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HEREDERA DE FUEGO (TRONO DE CRISTAL 3)

Sarah J. Maas  

5


Fragmento

CAPÍTULO 1

pleca

¡Dioses!, esta lamentable imitación de reino era un infierno.

O tal vez así le parecía a Celaena Sardothien porque llevaba esperando en el borde del tejado de terracota desde media mañana, haciéndose sombra sobre los ojos con un brazo, mientras se cocía lentamente al sol igual que las hogazas de pan sin levadura que los ciudadanos más pobres de esta ciudad horneaban en sus alféizares porque no podían pagar un horno de ladrillo.

Y, ¡dioses!, ya estaba harta de aquel pan: “teggya”, lo llamaban. Estaba harta del crujiente sabor a cebolla que no se lograba quitar ni con varios tragos de agua. No quería volver a probar otro bocado de teggya en toda la eternidad. Y ni eso sería tiempo suficiente.

Más que nada porque era lo único que había podido pagar desde su arribo a Wendlyn dos semanas atrás, cuando se encaminó hacia la capital, Varese, justo como le había ordenado su Gran Alteza Imperial y Amo del Mundo, el rey de Adarlan.

Cuando se le acabó el dinero, había recurrido a robarse los teggya y el vino de las carretas de los vendedores ambulantes. Se había quedado sin recursos poco después de divisar el castillo fortificado de piedra caliza, sus guardias de élite, las banderas azul cobalto ondeando tan orgullosamente con el viento árido y caliente. Entonces había decidido no matar a sus objetivos asignados.

Así que había recurrido al teggya robado... y al vino. El vino tinto y ácido de los viñedos que bordean las colinas ondulantes en los alrededores de la capital amurallada. Era un sabor que inicialmente la había hecho escupir, pero que ahora disfrutaba con gran placer. En especial desde el día en que decidió que ya nada en particular le importaba.

Buscó entre las tejas de terracota a sus espaldas, intentando encontrar el ánfora de vino que había subido a la azotea esa mañana, tanteando, sintiendo, y entonces...

Maldijo. ¿Dónde demonios estaba el vino?

El mundo se ladeó cuando se recargó en los codos y el resplandor la cegó. Las aves volaban en círculos sobre ella, pero mantenían una distancia prudente del halcón de cola blanca que llevaba toda la mañana posado sobre una chimenea cercana, esperando cazar su siguiente alimento. Abajo, la calle del mercado era un telar brillante de color y sonido: asnos que rebuznaban, comerciantes que ofrecían sus mercancías, ropas tanto extranjeras como locales y el sonido de las ruedas que chocaban contra el pálido empedrado. Pero dónde demonios estaba el...

¡Ah! Ahí. Metido debajo de una de las tejas rojas y gruesas para conservarlo fresco. Justo donde lo había dejado hacía horas, cuando se había subido a la azotea del enorme mercado techado para estudiar el perímetro de los muros del castillo a dos cuadras de distancia. O lo que fuera que se había inventado para que sonara como algo oficial y útil antes de darse cuenta de que prefería tumbarse un rato en las sombras. Pero hacía mucho que esas sombras se habían chamuscado bajo el obstinado sol de Wendlyn.

Celaena intentó dar un trago al ánfora de vino. Estaba vacía, lo cual quizá fue una bendición, porque, dioses, la cabeza le daba vueltas. Necesitaba agua, y más teggya. Y tal vez algo para el labio reventado e increíblemente adolorido y la mejilla raspada que se había buscado en la pelea de la noche anterior en una de las tabernas de la ciudad.

Quejándose, Celaena giró para quedar tendida y estudió la calle a diez metros abajo. Conocía ya a los guardias que la patrullaban: había registrado sus rostros y sus armas. Había hecho lo mismo con los guardias de los muros altos del castillo. Ya había memorizado los cambios de turno y cómo abrían las tres puertas enormes que daban paso al interior del castillo. Parecía que los Ashryver y sus ancestros se tomaban la seguridad muy muy en serio.

