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EL ZAHIR (BIBLIOTECA PAULO COELHO)

Paulo Coelho  

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Fragmento

Inmediatamente me ponen bajo sospecha, y soy detenido —puesto que me negaba a decir mi paradero el día de su desaparición. Pero el carcelero acaba de abrir la puerta, y ha dicho que soy un hombre libre.

¿Por qué soy un hombre libre? Porque hoy en día todo el mundo sabe todo de todo el mundo, sólo basta con desear la información para que esta aparezca: dónde se utilizó la tarjeta de crédito, sitios que frecuentamos, con quién dormimos. En mi caso, fue más fácil: una mujer, también periodista, amiga de mi mujer pero divorciada —y, por tanto, sin problema para decir que estaba conmigo— se ofreció para atestiguar a mi favor al enterarse que había sido detenido. Dio pruebas concretas de que estaba con ella el día y la noche cuando desapareció Esther.

Voy a hablar con el inspector en jefe, que me devuelve mis pertenencias, me pide disculpas, afirma que mi rápida detención se hizo bajo el amparo de la ley, y que no podré acusar ni abrir proceso en contra del Estado. Le explico que no tengo la menor intención de hacerlo, sé que cualquiera está siempre bajo sospecha y es vigilado las 24 horas del día aunque no haya cometido ningún crimen.

—Es usted libre —dice, repitiendo las palabras del carcelero.

Le pregunto: —¿No es posible que realmente le haya ocurrido algo a mi mujer? Ella ya me había comentado que, por culpa de su enorme red de contactos en el submundo del terrorismo, algunas veces sentía que sus pasos eran seguidos a distancia.

El inspector desvía la conversación. Yo insisto, pero no me dice nada.

Le pregunto si ella puede viajar con su pasaporte, él dice que sí, ya que no ha cometido ningún crimen: ¿por qué no iba a poder salir y entrar libremente del país?

—¿Entonces existe la posibilidad de que ya no esté en Francia?

—¿Cree usted que lo ha abandonado por culpa de la mujer con la que se acuesta?

No es asunto suyo, respondo. El inspector deja un segundo lo que está haciendo, se pone serio, dice que me han detenido porque es el procedimiento de rutina, pero que siente mucho la desaparición de mi mujer. También él está casado, y aunque no le gusten mis libros (¡entonces sabe quién soy! ¡No es tan ignorante como parece!), es capaz de ponerse en mi situación, sabe que es difícil lo que estoy pasando.

Le pregunto qué debo hacer a partir de ahora. Me da su tarjeta, me pide que le informe si tuviera alguna novedad —es una escena que veo en todas las películas, no me convence, los inspectores siempre saben más de lo que cuentan.

Me pregunta si había visto alguna vez a la persona que estaba con Esther la última vez que fue vista. Respondo que sabía su nombre en clave, pero que nunca lo había conocido personalmente.

Me pregunta si tenemos problemas en casa. Le digo que estamos juntos desde hace más de diez años, y que tenemos todos los problemas normales de una pareja, ni más ni menos.

Me pregunta, delicadamente, si habíamos hablado recientemente de divorcio, o si mi mujer estaba considerando separarse. Respondo que esa hipótesis jamás existió, aunque —y repito, “como todas las parejas”— tuviésemos algunas discusiones de vez en cuando.

—¿Con frecuencia o de vez en cuando?

—De vez en cuando, insisto.

Me pregunta más delicadamente aún, si ella desconfiaba de mi aventura con su amiga. Le digo que fue la primera vez —y la última— que nos acostábamos. No era una aventura, en realidad era por la ausencia de obligaciones, el día era aburrido, no tenía nada que hacer después de la comida, el juego de la seducción es algo que siempre nos despierta a la vida, y por eso acabamos en la cama.

—¿Se va usted a la cama con alguien sólo porque el día es aburrido?

