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ITURBIDE

Pedro J. Fernández

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Fragmento

Si a la lid contra hueste enemiga

Nos convoca la trompa guerrera,

De Iturbide la sacra bandera

¡Mexicanos! valientes seguid.

Y a los fieros bridones les sirvan

Las vencidas hazañas de alfombra;

Los laureles del triunfo den sombra

A la frente del bravo Adalid.

Estrofa VII del Himno Nacional Mexicano,

eliminada de la versión oficial

"

México es el país de la desigualdad. Acaso en ninguna parte hay la más espantosa distribución de fortunas, civilización, cultivo de la tierra y población. La capital y otras muchas ciudades tienen establecimientos científicos que se pueden comparar con los de Europa. La arquitectura de los edificios públicos y privados, la finura del ajuar de las mujeres, el aire de la sociedad: todo anuncia un extremo de esmero, que se contrapone extraordinariamente con la desnudez, ignorancia y rusticidad del populacho. Esta inmensa desigualdad de fortunas no sólo se observa en la casta de los blancos (europeos o criollos), sino que igualmente se manifiesta entre los indígenas.

Recibe antes que nadie historias como ésta

ALEXANDER VON HUMBOLDT

"

Ser rey y usar una corona es algo más glorioso para aquellos que lo contemplan que placentero para aquellos que ostentan el cargo.

ISABEL I DE INGLATERRA

"

No te interpongas entre el dragón y su furia.

Rey Lear, WILLIAM SHAKESPEARE

PRIMERA PARTE

Septiembre de 1783 - septiembre de 1810

"

Religión

CAPÍTULO 1

Por decisión de un muerto

1783

La vieja partera dice que ella misma burlará a la muerte, lo cual no es una tarea sencilla. Deja a la madre en parto y a su numerosa comitiva junto al crujir de la chimenea, y sale de la casona novohispana; de inmediato tiene que cubrirse la cabeza con su rebozo, pues las típicas lluvias de Valladolid caen torrenciales.

Es, por supuesto, septiembre. El cielo está cubierto de pesados nubarrones que se iluminan por rayos que parecen telarañas luminosas.

Camina por el empedrado sin darse cuenta de las otras casas, cuyas ventanas apenas brillan con luces mortecinas, o de los charcos que pisa y le humedecen los huaraches y los pies. Lo más molesto, sin embargo, es el viento frío, ora calmo, ora furioso, que la obliga a detenerse por un momento. Al pasar junto a la Catedral, sabe que en aquella masa áspera e imponente, de santos carnales tallados delicadamente en la fa­chada de cantera, está Dios; pero no se detiene, sino que se persigna y susurra un padrenuestro sin mover mucho los labios.

La vieja partera continúa hasta encontrar el inicio de una plaza larga, coronada en el centro por una fuente negra que sólo se descubre de piedra cuando un rayo fugaz ilumina el cielo, seguido del trueno divino y el goteo de la lluvia, en su repique húmedo.

Ese sonido rítmico la lleva al otro extremo de la plaza, hasta el templo de San Agustín, barroco, sombrío y antiguo; a su lado, el convento del mismo nombre, al menos guarecido por gruesos tablones de madera. Ahí toca la campana con insistencia y espera paciente. A pesar del fondo y la blusa que lleva debajo del vestido, la pobre mujer está tan empapada que es posible dibujar la curvatura de sus caderas y la forma caduca de sus pechos.

Se abre una portezuela cuadrada a la altura de sus ojos y a través de cuatro barrotes de hierro se asoma el rostro arrugado de un fraile.

—¿Quién vive? — pregunta él, con sueño.

La vieja partera aspira el incienso perfumado que viene del interior.

—Disculpe, su merced, vengo en nombre de doña Josefa de Aramburu —responde—, cuya vida peligra por los dolores de parto, que han durado tres días.

—¿Se ha confesado tan noble dama?

—Sí, pero hoy necesito otra clase de auxilio —se apura ella.

—Entonces será mejor que busque a un médico —concluye el fraile y cierra la portezuela.