Había llegado a Varese diez días antes, después de hacer el recorrido desde la costa. No se apresuró a llegar porque estuviera particularmente ávida de matar a sus objetivos, sino porque la ciudad era tan grande que ahí tendría mejores oportunidades de evadir a los funcionarios de migración, de quienes se había escapado en lugar de registrarse en su programa de trabajo tan pero tan benéfico. Apresurarse a llegar a la capital también le había proporcionado algo que hacer, lo cual le vino bien tras semanas en el mar, ya que no se había sentido con ánimo de hacer nada durante el viaje salvo recostarse en la cama angosta de su pequeño camarote, o bien ponerse a afilar su armamento con un fervor casi religioso.

“Eres una cobarde y nada más que una cobarde”, le había dicho Nehemia.

Cada movimiento de la piedra de afilar hacía eco a esta afirmación. Cobarde, cobarde, cobarde. La palabra la había seguido a lo largo de cada una de las leguas que recorrió mientras atravesaba el océano.

Había hecho un juramento, un juramento para liberar Eyllwe. Así que entre los momentos de desesperación y rabia y dolor, entre pensamientos sobre Chaol y las llaves del Wyrd y todo lo que había dejado detrás y lo que había perdido, Celaena había decidido un plan para cuando llegara a la costa. Un plan que, a pesar de ser demente e improbable, tenía por intención liberar el reino esclavizado: encontrar y destruir las llaves del Wyrd que había usado el rey de Adarlan para construir su imperio terrible. Ella gustosa se destruiría a sí misma para lograrlo.

Solo ella y él. Tal como debía ser. Sin pérdida de vidas más allá de la propia, sin manchar otra alma salvo la suya. Se necesitaba un monstruo para destruir a otro monstruo.

Si se había visto obligada a estar aquí debido a las buenas, aunque malentendidas, intenciones de Chaol, entonces por lo menos encontraría las respuestas que necesitaba. Existía una persona en Erilea que había estado presente cuando una raza conquistadora de demonios empleó las llaves del Wyrd, cuando las retorció para convertirlas en tres herramientas con un poder tal que habían permanecido escondidas por miles de años y casi habían desaparecido de la memoria: la reina Maeve de las hadas. Maeve lo sabía todo, como era de esperarse de alguien que es más viejo que el polvo.

Así que el primer paso del plan estúpido e imprudente de Celaena había sido simple: buscar a Maeve, conseguir las respuestas sobre cómo destruir las llaves del Wyrd y luego regresar a Adarlan.

Era lo menos que podía hacer. Por Nehemia, por... por muchas otras personas. No quedaba nada en su interior, ya nada en realidad. Solo cenizas y un abismo y el juramento inquebrantable que se había grabado en la carne, la promesa a la amiga que la había visto como lo que realmente era.

Cuando anclaron en la ciudad portuaria más grande de Wendlyn, no pudo sino admirar las precauciones que tomó el barco para llegar a la costa: esperaron hasta una noche sin luna y luego, mientras Celaena y las otras mujeres refugiadas de Adarlan estaban encerradas en la galera, navegaron por los canales secretos que atravesaban el gran arrecife. Era entendible. El arrecife era la defensa principal que mantenía a las legiones de Adarlan fuera de estas costas. Llevar información sobre eso también formaba parte de su misión como campeona del rey.

Esa era la otra tarea que estaba agazapada al fondo de su mente: encontrar una manera de evitar que el rey ejecutara a Chaol o a la familia de Nehemia. Había prometido hacerlo si ella fracasaba en su misión de conseguir los planes de defensa naval de Wendlyn y si no asesinaba a su rey y príncipe en el baile anual de mediados de verano. Pero hizo a un lado todos estos pensamientos cuando anclaron y condujeron a las refugiadas a tierra para que los funcionarios del puerto las registraran.

