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#ELLOSHABLAN

Lydia Cacho  

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Fragmento

En ese mismo cuaderno personal, en una página que el tiempo ha deslavado, escritas con letra de molde de mi adolescencia, encuentro un par de preguntas: ¿cuál es la intención del machismo?, ¿por qué surgen movimientos contra la violencia sexual, la pederastia, y pronto se diluyen?

¿Por qué un albañil violador sí termina en la cárcel y un cineasta como Roman Polanski, que admitió haber violado a una actriz de dieciséis años, es defendido por su industria y por los intelectuales? ¿Por qué un gobernador probado pedófilo puede seguir en el poder aunque su culpabilidad esté demostrada?

Como adolescente me enfrentaba a diario con el machismo; al mismo tiempo amaba profundamente a varios hombres: mis hermanos y mis mejores amigos, mis tíos favoritos, mi abuelo materno y Juan Sisniega, el primer chico del que me enamoré perdidamente, quien me correspondió con la dulzura y la pasión de un músico en ciernes, tierno y resistente a las formas de la masculinidad tradicional. Con él y otros chicos hablábamos del amor y la libertad, de sus miedos y los míos, de la sexualidad y el erotismo. Cuando tenía diecisiete años, Mario Cruickshank, uno de mis mejores amigos, me dijo por primera vez la frase que he escuchado reiteradamente desde entonces: “Lydia, eres mi mejor amiga-amigo”, como si a los varones les hiciera falta especificar que yo tenía algo de masculino (de allí la palabra “amigo”), para denotar que nos amábamos, nos escuchábamos pero el sexo no era un componente en nuestra relación aunque sintiéramos auténtico deseo por estar cerca, por aprender de la vida mutua, de nuestras vivencias y sueños.

Las confesiones de mis amigos, hijos de líderes de la izquierda o de insignes filósofos y periodistas, me enseñaron a entender las inseguridades de los hombres; sin justificar sus actos de violencia aprendí a dialogar, analizar e inquirir sobre las canalladas, por infantiles que parecieran, que cometían contra las niñas y contra los chicos más pequeños o menos privilegiados. Ahora, en 2018, en las charlas que doy por todo el mundo para presentar los libros que he escrito, me encuentro con una generación de chicas que, emocionadas, me dicen que quieren ser, o son, feministas, pero no saben cómo hablar de machismo, celos y violencia con sus novios, amigos o compañeros. No quieren ser princesas y tampoco buscan príncipes. También se acercan a mí varones muy jóvenes, casi en la misma cantidad que las chicas; ellos me hacen preguntas similares: ¿cómo se aprende a ser valiente como tú, sin ser violento?, ¿cómo me defiendo para que no me lleven de sicario? O la más fuerte que escuché hace muy poco en un festival literario de Perú, después de hablar en un teatro con estudiantes: ¿cómo le digo a mi madre que mi papá abusó de mí y por eso lo odio?

El machismo es una fórmula cultural, una de las estrategias educativas más recalcitrantes, basada en el ejercicio del poder y la violencia formativa. Desgaja a las personas, a las familias y a las sociedades de todo el mundo. Definitivamente no es un fenómeno mexicano; la denominación de origen del machismo puede ser hispana, pero las herramientas de esa opresión son globales y universales.

Algo está cambiando

En los últimos años me he dedicado a entrevistar de forma equitativa al mismo número de niñas y niños para un proyecto audiovisual sobre la valentía. La violencia que narran y la forma en que la procesan niños y niñas dependen de muchos factores multidimensionales, emocionales y culturales. He reflexionado a profundidad sobre el cambio dramático que la violencia social y el machismo producen en quienes nacen en cuerpo femenino o en cuerpo masculino; lo más sorprendente es escuchar a varones de diez a quince años calificar el machismo y la desigualdad como algo inaceptable, atroz incluso.

Cuando un chico de Sinaloa que vive en un contexto de violencia y presión machista brutal respondió, mirándome a los ojos frente a la cámara, que los niños y las niñas tienen el mismo derecho a ser felices, y que las niñas son capaces de llevar a cabo las mismas proezas y trabajos que los niños, mi corazón dio un vuelco; me percaté de los logros que ha tenido el movimiento feminista. Y justamente cuando surge el movimiento de denuncias de violencia sexual en Hollywood #MeToo #YoTambién, chicas mexicanas y de otros países hispanoparlantes se sumaron en redes sociales a denunciar lo que antes les parecía indecible. Entre ellas aparecieron unos cuantos jóvenes, hombres que confesaron haber sido acosados o violados por algún hombre de poder cuyo nombre y apellido revelaron. Descubrí que, mientras mis colegas periodistas se mantienen flotando en la superficialidad de la nota, algo está cambiando: la rebelión de niños y niñas está frente a nuestra mirada y resulta urgente escucharlos, acompañarlos a narrar sus historias de vida y mostrarles que hay millones de personas adultas dispuestas a salvarlos del destino manifiesto del machismo destructor. La Historia no puede ser escrita por los mismos de siempre.

Un amigo, azorado, me buscó porque su hija adulta posteó un #MeToo del abuso de su padre biológico y desató un escándalo familiar. Comenzaron a llegarme cientos de mensajes de hombres conocidos que me preguntaban cómo ayudar sin estorbar, cómo opinar sin interrumpir a las mujeres víctimas. Recordé mi adolescencia, ese miedo petrificante de los niños que por un lado desean pertenecer a la tribu masculina y por otro quieren confrontar sus abusos. La diferencia es que ahora la voz es de adultos, no de púberes inseguros, aunque las preguntas son exactamente las mismas. Algunos de mis entrevistados tienen hijas y viven aterrados de que ellas se topen con un violador, un maltratador o un feminicida. ¿Por qué ese miedo?

Mientras leía los mensajes de varios hombres que pedían una especie de anuencia feminista para no ser descalificados, descubrí que también lo hacían para no ser atacados por los machos liberales de las redes. Sí, ciertamente su petición de consejos es honesta; lo que subyace oculto es, nuevamente, el miedo a que se les tache de traidores de la tribu de “los hombres”. Entonces no pude sino recordar un fragmento del poema de Mario Benedetti titulado “Torturador y espejo” que recitábamos con las amigas en la preparatoria: “qué cangrejo monstruoso atenazó tu infancia / qué paliza paterna te generó cobarde / qué tristes sumisiones te hicieron despiadado / no escapes a tus ojos, mírate, así”.

Treinta y ocho años después de haber escrito la pregunta sobre el machismo, la retomo. Salí a las calles a entrevistar a hombres y niños de diversas edades; en este libro ellos responden a esa cuestión desde la mirada de su infancia, su memoria sentimental y las cicatrices emocionales q

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