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EN BUSCA DE KLINGSOR (TRILOGíA DEL SIGLO XX 1)

Jorge Volpi  

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Fragmento



Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Cita

Prefacio

Libro Primero

Leyes del movimiento narrativo

Ley I. Toda narración ha sido escrita por un narrador

Ley II. Todo narrador ofrece una verdad única

Ley III. Todo narrador tiene un motivo para narrar

Ley I. Toda narración ha sido escrita por un narrador

Ley II. Todo narrador ofrece una verdad única

Ley III. Todo narrador tiene un motivo para narrar

Crímenes de guerra

Hipótesis: De la física cuántica al espionaje

Breve disquisición autobiográfca: De la teoría de conjuntos al totalitarismo

El círculo del uranio

Universos paralelos

Recibe antes que nadie historias como ésta

La demanda del Santo Grial

Libro segundo

Leyes del movimiento criminal

Ley I. Todo crimen ha sido cometido por un criminal

Ley II. Todo crimen es un retrato del criminal

Ley III. Todo criminal tiene un motivo

Ley I. Todo crimen ha sido cometido por un criminal

Ley II. Todo crimen es un retrato del criminal

Ley III. Todo criminal tiene un motivo

Max Planck, o de la fe

Las causas del desaliento

Johannes Stark, o de la infamia

El juego de la guerra

Werner Heisenberg, o de la tristeza

Los peligros de la observación

Erwin Schrödinger, o del deseo

La atracción de los cuerpos

La paradoja del mentiroso

Las dimensiones del afecto

Niels Bohr, o de la voluntad

Reacción en cadena

El principio de incertidumbre

Las variables ocultas

La maldición de Kundry

Libro tercero

Leyes del movimiento traidor

Ley I. Todos los hombres son débiles

Ley II. Todos los hombres son mentirosos

Ley III. Todos los hombres son traidores

Ley I. Todos los hombres son débiles

Ley II. Todos los hombres son mentirosos

Ley III. Todos los hombres son traidores

Diálogo I: Sobre los olvidos de la historia

La conspiración

Diálogo II: Sobre las reglas del azar

La bomba

Diálogo III: Sobre los secretos del destino

El conocimiento oculto

Diálogo IV: Sobre la muerte de la verdad

La traición

Diálogo V: Sobre los privilegios de la locura

La venganza de Klingsor

Nota final

Créditos

Grupo santillana

Para Adrián, Eloy, Gerardo,
Nacho y Pedro Ángel,
los otros conspiradores

La ciencia es un juego, pero un juego con la realidad, un juego con los cuchillos afilados… Si alguien corta con cuidado una imagen en mil trozos, puedes resolver el rompecabezas si vuelves a colocar las piezas en su sitio. En un juego científico, tu rival es el Buen Señor. No sólo ha dispuesto el juego, sino también las reglas, aunque éstas no sean del todo conocidas. Ha dejado la mitad para que tú las descubras o las determines. Un experimento es la espada templada que puedes empuñar con éxito contra los espíritus de la oscuridad pero que también puede derrotarte vergonzosamente. La incertidumbre radica en cuántas reglas ha creado el propio Dios de forma permanente y cuántas parecen provocadas por tu inercia mental; la solución sólo se vuelve posible mediante la superación de este límite. Tal vez esto sea lo más apasionante del juego. Porque, en tal caso, luchas contra la frontera imaginaria entre Dios y tú, una frontera que quizás no exista.

ERWIN SCHRÖDINGER

Prefacio

—¡Basta de luz!

Sus palabras, ácidas y envejecidas, provocan que el mundo regrese, por un instante, a la fría edad de las tinieblas. El espacio que lo rodea es como una gota de tinta china en el cual la penumbra queda acentuada por el silencio: durante unos segundos, nadie le aplaude, nadie lo engaña, nadie lo injuria. Obedientes, incluso los relojes han enmudecido. La muerte, está seguro, no ha de ser muy distinta. Sólo cuando el eco de su propia voz se dispersa, se da cuenta de que habita un cosmos que ya no le pertenece.

—Empecemos de nuevo —ordena—. ¡Quiero verla otra vez!

El operador pone manos a la obra: rebobina, tuerce, recompone. Luego gira una manivela y el arduo mecanismo se pone en marcha. Atento, el Führer percibe los murmullos que desgrana el aparato. Es el fin de la oscuridad y de su ira. Un potente rayo atraviesa el salón y se clava en la pantalla como una bala en el pecho de un enemigo. Ahora le es posible columbrar los rellanos de la escalera, los pliegues de las cortinas, las siluetas de las butacas. Y la sala de proyecciones se convierte, como cada noche, en línea de fuego.

Los cuantos de luz se dispersan sin orden ni concierto por toda la habitación; se instalan en los muros y en las alfombras, se adhieren a sus belfos y a sus orejas, le revuelven los mechones de cabello y se apoltronan, por fin, en los rincones, convirtiendo la estancia en un remedo del mundo. Al frente, el resplandor y las sombras celebran su sangrienta ceremonia, repiten rostros y agonías, le conceden una existencia vicaria a esos cuerpos que hace mucho ya no existen. Con el entusiasmo de un niño que escucha de nuevo su historia favorita, Hitler saborea por enésima vez el espectáculo.

