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ENTRENA TU MENTE

Mark Freeman  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

SI NO CORRES, NO ES RARO QUE NO PUEDAS CORRER

Éste es un libro sobre acciones diarias a realizar para mantener y mejorar tu salud mental. Todos tenemos diferentes niveles de salud mental y ésta la mejoramos igual que al entrenar para estar en buena forma física (al trabajar experiencias difíciles y desarrollar nuestras habilidades y capacidades para manejarlas).

Cuando digo que mejorar tu salud mental es como mejorar tu condición física, no estoy sugiriendo que los trastornos mentales no son verdaderas experiencias biológicas. El bienestar físico se trata de biología.

Imagina que seleccionamos a un hombre promedio al azar: un tipo de treinta años que no hace ejercicio. No se ha ejercitado desde que salió de la escuela. Dice que es alérgico al ejercicio. Lo odia. Pero la vida tiene una forma de ponerlo en una situación donde se ve obligado a hacerlo. Un día, al llegar al edificio de su oficina (minutos tarde para una reunión), descubrió el elevador descompuesto así que tuvo que cargar sus bolsas 30 pisos de escaleras hasta la oficina. Por el tercer piso su corazón latía muy fuerte y jadeaba para respirar. Sentía el sudor empapando su camisa.

En su mente no había duda ni ambigüedad sobre lo que quería hacer, pero sin importar qué tanto se regañara para subir más rápido, seguía parándose para recuperar el aliento. Los músculos le ardían, sentía un dolor agudo en las rodillas a cada paso. No había una forma fácil de subir 30 pisos de escaleras. No era una elección cognitiva. Simple y sencillamente era imposible tener la fuerza, flexibilidad y resistencia que necesitaba en ese momento. Ninguna cantidad de pensamiento positivo le daría las habilidades o velocidad para subir las escaleras más rápido.

Ahora, si pudiéramos medir los niveles de cortisol, adrenalina y oxígeno en su sangre en ese momento, diríamos que tenía un “desequilibrio químico”. Sus niveles de hormonas y neurotransmisores estarían por todas partes. Si le hiciéramos un escáner cerebral y lo comparáramos a los de la gente que se ejercita con regularidad, seguro veríamos diferencias obvias en la actividad y estructura cerebral. Pero ninguno de estos indicadores biológicos significa que tiene una enfermedad. Tampoco indican que no puede desarrollar las habilidades o capacidades físicas para manejar esta experiencia. No diríamos que este hombre tiene un Trastorno de resistencia. Incluso si lo obligaran a subir corriendo las escaleras todos los días durante una semana y fracasara cada vez (en lograrlo sin parar), no indica la presencia de un trastorno crónico. Con un mes o más de práctica difícil y sudorosa, mientras realiza cambios en su vida para apoyar esta práctica, lograría subir sin parar.

Esto funciona en cualquier desafío de condición física. Si no corres, no es raro que no puedas correr. Pero puedes aprender.

UNA IDEA RADICAL

Mencioné todo esto para proponer algo radical que exploraremos a lo largo de este libro: no es raro que batalles con tu salud mental si no la mantienes y la mejoras con regularidad.

Como sociedad, parece que entendemos este concepto cuando se trata de tener salud y estar en buena forma física. No puedes dar por hecho el bienestar de tu cuerpo. Si no lo mantienes, no lo tienes. Lo mismo es cierto para la salud mental, pero por alguna razón esperamos estar en excelente forma mental sin hacer ningún esfuerzo o aprender ninguna habilidad. Y cuando nos damos cuenta de que tenemos dificultades, buscamos una solución fácil y rápida.

En la actualidad, nuestra sociedad tiene un enfoque hacia la salud mental de “primero la enfermedad”. La ayuda no está disponible hasta que estás desnudo y tirado de borracho en la calle, en un charco de vómito y hablando con monos invisibles. Fingimos que todos los que no van tropezando dolorosamente y fracasando a lo largo de la vida (de manera obvia), no tienen ningún problema de salud mental. Pero todo el mundo tiene un cerebro, así que todo el mundo tiene salud mental. Aprendí esto por las malas…

TENGO UN CEREBRO

Hace diez años, si me hubieras dicho que escribiría un libro sobre superar el trastorno mental y construir una mejor salud cerebral, te habría contestado que estabas loco. No sabía nada sobre el tema y, claro, no tenía un trastorno mental. Pero estaba muy equivocado.

En la época de mis últimos veintitantos, la realidad era algo con lo que luchaba cada vez más. Siempre que salía de mi departamento, pasaba por una serie de rituales para revisar que la estufa y los aparatos estuvieran apagados, que no se sintieran calientes, desenchufar todo lo que se podía, verificaba las ventanas cerradas y ya después, (por fin) salía del departamento. Entonces, ponía el seguro de la puerta principal y lo comprobaba, luego me debatía pensando si mi recuerdo de revisar la estufa hacía unos momentos era de ese día o del anterior. Me iba, pero regresaba para checar que mi laptop estuviera bajo la cama para que los ladrones no la encontraran, luego, me daba cuenta de que las cortinas estaban abiertas, las cerraba porque los ladrones quizá habían visto dónde había escondido mi computadora. Entonces, la sacaba de abajo de la cama y la ponía en el clóset bajo la ropa, después salía del edificio por una puerta diferente (para engañar a los ladrones que me observaban). Pero entonces, regresaba a checar la cerradura porque estaba tan concentrado en mi ruta de escape que no podía recordar si cerré con seguro la puerta principal… y como estaba otra vez en el departamento… ¿por qué no verificar la estufa, la puerta trasera, el tostador o si había alguna cosa cerca de los enchufes que pudiera incendiarse? Luego sacudía la puerta al salir porque quizá la primera vez no había quedado bien cerrada. Por fin me iba, preocupado y conversando de forma imaginaria con la gente que me había molestado por algo que casi había pasado el día anterior.

Cuando subía las escaleras, imaginaba que me caía y me rompía la mandíbula en los escalones, esparciendo mis dientes por todas partes. Los huesos de la cara me dolían como si realmente pasara. Si estaba en un cruce, veía autos atropellando a los peatones frente a mí, salpicando sus tripas y huesos en el camino. Y sentía que iba a vomitar.

Todo el tiempo veía cosas violentas que les pasaban a los demás o a mí, y muchas veces era mi culpa. Si había alguien más en la cocina, me daba mi

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