Loading...

EL ZAHIR (BIBLIOTECA PAULO COELHO)

Paulo Coelho  

0


Fragmento

Inmediatamente me ponen bajo sospecha, y soy detenido —puesto que me negaba a decir mi paradero el día de su desaparición. Pero el carcelero acaba de abrir la puerta, y ha dicho que soy un hombre libre.

¿Por qué soy un hombre libre? Porque hoy en día todo el mundo sabe todo de todo el mundo, sólo basta con desear la información para que esta aparezca: dónde se utilizó la tarjeta de crédito, sitios que frecuentamos, con quién dormimos. En mi caso, fue más fácil: una mujer, también periodista, amiga de mi mujer pero divorciada —y, por tanto, sin problema para decir que estaba conmigo— se ofreció para atestiguar a mi favor al enterarse que había sido detenido. Dio pruebas concretas de que estaba con ella el día y la noche cuando desapareció Esther.

Voy a hablar con el inspector en jefe, que me devuelve mis pertenencias, me pide disculpas, afirma que mi rápida detención se hizo bajo el amparo de la ley, y que no podré acusar ni abrir proceso en contra del Estado. Le explico que no tengo la menor intención de hacerlo, sé que cualquiera está siempre bajo sospecha y es vigilado las 24 horas del día aunque no haya cometido ningún crimen.

Recibe antes que nadie historias como ésta

—Es usted libre —dice, repitiendo las palabras del carcelero.

Le pregunto: —¿No es posible que realmente le haya ocurrido algo a mi mujer? Ella ya me había comentado que, por culpa de su enorme red de contactos en el submundo del terrorismo, algunas veces sentía que sus pasos eran seguidos a distancia.

El inspector desvía la conversación. Yo insisto, pero no me dice nada.

Le pregunto si ella puede viajar con su pasaporte, él dice que sí, ya que no ha cometido ningún crimen: ¿por qué no iba a poder salir y entrar libremente del país?

—¿Entonces existe la posibilidad de que ya no esté en Francia?

—¿Cree usted que lo ha abandonado por culpa de la mujer con la que se acuesta?

No es asunto suyo, respondo. El inspector deja un segundo lo que está haciendo, se pone serio, dice que me han detenido porque es el procedimiento de rutina, pero que siente mucho la desaparición de mi mujer. También él está casado, y aunque no le gusten mis libros (¡entonces sabe quién soy! ¡No es tan ignorante como parece!), es capaz de ponerse en mi situación, sabe que es difícil lo que estoy pasando.

Le pregunto qué debo hacer a partir de ahora. Me da su tarjeta, me pide que le informe si tuviera alguna novedad —es una escena que veo en todas las películas, no me convence, los inspectores siempre saben más de lo que cuentan.

Me pregunta si había visto alguna vez a la persona que estaba con Esther la última vez que fue vista. Respondo que sabía su nombre en clave, pero que nunca lo había conocido personalmente.

Me pregunta si tenemos problemas en casa. Le digo que estamos juntos desde hace más de diez años, y que tenemos todos los problemas normales de una pareja, ni más ni menos.

Me pregunta, delicadamente, si habíamos hablado recientemente de divorcio, o si mi mujer estaba considerando separarse. Respondo que esa hipótesis jamás existió, aunque —y repito, “como todas las parejas”— tuviésemos algunas discusiones de vez en cuando.

—¿Con frecuencia o de vez en cuando?

—De vez en cuando, insisto.

Me pregunta más delicadamente aún, si ella desconfiaba de mi aventura con su amiga. Le digo que fue la primera vez —y la última— que nos acostábamos. No era una aventura, en realidad era por la ausencia de obligaciones, el día era aburrido, no tenía nada que hacer después de la comida, el juego de la seducción es algo que siempre nos despierta a la vida, y por eso acabamos en la cama.

—¿Se va usted a la cama con alguien sólo porque el día es aburrido?