La sucesión de causas y efectos inicia su ciclo ritual, celebrado una y otra vez según el estado de ánimo que le provocan las noticias que llegan del frente: a un golpe le sigue un lamento; a una herida, un chorro de sangre; al reposo, la muerte… Para él, esta cotidiana inmersión nocturna —este regreso al castigo que han sufrido sus adversarios— es más una terapia que una diversión morbosa. En ocasiones cree que no volverá a conciliar el sueño si no toma antes unas gotas de esta droga visual e inofensiva. Ha aprendido de memoria cada cuadro, cada escena, cada secuencia y aguarda su repetición con el mismo entusiasmo con el cual un aficionado espera el primer beso de sus actores favoritos.

—¡Bravo! —grita con sus labios monstruosos en primer plano.

Así celebra la producción que él mismo ha dirigido y censurado; la misma película que ve a diario, a la misma hora, sin otra compañía que la de ese pálido Gruppenführer-SS que ha recibido el honroso encargo de convertirse en operador cinematográfico del búnker. En esta obra de arte, en la cual se conjuntan la justicia y la historia, encuentra una forma extrema de belleza —un paisaje mucho más hermoso que aquellos que pintó a la acuarela en su adolescencia—, manufacturada gracias a la pérfida actuación de sus detractores y a la impecable fidelidad de sus verdugos.

—¡Bravo! —aúlla de nuevo, como si una cámara fuese a inmortalizar sus encías y sus dientes cariados—. ¡Bravo! —gime una vez más, en un pobre remedo del orgasmo, el único orgasmo que conoce, mientras las últimas escenas se precipitan sobre sus pupilas, mostrándole los restos desgajados, apenas humanos, que han quedado como vestigios de la tortura.

Al final, el proyeccionista vuelve a iluminar la sala. Espera que la sesión haya aliviado la intensa melancolía del Führer. Éste permanece callado, de cara a la pantalla vacía, indiferente a las bombas que cada minuto destruyen decenas de edificios en la parte alta de Berlín. Sólo en estos segundos privilegiados puede olvidar la derrota.

—¡Otra vez!

La gloria ha pasado: hace meses que no sale a las calles para recibir los vítores de su Volk, y apenas recuerda la airosa mañana en que sus botas mancillaron los jardines de la capital francesa. Ahora, en cambio, debe conformarse con ser un alma incógnita —idéntica a la de los miles que, por su culpa, mueren a lo largo de Europa—, obsesionada con la irrealidad del cine, el único ámbito en el cual su poder se mantiene intacto. Las luces se apagan de nuevo y el Gruppenführer-SS, usando sus habilidades de artillero, dispara sobre su objetivo. Sin duda, da en el blanco mientras el Führer se arrellana en el asiento.

El 20 de julio de 1944, un selecto grupo de oficiales de la Wehrmacht, el ejército del Reich, auxiliados por decenas de civiles, atentaron contra la vida de Hitler mientras éste se encontraba en una reunión de trabajo en su cuartel de Rastenburg, a unos seiscientos kilómetros de Berlín. Un joven coronel, mutilado en una acción militar en el norte de África, el conde Claus Schenk von Stauffenberg, introdujo un par de bombas en un maletín que fue colocado bajo la mesa de trabajo del Führer y esperó a que el artefacto hiciese explosión para dar inicio a un golpe de Estado que habría de terminar con el gobierno nazi y, posiblemente, con la guerra.

Un mínimo error de cálculo —una nimiedad: una de las bombas no pudo ser activada o acaso el maletín quedó demasiado lejos del lugar donde se sentaba Hitler— hizo que el plan se viniese abajo. El Führer no recibió más que unos rasguños y ninguno de los altos jerarcas del Partido o del ejército resultó herido de gravedad. A pesar de los intentos de los conspiradores de continuar con el plan pese a que su primer objetivo había fallado, durante las primeras horas del día siguiente la situación estaba, de nuevo, bajo control de los nazis. Los principales dirigentes de la revuelta —Ludwig Beck, Friedrich Olbricht, Werner von Haeften, Albrecht Ritter Mertz von Quirnheim y el propio Stauffenberg— murieron esa misma noche en el cuartel general del ejército, en la Bendlerstrasse de Berlín, y una precipitada serie de capturas dio comienzo bajo las órdenes del Reichsführer-SS, y nuevo ministro del Interior, Heinrich Himmler.

Para sorpresa de propios y extraños, la conjura involucraba a generales y coroneles, empresarios y diplomáticos, miembros de los cuerpos de inteligencia del ejército y de la marina, profesionales y comerciantes. De acuerdo con su teoría sobre la maldad intrínseca de la sangre, Himmler ordenó que no sólo fuesen capturados quienes participaron de modo directo en la conjura, sino también sus familias. Hacia fines de agosto de 1944, unas seiscientas personas habían sido arrestadas por apoyar a los conspiradores o por el solo hecho de estar relacionadas con ellos.

Furioso, Hitler decidió emprender una represalia ejemplar contra quienes se habían puesto en su contra justo en los peores momentos de la guerra. No habían pasado más que unas semanas desde el inicio del desembarco aliado en Normandía, y ya había quienes estaban dispuestos a segar su vida y, con ella, a comprometer el destino del Reich. Su idea era montar un gran juicio, a semejanza de los que había organizado su enemigo Stalin en Moscú en 1937, para que todo el mundo se diese cuenta de la vileza de los acusados. Hitler hizo traer a su cuartel, en la Guarida del Lobo, a Roland Freisler, el presidente de la Corte Popular del Reich, e incluso al verdugo que se encargaría de ejecutar las penas, y les advirtió: “¡Quiero que todos sean colgados y destazados como piezas de carnicería!”.

