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LA CAíDA DE LOS GIGANTES (THE CENTURY 1)

Ken Follett  

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Fragmento

Personajes

Estadounidenses

Familia Dewar

Senador Cameron Dewar

Ursula Dewar, su esposa

Gus Dewar, su hijo

Familia Vyalov

Josef Vyalov, hombre de negocios

Lena Vyalov, su esposa

Olga Vyalov, su hija

Otros

Rosa Hellman, periodista

Chuck Dixon, amigo de escuela de Gus

Marga, cantante de club nocturno

Nick Forman, ladrón

Ilya, matón

Theo, matón

Norman Niall, contable deshonesto

Brian Hall, jefe sindical

Personajes históricos reales

Woodrow Wilson, 28.º presidente de Estados Unidos

William Jennings Bryan, secretario de Estado

Recibe antes que nadie historias como ésta

Joseph Daniels, secretario de la Armada

Ingleses y escoceses

Familia Fitzherbert

Conde Fitzherbert, llamado Fitz

Princesa Elizaveta, llamada Bea, su esposa

Lady Maud Fitzherbert, hermana de Fitz

Lady Hermia, llamada tía Herm, tía pobre de Fitz y Maud

Duquesa de Sussex, tía rica de Fitz y Maud

Gelert, perro de montaña de los Pirineos

Grout, mayordomo de Fitz

Sanderson, sirvienta de Maud

Otros

Mildred Perkins, inquilina de Ethel

Bernie Leckwith, secretario de la delegación de Aldgate del Partido Laborista Independiente

Bing Westhampton, amigo de Fitz

Marqués de Lowther, «Lowthie», pretendiente rechazado de Maud

Albert Solman, gestor de los negocios de Fitz

Doctor Greenward, voluntario de la maternidad

Lord «Johnny» Remarc, subsecretario del Ministerio de Guerra

Coronel Hervey, asesor de sir John French

Teniente Murray, edecán de Fitz

Mannie Litov, dueño del taller de costura

Jock Reid, tesorero del Partido Laborista Independiente de Aldgate

Jayne McCulley, esposa de un soldado

Personajes históricos reales

Rey Jorge V

Reina María

Mansfield Smith-Cumming, llamado «C», jefe del Departamento de Exteriores de los servicios secretos (posteriormente MI6)

Sir Edward Grey, secretario del Foreign Office

Sir William Tyrrell, secretario personal de Grey

Frances Stevenson, amante de Lloyd George

Winston Churchill, miembro del Parlamento

H. H. Asquith, miembro del Parlamento, primer ministro

Sir John French, comandante de la Fuerza Expedicionaria Británica

Franceses

Gini, chica de bar

Coronel Dupuys, edecán del general Galliéni

General Lourceau, edecán del general Joffre

Personajes históricos reales

General Joffre, comandante en jefe del ejército francés

General Galliéni, comandante de la guarnición de París

Alemanes y austríacos

Familia Von Ulrich

Otto von Ulrich, diplomático

Susanne von Ulrich, su esposa

Walter von Ulrich, hijo de Otto, agregado militar de la embajada alemana de Londres

Greta von Ulrich, hija de Otto

Graf (conde) Robert von Ulrich, primo segundo de Walter, agregado militar de la embajada austríaca de Londres

Otros

Gottfried von Kessel, agregado cultural de la embajada alemana de Londres

Monika von der Helbard, mejor amiga de Greta

Personajes históricos reales

Príncipe Karl Lichnowsky, embajador alemán en Londres

Mariscal de campo Paul von Hindenburg

General de infantería Erich Ludendorff

Theobald von Bethmann-Hollweg, canciller

Arthur Zimmermann, ministro de Asuntos Exteriores

Rusos

Familia Peshkov

Grigori Peshkov, obrero metalúrgico

Lev Peshkov, mozo de caballos

Fábrica Putílov

Konstantín, operario de torno, moderador del círculo de debate

Isaak, capitán del equipo de fútbol

Varia, obrera, madre de Konstantín

Serge Kanin, supervisor de la sección de fundición

Conde Maklakov, director

Otros

Mijaíl Pinski, agente de policía

Ilia Kozlov, su compañero

Nina, doncella de la princesa Bea

Príncipe Andréi, hermano de Bea

Katerina, campesina recién llegada a la ciudad

Mishka, dueño de bar

Trofim, gángster

Fiódor, policía corrupto

Spiria, pasajero del Ángel Gabriel

Yákov, pasajero del Ángel Gabriel

Antón, empleado de la embajada rusa de Londres, también espía para Alemania

David, soldado judío

Sargento Gávrik

Teniente segundo Tomchak

Personajes históricos reales

Vladímir Iliich Lenin, jefe del partido bolchevique

León Trotski

Galeses

Familia Williams

David Williams, sindicalista

Cara Williams, su esposa

Ethel Williams, su hija

Billy Williams, su hijo

Abuelo, padre de Cara Williams

Familia Griffiths

Len Griffiths, ateo y marxista

Señora Griffiths

Tommy Griffiths, hijo de Len, mejor amigo de Billy Williams

Familia Ponti

Señora Minnie Ponti

Giuseppe «Joey» Ponti

Giovanni «Johnny» Ponti, su hermano menor

Mineros

David Crampton, Dai el Llorica

Harry el Seboso Hewitt

John Jones el Tendero

Dai Chuletas, hijo del carnicero

Pat el Papa, embarcador de superficie

Micky el Papa, hijo de Pat

Dai Ponis, mozo de caballos

Bert Morgan

Directivos de la mina

Perceval Jones, director de Celtic Minerals

Maldwyn Morgan, director de la mina de carbón

Rhys Price, capataz de seguridad de la mina de carbón

Arthur Llewellyn el Manchas, oficinista de la mina de carbón

Personal de Ty Gwyn

Peel, mayordomo

Señora Jevons, ama de llaves

Morrison, lacayo

Otros

Dai el Boñigas, encargado de la limpieza

Señora de Dai Ponis

Señora de Roley Hughes

Señora de Hywel Jones

Soldado George Barrow, Compañía B

Soldado Robin Mortimer, oficial apartado del servicio, Compañía B

Soldado Owen Bevin, Compañía B

Sargento Elijah Jones el Profeta, Compañía B

Teniente segundo James Carlton-Smith, Compañía B

Capitán Gwyn Evans, Compañía A

Teniente segundo Roland Morgan, Compañía A

Personajes históricos reales

David Lloyd George, miembro del Parlamento del Partido Liberal

PRÓLOGO

Iniciación

1

22 de junio de 1911

E l mismo día que Jorge V fue coronado rey en la abadía de Westminster, en Londres, Billy Williams bajó por primera vez a la mina en Aberowen, Gales del Sur.

El 22 de junio de 1911, Billy cumplía trece años. Su padre empleó su técnica habitual para despertarlo, un método que se caracterizaba por ser mucho más expeditivo y eficaz que cariñoso, y que consistía en darle palmaditas en la mejilla a un ritmo regular, con firmeza e insistencia, una y otra vez. El muchacho dormía profundamente y, por un momento, trató de hacer caso omiso de aquellos cachetes, pero los golpes se sucedían incesantes. Experimentó una brusca y fugaz sensación de enfado, pero entonces se acordó de que tenía que levantarse, de que hasta tenía ganas de hacerlo, de modo que abrió los ojos y se incorporó de golpe en la cama.

—Son las cuatro —anunció su padre antes de salir de la alcoba, y acto seguido se oyó el fuerte ruido de sus botas al bajar por los peldaños de la escalera de madera.

Ese día, Billy iba a empezar a trabajar como aprendiz minero, al igual que habían hecho la mayoría de los hombres de su ciudad a su misma edad. Le habría gustado sentirse más ilusionado ante la idea de ser minero, pero estaba decidido a no hacer el ridículo: David Crampton lloró en su primer día en la mina y aún lo llamaban Dai el Llorica, a pesar de que tenía veinticinco años y era la estrella del equipo de rugby local.

Era el día después del solsticio de verano, y la luminosa claridad de los primeros rayos del alba penetraba por el ventanuco del cuarto. Billy miró a su abuelo, acostado a su lado, y vio que tenía los ojos abiertos. Cuando Billy se levantaba, el anciano siempre estaba despierto, invariablemente; decía que los viejos no dormían demasiado.

El muchacho salió de la cama; solo llevaba los calzoncillos. Cuando hacía frío, dormía con camisola, pero aquel año las islas británicas estaban disfrutando de un verano caluroso, y las noches eran suaves. Sacó el orinal de debajo de la cama y levantó la tapa.

No había habido ningún cambio en el tamaño de su pene, al que llamaba su «pito»; seguía siendo la misma colita infantil que había sido siempre. Tenía la esperanza de que hubiese empezado a crecerle la víspera de su cumpleaños, o si no, al menos, de ver brotar algún que otro pelo negro alrededor, pero se llevó una gran decepción. Para su mejor amigo, Tommy Griffiths, que había nacido el mismo día que él, la cosa había sido distinta: le había cambiado la voz y hasta le había salido una pelusilla oscura encima del labio superior. Además, para colmo, su pito era como el de un hombre hecho y derecho. Aquello era humillante.

Mientras usaba el orinal, Billy miró por la ventana. Lo único que se veía desde allí era la escombrera, un montículo gris pizarra de estéril, la materia inservible de la mina de carbón, esquisto y arenisca en su mayor parte. Aquel era el aspecto que debía de tener el mundo el segundo día de la Creación, pensó Billy, antes de que Dios dijese: «Produzca la tierra hierba verde». Una brisa suave levantó una fina capa de polvo negro de la escombrera y la derramó sobre la hilera de casas.

En el interior de su alcoba, todavía había menos objetos que contemplar. Se encontraba en la parte posterior de la casa, era un espacio angosto en el que a duras penas cabía la cama estrecha, una cómoda y el viejo baúl del abuelo. Colgado de la pared había un dechado bordado donde se leía:

CREE EN EL
SEÑOR JESUCRISTO

Y ESTARÁS

A SALVO

No había espejo.

Una puerta llevaba a lo alto de la escalera y la otra al dormitorio principal, al que solo podía accederse atravesando la pequeña alcoba. La otra habitación era más grande, con espacio para dos camas, y allí dormían mamá y papá; incluso las hermanas de Billy habían dormido allí, varios años antes. La mayor, Ethel, ya no vivía con ellos, y las otras tres habían muerto, una de sarampión, otra de tos ferina y la tercera de difteria. También había tenido un hermano mayor, que compartió la cama con Billy antes del abuelo. Se llamaba Wesley y murió abajo, en la mina, arrollado por una vagoneta fuera de control, por uno de los carros con ruedas que transportaban el carbón.

Billy se puso la camisa, la misma que había llevado a la escuela la jornada anterior. Ese día era jueves, y solo se cambiaba de camisa los domingos. Sin embargo, sí tenía un par nuevo de pantalones, sus primeros pantalones largos, hechos de un recio algodón impermeable al que llamaban piel de topo. Eran el símbolo del ingreso en el mundo de los hombres, y se los puso con orgullo, disfrutando de la sensación fuertemente masculina de la tela. Se ciñó un grueso cinturón de cuero y las botas que había heredado de Wesley y, a continuación, bajó las escaleras.

La mayor parte de la planta baja estaba ocupada por la sala de estar, de unos veinte metros cuadrados, con una mesa en el centro y una chimenea en un costado, amén de una alfombra tejida a mano sobre el suelo de piedra. El padre estaba sentado a la mesa leyendo un ejemplar atrasado del Daily Mail, con unas lentes apoyadas en el puente de la nariz larga y aguileña. La madre estaba preparando el té. Dejó la tetera humeante en la mesa, besó a Billy en la frente y le preguntó:

—¿Cómo está mi hombrecito el día de su cumpleaños?

Billy no contestó. El diminutivo le había dolido en lo más hondo, porque seguía siendo pequeño y no era un verdadero hombre todavía. Se dirigió a la recocina, en la parte de atrás. Sumergió un cuenco de hojalata en el barril de agua, se lavó la cara y las manos y, a continuación, tiró el agua en la pileta baja de piedra. En la recocina había un caldero con una parrilla para el fuego debajo, pero solo se empleaba las noches del baño, que eran los sábados.

Les habían prometido que no tardarían en tener agua corriente, y las casas de algunos mineros ya disponían de ella. La familia de Tommy Griffiths se hallaba entre las afortunadas. Cada vez que iba a casa de Tommy, a Billy le parecía un milagro poder llenar un vaso de agua fresca y clara con solo abrir un grifo, sin tener que transportar ningún balde hasta el surtidor de la calle. Sin embargo, el milagro no había llegado todavía a Wellington Row, la calle donde vivían los Williams.

Volvió a la sala de estar y se sentó a la mesa. Su madre le puso delante una enorme taza de té con leche y azúcar. Cortó dos gruesas rebanadas de una hogaza de pan casero y le llevó un pedazo de manteca de la despensa, situada debajo de la escalera. Billy entrelazó las manos, cerró los ojos y dijo:

—Gracias, Señor, por estos alimentos. Amén.

Acto seguido, bebió un sorbo de té y untó la manteca en el pan. Los ojos azul claro de su padre lo miraron por encima del periódico.

—Échate sal en el pan —le dijo—. Vas a sudar bajo tierra.

