta a las 7.22 de la mañana. Era mucho más temprano de lo que le pedía el cuerpo, pero todavía no se ha adaptado a la diferencia horaria entre Moscú y París; si estuviera en su despacho, ya habría tenido al menos dos o tres reuniones con sus subordinados, y se estaría preparando para almorzar con algún nuevo cliente.

Pero allí tiene otra tarea: encontrar a alguien y sacrificarlo en nombre del amor. Necesita una víctima para que Ewa pueda entender el mensaje por la mañana.

Se ducha, baja a desayunar a un restaurante con casi todas las mesas vacías y va a pasear por la Croisette, el bulevar donde están los principales hoteles de lujo. No hay tráfico: parte de la calle está cortada y sólo pueden pasar los coches con autorización. La otra parte está vacía, porque incluso la gente que vive en la ciudad todavía se está preparando para ir al trabajo.

No alberga resentimientos; ya ha superado la fase más difícil, cuando no podía dormir por culpa del sufrimiento y el odio que sentía. Hoy día puede entender la actitud de Ewa: al fin y al cabo, la monogamia es un mito que se ha impuesto al ser humano. Ha leído mucho sobre el tema: no se trata de un exceso de hormonas ni de vanidad, sino de una configuración genética que se encuentra prácticamente en todas las especies.

Las investigaciones no se equivocan: los científicos que hicieron pruebas de paternidad a pájaros, monos o zorros descubrieron que el hecho de que estas especies desarrollen una relación social muy parecida al matrimonio no significa necesariamente que sean fieles. En el 70 por ciento de los casos, la cría es bastarda. Igor conserva en la memoria un párrafo de David Barash, profesor de psicología de la Universidad de Washington, en Seattle: «Dicen que sólo los cisnes son fieles, pero incluso eso es mentira. La única especie de la naturaleza que no comete adulterio es la ameba (Diplozoon paradoxum). La pareja se conoce cuando todavía es joven, y sus cuerpos se funden en un único organismo. Todo el resto traiciona.»

Es por eso por lo que no puede acusar a Ewa de nada: sólo ha seguido un instinto propio de la raza humana. Pero como fue educada según convenciones sociales que no respetan la naturaleza, en este momento debe de sentirse culpable, seguro que cree que él ya no la quiere, que no la va a perdonar. Al contrario; está dispuesto a todo, incluso a mandarle mensajes que destruirán universos y mundos de otras personas, sólo para que entienda que no solamente será bienvenida, sino que enterrará el pasado sin hacerle ni una sola pregunta.

Mientras pasea, Igor se encuentra a una chica que coloca su mercancía en la acera, frente a un banco, piezas de bisutería artesanales de gusto discutible.

Sí, ella es el sacrificio. Ella es el mensaje que debe enviar, y que sin duda será entendido en cuanto llegue a su destino. Antes de acercarse, la contempla con ternura; ella no sabe que dentro de un rato, si todo sale bien, su alma estará vagando por las nubes, libre para siempre de ese trabajo estúpido que jamás le permitirá realizar sus sueños.

—¿Cuánto valen? —pregunta en un francés fluido.

—¿Cuál quiere?

—Todas.

La chica, que no debe de tener más de veinte años, sonríe.

—No es la primera vez que me lo proponen. La siguiente frase será: «¿Quieres dar un paseo conmigo? Eres demasiado bonita para estar aquí, vendiendo estas cosas. Soy…»

—… no, no soy. No trabajo en el cine. Y no te voy a convertir en actriz ni a cambiarte la vida. Tampoco me interesa lo que vendes. Todo lo que necesito es hablar, y podemos hacerlo aquí mismo.

La chica mira hacia otro lado.

—Son mis padres los que hacen este trabajo, y estoy orgullosa de lo que hago. Algún día pasará alguien y reconocerá el valor de estas piezas. Por favor, siga adelante, no le será difícil encontrar a alguien que escuche lo que tenga que decir.