Los procesos se iniciaron el 7 de agosto en la gran sala de la Corte Popular, en Berlín. Ocho acusados fueron presentados en aquella ocasión: Erwin von Witzleben, Erich Hoepner, Helmuth Stieff, Paul von Hase, Robert Bernardis, Friedrich Karl Klausing, Paul Yorck von Wartenburg y Albrecht von Hagen. Se les prohibió usar corbata y tirantes e incluso sus propios abogados defensores pedían que se les declarase culpables. Enmarcado por las dos enormes banderas nazis que pendían a sus costados, Freisler acalló una y otra vez sus protestas. Nadie debía escuchar sus voces. Su maldad era suficientemente clara: sin reservas, Freisler condenó a muerte a los ocho acusados. Luego se dirigió a ellos:

—Ahora podemos regresar a la vida y a la batalla. El Volk se ha purgado a sí mismo de ustedes y ha vuelto a ser puro. Nosotros no tenemos nada en común con ustedes. Nosotros luchamos. La Wehrmacht grita: Heil, Hitler! Nosotros gritamos: Heil, Hitler! ¡Nosotros peleamos juntos con nuestro Führer, siguiéndole, por la gloria de Alemania!

El 8 de agosto, los reos fueron conducidos a los sótanos de la cárcel de Plötzensee. Hitler prohibió que recibiesen consuelo espiritual: no sólo quería condenar sus cuerpos, sino también sus almas. Apenas se les dio tiempo para mudar su ropa por los uniformes de la prisión y se les entregó viejos zapatos de madera. Así vestidos, uno a uno debieron atravesar los corredores de la cárcel hasta entrar en la cámara de ejecución que se encontraba detrás de una larga cortina negra.

Desde el inicio, un camarógrafo se encargó de seguir a los ocho acusados. Filmó sus cuerpos desnudos, mientras se cambiaban de ropas; filmó sus gestos de miedo, dignidad o espanto; filmó sus miradas altivas o dolorosas; filmó las cicatrices de la tortura que habían soportado durante las dos semanas anteriores; filmó sus tropiezos a lo largo del pasillo; y también filmó su ingreso, a través del pesado velo negro que los separaba de la muerte, hacia el patíbulo. Cada uno de sus movimientos fue registrado, con precisión milimétrica, por orden expresa del Führer, quien desde luego no iba a concederles el privilegio de asistir a sus ejecuciones, pero que sí quería mirarlas en privado una vez que éstas se hubiesen producido.

El escenario está listo. En cuanto aparece el primero de los protagonistas —un hombre desgarbado y pálido, con el cabello revuelto y sus asquerosos choclos manchados por el estiércol del pasillo— se encienden dos potentes reflectores. De pronto, el ambiente parece volverse puro o al menos de un tono que sugiere limpidez. Sus ojos brillan por un segundo, cegados por la luz que ha de convertirlos en ceniza. En su rostro se refleja la vergüenza de quien sabe que va a ser contemplado por la historia. A su alrededor, una pequeña corte lo acompaña en sus últimos momentos: el fiscal general, el alcaide de Plötzensee, algunos oficiales y, además del camarógrafo, media docena de periodistas.

Tras recibir la indicación del alcaide, el verdugo se acerca al sentenciado. Es posible ver a este hombre severo y gélido en un plano americano mientras tensa la soga —hecha con resistentes cuerdas de piano— con la cual se dispone a ahogar a su víctima. Uno quisiera que el dramatismo llevase al metteur en scène a proponer un acercamiento a las manos del verdugo, callosas y serenas, o a las gotas de sudor que caen por las comisuras de la boca del condenado, pero en este caso no hay una Leni Riefenstahl capaz de semejante destello de genialidad. Hay que conformarse con las tomas abiertas, con la pulcritud anodina de los volúmenes, con la sobria parquedad de las tomas. El verdugo desata las manos del prisionero, lo obliga a subir a una pequeña plataforma y a continuación procede a correr el lazo de seda alrededor de su cuello. Por un instante, el reo parece convertido en una estatua de la derrota. La pieza teatral —perdón, la obra cinematográfica— está en su momento de mayor dramatismo. Un segundo de silencio, congelado en el tiempo, concentra la tensión. Nadie se mueve, nadie se agita, en espera de la nueva señal del alcaide.

Un ademán apenas perceptible da la indicación para que el cuerpo del acusado comience a deslizarse, suavemente, como si se tratase de un paso de ballet, hacia el vacío. La cámara capta con cuidado cada uno de los pasos de la agonía, que llega a durar varios minutos: primero la sensación de horror clavada en sus pupilas, luego los hematomas pardos que aparecen alrededor del lazo, a continuación los resoplidos y los espumarajos de saliva y sangre que salen por la boca y la nariz del actor y, por último los violentos espasmos que —¡vaya interpretación!— hacen pensar en un enorme esturión atrapado por un pescador experto. La víctima se mece, inolvidable, como el badajo de una campana tocando las paredes de aire que lo cobijan.