El padre de Billy era representante minero de la Federación Minera de Gales del Sur, el sindicato más fuerte de toda Gran Bretaña, tal como decía cada vez que tenía ocasión. Lo conocían como Dai el Sindicalista. A muchos hombres los llamaban Dai, el diminutivo de David, o Dafydd en galés. Billy había aprendido en la escuela que el nombre de David era muy popular en Gales porque era el nombre del santo patrón del país, como san Patricio en Irlanda. No se distinguía a un Dai de otro por el apellido —porque allí casi todos se apellidaban Jones, Williams, Evans o Morgan—, sino por el apodo. Los nombres verdaderos se utilizaban muy rara vez cuando había alguna alternativa jocosa. Billy se llamaba William Williams, así que para todos era Billy Doble. A veces las mujeres recibían el apodo del marido, de modo que la madre de Billy era la señora de Dai el Sindicalista.

El abuelo bajó cuando Billy estaba comiéndose la segunda rebanada de pan. A pesar del calor, llevaba chaqueta y un chaleco. Cuando se hubo lavado las manos, se sentó frente a Billy.

—No estés tan nervioso —le dijo—. Yo bajé al pozo cuando tenía diez años, y mi mismísimo padre bajó a la mina encaramado a la espalda del suyo cuando tenía cinco, y trabajaba desde las seis de la mañana hasta las siete de la tarde. De octubre a marzo no veía la luz del sol.

—No estoy nervioso —repuso Billy.

No era verdad. Estaba muerto de miedo.

Pese a todo, el abuelo se mostró benevolente y no siguió insistiendo. A Billy le caía bien. Su madre lo trataba como un crío pequeño, y su padre era severo y sarcástico, pero el abuelo era tolerante y se dirigía a Billy hablándole como a un adulto.

—Escuchad —dijo el padre.

Él era incapaz de comprar el Mail, un periodicucho de derechas, pero a veces se llevaba a casa el ejemplar de otra persona y les leía el periódico en voz alta, con tono desdeñoso y mofándose de la estupidez y la falta de honradez de la clase dirigente.

—«Lady Diana Manners ha sido objeto de severas críticas por acudir con el mismo vestido a dos bailes distintos. La hija menor del duque de Rutland recibió el galardón del “mejor vestido de señora” en el baile del Savoy por el cuerpo ceñido de escote barco y falda de miriñaque, y obtuvo un premio de doscientas cincuenta guineas.» —Bajó el periódico y dijo—: Eso es, al menos, tu salario de cinco años, hijo mío. —Reanudó la lectura—: «Sin embargo, suscitó la reprobación de los connoisseurs al lucir el mismo vestido en la fiesta que lord Winterton y F.E. Smith celebraron en el hotel Claridge. En contra de lo que afirma el dicho popular, lo que abunda, y en este caso repite, en ocasiones sí daña, fue el comentario de los asistentes». —Levantó la mirada del periódico y dijo—: Así que ya lo sabes, mamá, será mejor que te cambies de vestido si no quieres suscitar la reprobación de los connoisseurs.

Aquello no hizo gracia a la madre de Billy. Llevaba un viejo vestido de lana de color pardo con los codos remendados y manchas bajo las axilas.

—Si tuviera doscientas cincuenta guineas, te aseguro yo que estaría mucho más elegante que ese adefesio de lady Diana Comosellame —dijo, no sin amargura.

—Es verdad —convino el abuelo—. Cara siempre fue la más guapa… igual que su madre. —La madre de Billy se llamaba Cara. El abuelo se dirigió entonces al chico—: Tu abuela era italiana, se llamaba Maria Ferrone. —Eso Billy ya lo sabía, pero al abuelo le encantaba relatar una y otra vez las viejas historias familiares—. De ahí heredó tu madre ese pelo negro tan brillante y esos hermosos ojos oscuros, y tu hermana también. Tu abuela era la mujer más guapa de Cardiff… ¡y yo me la quedé! —De pronto, una nube de tristeza le ensombreció el semblante—. Aquellos sí que eran buenos tiempos… —añadió en voz baja.

El padre frunció el ceño con aire reprobador porque, a su juicio, aquella conversación evocaba los placeres de la carne, pero la madre se sintió halagada con los cumplidos de su padre y sonrió contenta mientras le servía el desayuno.

—Huy, sí, ya lo creo —intervino—. A mis hermanas y a mí todo el mundo nos consideraba unas bellezas. Se iban a enterar esos duques de lo que es una mujer guapa si tuviéramos dinero para sedas y encajes…

Billy se quedó pasmado, pues nunca se le había pasado por la cabeza considerar guapa ni nada por el estilo a su madre, aunque cuando se vestía para las reuniones del templo el sábado por la tarde sí estaba radiante, sobre todo cuando llevaba sombrero. Suponía que debía de haber sido guapa alguna vez, hacía muchos años, pero le costaba imaginarlo.

—Y además, para que lo sepas —dijo el abuelo—, en la familia de tu abuela eran todos muy listos. Mi cuñado era minero, pero dejó la mina y abrió un café en Tenby. ¡Eso sí que es vida! Disfrutar de la brisa marina y sin hacer nada en todo el día más que preparar el café y contar el dinero de la caja.

El padre leyó otra noticia.

—«Como parte de los preparativos para la coronación, el palacio de Buckingham ha elaborado un manual de protocolo de doscientas doce páginas.» —Levantó de nuevo la vista del papel—. No te olvides de mencionar eso hoy abajo en el pozo, Billy. Los hombres se alegrarán de saber que, cuando de la coronación se trata, no se ha dejado nada al azar.

A Billy la realeza le traía sin cuidado; lo que le gustaba eran las historias de aventuras que el Mail solía publicar sobre corpulentos y valerosos alumnos de colegios privados que jugaban al rugby y atrapaban a escurridizos espías alemanes. Según el periódico, dichos espías infestaban las ciudades de toda la geografía británica, aunque, por desgracia, no parecía haber ninguno en Aberowen.

Billy se levantó de la mesa.

—Voy calle abajo —anunció.

Salió de la casa por la puerta principal. Lo de ir «calle abajo» era un eufemismo familiar: significaba ir a las letrinas, que quedaban a medio camino de Wellington Row. Había una choza baja de ladrillo con el techo de chapa ondulada, construida encima de un profundo hoyo excavado en el suelo. La choza estaba dividida en dos compartimientos, uno para los hombres y otro para las mujeres, y cada uno de ellos contaba, a su vez, con un asiento doble, para que la gente pudiese hacer sus necesidades de dos en dos. Nadie sabía por qué quienes habían construido las letrinas lo habían dispuesto de ese modo, pero todos lo aprovechaban al máximo: los hombres se limitaban a mirar hacia delante y no decían nada, pero, tal como Billy comprobaba a menudo, las mujeres charlaban alegremente. El olor era nauseabundo, a pesar de la costumbre y del hecho de ser un acto cotidiano que se repetía todos los días. Billy siempre intentaba contener la respiración con todas sus fuerzas para luego, al salir, inspirar desesperadamente. Un hombre al que todo el mundo llamaba Dai el Boñigas se encargaba de vaciar el hoyo periódicamente.

Cuando Billy volvió a la casa, se llevó una gran alegría al ver a su hermana, Ethel, sentada a la mesa.

—¡Feliz cumpleaños, Billy! —exclamó al verlo—. Tenía que venir a darte un beso antes de que bajaras al pozo.

Ethel tenía dieciocho años y, a diferencia de lo que le ocurría con su madre, a Billy no le costaba ningún esfuerzo ver lo guapa que era. Tenía el pelo de color rojo caoba, ensortijado, y los ojos negros centelleaban con un brillo pícaro. Tal vez su madre hubiese tenido aquel aspecto alguna vez, hacía mucho tiempo. Ethel llevaba el sencillo vestido negro y la cofia blanca de algodón que caracterizaba a las doncellas, un uniforme que le sentaba francamente bien.

Billy adoraba a su hermana. Además de hermosa, era divertida, lista y valiente, y a veces hasta le plantaba cara a su padre. Le explicaba a Billy cosas que ninguna otra persona era capaz de contarle, como lo de ese trance mensual al que las mujeres llamaban el «período», o en qué consistía ese delito contra la moral pública que había obligado al párroco anglicano a abandonar la ciudad con tanta precipitación. Había sido la primera de la clase durante su paso por la escuela, y su redacción sobre el tema «Mi ciudad o pueblo» ganó el primer premio en un concurso organizado por el South Wales Echo. La habían obsequiado con un ejemplar del Atlas Mundial de Cassell.

Ethel besó a Billy en la mejilla.

—Le he dicho a la señora Jevons, el ama de llaves, que nos estábamos quedando sin betún y que lo mejor sería que fuese a comprarlo a la ciudad. —Ethel vivía y trabajaba en Ty Gwyn, la mansión inmensa del conde Fitzherbert, a un kilómetro y medio colina arriba. Le dio a Billy algo envuelto en un trapo limpio—. He birlado un trozo de tarta para traértelo.

—¡Muchas gracias, Eth! —exclamó Billy. Le encantaban las tartas.

—¿Quieres que te la ponga con el almuerzo? —preguntó su madre.

—Sí, por favor.

La madre sacó una caja de hojalata de la alacena y guardó en ella la tarta. Cortó dos rebanadas más de pan, las untó de manteca, añadió sal y las metió en la caja. Todos los mineros se llevaban el almuerzo en una caja de hojalata, porque si bajaban la comida a la mina envuelta en un trapo, los ratones habrían dado buena cuenta de ella antes del receso de media mañana.

—Cuando me traigas el primer salario, podrás llevarte una loncha de tocino hervido en la caja del almuerzo.

Al principio, el sueldo de Billy no iba a ser gran cosa, pero a pesar de ello para su familia sí supondría una gran diferencia. Se preguntó con cuánto dinero le dejaría quedarse su madre para sus gastos, y si podría ahorrar suficiente para comprarse esa bicicleta que deseaba más que cualquier otra cosa en el mundo.

Ethel se sentó a la mesa y su padre le preguntó:

—¿Cómo van las cosas en la casa grande?

—Todo bien, sin novedades —contestó ella—. El conde y la princesa están en Londres, para la coronación. —Consultó el reloj de la repisa de la chimenea—. Se levantarán pronto, tienen que estar en la abadía muy temprano. A ella no le va a hacer ninguna gracia, claro, porque no está acostumbrada a madrugar, pero no puede presentarse tarde ante el mismísimo rey. —La esposa del conde, Bea, era una princesa rusa de ilustre cuna.

—Querrán sentarse delante, para poder ver mejor el espectáculo —dijo el padre.

—No, no… no puedes sentarte donde tú quieras —aclaró Ethel—. Han encargado la fabricación especial de seis mil sillas de madera de caoba con los nombres de los invitados en letras doradas en el respaldo.

—¡Pues menudo derroche! —exclamó el abuelo—. ¿Y qué piensan hacer con ellas luego, eh?

—No lo sé, a lo mejor se las llevan a casa como recuerdo.

—Diles que nos manden alguna que les sobre —dijo el padre con sequedad—. Aquí solo somos cinco, y tu pobre madre tiene que quedarse de pie.

Cuando el padre de Billy se ponía sarcástico, casi siempre significaba que, en el fondo, estaba realmente enfadado. Ethel se puso en pie de un salto.

—Lo siento, mamá, no me había dado cuenta…

—Quédate donde estás, estoy demasiado ocupada para sentarme —repuso su madre.

El reloj dio las cinco.

—Billy, hijo mío, más vale estar allí pronto —dijo el padre—. Será mejor que te pongas en marcha.

Billy se levantó de mala gana y recogió su almuerzo.

Ethel lo besó de nuevo y el abuelo le estrechó la mano. Su padre le tendió dos clavos de quince centímetros, oxidados y un poco torcidos.

—Guárdatelos en el bolsillo de los pantalones.

—¿Para qué son? —quiso saber el muchacho.

—Ya lo verás —le contestó el padre, sonriendo.

La madre le dio a Billy una botella de litro con tapón de rosca, llena de té frío con leche y azúcar, y le dijo:

—Bueno, Billy, no olvides que Jesús está siempre contigo, incluso abajo en la mina.

—Sí, mamá.

Vio una lágrima en los ojos de su madre y se volvió rápidamente, porque a él también le entraban ganas de llorar. Tomó su gorra del colgador.

—Hasta luego, entonces —dijo, como si solo fuera a la escuela, y salió por la puerta principal.

Había sido un verano soleado y caluroso hasta entonces, pero ese día en concreto estaba nublado y parecía incluso a punto de llover. Tommy estaba apoyado en el muro de la casa, esperando.

—Eh, Billy —saludó.

—Hola, Tommy.

Echaron a caminar juntos por la calle.

Billy había aprendido en la escuela que, antiguamente, Aberowen había sido una población pequeña con un mercado que servía a los granjeros de los alrededores. Desde lo alto de Wellington Row se veía el viejo núcleo comercial, con los corrales abiertos para las transacciones ganaderas, el edificio de la lonja de la lana y la iglesia anglicana, todo en la misma ribera del río Owen, que era poco más que un arroyo. Ahora, una línea ferroviaria atravesaba la ciudad como una cicatriz, e iba a morir a la entrada de la mina. Las viviendas de los mineros habían ido extendiéndose por las laderas del valle, centenares de casas de piedra gris con tejados de pizarra galesa de un gris más oscuro. Estaban construidas a lo largo de hileras serpenteantes que seguían el contorno de las pendientes, y las hileras estaban atravesadas por unas callejuelas más cortas que se precipitaban en vertical hacia el fondo del valle.

—¿Con quién crees que vas a trabajar? —le preguntó Tommy.

Billy se encogió de hombros. Los muchachos nuevos se asignaban a uno de los ayudantes del capataz de la mina.

—Ni idea.