Pienso en contestarle que no forma parte de la investigación este tipo de preguntas, pero necesito su complicidad, tal vez lo necesite más adelante —después de todo, hay una institución invisible llamada Banco de Favores, que siempre me ha sido muy útil.

—A veces pasa. No hay nada interesante que hacer, ella busca emociones, yo busco aventura, y ya está. Al día siguiente, ambos fingimos que no ha pasado nada, y la vida sigue adelante.

Él me lo agradece, me tiende la mano, dice que en su mundo no es del todo así. Hay aburrimiento, tedio, e incluso ganas de irse a la cama con alguien, pero las cosas son mucho más controladas, y nadie hace lo que piensa o quiere.

—Tal vez con los artistas las cosas sean más libres —comenta. Respondo que conozco su mundo, pero no quiero entrar ahora en comparaciones sobre nuestras diferentes opiniones de la sociedad y de los seres humanos. Permanezco en silencio, aguardando el siguiente paso.

—Hablando de libertad, puede usted marcharse —dice el inspector, un poco decepcionado ante el hecho de que el escritor se niegue a hablar con la policía. —Ahora que lo conozco personalmente, voy a leer sus libros; en verdad, he dicho que no me gustaban, pero nunca los he leído.

No es la primera ni la última vez que oigo esta frase. Por lo menos el episodio sirvió para ganar otro lector: me despido y me voy.

Soy libre. He salido de prisión, mi mujer ha desparecido en circunstancias misteriosas, no tengo un horario fijo para trabajar, no tengo problemas para relacionarme, soy rico, famoso y, si de verdad Esther me ha abandonado, encontraré rápidamente a alguien para sustituirla. Soy libre e independiente.

¿Pero qué es la libertad?

He pasado gran parte de mi vida siendo esclavo de algo, así que debería entender el significado de esta palabra. Desde niño he luchado para que fuese mi tesoro más importante. Luché contra mis padres, que querían que yo fuese ingeniero en vez de escritor. Luché contra mis amigos en el colegio, que ya desde el principio me escogieron para que fuera la víctima de sus bromas perversas, y sólo después de mucha sangre de mi nariz y de la de ellos, sólo después de muchas tardes en las que tenía que esconderle a mi madre las cicatrices —porque era yo el que tenía que resolver mis problemas y no ella— conseguí demostrar que podía llevarme una paliza sin llorar. Luché para conseguir un trabajo del que vivir, trabajé de repartidor en una ferretería, para librarme del famoso chantaje familiar, “nosotros te damos dinero, pero tienes que hacer esto y aquello”.

Luché —aunque sin ningún resultado— por la chica que amaba en la adolescencia, y que también me amaba; acabó dejándome porque sus padres la convencieron de que yo no tenía futuro.

Luché contra el ambiente hostil del periodismo, mi siguiente empleo, cuando mi primer jefe me tuvo tres horas esperando, y no me prestó atención hasta que empecé a romper el libro que estaba leyendo: me miró sorprendido, y vio que era una persona capaz de perseverar y de enfrentarse al enemigo, cualidades esenciales para un buen reportero. Luché por el ideal socialista, acabé en prisión, salí y continué luchando, sintiéndome héroe de la clase obrera —hasta que escuché a los Beatles, y decidí que era mucho más divertido disfrutar del rock que de Marx. Luché por el amor de mi primera, mi segunda, mi tercera mujer. Luché para tener el valor de separarme de la primera, de la segunda, y de la tercera, porque el amor no había resistido, y yo necesitaba seguir adelante, hasta encontrar a la persona venida a este mundo para conocerme —y aún no era ninguna de las tres.

Luché para tener el valor de dejar el trabajo en el periódico y lanzarme a la aventura de escribir un libro, incluso sabiendo que en mi país no había nadie que pudiese vivir de la literatura. Desistí al cabo de un año, después de más de mil páginas escritas, que parecían absolutamente geniales porque ni yo mismo era capaz comprenderlas.

Mientras luchaba, veía a personas habland

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