La vieja partera insiste al tocar la campana.

Un rayo retumba en la cercanía, antes que la portezuela se abra.

—¿Qué quieres, mujer? La merienda fue hace mucho y éstas no son horas de molestar al prójimo.

Ella lo interrumpe:

—Pido un milagro, su merced, la salvación para mi señora. Sé que hace algunos años encontraron el cuerpo incorrupto de fray Diego de Basalenque y eso lo hace santo. Ustedes lo tienen, el cuerpo vestido, quiero decir. Si me prestara su capa, tal vez Dios obre por intercesión de la reliquia.

El fraile gruñe y azota la portezuela, de tal suerte, que la vieja partera sabe que ha fracasado.

Respira profundo y vuelve a ponerse el rebozo húmedo sobre la cabeza. La plaza está llena de charcos que reflejan los rayos en brillos diminutos.

—Espera, mujer —exclama el hombre.

Al volverse, la partera se encuentra con el fraile fuera del convento. Lo reconoce por su rostro arrugado y su barba cana: en sus manos tiene un cofre de madera mediano con la cerradura rota.

—Aquí está la capa que buscas y si tu fe es tan grande como dices, nuestro Señor hará el milagro. Te la llevas en prenda, devuélvela an-tes del amanecer.

—En nombre de María Josefa de Aramburu y de su noble esposo, agradezco esta acción —responde ella al tomar el cofre con ambas manos.

Pesa, no tanto por la madera, sino por la responsabilidad, pues si el objeto en su interior es tan místico como dicen, la partera podría lograr su cometido. Duda, por supuesto, porque en toda fe religiosa siempre hay incertidumbre, pero también esperanza; y con este último sentimiento en el pecho, recorre el camino de vuelta a la casona novohispana.

En la recámara principal, junto a las brasas de la chimenea y ante el claroscuro que pintan las velas grises, una mujer gime por los dolores de parto. Es tal la agonía que ha sufrido por las últimas doce horas que su piel es del mismo blanco que el camisón empapado en sudor. Está rodeada por su esposo, un médico y un sacerdote, José de Arregui, el canónigo de la Catedral.

La vieja partera deja el cofre sobre una cómoda y lo abre: en su interior encuentra un pedazo largo de tela marrón, doblada sobre terciopelo granate.

—¿Qué traéis ahí? —pregunta don José Joaquín, esposo de la mujer en parto.

—Supercherías de mujeres —responde el sacerdote—, supersticiones de los indios, porque ¿puede más la capa de un muerto que el rezo del santísimo rosario?

—Sí, supercherías… hasta que hacen un milagro —interviene la partera y la acomoda sobre los hombros de la pobre mujer en parto que respira agitada por su dolor.

—Nuestro Señor crucificado es quien hará el milagro —añade el sacerdote con desdén, mas ella lo ignora.

Ya fuera por intercesión de la dichosa capa, el rezo del rosario, la labor del médico presente o de los mismos dolores de María Josefa de Aramburu, ésta comienza a relajarse y libera su parto con tal naturalidad que siente cómo se abre su cuerpo y, en cuestión de minutos, escucha el llanto agudo del recién nacido.

Sólo entonces, los presentes suspiran con alivio y más cuando el cuchillo esterilizado al fuego corta el cordón umbilical.

La madre se ha quedado dormida, exhausta.

La partera arropa al niño con un manto grueso de azul francés, arrullándolo con cariño para que deje de llorar; el médico revisa a doña María Josefa de Aramburu con la idea de bajarle la fiebre con compresas húmedas sobre la frente. A través de la ventana sólo se ven caer gotas solitarias desde el techo y los árboles de la calle; ha dejado de llover. La luna, sin embargo, no se asoma.

José Joaquín le da unas palmadas en la espalda al cura y arqueando las cejas hacia la puerta, lo invita a salir del cuarto sin decir una palabra. Así lo hacen y caminan hasta la sala.

—¡Enhorabuena, don Joaquín! El cielo lo ha bendecido, al fin tiene un varón sano —exclama el sacerdote—, quiera Nuestro Señor que no muera como los otros.