—Yo espero que me pongan en los establos. —A Tommy le gustaban los caballos. En la mina vivían unos cincuenta ponis que tiraban de las vagonetas que llenaban los mineros, arrastrándolas por los raíles del ferrocarril—. ¿Qué trabajo te gustaría hacer?

Billy esperaba que no le diesen una tarea demasiado pesada para su físico de niño, pero no estaba dispuesto a admitirlo en voz alta.

—Engrasar las vagonetas —contestó.

—¿Por qué?

—Parece fácil.

Pasaron por delante de la escuela de la que, hasta el día anterior, habían sido alumnos. Se trataba de un edificio victoriano con ventanas ojivales como las de una iglesia. Había sido erigido por la familia Fitzherbert, tal como el director se encargaba de recordar de forma incansable a los alumnos. El conde aún contrataba personalmente a los maestros y decidía el contenido del programa académico. Las paredes estaban repletas de cuadros de heroicas victorias militares, y la grandeza de Gran Bretaña era un tema constante. En la clase sobre las Escrituras con la que daba comienzo cada jornada escolar se impartían estrictas doctrinas anglicanas, a pesar de que casi todos los niños provenían de familias pertenecientes a sectores disidentes, escindidos de la Iglesia anglicana, también llamados no conformistas. Había una junta escolar de la que formaba parte el padre de Billy, pero carecía de poder auténtico y sus funciones se limitaban únicamente a aconsejar y asesorar. El padre del chico aseguraba que el conde trataba la escuela como si fuese una propiedad personal.

En su último año de estudios, Billy y Tommy habían aprendido las nociones básicas de la minería, mientras que las chicas aprendían a coser y a guisar. A Billy le había sorprendido descubrir que el suelo que había bajo sus pies estaba formado por capas de distintas clases de tierra, como si hubiera un montón de emparedados apilados unos encima de otros. Una «veta de carbón», una expresión que había oído toda su vida sin entenderla realmente, era una de dichas capas. También le habían explicado que el carbón estaba hecho de hojas muertas y otras clases de materia vegetal, acumuladas durante años y años y comprimidas por el peso de la tierra que tenían encima. Tommy, cuyo padre era ateo, aseguraba que eso demostraba que lo que decía la Biblia era mentira, pero el padre de Billy afirmaba que solo era una interpretación.

La escuela estaba vacía a aquellas horas, y el patio del recreo, también desierto. Billy se sentía orgulloso de haber dejado atrás la escuela, aunque una pequeña parte de su ser deseaba poder volver allí en lugar de tener que bajar al pozo.

A medida que iban aproximándose a la mina, las calles empezaron a llenarse de mineros, todos con su caja de hojalata y una botella de té. Iban vestidos igual, con trajes viejos de los que se despojarían en cuanto llegasen a su lugar de trabajo. Algunas minas eran muy frías, pero en la de Aberowen hacía mucho calor, y los hombres trabajaban en ropa interior y con botas, o con los pantaloncillos de hilo basto a los que llamaban bannickers. Todos llevaban una gorra acolchada siempre, porque los techos de los túneles eran muy bajos y era fácil golpearse la cabeza.

Por encima de las casas, Billy vio el cabrestante, una torre coronada por dos ruedas de grandes dimensiones que rotaban en sentido opuesto, tirando de los cables que subían y bajaban la jaula. En todas las cuencas mineras de Gales del Sur se veían estructuras similares de brocales de mina, del mismo modo en que las agujas de las iglesias dominaban las localidades y aldeas agrícolas.

Había otras construcciones diseminadas alrededor de la boca de la mina, como si hubiesen caído allí por casualidad: la lamparería, las oficinas, la herrería, los almacenes… Las líneas ferroviarias serpenteaban entre los edificios. Por el suelo aparecían desperdigados varios vagones averiados, viejos travesaños resquebrajados, sacos de comida y piezas de maquinaria oxidada y en desuso, todo cubierto por una capa de polvo de carbón. El padre de Billy decía siempre que habría menos accidentes si los mineros tuvieran las cosas más ordenadas.

Billy y Tommy entraron en las oficinas de la mina. En la antesala estaba Arthur Llewellyn el Manchas, un empleado no mucho mayor que ellos. Llevaba el cuello y los puños de la camisa blanca sucios. Estaba esperándolos, pues los padres de ambos habían dispuesto previamente que empezasen a trabajar ese día. El Manchas escribió sus nombres en un libro y luego los condujo al despacho del capataz.

—El joven Tommy Griffiths y el joven Billy Williams, señor Morgan —anunció.

Maldwyn Morgan era un hombre alto y vestía un traje negro. No había restos de carbón en los puños de su camisa, y tenía las mejillas rosadas, lisas y suaves, lo que significaba que, probablemente, se afeitaba todos los días. Su titulación de ingeniero lucía enmarcada en la pared, y su bombín —la otra señal distintiva de su estatus— colgaba del perchero que había junto a la puerta.

Para sorpresa de Billy, no estaba solo. Junto a él había una figura aún más pavorosa: Perceval Jones, director de Celtic Minerals, la compañía que poseía y explotaba la mina de carbón de Aberowen, además de otras. Un hombrecillo menudo y agresivo al que los mineros llamaban Napoleón. Iba vestido formalmente con un frac negro y pantalones a rayas grises, y no se había quitado el sombrero de copa.

Jones miró a los chicos con gesto de reprobación.

—Griffiths —dijo—, tu padre es un socialista revolucionario.

—Sí, señor —contestó Tommy.

—Y un ateo.

—Sí, señor Jones.

Se volvió para dirigirse a Billy.

—Y tu padre es un dirigente de la Federación Minera de Gales del Sur.

—Sí, señor Jones.

—No me gustan los socialistas. Y los ateos están condenados al fuego eterno. Y los sindicalistas son los peores de todos.

Miró a ambos fijamente, pero no les había hecho ninguna pregunta, de modo que Billy no dijo nada.

—No quiero alborotadores —siguió diciendo Jones—. En el valle de Rhondda llevan cuarenta y tres semanas de huelga por culpa de gente como vuestros padres, que meten cizaña y les animan.

Billy sabía que la huelga de Rhondda no había sido provocada por los alborotadores, sino por los dueños de la mina de Ely, en Penygraig, que habían hecho un cierre patronal contra los mineros, pero mantuvo la boca cerrada.

—¿No seréis vosotros alborotadores? —Jones señaló a Billy con un dedo huesudo, y el muchacho se puso a temblar—. ¿No te habrá dicho tu padre que defiendas tus derechos mientras trabajes para mí?

Billy trató de hacer memoria, aunque era difícil teniendo el rostro amenazador de Jones a escasos centímetros del suyo. Su padre no le había dicho gran cosa esa mañana, pero la noche anterior sí le había dado algún consejo.

—Pues verá, señor, me ha dicho: «No les plantes cara ni te hagas el gallito con los patronos, que ese es mi trabajo».

A sus espaldas, Llewellyn el Manchas se rió por lo bajo.

A Perceval Jones, sin embargo, no le hizo ninguna gracia.

—Mocoso insolente… —masculló—. Pero si no te dejo entrar a trabajar en la mina, tendré a todo el valle en huelga.

A Billy no se le había pasado por la cabeza algo semejante. ¿Tan importante era? No, pero cabía la posibilidad de que los mineros se pusiesen en huelga para defender a los hijos de sus dirigentes sindicales. No llevaba ni cinco minutos trabajando y el sindicato ya lo estaba protegiendo.

—Llévatelos de aquí —ordenó Jones.

Morgan asintió.

—Sácalos fuera, Llewellyn —le apremió—. Rhys Price puede encargarse de ellos.

Billy protestó para sus adentros, pues Rhys Price era uno de los ayudantes del capataz que tenía más mala fama. Había puesto los ojos en Ethel el año anterior y esta lo rechazó de plano. La hermana de Billy había hecho lo mismo con la mitad de los solteros de Aberowen, pero Price se lo había tomado muy a pecho.

El Manchas negó con la cabeza.

—Fuera —dijo, y los acompañó mientras salían del despacho—. Esperad en el exterior al señor Price.

Billy y Tommy abandonaron el edificio y se apoyaron en el muro, junto a la puerta.

—Me encantaría darle un puñetazo a Napoleón en esa barriga gorda que tiene —dijo Tommy—. Ese sí es un cerdo capitalista.

—Y que lo digas —convino Billy, aunque nunca se le había pasado por la cabeza pensar algo así.

Rhys Price apareció al cabo de un minuto. Como todos los ayudantes del capataz, llevaba un sombrero de ala pequeña y abarquillada al que llamaban sombrero hongo, más caro que una gorra de minero pero más barato que un bombín. En los bolsillos del chaleco guardaba una libreta y un lápiz, y sostenía una regla de medir. Price lucía barba de dos días y tenía los dientes mellados. Billy sabía que gozaba de fama de listo pero también de ladino.

—Buenos días, señor Price —dijo Billy.

Price parecía suspicaz.

—¿Se puede saber qué es lo que estás tramando con eso de darme los buenos días, Billy Doble?

—El señor Morgan ha dicho que bajaríamos con usted a la mina.

—¿Conque eso ha dicho, eh? —Price tenía la curiosa costumbre de lanzar miradas bruscas a diestro y siniestro, y a veces incluso a su espalda, como si esperase que, en cualquier momento, fueran a lloverle los problemas desde todos los lados—. Eso ya lo veremos. —Miró al cabrestante, como si buscase allí una explicación—. No tengo tiempo para andar con mocosos. —Entró en las dependencias de la oficina.

—Espero que encuentren a otro que nos lleve abajo… —comentó Billy—. Porque ese odia a mi familia desde que mi hermana lo rechazó.

—Tu hermana se cree demasiado buena para los hombres de Aberowen —dijo Tommy, y era evidente que repetía en voz alta algo que había oído antes.

—Es que lo es, es demasiado buena para ellos —sentenció Billy, categórico.

Price salió de la oficina.

—Está bien, venid conmigo. —Y echó a andar con paso decidido.

Los muchachos lo siguieron al interior de la lamparería. El lamparero le dio a Billy una brillante lámpara de seguridad de latón y él se la enganchó al cinturón, tal como hacían los demás hombres.

Había aprendido mucho acerca de las lámparas de mineros en la escuela. Entre los peligros de la explotación del carbón se hallaba el metano, el gas inflamable que se filtraba por las vetas de carbón. Los hombres lo llamaban grisú, y era la causa de todas las explosiones subterráneas. Las minas galesas eran especialmente famosas por el alto contenido en gas de sus galerías. La lámpara había sido diseñada de manera muy ingeniosa para que la llama no prendiese el grisú, sino que al entrar en contacto con el gas, la llama cambiaba de forma y se alargaba, sirviendo de este modo de aviso, pues el grisú no desprendía ningún olor.

Si la lámpara se apagaba, el minero no podía volver a encenderla. Estaba prohibido llevar cerillas a la mina, y la lámpara estaba cerrada con llave como medida disuasoria para que nadie contraviniese la norma. Una lámpara apagada debía llevarse a un punto de encendido, normalmente al fondo de la mina, cerca del tiro. Para ello a veces era necesario recorrer a pie más de un kilómetro y medio, pero merecía la pena con tal de evitar el riesgo de una explosión subterránea.

A los muchachos les habían enseñado en la escuela que las lámparas eran una de las maneras que tenían los patronos y propietarios de las minas de mostrar su preocupación por el bienestar y la seguridad de sus trabajadores. «Como si evitar las explosiones —había dicho el padre de Billy— no fuese a beneficiar al patrón, que así no tiene que interrumpir el trabajo en la mina ni reparar los daños en los túneles.»

Tras recoger sus lámparas, los hombres hicieron cola para subir a la jaula. Hábilmente colocado junto a la cola, había un tablón de anuncios en el que unos letreros escritos a mano o impresos de forma más o menos rudimentaria anunciaban partidos de críquet, un campeonato de dardos, el extravío de una navaja, un recital del Coro Masculino de Aberowen y una charla sobre la teoría del materialismo histórico de Karl Marx en la Biblioteca Libre. Sin embargo, los ayudantes del capataz no tenían que hacer cola, así que Price se abrió paso hasta la parte delantera, seguido de los chicos.

Como la mayoría de las minas, Aberowen contaba con dos pozos verticales con ventiladores para que el aire descendiera por uno y subiera por el otro, estableciendo así el circuito de ventilación adecuado. Los propietarios solían bautizar los pozos a su antojo, y los caprichosos nombres de aquellos dos eran Píramo y Tisbe. Aquel, Píramo, era el pozo ascendente, y Billy percibió la corriente de aire cálido que subía por él.

Un día, el año anterior, Billy y Tommy decidieron ir a curiosear al pozo y asomarse, de modo que el lunes de Pascua, cuando los hombres no trabajaban, sortearon al vigilante, atravesaron la escombrera a hurtadillas hasta la bocamina y luego treparon por la valla de protección. La plataforma de la jaula no llegaba a cubrir por completo la entrada del pozo, de modo que se tumbaron boca abajo y se asomaron al borde. Se quedaron mirando con aterrada fascinación las entrañas de aquel abismo imponente y Billy advirtió que se le encogía el estómago. La oscuridad parecía infinita. El muchacho experimentó una intensa emoción, una mezcla de alegría por no tener que bajar allí y de terror absoluto al pensar que algún día tendría que hacerlo. Arrojó una piedra al fondo y la oyeron rebotar contra la urdimbre de madera de la jaula y el revestimiento de ladrillo del pozo. Les pareció una terrorífica eternidad hasta que oyeron el ruido débil y lejano de la piedra al caer salpicando en el charco de agua abajo de todo.

En esos momentos, justo un año después, Billy estaba a punto de seguir la misma trayectoria de aquella piedra.

