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GéNESIS (LA ERA DE LOS MíSTICOS 2)

Adriana González Márquez  

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Fragmento

LECCIÓN DE VOCABULARIO DE LOS DOMINIOS. “ABADIY VINTRO” TRADUCCIÓN LITERAL: “ETERNO INVIERNO”… ¿TE IMAGINAS YA HACIA DÓNDE VAMOS?

Matheo

Es imposible que intente describir lo que mi espíritu sentía en ese momento, chocando contra mi mente y contra mi cuerpo en una infinidad de reacciones que no pude exteriorizar, puesto que continuaba pasmado ante la información.

¿Ramel? ¿Mi padre? ¿¡Ramel!?

No. Era. Posible.

Furia e incredulidad se mezclaron en mi sistema.

¿Dije ya que no era posible?

¡Pues es que no lo era!

Lo único que logré hacer fue abrazar con más fuerza a Luca, en un infructuoso intento por protegerlo de las palabras que el Místico acababa de pronunciar, sintiendo cómo sus manitas se cerraban en puños sobre los hombros de mi chaleco.

Eran mentiras, ¿cierto? Tenían que serlo.

Había pasado más de la mitad de mi vida deseando una familia real, ¿y ahora resulta que aquí estaba? ¿Y que parte de ella era compuesta por Ramel?

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Tenían que ser mentiras…

Por un lado me parecía imposible aceptar que aquel caprichoso y voluble sujeto fuera mi padre; por el otro, en mi interior surgía una extraña chispa de esperanza al pensar que el pequeño al que sostenía era mi hermanito.

Pero más allá de unos segundos de pesado silencio, no tuve tiempo de reaccionar.

Nadie lo tuvo, a decir verdad.

Apenas había abierto la boca para negar de forma automática la noticia del Místico, cuando un agudo terremoto cimbró la Costa de Talesca, haciéndonos trastabillar a todos al instante en que un ensordecedor aleteo se dejaba escuchar sobre nosotros.

—Están aquí —alcancé a oír que Ramel murmuraba, dando media vuelta para luego salir rápidamente de la cabaña.

Deposité a Luca en el suelo y, después de ordenarle que entrara a la habitación y no se separara de Dorian y Arabela, seguí los pasos del dragón/humano hasta el exterior. Detrás de mí venían Forley y Sasha, y después de ellos, Erick, quien sin detenerse le pedía a Dem que permaneciera con los niños, al mismo tiempo en que el resto de mis amigos y de la Congregación avanzaban también hacia la puerta.

Me detuve de golpe al terminar de descender los escalones del pórtico, con la mirada fija en el firmamento cubierto casi en su totalidad por dragones y pegasos, que luchaban por los aires en una batalla totalmente desigual: los enormes caballos alados no parecían tener posibilidad alguna de vencer.

Eridani, fue lo primero y único que cruzó por mi mente.

Tenía que llegar a ella, tenía que sacarla de aquí a como diera lugar.

Comencé a correr rumbo al altar, pero apenas llegaba a los linderos de la selva cuando una mano me detuvo bruscamente, cerrándose con fuerza alrededor de mi brazo.

—¿Qué? —vociferé con un grado de impaciencia que jamás había sentido, girándome para darme cuenta de que había sido Ramel quien interrumpió mi avanzar.

—Practiquen el uso de su energía espiritual como escudo; como arma no les servirá de nada contra nosotros, pero si se recubren de ella, hay más probabilidades de que puedan resistir el poder de seducción. Y el refugio de Abadiy Vintro: deben irse para allá. Su Magistrado tenía razón, a los Místicos no nos gusta el frío.

No pensé siquiera en preguntarle cómo era que sabía de aquel sitio o de las suposiciones de Forley; lo único que me interesaba en ese momento era llegar al ángel, y aún más cuando logré ver por entre las palmeras que los pegasos iban perdiendo, tal y como imaginé que sucedería, mientras que los dragones se acercaban cada vez más al suelo.

Los cerrajeros que se encontraban cerca de mi búngalo ya comenzaban a abrir portales, mientras que algunos adalides y paladines reforzaban el escudo alrededor de la playa, en lo que otros más organizaban la retirada.

—¡Ve y díselo a ellos! ¡A mí déjame en paz! —gruñí frente a su rostro, intentando deshacerme de su agarre, pero sin lograrlo.

—Llévate esto —agregó como si yo no hubiera hablado, extrayendo un libro viejo de empastado café que había estado oculto tras su espalda—. Te aclarará algunas dudas. Tan sólo te pido por favor que tengas mucho cuidado con quién lo compartes; estoy posando mi existencia en tus manos.

Lo tomé con desdén a pesar de su tono de reverencia, sin quedarme con las ganas de replicar:

—¿Acaso crees que me interesa? ¿Acaso crees que me importan un carajo tus mentiras?