Se sientan en sillones diferentes; ahí también han preparado la chimenea, que cruje ruidosa sobre ceniza impalpable. Velas largas en candelabros de plata dan luz a las paredes llenas de arte sacro, querubines con espadas largas, corazones coronados por espinas y vírgenes en tránsito a la muerte.

—¿Me acompaña con una copita de licor, su ilustrísima?

—Ni Dios lo mande —responde el cura—, el aguardiente suelta la lengua y luego el demonio se aprovecha. En cambio, y abusando de su cristiana hospitalidad, le acepto una taza de chocolate caliente.

José Joaquín hace sonar una campanita dorada que descansa en la mesita junto a él. En segundos aparece un muchacho mulato con piel de bronce; no tiene más de quince años. Viste con pantalones cortos y una camisa blanca manchada de carbón.

—Juan, preparad dos tazas de chocolate, pero con leche bronca, nada de agua, que no le falte azúcar ni le sobre nata.

El mulato asiente en silencio, un tanto nervioso, y deja la sala, al tiempo que José Joaquín le grita:

—¡No demoréis o os vais a enterar!

Con los ojos bien abiertos, el sacerdote se vuelve hacia el anfitrión.

—Y dígame, ¿ha escogido ya un nombre para su vástago? Sin duda ha pensado en el suyo propio.

—¿No es, acaso, caer en el pecado de orgullo? —pregunta José Joaquín—, Dios eligió ya el nombre. ¿Qué santos aparecen hoy en el santoral?

—Cosme y Damián, don Joaquín. Santos y médicos, hermanos que ofrecieron su vida y alma para curar a los más pobres. ¿Le gustaría que su hijo siguiera esa profesión?

—Me gustaría esa taza de chocolate.

—Por supuesto, la noche invita a beber algo caliente.

El mulato tarda un poco más: después de todo, es complicado prender el fogón en el aire húmedo, pero regresa con dos tazas de porcelana de chocolate humeante y dos cucharillas de plata. Luego echa otro leño a la chimenea y se retira para que don José Joaquín y el sacerdote discutan sobre la política del rey Carlos III para regular el precio del pan en España, las protestas contra el rey Luis XVI en las calles de París y los problemas que el virrey Matías de Gálvez tiene en sus audiencias de la Ciudad de México.

El reloj de la otra esquina, una maravilla que le había comprado a un comerciante portugués en el puerto de Veracruz, emite doce campanillas.

—No es menester que esté fuera de mi casa a esta hora, será mejor que me retire —dice el cura.

—Lo acompañaré a la puerta. En unos días empezaremos a planear el bautizo de Cosme Damián —don José Joaquín exclama mientras lo despide con un apretón de manos.

Está cansado, físicamente agotado. Va hasta la habitación de su esposa y se asoma por la puerta entreabierta, ante la luz del fuego moribundo contempla a su mujer pálida, dormida, apenas cubierta por las sábanas traslúcidas, mas con los ojos de la imaginación ve su carne femenina, desnuda, desde el cuello hasta el nacimiento de los muslos. Entraría, de no ser por el médico que la cura, le siente las mejillas y le cambia los trapos húmedos sobre la frente. Junto a la cama, la vieja partera arrulla al niño, el cual no llora, sino sólo mueve los brazos con lentitud.

Sonríe y cierra la puerta.

Convencido de que su otra hija ya está en cama y de que los criados no dormirán hasta que el médico y la partera se retiren a descansar, don José Joaquín va hasta su cuarto.

Ocasionalmente solicitaba la ayuda del mulato para desvestirse, pero no esta noche. Se despoja de los pantalones, de la chaqueta, cuyos finos adornos están bordados en hilo de plata, y de la camisa. No busca su ropa para dormir, cosa rara en él, sino que apaga todas las velas y se mete en el edredón.

Recuerda de súbito el Catecismo del padre Ripaldo, por lo que dibuja, con su pulgar, una cruz en su frente para evitar los malos pensamientos, en los labios para no pronunciar malas palabras y en el pecho para no caer en las malas obras. Así, se queda dormido, al arrullo de los grillos y de los malos sueños viriles, que no puede ahuyentar con sólo santiguarse por las noches.