Se dijo que debía armarse de valor y no ser un cobarde, que tenía que comportarse como un hombre hecho y derecho, aunque en el fondo de su alma sintiese que no lo era. Lo peor de todo sería hacer el ridículo y convertirse en el hazmerreír del pozo. Eso le daba más miedo todavía que la muerte.

Vio la reja corredera que cerraba el pozo. Más allá solo estaba el vacío, pues la jaula iniciaba allí su recorrido ascendente. En el extremo opuesto del pozo vio el cabrestante que hacía girar las enormes ruedas más arriba. Unos chorros de vapor se desprendían del mecanismo. Los cables golpeteaban los rieles con chasquidos similares a un latigazo, y por todo el recinto se extendía el olor a aceite caliente.

Con el chirrido del hierro, la jaula vacía apareció tras la reja. El operador de superficie, el encargado de la jaula en el extremo superior, abrió la reja deslizándola. Rhys Price entró en el espacio vacío y los dos muchachos lo siguieron. Trece mineros entraron detrás de ellos, ya que en la jaula cabían un total de dieciséis hombres. El operario cerró la reja de golpe.

Siguió una pausa. Billy se sintió muy vulnerable; el suelo bajo sus pies era sólido, pero podía colar el cuerpo sin problemas por entre los barrotes, ampliamente separados, de los laterales. La jaula colgaba de una maroma de acero, pero ni siquiera eso era seguro: todo el mundo sabía que el cable de Tirpentwys se soltó un buen día en 1902 y la jaula se precipitó al vacío hasta estrellarse contra el fondo del pozo. Murieron ocho hombres.

Saludó con la cabeza al minero que tenía a su lado; era Harry el Seboso Hewitt, un chico con cara de pudin y solo tres años mayor que él, aunque le sacaba una cabeza de altura. Billy se acordaba de cuando Harry iba a la escuela; había repetido tercer curso varias veces, siempre en la clase de los niños de diez años, y había suspendido el examen año tras año hasta alcanzar la edad para trabajar.

Sonó la señal que anunciaba que el embarcador que había al pie del pozo había cerrado su puerta. El operador de superficie accionó una palanca y sonó otra señal distinta. La maquinaria de vapor empezó a silbar y se oyó el sonido de otro golpe.

La jaula se precipitó al vacío.

Billy sabía que el elevador bajaba en caída libre al principio y que luego frenaba justo a tiempo de realizar un aterrizaje suave, pero no había teoría que valiese para prepararlo para la sensación de precipitarse en picado hacia las entrañas de la tierra. Sus pies se separaron del suelo y se puso a gritar, aterrorizado. No pudo evitarlo.

Los hombres se echaron a reír. Sabían que era su primera vez, y dedujo que debían de haber estado esperando su reacción. Vio, demasiado tarde, que todos se estaban agarrando a los barrotes de la jaula para evitar la sensación de flotar en el aire, pero aquello no sirvió para aplacar su miedo. No consiguió dejar de gritar hasta que apretó los dientes con todas sus fuerzas.

Por fin se accionó el freno. Se aminoró la velocidad de la caída y los pies de Billy tocaron el suelo. Se sujetó a uno de los barrotes e intentó dejar de temblar. Al cabo de un minuto, una intensa sensación de injusticia y humillación pasó a ocupar el lugar del miedo, tan profunda que sintió el escozor de las lágrimas en los ojos. Vio el rostro burlón del Seboso y exclamó a voz en grito, para que lo oyera pese al ruido:

—¡Cierra esa bocaza que tienes, Hewitt, pedazo de imbécil!

Al oír aquello, al Seboso le cambió la cara inmediatamente y puso un gesto furioso, pero los demás hombres se rieron aún más. Billy tendría que pedirle perdón a Jesús por haber insultado de aquel modo a su compañero, pero al menos ya no se sentía tan estúpido.

Miró a Tommy, que estaba pálido como el papel. ¿Había gritado Tommy? Billy temía preguntárselo por si la respuesta era negativa.

La jaula se detuvo, la reja se abrió y Billy y Tommy salieron con paso tembloroso al corazón de la mina.

Allí reinaba la oscuridad. Las lámparas de los mineros emitían menos luz que las lámparas de parafina que había en las paredes de su casa, y a su alrededor todo estaba oscuro como una noche sin luna. A lo mejor es que no hacía falta ver bien para sacar carbón, razonó Billy. Cruzó un charco y, al oír el ruido de la salpicadura, bajó la vista y vio agua y barro por todas partes, reluciendo bajo el débil reflejo de las llamas de las lámparas. Notó un sabor raro en la boca: a causa del polvo del carbón, el aire era muy espeso. ¿Cómo era posible que los hombres pudiesen pasar todo el día respirando aquello? Seguramente, por eso los mineros estaban siempre tosiendo y escupiendo.

Había cuatro hombres esperando para entrar en la jaula y subir a la superficie. Cada uno de ellos llevaba un maletín de cuero, y Billy se dio cuenta de que eran bomberos. Todas las mañanas, antes de que los mineros empezasen la jornada, los bomberos inspeccionaban las galerías para detectar los niveles de gas. Si la concentración de metano alcanzaba niveles inaceptables, ordenaban a los hombres que no trabajaran hasta que los mecanismos de ventilación hubiesen despejado el ambiente.

Justo a su lado, Billy vio una hilera de cajones para ponis y una puerta abierta que daba a una sala bien iluminada con un escritorio, seguramente una oficina para los ayudantes del capataz. Los hombres se dispersaron, adentrándose en cuatro túneles distintos que tenían su origen en el fondo del pozo. Los túneles se llamaban galerías y conducían a las secciones de la mina de donde se obtenía el carbón.

Price los llevó a un cobertizo y abrió un candado. Se trataba de un almacén de herramientas. Escogió dos palas, se las entregó a los chicos y volvió a cerrar el cobertizo.

Se dirigieron a los establos. Un hombre vestido únicamente con unos pantalones cortos y unas botas extraía con una pala la paja sucia de una de las cuadras y la cargaba en una vagoneta de carbón. El sudor le resbalaba por la musculosa espalda. Price se dirigió a él:

—¿Quieres un muchacho que te ayude?

El hombre se volvió y Billy reconoció a Dai Ponis, uno de los miembros del consejo de la Iglesia de Bethesda. Dai no dio muestras de haber reconocido a Billy.

—No quiero al esmirriado —dijo.

—Muy bien —aceptó Price—. El otro es Tommy Griffiths. Quédate con él.

Tommy parecía complacido. Había cumplido su deseo: a pesar de que solo se iba a ocupar de limpiar la bosta, iba a trabajar en los establos.

—Vamos, Billy Doble —dijo Price, y enfiló hacia una de las galerías.

Billy se echó la pala al hombro y lo siguió. Se sentía más inquieto ahora que Tommy ya no iba con él, y pensó que ojalá lo hubiesen enviado a limpiar la boñiga de los establos, como a su amigo.

—¿Qué voy a hacer yo, señor Price? —inquirió.

—¿A ti qué te parece? —espetó Price—. ¿Para qué cojones crees que te he dado esa puñetera pala?

Billy se quedó de piedra al oír cómo hablaba aquel hombre, haciendo uso de todas las palabras que estaban prohibidas en su casa. No tenía ni idea de lo que iba a hacer con aquella pala, pero optó por no preguntar nada más.

El túnel tenía forma redonda, y el techo estaba apuntalado con refuerzos semicirculares de acero. Una cañería de unos cinco centímetros de ancho recorría la parte superior, seguramente para transportar el agua. Todas las noches aquellos aspersores rociaban las galerías con agua para tratar de reducir la cantidad de polvo, no solo por el riesgo que suponía para la salud y los pulmones de los hombres —porque si fuera solo eso, a Celtic Minerals le traería sin cuidado—, sino porque constituía un peligro de incendio. Sin embargo, el sistema de aspersores no era el más adecuado. El padre de Billy había insistido en que se requería una cañería de quince centímetros de diámetro, pero Perceval Jones se había negado a invertir ese dinero.

Después de recorrer casi medio kilómetro, doblaron hacia un ramal secundario que ascendía cuesta arriba. Se trataba de un pasadizo más viejo y pequeño, con travesaños de madera en lugar de puntales de acero. Price tenía que agachar la cabeza cada vez que el techo se combaba. A intervalos de unos treinta metros pasaban por las entradas de los lugares donde los mineros ya estaban extrayendo el carbón.

Billy oyó una especie de murmullo cada vez más intenso.

—A la alcantarilla —dijo Price.

—¿Qué? —Billy miró al suelo.

Una alcantarilla era algo que formaba parte de los pavimentos de las ciudades, y allí en el suelo el chico no veía nada más que las vías de ferrocarril por las que circulaban las vagonetas. Levantó la vista y vio un poni que se dirigía directamente hacia él, trotando a toda velocidad por las traviesas y arrastrando tras de sí un tren de vagonetas.

—¡A la alcantarilla! —gritó Price.

Billy seguía sin entender qué era lo que se suponía que debía hacer, pero se dio cuenta de que el túnel apenas era unos pocos centímetros más ancho que los vagones, y que estos estaban a punto de embestirlo y aplastarlo. A continuación, Price pareció meterse dentro de uno de los hastiales y desaparecer.

Billy soltó la pala, se volvió y echó a correr por donde había venido. Intentó sacarle ventaja al poni, pero el animal avanzaba a una velocidad asombrosa. En ese momento vio un nicho en la pared de roca y recordó que había visto esa misma clase de huecos, sin prestarles demasiada atención, cada veinte metros más o menos. Eso debía de ser lo que Price había querido decir con lo de «alcantarillas», de modo que se arrojó al interior del nicho y el tren pasó por su lado a toda velocidad.

Cuando hubo desaparecido, Billy salió del agujero con la respiración entrecortada.

Price fingió estar enfadado, pero sonreía.

—Tendrás que estar más alerta la próxima vez —le dijo—. O acabarás muerto aquí abajo… como tu hermano.

Billy descubrió que a la mayoría de los hombres les gustaba ridiculizar y burlarse de la ignorancia de los muchachos más jóvenes, y decidió no hacer lo mismo cuando fuese mayor.

Recogió la pala del suelo. Estaba intacta.

—Por suerte para ti —señaló Price—. Si alguna vagoneta la hubiera roto, te tocaría pagar una nueva.

Siguieron andando y no tardaron en entrar en un filón agotado y completamente desierto. Había menos agua en el suelo, que estaba cubierto por una gruesa capa de polvo de carbón. Doblaron varias veces a derecha e izquierda y Billy perdió el sentido de la orientación. Llegaron a un lugar en el que el túnel estaba bloqueado por una vieja vagoneta mugrienta.

—Hay que limpiar este sitio —dijo Price. Era la primera vez que se molestaba en explicarle algo, y Billy tuvo la sensación de que le estaba mintiendo—. Tu tarea consiste en meter toda la porquería en la vagoneta con la pala.

Billy miró a su alrededor. El polvo medía casi dos palmos de espesor hasta donde su lámpara alcanzaba a iluminar, y supuso que aún se extendía mucho más lejos. Podía pasarse una semana entera quitando aquel polvo con la pala sin que se notase ninguna diferencia. Además, ¿qué utilidad podía tener aquello? El filón estaba agotado. Sin embargo, optó por no hacer preguntas. Seguramente se trataba de alguna especie de prueba.

—Regresaré dentro de un rato a ver cómo te va —dijo Price, y volvió sobre sus pasos antes de dejar a Billy a solas.

El muchacho no se esperaba aquello. Había dado por supuesto que trabajaría al lado de los mineros expertos y aprendería de ellos, pero solo podía hacer lo que le habían ordenado.

Desenganchó la lámpara del cinturón y buscó alrededor algún lugar donde ponerla. No había ningún saliente donde poder colocarla, así que la dejó en el suelo, pero allí no le servía de nada. Entonces se acordó de los clavos que le había dado su padre. Conque servían para eso… Se sacó uno del bolsillo y, empleando la plancha de su pala, lo clavó en uno de los travesaños de madera y luego colgó la lámpara. Así estaba mucho mejor.

La vagoneta tenía la altura del pecho de un hombre adulto, pero a Billy le llegaba a la altura de los hombros, y en cuanto se puso manos a la obra, descubrió que la mitad del polvo se escurría de la pala antes de que pudiese arrojarlo por el borde del vagón. Ideó un método para evitarlo haciendo girar la plancha, pero al cabo de unos minutos estaba completamente empapado en sudor y descubrió para qué era el segundo clavo: lo clavó en otro travesaño y colgó de él la camisa y los pantalones.

Al cabo de un rato le asaltó la sensación de que había alguien observándolo. Por el rabillo del ojo, vio una figura tenue inmóvil como una estatua.

—¡Ay, Dios! —exclamó, y se volvió para verla de frente.

Era Price.

—Se me ha olvidado examinar tu lámpara —dijo. Descolgó la lámpara de Billy del clavo y la manipuló—. No tiene buena pinta —afirmó—. Te dejaré la mía. —Colgó la otra lámpara y desapareció.

Aquel individuo le ponía los pelos de punta, pero al menos parecía velar por la seguridad de Billy.

El chico se puso manos a la obra de nuevo. Al poco, empezaron a dolerle las piernas y los brazos. Estaba acostumbrado a trabajar con la pala, se dijo: su padre tenía un cochino en la escombrera que había detrás de su casa y, una vez a la semana, Billy se encargaba de limpiar la pocilga. Pero para eso solo tardaba un cuarto de hora. ¿Podría aguantar así todo el día?