—¡Pues debería! —fue su turno de explotar—. ¡Porque si no, de ahora en adelante ésa será tu vida y la de tus amigos! —agregó señalando la batalla, la defensa espiritual que se iba debilitando, y la huida—. ¡Correr y esconderse, correr y esconderse! ¡Hasta que los maten, los conviertan en esclavos o peor! ¡Así que tú decide qué tanto te interesa! —finalmente me soltó y comenzó a alejarse, pero siguió hablando sin detenerse—. Yo sacaré a Luca de aquí. Nos vemos en Abadiy Vintro en unos días… ¡Ah, y toma!

Me lanzó una infinia que atrapé en el aire, al tiempo en que comencé a objetar:

—¿Estás demente? ¿Acaso crees que permitiré que un lunático como tú se lleve a mi hermanito?

Giró el cuerpo caminando hacia atrás, con el rostro adornado por una sonrisa cínica.

—¿Así que ahora es tu hermano? ¿No se supone que no me creías?

—¡Como sea! ¡No permitiré que te lo lleves!

—No me puedes detener, Matheo. No pierdas el tiempo intentándolo. Tu seelewander te necesita.

—¿Mi qué?

—Eridani… Y no te preocupes —agregó, y podría jurar que me miraba con orgullo, pero a causa de la distancia que nos iba separando, no logré cerciorarme de ello—, uno de mis hijos se sabe cuidar muy bien y tiene responsabilidades; así que mientras tanto yo mantendré al otro a salvo.

Quise responderle que no me llamara “hijo”, pero entonces una nueva detonación agitó la costa entera, enfureciendo a las olas y haciendo temblar el suelo, al tiempo en que más y más dragones ingresaban al Dominio bajo mi cuidado por medio de un gigantesco portal en el cielo.

Eridani volvió a asaltar mis pensamientos, así que después de acomodar el libro entre la cintura de mis pantalones de cuero y mi espalda, retomé la carrera hacia el altar. Me encontré a Renata muy pálida mirando hacia arriba y a Max en posición de ataque, gruñendo sin cesar, mientras que Andrés parecía debatirse entre sacar a Eridani de la pileta o crear un escudo para proteger a su familia.

No tuve tiempo de decirle que su alma había estado en demasiado desuso como para lograrlo, y que aun si lo hacía, si los Místicos llegaban hasta acá, no serviría de mucho.

Además, aunque lo más probable era que todavía no era momento de sacar al ángel de la pileta, no nos quedaba otra opción; tan sólo rezaba para que el frío y la nieve de Abadiy Vintro bastaran para regular su temperatura corporal, porque a estas alturas y en estas circunstancias, ¿qué más podíamos hacer?

Llegué directo hasta el altar e incliné mi cuerpo sobre él para cerciorarme de que Eridani estuviera bien, suspirando con alivio al ver que su estado era el mismo y que se encontraba intacta.

—Ya estoy aquí —murmuré besando con suavidad su frente, para luego alzarme y volverme hacia sus padres—. Tenemos que irnos.

—Pero…

—No hay tiempo para nada más —interrumpí la objeción de Andrés al instante en que abría un portal con la infinia que Ramel me había entregado.

Renata y Andrés me miraron inmóviles y genuinamente atemorizados, por lo que, sin esperar, levanté a Eridani del altar (ella continuaba afiebrada, así que de nuevo imploré para que la nieve fuera suficiente ayuda) y, con Max pisándome los talones, no aguardé a ver si la pareja me seguía o no, atravesé la energía violeta que en un suspiro me condujo a una tremenda tempestad, la cual se desarrollaba alrededor del enorme refugio y del bosque colindante.

Respiré con un poco de alivio al cerciorarme de que Andrés y Renie sí reaccionaron y por fin habían cruzado; y aún más cuando me di cuenta de que los cerrajeros de la Congregación también habían abierto sus portales hacia este sitio, pues con rapidez iba llenándose de gente. El problema era que no veía a ninguno de mis amigos ahí; y a pesar de que Arabela y Dorian ya se encontraban entre la muchedumbre bajo el cuidado de (sorpresa de sorpresas) Evander, Luca no estaba con ellos. Al parecer Ramel había sido fiel a su palabra y se lo había llevado consigo.

Debía cerciorarme de ello. Si no, jamás me lo perdonaría…

Sentí un bizarro abatimiento, un pesar demasiado extremo, al dejar a Eridani en el suelo nevado, girándome hacia sus padres antes de que el portal fuera a cerrarse.

—Manténganla en el frío —fue lo único que les dije antes de cruzar de regreso a Talesca.