Igor saca un fajo de billetes del bolsillo y lo pone gentilmente al lado de ella.

—Perdóname la grosería. Sólo lo he dicho para que bajaras el precio. Mucho gusto, me llamo Igor Malev. Llegué ayer de Moscú y aún estoy confuso por la diferencia horaria.

—Mi nombre es Olivia —dice la chica, fingiendo creerse la mentira.

Sin pedirle permiso, se sienta a su lado en el banco. Ella se aparta un poco.

—¿De qué quiere hablar?

—Toma los billetes primero.

Olivia duda, pero tras echar un vistazo alrededor, se da cuenta de que no tiene razón alguna para sentir miedo. Los coches empiezan a circular por el carril abierto, algunos jóvenes se dirigen a la playa, una pareja de ancianos se aproxima por la acera. Mete el dinero en el bolsillo sin contarlo; la vida le ha dado la experiencia necesaria como para saber que es suficiente.

—Gracias por aceptar mi regalo —responde el ruso—. ¿De qué quiero hablar? En verdad, de nada muy importante.

—Debe estar aquí por alguna razón. Nadie visita Cannes en una época en la que la ciudad resulta insoportable para sus habitantes y también para los turistas.

Igor mira el mar, y enciende un cigarrillo.

—Fumar es malo.

Él ignora el comentario.

—¿Para ti cuál es el sentido de la vida? —pregunta.

—Amar.

Olivia sonríe. Es una manera perfecta de comenzar el día, hablando de cosas más profundas que el precio de cada pieza de artesanía, o de la manera en que se viste la gente.

—¿Y para usted cuál es?

—Sí, amar. Pero un día pensé que también era importante tener el dinero suficiente para demostrarles a mis padres que era capaz de vencer. Lo he conseguido y hoy se sienten orgullosos de mí. Encontré a la mujer perfecta, formé una familia, me habría gustado tener hijos, honrar y temer a Dios. Sin embargo, los hijos no llegaron.

Olivia pensó que sería muy indiscreto preguntar por qué. El hombre, de unos cuarenta años, que habla en un perfecto francés, continúa:

—Pensamos en adoptar a un niño. Estuvimos dos o tres años pensándolo. Pero la vida empezó a complicarse: viajes, fiestas, reuniones, negocios…

—Cuando se sentó usted aquí para hablar, pensé que sería otro de esos millonarios excéntricos en busca de una aventura. Pero me alegra hablar sobre estas cosas.

—¿Piensas en tu futuro?

—Sí, y creo que mis sueños son los mismos que los suyos. Por supuesto, deseo tener hijos…

Hizo una pausa. No quería herir al compañero que había aparecido de una forma tan inesperada.

—… si es posible, claro. A veces, Dios tiene otros planes.

Él parece no haber prestado atención a su respuesta.

—¿Al festival sólo vienen millonarios? —dice.

—Millonarios, gente que piensa que lo es, o gente que quiere serlo. Durante estos días, esta parte de la ciudad parece un hospicio, todos se comportan como si fueran importantes, salvo la gente que realmente lo es; ésos son más amables: no tienen que demostrarle nada a nadie. No siempre compran lo que tengo para vender, pero al menos sonríen, dicen algo agradable y me miran con respeto. Y usted, ¿qué está haciendo aquí?

—Dios creó el mundo en seis días, pero ¿qué es el mundo? Es aquello que tú o yo vemos. Cada vez que alguien muere se destruye una parte del universo. Todo lo que ese ser humano ha sentido, probado y contemplado desaparece con él, de la misma manera que las lágrimas desaparecen con la lluvia.

—«Como lágrimas en la lluvia»… Vi una película en la que decían esa frase. No recuerdo cuál.

—No he venido para llorar. He venido para enviar mensajes a la mujer que amo, y para eso, tengo que aniquilar algunos universos o mundos.

