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ESPEJISMOS (INMORTALES 2)

Alyson Noël  

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Fragmento

Capítulo uno

Cierra los ojos e imagínalo. ¿Lo ves?

Asiento con los ojos cerrados.

—Imagínalo justo delante de ti. Visualiza su textura, su forma, su color… ¿Lo tienes?

Sonrío mientras formo la imagen en mi cabeza.
—Vale. Ahora estira el brazo y tócalo. Palpa su contorno con la yema de los dedos, sopésalo en la palma de las manos, y luego combina las percepciones que recibes con todos los sentidos: la vista, el tacto, el olfato, el gusto… ¿Puedes saborearlo?

Me muerdo el labio para reprimir una risita tonta.
—Perfecto. Ahora combínalo todo con esa sensación. Debes creer que existe y que está justo delante de ti. Siéntelo, míralo, tócalo, saboréalo, acéptalo… ¡Dale forma! —me ordena él.

Y lo hago. Hago todas esas cosas. Y cuando suelta un gruñido, abro los ojos para verlo por mí misma.

—Ever… —Sacude la cabeza—. Se supone que debías pensar en un aguacate, y esto ni siquiera se le parece.

—No, no hay nada frutal en él. —Me echo a reír al ver a mis dos Damen: la réplica que he hecho aparecer delante de mí y la versión de

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carne y hueso que está a mi lado. Ambos tienen la misma estatura, son igual de morenos y tan increíblemente guapos que no parecen reales.

—¿Qué voy a hacer contigo? —pregunta al aire el Damen real, que intenta lanzarme sin éxito una mirada reprobatoria. Sus ojos siempre lo traicionan: nunca reflejan otra cosa que no sea amor.

—Hum… —Paseo la mirada entre mis dos novios: el real y el que he conjurado—. Podrías venir aquí y darme un beso. Pero, si estás muy ocupado, le pediré a él que lo haga; no creo que le importe. —Señalo a la manifestación de Damen, y me echo a reír cuando lo veo sonreír y guiñarme un ojo, aunque su contorno se está desvaneciendo y pronto desaparecerá.

Sin embargo, el Damen real no se ríe. Se limita a negar con la cabeza antes de decirme:

—Ever, por favor… Tienes que ponerte seria. Hay muchas cosas que debo enseñarte.

—¿Por qué tanta prisa? —Ahueco la almohada y doy unos golpecitos con la mano en el espacio que hay a mi lado con la esperanza de que él se aparte del escritorio y venga hasta mí—. Según tengo entendido, si algo nos sobra es tiempo… —Sonrío. Y cuando él me mira, todo mi cuerpo comienza a arder y me quedo sin aliento. No puedo evitar preguntarme si alguna vez conseguiré acostumbrarme a su increíble belleza: esa piel suave y morena, el pelo castaño y brillante, su rostro perfecto y su cuerpo escultural… El yin ideal para mi pálido y rubio yang—. Vas a descubrir que soy una alumna muy aplicada —le digo mirándolo a los ojos: dos pozos oscuros de profundidades insondables.

—Eres insaciable —susurra, y sacude la cabeza con aire resignado mientras se acerca y se acurruca junto a mí.

—Solo intento recuperar el tiempo perdido —murmuro. Siempre anhelo esos momentos, esos instantes en los que estamos a solas y no tengo que compartirlo con nadie más. Aunque sé que tenemos toda la eternidad por delante, no puedo evitar sentirme avariciosa.

Se inclina hacia delante para besarme, dando así por terminada nuestra lección. Todo pensamiento acerca de manifestaciones, visiones remotas, telepatías… todos esos rollos psíquicos han sido sustituidos por algo mucho más cercano mientras me aplasta contra la pila de almohadas y se echa encima de mí, entrelazando nuestros cuerpos como dos enredaderas que buscan el sol.

Sus dedos se cuelan por debajo de mi camiseta y se deslizan por mi abdomen en busca de mi sujetador. Cierro los ojos y le digo en un susurro:

—Te quiero. —Palabras que en cierta ocasión reprimí y que, después de pronunciarlas por primera vez, apenas he dicho otra cosa.

Oigo su suave gruñido mientras me desabrocha el sujetador con facilidad, con maestría, sin torpezas ni forcejeos.

Todos sus movimientos son tan elegantes, tan gráciles, tan perfectos, tan…

Quizá demasiado perfectos.
—¿Qué pasa? —pregunta cuando lo aparto de un empujón. Tiene la respiración agitada y sus ojos rodeados de piel suave y tersa buscan los míos.

—No pasa nada.

Me doy la vuelta para recolocarme la camiseta, contenta de haber aprendido bien la lección sobre cómo ocultar mis pensamientos, ya que eso es lo único que me permite mentir.

Él suspira y se aparta, negándome el hormigueo que me provoca su tacto y el calor de su mirada mientras se pasea delante de mí. Y, cuando por fin se detiene y me observa, aprieto los labios: sé lo que viene a continuación. Ya hemos pasado antes por esto.

—Ever, no trato de presionarte ni nada de eso. De verdad que no —dice con la expresión contraída por la preocupación—. Pero tendrás que superarlo en algún momento y aceptarme como soy. Puedo hacer aparecer cualquier cosa que desees, enviarte imágenes y pensamientos telepáticos siempre que estemos separados, llevarte a Summerland en un santiamén. Pero no puedo cambiar el pasado. Las cosas son como son.

