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HABíA UNA VEZ MEXICANAS QUE HICIERON HISTORIA

Pedro J. Fernández  

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Fragmento

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Ven acá; desde los montes podrás ver lo que queda de la Gran Tenochtitlan. Si te fijas bien, a lo lejos alcanzarás a distinguir unas cuantas casas de lo que fue alguna vez la ciudad, antes de que la quemaran. ¿Hueles el humo? ¿Escuchas el silencio? Es lo único que queda.

Camina conmigo. Apenas amanece; quiero contarte mi historia. Yo nací en Olutla, cerca del lugar que Hernán Cortés bautizó como la Villa Rica de la Vera Cruz. Mi padre era un cacique mexica; mi madre, una mujer noble.

A veces, cuando era niña, me llevaban hasta la playa para ver chocar las olas contra las piedras. Ahí me sentaba, con los pies en la arena, y jugaba con las conchas que encontraba. Me llamaron Malinalli en honor de la diosa de la hierba. Por eso siempre tuve vida dentro de mí, el verde de la hierba, el azul del mar y una sonrisa bien grande en los labios.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Luego murió mi papá, y mi mamá volvió a tomar marido. Ella quería hijos de su nuevo esposo, así que, como era costumbre, me vendió a unos señores mexicas que luego perdieron una batalla contra los tabasqueños. Me quedé con ellos, y mientras veía a los mexicas apropiarse del mundo como si construyeran un imperio, yo me hacía acompañar del viento.

Pasó el tiempo y me convertí en mujer. Entonces escuché los rumores: habían aparecido extrañas barcas de madera cerca de Yucatán, hombres pálidos habían desembarcado en la costa y un individuo llamado Hernán Cortés estaba al mando de todos ellos. ¿Te imaginas lo que fue ver su piel por primera vez? Mira mi brazo, es oscuro como la obsidiana. En cambio, los visitantes, que se hacían llamar españoles, eran de color más parecido a la espuma del mar.

Los tabasqueños lucharon contra los invasores, pero ganaron los españoles. Me entregaron a Hernán Cortés como botín de guerra, junto con piezas de oro y plata. Los otros prisioneros comenzaron a decirme Malintzin, que quiere decir “noble prisionera”. Como los españoles no podían pronunciarlo bien, me llamaban Malinche.

Hernán Cortés descubrió que yo hablaba maya y náhuatl, y pronto aprendí el idioma castellano. ¿Sabes por qué me necesitaban? Porque Cortés me llevaba a la corte mexica, me decía un mensaje en castellano y yo se lo traducía al náhuatl al emperador Moctezuma. Los ayudaba a entenderse. Fui tan importante que los mexicas se referían a Hernán Cortés como “el Señor Malinche”, y en muchos códices nos pintaron juntos.

Los pueblos indígenas estaban muy enojados con los mexicas, pues cada vez les pedían más y más tributos, y si no pagaban, les mandaban a su ejército. Por su parte, Hernán Cortés empezó a tener desacuerdos con Moctezuma. Entonces estalló la guerra.

Cortés me protegió para que no me pasara nada, pero de lejos vi todas esas batallas que a veces ganaban unos y a veces perdían otros. La verdad es que los españoles ayudaron a los pueblos indígenas a liberarse de los mexicas.

Otro día que andes por aquí te contaré sobre aquella noche en que Hernán Cortés perdió una batalla y lloró hasta el amanecer junto a un árbol. Los españoles se refieren a ese episodio como “la Noche Triste”.

Durante la guerra fui inteligente y diplomática. Además, enseñé a los españoles no sólo nuestro idioma, sino nuestras costumbres. También hablé a nuestros pueblos de las costumbres de los españoles.

Al final, los españoles decidieron terminar la guerra y atacar la Gran Tenochtitlan. Les cortaron el agua por varios días y esperaron a que los mexicas se rindieran. En ese momento entraron los españoles y los otros pueblos; ellos quemaron la ciudad y derribaron los templos. ¡Mira! Por eso se ve el humo que sube y la ceniza donde antes había casas.

Si me preguntas, este es el principio de una nueva historia para mí; sabré enfrentarla con inteligencia y valentía, como siempre.

LA MALINCHE ES UNA DE LAS MUJERES MÁS INFLUYENTES EN LA HISTORIA DE MÉXICO, PUES FUE PARTE DEL CHOQUE CULTURAL ENTRE LOS ANTIGUOS MEXICANOS Y LOS ESPAÑOLES. SE LE CONSIDERA LA MADRE DE LA NUEVA RAZA MESTIZA QUE NACIÓ CON LA CONQUISTA DE MÉXICO. ALGUNOS HISTORIADORES CREEN QUE MURIÓ DE VIRUELA EN 1528 Y OTROS SOSPECHAN QUE VIVIÓ HASTA 1551. SU IMAGEN, SIN EMBARGO, PERMANECE VIVA.