Pienso en contestarle que no forma parte de la investigación este tipo de preguntas, pero necesito su complicidad, tal vez lo necesite más adelante —después de todo, hay una institución invisible llamada Banco de Favores, que siempre me ha sido muy útil.

—A veces pasa. No hay nada interesante que hacer, ella busca emociones, yo busco aventura, y ya está. Al día siguiente, ambos fingimos que no ha pasado nada, y la vida sigue adelante.

Él me lo agradece, me tiende la mano, dice que en su mundo no es del todo así. Hay aburrimiento, tedio, e incluso ganas de irse a la cama con alguien, pero las cosas son mucho más controladas, y nadie hace lo que piensa o quiere.

—Tal vez con los artistas las cosas sean más libres —comenta. Respondo que conozco su mundo, pero no quiero entrar ahora en comparaciones sobre nuestras diferentes opiniones de la sociedad y de los seres humanos. Permanezco en silencio, aguardando el siguiente paso.

—Hablando de libertad, puede usted marcharse —dice el inspector, un poco decepcionado ante el hecho de que el escritor se niegue a hablar con la policía. —Ahora que lo conozco personalmente, voy a leer sus libros; en verdad, he dicho que no me gustaban, pero nunca los he leído.

No es la primera ni la última vez que oigo esta frase. Por lo menos el episodio sirvió para ganar otro lector: me despido y me voy.

Soy libre. He salido de prisión, mi mujer ha desparecido en circunstancias misteriosas, no tengo un horario fijo para trabajar, no tengo problemas para relacionarme, soy rico, famoso y, si de verdad Esther me ha abandonado, encontraré rápidamente a alguien para sustituirla. Soy libre e independiente.

¿Pero qué es la libertad?

He pasado gran parte de mi vida siendo esclavo de algo, así que debería entender el significado de esta palabra. Desde niño he luchado para que fuese mi tesoro más importante. Luché contra mis padres, que querían que yo fuese ingeniero en vez de escritor. Luché contra mis amigos en el colegio, que ya desde el principio me escogieron para que fuera la víctima de sus bromas perversas, y sólo después de mucha sangre de mi nariz y de la de ellos, sólo después de muchas tardes en las que tenía que esconderle a mi madre las cicatrices —porque era yo el que tenía que resolver mis problemas y no ella— conseguí demostrar que podía llevarme una paliza sin llorar. Luché para conseguir un trabajo del que vivir, trabajé de repartidor en una ferretería, para librarme del famoso chantaje familiar, “nosotros te damos dinero, pero tienes que hacer esto y aquello”.

Luché —aunque sin ningún resultado— por la chica que amaba en la adolescencia, y que también me amaba; acabó dejándome porque sus padres la convencieron de que yo no tenía futuro.

Luché contra el ambiente hostil del periodismo, mi siguiente empleo, cuando mi primer jefe me tuvo tres horas esperando, y no me prestó atención hasta que empecé a romper el libro que estaba leyendo: me miró sorprendido, y vio que era una persona capaz de perseverar y de enfrentarse al enemigo, cualidades esenciales para un buen reportero. Luché por el ideal socialista, acabé en prisión, salí y continué luchando, sintiéndome héroe de la clase obrera —hasta que escuché a los Beatles, y decidí que era mucho más divertido disfrutar del rock que de Marx. Luché por el amor de mi primera, mi segunda, mi tercera mujer. Luché para tener el valor de separarme de la primera, de la segunda, y de la tercera, porque el amor no había resistido, y yo necesitaba seguir adelante, hasta encontrar a la persona venida a este mundo para conocerme —y aún no era ninguna de las tres.

Luché para tener el valor de dejar el trabajo en el periódico y lanzarme a la aventura de escribir un libro, incluso sabiendo que en mi país no había nadie que pudiese vivir de la literatura. Desistí al cabo de un año, después de más de mil páginas escritas, que parecían absolutamente geniales porque ni yo mismo era capaz comprenderlas.

