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#ELLOSHABLAN

Lydia Cacho  

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Fragmento

En ese mismo cuaderno personal, en una página que el tiempo ha deslavado, escritas con letra de molde de mi adolescencia, encuentro un par de preguntas: ¿cuál es la intención del machismo?, ¿por qué surgen movimientos contra la violencia sexual, la pederastia, y pronto se diluyen?

¿Por qué un albañil violador sí termina en la cárcel y un cineasta como Roman Polanski, que admitió haber violado a una actriz de dieciséis años, es defendido por su industria y por los intelectuales? ¿Por qué un gobernador probado pedófilo puede seguir en el poder aunque su culpabilidad esté demostrada?

Como adolescente me enfrentaba a diario con el machismo; al mismo tiempo amaba profundamente a varios hombres: mis hermanos y mis mejores amigos, mis tíos favoritos, mi abuelo materno y Juan Sisniega, el primer chico del que me enamoré perdidamente, quien me correspondió con la dulzura y la pasión de un músico en ciernes, tierno y resistente a las formas de la masculinidad tradicional. Con él y otros chicos hablábamos del amor y la libertad, de sus miedos y los míos, de la sexualidad y el erotismo. Cuando tenía diecisiete años, Mario Cruickshank, uno de mis mejores amigos, me dijo por primera vez la frase que he escuchado reiteradamente desde entonces: “Lydia, eres mi mejor amiga-amigo”, como si a los varones les hiciera falta especificar que yo tenía algo de masculino (de allí la palabra “amigo”), para denotar que nos amábamos, nos escuchábamos pero el sexo no era un componente en nuestra relación aunque sintiéramos auténtico deseo por estar cerca, por aprender de la vida mutua, de nuestras vivencias y sueños.

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Las confesiones de mis amigos, hijos de líderes de la izquierda o de insignes filósofos y periodistas, me enseñaron a entender las inseguridades de los hombres; sin justificar sus actos de violencia aprendí a dialogar, analizar e inquirir sobre las canalladas, por infantiles que parecieran, que cometían contra las niñas y contra los chicos más pequeños o menos privilegiados. Ahora, en 2018, en las charlas que doy por todo el mundo para presentar los libros que he escrito, me encuentro con una generación de chicas que, emocionadas, me dicen que quieren ser, o son, feministas, pero no saben cómo hablar de machismo, celos y violencia con sus novios, amigos o compañeros. No quieren ser princesas y tampoco buscan príncipes. También se acercan a mí varones muy jóvenes, casi en la misma cantidad que las chicas; ellos me hacen preguntas similares: ¿cómo se aprende a ser valiente como tú, sin ser violento?, ¿cómo me defiendo para que no me lleven de sicario? O la más fuerte que escuché hace muy poco en un festival literario de Perú, después de hablar en un teatro con estudiantes: ¿cómo le digo a mi madre que mi papá abusó de mí y por eso lo odio?

El machismo es una fórmula cultural, una de las estrategias educativas más recalcitrantes, basada en el ejercicio del poder y la violencia formativa. Desgaja a las personas, a las familias y a las sociedades de todo el mundo. Definitivamente no es un fenómeno mexicano; la denominación de origen del machismo puede ser hispana, pero las herramientas de esa opresión son globales y universales.

Algo está cambiando

En los últimos años me he dedicado a entrevistar de forma equitativa al mismo número de niñas y niños para un proyecto audiovisual sobre la valentía. La violencia que narran y la forma en que la procesan niños y niñas dependen de muchos factores multidimensionales, emocionales y culturales. He reflexionado a profundidad sobre el cambio dramático que la violencia social y el machismo producen en quienes nacen en cuerpo femenino o en cuerpo masculino; lo más sorprendente es escuchar a varones de diez a quince años calificar el machismo y la desigualdad como algo inaceptable, atroz incluso.