Bajo la capa de polvo, el suelo era de roca y arcilla. Al cabo de un rato, ya había despejado un área de poco menos de medio metro cuadrado, la anchura del túnel. Los desechos apenas si cubrían el fondo de la vagoneta, pero él ya estaba exhausto.

Intentó empujar la vagoneta hacia delante para no tener que caminar tanto trecho con la pala llena, pero las ruedas parecían trabadas por el desuso.

No tenía reloj, y era difícil calcular cuánto tiempo habría pasado. Empezó a trabajar más despacio, tratando de ahorrar energías.

Y en ese momento, su lámpara se apagó.

Al principio, la llama parpadeó, y Billy miró con ansiedad la lámpara que colgaba del clavo, pero sabía que la llama se alargaría si había grisú. No era lo que estaba sucediendo, de modo que respiró aliviado, pero acto seguido, la llama se extinguió por completo.

Nunca había visto tanta oscuridad. No veía nada, absolutamente nada. Ni siquiera vislumbraba zonas teñidas de gris, ni distintas tonalidades de negro. Levantó la pala hasta situarla al mismo nivel que la cara y la sostuvo a dos dedos de la nariz, pero aun así, seguía sin verla. Así era como debía de sentirse un ciego.

Permaneció inmóvil. ¿Qué debía hacer ahora? Se suponía que tenía que llevar la lámpara a un punto de encendido, pero ni con todas las lámparas de minero del mundo sería capaz de encontrar el camino de vuelta a través de los túneles. Rodeado de aquella oscuridad, podía pasarse horas vagando por las galerías. No tenía ni la menor idea de a lo largo de cuántos kilómetros se extendían los filones abandonados, y no quería que los hombres tuviesen que enviar una partida de búsqueda para encontrarlo.

Se quedaría allí, muy quietecito, esperando a Price. El ayudante había dicho que volvería «dentro de un rato». Aquello tanto podía significar unos minutos como una hora o más, y Billy sospechaba que sería más tarde que temprano. Seguro que Price lo había hecho a propósito. Una lámpara de seguridad no se apagaba así como así, y además, allí dentro circulaba poco el aire. Price se había llevado la lámpara de Billy y la había sustituido por otra casi sin aceite.

Sintió una oleada de autocompasión y las lágrimas le inundaron los ojos. ¿Qué había hecho él para merecer aquello? Luego, recobró la serenidad. Era otra prueba, como lo de la jaula. Bien, pues les demostraría a todos lo duro que era.

Decidió que lo mejor sería que siguiera trabajando, aunque fuese en la oscuridad. Moviéndose por primera vez desde que se había extinguido la llama, apoyó la pala en el suelo y la deslizó hacia delante, intentando recoger algo de polvo. Cuando la levantó, supuso, por el peso, que debía de haber recogido un buen montón. Se volvió, dio dos zancadas y levantó la pala, tratando de arrojar los escombros al interior de la vagoneta, pero calculó mal la altura. La pala golpeó el costado de la vagoneta y de pronto se hizo más liviana, cuando la carga cayó al suelo.

Volvería a probar. Repitió de nuevo los mismos pasos y esta vez levantó la pala más alto. Cuando la hubo descargado, la dejó caer y notó que el mango de madera golpeaba el borde de la vagoneta. Así estaba mejor.

A medida que el trabajo lo iba alejando de la vagoneta, siguió equivocándose de vez en cuando y tirando el polvo recogido al suelo, hasta que empezó a contar en voz alta los pasos que daba. Logró establecer un patrón de trabajo y a pesar del dolor que sentía en los músculos, consiguió seguir con su labor.

Al tiempo que la tarea se hacía más automática, su cerebro tenía más libertad para divagar, lo cual no era demasiado bueno. Se preguntó hasta dónde llegaría el túnel que tenía delante, y si llevaría mucho fuera de servicio. Pensó en la tierra que había encima de su cabeza, que se extendía a lo largo de casi un kilómetro, y en el peso que soportaban aquellos viejos puntales de madera. Se acordó de su hermano, Wesley, y de los otros hombres que habían muerto en aquella mina. Pero sus espíritus no estaban allí, por supuesto. Wesley estaba con Jesús. Los otros también debían de estarlo; si no, es que habrían ido a parar a otro lugar…

De pronto, sintió miedo y decidió que no era una buena idea pensar en espíritus. Empezaba a tener hambre. ¿Era la hora de tomarse su tentempié? No tenía ni idea, pero pensó que se lo comería igualmente. Rehízo el camino hasta el lugar donde había colgado la ropa, palpó a tientas el suelo y encontró la botella y la caja de hojalata.

Se sentó, apoyando la espalda en el hastial, y tomó un largo sorbo de té frío y dulzón. Cuando se estaba comiendo el pan untado con manteca, oyó un ruido débil. Esperaba que se tratase del crujido de las botas de Rhys Price, pero era inútil engañarse, porque sabía perfectamente quién emitía aquellos chillidos: eran las ratas.

No le asustaban; había montones de ratas en las zanjas que recorrían las calles de Aberowen, pero en la oscuridad, aquellas alimañas parecían más audaces, y al cabo de un segundo sintió cómo una le correteaba por las piernas desnudas. Después de coger la comida con la mano izquierda, agarró la pala y empezó a dar golpetazos con ella, pero la maniobra no las asustó lo más mínimo, y Billy sintió cómo volvían a clavarle las garras diminutas en la piel. Esta vez una intentó subirle por el brazo. Era evidente que habían olido la comida. Los chillidos fueron en aumento, y se preguntó cuántas habría.

Se levantó y se metió rápidamente el último mendrugo de pan en la boca. Bebió un poco más de té y luego se comió la tarta. Estaba deliciosa, llena de fruta seca y almendras, pero una rata se le encaramó a la pierna y se vio obligado a engullir la tarta a toda prisa.

Fue como si supieran que ya no quedaba comida, porque los chillidos fueron cesando poco a poco hasta desaparecer del todo.

La ingesta de comida le dio a Billy energías renovadas para un rato y se puso a trabajar de nuevo, pero sentía un dolor punzante en la espalda. Siguió trabajando, esta vez más despacio, deteniéndose a descansar con frecuencia. Para animarse, se dijo que debía de ser más tarde de lo que él creía, puede que hasta fuese ya mediodía. Alguien iría por él al final del turno. El lamparero siempre comprobaba los números, así que sabría si algún hombre no había regresado aún. Sin embargo, Price se había llevado la lámpara de Billy y la había sustituido por otra distinta. ¿Es que acaso pensaba dejarlo allí toda la noche?

Eso no podía ser. Su padre se subiría por las paredes y removería cielo y tierra hasta dar con él. Los jefes tenían miedo de su padre, Perceval Jones prácticamente lo había admitido. Tarde o temprano, sin duda alguien iría a buscar a Billy. Pero cuando volvió a sentir los retortijones del hambre, se dio cuenta de que debían de haber pasado muchas horas. Empezó a asustarse de verdad, y esta vez le era imposible sacudirse el miedo de encima. Era la oscuridad lo que lo ponía más nervioso. Habría podido soportar la espera si hubiera podido ver, pero sumido en aquellas tinieblas, era como si estuviese perdiendo el juicio. Carecía de sentido de la orientación, y cada vez que volvía sobre sus pasos desde la vagoneta se preguntaba si no estaría a punto de chocarse contra el lateral del túnel. Antes le preocupaba echarse a llorar como un niño, pero ahora le estaba costando horrores reprimir los gritos.

Entonces se acordó de las palabras de su madre: «No olvides que Jesús está siempre contigo, incluso abajo en la mina». Cuando se lo dijo creyó que solo lo hacía para que se portase bien, pero en ese momento comprendió que su madre había querido decir algo más. Por supuesto que Jesús estaba con él: Jesús estaba en todas partes. La oscuridad no importaba, ni el paso del tiempo. Billy tenía a alguien a su lado que cuidaba de él y lo protegía.

Para recordarlo más intensamente, empezó a cantar un himno. No le gustaba su voz, que seguía siendo muy aguda, pero no había nadie allí para oírlo, así que se puso a cantar a pleno pulmón. Cuando cantó todas las estrofas y advirtió que la sensación de miedo volvía a apoderarse de él, se imaginó a Jesús justo al otro lado de la vagoneta, observándolo, con un gesto de profunda compasión en su semblante de barba poblada.

El muchacho entonó un nuevo himno y empezó a mover la pala y a caminar siguiendo el compás de la música. La mayoría de los himnos tenían ritmo. De vez en cuando le asaltaba de nuevo el temor de que se hubieran olvidado de él, de que hubiese acabado el turno y él se hubiera quedado solo allí abajo, y entonces volvía a recordar a la figura vestida con una túnica larga que lo acompañaba en la oscuridad.

Se sabía muchísimos himnos. Llevaba acudiendo al templo de la Iglesia de Bethesda tres veces todos los domingos, desde que era lo bastante mayor para permanecer sentado sin hacer ruido. Los libros de himnos eran muy caros y no toda la congregación sabía leer, por lo que todo el mundo se aprendía la letra de memoria.

Cuando hubo cantado doce himnos, calculó que debía de haber pasado una hora. Aquello seguro que era el final del turno, ¿no? Pero se dispuso a cantar otros doce más. Después de eso, le resultó difícil seguir la cuenta. Cantó sus himnos favoritos dos veces, y siguió trabajando, cada vez más despacio.

Estaba cantando La tumba lo encerró a voz en grito cuando vio una luz. La tarea se había hecho ya tan automática que ni siquiera se detuvo, sino que recogió una nueva palada y la llevó a la vagoneta, sin dejar de cantar, hasta que la luz se hizo más intensa. Cuando terminó de cantar el himno, se apoyó en la pala. Rhys Price estaba observándolo, con la lámpara colgada del cinto, con una expresión extraña en su rostro entre las sombras.

Billy no quiso exteriorizar su alivio: no pensaba darle a Price el gusto de ver cómo se había sentido. Se puso la camisa y los pantalones, descolgó la lámpara apagada del clavo y se la enganchó al cinturón.

—¿Qué le ha pasado a tu lámpara? —le preguntó Price.

—Ya sabe lo que le ha pasado —contestó Billy, con un tono de voz que sonó asombrosamente adulto.

Price le dio la espalda y echó a andar por el túnel.

Billy vaciló unos instantes. Miró en la dirección contraria; justo al otro lado de la vagoneta vio un rostro barbudo y una túnica de color claro, pero la figura se desvaneció como un fantasma.

—Gracias —dijo Billy al túnel vacío.

Mientras seguía a Price, las piernas le dolían tanto que pensaba que le fallarían y que iba a caerse de un momento a otro, pero eso le traía sin cuidado. Ya veía otra vez, y el turno había terminado. Pronto estaría en casa y podría tumbarse a descansar.

Llegaron al fondo del pozo vertical y se metieron en la jaula con un grupo de mineros con el rostro tiznado. Tommy Griffiths no estaba entre ellos, pero el Seboso Hewitt, sí. Mientras aguardaban la señal desde arriba, Billy advirtió que todos lo miraban de reojo, esbozando sonrisas maliciosas.

—Dinos, ¿cómo te ha ido en tu primer día, Billy Doble?

—Bien, gracias —contestó.

La expresión de Hewitt era rencorosa; sin duda recordaba que Billy lo había llamado «pedazo de imbécil».

—¿No has tenido ningún problema? —preguntó.

Billy vaciló antes de contestar; saltaba a la vista que sabían algo, pero quería que viesen que no había sucumbido al miedo.

—Se me ha apagado la lámpara —dijo, consiguiendo que no le temblara la voz. Miró a Price, pero decidió que era más propio de un hombre hecho y derecho no acusarlo—. Me ha costado mucho trabajar así, en la oscuridad, con la pala todo el día —explicó. Se había quedado bastante corto con aquella explicación, porque podían pensar que en realidad no había sido para tanto, pero eso era mejor que reconocer ante ellos todo el miedo que había pasado.

Entonces habló uno de los hombres mayores. Era John Jones el Tendero, a quien llamaban así porque su esposa regentaba una pequeña tienda en la parte trasera de su casa.

—¿Todo el día? —inquirió.

—Sí —contestó Billy.

John Jones miró a Price y dijo:

—Maldito hijo de perra, se supone que solo tenía que durar una hora…

Las sospechas de Billy se vieron confirmadas. Todos estaban al tanto de lo ocurrido y, por lo visto, debían de hacerles algo parecido a los nuevos, pero Price había sido más duro con él que de costumbre.

El Seboso Hewitt sonreía de oreja a oreja.

—¿Y no tenías miedo, Billy, tú solo ahí abajo, en la oscuridad?

El muchacho meditó antes de responder. Todos estaban mirándolo, esperando a oír lo que iba a decir, ya sin ningún rastro de las sonrisas maliciosas, y todos parecían un poco avergonzados. Decidió decir la verdad.

—He pasado miedo, sí, pero no estaba solo.

Hewitt se quedó estupefacto.

—¿Que no estabas solo?

—No, claro que no —dijo Billy—. Jesús estaba conmigo.

Hewitt estalló en carcajadas, pero fue el único. Su risa retumbó en el silencio y cesó de repente.

El silencio se prolongó durante varios minutos. Luego se oyó un ruido metálico, seguido de una sacudida, y la jaula emprendió su ascenso. Harry se dio media vuelta.

A partir de entonces, empezaron a llamarlo Billy de Jesús.

PRIMERA PARTE

El cielo amenazador

2

Enero de 1914

I

E l conde Fitzherbert, de veintiocho años de edad, conocido por su familia y amigos como Fitz, era el noveno hombre más rico de toda Gran Bretaña.