Casi todas las mujeres tenían cicatrices internas y externas, el brillo de sus ojos reflejaba los ecos de los horrores vividos en Adarlan. Así que incluso después de escabullirse de la tripulación del barco durante el caos del anclaje, Celaena permaneció en una azotea cercana mientras las mujeres eran conducidas a un edificio donde les ayudarían a encontrar hogar y empleo. Sin embargo, los funcionarios de Wendlyn podían llevarlas después a una zona apartada de la ciudad y hacerles lo que quisieran. Venderlas. Lastimarlas. Eran refugiadas: indeseadas y sin derechos. Sin voz alguna.

Pero no se había quedado ahí solo por paranoia. No, Nehemia se hubiera quedado para asegurarse de que estuvieran a salvo. Al darse cuenta de esto, Celaena esperó hasta estar segura de que todas las mujeres estuvieran a salvo antes de emprender el camino a la capital. Aprender a infiltrarse en el castillo era algo simplemente para ocupar su tiempo mientras decidía cómo ejecutar los primeros pasos de su plan. Mientras intentaba dejar de pensar en Nehemia.

Todo había ido bien: conveniente y sencillo. Se escondió en los bosquecillos y en graneros a lo largo del camino y recorrió el campo como una sombra.

Wendlyn. Tierra de mitos y monstruos, de leyendas y pesadillas encarnadas.

El reino en sí era una extensión de arena cálida y rocosa y bosques espesos que se iban haciendo cada vez más verdes conforme las colinas ondulaban tierra adentro e iban afilando sus cimas para formar picos imponentes. La costa y la tierra alrededor de la capital eran áridas, como si el sol hubiera horneado toda la vegetación salvo la más resistente. La diferencia con el imperio húmedo y congelado que había dejado atrás era vasta.

Esta era una tierra de abundancia, de oportunidad, donde los hombres no tomaban todo lo que querían, donde las puertas no estaban cerradas y la gente le sonreía al prójimo en las calles. Pero a ella no le importaba gran cosa si le sonreían o no: no, conforme fueron pasando los días le empezó a resultar muy difícil sentir que algo le importaba. Toda la determinación, toda la rabia, todo lo que fuera que había sentido al dejar Adarlan había ido retrocediendo, la nada que ahora la carcomía lo había devorado.

Pasaron cuatro días antes de que Celaena viera la inmensa capital construida entre las colinas: Varese, la ciudad donde su madre nació, el corazón vibrante del reino.

Aunque Varese era más limpia que Rifthold y tenía bastante riqueza repartida entre las clases superiores e inferiores, seguía siendo una capital, con arrabales y callejuelas oscuras, con prostitutas y apostadores, y no le tomó mucho tiempo encontrar su lado oscuro.

Celaena recargó la barbilla en sus manos mientras observaba a tres guardias del mercado que se habían detenido a conversar en la calle de abajo. Al igual que todos los demás guardias de este reino, iban vestidos con una armadura ligera y portaban una buena cantidad de armas. Corría el rumor de que las hadas habían entrenado a los soldados de Wendlyn y los habían convertido en individuos implacables, astutos y rápidos. Y ella no quería averiguar si esto era verdad, por una docena de razones. Ciertamente parecían mucho más observadores que el guardia promedio de Rifthold, a pesar de que todavía no se habían percatado de la asesina entre ellos. Pero Celaena sabía que por lo pronto la única amenaza que ella representaba era para ella misma.

A pesar de que se cocinaba bajo el sol todos los días, a pesar de que se lavaba cada vez que podía en alguna de las muchas fuentes de la ciudad, todavía podía sentir que la sangre de Archer Finn penetraba en su piel, en su cabello. Incluso con el ruido constante y el ritmo de Varese, podía seguir escuchando el gemido de Archer cuando le abrió el vientre en el túnel esa noche bajo el castillo. E incluso con el vino y el calor, todavía podía ver a Chaol, cómo el horror le retorcía el rostro al haberse enterado sobre su herencia del pueblo de las hadas y el monstruoso poder que podría destruirla fácilmente, al haber visto lo hueca y oscura que era en el interior.

Con frecuencia se preguntaba si él ya habría resuelto el acertijo que le había dicho en los muelles de Rifthold. Y si habría descubierto la verdad... Celaena nunca se permitía avanzar tanto en sus cavilaciones. Este no era el momento para pensar sobre Chaol, o la verdad, o ninguna de las cosas que habían dejado su alma tan decaída y agotada.