Para sorpresa y regocijo del público, aún falta un coup de théâtre magistral: el poderoso no sólo debe vencer a sus enemigos, sino ridiculizarlos, hacer saber a la gente que nadie tiene la estatura moral para enfrentársele. La seña de la mano del alcaide vuelve a poner en marcha la expectación. El verdugo, sonriente, se acerca al cadáver y de un tirón le arrebata los pantalones. Con un regusto pornográfico, la cámara devora el sexo fláccido y diminuto de la víctima, mostrando con esta metáfora la debilidad extrema de aquellos que se oponen a los designios del Führer.

Las dos piernas desnudas, largas y sinuosas, completamente blancas, y el tímido mechón oscuro en el pubis desatan los aplausos rabiosos de Hitler, quien festeja por enésima vez esta ocurrencia digna del mejor cine expresionista. Se trata, sin embargo, sólo del final del primer episodio. Los verdugos y los oficiales de la prisión merecen un breve descanso que la cámara no se olvida de registrar, en el cual se dirigen a una mesita y llenan sus vasos con coñac para brindar por el triunfo de la muerte. Mientras tanto, el cadáver es descolgado y llevado a un lugar seguro, donde será incinerado. Sus cenizas flotarán en el viento. ¡Por fortuna, aún faltan siete ejecuciones! El Führer consulta su reloj, y festeja.

Cuando el 5 de septiembre vinieron por mí, yo estaba en mi casa de la Ludwigstrasse preparando unos cálculos que me había encargado Heisenberg hacía varias semanas. Desde que la radio transmitió la voz de Hitler el 20 de julio, anunciando que el golpe había fracasado y que, gracias a la Providencia, el Führer seguía con vida, yo sabía que no me quedaba mucho tiempo. Había seguido con creciente angustia las noticias subsecuentes: el fusilamiento de Stauffenberg y sus amigos cercanos, la preparación de los juicios por la Corte Popular y la serie de arrestos masivos que vino a continuación.

Aunque sospechaba que de un momento a otro sería mi turno, había tratado de conservar la calma. Sólo al enterarme de la detención de Heini, de Heinrich von Lütz, mi amigo desde la infancia, cobré clara conciencia de que mis horas estaban contadas. ¿Pero qué podía hacer? ¿Huir de Alemania? ¿Esconderme? ¿Escapar? Estábamos en los peores meses de la guerra: era imposible. No me quedaba sino esperar, tranquilamente, a que, en el mejor de los casos, un miembro de las SS o de la Gestapo irrumpiese en mi casa. Como intuía, los esbirros no tardaron muchos días en llegar; me esposaron y de inmediato fui conducido a Plötzensee.

Decenas de sentencias de muerte habían sido dictadas por Freisler cuando el 3 de febrero de 1945 tuve que presentarme en la Corte Popular en Bellevuestrasse. Ese día íbamos a ser juzgados cinco prisioneros. El primero en comparecer ante el juez era Fabien von Schlabrendorff, abogado y teniente de reserva que había fungido como enlace entre los diversos líderes de la resistencia antinazi. Había sido capturado poco después del 20 de julio y, desde entonces, mantenido en los campos de concentración de Dachau y Flössenburg. Como de costumbre, Freisler lo interrumpía para burlarse de los acusados, nos llamaba cerdos y traidores y vociferaba que Alemania sólo podría salir victoriosa —¡victoriosa en 1945!— si era capaz de eliminar a escoria como nosotros.

Entonces ocurrió algo que, de no haber estado yo presente para verlo, hubiese considerado una mentira o un milagro. La alarma antiaérea comenzó a sonar con fuerza. Una luz roja se encendió en la sala. De pronto, el silencio se convirtió en un rugido y, más tarde, en una interminable serie de explosiones que hacían vibrar el edificio de la Corte. En aquellos meses, los bombardeos se habían transformado en parte de la vida cotidiana de Berlín, de modo que tratamos de conservar la calma, esperando que todo concluyera. No podíamos imaginar que no se trataba de un ataque aéreo como otros, sino del bombardeo más intenso lanzado por los Aliados desde el inicio de la guerra. Antes de que nos diésemos cuenta, una potente descarga cayó sobre el techo de la Corte Popular. Una cortina de humo y polvo se abatió sobre la sala, como si hubiese comenzado a nevar en su interior. El yeso caía de los muros como talco, pero los estropicios no parecían mayores. No quedaba sino esperar a que se reanudase la sesión o a que el juez decidiese suspenderla hasta el día siguiente. Entonces levantamos la vista: un pesado trozo de piedra había caído sobre el estrado y, al lado de él, reposaba el cráneo del juez Roland Freisler, partido en dos, con un río de sangre cubriéndole el rostro y manchando la sentencia de muerte contra Schlabrendorff. Aparte de él, nadie resultó herido.

Los guardianes de la sala corrieron a la calle a buscar a un médico y regresaron a los pocos minutos con un hombrecillo de chaqué que se había refugiado de las bombas a las puertas de la Corte. En cuanto se acercó al cadáver, el médico dijo que nada podía hacerse: Freisler había muerto instantáneamente. Los acusados nos quedamos en nuestros lugares, atónitos, mientras los guardias de seguridad nos vigilaban con odio, sin saber qué hacer. Entonces se escuchó la recia voz del médico: “Me niego. No voy a hacerlo. Lo siento. Pueden arrestarme, pero no voy a firmar el acta de defunción… Llamen a otro”. Luego supimos que el nombre del doctor era Rolf Shleicher, y que su hermano Rüdiger, quien trabajaba en el Instituto de Legislación Aérea, había sido condenado a muerte por el juez unas semanas atrás.