Cuando un chico de Sinaloa que vive en un contexto de violencia y presión machista brutal respondió, mirándome a los ojos frente a la cámara, que los niños y las niñas tienen el mismo derecho a ser felices, y que las niñas son capaces de llevar a cabo las mismas proezas y trabajos que los niños, mi corazón dio un vuelco; me percaté de los logros que ha tenido el movimiento feminista. Y justamente cuando surge el movimiento de denuncias de violencia sexual en Hollywood #MeToo #YoTambién, chicas mexicanas y de otros países hispanoparlantes se sumaron en redes sociales a denunciar lo que antes les parecía indecible. Entre ellas aparecieron unos cuantos jóvenes, hombres que confesaron haber sido acosados o violados por algún hombre de poder cuyo nombre y apellido revelaron. Descubrí que, mientras mis colegas periodistas se mantienen flotando en la superficialidad de la nota, algo está cambiando: la rebelión de niños y niñas está frente a nuestra mirada y resulta urgente escucharlos, acompañarlos a narrar sus historias de vida y mostrarles que hay millones de personas adultas dispuestas a salvarlos del destino manifiesto del machismo destructor. La Historia no puede ser escrita por los mismos de siempre.

Un amigo, azorado, me buscó porque su hija adulta posteó un #MeToo del abuso de su padre biológico y desató un escándalo familiar. Comenzaron a llegarme cientos de mensajes de hombres conocidos que me preguntaban cómo ayudar sin estorbar, cómo opinar sin interrumpir a las mujeres víctimas. Recordé mi adolescencia, ese miedo petrificante de los niños que por un lado desean pertenecer a la tribu masculina y por otro quieren confrontar sus abusos. La diferencia es que ahora la voz es de adultos, no de púberes inseguros, aunque las preguntas son exactamente las mismas. Algunos de mis entrevistados tienen hijas y viven aterrados de que ellas se topen con un violador, un maltratador o un feminicida. ¿Por qué ese miedo?

Mientras leía los mensajes de varios hombres que pedían una especie de anuencia feminista para no ser descalificados, descubrí que también lo hacían para no ser atacados por los machos liberales de las redes. Sí, ciertamente su petición de consejos es honesta; lo que subyace oculto es, nuevamente, el miedo a que se les tache de traidores de la tribu de “los hombres”. Entonces no pude sino recordar un fragmento del poema de Mario Benedetti titulado “Torturador y espejo” que recitábamos con las amigas en la preparatoria: “qué cangrejo monstruoso atenazó tu infancia / qué paliza paterna te generó cobarde / qué tristes sumisiones te hicieron despiadado / no escapes a tus ojos, mírate, así”.

Treinta y ocho años después de haber escrito la pregunta sobre el machismo, la retomo. Salí a las calles a entrevistar a hombres y niños de diversas edades; en este libro ellos responden a esa cuestión desde la mirada de su infancia, su memoria sentimental y las cicatrices emocionales que les dejó la educación para llegar a ser hombres de verdad.

Hombres de verdad

¿Por qué las mujeres hemos cambiado tanto y los hombres tan poco? En febrero de 2018 Malala Yousafzai, la ganadora del Nobel de la Paz, asistió al Foro Económico de Davos y frente a los líderes de la economía mundial dijo: “La educación de los hombres jóvenes es crucial para que aprendan sobre los derechos de las mujeres y se termine con la inequidad de género”.

Hay algo de sus declaraciones que me resuena incompleto en estos tiempos aciagos. La inequidad de género no comienza con un niño maltratando a una niña, sino con un hombre educando a sangre y golpes a su hijo con el fin de hacerle saber que para obtener un lugar en el mundo hace falta ser hombre, cruel, violento y abusivo. La desigualdad de género no sólo es la violencia contra las mujeres; comienza por la construcción del abusador, por el desarrollo psíquico del machismo, por un modelo cultural de liderazgo violento, despiadado, que lo ha permeado todo: la política, la literatura, la historia y el cine, junto con sus creadores y empresarios. Por ello, para complementar la frase de Malala (quien por cierto tiene un padre excepcional que toda la vida la ha apoyado, con lo que rompe el paradigma del macho paquistaní), me atrevo a decir que el primer paso para erradicar esa desigualdad que nos abruma y desgasta, que nos aterra en sus formas más vívidas —como la pederastia, la trata para la prostitución, la violación y el acoso sexual—, es enseñar a los niños varones a mirarse en el espejo, a desentrañar y admitir la génesis del machismo y la violencia; educarlos para que se rebelen contra la sumisión ante el machismo, cuya tierra prometida es el éxito material y un intangible reino que se gana a punta de mentiras, engaños y malos tratos. En este libro las respuestas de los hombres hablan por sí mismas.