No había hecho nada en absoluto para ganar sus cuantiosos ingresos, sino que, sencillamente, se había limitado a heredar miles de hectáreas de tierra en Gales y en Yorkshire. Las granjas no producían muchos beneficios, pero debajo de ellas había grandes cantidades de carbón, y el abuelo de Fitz se había hecho inmensamente rico otorgando las concesiones para la explotación del mineral.

Estaba claro que era la voluntad de Dios que los Fitzherbert gobernasen a sus semejantes y que viviesen de manera acorde a su condición, pero Fitz pensaba que no había hecho nada que justificase la fe que Dios había depositado en él.

Su padre, el anterior conde, había sido un caso distinto. Oficial de la Armada, había sido nombrado almirante tras el bombardeo de Alejandría en 1882, se había convertido en embajador británico en San Petersburgo y, finalmente, había sido ministro en el gabinete de lord Salisbury. Los conservadores perdieron las elecciones generales de 1906 y el padre de Fitz murió escasas semanas más tarde, una muerte precipitada —de eso Fitz estaba seguro— por el hecho de ver a liberales irresponsables como David Lloyd George y Winston Churchill hacerse cargo del gobierno de Su Majestad.

Fitz ocupó su escaño en la Cámara de los Lores, la cámara legislativa superior del Parlamento británico, como par conservador. Hablaba un francés muy correcto y se defendía en ruso, y su sueño era llegar a convertirse algún día en jefe del Foreign Office. Por desgracia, los liberales no dejaban de ganar las elecciones continuamente, de modo que aún no había tenido ocasión de ser ministro del gobierno.

Su carrera militar había sido igual de mediocre. Había asistido a la academia de entrenamiento de oficiales del ejército de Sandhurst, y pasó tres años con el regimiento de los Fusileros Galeses para convertirse en capitán. Tras su matrimonio abandonó la carrera militar, pero pasó a ser coronel honorífico de los Territorials de Gales del Sur. Lamentablemente, los coroneles honoríficos nunca ganaban medallas.

Sin embargo, había algo de lo que sí se sentía orgulloso, pensaba mientras la locomotora de vapor avanzaba por los valles del sur del País de Gales: dos semanas más tarde, el rey en persona iba a pasar unos días en la casa de campo de Fitz. El rey Jorge V y el padre de Fitz habían sido compañeros en la Armada en su juventud. Recientemente, el rey había expresado su deseo de conocer qué era lo que pensaban sus súbditos más jóvenes, y Fitz había organizado una discreta velada en casa para que Su Majestad conociera a algunos de los más brillantes de su generación. En aquellos momentos, Fitz y su esposa, Bea, iban de camino a la mansión para terminar de disponerlo todo para la visita del monarca.

Fitz sentía un gran apego por las tradiciones. No había nada en la historia de la humanidad capaz de rivalizar con la estabilidad que proporcionaba el orden establecido, basado en los cuatro estamentos de la sociedad: monarquía, aristocracia, comerciantes y campesinado. Sin embargo, al mirar por la ventanilla del tren, como en esos precisos momentos, veía que la sombra de una seria amenaza pendía sobre las costumbres tradicionales de la sociedad británica, una amenaza mayor que cualquiera de las que se hubiesen cernido sobre ella en los cuatrocientos años anteriores. Cubriendo por completo las laderas de los montes, otrora tan verdes, extendiéndose como una plaga de manchas grisáceas en las hojas de los rododendros, surgían las casas de los mineros del carbón. En aquellas mugrientas casuchas se hablaba de republicanismo, de ateísmo y de revolución. Solo había pasado un siglo más o menos desde que habían llevado a la nobleza francesa en carretas hasta la guillotina, y lo mismo ocurriría allí si algunos de aquellos mineros musculosos con la cara tiznada lograban salirse con la suya.

Fitz estaría encantado de renunciar a las ganancias que obtenía del carbón, se dijo, con tal de que Gran Bretaña volviese a la sencillez de otros tiempos. La familia real era un poderoso bastión contra la insurrección. Sin embargo, además de hacerle sentirse orgulloso, la visita del monarca también le provocaba cierta inquietud, pues había muchas cosas que podían salir mal. Con la realeza, cualquier descuido podía ser una señal de negligencia y, por tanto, una falta de respeto. Hasta el último detalle del fin de semana sería comentado posteriormente, por los sirvientes de los visitantes a otros sirvientes y, de estos, a los señores de dichos sirvientes, por lo que todas las damas de la alta sociedad londinense acabarían sabiendo si, durante su estancia en Ty Gwyn, al rey le habían dado una almohada demasiado dura, una patata podrida o la botella de champán equivocada.

El Rolls-Royce Silver Ghost de Fitz estaba esperándolos en la estación de ferrocarril de Aberowen. Se sentó junto a Bea y el chófer los condujo a lo largo de un kilómetro y medio hasta Ty Gwyn, su casa de campo. Estaba cayendo una llovizna fina pero pertinaz, como era habitual en Gales.

«Ty Gwyn» significaba «Casa Blanca» en galés, pero el nombre había acabado resultando un tanto irónico porque, como todo lo demás en aquel rincón del mundo, el edificio estaba cubierto por una capa de polvo de carbón, y los bloques de piedra que en otros tiempos habían sido de un blanco inmaculado ofrecían en esos momentos un color gris oscuro que emborronaba las faldas de las señoras que, en un descuido, rozaban las paredes.

Pese a todo, era un edificio magnífico que llenaba a Fitz de orgullo a medida que el vehículo avanzaba por el camino de entrada a la casa. La mansión privada más grande de todo el País de Gales, Ty Gwyn contaba con doscientas habitaciones. Una vez, de pequeño, él y su hermana, Maud, contaron las ventanas hasta sumar un total de 523. Había sido construida por su abuelo, y en el diseño de las tres plantas se apreciaba una agradable armonía. Los ventanales de la planta noble eran altos y dejaban entrar una gran cantidad de luz en los majestuosos salones. En la planta superior había multitud de habitaciones de invitados, mientras que en la buhardilla se hallaban los innumerables dormitorios del servicio que, aun siendo minúsculos, eran evidentes por las largas hileras de lucernarios que poblaban los tejados en pendiente.

Las veinte hectáreas de jardines eran la debilidad de Fitz; él mismo se encargaba de supervisar la labor de los jardineros, tomando decisiones sobre la selección de variedades que debían plantarse, sobre la poda y el emplazamiento de cada una de ellas.

—Una casa digna de la visita de un monarca —comentó cuando el vehículo se detuvo en el majestuoso pórtico.

Bea no dijo nada; los viajes la ponían de mal humor.

Al bajarse del coche, Gelert, su perro de montaña de los Pirineos, acudió a su encuentro, un animal del tamaño de un oso que le lamió la mano y luego empezó a correr alegremente alrededor del patio para celebrar la llegada de su amo.

Una vez en el vestidor, Fitz se despojó de su ropa de viaje y se puso un traje de tweed marrón claro. A continuación, atravesó la puerta que comunicaba con los aposentos de Bea.

La sirvienta rusa, Nina, estaba quitando los alfileres del elaborado sombrero que su señora se había puesto para el viaje. Fitz vio el rostro de Bea reflejado en el espejo del tocador y se le aceleró el corazón. Retrocedió cuatro años en el tiempo, hasta el salón de baile de San Petersburgo donde había visto por primera vez aquel rostro de belleza deslumbrante, rodeado por una cascada de tirabuzones rubios imposibles de domeñar. En aquel lejano día, al igual que en esos momentos, su cara mostraba un mohín enfurruñado que a él le resultaba extrañamente atractivo. No le costó más que un instante decidir que era ella, de entre todas las mujeres, a la que quería convertir en su esposa.

Nina era una mujer de mediana edad y, en esos instantes, le temblaba el pulso. Bea ponía nerviosas a sus doncellas a menudo. Mientras Fitz la miraba, uno de los alfileres se clavó en el cuero cabelludo de su mujer, quien soltó un chillido. Nina palideció.

—¡Lo siento muchísimo, su alteza! —se disculpó en ruso.

Bea cogió un alfiler de la superficie del tocador.

—¡A ver si te gusta! —exclamó y pinchó a la sirvienta en el brazo.

Nina rompió a llorar y salió corriendo de la habitación.

—Deja que te ayude —le dijo Fitz a su esposa en tono apaciguador. Sin embargo, ella no pensaba calmarse.

—Lo haré yo sola.

Fitz se aproximó a la ventana. Abajo, había un ejército de jardineros podando los setos, cortando el césped y rastrillando la gravilla. Había varios arbustos en flor: viburnos de invierno, jazmines amarillos, hamamelis y fragante madreselva. Al otro lado del jardín se divisaba la suave ondulación verde de la ladera de la montaña.

Tenía que ser paciente con Bea y no olvidar que era extranjera, que estaba aislada en un país extraño, lejos de su familia y de todo aquello que le proporcionaba seguridad. Había sido fácil en los primeros meses de su matrimonio, cuando él aún estaba embriagado por su belleza física, por su olor y por el tacto de su piel suave. Ahora le costaba cierto esfuerzo.

—¿Por qué no descansas? —sugirió—. Yo iré a hablar con Peel y la señora Jevons y veré cómo marchan los preparativos. —Peel era el mayordomo y la señora Jevons el ama de llaves. En teoría, era Bea la encargada de organizar al personal, pero Fitz estaba lo suficientemente nervioso con la visita del rey como para no desperdiciar la ocasión de participar más activamente en los planes—. Ya te informaré más tarde, cuando estés descansada. —Extrajo su cigarrera.

—No fumes aquí dentro —lo reconvino ella.

Él lo interpretó como un consentimiento y se dirigió a la puerta. Deteniéndose de camino, dijo:

—Escucha, ¿no irás a comportarte así delante del rey y la reina, verdad? Me refiero a lo de maltratar al servicio.

—Yo no la he maltratado, le he clavado una aguja para que aprenda.

Los rusos hacían esa clase de cosas. Cuando el padre de Fitz se quejó de la desidia de los sirvientes de la embajada británica en San Petersburgo, sus amigos rusos le contestaron que era porque no les azotaba lo suficiente.

—Sería un poco embarazoso para el rey tener que presenciar algo semejante —le dijo Fitz a Bea—. Como ya te he dicho en anteriores ocasiones, eso no se hace en Inglaterra.

—Cuando era niña, me obligaron a presenciar cómo ahorcaban a tres campesinos —respondió ella—. A mi madre no le gustaba la idea, pero mi abuelo insistió. Me dijo: «Así aprenderás a castigar a tus sirvientes. Si no les azotas o les pegas por pequeñas faltas como haber cometido algún descuido sin importancia o por ser perezosos, al final acabarán cometiendo fechorías mucho más graves y terminarán en el patíbulo». Él me enseñó que la indulgencia con las clases inferiores, a la postre, es mucho más cruel.

Fitz empezaba a perder la paciencia con su esposa. Bea rememoraba una infancia rodeada de lujos y riquezas inmensas, con una legión de sirvientes fieles y obedientes y hordas de campesinos felices. Si su abuelo, un hombre implacable y extremadamente competente, no hubiese muerto, puede que esa vida hubiese seguido siendo así; sin embargo, entre el padre de Bea, un borracho empedernido, y el hermano estúpido de esta, quien se dedicaba a vender la madera sin antes replantar el bosque, habían conseguido dilapidar la totalidad de la fortuna familiar.

—Los tiempos han cambiado —le explicó Fitz—. Te estoy pidiendo… mejor dicho, te ordeno, que no me dejes en mal lugar delante de mi rey. Espero haberme expresado con suficiente claridad. —Y dicho esto, salió y cerró la puerta.

Echó a andar por el amplio pasillo, irritado y un poco triste. Poco después de casarse, aquella clase de rifirrafes lo dejaban desconcertado y abatido, pero últimamente se estaba acostumbrando. ¿Ocurría lo mismo en todos los matrimonios? No lo sabía.

Un lacayo de gran estatura que estaba bruñendo el pomo de una puerta se incorporó, se colocó con la espalda hacia la pared y bajó la mirada, tal como los miembros del personal del servicio de Ty Gwyn tenían instrucciones de hacer cada vez que el conde desfilaba ante ellos. En algunas mansiones, el servicio tenía que colocarse de cara a la pared, pero eso a Fitz le parecía demasiado feudal. El conde reconoció al hombre, pues lo había visto jugando un partido de críquet entre el personal de Ty Gwyn y los mineros de Aberowen. Era un buen bateador.

—Morrison —dijo Fitz, que recordó su nombre—. Avisa a Peel y a la señora Jevons para que acudan a la biblioteca.

—Enseguida, milord.

Fitz bajó la majestuosa escalera. Se había casado con Bea porque esta lo había encandilado, pero también por una razón más poderosa: soñaba con la idea de fundar una insigne dinastía anglorrusa cuyo dominio se extendiese hasta los últimos confines de la Tierra, tal como los Habsburgo habían gobernado diversas partes de Europa durante siglos.

Sin embargo, para eso necesitaba un heredero, y el mal humor de Bea significaba que aquella noche no iba a dejarlo entrar en su dormitorio. Podía insistir, pero eso nunca resultaba demasiado satisfactorio. Habían pasado ya un par de semanas desde la última vez. No quería una esposa que estuviese siempre dispuesta a hacer aquellas cosas, sería una vulgaridad, pero, por otra parte, dos semanas era mucho tiempo.

Su hermana, Maud, seguía soltera a sus veintitrés años, y para colmo, sería capaz de educar a cualquier hijo suyo para que acabara siendo un socialista rabioso que no vacilaría en malgastar toda la fortuna familiar imprimiendo panfletos revolucionarios.