Tras la muerte de Freisler, el juicio se aplazó una y otra vez. Los bombardeos aliados devastaban la ciudad. A partir de marzo de 1945, fui trasladado de una prisión a otra, hasta que finalmente una unidad norteamericana nos devolvió la libertad poco después de la capitulación. A diferencia de la mayor parte de mis compañeros y de mis amigos, yo había sobrevivido.

La tarde del 20 de julio de 1944, un golpe de suerte salvó a Hitler. Si la segunda bomba hubiese sido puesta en funcionamiento por Stauffenberg, si el maletín hubiese quedado más cerca del Führer, si hubiese habido una reacción en cadena, si Stauffenberg se hubiese asegurado, desde el principio, de colocarse más cerca de él… La mañana del 3 de febrero, otro golpe de suerte me salvó a mí. Si yo hubiese sido juzgado en otra ocasión, si el bombardeo no se hubiese iniciado justo a esa hora, si el trozo de roca hubiese caído a unos centímetros de distancia, si Freisler se hubiese agachado o se hubiese escondido… Aún no sé hasta dónde es posible y equilibrado establecer una relación entre estos dos hechos. ¿Por qué me obstino entonces, tantos años después de aquellos sucesos, en conectar movimientos del azar que en principio nada tienen que ver? ¿Por qué continúo presentándolos unidos, como si fuesen sólo manifestaciones distintas de un mismo acto de voluntad? ¿Por qué no me resigno a pensar que no hay nada detrás de ellos, como tampoco hay nada detrás de los infortunios humanos? ¿Por qué sigo aferrado a las ideas de fortuna, de fatalidad, de suerte?

Quizás porque otras coincidencias, no menos terribles, me han obligado a escribir estas páginas. Si me atrevo a unir hechos aparentemente inconexos, como la salvación de Hitler y mi propia salvación, es porque nunca antes la humanidad ha conocido tan de cerca las formas del desastre. A diferencia de otras épocas, la nuestra ha sido decidida con mayor fuerza que nunca por estos guiños, por estas muestras del ingobernable reino del caos. Me propongo contar, pues, la trama del siglo. De mi siglo. Mi versión sobre cómo el azar ha gobernado al mundo y sobre cómo los hombres de ciencia tratamos en vano de domesticar su furia. Pero éste es, también, el relato de unas cuantas vidas: la que yo mismo he sufrido a lo largo de más de ochenta años, sí, pero sobre todo las de quienes, otra vez por obra de la casualidad, estuvieron a mi lado. A veces me gusta pensar que yo soy el hilo conductor de estas historias, que mi existencia y mi memoria —y, por lo tanto, estas líneas— no son sino los atisbos de una amplia e inextricable teoría capaz de comprender los lazos que nos unieron. Acaso mi propósito parezca demasiado ambicioso, atrevido o incluso demente. No importa. Cuando la muerte se ha convertido en una visita cotidiana, cuando se ha perdido toda esperanza y sólo queda la ruta hacia la extinción, ésta es la única tarea que puede justificar mis días.

PROF. GUSTAV LINKS

Matemático de la Universidad de Leipzig

10 de noviembre de 1989

Libro primero

Leyes del movimiento narrativo

Ley I
Toda narración ha sido escrita por un narrador

Esta aseveración, que a primera vista parece no sólo tautológica sino decididamente estúpida, es más profunda de lo que se suele admitir. Durante años se nos ha hecho creer que cuando leemos una novela o un relato escritos en primera persona —sólo por poner un par de ejemplos aunque, desde luego, este libro no pertenece a ninguno de estos géneros—, nadie se encarga de llevarnos de la mano por los acertijos de la trama, sino que ésta, por arte de magia, se presenta ante nosotros como si fuera la vida misma. Mediante este procedimiento, se concibe la ilusión de que un libro es un mundo paralelo en el cual nos internamos por nuestra propia cuenta. Nada más falso. A mí siempre me ha parecido intolerable la mezquindad con la cual un escritor pretende esconderse detrás de sus palabras, como si nada de él se filtrase en sus oraciones o en sus verbos, aletargándonos con una dosis de supuesta objetividad. Seguramente no soy el primero en notar esta dolosa trampa, pero al menos quiero dejar constancia de mi desacuerdo con este escandaloso intento por parte de un autor de borrar las huellas de su crimen.