—Se llamará Agustín —exclama María Josefa en cuanto la vieja partera termina de contar su historia.

Los criados han corrido las cortinas para que la luz blanca del amanecer inunde los rincones, el ropero, la chimenea y la estatua de san Francisco de Asís vestido de terciopelo, sobre una repisa empotrada en la pared. El aire está cargado con el aroma ácido del jardín, donde la tierra aún está humedecida por la lluvia de la noche anterior. María Josefa se desabotona el camisón y libera su pecho.

—Y por la reliquia no debe preocuparse, la devolví a los frailes —añade la vieja partera.

—Me encargaré de hacerles una dádiva generosa en oro, han sal­vado mi vida, también le haré un regalo de plata a la Virgen.

El niño succiona con suavidad la teta hinchada de su madre, tie-ne los ojos pequeños y la mollera suave; además, cuenta con una piel blanquísima y comienzan a salirle rulos castaños en el cráneo.

La vieja partera se deleita ante una imagen tan bíblica como dulce, madre e hijo, ajenos el mundo, sin conocer la desgracia. Se vuelve a la ventana en cuanto se posa un colibrí rojo, y recuerda aquella vieja leyenda de su pueblo maya sobre las almas de los muertos que regresan en forma de pájaro para guiar, para enseñar y para curar.

La puerta se abre de golpe y entra don José Joaquín: un hombre ancho, con cierta musculatura que le ayuda a imponer su presencia.

María Josefa se quita al niño del pecho y, pudorosa, intenta cubrirse con la sábana, el pequeño llora.

—Podrías tocar la puerta —le recrimina ella, mientras le da el niño a la vieja partera para que lo arrulle.

—No os lo llevéis, quiero estar con el pequeño Cosme Damián un momento —pidió él.

La partera se detiene, indecisa. El niño no deja de llorar.

—Sí, llévatelo al patio —ordena María Josefa.

—¡Esperad! Quiero abrazarlo —pide él.

Ella insiste:

—Llévatelo.

Se queda quieta, con las mejillas rojas, hasta que la partera sale con el niño, Ya solos, se abotona el camisón, mientras añade:

—Y a ti ¿quién te dijo que el niño se llamaba Cosme Damián? Dios eligió otro nombre.

—Sí, Cosme Damián, mujer. Son los santos de su día y quienes habrán de proteger al pequeño en su vida carnal y espiritual.

María Josefa niega con la cabeza.

—Por los frailes agustinos que nos prestaron la capa de fray Diego de Basalenque, por ellos, y por san Agustín, uno de los padres de nuestra fe. El niño se llamará Agustín.

—Por decisión de un muerto, queréis decir —se burla de él, de tal forma que intercala las palabras en risas socarronas, y las venas se le marcan en el cuello.

—Será como tú dices, por decisión de un muerto, pero es el nombre que yo he decidido. Agustín. Agustín… y que Dios lo guíe y procure siempre. Agustín ante el Cielo y ante Nueva España.

Aquello parece divertir mucho a José Joaquín:

—¡Vamos, mujer! Pensad bien las cosas. ¿Agustín de Iturbide? No habrá hombre que recuerde ese nombre, pero en justicia a vuestra inteligencia, os diré algo. Escribiré con tu nombre y el mío a don José de Arregui y que sea él quien tome la decisión. Así será Dios quien decida. Y vos no podréis objetar.

—Lo que quieres es un hombre que te dé la razón —responde María Josefa con molestia—, la fe no es más que un hombre apoyando las locuras de otro.

Mas su esposo no la escucha, está excitado por la idea de escribirle al cura, le palpita el pecho con fuerza y se le entumen las yemas de los dedos. Aún no ha tomado su desayuno, pero considera que es más importante prestarle atención a su hijo que a su estómago. Atraviesa el patio donde la partera arrullaba al niño y casi se tropieza con uno de los macetones al reparar en ella.