Mientras me entrevistaba sobre un nuevo libro para jóvenes, una reportera que recientemente tuvo un bebé varón me preguntó cuándo escribiría un libro con perspectiva de género para y sobre hombres. Ella y su esposo, como cuantiosas personas preocupadas por entender nuevos modelos de educación y convivencia afectiva, buscan cómo educar a los hombres lejos del paradigma del machismo. Interpelaba con razón pues, como a varias colegas, a ella le ha perturbado documentar el brutal incremento de denuncias de violencia machista en México y el mundo. La saña con la que tantos hombres de diversas edades atacan a mujeres de distintas razas y generaciones ahora es visible, aunque en la Edad Media era mucho peor: no se nombraba y los dueños de la tinta para documentar el horror eran los hombres.

Nos preguntamos el porqué de tantas noticias sobre jóvenes que graban violaciones colectivas y las celebran en las redes, las venganzas ciberpornográficas y hasta los crecientes feminicidios como estrategia de venganza masculina a raíz de que las mujeres se liberan de hombres a quienes amaron alguna vez y que, eventualmente, se convirtieron en sus captores, carceleros, maltratadores, propietarios ilusos, dominadores que extorsionan con el dinero y el poder sobre su paternidad, o que condicionan la libertad de su familia arrebatándoles el techo y el alimento vital como castigo. O los jefes hostigadores, que piden favores sexuales a cambio de trabajo en todas las industrias e instituciones. Políticos, jueces y fiscales, líderes de la revolución y guerrilleros que se alían finalmente a los agresores para dejar a las mujeres y niñas en total indefensión, desgastadas primero y conscientes después del desgarrador entrampamiento de un sistema de justicia dominado por una ideología machista, misógina, adultocrática y, por si lo anterior no fuera suficiente, corrompida por sus propios gobernantes; esos políticos sagaces y cínicos que, a fin de evitar la rebelión y la toma del poder cívico de una vez por todas, han nutrido a conciencia la desigualdad para mantener a la sociedad y a sus pusilánimes medios de comunicación entretenidos con la narrativa del terror, estimulando la sumisión frente a lo que a ratos parece una inacabable desesperanza.

Nuevos paradigmas

Después de treinta años como periodista que escribe desde el contrapoder, he aprendido a buscar las verdades vitales que se hallan ocultas en las preguntas y respuestas de la contracultura, de las personas adultas y jóvenes que viven como valientes insubordinadas, reticentes a someterse al statu quo frente a lo que consideran injusto y antidemocrático en las relaciones sociales, así como en los sistemas que aplican las normas jurídicas. No soy una académica, sólo camino por las calles del mundo escuchando y corroborando historias. Por ello este libro no es un tratado de la masculinidad sino una revelación de la humanidad, de la individualidad detrás de una construcción cultural de las violencias que nos alejan de los afectos, de la paz, de la seguridad e integridad emocional y física.

Durante los últimos diez años se me han acercado infinidad de padres, madres, abuelos, expertos, para preguntar si en mis pesquisas por todo el mundo (desde Senegal hasta Afganistán, desde Colombia hasta Madrid, Estados Unidos, México y Noruega) he conseguido averiguar a qué se debe lo que consideran un notable incremento de violencia masculina, la cual, además, se entreteje con una gran ansiedad relacional que aleja cada vez más a hombres y mujeres. Esta crisis en la que el sexo libre, dicen, es más accesible y el amor parece inaccesible para millones; en que se intenta reinventar las relaciones de todo tipo entre hombres y mujeres, pero sin cuestionar el poder y las trampas que subyacen en la pertenencia al mundo de lo masculino.

Los paradigmas de la identidad de género —es decir, ser hombre o mujer— han cambiado radicalmente en el último siglo; en contraposición, la violencia estructural apenas se ha movido un ápice, de allí que no podamos comprender la paradoja de los avances. Hemos entrado en una época en que se habla de fluidez de género, poligénero, binarismo, transgénero; se busca no etiquetar, elegir sin prejuicios la bisexualidad, la diversidad o la heterosexualidad, las amistades con beneficios eróticos. Hablamos públicamente de crear nuevas formas de relaciones afectivas, románticas, eróticas, asexuadas, poliamorosas; el problema es que todas ellas se montan en la estructura de poder vertical patriarcal, que sigue siendo el alma que atormenta el discurso.