Él llevaba casado tres años y empezaba a preocuparse. Bea solo se había quedado encinta una vez, el año anterior, pero perdió el niño a los tres meses. Ocurrió justo después de una disputa entre ambos. Fitz había cancelado un viaje que tenían planeado a San Petersburgo y Bea se alteró muchísimo, comenzó a llorar y a gritar que quería irse a su casa. Fitz se mantuvo en sus trece y se negó rotundamente —al fin y al cabo, un hombre no podía dejar que su mujer le diese órdenes— pero entonces, cuando ella sufrió el aborto, la culpabilidad que sintió lo convenció de que había sido culpa suya. Si ella se quedaba embarazada de nuevo, se juró a sí mismo que no haría absolutamente nada que pudiese turbarla hasta el nacimiento de su hijo.

Tras posponer mentalmente esa preocupación para más tarde, el conde entró en la biblioteca y se sentó al escritorio con incrustaciones de cuero para confeccionar una lista. Al cabo de uno o dos minutos, Peel apareció acompañado de una doncella. El mayordomo era el hijo menor de un granjero, y su rostro plagado de pecas y el pelo entrecano evocaban cierto aire a campo y a labores al aire libre, pero llevaba toda su vida trabajando como sirviente en Ty Gwyn.

—La señora Jevons está mala, milord —dijo. Hacía tiempo que Fitz había renunciado a tratar de mejorar el habla y el léxico de sus sirvientes galeses—. La barriga —añadió Peel con tono lúgubre.

—Ahórrame los detalles. —Fitz miró a la doncella, una joven hermosa de unos veinte años. Su cara le resultaba vagamente familiar—. ¿Y esta quién es?

La propia muchacha contestó.

—Ethel Williams, milord. Soy la ayudante de la señora Jevons. —Hablaba con el acento cantarín de los valles de Gales del Sur.

—Bueno, Williams, lo cierto es que pareces muy joven para asumir las tareas de un ama de llaves.

—Permítame, señor, pero la señora Jevons dijo que seguramente mandaría llamar al ama de llaves de Mayfair, aunque espera que, entretanto, tal vez yo consiga satisfacer sus necesidades.

¿Acaso vio un brillo pícaro en sus ojos cuando habló de satisfacer sus necesidades? A pesar de que hablaba con la debida deferencia, tenía aspecto de descarada.

—Muy bien —dijo Fitz.

Williams llevaba un grueso cuaderno en una mano y dos lápices en la otra.

—He ido a ver a la señora Jevons a su cuarto y se sentía con fuerzas suficientes para repasarlo todo conmigo.

—¿Por qué llevas dos lápices?

—Por si se rompe uno —contestó ella, y sonrió.

Las sirvientas no debían sonreír al conde, pero Fitz no pudo evitar devolverle la sonrisa.

—Bien —dijo—, dime qué es lo que has anotado en ese cuaderno.

—Tres cosas —contestó la joven—: huéspedes, personal y provisiones.

—Muy bien.

—Por la carta que envió el señor, tenemos entendido que habrá veinte huéspedes. La mayoría de ellos vendrán acompañados por uno o dos asistentes personales, supongamos un promedio de dos, de modo que eso suma un total de cuarenta personas más en cuanto a alojamiento del servicio. Todos llegarán el sábado y se marcharán el lunes.

—Correcto. —Fitz sentía una mezcla de aprensión y placer muy similar a las emociones que había experimentado antes de pronunciar su primer discurso ante la Cámara de los Lores: estaba entusiasmado por hacer aquello y, al mismo tiempo, preocupado por hacerlo bien.

Williams siguió hablando.

—Obviamente, Sus Majestades se alojarán en las Habitaciones Egipcias.

Fitz asintió. Aquellas eran las dependencias privadas más espaciosas. El papel pintado de las paredes contenía motivos ornamentales de los templos egipcios.

—La señora Jevons ha sugerido qué otras dependencias deberíamos acondicionar y las he anotado en aquí.

La expresión «en aquí» era un localismo, una forma de hablar que resultaba redundante, pues significaba exactamente lo mismo que «aquí».

—A ver, enséñame eso —dijo Fitz.

La muchacha rodeó el escritorio y colocó el cuaderno abierto delante del conde. Los sirvientes domésticos estaban obligados a bañarse una vez a la semana, de modo que no olía tan mal como solían hacerlo los miembros de la clase trabajadora. De hecho, su cuerpo cálido desprendía una fragancia floral. Tal vez había robado el jabón aromático de Bea. Leyó la lista que le había enseñado.

—Muy bien —sentenció—. La princesa se encargará de asignar los huéspedes a las distintas habitaciones. Puede que tenga ideas muy concretas al respecto.

Williams pasó la página.

—Esta es una lista del personal adicional que vamos a necesitar: seis muchachas en la cocina, para lavar las verduras y fregar los cacharros; dos hombres con las manos limpias para servir la mesa; tres doncellas más y tres mozos para limpiar las botas y encender las velas.

—¿Y sabes dónde podemos conseguir a toda esa gente?

—Huy, sí, milord, tengo una lista de lugareños que ya han trabajado aquí antes, y si con ellos no basta, les podemos pedir que nos recomienden a otros.

—Nada de socialistas, sobre todo —dijo Fitz con cierta angustia—. Intentarían hablarle al rey de las perversidades del capitalismo. —«Con los galeses, nunca se sabe», pensó.

—Por supuesto, milord.

—¿Qué hay de las provisiones?

La doncella pasó otra página del cuaderno.

—Esto es lo que necesitamos, basándonos en los banquetes previos que se han celebrado en la casa.

Fitz examinó la lista: cien barras de pan, veinte docenas de huevos, cuarenta litros de nata, cuarenta y cinco kilos de tocino, trescientos kilos de patatas… Empezó a aburrirse.

—¿No deberíamos dejar eso hasta que la princesa haya decidido los menús?

—Es que hay que traerlo todo de Cardiff —repuso Williams—. Las tiendas en Aberowen no pueden asumir pedidos tan cuantiosos, y hasta a los proveedores de Cardiff hay que avisarlos con tiempo, para asegurarnos de que tengan cantidades suficientes el día en cuestión.

La muchacha tenía razón. El conde se alegró de que estuviera a cargo de la organización: tenía la capacidad de prever las cosas y verlas venir, adelantándose a los acontecimientos, una cualidad muy poco frecuente, según había descubierto.

—No me vendría mal tener a una muchacha como tú en mi regimiento —dijo.

—No puedo vestir de color caqui, no me sienta bien con esta piel tan clara —contestó ella con descaro.

El mayordomo parecía escandalizado.

—¡Williams, compórtate! No seas desvergonzada.

—Le ruego me perdone, señor Peel.

Fitz se dio cuenta de que había sido culpa suya, por dirigirse a la muchacha con aquella familiaridad. Aunque… lo cierto era que no le desagradaba la desfachatez de la joven. De hecho, le gustaba y todo.

—A la cocinera se le han ocurrido algunas ideas para los menús, milord —dijo Peel, que le entregó a Fitz una hoja de papel un tanto sucia y emborronada con la letra infantil, de trazo cuidadoso, de la cocinera—. Por desgracia, es un poco pronto para el cordero lechal, pero nos pueden enviar una gran variedad de pescado fresco desde Cardiff, en bloques de hielo.

—Todo esto se parece mucho a lo que ofrecimos en nuestra cacería en noviembre —dijo Fitz—. Aunque, por otra parte, no queremos hacer experimentos con cosas nuevas en esta ocasión; es mejor ceñirse a platos que ya hayamos probado antes.

—Exacto, milord.

—Y ahora, los vinos. Vayamos a la bodega.

Peel parecía sorprendido; el conde no solía bajar a los sótanos.

En ese momento, a Fitz le asaltó un pensamiento que había permanecido agazapado en algún recoveco de su cerebro, pero prefirió no prestarle atención. Vaciló unos instantes y luego dijo:

—Williams, ven también. Así tomarás notas.

El mayordomo sujetó la puerta y Fitz salió de la biblioteca y bajó por la escalera trasera. La cocina y la sala de los sirvientes estaban en un semisótano. Allí abajo, la etiqueta funcionaba de un modo distinto, y las sirvientas y los mozos se inclinaban o hacían una reverencia cuando pasaba él.

La bodega estaba en un sótano. Peel abrió la puerta.

—Con su permiso, yo iré delante —dijo.

Fitz asintió. Peel prendió una cerilla, encendió una vela colgada de la pared y empezó a bajar los peldaños. Al llegar abajo, encendió otra palmatoria.

Fitz poseía una bodega más bien modesta, compuesta por unas doce mil botellas, la mayor parte de las cuales eran herencia de su padre y de su abuelo. El champán, el oporto y el vino blanco del Rin eran las bebidas predominantes, con cantidades menores de clarete y borgoña blanco. Fitz no era ningún entendido en vinos, pero sentía especial debilidad por la bodega porque le recordaba a su padre. «Una bodega de vino requiere orden, capacidad de previsión y buen gusto —solía decir el anciano—. Esas son las virtudes que conforman la grandeza de Gran Bretaña.»

Fitz quería servirle lo mejor a su soberano, por supuesto, pero para eso había que tener criterio. El champán sería Perrier-Jouët, el más caro, pero ¿de qué cosecha? Un champán maduro, de veinte o treinta años, tenía menos burbujas y más sabor, aunque lo cierto era que las cosechas jóvenes poseían algo especial, algo chispeantemente delicioso. Escogió una botella al azar. Estaba mugrienta, completamente cubierta de polvo y telarañas. Echó mano del pañuelo de hilo del bolsillo delantero de su chaqueta para limpiar la etiqueta. Seguía sin ver la fecha bajo la tenue luz de las velas. Le mostró la botella a Peel, que se había puesto unas lentes.

—1857 —dijo el mayordomo.

—Dios santo, me acuerdo de esa botella… —recordó Fitz—. Fue la primera cosecha que probé en mi vida, y seguramente la mejor. —De pronto, recordó la presencia de la doncella, que había inclinado el cuerpo hacia él y estaba examinando la botella que era mucho, muchísimo más vieja que ella. Para su consternación, la proximidad del cuerpo de la joven lo dejó momentáneamente sin aliento.

—Me temo que la cosecha del cincuenta y siete ya ha dejado atrás su mejor momento —comentó Peel—. ¿Puedo sugerir la del noventa y dos?

Fitz miró otra botella, dudó y tomó una decisión.

—No veo nada con esta luz —anunció—. Tráeme una lupa, Peel, ¿quieres?

Peel subió los peldaños de piedra.

Fitz miró a Williams. Estaba a punto de cometer una locura, pero no podía contenerse.

—Qué guapa eres… —dijo.

—Gracias, milord.

Bajo la cofia de doncella, asomaban unos rizos rebeldes de pelo oscuro. El conde le acarició el pelo. Sabía que algún día se arrepentiría de aquello.

—¿Has oído hablar de lo que los franceses llaman el droit de seigneur, el derecho de pernada? —Percibió el tono ronco de su propia voz.

—Soy galesa, no francesa —contestó Ethel, con el mismo movimiento insolente de la barbilla que Fitz ya reconocía como característico en ella.

Desplazó la mano del pelo de la joven hasta la nuca y la miró a los ojos. Ella le sostuvo la mirada con audaz aplomo, pero ¿significaba aquella expresión que quería que él siguiera adelante… o que estaba dispuesta a montarle una escena humillante?

El conde oyó el ruido de unos pasos en las escaleras de la bodega; Peel ya estaba allí. Fitz se apartó de la sirvienta.

Las risas de la joven cogieron al conde por sorpresa.

—¡Debería verse la cara de culpabilidad, señor! —exclamó—. Parece usted un colegial.

Peel asomó entre la penumbra con una bandeja de plata en la que llevaba una lupa con el mango de marfil.

Fitz intentó recobrar el aliento. Cogió la lupa y reanudó la inspección de las botellas de vino, con mucho cuidado de no tropezarse con la mirada de Williams.

«Dios mío —pensó—. Qué muchacha tan extraordinaria…»

II

Ethel Williams se sentía rebosante de energía. Nada la inquietaba, podía enfrentarse a cualquier situación, solucionar cualquier problema. Cuando se miraba al espejo, veía que le brillaba la piel y le centelleaban los ojos. El domingo, después del oficio religioso, su padre había hecho algún comentario al respecto, con su dosis de sarcasmo habitual.

—Te veo muy contenta —le dijo—. ¿Es que te has tropezado con un saco de dinero?

A menudo se sorprendía corriendo, y no caminando, por los interminables pasillos de Ty Gwyn, y todos los días llenaba hojas y más hojas de su cuaderno con listas de la compra, calendarios de trabajo del servicio, horarios para recoger las mesas y ponerlas otra vez, y cálculos: números de fundas de almohada, jarrones, servilletas, velas, cucharas…

Aquella era su gran oportunidad. Pese a su juventud, estaba haciendo las veces de ama de llaves en ocasión de una visita real. La señora Jevons no mostraba señales de mejoría ni de que fuese a levantarse de su lecho de convalecencia, así que sobre Ethel recaía toda la responsabilidad de preparar la mansión de Ty Gwyn para dar el recibimiento que merecían el rey y la reina. En el fondo, siempre había estado segura de que era capaz de hacer las cosas mejor que nadie y destacar, siempre y cuando le diesen la posibilidad, pero en la rígida jerarquía del servicio doméstico, había escasas oportunidades de demostrar que era mejor que los demás. De pronto, se le había presentado la ocasión, y estaba decidida a aprovecharla al máximo. Después de aquello, puede que asignasen a la señora Jevons una tarea con menos responsabilidades y que nombrasen a Ethel ama de llaves, con el doble del sueldo que cobraba entonces, con un dormitorio para ella sola y su propia sala de estar en las dependencias del servicio.