COROLARIO I

Por las razones anteriormente expuestas, debo aclarar que yo —una persona de carne y hueso, idéntica a ustedes— soy el autor de estas páginas. ¿Y quién soy yo? Como se habrán dado cuenta al mirar la cubierta de este libro —si es que algún editor se ha tomado la molestia de publicarlo—, mi nombre es Gustav Links. ¿Qué más pueden saber hasta ahora? Olvídense de mí por un momento y vuelvan a echar un vistazo a la portada. Claro: este volumen ha sido terminado —que no escrito— en 1989. ¿Y qué más? Lo poco que hasta el momento he podido contar: que participé en el fallido complot contra Hitler del 20 de julio de 1944, que fui arrestado y procesado y que el fatum, al fin, me salvó de la muerte…

Espero, sin embargo, que no me crean tan arrogante como para narrar, de una vez por todas, mi vida entera. Nada más alejado de mi intención. Como han dejado dicho muchos otros antes que yo, no seré más que el guía que habrá de llevarlos a través de este relato: seré un Serenius, un Virgilio viejo y sordo que se compromete, desde ahora, a dirigir los pasos de sus lectores. Por obra de la suerte, de la fatalidad, de la historia, del azar, de Dios —pueden llamarle como quieran—, tuve que participar en los acontecimientos que expurgo. Puedo jurarlo: lo único que pretendo es que ustedes confíen en mí y, por tanto, no puedo engañarlos haciéndoles pensar que yo no he existido y que no he participado en los trascendentales hechos que me dispongo a exponer.

LEY II
Todo narrador ofrece una verdad única

No sé si alguna vez hayan oído hablar de Erwin Schrödinger. Además de ser un gran físico —el descubridor de la mecánica ondulatoria—, una mente de primera y uno de los actores principales de esta historia, era una especie de don Juan escondido en el cuerpo de un enjuto maestro de escuela (ahora me atrevo a referirme a él con esta confianza, pero cuando lo conocí nunca me hubiese atrevido a dirigirme a él con esta familiaridad). Usaba unos anteojillos redondos de lo más simpáticos, y siempre estaba rodeado de mujeres hermosas, pero esto ahora no viene a cuento. Lo traigo a colación, desordenando la cronología, sólo por extrema necesidad. Aunque una idea semejante se les había ocurrido a los sofistas en la Grecia clásica, así como al escritor norteamericano Henry James en el siglo pasado, fue el buen Erwin quien sentó las bases científicas de una teoría de la verdad con la cual me siento particularmente satisfecho. Ahora no voy a explicarla con detalle, así que me limitaré a invocar una de sus consecuencias más inesperadas: yo soy lo que veo. ¿Qué quiere decir esto? Una perogrullada: que la verdad es relativa. Cada observador —no importa si contempla un electrón en movimiento o un universo entero— completa lo que Schrödinger llamó el “paquete de ondas” que proviene del ente observado. Al interactuar sujeto y objeto se produce una mezcolanza indefinible entre ambos que nos lleva a la nada asombrosa conclusión de que, en la práctica, cada cabeza es un mundo.

COROLARIO II

Las consecuencias de la afirmación anterior deben de parecer transparentes como una gota de rocío: se trata de una de las excusas más antiguas de que se tenga noticia. La verdad es mi verdad, y punto. Los “estados de onda” cuánticos que yo completo con mi acto de observación son únicos e inmutables, gracias a un montón de teorías que no me encargaré de revisar ahora —el principio de incertidumbre, la teoría de complementaridad, el principio de exclusión—, por lo cual nadie puede decir que tiene una verdad mejor que otra. De nuevo: al advertir todo esto, no quiero sino poner mis cartas sobre la mesa. Puedo resultar intolerable, falso, incluso embustero, pero no por voluntad propia sino por una ley física que no puedo sino obedecer. No tengo, entonces, por qué pedir disculpas.

LEY III
Todo narrador tiene un motivo para narrar

El problema de los axiomas es que siempre suenan tan insoportablemente obvios que muchas personas creen que pueden volverse matemáticas de la noche a la mañana. Qué remedio. En fin: si estamos de acuerdo con la Ley I, que afirma que cada texto tiene un autor, y con la Ley II, que indica que ese autor es dueño de una verdad exclusiva, esta nueva norma debe resultar aún más tediosa: si las cosas no salen de la nada, es porque alguien pretende que así sea. Sé que con el mundo no ocurre de este modo —por lo menos, no parece que pronto vayamos a saber por qué a alguien se le ocurrió crearlo—, pero yo no soy responsable de la incertidumbre que existe fuera de estas páginas. Debemos desterrar esa maldita tentación teológica que tienen los críticos literarios —y científicos, por cierto—, según la cual los textos son como versiones actualizadas de la Biblia. Ni un autor se parece a Dios —yo puedo asegurarlo— ni una página es una mala imitación del Arca de la Alianza o de los Evangelios. Y, por supuesto, los hombrecillos que aparecen bosquejados con tinta tampoco son criaturas similares a nosotros. Nuestro gusto por las metáforas puede meternos en grandes aprietos. A diferencia de lo que sucede con el universo —éste es el misterio de todos los misterios—, los libros siempre son escritos por algún motivo, por más mezquino que éste sea.