En vez de asustarse con el comentario, Olivia se ríe. Realmente, ese hombre guapo, bien vestido, que habla francés fluidamente, no parece tener nada de loco. Estaba harta de oír siempre los mismos comentarios: eres muy guapa, podrías vivir mejor, cuál es el precio de esto, cuánto vale aquello, es carísimo, voy a dar una vuelta y vuelvo más tarde (lo que nunca sucedía, por supuesto), etc. Al menos, el ruso tenía sentido del humor.

—¿Y por qué destruir el mundo?

—Para reconstruir el mío.

Olivia puede intentar consolar a la persona que está a su lado, pero tiene miedo de oír la famosa frase: «Me gustaría que le dieses sentido a mi vida», con lo que se acabaría la conversación, ya que ella tenía otros planes para el futuro. Además, sería absurdo por su parte tratar de enseñarle a un hombre mayor que ella y de más éxito cómo superar sus dificultades.

La única salida era intentar saber más sobre su vida. Después de todo, él le había pagado —y bien— por su tiempo.

—¿Cómo pretende hacerlo?

—¿Sabes algo sobre los sapos?

—¿Sapos?

Él continúa:

—Varios estudios biológicos demuestran que si metemos un sapo en un recipiente con la misma agua de su charca, permanece inmóvil mientras calentamos el líquido. El sapo no reacciona ante el aumento gradual de la temperatura ni los cambios de ambiente; muere cuando el agua hierve, hinchado y feliz.

»Sin embargo, si metemos otro sapo en ese recipiente con el agua ya hirviendo, salta inmediatamente fuera. Medio cocido, aunque vivo.

Olivia no entiende muy bien qué tiene eso que ver con la destrucción del mundo. Igor prosigue:

—Yo me he comportado como un sapo hervido. No me di cuenta de los cambios. Pensaba que todo iba bien, que los problemas se solucionarían, que sólo era una cuestión de tiempo. Estuve a punto de morir porque perdí lo más importante de mi vida: en vez de reaccionar, me quedé flotando, apático, en el agua que se calentaba minuto a minuto.

Olivia se arma de valor y hace la pregunta:

—¿Qué perdió?

—En realidad, no lo perdí; hay momentos en los que la vida separa a determinadas personas sólo para que entiendan lo importante que son la una para la otra. Digamos que anoche vi a mi mujer con otro hombre. Sé que ella desea volver, que aún me ama, pero no tiene el valor para dar ese paso. Hay sapos hervidos que todavía piensan que lo fundamental es la obediencia, no la competencia: manda el que puede, y obedece el que tiene juicio. Y en todo eso, ¿dónde está la verdad? Es mejor salir medio chamuscado de una situación, pero vivo y listo para reaccionar.

»Y estoy seguro de que tú puedes ayudarme en esa tarea.

Olivia piensa qué le pasa por la cabeza al hombre que está a su lado. ¿Cómo alguien podía abandonar a una persona que parecía tan interesante, capaz de hablar sobre cosas que ella nunca había oído? En fin, el amor no tiene lógica; a pesar de su corta edad, lo sabe. Su novio, por ejemplo, es capaz de hacer cosas brutales, de vez en cuando le pega sin motivo, y aun así ella no puede pasar un día entero lejos de él.

¿De qué estaban hablando? De sapos. De que ella podía ayudarlo. Obviamente, no puede, así que es mejor cambiar de tema.

—¿Cómo pretende destruir el mundo?

Igor señala el único carril libre de la Croisette.

—Supongamos que no quiero que vayas a una fiesta, pero no puedo decírtelo directamente. Si esperara a la hora del tráfico y detuviera un coche en mitad de esta calle, al cabo de diez minutos toda la avenida frente a la playa estaría colapsada. Los conductores pensarían: «Debe haber un accidente», y tendrían algo de paciencia. Al cabo de quince minutos, la policía llegaría con una grúa para llevarse el coche.

—Eso ya ha sucedido cientos de veces.

