Loading...

¡FELIZ CUMPLEAñOS, GEORGE! (PEPPA PIG. ACTIVIDADES)

eOne  

0


Fragmento

Introducción

Cuando Gregorio Aráoz de Lamadrid regresó a Buenos Aires en marzo de 1828 no encontró sencillo tener una vida normal. Para ser sinceros, habría que decir que nunca había tenido una vida tranquila. Pocos, muy pocos en esa época deben de haberla tenido. Por cierto, y aun cuando no hay dos vidas iguales, el itinerario de Lamadrid estuvo signado —como el de muchos otros— por la revolución. Este tucumano había nacido en 1795 en el seno de una de esas familias destacadas de las ciudades coloniales que gustaban identificarse como la “gente decente”, el pequeño grupo de familias notables y destacadas que regían el destino de la población. A Lamadrid, como a otros jóvenes de esa pertenencia social, le esperaba una vida dedicada al comercio y un ascenso en la burocracia si tenía la suerte de conseguir un buen matrimonio; de lo contrario, sólo quedaba el clero o, en su defecto, quizás algún rango en la milicia. Pero con la revolución todo cambió, desde que en 1811 se incorporó al ejército y, desde entonces, no dejó de vivir en continua agitación. La carrera militar le prometía nuevos e impensados horizontes sobre todo si le permitía abrirse paso en la política, pero estaba llena de azares e imprevistos. Así, Lamadrid, como tantos otros oficiales, vio que su futuro se tornaba aun más incierto cuando después del convulsionado año 1820 fue pasado a retiro. La cantidad de oficiales que se habían forjado en los ejércitos de la revolución era desmesurada para las escasas oportunidades que tenían en la mucho más reducida fuerza militar que requería el estado de Buenos Aires, que se estaba formando. Y, sobre todo, para sus arcas.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Igual que otros oficiales Lamadrid intentó rehacer su vida y se puso al frente de una estancia en Buenos Aires, en el partido de Monte, pero al poco tiempo ya estaba entremezclado en nuevas luchas, esta vez contra los indios. Tiempo después se reintegró a las filas y fue enviado al norte, donde se le encomendó reclutar tropas para el ejército que debía marchar a la Banda Oriental. Sin embargo, Lamadrid terminó haciéndose elegir gobernador de su provincia natal en 1825 (como lo había sido hasta poco antes su tío Bernabé Aráoz). Otra vez, la guerra y la política le brindaban una nueva oportunidad y se convirtió en uno de los principales apoyos en el interior del presidente unitario Bernardino Rivadavia, que gobernó el país entre febrero de 1826 y julio de 1827. Aunque Lamadrid era ajeno a la elite de Buenos Aires, de algún modo logró insertarse en ella a través de su matrimonio con la hija de José Miguel Díaz Vélez, miembro de una importante familia con propiedades extensas en esta y otras provincias y muy cercano a los círculos que por entonces gobernaban.

Tres años habían pasado y Lamadrid regresaba a una Buenos Aires en la cual la situación política había cambiado por completo. Ya no estaban en el poder los amigos de su suegro y ni siquiera existía más ese gobierno efímero. Por el contrario, ahora gobernaba la provincia su más férreo adversario, el líder de los federales porteños, Manuel Dorrego. No sólo era un viejo conocido de Lamadrid, con quien había compartido los avatares del Ejército del Norte, sino que, además, era su compadre. Sin embargo, la entrevista que mantuvieron lo desilusionó. Así deja ver, al menos, lo que relató Lamadrid en sus entretenidas e imaginativas memorias: “¿Y con trompetas como éste a la cabeza del Gobierno, pensaremos tener patria?”, dijo haber pensado en ese momento. Pese a todo, las relaciones que tenía le permitieron sortear este frío recibimiento y terminó por ser reincorporado al ejército y agregado al estado mayor aunque, eso sí, sin mando de tropa.

La desconfianza de Dorrego hacia su compadre se justificaba y se extendía a toda la oficialidad del ejército que, mayoritariamente, era adicta a los unitarios. No se equivocaba. El 1° de diciembre de 1828 Lamadrid debió levantarse presurosamente ante las inquietantes palabras de su suegra: “¡Qué descansado está usted en la cama cuando todo el pueblo está en revolución!”, cuenta que le dijo. Los rumores que había escuchado los días previos se hacían realidad pues las tropas que, al mando de Juan Lavalle, regresaban de la recién finalizada guerra con el Imperio del Brasil acababan de sublevarse y habían depuesto al gobernador. Por suerte para Lamadrid, su suegro era uno de los ministros y, siguiendo su consejo, terminó por sumarse a los sublevados.

Dorrego no se rindió, escapó de la ciudad y logró reunir a las fuerzas que se mantenían leales para enfrentar al ejército unitario. Ambos bandos se enfrentaron en Navarro el 9 de diciembre y el saldo fue un triunfo completo de los sublevados. Pocos días después Dorrego fue traicionado por algunos de sus oficiales y entregado al jefe insurrecto, quien, sin juicio ni sumario previo, dispuso su inmediato fusilamiento. Era el 13 de diciembre de 1828, un día que resultaría inolvidable.