Mientras luchaba, veía a personas hablando en nombre de la libertad, y cuanto más defendían este derecho único, más esclavas se mostraban de los deseos de sus padres, de un matrimonio por el que prometían quedarse junto al otro “el resto de su vida”, de la báscula, de los regímenes, de los proyectos interrumpidos en la mitad, de los amores a los que no se podía decir “no” o “basta”, de los fines de semana en que se veían obligadas a comer con quien no deseaban. Esclavas del lujo, de la apariencia del lujo, de la apariencia de la apariencia del lujo. Esclavas de una vida que no habían escogido, pero que habían decidido vivir —porque alguien las convenció de que aquello era lo mejor para ellas. Y así seguían en sus días y noches iguales, donde la aventura era una palabra en un libro o una imagen en la televisión siempre encendida, y cuando una puerta cualquiera se abría, siempre decían:

“No me interesa, no me apetece.”

¿Cómo podían saber si les apetecía o no si nunca lo habían intentado? Pero era inútil preguntar: en verdad, tenían miedo de cualquier cambio que viniese a sacudir el mundo al que estaban acostumbradas.

El inspector dice que soy libre. Libre soy ahora, y libre era en prisión, porque la libertad aún sigue siendo lo que más aprecio en este mundo. Claro que eso me llevó a beber vinos que no me gustaron, a hacer cosas que no debería haber hecho y que no volveré a repetir, a tener en mi cuerpo y en mi alma muchas cicatrices, a herir a alguna gente —a la cual acabé pidiendo perdón, en una época en la que comprendí que podía hacer cualquier cosa, excepto forzar a otra persona a seguirme en mi locura, en mi sed de vivir. No me arrepiento de los momentos en los que sufrí, llevo mis cicatrices como si fueran medallas, sé que la libertad tiene un precio alto, tan alto como el precio de la esclavitud; la única diferencia es que pagas con placer, y con una sonrisa, incluso cuando es una sonrisa manchada de lágrimas.

Salgo de la comisaría, y hace un día bonito, un domingo de sol en el que nada encaja con mi estado de ánimo. Mi abogado me está esperando afuera con algunas palabras de consuelo y con un ramo de flores. Dice que ha llamado a todos los hospitales, depósitos (ese tipo de cosas que siempre se hacen cuando alguien tarda en llegar a casa), pero que no ha localizado a Esther. Dice que ha conseguido evitar que los periodistas supieran dónde estaba detenido. Dice que necesita hablar conmigo para trazar una estrategia jurídica que me permita defenderme de una acusación futura. Le agradezco su atención; sé que no desea trazar ninguna estrategia jurídica —en verdad no quiere dejarme solo— porque no sabe cómo voy a reaccionar (¿voy a emborracharme y me detendrán otra vez? ¿Montaré un escándalo? ¿Intentaré suicidarme?). Respondo que tengo cosas importantes que hacer, y que tanto él como yo sabemos que no tengo ningún problema con la ley. Él insiste, pero yo no le doy opción —después de todo soy un hombre libre.

Libertad. Libertad para estar miserablemente solo.

Abordo un taxi que me lleve hasta el centro de París, le pido que pare junto al Arco del Triunfo. Empiezo a caminar por los Champs-Élysées, en dirección al hotel Bristol, donde acostumbraba a tomar chocolate caliente con Esther siempre que uno de los dos volvía de una misión en el extranjero. Para nosotros era como el ritual de volver a casa, una inmersión en el amor que nos mantenía unidos, aunque la vida nos empujase cada vez más hacia caminos diferentes.

Sigo caminando. La gente sonríe, los niños están alegres por estas pocas horas de primavera en pleno invierno, el tránsito fluye libremente, todo parece en orden —excepto que ninguna de estas personas sabe, o finge no saber, o simplemente no le interesa el hecho de que acabo de perder a mi mujer. ¿Acaso no entienden cuánto estoy sufriendo? Deberían sentirse todos tristes, compadecidos, solidarios con un hombre que tiene el alma sangrando de amor; pero siguen riéndose, inmersos en sus pequeñas y miserables vidas que sólo existen los fines de semana.