Su mente hierve con las palabras que quiere poner en la carta.

Entra en su despacho, sin prestar mayor atención a los libreros llenos de tomos viejos, se sienta ante el gran escritorio y abre la tapa del tintero. Le tiene respeto a la página en blanco que saca de uno de los cajones.

Por fin se decide a tomar la pluma y escribe:

Su merced, aprovecho estas líneas para encomendarme a su buen juicio y exponerle un dilema que aqueja a mi persona y a la de mi buena esposa…

Despierta la ciudad y con ella el bullicio propio; a lo lejos se oyen las campanadas que llaman a misa de ocho.

Ha pasado una semana, doña María Josefa quiere moverse de la cama.

—El médico dice que ya puedo ponerme en pie —dice cándidamente al sentarse en el colchón.

Dos muchachas indígenas, criadas suyas, le sirven de apoyo para que se levante de las sábanas, las cuales ya muestran manchas de sudor. María Josefa se calza con dos zapatillas que le resultan frías y exclama:

—¡Cómo adoro la luz dorada de Nueva España! Como si Dios favoreciera nuestro reino.

La noble mujer camina hasta la habitación contigua, donde han dispuesto una tina alta de madera con agua hirviendo. Se trata del cuarto de baño, una de las últimas reformas que vienen de Europa, donde el rey Carlos III ha ordenado nuevas medidas de higiene y sólo los más ricos las han acatado a conciencia.

Las cortinas están cerradas, la única luz venía de dos candelabros de plata que han colocado sobre una cómoda en el otro extremo. Aquel espacio no mide más de tres por tres metros, aunque es alto. María Josefa se desabotona el camisón y sus criadas le ayudan a despojarse de él. El tufo a sudor que emana de la tela es penetrante. La mujer sonríe, pues ante aquella luz no se le notan las estrías de su vientre, ni de los muslos. Le gusta comparar su cuerpo de mujer con las imágenes de Eva que ha visto en diferentes iglesias, la forma de sus senos, su pelvis ancha, su vientre blanquísimo.

Con ayuda, se sumerge en el agua y siente el calor entrar por cada uno de sus poros. Cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás, tiene una sonrisa en sus labios. Una de las criadas toma un frasquito con esencia de nardos y vierte un poco en el agua. El vapor se vuelve dulce, sensual.

—¿Mi esposo ya tomó su baño? —pregunta ella.

—Desde antes que saliera el sol, lo ayudó el mulato —responde una de las criadas, que ha humedecido un trapo blanco en el agua caliente y con él talla los hombros suaves de María Josefa; la otra joven lava el pelo enmarañado de su patrona, en el que comienzan a notarse mechones pelirrojos y blancos entre la cabellera parda.

En aquel cuarto encerrado reina el silencio, interrumpido sólo por el movimiento del agua y el suspiro de las criadas, que masajean con suavidad el cuello, el costado y las pantorrillas de María Josefa, también sus formas de mujer, suaves, redondas; el área alrededor de los senos. Cuando siente que el baño ha terminado, se pone de pie y pide ayuda para salir de la tina. Envuelven su cuerpo en una tela larga de al­godón y lo frotan para secarlo.

Ahí mismo la visten con sus calzas largas hasta los muslos, un fondo limpio y, la parte más dolorosa, un corsé rígido que le aprieta el busto y la cintura. Así, en paños menores, le abren la puerta para que regrese al cuarto principal: la envuelve el aire cobre de otoño.

Las criadas le ayudan a ponerse un vestido rosa de tafetán, con la manga francesa un poco más larga que el codo y que deja ver el nacimiento del pecho. Sus criadas la peinan con tal chongo que es posible acomodarle una peineta de nácar detrás de la cabeza, y sobre ella colocan una mantilla de encaje negro que le llega hasta los hombros. Sólo por tratarse de un día especial pide un poco de rubor para las mejillas. Busca que le den su abanico pintado a mano y le colocan los zapatos de tacón bajo que ha mandado hacer en la noble y leal Ciudad de México.