—Sí, pero antes yo habría salido del coche y habría esparcido clavos y objetos cortantes por el suelo. Con mucho cuidado, sin que nadie se diera cuenta. Habría tenido la paciencia necesaria para pintar todos esos objetos de negro, para que se confundieran con el asfalto. En el momento en que la grúa se acercara, se le poncharían las llantas. Y entonces tendríamos dos problemas, el embotellamiento llegaría ya a las afueras de esta pequeña ciudad, donde posiblemente vives tú.

—Una idea muy creativa, pero como máximo iba a conseguir que me retrasara una hora.

Esta vez fue Igor el que sonrió.

—Bueno, podría reflexionar durante algunas horas sobre cómo prolongar el problema: cuando la gente se acercara a ayudar, por ejemplo, yo lanzaría una pequeña bomba lacrimógena debajo de la grúa. Todos se asustarían. Me metería en el coche fingiendo desesperación y pondría en marcha el motor, al mismo tiempo que dejaba caer un poco de la carga del mechero en la tapicería del coche y prendía fuego. Tendría tiempo de salir y contemplar la escena: el coche ardiendo poco a poco, el fuego llegando al depósito del combustible, la explosión, que alcanza al vehículo de atrás…, la reacción en cadena. Todo eso utilizando un coche, unos clavos, una bomba lacrimógena que se puede comprar en cualquier tienda, un pequeño bote de gas para recargar mecheros…

Igor saca un tubo de ensayo del bolsillo con un poco de líquido dentro.

—… del mismo tamaño que esto. Es lo que debería haber hecho cuando vi que Ewa iba a marcharse. Retrasar su decisión, hacer que lo pensara un poco más, que midiera las consecuencias. Cuando la gente reflexiona sobre las decisiones que tiene que tomar, normalmente acaba desistiendo; hay que tener mucho valor para dar determinados pasos.

»Pero fui orgulloso, pensé que era temporal, que se daría cuenta. Estoy seguro de que ahora está arrepentida, y desea volver. Pero para eso es necesario que yo destruya algunos mundos.

Su expresión ha cambiado, y a Olivia ya no le hace ninguna gracia la historia. Se levanta.

—Bueno, tengo que trabajar.

—Pero te he pagado para que me escucharas. He pagado suficiente por todo tu día de trabajo.

Ella mete la mano en el bolsillo para sacar lo que le había dado y en ese momento ve la pistola apuntando a su cara.

—Siéntate.

Su primer impulso fue correr. La pareja de ancianos se acercaba lentamente.

—No corras —dice él, como si pudiera leer sus pensamientos—. No tengo la menor intención de disparar, si te sientas y me escuchas hasta el final. Si no haces nada, sino simplemente me obedeces, te juro que no dispararé.

Por la cabeza de Olivia desfilan rápidamente una serie de alternativas: correr en zigzag era la primera de ellas, pero se da cuenta de que le tiemblan las piernas.

—Siéntate —repite el hombre—. No te dispararé si haces lo que te digo. Te lo prometo.

Sí. Sería una locura disparar esa arma en una mañana soleada, con coches pasando por la calle, gente yendo a la playa, con el tráfico cada vez más denso, más gente que anda por la acera. Es mejor hacer lo que le dice el hombre, simplemente porque no puede reaccionar de otra forma; está al borde del desmayo.

Obedece. Ahora tiene que convencerlo de que no supone una amenaza para ella, escuchar sus lamentos de marido abandonado, prometer que no ha visto nada y, en cuanto aparezca un policía haciendo su ronda habitual, arrojarse al suelo y pedir ayuda.

—Sé exactamente lo que sientes —la voz del hombre intenta calmarla—. Los síntomas del miedo son los mismos desde siempre. Era así cuando los seres humanos se enfrentaban a los animales salvajes, y sigue siendo así hoy en día: la sangre desaparece de la cara y de la epidermis, protegiendo el cuerpo y evitando el sangrado, de ahí la sensación de palidez. Los intestinos se aflojan y lo sueltan todo para evitar que sustancias tóxicas contaminen el organismo. El cuerpo rechaza moverse en un primer momento para no provocar a la fiera, evitar que ataque ante cualquier movimiento sospechoso.