Deshice la energía y volví al búngalo corriendo lo más rápido que pude; con lo primero que me topé fue con la desgarradora visión de mi hogar en llamas, pero no tuve oportunidad de lamentar la pérdida, observando entonces cómo Erick y Vanessa ahora luchaban cuerpo a cuerpo contra unos cuantos Místicos que habían logrado traspasar los escudos protectores y ya contaban con forma humana, al instante en que Belyan, Lylibeth, Forley y Lórimer intentaban reforzar la capa espiritual que nos separaba de los dragones que aún sobrevolaban la costa, mezclando sus almas que brotaban de sus palmas y dirigiéndolas al cielo en un caleidoscopio de colores que con rapidez palidecían ante la fuerza de los Místicos, mientras que cientos y cientos de pegasos desertaban de la batalla al ver los cadáveres de su raza caídos sobre la costa o flotando en las enfurecidas aguas de Talesca, y Dem, Bradd y Sasha guiaban la retirada a través de los pocos portales que continuaban abiertos.

El padre de Vanessa fue el primero en percatarse de mi regreso, avanzando hacia mí para encontrarnos a medio camino.

—¡Se lo llevó, Matheo! ¡Traté de detenerlo, pero se lo llevó! —entendí que se refería a Luca y a Ramel.

No supe si sentir alivio o ansiedad, así que ambas emociones me inundaron a la vez.

—Lo sé. No te preocupes y confía en mí. En lo que necesitamos concentrarnos ahora es en sacar a todos de aquí.

—Ya casi acabamos. En realidad no éramos tantos.

—Iré a ayudar a Erick y a Vanessa. Griten cuando estén listos para cerrar los portales.

Toda la charla se desarrolló sin que nos detuviéramos, por lo que nos separamos en ese momento, yo desenfundando las cimitarras mientras que Dem avanzaba de vuelta con los cerrajeros.

Pensé con ironía lo “valientes” que parecían ser los miembros de la Congregación, pues no lograba ver a casi ninguno de ellos aquí, pero todo sarcasmo se borró de mi mente al instante en que un dragón/humano apareció de la nada frente a mí.

No le di oportunidad de reaccionar; alcé las espadas y con un movimiento lo dejé sin cabeza.

—El que sigue —murmuré medio sonriendo, avanzando hacia donde Vanessa se enfrentaba ella sola a cuatro.

De verdad que había evolucionado bastante desde aquellas sesiones de entrenamiento en donde ni siquiera lograba ganarnos a Erick y a mí juntos, cuando ahora, incluso antes de que llegara a su lado, ya se había encargado de deshabilitar a uno de los Místicos contra los que luchaba.

—Te tomaste tu tiempo en volver —articuló mi amiga sin detener sus movimientos, girando grácilmente para que sus espadas cortaran a uno de los dragones/humanos sobre el abdomen, al mismo instante en que con un codo golpeaba a otro sobre la nariz, lanzándolo hacia donde yo me acercaba, por lo que aproveché su inercia para cercenarle las piernas y patear su espalda hasta hacerlo caer.

—Tenemos que irnos ya —respondí uniendo las cimitarras y aventándolas para separar cuerpos de cabezas de los dos Místicos que quedaban de pie.

—¿Sacaste al resto de mi familia de aquí? —me preguntó en el instante en que mis armas volvían volando a mi mano.

Asentí:

—Sólo falta Dem. Todos los demás ya se encuentran en el refugio. Arabela y Dorian estaban con Evander… No puedo creer que los mandaras con él.

Ella se rió un poco, al tiempo en que corríamos hacia Erick, quien se encargaba de subyugar a dos Místicos más.

—¿Crees que me interesa si te llevas bien con alguien o no cuando se trata de la seguridad de mis hijos?

—Muy buen punto.

—Nadie más es inmune, por lo que Nessa y yo teníamos que quedarnos, así que él se ofreció a cuidarlos en lo que nosotros luchábamos —agregó Erick cuando llegamos a su lado, sorprendiéndome con esa información.

—¿Se ofreció? ¿De verdad?

—De verdad —me dijo con una media sonrisa.

—¿Y de cuándo acá tan amable?

—¡¿Nos vamos ya o se quieren quedar a platicar otro rato?! —los tres escuchamos el grito de Dem, así que automáticamente corrimos hasta el último portal abierto, en donde ya sólo él y Forley nos esperaban.

Cruzamos con rapidez; Bradd aguardaba del otro lado, por lo que de inmediato comenzó a deshacerse de la energía restante; no fue lo suficientemente rápido, pues justo antes de que terminara de cerrarse, un Místico alcanzó a atravesar. Todos los que nos encontrábamos cerca nos pusimos en alerta, desenfundando y alzando armas en espera del ataque.