Qué pensamiento tan ridículo: muchas de las personas con las que me cruzo también llevan el alma en pedazos, y yo no sé porqué ni cómo sufren.

Entro en un bar a comprar tabaco, la persona me responde en inglés. Paso por una farmacia por un tipo de caramelos de menta que me encantan, y el empleado me habla inglés (en ambas ocasiones pido los productos en francés). Antes de llegar al hotel, me interrumpen dos chicos recién llegados de Toulouse, quieren saber dónde está cierta tienda, han abordado a varias personas, nadie entiende lo que dicen. ¿Qué es esto? ¿Han cambiado la lengua de los Champs-Élysées durante estas 24 horas en que he estado detenido?

El turismo y el dinero pueden hacer milagros: pero, ¿cómo es que no me he dado cuenta de eso antes? Porque, por lo visto, Esther y yo ya no tomamos ese chocolate desde hace mucho tiempo, incluso aunque ambos hayamos viajado y vuelto varias veces durante este período. Siempre hay algo más importante. Siempre hay algún compromiso inaplazable. Sí, mi amor, tomaremos ese chocolate la próxima vez, vuelve pronto, sabes que hoy tengo una entrevista realmente importante y no puedo ir a buscarte al aeropuerto, coge un taxi, mi celular está encendido, puedes llamarme si tienes una urgencia, en caso contrario nos vemos por la noche.

¡Teléfono celular! Lo saco del bolsillo, lo enciendo inmediatamente, suena varias veces, cada vez mi corazón da un salto, veo en la pequeña pantalla los nombres de gente que me está buscando, pero no atiendo a nadie. Ojalá apareciese un número “sin identificación”; sólo podría ser ella, ya que este número de teléfono está restringido a poco más de veinte personas, que han jurado no pasarlo jamás. No aparece, todos son números de amigos o de profesionales muy allegados. Deben de querer saber qué ha pasado, quieren ayudar (¿ayudar cómo?), saber si necesito algo.

El teléfono sigue sonando. ¿Debo contestar? ¿Debo verme con algunas de estas personas?

Decido permanecer solo hasta entender bien qué está pasando.

Llego al Bristol, que Esther siempre describía como uno de los pocos hoteles de París donde los clientes son tratados como huéspedes —y no como vagabundos en busca de cobijo. Me saludan como si fuese alguien de la casa, escojo una mesa delante del bello reloj, escucho el piano, veo el jardín allá fuera.

Tengo que ser práctico, estudiar las alternativas, la vida sigue adelante. No soy ni el primero, ni el último hombre abandonado por su mujer —¿pero por qué tenía que pasarme en un día de sol, con la gente en la calle sonriendo, los niños cantando, con las primeras señales de la primavera, el sol brillando, los conductores respetando los pasos para peatones?

Cojo una servilleta, voy a sacar todas estas ideas de mi cabeza y ponerlas en el papel. Vamos a dejar los sentimientos de lado, y ver qué debo hacer:

A] considerar la posibilidad de que realmente haya sido secuestrada, su vida está en peligro en este momento, soy su marido, su compañero de todos los momentos, tengo que mover cielo y tierra para encontrarla.

Respuesta a esta posibilidad: ha cogido su pasaporte. La policía no lo sabe, pero también ha cogido algunos objetos de uso personal, y una cartera con imágenes de santos protectores, que siempre lleva consigo cuando viaja a otro país. Ha sacado dinero del banco.

Conclusión: se estaba preparando para marcharse.

B] considerar la posibilidad de que haya creído en una promesa, que acabó convirtiéndose en una trampa.

Respuesta: ha estado en situaciones peligrosas muchas veces —forma parte de su trabajo. Pero siempre me prevenía, ya que yo era la única persona en quien podía confiar totalmente. Me decía en donde debía estar, con quien iba a entrar en contacto (aunque, para no ponerme en peligro, la mayoría de las veces usaba el nombre de guerra de la persona), y lo que debía hacer en el caso de que ella no volviese a una hora determinada.

