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EN BUSCA DE KLINGSOR (TRILOGíA DEL SIGLO XX 1)

Jorge Volpi  

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Fragmento



Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Cita

Prefacio

Libro Primero

Leyes del movimiento narrativo

Ley I. Toda narración ha sido escrita por un narrador

Ley II. Todo narrador ofrece una verdad única

Ley III. Todo narrador tiene un motivo para narrar

Ley I. Toda narración ha sido escrita por un narrador

Ley II. Todo narrador ofrece una verdad única

Ley III. Todo narrador tiene un motivo para narrar

Crímenes de guerra

Hipótesis: De la física cuántica al espionaje

Breve disquisición autobiográfca: De la teoría de conjuntos al totalitarismo

El círculo del uranio

Universos paralelos

La demanda del Santo Grial

Libro segundo

Leyes del movimiento criminal

Ley I. Todo crimen ha sido cometido por un criminal

Ley II. Todo crimen es un retrato del criminal

Ley III. Todo criminal tiene un motivo

Ley I. Todo crimen ha sido cometido por un criminal

Ley II. Todo crimen es un retrato del criminal

Ley III. Todo criminal tiene un motivo

Max Planck, o de la fe

Las causas del desaliento

Johannes Stark, o de la infamia

El juego de la guerra

Werner Heisenberg, o de la tristeza

Los peligros de la observación

Erwin Schrödinger, o del deseo

La atracción de los cuerpos

La paradoja del mentiroso

Las dimensiones del afecto

Niels Bohr, o de la voluntad

Reacción en cadena

El principio de incertidumbre

Las variables ocultas

La maldición de Kundry

Libro tercero

Leyes del movimiento traidor

Ley I. Todos los hombres son débiles

Ley II. Todos los hombres son mentirosos

Ley III. Todos los hombres son traidores

Ley I. Todos los hombres son débiles

Ley II. Todos los hombres son mentirosos

Ley III. Todos los hombres son traidores

Diálogo I: Sobre los olvidos de la historia

La conspiración

Diálogo II: Sobre las reglas del azar

La bomba

Diálogo III: Sobre los secretos del destino

El conocimiento oculto

Diálogo IV: Sobre la muerte de la verdad

La traición

Diálogo V: Sobre los privilegios de la locura

La venganza de Klingsor

Nota final

Créditos

Grupo santillana

Para Adrián, Eloy, Gerardo,
Nacho y Pedro Ángel,
los otros conspiradores

La ciencia es un juego, pero un juego con la realidad, un juego con los cuchillos afilados… Si alguien corta con cuidado una imagen en mil trozos, puedes resolver el rompecabezas si vuelves a colocar las piezas en su sitio. En un juego científico, tu rival es el Buen Señor. No sólo ha dispuesto el juego, sino también las reglas, aunque éstas no sean del todo conocidas. Ha dejado la mitad para que tú las descubras o las determines. Un experimento es la espada templada que puedes empuñar con éxito contra los espíritus de la oscuridad pero que también puede derrotarte vergonzosamente. La incertidumbre radica en cuántas reglas ha creado el propio Dios de forma permanente y cuántas parecen provocadas por tu inercia mental; la solución sólo se vuelve posible mediante la superación de este límite. Tal vez esto sea lo más apasionante del juego. Porque, en tal caso, luchas contra la frontera imaginaria entre Dios y tú, una frontera que quizás no exista.

ERWIN SCHRÖDINGER

Prefacio

—¡Basta de luz!

Sus palabras, ácidas y envejecidas, provocan que el mundo regrese, por un instante, a la fría edad de las tinieblas. El espacio que lo rodea es como una gota de tinta china en el cual la penumbra queda acentuada por el silencio: durante unos segundos, nadie le aplaude, nadie lo engaña, nadie lo injuria. Obedientes, incluso los relojes han enmudecido. La muerte, está seguro, no ha de ser muy distinta. Sólo cuando el eco de su propia voz se dispersa, se da cuenta de que habita un cosmos que ya no le pertenece.

—Empecemos de nuevo —ordena—. ¡Quiero verla otra vez!

El operador pone manos a la obra: rebobina, tuerce, recompone. Luego gira una manivela y el arduo mecanismo se pone en marcha. Atento, el Führer percibe los murmullos que desgrana el aparato. Es el fin de la oscuridad y de su ira. Un potente rayo atraviesa el salón y se clava en la pantalla como una bala en el pecho de un enemigo. Ahora le es posible columbrar los rellanos de la escalera, los pliegues de las cortinas, las siluetas de las butacas. Y la sala de proyecciones se convierte, como cada noche, en línea de fuego.

Los cuantos de luz se dispersan sin orden ni concierto por toda la habitación; se instalan en los muros y en las alfombras, se adhieren a sus belfos y a sus orejas, le revuelven los mechones de cabello y se apoltronan, por fin, en los rincones, convirtiendo la estancia en un remedo del mundo. Al frente, el resplandor y las sombras celebran su sangrienta ceremonia, repiten rostros y agonías, le conceden una existencia vicaria a esos cuerpos que hace mucho ya no existen. Con el entusiasmo de un niño que escucha de nuevo su historia favorita, Hitler saborea por enésima vez el espectáculo.