La angustia social radica en que la búsqueda de identidad masculina ha quedado al margen, incluso en el discurso lésbico-gay y sus vertientes variadas. Lejos de ser cuestionados, el poder y la masculinidad permanecen prácticamente intactos en esta revolución iniciada por las mujeres sufragistas y feministas desde hace siglos; ellas, a quienes debemos esta avanzada civilizatoria por la cultura de la paz, han sido el caballo de Troya para que mujeres y niñas logren encontrar —o al menos saber que existe— un lugar en el mundo en el cual puedan vivir sin miedo y sin practicar los sutiles juegos del machismo que ha prohijado el hembrismo como su perfecto complementario.

¿Cómo podemos seguir adelante con esta paradoja de los avances por la igualdad frente a los retrocesos o la parálisis de una masculinidad añeja, que ha quedado intocada por su eficaz anclaje al modelo de poder, liderazgo y violencia tradicional? Los hombres, en general, se sienten solos, agredidos y aislados en esta batalla. ¿Por qué? Los hombres de poder, quienes tienen el liderazgo sobre la economía, la política y la delincuencia organizada, se ríen de nuestras preguntas; sin embargo, jamás debemos olvidar que frente a ellos somos millones en busca de una cultura de paz. Cuando despertemos no seremos el monstruo, sino la oleada de agua pura, cristalina, que todo lo sanea y evidencia la podredumbre de ciertos pozos añejos, semiocultos, de los que a diario nos da miedo beber.

Hemos documentado la obviedad con que las instituciones político-culturales pretenden ocultar el machismo recalcitrante al ponerlo sobre la mesa vestido de fiesta, disfrazado de neomachismo inofensivo con sutilezas discursivas. Qué mejor manera de ocultar el machismo que normalizándolo y culpando a sus víctimas; qué mejor estrategia que descafeinarlo hasta quitarle en la forma —que no en el fondo— la fuerza didáctica que contiene al llamarlo “violencia de género”, así, sin el contexto filosófico que 99% de la población jamás leerá.

Qué táctica más efectiva la de educar grupos de poder dentro de una nueva generación de chicas que aprenden a ser machistas para acceder el poder, aunque éste sea menor que el de su jefe, siguiendo las reglas de la violencia excluyente. Los educadores del machismo, según expertos como Jackson Katz, son los hombres.

Como ejemplo sedante tenemos a las hijas de Zeus. Esas pocas mujeres jóvenes con poder real y concreto, las consentidas del padre poderoso, las que acceden a privilegios, son muy necesarias para reivindicar la existencia de su creador macho, el misógino, el feminicida, el empresario que viola a su secretaria, el patrón que abusa de su trabajadora doméstica, el líder político que procrea, de vez en cuando, a una lideresa para mostrarla como ejemplo normalizador de lo que es en realidad un excepcional acceso de las mujeres al poder económico y político concreto en el que puedan tomar decisiones propias sin miedo a ser expulsadas del paraíso masculino.

Las cifras de la violencia

Tenemos los números oficiales que gobiernos y organismos internacionales reconocen: cada 15 segundos, en el mundo, una mujer o niña es violada; una de cada tres mujeres vive violencia de su pareja romántica; 85% de los homicidios y feminicidios los cometen varones, no mujeres. El diagnóstico de la violencia contra mujeres y niñas está en nuestras manos; ahora van los varones.

Las mujeres y las niñas —más de 50% de la población mundial— se rehúsan, con razón de sobra, a ser vistas como víctimas perennes de la injusticia. También entrampadas entre la libertad concreta y el miedo intangible, temen ser consideradas víctimas propiciatorias de la desigualdad o mujercitas-princesas carentes de poder. Les asusta ser tachadas de débiles o feminazis (un término acuñado por lo más recalcitrante del machismo violento para referirse a las feministas que supuestamente pretenden aniquilar a los hombres como género, al cuestionar su ejercicio de poder abusivo y desigual).

Hay millones de mujeres heterosexuales que temen no encontrar un hombre al cual amar si expresan abiertamente lo que consideran injusto, si no entran en el juego de las formas sociales de la seducción macho-hembra.

Entre mujeres y hombres hay un encuentro y una batalla cultural, una búsqueda y un debate pendiente; lo que algunos consideran una afrenta, otros lo celebran como una exploración justa por la igualdad en lo público y lo privado. No se trata, pues, de sensibilizar a los hombres sobre la masculinidad violenta, sino de crear liderazgos masculinos que se opongan abiertamente a la violencia y la discriminación. Esa tarea, ciertamente, les corresponde a quienes educan, en particular a los hombres; no debemos seguir imponiendo la carga de esa nueva revolución cultural al trabajo de las mujeres, de las feministas y educadoras. Ya hemos hecho suficiente: existen miles de libros, proyectos, videos, TED Talks, manuales educativos y organizaciones dedicadas a ello.

