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HERNáN CORTéS

Juan Miguel Zunzunegui  

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Fragmento

PRÓLOGO:
EL JUICIO DE LA HISTORIA

No hay hechos, hay interpretaciones.

NIETZSCHE

¿Quién nos enseñó a odiarnos a nosotros mismos? Ésa es la pregunta más importante que debemos responder, pues es el origen de todas nuestras derrotas. Un día nos convencieron de odiarnos y quedamos inevitablemente aniquilados. No hay mayor derrota que pueda tenerse ante el adversario que permitirle dominar tus pasiones y tus miedos; dejar que el enemigo penetre en tu mente para controlar lo más profundo de tus convicciones y hacerte pensar que no aspiras a la grandeza, que tu origen está en la derrota, que no mereces el futuro, que tu llegada al mundo está basada en un lamentable pecado original, en una barbarie, en una conquista.

La conquista de México no está en los hechos, está en las interpretaciones. No es una serie de acontecimientos del pasado, sino una maraña de discursos y complejos del presente. No está en el ayer, sino eternamente presente. La condición de miseria de los pueblos indígenas del siglo XXI no tiene relación con la llamada conquista ni es culpa del virreinato, sino del Estado mexicano moderno, nacionalista, que nunca ha sabido cómo integrar a los pueblos indígenas, y encontró una excusa perfecta en el discurso de la conquista.

Las fuerzas de la historia encontraron a Europa y América, hace poco más de quinientos años, en un choque violento que sacudió cada rincón del que fue llamado Nuevo Mundo; pero lo que nació, evolucionó y existe hoy, en cada país de América, no es resultado de aquellos acontecimientos, sino de cómo se cuenta cada pueblo esa historia. Somos nuestra reacción al pasado.

Quiero contar una historia de Hernán Cortés. No existe la historia sino las historias; las versiones y visiones de todos y cada uno de los protagonistas y acontecimientos de la aventura humana en una interrelación infinita; las interpretaciones que hacemos; los juicios que dejamos caer, siempre con diferentes varas de medir; las emociones que depositamos, el valor simbólico que otorgamos. Todo eso es lo que nos influye en el presente mucho más que los hechos.

Quiero contar otra historia de Cortés porque México la necesita, porque quinientos años de conflicto debieran ser tiempo suficiente para tratar de reconciliar la historia; cinco siglos de camino en común crean la encrucijada perfecta para terminar de unir nuestras dos gloriosas raíces. Llevamos quinientos años ocupando el mismo espacio, y quizá ya sea el momento de crear algo nuevo. Ha llegado el momento de terminar la gestación y finalmente nacer, ha llegado el momento de despertar.

México está destinado a la grandeza, pero primero tiene que sanar las heridas de su pasado. Quiero contar una historia de Hernán Cortés justo para eso, para voltear a nuestro pasado y mirarlo con otros ojos, para darle un nuevo significado a lo que somos. Quiero contar un relato de la conquista porque es una historia sobre nuestro origen y nuestro destino, una historia de México y del mundo.

Quiero contar una historia de México que involucra al mundo entero. Un relato de dioses e ídolos de piedra, de Aztlán1 y Teotihuacán, de Julio César y Alejandro, de cristianismo e islam, de piratas y santos; una historia de sol invicto y tierra sagrada, de la madre tierra y la guerra santa, de Persia y Roma, de Constantinopla y Granada, de Tlacaélel y Quetzalcóatl, y de ese profundo misterio llamado Guadalupe.

Quiero contar un relato sagrado. La historia de un país que parecería haber estado destinado a existir como resultado de augurios y profecías, de encuentros divinos, de mitos y leyendas. El relato de México debe tener un carácter profundamente religioso y místico, que no se puede comprender sólo desde la razón y la mente.

México es resultado de un encuentro que estaba escrito en la historia humana, que pasó como pasó porque no podía ser de otra forma; producto quizá del motor ciego, del impulso, de la voluntad de poder, o tal vez de causas más sublimes. Es la historia de una fusión, una que resultó violenta e implacable, pero que contiene la semilla del esplendor y la magnificencia.

Hernán Cortés lleva quinientos años viviendo entre nosotros. ¿Quién ha establecido la verdad sobre Cortés, y esa serie de acontecimientos a los que denominamos la conquista de México? ¿Por qué con el paso de los siglos no encuentra México su lugar en la historia, ni el llamado conquistador su descanso eterno? ¿Dónde están los monumentos al inmenso legado de Hernán Cortés?

