Loading...

LA ALARGADA SOMBRA DEL AMOR

Mathias Malzieu  

4


Fragmento

I

¿Hace demasiado frío allá arriba donde estás? Dime: ¿sabes que hay flores que adornan tu cielo? ¿Sabes que tendremos que cortar el árbol que tanto te gustaba? ¿Y sabes que el viento agita los postigos de la cocina y sacude tu sombra sobre el embaldosado?

Ahora que siempre es de noche para ti.

Todavía recibes cartas, las dejamos encima de tu ropa, que sigue doblada. Si quieres, puedo enviarte un trocito de España, una buena botella de champán y dos o tres libros. Sé que podrás disfrutar de mis regalos ahora que los médicos te han dejado en paz con sus tubos en la nariz y en la tripa y ya no tienes que forzarte a comer ni a coger el teléfono.

Ahora que siempre es de noche para ti.

¿Has ido a esconderte bajo una piedra, en una fuente de tartas, en un recién nacido, en una tela, en un huevo, en un bordado? ¿Y qué puedes decirme ahora que siempre es de noche?

Dime, ¿te sientes mejor? Dime, ¿es ligero como una burbuja eso de dejar sin más tu cuerpo ahí, igual que una prenda estropeada que ya no puedes ponerte? Se acabó ese peso que aplastaba tu sonrisa, que aplastaba tu vientre, que te aplastaba. ¿Pudiste escapar? Con tu sonrisa doblada y guardada en el bolsillo ahora que siempre es de noche para ti.

En casa todo parece haber caducado, hasta los yogures de frutas que conservamos en la nevera saben a marchito. No tenemos fuerzas para seguir adelante, por más que nos metamos gaseosa fresca en el esófago como una tormenta de azúcar: nada. Un cementerio más, la noche, el frío y otra capa de noche. Nosotros no vemos nada, ya no te vemos, vamos a ciegas, sabemos tan poco… Caminamos por la noche y no te encontramos, claro que todas las noches se confunden; noches negras, recias como una tela, pocas estrellas, todo se parece en la oscuridad.

Es cierto que están los recuerdos, pero alguien los ha electrificado y conectado a nuestras pestañas, y en cuanto nos vienen a la cabeza, nos queman los ojos.

Ahora que siempre es de noche para ti.

Te fuiste a las 19.30. Hasta el último momento te acompañaron las rosas de color naranja recién cortadas que decoraban tu mesilla de noche y te ayudaron los sorbitos de agua con limón, pero no han sido suficiente. Tampoco los tubos y las agujas clavadas en tus brazos. Las 19.30, «se acabó». En el reloj de tu corazón, la aguja pequeña ya nunca volverá a subir hasta las doce.

Detrás de la puerta de la habitación nos espera el servicio posventa de la muerte. Nos entregan una bolsa de plástico con sombras que te pertenecen, un camisón, horquillas de pelo, un cocodrilo de perlitas anaranjadas medio descosido, algunas fotos, tus zapatil

Recibe antes que nadie historias como ésta