Lo cierto es que mientras los hombres —así, en general, con toda su diversidad racial e ideológica— no expongan y admitan los orígenes de su masculinidad, así como los obligados patrones de comportamiento varonil para los cuales han sido entrenados, educados, forzados e incitados, la radicalización del debate sobre violencia de género (la masculina contra las mujeres, niñas, niños, y de los hombres contra otros hombres que no aceptan el modelo machista) aumentará en lugar de disminuir. Nuestras sociedades están urgidas de un diálogo sentipensante.

El profesor de medicina legal español Miguel Lorente Acosta asegura que los hombres constituyen una hermandad, una fratría; cuando un hombre hace las cosas de manera diferente de lo esperado por la mayoría, es tachado de mal hombre porque con la desviación en su camino de masculinidad tradicional cuestiona a todo un grupo: evidencia las trampas del poder.

Miguel, como experto en temas de igualdad y justicia, dice que no se nace hombre, que la masculinidad es una identidad por contraste; es decir, toda la educación se basa en lograr que los niños no sean como su madre, que no sean sensibles aunque sufran, que no lloren ni señalen las injusticias de las que son víctimas. Ser hombrecito es soportar la violencia, el abuso, la humillación; una tarea ciertamente muy difícil para cualquier niño. Por eso, a cambio, se les ofrecen referencias culturales para convertirse en héroes y eventualmente obtener privilegios: éxito económico superior al de las mujeres, un poder que sólo les da la pertenencia al género masculino y la posibilidad de resolver conflictos de acuerdo con los intereses masculinos, desacreditando todo lo sensible como las voces de niñas, niños y mujeres.

Si no se documenta a profundidad la experiencia de cómo narran los hombres esa conversión desde la niñez, no avanzará el debate sobre la violencia y la crisis mundial creada por los hombres de poder.

Sus voces son indispensables para ahondar en la exploración de una nueva forma de masculinidad que fomente relaciones sociales y políticas capaces de atajar esta violencia que nos separa como un dique culturalmente construido, devastador y muchas veces mortal.

La rebelión global

Las frases acuñadas en forma de hashtag —#MeToo y #Times Up!— por el movimiento norteamericano contra el hostigamiento sexual dieron forma a un llamado global de las mujeres de todas las edades contra ese fantasma que recorre las calles, las oficinas, los palacios legislativos y de justicia de todo el mundo. La opresión y sus tácticas, que son reveladas en este libro por los mismos hombres, constituyen el tema central que nos ocupa. Ellos también han sido víctimas del poder masculino arrasador y cada día de su vida deciden si reproducen —o no— el papel social que la cultura patriarcal les ha asignado.

Lo que comenzó como una rebelión contra verdaderos delitos sexuales en Hollywood —a raíz de la cual varios hombres con poder real sobre sus víctimas admitieron haber abusado sexualmente de mujeres connotadas— se convirtió ya en una discusión fraccionada en compartimentos que van construyendo muros ideológicos para anular el debate. Un grupo de francesas dijo que la sociedad estadounidense es sexualmente conservadora, lo cual es falso. En Estados Unidos existe una doble moral que resulta avasallante; basta decir que es uno de los países más violentos del planeta en escuelas y hogares, y que a la vez se autodenomina la policía del mundo. La llegada al poder de Donald Trump —hombre que ejemplifica y celebra el sexismo y la misoginia, entre otras de sus características más notables— demuestra que buena parte de la ciudadanía en ese país sigue siendo profundamente racista, sexista, xenófoba e inculta. Al mismo tiempo, los referentes religiosos que aparentemente unen a los estadounidenses —por ejemplo, contra actos terroristas o masacres escolares— han normalizado y bañado de glamur la violencia, la guerra y el machismo con un alcance inusitado en virtud de la masificación mundial de los contenidos cinematográficos y televisivos norteamericanos. Estados Unidos fue el país que más dinero produjo durante las décadas de gloria de la pornografía; ahora es líder mundial del porno juvenil, que es considerado un crimen y a la vez un gran negocio. Son los amos de la guerra y quienes califican a los países por sus bajos índices de paz o sus altos índices de corrupción.