Celaena se tocó suavemente el labio reventado y frunció el ceño hacia los guardias del mercado. El movimiento de su rostro hizo que le doliera más la boca. Se había merecido ese golpe en particular en la pelea que había provocado en la taberna la noche anterior. Le había pateado los testículos a un hombre con la fuerza necesaria para que se le atoraran en la garganta y cuando recuperó el aliento este estaba furioso, por decir lo menos. Dejó de tocarse la boca y observó a los guardias por unos cuantos momentos. No aceptaban sobornos de los comerciantes, ni abusaban de ellos ni los amenazaban con multas como hacían los guardias y oficiales en Rifthold. Todos los oficiales y soldados que había visto hasta el momento se habían portado de manera similar... eran buenos.

De la misma manera que Galan Ashryver, príncipe heredero de Wendlyn, era bueno.

Mostrando un semblante de disgusto, sacó la lengua. Celaena le dedicó el gesto a los guardias, al mercado, al halcón de la chimenea cercana, al castillo y al príncipe que habitaba dentro de él. Deseó que no se le hubiera acabado el vino tan temprano.

Había pasado ya una semana desde que supo cómo infiltrarse al castillo, tres días después de llegar a Varese. Una semana desde aquel día horrible en el cual todos sus planes se derrumbaron a su alrededor.

Una brisa fresca sopló a su lado y trajo con ella las especias de los vendedores de la calle cercana: nuez moscada, tomillo, comino, hierba luisa. Inhaló profundamente y permitió que los aromas le aclararan la mente nublada por el vino y el sol. Se escuchó un repicar de campanas que flotó desde alguno de los poblados de las montañas y, en alguna plaza de la ciudad, un grupo de trovadores inició una melodía alegre de media mañana. A Nehemia le hubiera encantado este lugar.

Y de pronto, el mundo se transformó, el abismo que vivía dentro de ella se lo tragó. Nehemia nunca vería Wendlyn. Nunca caminaría por el mercado de especias ni escucharía las campanas de la montaña. Un peso muerto se posó sobre el pecho de Celaena.

Le había parecido un plan tan perfecto al llegar a Varese. En las horas que pasó descifrando las defensas del castillo real, se había debatido pensando en cómo encontraría a Maeve para averiguar sobre las llaves. Todo había ido perfectamente, sin un error, hasta que...

Hasta que ese día maldito por los dioses notó que los guardias tenían un hueco en su defensa en el muro del sur todas las tardes a las dos y entendió cómo funcionaba el mecanismo de la puerta. Hasta ese día que Galan Ashryver salió cabalgando por las puertas, perfectamente a la vista desde donde ella estaba trepada en la azotea de la casa de un noble.

Lo que la detuvo en seco no había sido verlo, con su piel apiñonada y cabello oscuro. La razón tampoco había sido el hecho de que, incluso a la distancia, alcanzaba a ver sus ojos color turquesa, iguales a los de ella y la razón por la cual se veía obligada a usar una capucha al transitar por las calles.

No. Había sido la manera en que la gente lo vitoreaba.

Vitorearlo, a su príncipe. Lo adoraban, con su sonrisa deslumbrante y su armadura ligera que relucía bajo el sol interminable mientras él y los soldados que venían cabalgando a sus espaldas se dirigían a la costa norte para continuar burlando el bloqueo con un navío. Burlar bloqueos. El príncipe, su objetivo, era un maldito rompebloqueos contra Adarlan, y su gente lo amaba por eso.

Había seguido al príncipe y sus hombres por la ciudad, saltando de azotea en azotea, y hubiera bastado una flecha que atravesara esos ojos color turquesa y estaría muerto. Pero lo siguió hasta las murallas de la ciudad mientras escuchaba los gritos de apoyo que se hacían más fuertes y veía que la gente le lanzaba flores y todos se henchían de orgullo por su perfectísimo príncipe.

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