Conquistador, violador, saqueador, ladrón, asesino, destructor, ignorante, salvaje. Eso nos cuenta la leyenda negra. Nunca hay nada bueno en Cortés. Si venció no fue por su inteligencia sino por su salvajismo; no hay estrategia, sino suerte; conquistó por casualidad, no fue él sino las circunstancias; si construyó hospitales era lo menos que podía hacer; si llegó a acuerdos con los pueblos indios no fue pacifismo, sino malicia; su amistad con los tlaxcaltecas, una argucia; su amor por Marina, un engaño; que trajo a la virgen de Guadalupe, vil mentira…; que de las aventuras y peripecias de su vida surgió México…, vergonzoso origen negado. Ahí está la semilla de nuestro odio.

¿Por qué narramos esta historia de Cortés? No basta con saber la biografía del conquistador, es importante conocer la historia de su historia, saber quiénes la contaron, cuándo, en qué contexto político; saber qué enemigos siguió teniendo después de su muerte y por qué. Por qué el odio que le llega a profesar Carlos V, y por qué no se nos cuenta de esa animadversión; por qué, si era el conquistador, era tan querido por los indios y tan temido por el rey de España.

Por qué ocultar que era noble, que estudió en la Universidad de Salamanca, que era jurisconsulto y latinista, que citaba las Escrituras y a los autores clásicos, que leía a Julio César y a Salustio, que era escribano y escritor. Por qué no decir que era valiente y brillante; habría que serlo para conquistar el imperio azteca. Por qué no hablar de su eterna lucha contra la Corona, de su faceta como emprendedor, de sus viñedos y cañaverales arrebatados por el rey, de los astilleros y los barcos requisados por la Corona, de su amor por Marina, de su pasión por el náhuatl, de su lucha contra la Inquisición. ¿Qué oscuros propósitos persigue una historia contada a medias?

México es lo que es porque Cortés hizo lo que hizo. México, lo que hoy es México, en el que vivimos y por el que decimos sentir orgullo y amor, es resultado de la vida y obra de Hernán Cortés, y todo su legado español; así como de la vida y obra de Motecuzoma, Cuitláhuac y Cuauhtémoc, de Marina, los tlaxcaltecas y todo el legado mesoamericano. México es resultado de Colón y de Tlacaélel, de los Reyes Católicos y de Itzcóatl, de Nezahualcóyotl y Platón, de Teotihuacán y de Roma. Somos lo que somos derivado de lo que fue; y ésa es la más ineludible ley de ese maravilloso entramado que es la historia.

Nos han educado para sentir vergüenza de nosotros mismos, pues somos el desenlace de ese encuentro y esas conquistas que tanto repudiamos; sin comprender que la historia no ofrece alternativas, que lo que pasó, pasó; y que cualquier otra posibilidad existe sólo en el terreno de la imaginación. Sólo hay un México, el que es producto de la historia que protagonizaron Cortés y Motecuzoma, historia que sólo tiene una consecuencia: nosotros.

Nos han inculcado la nostalgia de lo que nunca existió, sentir añoranza por un país que jamás fue; es decir, el que hubiese sido de no haber llegado los españoles; sin comprender que esos españoles no llegaron por casualidad, sino que fueron empujados por todas las fuerzas de la historia. Extrañamos un país imaginario, el del hubiera que no existe en la historia, el que nunca fue. Sentimos pena y lástima por los acontecimientos que hicieron que México sea lo que es.

Nos han enseñado a odiar a Cortés y por eso estamos derrotados. Nos contamos una historia de eterno conflicto y vivimos eternamente fragmentados. Somos la historia que nos contamos de nosotros mismos. Aquel que nos haya vendido la envenenada idea que tenemos y replicamos sobre nosotros, nos tiene absolutamente derrotados, con nuestra total complicidad, ya que somos nosotros los que nos aferramos a esa visión.

México se cuenta una historia de carácter religioso, con un Adán y una Eva en la persona de Cortés y Marina, y un pecado primigenio como origen del país; con un paraíso indígena (del que omitimos ver sacrificios y canibalismo) y una expulsión a causa del demonio español. Una historia religiosa donde luchan el bien contra el mal, representados por los indígenas y los españoles; pero donde el mal es el que triunf

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