«Todo esto es un sueño», piensa Olivia. Se acuerda de sus padres, de que en realidad deberían estar ahí esa mañana, pero se habían pasado la noche trabajando en la bisutería porque el día iba a ser movido. Hace algunas horas estaba haciendo el amor con su novio, el que creía que era el hombre de su vida, aunque a veces abusara de ella. Ambos tuvieron un orgasmo simultáneo, lo que no sucedía desde hacía mucho tiempo. Después de desayunar, decidió no ducharse como siempre porque se sentía libre, llena de energía, contenta con la vida.

«No, esto no está sucediendo. Mejor mostrar calma.»

—Vamos a hablar. Ha comprado usted toda la mercancía, y vamos a hablar. No me he levantado para marcharme.

Él apoya discretamente el cañón del arma en las costillas de la chica. La pareja de ancianos pasa por su lado, mirándolos, sin percatarse de nada. Ahí está la hija del portugués, como siempre intentando impresionar a los hombres con sus cejas tupidas y su sonrisa infantil. No era la primera vez que la veían con un extraño, que por su ropa parecía ser rico.

Olivia los mira fijamente, como si su mirada pudiera decir algo. El hombre que está a su lado dice con voz alegre:

—¡Buenos días!

La pareja se aparta sin pronunciar palabra; no suelen hablar con extraños, ni saludar a las vendedoras ambulantes.

—Sí, vamos a hablar —el ruso rompió el silencio—. No voy a hacer nada de eso con el tráfico, sólo era un ejemplo. Mi mujer sabrá que estoy aquí en cuanto empiece a recibir los mensajes. No voy a hacer lo más obvio, que es intentar encontrarla: necesito que venga hasta mí.

He ahí una salida.

—Puedo darle los mensajes, si usted quiere —propone Olivia—. Basta con que me diga en qué hotel se hospeda.

El hombre se ríe.

—Tienes el mismo vicio que toda la gente de tu edad: creerte más astuta que el resto de los seres humanos. En el momento en que te marcharas de aquí, irías inmediatamente a la policía.

Se le heló la sangre. ¿Iban a quedarse entonces todo el día en aquel banco? ¿Dispararía de todos modos, ya que ella le había visto la cara?

—Ha dicho que no iba a disparar.

—Lo prometí y no voy a hacerlo, si te portas como alguien más adulto, que respeta mi inteligencia.

Sí, tiene razón. Ser más adulta es hablar un poco de sí misma. Quién sabe, aprovecharse de la compasión que siempre alberga la mente de un loco. Contarle que ella vive una situación semejante, aunque no sea verdad.

Un muchacho con un iPod pasa corriendo. Ni siquiera se toma la molestia de mirar en su dirección.

—Vivo con un hombre que hace que mi vida sea un infierno, pero aun así no puedo librarme de él.

La expresión en los ojos de Igor cambia.

Olivia piensa que ha encontrado el modo de salir de la trampa. «Sé inteligente. No te ofrezcas, intenta pensar en la mujer del hombre que está a tu lado. Trata de parecer sincera.»

—Me separó de mis amigos. Es celoso, aunque tiene a todas las mujeres que desea. Critica todo lo que hago, dice que no tengo ambición. Controla el poco dinero que gano en la venta de bisutería.

El hombre guarda silencio, mirando al mar. La calle se llena de gente; ¿qué sucedería si simplemente se levantara y huyera? ¿Sería capaz de disparar? ¿El arma es de verdad?

Pero Olivia sabe que ha tocado un tema que parece relajarlo. Mejor no correr el riesgo de cometer una locura (recuerda la mirada y la voz de hace unos minutos).

—Aun así, no soy capaz de dejarlo. Aunque apareciera el mejor, el más rico y generoso ser humano sobre la faz de la Tierra, no cambiaría a mi novio por nada. No soy masoquista, no me produce placer que me humillen constantemente, pero lo amo.