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Ven, acércate. Tenemos que hablar muy bajito porque mis compañeras de claustro suponen que aún estoy dormida, y es la única oportunidad que tengo de leer un poco. ¿Sabes? Ellas creen que doné todos mis libros para la caridad, pero…

Bueno, me llamo Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana. Seguramente me conoces como sor Juana Inés de la Cruz, nombre que tomé cuando me hice monja. Quizá me recuerdes por estos versos que, sospecho, habrás escuchado por ahí y que a mí me gustan mucho:

Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis.
Si con ansia sin igual solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?

¿Quieres un dulce de yema de huevo? Los preparamos aquí, en el convento de San Jerónimo. Otro día que vengas a visitarme te doy nuestra receta y te enseño a hacerlos. Ah, quieres que te cuente más sobre mi vida… Tengo un poco de tiempo antes de que amanezca.

Nací en San Miguel Nepantla, un pueblo en el Estado de México. Desde niña empecé a llamar la atención porque me gustaba ir a la biblioteca de mi abuelo. Ahí leía todas las historias que podía, y me imaginaba que era parte de ellas. Un día dije: “Yo también quiero poner en un papel todo lo que pienso”. De modo que usé mis ratos libres para escribir lo que se me ocurría, y a mi familia le gustó. Me parece que fue por el año 1657 cuando gané un premio por un poema que dediqué al Santísimo Sacramento. Aquello fue sólo el principio.

¿No te ha pasado que lees un libro y quieres saber más? A mí sí; siempre he querido saber más de todo, hasta le dije a mi mamá que me disfrazara de hombre, con tal de ir a la universidad. Ya sabes, en el siglo XVII a nosotras no se nos permite estudiar. De cualquier modo, no me dejó ir.

Cuando tenía 10 años me fui a vivir a la Ciudad de México con unos familiares para mejorar mi educación. A los 16 entré al servicio de la virreina Leonor de Carreto. ¡Aquello fue un gran honor! Imagínate lo que era estar en la corte de la Nueva España, en el palacio del virrey, los banquetes, los bailes, el oro y la plata. De vez en cuando declamaba los poemas que con tanto esfuerzo componía para la virreina. Recuerdo con mucho cariño los aplausos, le gustaba lo que escribía.

Fui tan feliz que seguramente te preguntas por qué dejé todo eso y entré al convento para ser monja. Tú sabes que me gusta escribir y aprender, quiero averiguar cómo funciona el mundo. No deseaba casarme, sino estudiar. Por eso me convertí en monja, pues aquí en el convento, además de rezar, bordar y cocinar, podía leer todos los libros que me gustaban, de cocina y de matemáticas, sobre las estrellas y mitología griega. Cada libro es un mundo, y yo quería conocerlos todos. Además, aquí escribí obras de teatro como Los empeños de una casa y el poema Primero sueño.

Rompí las reglas, me hice famosa por pensar y escribir. Me conocen en la Nueva España y más allá del mar, en la península ibérica. Mis libros se han publicado y se venden bien.

Hace poco, el obispo de Puebla dijo que no le gustaban mis textos. Me prohibieron leer y escribir, tampoco puedo tener instrumentos musicales, así que entregué mis libros para que los vendieran y repartieran el dinero entre los pobres.

¿Te cuento un secreto? Me quedé con algunos ejemplares, que guardo debajo de la cama para que nadie los encuentre. Me levanto muy tempranito a leer y tal vez pronto pueda volver a escribir; hay tanto que quiero decir…

Será mejor que te vayas. Está amaneciendo y mis compañeras ya se van a despertar. Vuelve cuando quieras. O lee mis poemas: siempre estarán ahí para ti.

SOR JUANA MURIÓ A CAUSA DE UNA EPIDEMIA QUE LLEGÓ AL CONVENTO DE SAN JERÓNIMO EN ABRIL DE 1695. SE LE CONOCE COMO LA DÉCIMA MUSA Y ES CONSIDERADA UNA DE LAS GRANDES ESCRITORAS DE LA HISTORIA; SUS LIBROS SON LEÍDOS Y ESTUDIADOS EN TODO EL MUNDO. SU PASIÓN POR LAS LETRAS HA INSPIRADO A MUCHAS OTRAS AUTORAS A PONER POR ESCRITO SUS IDEAS Y A DISFRUTAR JUGANDO CON LA BELLEZA DE LAS PALABRAS.

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¿Quién te dijo que una princesa necesita un príncipe que la rescate? A mí nunca me hizo falta, y aquí estoy, contándote mi historia.

En realidad me llamo Mirra, pero seguramente me conoces con otro nombre. Aunque me veas en este convento de la ciudad de Puebla, vestida de monja, hace muchísimos años fui una princesa muy querida. Vivía en Manila, con mis papás, y soñaba con el conejo de la luna.

Era sólo una niña, pero estaba segura de que algún día gobernaría un reino. Lo que no sabía era que unos piratas portugueses se habían enterado de mi existencia y me espiaban.

Una noche entraron al palacio y me robaron. Ni siquiera permitieron que me despidiera de mis padres. Me llevaron hasta el muelle y me encerraron en la bodega de un barco con otros niños y niñas como yo; eran esclavos.