Conclusión: no tenía en mente una reunión con sus fuentes de información.

Considerar la posibilidad de que haya encontrado a otro hombre.

Respuesta: no hay respuesta. Es, de todas las hipótesis, la única que tiene sentido. Pero no puedo aceptarlo, no puedo aceptar que se vaya así de esta manera, sin decirme por lo menos la razón. Tanto yo como Esther siempre nos hemos enorgullecido de afrontar todas las dificultades de la vida en común. Hemos sufrido, pero nunca nos hemos mentido el uno al otro —aunque formaba parte de las reglas del juego omitir algunos casos extraconyugales. Sé que ella empezó a cambiar mucho después de conocer al tal Mikhail, pero ¿justifica eso la ruptura de un matrimonio de diez años?

Aunque se hubiese acostado con él, se hubiese enamorado, ¿acaso no iba a poner en la balanza todos nuestros momentos juntos, todo lo que habíamos logrado, antes de partir hacia una aventura sin regreso? Era libre para viajar cuando quisiese, vivía rodeada de hombres, soldados que no veían una mujer desde hace mucho tiempo, yo jamás le pregunté nada, ella jamás me dijo cosa alguna. Ambos éramos libres, y nos enorgullecíamos de ello.

Pero Esther había desaparecido. Dejando pistas sólo para mí, como si fuese un mensaje secreto: me marcho.

¿Por qué?

¿Acaso no vale la pena responder esta pregunta?

No. Ya que en la respuesta está escondida mi propia incapacidad para mantener a mi lado a la mujer que amo. ¿Vale la pena buscarla para convencerla de que vuelva conmigo? ¿Implorar, mendigar otra oportunidad para nuestro matrimonio?

Parece ridículo: es mejor sufrir como ya he sufrido antes, cuando otras personas a las que amé acabaron por abandonarme. Es mejor lamer mis heridas, como hice en el pasado. Pasaré algún tiempo pensando en ella, me convertiré en un amargado, irritaré a mis amigos porque no tenga otro tema de conversación que no sea el abandono de mi mujer. Intentaré justificar todo lo que pasó, pasaré días y noches reviviendo cada momento a su lado, acabaré por concluir que fue dura conmigo, que siempre he intentado ser y hacer lo mejor. Conoceré a otras mujeres. Al caminar por la calle, a cada momento me voy a cruzar con una persona que puede ser ella. Sufrir día y noche, noche y día. Esto puede durar semanas, meses, tal vez más de un año.

Hasta que cierta mañana me despierto, me doy cuenta de que estoy pensando en algo diferente, y comprendo que lo peor ya ha pasado. El corazón está herido, pero se recupera, y consigue ver la belleza de la vida otra vez. Ya ha pasado antes, volverá a pasar, estoy seguro. Cuando alguien parte es porque otro alguien va a llegar —encontraré nuevamente el amor.

Por un momento, saboreo la idea de mi nueva condición: soltero y millonario. Puedo salir con quien desee, a plena luz de día. Puedo comportarme en las fiestas como no me he comportado durante todos estos años. La información va a correr de prisa, y pronto muchas mujeres, jóvenes o no tan jóvenes, ricas o no tan ricas como pretenden ser, inteligentes o tal vez simplemente educadas para decir lo que creen que a mí me gustaría oír, estarán llamando a mi puerta.

Quiero creer que es genial estar libre. Libre otra vez. Preparado para encontrar al verdadero amor de mi vida, a aquella que me está esperando, y que jamás me dejará vivir otra vez esta situación humillante.

Acabo el chocolate, veo el reloj, sé que todavía es temprano para tener esa agradable sensación de que formo parte de la humanidad nuevamente. Durante algunos momentos sueño con la idea de que Esther va a entrar por aquella puerta, caminando por las bellas alfombras persas, va a sentarse a mi lado sin decir nada, va a fumar un cigarrillo, mirará el jardín interior, y me tomará de la mano. Pasa media hora durante la que me creo la historia que acabo de inventar, hasta darme cuenta de que se trata simplemente de otro delirio.