Por tanto, los señalamientos del grupo de mujeres francesas encabezado por Catherine Deneuve no descalifican las voces que han revelado los delitos sexuales y abusos de poder, pero terminan justificando el hostigamiento; además, hacen un análisis muy pobre, sesgado, con el que terminan ayudando a quienes pretenden desactivar el movimiento acusándolo de exagerado. Otra vez se pone el énfasis en las mujeres y no en los patrones culturales que fortalecen y protegen a los hombres que ejercen violencia.

Aunque es importante la discusión sobre cómo se ha utilizado la moral religiosa para crear mayor confusión respecto a la autonomía sexual de las mujeres, la seducción y el placer, también lo es que no debemos confundirnos. Históricamente los líderes religiosos de todo el mundo han aprovechado momentos como éste, de exigencia femenina por la igualdad, para regresar a las damas a casa, a cerrar las piernas para no provocar a los hombres. Para lograrlo siempre han tomado a un puñado de “malos hombres”, “facinerosos y depravados”, como ejemplo para disuadir a las mujeres de pelear por su derecho a una sexualidad libre y plena. Como contraparte siempre ha salido un puñado de liberales, bellas, espectaculares, a defender esa libertad atajada por la cultura. La dupla perfecta: los maltratadores y las privilegiadas de la sumisión. Este comentario, aclaro a mis lectoras y lectores, lo anoto como una privilegiada de la insumisión. Soy autora autodidacta, defensora de los derechos humanos, y ante todo soy una mujer multirracial que ha sido libre durante 54 años, con una vida sexual elegida y una vida emocional plena a veces y otras, lastimada, pero nunca sumisa. Escribo desde el lugar que he construido gracias a mi educación y a grandes esfuerzos por rebelarme contra el patriarcado; un lugar de paz que no da tregua ni admite la violencia, que no manipula ni se somete a los juegos del poder. Escribo también desde el ostracismo de mi gremio. Todo ello tiene una carga cultural y al mismo tiempo es lo que me permitió sentarme frente al policía que me torturó hace once años y decirle que lo perdonaba si confesaba quiénes eran sus amos. No lo sabía. Como la mayoría de los hombres violentos, no se había mirado al espejo y temía al poder que lo prohijó cobarde y violento al mismo tiempo.

Es cierto que el puritanismo en ciertos sectores de Estados Unidos es absolutamente real, como real es que, dentro de esas profundas contradicciones culturales y políticas de gran hipocresía, los violadores y asesinos han aprendido a admitir frente a las cortes que son culpables; cosa que no sucede en la mayoría de nuestros países latinos, donde la impunidad alcanza niveles hasta cien veces más elevados que la impartición de justicia.

En Francia como en México, por ejemplo, para un fiscal es muy difícil lograr que un violador admita su delito; esto se debe a la cultura que, en aras de ondear la bandera de la sensualidad y la libertad sexual como símbolo patrio, ha creado un doble discurso que justifica el machismo soterrado y el hembrismo que avala la violencia sexual como divertimento cinematográfico. Vaya ironía.

A principios de 2018 hemos atestiguado cómo algunos personajes públicos estadounidenses señalados por delitos sexuales han pedido perdón públicamente sin siquiera haber pisado una fiscalía o haber recibido el beneficio del Estado de derecho. La presión mediática los ha forzado a hacer actos de contrición que a varios líderes del rating les costó ya el trabajo en la televisión. Quien diga que son víctimas de las acusaciones no comprende la cultura estadounidense ni las formas en que su valiente feminismo ha permeado en sus leyes e instituciones a través de las grietas; sí, ha permeado y llegó para quedarse. Es un error creer que hablamos de political correctness (lo políticamente correcto); esas mujeres señalaron a los hombres con los pantalones en las rodillas y ellos se encontraron forzados a descargar una culpa largamente contenida, hallaron un espejo, sintieron vergüenza de sus acciones; era hora de que eso sucediera.

Esa compleja contradicción confunde a muchos; de ahí que sea vital sacar de Hollywood la discusión sobre los delitos sexuales y la desigualdad, para llevarla a las calles y hogares del mundo donde todos los días se libran batallas por la vida de mujeres y niñas, desde Chile hasta México, desde España hasta Rusia. Allí donde no se debate con suficiente brío y fuerza pública acerca de cómo la violencia masculina afecta a los niñ ...