Éste nunca llegó…

Resulta que Ramel también había dicho la verdad cuando afirmó que las suposiciones de Forley estaban en lo correcto: en cuanto el dragón/humano sintió el golpe del frío, su cuerpo se tensó de forma antinatural, retorciéndose y bufando, sacando humo por su boca y sus fosas nasales, soltando la sovnya que sostenía (una lanza con filosas y largas navajas curvas en cada extremo), para finalmente caer de rodillas y manos sobre el piso nevado.

—A… yu… da… —musitó con voz áspera y entrecortada, alzando el rostro (que poco a poco se iba tornando azuloso), hasta que sus ojos hicieron contacto con los míos—. A… yu… da… Por… favor…

Instintos opuestos colisionaron en mi alma: la ira y la violencia deseaban acabar con él; la compasión y la lástima instándome a otorgarle la asistencia por la cual rogaba.

—Sí, claro. Aquí está tu ayuda —escuché que Lylibeth decía, acercándose a nosotros con su delgada aunque letal espada en lo alto.

Así que el frío no sólo los debilitaba, sino que les arrancaba la capacidad de influenciar al sexo opuesto.

Bueno saberlo…

—¡Aguarda! —exclamé en el momento en que hubo un vencedor en mi guerra interna, sujetando el brazo con el que la rubia daría la estocada final.

—¿Aguarda? —me gritó al rostro, tratando de zafarse de mi agarre, pero no la solté—. ¿Aguarda? ¿Lo tenemos a nuestra merced y tú quieres esperar? ¿Esto es acaso un efecto secundario de ser mestizo?

—¡No, idiota! ¡Es un efecto secundario de ser humano! —estallé—. ¡Si le haces algo mientras está indefenso y sufriendo, no eres mejor que ellos!

—Un Místico no se tentaría el corazón en estas circunstancias —espetó, pero con menos convicción.

—Con más razón para ser diferentes, Lylibeth. ¡Míralo! —añadí señalándolo con un movimiento de cabeza—. Agoniza…

Sentí cómo la tensión de mi amiga se iba drenando del brazo que yo aún sujetaba, por lo que lentamente la solté.

—¿Qué hacemos con él, entonces? —preguntó Evander, quien ya había entregado los niños a su madre.

Giré el rostro para verlo y fue hasta ese momento que caí en la cuenta de que todos los presentes habían sido testigos de lo acontecido, pero nadie contestó.

Tal vez porque nadie sabía la respuesta.

—Hagámoslo entrar en calor —propuso Sasha—. No totalmente, para que no pueda hacernos daño, pero lo suficiente para que no sufra tanto… Después lo cuestionaremos.

—¿Y si vuelve a obtener sus habilidades de influencia? —no supe quién expresó la cuestión, pero me apresuré a responder.

—Ramel me dio un consejo al respecto; no sé si sea confiable al cien por ciento, pero nada perdemos con intentarlo: me dijo que hagamos uso de nuestra energía como escudo. Dispararles a los Místicos con ella no sirve de nada, pero según él, al resguardarnos con nuestro espíritu, es más factible que podamos resistir el poder de seducción.

Magistrado y Canciller asintieron, para después comenzar a dar instrucciones al respecto.

Lórimer intervino después:

—Aparte de que es macho. Aunque intente utilizar su influencia, Matheo y yo podemos encargarnos de él, ¿estás de acuerdo? —me preguntó; accedí sin hablar—. A nosotros no nos afectará.

—Yo les ayudo —intervino Erick enfundando su estoque medieval, pero Belyan negó inmediatamente, poniéndole una mano al pecho a su hermano.

—Tu familia te necesita. Los niños están muy asustados. Yo les ayudaré.

—¿Seguro?

Belyan torció la mandíbula en un gesto que no supe interpretar, pero entonces respondió afirmativamente, por lo que mis ojos giraron hacia el Magistrado y la Canciller. Forley y Sasha se dedicaron una mirada para luego acceder al unísono.

—Señor Magistrado, ¿permiso para acompañarlos? —inquirió Evander sorprendiéndome otra vez.

Si se suponía que ya todo estaba aclarado, ¿cuál era la razón por la que deseaba seguir vigilándome? Pero en lugar de exteriorizar mi duda, sonreí burlonamente ante su eterna formalidad.

—Está bien —consintió Forley cuando ya todos comenzaban a movilizarse rumbo a la gigantesca cabaña.

—Adelántense —le indiqué a mis amigos, levantando la sovnya que el dragón/humano había dejado caer—. Tengo que ir con Eridani —sabía que no soportaría permanecer alejado un minuto más.

—Ve —me dijo Lórimer mientras que entre Belyan y Evander levantaban al Místico por debajo de los brazos—. Lo encerraremos en el ático. Ahí te esperamos.

Renata y Andrés continuaban arrodillados a unos pasos del porche lateral, ambos titiritaban por el frío, cuando al mismo tiempo la nieve alrededor de donde Eridani se encontraba recostada se iba derritiendo con impresionante velocidad, incluso a pesar de la ventisca que aún continuaba. Max daba vueltas y vueltas alrededor de su ama.