Resuelvo no volver a casa. Voy a la recepción, pido una habitación, un cepillo de dientes, un desodorante. El hotel está lleno, pero el gerente lo arregla: acabo en una bonita suite con vistas a la Torre Eiffel, una terraza, los tejados de París, las luces que se encienden poco a poco, las familias que se reúnen para cenar en este domingo. Y vuelve la misma sensación que tuve en los Champs-Élysées: cuanto más hermoso es todo lo que hay a mi alrededor, más miserable me siento.

Nada de televisión. Nada de cenar. Me siento en la terraza y veo mi vida retrospectivamente, un joven que soñaba con ser un famoso escritor, y de repente ve que la realidad es completamente diferente —escribe en una lengua que casi nadie lee, en un país en el que se decía que no había lectores. Su familia lo fuerza a entrar a una universidad (cualquiera sirve, hijo mío, siempre que consigas un título —porque, en caso contrario, jamás podrás ser alguien en la vida—). Él se rebela, recorre el mundo durante la época hippie, acaba conociendo a un cantante, compone algunas letras de canciones, y de repente consigue ganar más dinero que su hermana, que había escuchado lo que sus padres decían, y decidió convertirse en ingeniera química.

Escribo más letras, el cantante tiene cada vez más éxito, compro algunos apartamentos, me peleo con el cantante, pero tengo capital suficiente para pasar los siguientes años sin trabajar. Me caso la primera vez con una mujer mayor que yo, aprendo mucho —a hacer el amor, a conducir, a hablar inglés, a acostarme tarde— pero acabamos separándonos, porque soy lo que ella considera “emocionalmente inmaduro, que vive pendiente de cualquier chica con los pechos grandes”. Me caso la segunda y la tercera vez, con personas que pienso que me darán estabilidad emocional: consigo lo que deseo, pero descubro que la soñada estabilidad viene acompañada de un profundo tedio.

Otros dos divorcios. De nuevo la libertad, pero es simplemente una sensación; libertad no es la ausencia de compromisos, sino la capacidad de escoger —y comprometerme— con lo que es mejor para mí.

Continúo la búsqueda amorosa, continúo escribiendo letras. Cuando me preguntan qué hago, respondo que soy escritor. Cuando dicen que sólo conocen mis letras de canciones, digo que simplemente es una parte de mi trabajo. Cuando se disculpan, y dicen que no han leído ningún libro mío, explico que estoy trabajando en un proyecto —lo cual es mentira. En verdad, tengo dinero, tengo contactos, lo que no tengo es el coraje de escribir un libro —mi sueño se ha convertido en posible. Si lo intento y fallo, no sé cómo será el resto de mi vida: por eso, es mejor vivir pensando en un sueño, que enfrentarse a la posibilidad de verlo irse al bote de la basura.

Un día, una periodista viene a entrevistarme: quiere saber lo que significa para mí que se conozca mi trabajo en todo el país, sin que nadie sepa quién soy, ya que normalmente sólo aparece el cantante en los medios de comunicación. Bonita, inteligente, callada. Volvemos a encontrarnos en una fiesta, ya no existe la presión del trabajo, consigo llevármela a la cama esa misma noche. Me enamoro, ella cree que fue algo sin importancia. La llamo, siempre dice que está ocupada. Cuanto más me rechaza, más interés siento —hasta que consigo convencerla para que pase un fin de semana en mi casa de campo (aunque fuese la oveja negra, ser rebelde muchas veces compensa, era el único de mis amigos que en aquella altura de la vida ya había conseguido comprar una casa de campo).

Durante tres días estuvimos aislados, contemplando el mar, cocino para ella, ella me cuenta historias de su trabajo, y acaba enamorándose de mí. Volvemos a la ciudad, empieza a dormir regularmente en mi apartamento. Una mañana, sale más temprano y vuelve con su máquina de escribir: a partir de ahí, sin decir nada, mi casa se va convirtiendo en su casa.