Clavo la mirada en el suelo. Me siento diminuta y muy avergonzada. Detesto no ser capaz de ocultar mis celos e inseguridades; odio que sean tan evidentes y ostensibles. Porque da igual qué tipo de escudo psíquico cree; no sirve de nada. Damen ha tenido seiscientos años para estudiar el comportamiento humano (para estudiar mi comportamiento), y yo solo dieciséis.

—Es que… tienes que darme un poco más de tiempo para que pueda acostumbrarme a todo esto —le digo mientras jugueteo con la costura deshilachada de la funda de la almohada—. Ha pasado muy poco tiempo. —Me encojo de hombros al recordar que hace apenas tres semanas maté a su ex mujer, le dije que le quería y sellé mi destino inmortal.

Él me contempla con los labios apretados y la mirada incrédula. Y, aunque solo nos separan unos cuantos pasos, la atmósfera es tan tensa y cargada que parece que nos separe un océano entero.

—Me refiero a esta vida —le aclaro con voz temblorosa al tiempo que me incorporo con la esperanza de llenar el vacío y aligerar la

tensión—. Y, puesto que no puedo recordar las otras vidas, es lo único que tengo. Solo necesito un poco más de tiempo, ¿vale?

Sonrío con nerviosismo. Noto los labios torpes y entumecidos, y me esfuerzo por controlarlos. Dejo escapar un suspiro de alivio cuando se sienta a mi lado, lleva sus dedos hasta mi frente y acaricia el lugar donde estaba mi cicatriz.

—Bueno, eso es lo único que jamás se nos acabará.

Suspira y desliza los dedos por mi mandíbula mientras se inclina para besarme. Sus labios se detienen en mi frente y en mi nariz antes de acercarse a mi boca.

Y justo cuando creo que va a besarme de nuevo, me da un apretón en la mano y se aparta. Se dirige a la puerta y se marcha de la habitación, no sin antes dejar un hermoso tulipán rojo en el lugar que acaba de abandonar.

Capítulo dos unque Damen puede percibir el momento exacto en el que mi tía Sabine dobla por nuestra calle y se acerca al camino de entrada, no es esa la razón por la que se marcha.

Se marcha por mí.

Por el simple hecho de que me ha perseguido durante cientos de años, me ha buscado en todas mis encarnaciones solo para que podamos estar juntos.

Pero nunca hemos estado «juntos».

Lo que significa que «eso» jamás ha ocurrido.

Al parecer, cada vez que estábamos a punto de dar el siguiente paso y consumar nuestro amor, su ex mujer, Drina, aparecía y me mataba.

Sin embargo, ahora que la he matado (acabé con ella con un certero aunque débil golpe en su maltrecho chacra del corazón) no hay nada ni nadie que se interponga en nuestro camino.

Salvo yo.

Porque aunque quiero a Damen con todo mi ser, y desde luego que deseo dar el siguiente paso, no puedo dejar de pensar en los últimos seiscientos años.

A

Y en cómo decidió vivirlos Damen. (De una forma poco habitual, según él.)

Y en con quién decidió vivirlos. (Además de a su ex mujer, Drina, ha mencionado a muchas otras.)

Y, bueno, por mucho que deteste admitirlo, saber eso hace que me sienta un poco insegura.

Vale, puede que muy insegura. Está claro que la patética y corta lista de chicos a los que he besado no puede compararse con sus seis siglos de meritorias conquistas.

Y, aunque sé que es ridículo, aunque sé que Damen me ha querido durante siglos, el hecho es que el corazón atiende a razones que la razon no entiende.

Y, en mi caso, nunca mejor dicho.

No obstante, cada vez que Damen viene a darme una de sus lecciones, consigo convertir el momento en una prolongada sesión de besos y empiezo a pensar: «¡Ya está! ¡Esta vez sí que va a pasar!».

Pero luego lo ahuyento de mí como si fuera el peor de los tormentos.

Y la verdad es que él no habría podido expresarlo mejor. No puede cambiar su pasado. Las cosas son como son. Y lo hecho hecho está. No se puede rebobinar. No hay vuelta atrás.

Lo único que la gente puede hacer es seguir adelante.

Y eso es justo lo que debo hacer.

Dar ese enorme salto sin hacerme preguntas, sin mirar atrás. Olvidar el pasado y labrarme un futuro.

Ojalá fuera tan fácil…

—¿Ever? —Sabine sube por las escaleras mientras yo recorro la habitación en un frenético intento por ordenarla, me siento frente al escritorio y trato de fingir que estoy ocupada—. ¿Todavía estás levantada? —pregunta al tiempo que asoma la cabeza por la puerta. Aunque tiene el traje arrugado y los ojos cansados y enrojecidos, el aura que flota a su alrededor muestra un bonito tono verde.

—Estaba terminando algunos deberes —respondo antes de apartar el ordenador portátil, como si lo hubiera estado utilizando.

—¿Has comido? —Se apoya contra el marco de la puerta con los ojos entornados en una expresión suspicaz. Su aura se aproxima a mí: es un detector de mentiras que, sin saberlo, mi tía lleva consigo a todas partes.

—Por supuesto —replico. Asiento y sonrío en un esfuerzo por parecer sincera, aunque lo cierto es que siento la mentira grabada en mi rostro.

Odio tener que mentir a la gente. Sobre todo, a ella. Y más después de lo que ha hecho por mí, después de acogerme tras el accidente en el que murió toda mi familia. Lo cierto es que no tenía por qué hacerlo. Que sea mi único pariente vivo no significa que no pudiera haberse negado. Y seguro que se pasa la mayor parte del tiempo deseando haberlo hecho. Su vida era mucho menos complicada antes de mi llegada.

—Me ...