—Renie, entra a la casa a conseguir prendas cálidas. Andrés, pregúntales a Lylibeth o a Braddgo si cuentan con alguna tinaja que podamos ir rellenando continuamente de hielo. Max, a la cabaña; no quiero que vuelvas a helarte como la vez anterior —no se me ocurrió siquiera decir “por favor”, pero los padres del ángel (y su perro) no repararon en mi brusquedad, los tres movilizándose sin refutar, al mismo tiempo en que yo depositaba la sovnya en el piso y levantaba a Eridani entre mis brazos para reacomodarla en otro banco de nieve, sintiendo cómo su febril piel casi me quemaba.

¡Mierda! ¡Mierda!

—¡Mierda! —espeté haciendo eco de mis pensamientos.

Lo sabía… ¡Lo sabía!

La habíamos sacado de la pileta demasiado pronto.

La recosté con suavidad, deshaciéndome de los mechones mojados que se le pegaban al rostro (irónicamente, a causa del sudor, y no de la nevada), percibiendo cómo a pesar de su cercanía, el congelante ambiente estaba comenzando a afectarme.

Sentía que las manos y los pies se me entumían y el cuerpo entero me temblaba sin control, comprendiendo que en pocos minutos la energía de mi espíritu no sería suficiente para mantener mi calor corporal.

—Estarás bien, ángel —murmuré contra sus labios, concentrándome en ella en lugar del frío, cerrando mis ojos y recargando mi frente contra la suya—. Estarás bien. Volverás a mí y todo estará bien. Estaremos bien. Sólo necesitas volver a mí… Por favor… Vuelve a mí, para que todo esté bien… —lo que había iniciado como una afirmación, terminó como un ruego.

Besé sus hirvientes labios con infinita suavidad, experimentando un mínimo de consuelo ante el exquisito sabor que sólo podía provenir de Eridani, y ante el vaivén de su respiración acompasada, que acarició mi boca al separarme un poco de ella.

No pasó mucho antes de que escuchara ladrar a Max, que venía corriendo hacia mí con Andrés tras de él cargando una gran tina de madera ayudado por Dem, mientras que Renata los seguía con los brazos llenos de abrigos, guantes y gorros que nos repartió en cuanto los dos hombres depositaron la bañera en el suelo a unos metros de Eridani y de mí.

Entre los cuatro rellenamos la mitad de nieve, y después yo levanté al ángel para depositarla en el centro; en cuanto su postura me pareció cómoda, Dem y yo comenzamos a cubrirla con aún más del líquido congelado.

—¿Seguros de que no le hará daño? Esto no es lo mismo que el altar especial en donde la teníamos. ¡Es sólo nieve! No quiero que acabe con pulmonía… o peor, con hipotermia —articuló su madre, retorciéndose las manos en claro signo de preocupación—. ¡Dios, Dios! ¿Qué es peor? ¿La pulmonía o la hipotermia? ¡Ay, no! ¿Y si le da gangrena o algo así? Porque una vez vi en el Discovery Channel el caso de unos alpinistas que estaban subiendo una montaña y luego tuvieron un accidente y apenas unos minutos después hubo una avalancha y comenzaron todos a…

—Lo necesita, corazón —Andrés interrumpió el histérico monólogo, pasándole un brazo por los hombros a su esposa—. Mira las marcas de su silueta que se han quedado en el piso; derrite el hielo en pocos minutos. Tendremos que estar drenando y rellenando la pila constantemente hasta que su temperatura se estabilice.

—Ok, ok… Lo sé y lo entiendo… —musitó ella en medio de un suspiro—. Les juro que no estoy tratando de ser una necia a propósito, pero es que es mi niña…

Andrés la acunó con ternura, comprendiendo por fin la irracional histeria de la mujer.

—Vete. Te esperan en el ático —me indicó Dem en cuanto terminamos de envolver a Eridani, con sólo su cabeza sobresaliendo por entre la nieve.

No contesté y tampoco me moví, sujetando la orilla de la tina con tanta fuerza que creí que la rompería.

—¿Matheo?

—Dame un minuto —murmuré ante la insistencia de Dem, sin poder dejar de mirar al ángel.

No entendía qué era lo que me estaba sucediendo, pero con cada hora que transcurría, me sentía cada vez más imposibilitado a alejarme de ella, volviéndose un dolor casi físico el tener que marcharme.

Ni siquiera al estar conectado con Vanessa había percibido un vínculo tan poderoso, tan impredecible e indestructible. No quería ni imaginar lo que me pasaría cuando ella por fin estuviera elevada y su alma entrara en verdadero contacto con la mía.