Al escuchar las campanadas, María Josefa sabe que ya va tarde y se apura para llegar a la sala de su casa, donde lo espera su esposo vestido con un saco largo de terciopelo añil. A su lado se hallan el mulato y su madre negra, quien sostiene la mano de la otra hija del matrimonio Iturbide, una niña rechoncha de diez años, piel blanca y largos rulos negros que responde al nombre de Nicolasa. La vieja partera, ahora nana, tiene al bebé en brazos, quien dormita plácido.

—¡Apuraos, mujer! El cura nos espera —le recrimina José Joaquín a su mujer.

—Lo que pasa es que traes muina porque perdiste ante el cura —responde ella.

—También perdiste, no sé por qué sonreís —contesta José Joaquín.

Ella levanta los hombros, como para burlarse de su esposo en silencio, y se encamina a la puerta para darle a entender que la discusión ha terminado.

El matrimonio, con criados e hijos, se adentra en las calles de Valladolid, cubiertas de tierra. Todos se envuelven de la peste propia de las ciudades coloniales, mezcla de heces enterradas, animales de carga, tierra mojada, carbón y agua estancada. María Josefa ve a lo lejos una mujer con medio cuerpo fuera de la ventana, que sacude el polvo de un tapete; dos casas más allá, otra hace lo propio con el agua de una palangana. La concurrencia de Valladolid es diversa en sus vestimentas, así como en sus tonalidades de piel, lo mismo la textura lechosa de los españoles peninsulares que el negro nocturno de los esclavos africanos; también es posible encontrar indígenas mixtecos camino al mercado y mercaderes criollos con mercancías que vienen del puerto de Acapulco.

Los miembros de la familia Iturbide llegan al portón principal de la Catedral de Valladolid, ante ellos se levantan cuarenta metros de cantera rosa, coronada por dos torres; majestuosa, imponente, dedicada a la Transfiguración de Jesucristo. Dejándose llevar por la melodía seductora que viene del interior; notas altas producto del órgano tubular, la familia Iturbide y los criados entran a la Iglesia apestada por encierro y humedad…

La pila bautismal es de una plata reluciente, cada color del sol es reflejado por la luz que penetra desde los vitrales. Hace poco que la han puesto en la Catedral de Valladolid, encargada por el rey de España, que no olvida las grandes catedrales de América y que las llena de regalos para servir a Dios y calmar a la gente por el alza de los impuestos.

La catedral está llena del humo de los cirios, y de dolientes que ofrecen sus oraciones por las almas del purgatorio.

El canónigo de la catedral, José de Arregui, toma al bebé con una mano, cubierto con un ropón blanco, y con la otra una concha de plata llena de agua bendita y la vierte sobre la frente del infante, mientras exclama:

—Agustín Cosme Damián de Iturbide y Aramburu, ego te baptizo in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Amen.

—Amén —repiten María Josefa y José Joaquín; Nicolasa se queda callada, mirando con sus ojos grandes los altares cubiertos de oro.

Entonces, el sacerdote dibuja una cruz en la frente del pequeño, sellando así para siempre el gran destino del pequeño Agustín, blanco, fino, menudito; ignorante de que su turbulento futuro pondrá fin al pasado de incienso y plata.

CAPÍTULO 2

Un sentimiento común entre los mexicanos

1824

Agustín de Iturbide contempla la bruma londinense, de un frío plateado casi incorpóreo, como una barrera que lo aleja del mundo.

La tarde húmeda no le permite ver el sol, pero eso a él no le importa. Se aleja de la ventana y se sienta en su pequeño escritorio, donde una vela estática ilumina unos pliegos largos y un tintero abierto. Hace un esfuerzo infructífero por quitarse las botas y mira su reloj de bolsillo. Apenas las cuatro de la tarde.

Toma la pluma con su mano derecha y comienza a escribir para que no le ganen las ideas, ni los recuerdos de su infancia.

Hijo mío, Agustín, quiero escribirte unas líneas para cuando ya no esté contigo, y necesites razones para ver a tu infortunado padre con el respeto que obliga nuestra fe.