COROLARIO III

Pero tampoco den por seguro que va a ser tan fácil descubrir mis razones. La investigación científica —la que yo realicé durante tantos años, la que ustedes se disponen a llevar a cabo ahora— nunca ha sido similar a la preparación de una tarta con la receta de la abuela. ¡Cómo me hubiese gustado que fuese así! ¡Cuántas complicaciones me habría ahorrado! De manera que no se entusiasmen en exceso: no pretendo decirles ahora, de un tirón, cuáles son mis intenciones. Aunque las tenga, quizás yo mismo no alcanzo a ordenarlas del todo. Si tienen un poco de paciencia, les toca a ustedes averiguarlas. Recuerden a Schrödinger: para que haya un verdadero acto de conocimiento, debe haber una interacción entre el observador y lo observado, y ahora yo me encuentro en esta segunda (algo incómoda) categoría. Disfruten, como yo lo he hecho con tantas otras obras, analizando los efectos que se les presentan y tratando de rastrear sus causas. Ésta es la clave del éxito científico. Podría facilitarles la tarea afirmando que quiero establecer mi propia versión de los hechos, ofrecer mis conclusiones al mundo o simplemente asentar mi verdad, pero a estas alturas de mi vida —cargo con más de ochenta años encima— no estoy seguro de que estas razones me satisfagan. Si me lo hubiesen preguntado hace cuarenta años, veinte incluso, no hubiese dudado en suscribir las tesis anteriores. Pero ahora, cuando sé que mi vieja amiga tenebrosa está acechándome a cada instante, que cada respiración me cuesta un esfuerzo sobrehumano, que los actos que para ustedes resultan cotidianos —comer, bañarse, defecar— son para mí una especie de milagro, no puedo saber si mis convicciones siguen siendo las mismas. Les corresponderá a ustedes, si aceptan el desafío —qué ampuloso; digámoslo mejor: el juego—, decirme si he tenido razón, o no.

Crímenes de guerra

Cuando el teniente Francis P. Bacon, antiguo agente de la OSS, la Oficina de Servicios Estratégicos, y consultor científico de las fuerzas de ocupación de Estados Unidos en Ale mania, llegó a Núremberg a las ocho horas del 15 de octubre de 1946, nadie acudió a recibirlo. El encargado de llevarlo a la sala en la que se efectuarían las ejecuciones de los criminales de guerra nazis, Gunther Sadel, miembro del servicio de contrainteligencia adscrito al general brigadier Leroy H. Watson, responsable del enclave norteamericano, no apareció por ninguna parte; cuando Bacon se apeó del ferrocarril, la estación estaba casi vacía.

Después de unos minutos de espera, sin poder contener su irritación, el teniente preguntó a los policías militares que custodiaban el lugar qué sucedía. Nadie supo explicarlo. Un repentino silencio se abatía sobre ellos. Fuera de unos cuantos trabajadores —en su mayoría prisioneros de guerra o Pows, como se les llamaba entonces— que se esforzaban en dar mantenimiento a las vías, nadie parecía dispuesto a moverse. Bacon distinguió a un par de oficiales y, más allá, al jefe de estación, pero supuso que tampoco podrían ayudarlo. No le quedaba otro remedio que caminar hasta el Palacio de Justicia.

Estaba furioso. El viento otoñal chocaba contra su rostro. Las calles también permanecían desiertas, como si todavía pudiesen temer una alerta bélica. Ofendido, Bacon ni siquiera se molestaba en contemplar los restos de la ciudad —cuna de los maestros cantores y, hasta hacía poco, orgullosa sede del poder nazi— completamente destruida por once bombardeos aliados antes del final de la guerra: las piedras que se amontonaban donde antes hubo iglesias, palacios y estatuas le parecían simples estorbos en su marcha, desgracias merecidas cuya pérdida no valía la pena lamentar. En ningún momento se le ocurrió que, no muy lejos de ahí, había estado el museo más importante de Alemania o que, en una pequeña casa, ahora reducida a cenizas, había vivido el pintor y grabador Albrecht Dürer hasta su muerte en 1528.

Para él, Núremberg no era más que otro de los odiosos santuarios nazis en los cuales miles de jóvenes, orgullosos con sus camisas pardas, sus estandartes rematados con águilas y sus enormes antorchas, habían vitoreado a Hitler al tiempo que adoraban las esvásticas que, semejantes a arañas prehistóricas encaramadas en sus huevecillos, se deslizaban por los listones rojos que colgaban de los edificios públicos de Alemania. Cada septiembre, Núremberg acogía los festivales del partido nazi —el Nationalsozialistische Deutsche Arbeitpartei— y en 1935 fue elegida por el Führer para la promulgación de las leyes antisemitas. Además, en ella se habían conservado, como un símbolo del poder ario, las Reichskleinodien y los Reichscheiligtümer, las antiguas reliquias imperiales que Hitler había robado del Hofburg de Viena después de la anexión de Austria, entre las que se contaba la célebre Lanza de Longinos. En la mente de Bacon, los millones de judíos muertos en Auschwitz, Dachau y otros campos de concentración, como había quedado demostrado durante las sesiones del Tribunal Militar Internacional, eran auténticas razones por las cuales llorar y avergonzarse y no por el justo castigo infligido a uno de los bastiones del Tercer Reich.

Bacon acababa de cumplir veintisiete años, pero desde que llegó a Europa, en febrero de 1943, se había esforzado por parecer más maduro, más fuerte, más recio. Quería cancelar, de un plumazo, las debilidades que lo habían atormentado hasta entonces y que, en cierta medida, lo habían arrojado fuera de América. Ya no pretendía ser el mismo hombre respetuoso, razonable y sincero de antes: había aceptado esta misión, abandonando su trabajo científico en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, como una forma de canalizar sus deseos de venganza y de probarse a sí mismo que ya era otro. Estaba decidido a demostrar que pertenecía al bando victorioso, sin permitirse una pizca de compasión hacia los derrotados.