Notó que el cañón del arma presionaba sus costillas otra vez. Debía de haber dicho algo inconveniente.

—Yo no soy igual de canalla que tu novio —su voz era de odio—. He trabajado mucho para construir todo lo que tengo. He trabajado duro, recibido muchos golpes, sobrevivido a todos ellos, he luchado con honestidad, aunque a veces he tenido que ser duro e implacable.

»Siempre he sido un buen cristiano. Tengo amigos influyentes, y nunca he sido ingrato. En fin, he hecho lo correcto.

»Nunca he destruido a nadie en mi camino. Siempre que pude estimulé a mi mujer para que hiciera lo que quería, y el resultado fue éste: ahora estoy solo. Sí, maté a seres humanos durante una guerra estúpida, pero no perdí el sentido de la realidad. No soy un veterano de guerra traumatizado que entra en un restaurante y dispara su ametralladora a diestro y siniestro. No soy un terrorista. Podría pensar que la vida ha sido injusta conmigo, que me ha robado lo más importante: el amor. Pero hay otras mujeres, y el dolor del amor siempre pasa. Tengo que hacer algo, me he cansado de ser un sapo que se estaba cociendo poco a poco.

—Si sabe que hay otras mujeres, si sabe que el dolor pasa, ¿entonces por qué sufrir tanto?

Sí, se estaba comportando como una adulta, sorprendida por la calma con la que intentaba controlar al loco que estaba a su lado.

Él pareció vacilar.

—No sé responder a eso. Tal vez porque ya me han abandonado muchas veces. Tal vez porque necesito demostrarme a mí mismo de lo que soy capaz. Tal vez porque he mentido y no hay otras mujeres; sólo una. Tengo un plan.

—¿Cuál es ese plan?

—Ya te lo he dicho. Destruir algunos mundos, hasta que ella se dé cuenta de que es importante para mí, de que soy capaz de correr cualquier riesgo para que vuelva.

¡La policía!

Ambos vieron que se acercaba un coche patrulla.

—Disculpa —dijo el hombre—. Me gustaría hablar un poco más, la vida tampoco es justa contigo.

Olivia entiende la sentencia de muerte. Y como no tiene nada que perder, intenta levantarse otra vez. Sin embargo, la mano del extranjero toca su hombro derecho, como si la abrazara con cariño.

El Samozashchita Bez Oruzhiya, o sambo, como se lo conoce entre los rusos, es el arte de matar rápidamente con las manos sin que la víctima se dé cuenta de lo que está sucediendo. Se desarrolló a lo largo de los siglos, cuando los pueblos o tribus tenían que enfrentarse a invasores sin ayuda de ningún arma. Fue muy utilizado por el aparato soviético para eliminar a cualquiera sin dejar rastro. Intentaron introducirla como arte marcial en las Olimpiadas de 1980 en Moscú, pero fue descartada por ser demasiado peligrosa, a pesar de todos los esfuerzos de los comunistas de entonces para incluir en los Juegos un deporte que sólo ellos sabían practicar. Finalmente, en 1985 se convirtió en deporte olímpico.

Perfecto. Así, sólo algunas personas conocen sus golpes.

El pulgar derecho de Igor presiona la yugular de Olivia, la sangre deja de llegar al cerebro. Al mismo tiempo, su otra mano presiona un punto determinado cerca de las axilas, lo que provoca la parálisis de los músculos. No hay contracciones; sólo es cuestión de esperar un par de minutos.

Olivia parece haberse quedado dormida en sus brazos. El coche de policía cruza por detrás de ellos, usando el carril preferente que está cerrado al tráfico. Ni siquiera ven a la pareja abrazada; tienen otras cosas de las que preocuparse esa mañana: deben hacer todo lo posible para que la circulación no se vea interrumpida, una tarea absolutamente imposible de cumplir al pie de la letra. Acaban de recibir una llamada por radio, parece ser que ...