Loading...

ESPERANZA

Danielle Steel  

0


Fragmento

1

Eran las diez de la mañana del día de Nochebuena cuando Jack y Liz Sutherland recibieron a Amanda Parker. Una mañana soleada en el condado de Marin, al norte de San Francisco. A Amanda se la veía muy asustada y nerviosa. Era una mujer menuda, rubia y delicada; las manos le temblaban ligeramente al hacer trizas el kleenex que sostenía. Jack y Liz llevaban un año ocupándose de su divorcio. La pareja trabajaba en equipo y había abierto un bufete conjunto dieciocho años atrás, poco después de casarse.

Les gustaba trabajar juntos y con el tiempo se habían organizado a la perfección. Les encantaba aquella profesión que dominaban. A pesar de poseer estilos completamente distintos, los dos miembros del equipo se complementaban. Sin darse cuenta y más bien en el plano subconsciente, Jack y Liz habían adoptado un poco la práctica «del poli bueno y el malo», que funcionaba tanto para ellos como para sus clientes. Siempre era Jack quien adoptaba el papel más agresivo, de enfrentamiento, el del león en los tribunales, el que luchaba por conseguir mejores condiciones y acuerdos de mayor cuantía, quien acorralaba implacablemente a sus adversarios sin darles respiro hasta que accedían a conceder lo que él quería para su cliente. Liz, en cambio, era más amable, considerada, ingeniosa en las sutilezas, ella sabía coger la mano a su cliente cuando hacía falta y también luchar por los derechos de los hijos. Y a veces la diferencia en sus estilos ocasionaba peleas entre ellos, como había ocurrido con el caso de Amanda. A pesar de las malas pasadas que el marido de esta le había jugado, a pesar de las amenazas, de los continuos maltratos verbales y en alguna ocasión físicos, Liz consideraba que Jack se había mostrado excesivamente duro con él.

—¿Te has vuelto loca? —había exclamado Jack en tono rotundo antes de que llegara Amanda—. Fíjate en todo lo que le ha hecho. Actualmente tiene tres amantes a las que mantiene, la ha estado engañando durante diez años, le ha ocultado todas las cuestiones económicas, le importan un pepino sus hijos y pretende acabar con el matrimonio sin pagar un céntimo. ¿Tú qué sugerirías? ¿Que creemos un fondo económico para él y le demos las gracias por el tiempo que ha perdido y las molestias?

A Jack le salía la vena peleona irlandesa, y Liz, a pesar de ser pelirroja, de tener aquellos espectaculares ojos verdes que le daban un aspecto más temperamental, siempre era mucho más moderada que su esposo. Jack tenía el pelo completamente blanco desde los treinta años y en aquellos momentos sus oscuros e inquietantes ojos se clavaban en Liz. Las personas que los conocían bien a menudo bromeaban diciendo que parecían Katharine Hepburn y Spencer Tracy. De todas formas, pese a que entre ellos de vez en cuando surgía una acalorada pelea, tanto en el ámbito judicial como fuera de este, todo el mundo sabía que se querían con locura. El suyo era un matrimonio sólido, basado en el amor, y tenían una familia que era la envidia de todos: cinco hijos a los que adoraban, cuatro pelirrojos como su madre y el más pequeño, moreno, como había sido Jack de joven.

—No te estoy diciendo que no haya que machacar a Phillip Parker —explicó Liz pacientemente—. Lo que intento decirte es que si le apretamos demasiado las tuercas se desquitará con ella.

—Y lo que yo te digo es que lo necesita, de lo contrario la tratará a patadas eternamente. A ese hay que darle en la cresta, y lo mejor es empezar por la cartera. No podemos permitir que se salga con la suya con sus desaguisados, Liz, lo sabes perfectamente.

—Estás segándole la hierba bajo los pies y paralizando su negocio.

Lo que decía Liz tenía su lógica, pero las duras tácticas de Jack habían funcionado en muchísimos casos, consiguiendo para sus clientes unos acuerdos que no habrían alcanzado otros abogados. No solo tenía fama de ser duro sino que se le consideraba extraordinario a la hora de ganar importantes sumas de dinero para sus clientes, y aquello era lo que quería en especial para Amanda. Phillip Parker, con unos cuantos millones de dólares en sus manos y una boyante empresa de informática, permitía que Amanda y sus tres hijos vivieran al borde de la miseria. Desde la separación, ella apenas había conseguido que le pasara dinero suficiente para alimentar y vestir a los niños. La cosa resultaba aún más ridícula sabiendo lo que gastaba el hombre en sus amantes y que acababa de comprarse un flamante Porsche. Amanda no había podido comprar ni un monopatín para regalar a su hijo en Navidad.

—Hazme caso, Liz. El tipo es un matón y empezará a chillar como un descosido cuando le presionemos ante el tribunal. Te aseguro que sé lo que me hago.

—Piensa que si le aprietas demasiado lo pagará ella. —Aquel caso en concreto asustaba a Liz, la tenía en vilo desde que Amanda les había contado las torturas psicológicas a las que la había sometido su marido durante diez años, así como las dos memorables palizas que le había propinado. Después de cada una de estas, Amanda lo había abandonado, pero él la atrajo de nuevo hacia sí con promesas, con chantajes afectivos, con amenazas y regalos. Y lo que sí tenía clarísimo Liz era que a Amanda le inspiraba un miedo atroz, no sin razón, pensaba Liz.

—Si hace falta conseguiremos una orden de alejamiento —dijo Jack para tranquilizar a su esposa, poco antes de que llegara Amanda a su despacho, a punto de explicarle cómo iban a llevar el caso en la sala aquella mañana. Básicamente se trataba de inmovilizar todos los bienes de que tenían noticia y paralizar la actividad de su empresa hasta que les proporcionara la información económica adicional que necesitaban. En algo sí estaban de acuerdo los tres, y era que a Phillip Parker aquello no le iba a gustar. Amanda escuchaba a Jack con aire aterrorizado.

—No sé si tendríamos que hacerlo —dijo en voz baja, mirando a Liz en busca de comprensión.

Jack siempre la había asustado un poco, y Liz le dirigió una sonrisa para animarla, aunque no estaba del todo convencida de que Jack supiera lo que hacía en aquel caso. En general confiaba mucho en él pero aquella vez la preocupaba su dureza. De todas formas, a nadie le entusiasmaba tanto una batalla, o una victoria, con las mínimas posibilidades, como a Jack Sutherland. Y deseaba un triunfo notorio para su cliente. En su opinión, Amanda se lo merecía, y Liz solo estaba en desacuerdo con él en la forma en que pretendía conseguir la victoria para Amanda. Tenía la impresión de que, conociendo a Phillip Parker, resultaba peligroso p

Recibe antes que nadie historias como ésta