A distancia, Bacon no se distinguía de los escasos soldados norteamericanos que patrullaban la zona. Tenía el cabello castaño oscuro, cortado al rape, los ojos claros y una nariz afilada de la que siempre se había sentido particularmente orgulloso. Portaba el uniforme con gallardía —que más bien era cierta rigidez—, esforzándose en lucir sus insignias, indiferente al dolor ajeno. Al hombro llevaba una gruesa mochila militar que contenía prácticamente todas sus pertenencias: unas cuantas mudas de ropa, algunas fotografías que, por cierto, no había vuelto a mirar desde su salida de Nueva Jersey, y un par de viejos ejemplares de Annalen der Physik, una de las revistas más importantes en su campo, sustraídos de una de las bibliotecas por las que había pasado.

En realidad, Bacon no se había dirigido a Núremberg con la intención de asistir a las ejecuciones —sólo unas treinta personas tenían permitido presenciar el acto—, pero a la postre se había entusiasmado con la invitación que le formuló el general Watson, a quien había sido recomendado por el general William J. Donovan, fundador de la OSS y, durante unas semanas, fiscal adjunto en los procesos de Núremberg. (Hacía poco, Donovan había tenido que renunciar a causa de un violento malentendido con Robert Jackson, fiscal en jefe de la delegación estadounidense y antiguo miembro de la Suprema Corte de Justicia, por haberse entrevistado con Göring sin su autorización.) La tarea de Bacon era muy distinta y, en algún sentido, más modesta: revisar las minutas recabadas durante los procesos con el fin de hallar algunas “discordancias” —éste fue el término empleado por sus superiores— en los testimonios relacionados con la investigación científica desarrollada durante el Reich.

Recientemente restaurado por el capitán Daniel Kiley, un joven arquitecto de Harvard que también había estado al servicio de la OSS, el Palacio de Justicia era una de las pocas construcciones civiles de Núremberg que se habían mantenido en pie. Una vez en el centro, a Bacon no le costó trabajo distinguirlo. Se trataba de un amplio conjunto de edificios, con arcos en la planta baja, enormes ventanales y techos puntiagudos, protegido en otro tiempo por una amplia plaza arbolada. En la parte posterior se encontraba la prisión, formada por cuatro bloques rectangulares dispuestos en forma de media estrella, protegidos del exterior por una alta barda semicircular. Los prisioneros nazis habían sido concentrados en la crujía C, a unos pasos de la cual se alzaba un pequeño cubo, anteriormente utilizado como gimnasio, donde se había construido una horca.

Eran las nueve y cuarto de la mañana cuando Bacon finalmente se presentó a los oficiales de guardia en la entrada de la prisión militar de Núremberg. Después de revisar su acreditación, los soldados le indicaron que tenían órdenes de no permitir el acceso al interior del edificio —y mucho menos al gimnasio— hasta que no se hubiesen consumado las ejecuciones. Por más que Bacon trató de explicarles que había sido invitado por el general Watson, sus interlocutores se mantuvieron inamovibles. Tampoco fue escuchada su petición de buscar a Gunther Sadel. “Son órdenes del general Rickard”, le dijeron.

Decenas de periodistas se arremolinaban en los alrededores. Por un sistema de insaculación, sólo se había permitido a un par de reporteros, además del fotógrafo oficial del tribunal, asistir al gimnasio. Los demás debían conformarse con esperar, igual que Bacon, a que fuese anunciada en el salón de prensa la muerte de los criminales. Para adelantarse a sus colegas, algunos diarios ya habían publicado ediciones anticipadas, como la del Herald Tribune de Nueva York que había titulado la noticia, a ocho columnas:

11 LÍDERES NAZIS COLGADOS EN LA PRISIÓN DE NÚREMBERG: GÖRING Y SUS COLEGAS PAGAN POR SUS CRÍMENES DE GUERRA

Las ejecuciones estaban programadas para después del mediodía, así que a Bacon todavía le quedaban unas horas para buscar a alguien que pudiese ayudarlo a entrar. Antes que nada, decidió dirigirse al Gran Hotel, donde debía haber una habitación a su nombre. De nuevo, la mala suerte lo perseguía: el encargado le dijo que no había ninguna disponible. Bacon afirmó estar en una misión especial y pidió ser atendido por el oficial de mayor jerarquía al mando. Un capitán de modales pomposos, que parecía haber asumido a la perfección su nueva condición de gerente turístico, solucionó el problema: no se esperaba la llegada del teniente Bacon hasta la mañana siguiente, cuando habrían de desocuparse muchos de los cuartos —“hoy termina el espectáculo, ¿sabe?”—, pero sólo por una noche podría instalarse en la habitación número 14, “la que utilizaba Hitler”.

Bacon subió las escaleras y se instaló en la inmensa suite. Poco quedaba del esplendor nazi, pero aun así se trataba del sitio más acogedor en que había estado en los últimos meses. Le parecía una mala broma que las paredes que ahora lo rodeaban hubiesen albergado en algún momento el cuerpo del Führer. ¿Cuándo pudo imaginar algo semejante? ¿Qué pensaría Elizabeth si se enterase? Era inútil planteárselo: por buena o mala fortuna, Elizabeth ya no quería saber nada de él. Bacon se echó sobre la cama con una mezcla de asco y morbo, como si estuviera profanando un lugar sagrado. Por la mente le pasó la idea de orinar ...