Sirvan estas cartas como mis memorias íntimas; compártelas con tus hermanos y con tu madre, con el fin de que cada uno descubra a un Agustín más humano durante la guerra. ¿Cómo podría ser de mi conocimiento el destino turbulento que me esperaba en el campo de batalla? ¿Cómo es que México no podría ser sin mi intervención?

Es egoísta asegurar lo anterior, puedes decir que peco de la arrogancia que caracteriza a todos los hombres que han pasado a la historia, pero ¿no es cierto que sólo la posteridad puede juzgarnos? Mis contemporáneos están ebrios de rumores en mi contra, no saben qué pensar de mi persona. No pueden mantenerse indiferentes, opinan, y toman partido: que si Agustín de Iturbide es bueno por tal y tal cosa, que si Agustín de Iturbide es funesto por la otra. ¿Acaso he dejado de ser hombre para que me juzguen como un santo o un apátrida?

Antes de que te escriba mi historia, hijo mío, debes preguntarte, y responder con honestidad. ¿Qué sabes de mí? ¿Qué opinas de mis acciones? ¿Qué te han contado? Quiero escribir sobre el presente y no debo. Prefiero escribirte del pasado, de mi patria, de Nueva España, de Valladolid. ¡Cómo suspiro por la ciudad que me vio nacer!

En Galicia hay una palabra para el mar que te ahoga el alma cuando estás lejos de tu patria y la extrañas con el corazón, o cuando se añora un pasado al que no podrás volver. Esta palabra es: morriña (los portugueses la llaman saudade), y es un sentimiento muy común entre los mexicanos que viajan a tierras lejanas, pero también en los españoles peninsulares que venían al continente americano a ganarse el pan de cada día.

Mi padre, don José Joaquín, sufría de este mal. Recuerdo la tristeza de sus ojos por más que bebiera vino, sonriera en las tertulias o sacara los naipes para apostar; y este mar silencioso no le hacía olas en la mirada porque odiara Valladolid, o no amara a mi madre, o sintiera disgusto por sus hijos, sino porque cargaba con un sentimiento de orfandad. Extrañaba el pueblo en el que había nacido, Peralta, en el reino de Navarra. Siempre hablaba de su pueblo con tal pasión que hasta llegué a tener compasión de él. Yo nunca fui a Peralta, pero lo conocí por lo que escuchaba, y más de una vez lo visité en espíritu con sólo cerrar los ojos.

En pocas palabras, mi padre no se sentía ni de allá ni de acá; muchos novohispanos leales al rey no profesaban devoción a España. Yo, a pesar de ser un bastardo de la morriña como muchos criollos o españoles peninsulares, me sentía un verdadero hijo de Valladolid, un americano. No sé cómo era la España peninsular más allá de las descripciones románticas de los libros, pero sí sé cómo lucía Nueva España: un verdadero paraíso que contaba con una riqueza sublime, montes llenos de vegetación, nubes rasgadas al atardecer, catedrales barrocas, altares de oro, minas de plata y hombres ilustrados en la religión, la política y las artes.

A diferencia de otras tierras donde la luna es de mármol, en Nueva España era de cristal, salpicada a su alrededor por plata titilante de nuestras minas sobre el mismo terciopelo que visten las vírgenes de los templos. De tal suerte que nuestra noche mexicana (incluso desde que México recibía el nombre de Nueva España) es una catedral eterna al Creador, y por más que pasen los siglos no se le podrá arrebatar su belleza. También, hay que reconocerlo, Nueva España sufría una desigualdad imperiosa, cruel e injusta; se trataba de ignorantes a los indios, se golpeaba a los esclavos negros que venían de África, y se le daba mal trato a las diferentes castas. Que si un español y un indígena tenían un hijo había que registrarlo como mestizo, un mestizo y una española tenían un castizo, un español y un negro daban un mulato. Los nombres de las mezclas eran tan risibles como humillantes, que si “cambujo”, “lobo”, “tente en el aire”, “no te entiendo”o “torna atrás”. Uno no era novohispano así nada más, te trataban de acuerdo a cómo te veían, a tu forma de hablar, al color de tu piel, o a tu origen… la verdad es que para tratar mal a los demás los americanos éramos buenísimos, y eso lo experimenté desde niño que acompañé a mi madre al mercado y vi, en aquel alboroto caótico de verduras frescas, gallinas sin cabeza y regateos, cómo nadie se hablaba con el mismo respeto, más bien con los españoles se dirigían con un particular desdén a los indios de esta tierra. No que los indios no hicieran lo mismo, así que el rencor era mutuo.