Porque a pesar de mi antigua reticencia, quería a su espíritu en mi interior, y el mío dentro de ella. Lo necesitaba…

Inhalé profundamente para cobrar fuerzas, di media vuelta, recogí la sovnya y me la acomodé en una funda extra tras mi espalda y por fin me alejé, ingresando a la cabaña y sorteando a la multitud, para luego ascender por las escaleras hasta el ático… en donde, por increíble que suene, logré escuchar cómo el Místico lloraba sin parar.

QUE COMIENCE LA RUTINA…

Matheo

—¿Qué le pasa? —pregunté incómodo al llegar junto al gemelo, que se encontraba de pie a mitad del abarrotado ático.

Él me miró con brazos cruzados y el rostro lleno de confusión, encogiéndose de hombros, para luego volver los ojos al Místico recostado en el suelo, hecho un ovillo, con la espalda lo más cerca posible al fuego de una chimenea recién encendida, pero al mismo tiempo cuidándose de que las llamas no fueran a alcanzarlo.

Belyan y Evander lo custodiaban, y en sus facciones logré ver el mismo desconcierto que Lórimer (y seguramente yo) portaba.

—Llegamos, encendimos el hogar, lo recostamos y en cuanto comenzó a sentirse un poco de calor, empezó a llorar —me explicó Belyan sin dejar de observar al patético ser que sollozaba en el piso.

Meneé la cabeza con incredulidad. No sabía si era un truco o no, pero la actuación del dragón/humano había confundido a tal grado a los demás que a ninguno se le había ocurrido asegurarlo.

—Lórimer, acerca esa silla —ordené señalándole el asiento acomodado en una esquina—. Belyan, busca sogas gruesas —proseguí avanzando hasta el sujeto para con rudeza ponerlo de pie; él continuaba llorando y temblando, prácticamente laxo contra mi cuerpo, pero la verdad era que después de lo que le habían hecho a Eridani y a Luca, no sentía en mí la más mínima necesidad de tratarlo con cuidado—. ¡Por todo lo que es sagrado! ¿Qué te sucede? —le dije con extrañeza y desesperación—. ¿Qué no se supone que eres un dragón milenario y malvado? ¡Actúa como tal!

—No… no puedo… no… —gimoteaba al instante en que el gemelo llegaba con la silla, por lo que lo senté en ella y entre Belyan y Evander comenzaron a atarlo.

—¿No puedes qué? ¿Dejar de llorar? ¡Así se sentía Luca cuando lo torturaban y eso no pareció importarles mucho! ¿O sí?

—Yo no… Yo…

—¿Tú no, qué? ¿Participabas? ¡Tampoco lo detenías! —grité jalándolo por el cuello de la camisa que vestía, sintiendo cómo rápidamente iba perdiendo el control.

—Govami, cálmate. Tú mismo lo dijiste: lo menos que queremos es ser como ellos.

Me sorprendió que fuera Poct quien intentara tranquilizarme, aunque no lo lograra. Me alcé para encararlo.

—Tú estuviste ahí conmigo —espeté roncamente—. Tú viste la forma en que vivían sus esclavos humanos en esa mina.

Torció el gesto concordando, pero al mismo tiempo mantuvo la cabeza fría.

—Lo sé. Pero comportarnos como ellos no ganará nada.

Las palabras “comportarnos como ellos” fueron las que finalmente me hicieron reaccionar. Desde que me enteré de que yo era un mestizo, lo que menos deseaba era parecerme a los Místicos, en el aspecto que fuera.

Con menos rabia y más serenidad, me giré de nuevo hacia el dragón/humano, que ya se encontraba fuertemente sujeto a la silla, acomodada a más o menos dos metros de la chimenea. Lórimer y Belyan habían recordado las instrucciones de Sasha: hacerlo entrar en calor pero no al grado de que se recobrara por completo.

—¿Por qué sigues llorando? —inquirí, ya que aquel acto continuaba confundiéndome.

—No puedo hacer nada —me contestó.

—¿A qué te refieres?

—Mis poderes —murmuró con la vista perdida—. No puedo volver a mi forma real; estoy atrapado en este cuerpo… Y no puedo accesar a mi alma, es como si ni siquiera estuviera ahí… Y la seducción se ha perdido… ¿Qué me sucede? ¿Es esto lo que se sentía ser un humano? ¡Es horrible! ¿Cómo pueden soportarlo? ¿Cómo pueden vivir así? —por fin nos miraba, y la desolación en sus ojos era tan obvia, que todos nos removimos con incomodidad.

—Te acostumbras —dijo Belyan sarcástico.

Suspiré tratando de aclarar mis pensamientos.

—¿Qué intentaban hacer durante el ataque en Talesca? —inquirió el gemelo entonces.

—Tengo frío… ¿Me podrían acercar más al fuego? —el dragón/humano temblaba y su rostro continuaba luciendo ligeramente azul, por lo que supuse que decía la verdad.