Empiezan los mismos conflictos que tuve con mis mujeres anteriores: ellas siempre buscando estabilidad, fidelidad, yo buscando aventura y lo desconocido. Esta vez, sin embargo, la relación dura más; aún así, dos años después, pienso que es el momento de que Esther se lleve la máquina de escribir de vuelta a su casa, y todo lo que vino con ella.

—Creo que no va salir bien.

—Pero tú me amas, y yo te amo ¿no?

—No lo sé. Si me preguntas si me gusta tu compañía, la respuesta es sí. Sin embargo, si quieres saber si puedo vivir sin ti, la respuesta también es sí.

—Yo no querría haber nacido hombre, estoy muy contenta con mi condición de mujer. Al fin y al cabo, todo lo que esperan de nosotras es que cocinemos bien. Por otro lado, de los hombres se espera todo, absolutamente todo, que sean capaces de mantener la casa, de hacer el amor, de defender a los hijos, de conseguir la comida, de tener éxito.

—No se trata de eso: estoy muy satisfecho conmigo mismo. Me gusta tu compañía, pero estoy convencido de que no va a salir bien.

—Te gusta mi compañía, pero detestas hasta estar sólo contigo mismo. Siempre buscas la aventura, para olvidar cosas importantes. Vives pendiente de la adrenalina en tus venas, y olvidas que por ellas tiene que correr la sangre, y nada más.

—No huyo de cosas importantes. ¿Qué sería importante, por ejemplo?

—Escribir un libro.

—Eso puedo hacerlo en cualquier momento.

—Entonces hazlo. Después, si quieres nos separamos.

Pienso que su comentario es absurdo, puedo escribir un libro cuando lo desee, conozco a editores, periodistas, gente que me debe favores. Esther es simplemente una mujer con miedo a perderme, inventa cosas. Digo que basta, nuestra relación ha llegado al final, no se trata de lo que ella crea que me haría feliz, se trata de amor.

¿Qué es el amor? Pregunta. Me paso más de media hora explicándoselo, y acabo dándome cuenta de que no logro definirlo bien.

Ella dice que, mientras no sepa definir el amor, intente escribir un libro.

Respondo que entre ambas cosas no hay la menor relación, voy a marcharme de casa ese mismo día, que ella se quede el tiempo que quiera en el apartamento; me iré a un hotel hasta que haya conseguido un lugar en el que vivir. Ella dice que por su parte no hay ningún problema, que puedo irme ahora, antes de un mes el apartamento estará disponible —empezará a buscar un sitio al día siguiente. Hago mis maletas y ella se pone a leer un libro. Digo que ya es tarde, que me iré mañana. Ella sugiere que me vaya inmediatamente, porque mañana me sentiré débil e indeciso. Le pregunto si lo que desea es librarse de mí. Ella se ríe, dice que he sido yo el que ha decidido acabar con todo. Nos dormimos, al día siguiente las ganas de marcharme ya no son las mismas, decido que necesito pensarlo mejor. Esther, sin embargo, dice que el asunto no está terminado: mientras no lo arriesgue todo por lo que creo que es la verdadera razón de mi vida, volverá a haber días como éste, acabará siendo infeliz, y será ella la que me deje. Sólo que, en ese caso, la intención se convertirá inmediatamente en acción, y quemará cualquier puente que le permita regresar. Le pregunto qué quiere decir con eso. Buscar otra pareja, enamorarme, responde ella.

Ella se va a trabajar al periódico, decido tomarme un día de descanso (además de las letras de canciones, por el momento trabajo en una discográfica), me instalo frente a la máquina de escribir. Me levanto, leo los periódicos, contesto cartas importantes, cuando termino empiezo a contestar cartas sin importancia, apunto cosas que tengo que hacer, escucho música, doy una vuelta por el barrio, charlo con el panadero, vuelvo a casa; ha transcurrido todo el día, no he sido capaz de mecanografiar ni una simple frase. Concluyo que odio a Esther, me fuerza a hacer cosas que no apetezco.