El barco zarpó una mañana muy fría; antes de que cayera la noche, nos vimos atrapados en una terrible tormenta. Tuve mucho miedo, las olas eran muy altas, los rayos atravesaban el cielo y el barco parecía levantarse y luego caer en el agua. La madera crujía. Aguanté hasta que todo se detuvo.

El barco había naufragado en la costa. Armándome de valor, escapé por la puerta de la bodega y corrí por la playa. Estaba en Filipinas. Me escondí con unos frailes que me protegieron y me dieron el nombre que tengo hoy: Catarina de San Juan.

Fui feliz con ellos un tiempo, pero los piratas portugueses volvieron a robarme. Embarcamos, y esta vez no hubo problemas. Navegamos días y días hasta que llegamos a un puerto lleno de plantas verdes y mucho sol. Se llamaba Acapulco, en el reino de la Nueva España.

Era la primera vez que escuchaba hablar de ese lugar, me pareció muy bonito. Conocí la costa, las palmeras, la arena, y poco a poco aprendí el idioma. Por eso ahora hablo tan bien el español, aunque en aquel momento me costó mucho entenderlo.

Los piratas me vendieron al capitán Miguel de Sosa como esclava. Él y su mujer fueron muy buenos conmigo; me llevaron a su casa en Puebla y siempre se aseguraron de que fuera feliz. Gracias a ellos aprendí a leer, escribir y cocinar. Me dedicaba a limpiar la casa y a hacer las compras en el mercado.

Te voy a decir algo que nunca le he confesado a nadie. Aunque era esclava en Puebla, nunca dejé de sentirme princesa. Al principio esperaba que mis papás enviarían a alguien a rescatarme; sin embargo, con el paso del tiempo me di cuenta de que estaba sola, pero también de que era fuerte.

Una princesa siempre es capaz de rescatarse a sí misma.

Nunca olvidé de dónde venía. Tampoco dejé de usar trenzas con listones en el pelo ni de bordar pájaros y otros animales en mis blusas. Todos en Puebla me conocían por cómo me vestía.

Un día murió el capitán, y quisieron casarme con un chino para que me mantuviera. Yo dije que sí, pero con una condición: yo dormiría en mi propio cuarto y tendría libertad para hacer mis cosas.

Así ocurrió por muchos años, y en la ciudad se me conoció como la China Poblana. Pero el chino murió, y me quedé sola. ¿Crees que llegó un apuesto enamorado a salvarme? Ideé un mejor plan para mí. Me hice monja, pero mi fama no desapareció. Mujeres de toda la Nueva España venían a conocerme, a que les contara cómo una princesa había encontrado la fuerza lejos de su país. También me pedían ayuda, querían que les preparara alguna poción de hierbas de las que se hacían en Manila. Podía curar muchas enfermedades con ellas. Cada vez venían más y más, y yo las ayudaba.

Ahora soy feliz. Antes de dormir me quedo en la ventana, mirando el conejo de la luna y pensando en lo bonito que es Puebla. Me pregunto cuál será mi siguiente gran aventura. ¿Sabes? No tengo miedo de vivirla. Soy tan valiente como tú.

CATARINA DE SAN JUAN, MEJOR CONOCIDA COMO LA CHINA POBLANA, MURIÓ EL 5 DE ENERO DE 1688. CUENTAN QUE SU FUNERAL FUE UNO DE LOS MÁS GRANDES QUE HA HABIDO EN PUEBLA. POR MUCHOS AÑOS SE LE SIGUIÓ RECORDANDO CON CARIÑO Y SU TUMBA ES UNO DE LOS LUGARES MÁS VISITADOS DE LA CIUDAD. HASTA LA FECHA, NUMEROSAS MUJERES MEXICANAS SE VISTEN COMO ELLA: CON BLUSAS BORDADAS, FALDAS DE COLORES Y LISTONES ENREDADOS EN LAS TRENZAS.

LA PRÓXIMA VEZ QUE TE VISTAS DE CHINA POBLANA, RECUERDA LA HISTORIA DE ESTA PRINCESA QUE ROMPIÓ LAS REGLAS CON VALENTÍA.

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Oh, eres muy amable al venir a verme después de todos estos años. Recibo pocas visitas estos días. El calor ha estado terrible, así que me quedo en la mecedora, agitando el abanico, y me acuerdo de hace muchos años, cuando vivía en Querétaro.

Sabrás mi nombre, por supuesto. Soy Josefa Ortiz de Domínguez, aunque la gente me recuerda como la Corregidora. La verdad es que el corregidor, o mejor dicho, el gobernante de la ciudad, era mi esposo Miguel, pero como yo siempre andaba ayudando a todos, me pusieron la Corregidora. No podía dejar que una abuelita perdiera su casa sólo porque no podía pagar los impuestos, o que a un niño le faltara el pan porque no tenía suficientes monedas en el bolsillo del pantalón. Ayudé siempre que pude.

Cuando era niña, todo México se llamaba Nueva España. Yo era criolla, es decir, mis padres eran españoles pero yo había nacido en el continente americano, y sólo por eso tenía menos derechos.

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