—Contéstame y lo pensaré.

No lo dudó ni por un segundo.

—La prioridad era capturar a los mestizos. De no lograrlo, capturar a quien fuera para luego extorsionarlos hasta que se entregaran.

—¿Para qué? —indagué, y aquélla fue la primera vez que lo vi vacilar, mirándome con una mueca rabiosa en los labios.

¡Vaya! ¡Hasta que por fin mostraba un poco de agallas! Al parecer, a pesar de no haberlo movido, ya comenzaba a entrar en calor.

—¡Vete al carajo, cerdo mestizo!

Solté una carcajada, echando la cabeza hacia atrás ante la fuerza con que la risa me tomó desprevenido.

—Así que ya dejaste de llorar y vuelves a actuar como el perverso y pretensioso Místico, ¿eh? ¡Vigorizante! —exclamé con genuina diversión—. Lo repetiré una sola vez: ¿para qué?

El dragón/humano siguió gruñendo sin responder.

—Bien. Conste que te lo advertí —dije justo antes de propinarle un puñetazo en el rostro.

Funcionó.

Al parecer el frío también los hacía vulnerables al dolor, aparte de que su mandíbula se enrojeció al instante y un pequeño hilillo de sangre escurrió de la comisura de sus labios.

—¡Aaaaauuu! —gritó con una combinación de asombro y malestar—. ¿Qué fue eso?

—Se llama dolor. Y tendrás que ir acostumbrándote a él si no me contestas —en su rostro apareció un gesto testarudo, por lo que me encogí de hombros y me preparé para un nuevo golpe—. Ok, tú te lo buscaste.

—¡No! ¡Aguarda, aguarda! —gritó medio segundo antes de que mi puño volviera a conectarse con su mejilla—. ¡Te lo diré! ¡Te lo diré! ¡Pero ya no me pegues!

Los tres hombres que me acompañaban ya no pudieron contener las sonrisas.

—Habla entonces —concedí, cruzándome nuevamente de brazos.

—Los necesitamos para volver a Etérian. Tenemos que regresar antes de que lo haga Ramel.

—¿Ramel? —intervino Evander dando un paso hacia nuestro prisionero—. ¿Por qué? ¿Qué podría hacer él?

—Ramel es prácticamente indestructible, ¿no lo sabían? —articuló con una sonrisa triste. Dudaba que nadie hubiera logrado capturar y someter a un Místico en el pasado, puesto que verdaderamente parecía no saber qué no decir o cómo reaccionar, confesándolo todo con unas cuantas preguntas—. Es el más poderoso de todos nosotros.

—¿Aún más que los Tres Antiguos?

—Aún más. Él es el Antiguo Original. Su único problema es que nunca ha podido contra todos nosotros a la vez; de no ser así, posiblemente nos habría traicionado desde antes… —nos miró de uno a uno, estudiando nuestras expresiones de sorpresa—. Y los traicionará a ustedes también, si eso es lo que más le convenga en el futuro. Si le dio la espalda a su propia raza, ¿qué pueden esperar un montón de insignificantes humanos?

—¿Qué hay en Etérian? ¿Por qué les urge tanto regresar? —pregunté, pues a pesar de ya saber aquella información, quería compararla con la que nos había proporcionado Ramel, para saber qué tan honesto había sido.

—Dice la leyenda que en un lugar de Etérian existe la fuente de todo nuestro poder. Con ello podemos hacernos más fuertes que Ramel, derrocarlo finalmente, y así volver a las viejas costumbres.

—¿Las viejas costumbres? —musitó Evander.

El dragón/humano asintió.

—Místicos sobre humanos; felicidad y placer eternos. Pero ahora sería mejor, ¿se imaginan? No tendríamos que conformarnos con Etérian, no después de haber descubierto las infinias… Poder absoluto sobre las diferentes realidades; especialmente el Dominio Exterior, los humanos de ahí son tan sencillos de controlar; ni siquiera necesitábamos la extensión completa de nuestros poderes para hacerlo, por lo que ahora será mil veces más fácil.

—Nunca creí que tu raza fuera tan ingenua —articulé al sentir que la ira regresaba tras sus últimas frases—. ¿Están tomando decisiones y procediendo de acuerdo a una leyenda? ¿Una leyenda? ¿De verdad?

—Ustedes hacían lo mismo cuando la Elegida nació. Nosotros tenemos nuestras propias profecías… Aparte de que Ramel quiere volver a Etérian, cuando fue él mismo quien nos desterró de ahí; eso nos dice que los cuentos son reales, que la fuente de poder aún existe.

Buen punto, pensé.

—¿Por qué los traicionó Ramel?

Me miró otra vez con profundo odio, optando por un tozudo silencio.