Cuando llega del periódico, no me pregunta nada —afirma que no he sido capaz de escribir. Dice que mi mirada de hoy es la misma de ayer.

Voy a trabajar al día siguiente, pero por la noche vuelvo a la mesa en la que está la máquina. Leo, veo la televisión, escucho música, vuelvo a la máquina, y así pasan dos meses, acumulando páginas y más páginas de “primera frase”, sin conseguir terminar el párrafo nunca.

Esgrimo todas las disculpas posibles —en este país nadie lee, todavía no tengo el argumento, o tengo un argumento genial, pero estoy buscando la manera correcta de desarrollarlo. Además, estoy ocupadísimo con un artículo o con una letra que tengo que componer. Otros dos meses, y un día ella aparece en casa con un billete de avión.

“Basta”, dice. “Deja de fingir que estás ocupado, que eres una persona consciente de tus responsabilidades, que el mundo necesita lo que estás haciendo, y viaja durante algún tiempo.” Siempre podré ser el director del periódico en el que publico algunos reportajes, siempre podré ser el presidente de la compañía de discos para la que compongo las letras —y en la que estoy trabajando simplemente porque no quieren que componga letras para discográficas de la competencia. Siempre podré volver a hacer lo que hago ahora, pero mi sueño, ya no puede esperar. O lo acepto, o lo olvido.

¿Para dónde es el billete?

España.

Rompo algunos vasos, los billetes son caros, no puedo ausentarme ahora, tengo una carrera por delante, y debo cuidarla. Perderé muchas colaboraciones con otros músicos, el problema no soy yo, el problema es nuestro matrimonio. Si quisiera escribir un libro, nadie me impediría hacerlo.

“Puedes, quieres, pero no lo haces”, dice ella. “Como tu problema no es conmigo, sino contigo mismo, es mejor que pases algún tiempo solo.”

Me muestra un mapa. Debo ir hasta Madrid, donde cogeré un autobús hacia las montañas de los Pirineos, en la frontera con Francia. Allí empieza una ruta medieval, el camino de Santiago: debo hacerlo a pie. Al final, ella estará esperándome, y entonces aceptará todo lo que digo: que ya no la amo, que todavía no he vivido lo suficiente como para crear una obra literaria, que no quiero volver a pensar en ser escritor, que todo era un simple sueño de adolescencia, nada más.

¡Es un alucine! La mujer con la que estoy hace dos largos años —verdadera eternidad en una relación amorosa— decide mi vida, me hace dejar mi trabajo, ¡quiere que cruce a pie un país entero! Es tan delirante que decido tomarlo en serio. Me emborracho durante varias noches, con ella a mi lado emborrachándose también —aunque deteste la bebida. Me pongo agresivo, le digo que tiene envidia de mi independencia, que esta locura de idea surgió simplemente porque le dije que quería dejarla. Ella dice que todo surgió cuando yo todavía estaba en el colegio, y soñaba con ser escritor —ahora basta de retrasos, o me enfrento a mí mismo, o me pasaré el resto de mi vida casándome, divorciándome, contando bonitas historias sobre mi pasado, y empeorando cada vez más.

Evidentemente no puedo admitir que tenga razón, pero sé que está diciendo la verdad. Y cuanto más me doy cuenta de ello, más agresivo me pongo. Ella acepta las agresiones sin quejarse —simplemente recuerda que la fecha del viaje se acerca.

Una noche, cerca del día señalado, ella se niega a hacer el amor. Me fumo un cigarro entero de hachís, bebo dos garrafas de vino, y me desmayo en medio de la sala. Al despertar me doy cuenta de que he tocado fondo, y que ahora lo que me queda es volver a la superficie. Entonces yo, que me enorgullezco tanto de mi coraje, veo que me estoy acobardando, resignado, mezquino con mi propia vida. Esa mañana, la despierto con un beso, y le digo que voy a hacer lo que sugiere.

Viajo, y durante 38 días recorro a pie el camino de Santiago. Al llegar a Compost ...