Yo creo que a todos se les olvidó, a los españoles peninsulares, a los criollos, a los indios, a los negros, a los mulatos y al resto de las castas, que todos teníamos el mismo hogar, la misma tierra bajo la luna de cristal.

¿Qué derecho tiene un hombre sobre otro?

Cuando yo era niño, Valladolid me parecía una tierra tranquila, pues mi existencia fue diferente a la de la mayoría de estas castas, podría decir que privilegiada. Sospecho que la causa fue la Divina Providencia; o tal vez la clase social es un accidente en la vida. No me dedicaba, como ahora se han dedicado a decir repitiendo las múltiples mentiras de un vil ame­ricano de nombre Vicente Rocafuerte, a cortarles las patas a los pollos para verlos correr con sus muñones. La crueldad no fue parte de mis primeros años.

Más bien recuerdo las tardes que pasaba en el patio con los soldaditos de plomo y estaño representando al ejército español y que me permitían jugar a la guerra, con sus caballos y cañones en miniatura. Era trabajo de mi imaginación el darles vida, crear batallas, historias y romances. Medían poco más de cinco centímetros, así que podía desplegarlos de un rincón al otro del patio y sentirme, por primera vez, jefe de un ejército.

Estos juguetes eran, desde luego, un producto caro que sólo podía conseguirse en la capital, pero a mi padre le iba bien económicamente, así que nos compraba obsequios a mi hermana Nicolasa y a mí, como para compensar su ausencia de los viajes. A mi madre le traía algún collar o unos aretes que luego llevaba a las tertulias. Valladolid estaba dedicada al Sagrado Corazón de Nuestro Señor, las fiestas que se organizaban eran grandes, pero de acuerdo con cada clase social. Nosotros, los criollos y es­pañoles, nos reuníamos en alguna casa a orar el novenario y celebrar un banquete al acompañamiento de una orquesta. Los indios, en cambio, bailaban al ritmo de la comparsa, bebían aguardiente de Oaxaca, organizaban peleas de gallos, y le cantaban a la Virgen de Guadalupe fuera de la Catedral, cosa que no era del agrado de los ministros del gobierno y de la Iglesia.

Las autoridades siempre vieron con desconfianza las costumbres de los indios, con frecuencia decían que ellos eran ignorantes y supersticiosos. Si en verdad lo creían, poco se hizo para mejorar su situación. Muy poco, en verdad.

Quiero, hijo mío, contarte un poco más de mi entorno familiar. Mi padre tenía dos propiedades en la ciudad y una hacienda en Quirio, que trabajaba arduamente y que no le permitía estar en casa todo el año. El escudo de armas de su familia o, mejor dicho, de la familia Iturbide estaba dividido en cuatro partes: la primera, arriba a la izquierda, con un azul profundo, casi cerúleo, atravesado por tres franjas plateadas. La segunda, arriba a la derecha de un rojo sangriento, con dos leones dorados, levantados en sus patas traseras y sosteniendo un pilar de marfil con las patas delanteras. El tercero, abajo a la izquierda, otro rojo profundo, con dos leones parecidos a lobos, mirando la izquierda con actitud de defensa. Por último, el cuarto cuadro, abajo a la derecha, repite el azul, pero esta vez atravesado por dos franjas horizontales de plata.

Así, mi padre y yo, éramos reflejo de ese escudo de armas, tan propio de la familia Iturbide, un legado de valentía y fe.

Mi madre, la bella María Josefa de Aramburu, era una de las joyas de Valladolid y descendía de uno de los fundadores de la ciudad, Juan de Vi ...