La sucesión de causas y efectos inicia su ciclo ritual, celebrado una y otra vez según el estado de ánimo que le provocan las noticias que llegan del frente: a un golpe le sigue un lamento; a una herida, un chorro de sangre; al reposo, la muerte… Para él, esta cotidiana inmersión nocturna —este regreso al castigo que han sufrido sus adversarios— es más una terapia que una diversión morbosa. En ocasiones cree que no volverá a conciliar el sueño si no toma antes unas gotas de esta droga visual e inofensiva. Ha aprendido de memoria cada cuadro, cada escena, cada secuencia y aguarda su repetición con el mismo entusiasmo con el cual un aficionado espera el primer beso de sus actores favoritos.

—¡Bravo! —grita con sus labios monstruosos en primer plano.

Así celebra la producción que él mismo ha dirigido y censurado; la misma película que ve a diario, a la misma hora, sin otra compañía que la de ese pálido Gruppenführer-SS que ha recibido el honroso encargo de convertirse en operador cinematográfico del búnker. En esta obra de arte, en la cual se conjuntan la justicia y la historia, encuentra una forma extrema de belleza —un paisaje mucho más hermoso que aquellos que pintó a la acuarela en su adolescencia—, manufacturada gracias a la pérfida actuación de sus detractores y a la impecable fidelidad de sus verdugos.

—¡Bravo! —aúlla de nuevo, como si una cámara fuese a inmortalizar sus encías y sus dientes cariados—. ¡Bravo! —gime una vez más, en un pobre remedo del orgasmo, el único orgasmo que conoce, mientras las últimas escenas se precipitan sobre sus pupilas, mostrándole los restos desgajados, apenas humanos, que han quedado como vestigios de la tortura.

Al final, el proyeccionista vuelve a iluminar la sala. Espera que la sesión haya aliviado la intensa melancolía del Führer. Éste permanece callado, de cara a la pantalla vacía, indiferente a las bombas que cada minuto destruyen decenas de edificios en la parte alta de Berlín. Sólo en estos segundos privilegiados puede olvidar la derrota.

—¡Otra vez!

La gloria ha pasado: hace meses que no sale a las calles para recibir los vítores de su Volk, y apenas recuerda la airosa mañana en que sus botas mancillaron los jardines de la capital francesa. Ahora, en cambio, debe conformarse con ser un alma incógnita —idéntica a la de los miles que, por su culpa, mueren a lo largo de Europa—, obsesionada con la irrealidad del cine, el único ámbito en el cual su poder se mantiene intacto. Las luces se apagan de nuevo y el Gruppenführer-SS, usando sus habilidades de artillero, dispara sobre su objetivo. Sin duda, da en el blanco mientras el Führer se arrellana en el asiento.

El 20 de julio de 1944, un selecto grupo de oficiales de la Wehrmacht, el ejército del Reich, auxiliados por decenas de civiles, atentaron contra la vida de Hitler mientras éste se encontraba en una reunión de trabajo en su cuartel de Rastenburg, a unos seiscientos kilómetros de Berlín. Un joven coronel, mutilado en una acción militar en el norte de África, el conde Claus Schenk von Stauffenberg, introdujo un par de bombas en un maletín que fue colocado bajo la mesa de trabajo del Führer y esperó a que el artefacto hiciese explosión para dar inicio a un golpe de Estado que habría de terminar con el gobierno nazi y, posiblemente, con la guerra.

Un mínimo error de cálculo —una nimiedad: una de las bombas no pudo ser activada o acaso el maletín quedó demasiado lejos del lugar donde se sentaba Hitler— hizo que el plan se viniese abajo. El Führer no recibió más que unos rasguños y ninguno de los altos jerarcas del Partido o del ejército resultó herido de gravedad. A pesar de los intentos de los conspiradores de continuar con el plan pese a que su primer objetivo había fallado, durante las primeras horas del día siguiente la situación estaba, de nuevo, bajo control de los nazis. Los principales dirigentes de la revuelta —Ludwig Beck, Friedrich Olbricht, Werner von Haeften, Albrecht Ritter Mertz von Quirnheim y el propio Stauffenberg— murieron esa misma noche en el cuartel general del ejército, en la Bendlerstrasse de Berlín, y una precipitada serie de capturas dio comienzo bajo las órdenes del Reichsführer-SS, y nuevo ministro del Interior, Heinrich Himmler.

Para sorpresa de propios y extraños, la conjura involucraba a generales y coroneles, empresarios y diplomáticos, miembros de los cuerpos de inteligencia del ejército y de la marina, profesionales y comerciantes. De acuerdo con su teoría sobre la maldad intrínseca de la sangre, Himmler ordenó que no sólo fuesen capturados quienes participaron de modo directo en la conjura, sino también sus familias. Hacia fines de agosto de

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