Lamadrid fue uno de los testigos privilegiados de este dramático episodio. Y sus lazos personales lo pusieron en una situación bien problemática dado que era yerno de un ministro clave del gobierno de Lavalle y a la vez Dorrego era su compadre. No sólo de él: otro de sus compadres era Juan Manuel de Rosas, el comandante general de Milicias del gobierno de Dorrego y su principal apoyo para enfrentar a los sublevados. La situación de Lamadrid no era nada sencilla e intentó evitar la batalla que habría de librarse en Navarro a través de una fallida negociación con Rosas.

Más dramático aún fue su último encuentro con Dorrego. El prisionero le pidió que convenciera a Lavalle para que lo recibiera, pero sus esfuerzos fueron, otra vez, infructuosos. Y no debe de haber sido tarea sencilla llevarle la infausta noticia a su compadre, que le contestó: “¡Compadre, se me acaba de ordenar prepararme a morir dentro de dos horas! ¡A un desertor al frente del enemigo, a un bandido, se le da más término y no se le condena sin oírle ni permitirle defensa!”. Luego de responder, Dorrego escribió las cartas de despedida para su esposa, sus hijas y sus amigos más íntimos y entregó a Lamadrid su chaqueta encargándole que se la diera a su mujer. “¿Tiene usted, compadre, una chaqueta para morir con ella?”, le suplicó más que le interrogó el sentenciado. Lamadrid no pudo rechazar el pedido pero sí fue más firme para no aceptar otra petición que le hizo el condenado: acompañarlo ante el pelotón de fusilamiento y darle un abrazo antes de morir.

El dramatismo de la situación no puede ser obviado e ilustra con claridad la profundidad de las rupturas que los enfrentamientos políticos estaban generando en la trama más íntima de las relaciones tanto sociales como personales. Y la encrucijada de Lamadrid estaba lejos de ser única y excepcional. Su suegro, José Miguel Díaz Vélez aunque era uno de los ministros designados por Lavalle, no dudó en escribirle para comunicarle que el cónsul norteamericano estaba dispuesto a facilitar la deportación del gobernador —el mismo plan que Dorrego imaginó y le propuso a Lamadrid—. En una carta a Lavalle se lo recomendó afirmando que “esto es digno, más que fusilarlo, aun después de un juicio muy dudoso, si se han de consultar los ápices de la justicia”. No era fácil su situación para quienes como él se reconocían, aun en esas dramáticas circunstancias, como “amigo suyo y de Dorrego”.

Unitarios contra federales. Federales contra unitarios. Hemos escuchado y leído tantas veces este violento enfrentamiento que es imposible no pensar en que se trataba de dos bandos claramente diferenciados y opuestos. Con lo que hasta aquí hemos visto, ya podemos advertir que las cosas fueron bastante más complejas. En este sentido conviene recordar que las vidas de Dorrego y Lavalle —los protagonistas por excelencia de ese dramático momento— tenían varios puntos en común. Ambos habían nacido en Buenos Aires, el primero en 1787 y el segundo diez años después. Ambos pertenecían a su elite aunque no a las familias más encumbradas. Ambos estaban en Chile cuando se produjeron los acontecimientos de 1810 y se sumaron a las fuerzas revolucionarias. Ambos ascendieron en el escalafón militar durante las guerras de la independencia, Dorrego en el Ejército Auxiliar del Perú y Lavalle en el de los Andes. Así, el enfrentamiento que protagonizaban en 1828 era el signo más claro del desgarramiento profundo que sacudía a la elite revolucionaria tras veinte años de revolución y guerra.

No extraña, entonces, que el trágico final de Dorrego se transformara en un episodio emblemático de la larga guerra civil en que había devenido la lucha por la independencia y que habría de enardecerla. No casualmente, todavía en 1998 Pedro Orgambide podía dar a conocer una novela que, justamente, se titulada Una chaqueta para morir, recuperando el extremo dramatismo del episodio que hemos relatado. No casualmente, una y otra vez, este momento emblemático fue visitado desde la literatura, la pintura, el teatro o el cine. No podemos aquí abundar en ello pero conviene recordar que este episodio fue elegido por Max Gallo para desarrollar el primer film de ficción de nuestra filmografía en 1909. Es imposible resumir las múltiples lecturas que habilitó esta muerte en nuestra literatura, sea en las páginas que le dedicaron Esteban Echeverría, Domingo Faustino Sarmiento o Bartolomé Mitre en el siglo XIX como las que en el siguiente le destinaron Jorge Luis Borges, Ernesto Sabato o David Viñas, para no traer a colación la vastísima producción historiográfica que se ha ocupado de la trayectoria y muerte de Dorrego.

Sin embargo, no por transitado el tema puede darse por definitivamente resuelto pues muchos nuevos interrogantes pueden formularse. Por eso conviene partir de un reconocimiento preliminar: la muerte de Dorrego impactó profundamente en la sociedad de la época, aun entre quienes simpatizaban en ese momento con Lavalle. Y, mucho más, entre quienes habían sido sus ...