—¿De nuevo no quieres hablar? —murmuró Belyan, ahora siendo él quien se preparaba para golpear a nuestro voluble rehén; el sujeto permaneció callado, por lo que en el rostro de mi amigo apareció una maligna sonrisa; una sonrisa que me recordaba a su tiempo como desalmado—. Esperaba que así fuera —agregó propinándole un nuevo puñetazo, ahora en el estómago.

El Místico se dobló ante el dolor, escupiendo sangre a nuestros pies.

—Una esclava —soltó finalmente el Místico con voz entrecortada, casi como si las palabras le asquearan—. Ramel asesinó y destruyó y separó familias enteras y nos arrancó de nuestro hogar por una esclava humana.

De todo lo sucedido desde que entré al ático, aquello fue en definitiva lo que más me alteró.

¿Una humana?

¡Pero si Ramel parecía detestarnos la mayor parte del tiempo! Nos había ayudado varias veces, sí, pero sólo cuando le convenía; sin embargo, de eso a darle la espalda a toda su raza por una sola persona de la nuestra había mucha diferencia; me resultaba totalmente inverosímil.

Y al parecer Belyan, Lórimer y Evander pensaban lo mismo, puesto que los cuatro nos miramos con la misma incredulidad rondando en nuestros rostros.

Por mucho que no quisiera, necesitaba leer el libro que me había entregado Ramel.

—Ustedes se alimentan de humanos, y al parecer, crean mestizos de vez en cuando, pero eso es todo. ¿De verdad quieres hacernos creer que Ramel los traicionó por alguien de nuestra raza? ¿Quién era ella en realidad? —le dije al sobrepasar el asombro.

El Místico nos dedicó una mordaz sonrisa, llena de dientes rojos por la sangre.

—Golpéenme más, adelante. Como dijo él —articuló señalando a Belyan con la cabeza—, te acostumbras. Es más divertido que se queden con la duda.

Sí. Tendría que leer el estúpido libro en cuanto tuviera un poco de tiempo, a más tardar esta noche.

—Está bien —le dije imitando su gesto—, veamos cómo reaccionas cuando lleves unos días sin comer —lo vi tragar saliva con nerviosismo, pero se aferró a su silencio—. ¿Suficiente por el momento? —le pregunté a mis acompañantes; todos estuvieron de acuerdo.

—Yo me quedo con la primera guardia —se ofreció el gemelo sentándose en el suelo junto a la chimenea, por lo que los demás asentimos para luego comenzar a alejarnos.

—¡Esperen! —gritó el dragón/humano con angustia—. ¡Esperen! ¡Aún tengo frío! ¡Dijeron que me moverían!

Sonreí girando la cabeza, pero sin detenerme.

—Te dije que lo pensaría. Ya lo pensé, y me gusta donde estás.

—¡No! ¡No! ¡Tengo frío! ¡Confié en ti!

—Pues entonces no me puedes culpar a mí, ¿o sí? Ése fue tu error.

—¡Maldito mestizo hijo de perra!

Lo sentía mucho por Lórimer, porque seguramente él tendría que escucharlo quejarse durante un buen rato, porque en cuanto cerramos la puerta del ático, la voz del Místico se enmudeció.

—Necesitamos más refugios —dijo Forley en cuanto Evander terminó de narrarle lo sucedido con el dragón/humano—. Debemos poner manos a la obra y todos cooperar. Comenzaremos con la creación rápida de cuanta construcción podamos, para evacuar a la gente de los Dominios más cálidos; tanto aquí como en cualquier otro sitio de clima gélido y en Surenal —agregó haciendo mención del polo sur de los Dominios del Ónix Negro.

Se fueron dividiendo equipos de edificación, minería y tala, mientras que otros se transportarían a lugares cercanos para obtener provisiones y para cazar, y aprovechar para ir alertando a la población; y unos más viajarían a la Región de Novatinus, que era donde los aspirantes que habían huido de Morarye se encontraban ocultos, pues necesitaríamos toda la ayuda posible para llevar a cabo el plan del Magistrado lo más rápido que pudiéramos.

Yo fui de los voluntarios que se quedarían a construir en Abadiy Vintro, porque no pensaba moverme de aquí por largos periodos, sino hasta que Eridani se encontrara completamente repuesta de la Elevación. Erick, obvio, se encargaría de diseñar los planos de las cabañas, y con él se quedaba su familia. Dem se había ofrecido a ir con Sasha, Favyola y otros más cerrajeros a Novatinus. Evander y Bradd coordinarían todo en este sitio, por lo que Lylibeth también se quedaría. Y por último, Belyan y Lórimer fueron parte de los voluntarios para ir por más comida y suministros, mientras que Forley y el resto de la Congregación viajarían de Dominio en Dominio para advertirles a las personas, hasta l ...