Sin embargo, todavía no había llegado ese momento. Era evidente que el conde estaba satisfecho con su labor, porque al final había optado por no llamar al ama de llaves de Londres, lo que Ethel interpretó como un cumplido. Aunque… pensó la joven con verdadera aprensión, todavía había tiempo para cometer ese pequeño desliz, para ese error fatal que podía estropearlo todo: un plato de la cena sucio, un sumidero atascado, un ratón muerto en la bañera… Y entonces el conde sí se pondría furioso.

La mañana del sábado en que estaba prevista la llegada de los reyes, Ethel se encargó personalmente de supervisar todas y cada una de las habitaciones de invitados, para asegurarse de que las chimeneas estaban encendidas y de que los almohadones habían sido ahuecados. En cada cuarto había al menos un jarrón con flores, llevadas esa misma mañana del invernadero; en cada escritorio había papel de cartas con el escudo de Ty Gwyn, y habían provisto toallas, jabón y agua para el aseo personal. Al anterior conde no le gustaba la fontanería moderna, y Fitz aún no había encontrado el momento de ordenar la instalación de agua corriente en todas las habitaciones. Solo había tres retretes en una casa con cien dormitorios, de manera que en la mayoría de las habitaciones seguían haciendo falta orinales. También habían colocado flores secas aromáticas en todas ellas, elaboradas por la señora Jevons según su propia receta, para eliminar los malos olores.

Se esperaba la llegada de la comitiva real para la hora del té. El conde acudiría a recibirlos a la estación de ferrocarril de Aberowen, donde sin duda se habría formado una gran multitud, esperando poder entrever fugazmente a los soberanos, aunque no había prevista allí ninguna aparición pública de los reyes. Fitz los llevaría a la casa en su Rolls-Royce, un automóvil grande y cerrado. El ayuda de cámara del rey, sir Alan Tite, y el resto del séquito que los acompañaba en el viaje irían detrás, con el equipaje, en una serie de vehículos tirados por caballos. Delante de Ty Gwyn, un batallón de los Fusileros Galeses ya estaba formando a uno y otro lado del camino de entrada para actuar como guardia de honor.

La pareja real aparecería públicamente ante sus súbditos el lunes por la mañana. Planeaban realizar un paseo por las aldeas de los alrededores en un coche de caballos descubierto y detenerse en el ayuntamiento de Aberowen para reunirse con el alcalde y los concejales antes de dirigirse a la estación de ferrocarril.

La llegada del resto de los huéspedes estaba prevista a mediodía. Peel se encontraba en el salón, asignando a las doncellas que debían conducirlos a sus habitaciones y a los mozos que debían subir el equipaje. Los primeros en llegar fueron los tíos de Fitz, el duque y la duquesa de Sussex. El duque era primo hermano del rey, y había sido invitado a fin de que este se sintiera más cómodo, en un entorno más familiar. La duquesa era la tía de Fitz y, al igual que la mayor parte de la familia, sentía un profundo y apasionado interés por la política, hasta el extremo de que en su casa de Londres celebraba una tertulia frecuentada por los miembros del gabinete ministerial.

La duquesa informó a Ethel acerca de que el rey Jorge V estaba un poco obsesionado con los relojes, y que no le gustaba nada ver que distintos relojes en una misma casa anunciasen una hora diferente. Ethel maldijo para sus adentros, pues en Ty Gwyn había más de un centenar de relojes. Tomó prestado el reloj de bolsillo de la señora Jevons y se dispuso a recorrer toda la casa para ajustar la hora.

Cuando entró en el comedor pequeño, se encontró con el conde. Este estaba de pie ante el ventanal, y parecía consternado. Ethel se paró a observarlo un momento. Era el hombre más guapo que había visto en su vida; era como si aquella tez pálida, iluminada por la tenue luz invernal, estuviese cincelada en mármol blanco. Tenía la mandíbula cuadrada, los pómulos prominentes y la nariz griega. Su cabello era negro y los ojos verdes, una combinación poco frecuente. No llevaba barba ni bigote, ni siquiera patillas. Con una cara tan hermosa como esa, pensó Ethel, ¿para qué taparla con pelo?

Él la sorprendió mirándolo.

—Acabo de saber que al rey le gusta tener cestos de naranjas en la habitación —exclamó—. ¡Y no hay una maldita naranja en toda la casa!

Ethel frunció el ceño. Ni uno solo de los tenderos de Aberowen tendría naranjas, pues sus clientes no podían permitirse semejantes lujos. Ocurriría lo mismo en todas las demás poblaciones de los valles del sur de Gales.

—Si pudiera usar el teléfono, tal vez podría hablar con un par de fruterías de Cardiff —repuso ella—. Puede que tengan naranjas en esta época del año.

—Pero ¿cómo haremos para que nos las manden hasta aquí?

—Les pediré que coloquen una cesta en el tren. —Consultó el reloj que había estado ajustando—. Con un poco de suerte, las naranjas llegarán a la vez que el rey.

—Eso es —dijo él—. Eso es lo que haremos. —La miró directamente—. Eres asombrosa —exclamó—. No estoy seguro de haber conocido alguna vez a una muchacha como tú.

Ethel le sostuvo la mirada. A lo largo de las dos semanas anteriores, él se había dirigido a ella de forma muy similar a aquella, en un tono extremadamente familiar, con cierta intimidad, y eso le había hecho sentir extraña, le había provocado una especie de incómoda euforia, como si algo peligrosamente emocionante estuviese a punto de suceder. Era como ese momento en los cuentos de hadas en el que el príncipe entra en el castillo encantado.

El chirrido de unas ruedas fuera, en el camino de entrada, rompió el hechizo. Se oyó una voz familiar.

—¡Peel! ¡Cuánto me alegro de verte!

Fitz miró por la ventana e hizo una mueca.

—¡Oh, no! —exclamó—. ¡Es mi hermana!

—Bienvenida a casa, lady Maud —repuso la voz de Peel—, aunque lo cierto es que no la esperábamos.

—Al conde se le olvidó invitarme, pero he venido de todos modos.

Ethel contuvo una sonrisa. Fitz adoraba a su díscola hermanita, pero le resultaba difícil tratar con ella. Sus opiniones políticas eran alarmantemente liberales: era una sufragista, una activa militante del movimiento que propugnaba la concesión del voto a la mujer. A Ethel, Maud le parecía maravillosa, justo la clase de mujer independiente que a ella le habría gustado ser.

Fitz salió del comedor y Ethel lo siguió al salón, una estancia imponente decorada con el estilo gótico por el que tanta predilección sentían los victorianos como el padre de Fitz: revestimientos de madera oscura, papel de pared con abundantes motivos ornamentales y sillas de madera de roble labradas como si fueran tronos medievales. Maud ya estaba entrando por la puerta.

—Fitz, querido, ¿cómo estás? —lo saludó.

Maud era alta como su hermano, y ambos guardaban un gran parecido, pero las facciones cinceladas que hacían que el conde evocase la estatua de un dios no resultaban tan favorecedoras en el rostro de una mujer, por lo que Maud era más bien atractiva, en lugar de verdaderamente guapa. Contradiciendo la fama de anticuadas en la forma de vestir de las feministas, la joven iba ataviada según los cánones de la última moda, y llevaba una falda larga de tubo encima de unos botines abotonados, un abrigo de color azul marino con cinturón ancho y puños de varios botones, y un sombrero con una pluma clavada en la parte delantera como si fuera una bandera de regimiento.

La acompañaba tía Herm. Lady Hermia era la otra tía de Fitz. A diferencia de su hermana, que se había casado con un duque rico, Herm había contraído matrimonio con un barón despilfarrador que murió joven y en la ruina más absoluta. Diez años antes, cuando los padres de Fitz y Maud fallecieron en un intervalo de escasos meses, tía Herm se fue a vivir con ellos para cuidar principalmente de Maud, quien a la sazón tenía trece años, y aún seguía ejerciendo de señora de compañía de la joven, sin tener sobre esta ni sobre sus actos ninguna clase de autoridad.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó Fitz a Maud.

—Ya te dije que no le iba a hacer ninguna gracia —murmuró tía Herm.

—No podía faltar a la visita del rey —contestó Maud—. Habría sido una falta de respeto.

—No quiero que le hables al rey sobre los derechos de las mujeres —replicó Fitz con un deje de exasperación.

Ethel no creía que el conde tuviese razones para preocuparse. Pese al radicalismo de las ideas políticas de Maud, sabía cómo coquetear y apelar a la vanidad de los hombres poderosos, y era capaz de meterse en el bolsillo incluso a los amigos más conservadores de Fitz.

—Toma mi abrigo, por favor, Morrison —dijo Maud. Se desabrochó los botones y se volvió para que el lacayo la ayudara a quitárselo—. Hola, Williams, ¿cómo estás? —le preguntó a Ethel.

—Bienvenida, milady —respondió la muchacha—. ¿Desea ocupar la Suite Gardenia?

—Sí, gracias. Me encantan esas vistas.

—¿Querrá almorzar mientras le preparo la habitación?

—Sí, por favor, me muero de hambre.

—Hoy lo estamos sirviendo al estilo club, señora, puesto que los invitados están llegando en momentos distintos.

El llamado «estilo club» hacía referencia a que se servía el almuerzo a los invitados a medida que iban entrando, como en los comedores de los clubes de caballeros o en un restaurante, en lugar de servirlo a todos los comensales a la vez. Ese día el almuerzo era más bien modesto: sopa india con especias, fiambres y pescado ahumado, trucha rellena, chuletas de cordero y un surtido de postres y quesos.

Ethel sujetó la puerta y siguió a Maud y a tía Herm al comedor principal. Los primos Von Ulrich ya estaban almorzando. Walter von Ulrich, el más joven, era un hombre apuesto y encantador, y parecía entusiasmado de estar en Ty Gwyn, mientras que Robert, por el contrario, era más quisquilloso: había enderezado el cuadro del castillo de Cardiff colgado en la pared, había pedido más almohadones y había descubierto que el tintero de su escritorio estaba seco, un descuido que hizo que Ethel se preguntase, inquieta, qué otros detalles podía haber pasado por alto.

Ambos se levantaron cuando entraron las damas. Maud se fue directa a Walter y exclamó:

—¡Estás exactamente igual que cuando tenías dieciocho años! ¿Te acuerdas de mí?

Al joven se le iluminó el rostro.

—Pues claro, aunque debo decir que tú sí que has cambiado desde que tenías trece…

Ambos se estrecharon la mano y luego Maud le dio sendos besos en las mejillas, como si fueran parientes.

—Estaba completamente loca por ti a esa edad —confesó con asombrosa sinceridad.

Walter sonrió.

—Tú a mí también me tenías robado el corazón.

—¡Pero si siempre te comportabas como si tuviera la peste!

—Tenía que disimular mis sentimientos delante de Fitz, que te protegía como un perro guardián.

Tía Herm se puso a toser, indicando de ese modo su desaprobación ante aquel arrebato de intimidad.

—Tía, te presento a herr Walter von Ulrich, un viejo compañero de escuela de Fitz que venía aquí en vacaciones. Ahora trabaja en el cuerpo diplomático de la embajada alemana en Londres.

—Les presento a mi primo, el Graf Robert von Ulrich. —Ethel sabía que Graf era el término en alemán que designaba a los condes—. Es agregado militar de la embajada austríaca.

En realidad eran primos segundos, le había explicado Peel en tono de confidencia a Ethel: los abuelos de ambos eran hermanos, el menor de los cuales se casó con una rica heredera alemana y abandonó Viena para irse a vivir a Berlín, razón por la que Walter era alemán, mientras que Robert era austríaco. A Peel le gustaba dejar esa clase de cosas muy claras.

Todos se sentaron. Ethel retiró la silla de tía Herm.

—¿Quiere un poco de sopa de especias, lady Hermia? —le preguntó.

—Sí, por favor, Williams.

Ethel le hizo una seña a un lacayo, quien se dirigió al aparador donde se hallaba la sopa, en un recipiente especial para que no se enfriara. Tras comprobar que las recién llegadas se hallaban a gusto, Ethel desapareció discretamente para preparar sus habitaciones. Cuando cerraba la puerta a su espalda, oyó decir a Walter von Ulrich:

—Me acuerdo de lo mucho que te gustaba la música, Maud. Justo estábamos hablando del ballet ruso. ¿Qué opinas de Diaguilev?

No había muchos hombres que preguntasen a una mujer su parecer. Eso le gustaría a Maud. Mientras Ethel se apresuraba a bajar los escalones para ir en busca de dos doncellas que hiciesen las habitaciones, pensó: «Ese alemán es todo un encanto».

III

El Salón Escultórico de Ty Gwyn era una antesala del comedor, y los invitados solían reunirse allí antes de la cena. Fitz no sentía un gran interés por el arte, pues en realidad, todas aquellas piezas las había reunido su abuelo, pero las esculturas daban a sus huéspedes algo de que hablar mientras aguardaban el momento de la cena.

Al tiempo que conversaba con su tía, la duquesa, Fitz miró angustiado a su alrededor a los hombres vestidos de rigurosa etiqueta y a las mujeres con sus vestidos escotados y sus tiaras. El protocolo exigía que todos los invitados estuviesen presentes en la sala antes de que el rey y la reina hiciesen su entrada. Pero ¿dónde estaba Maud? ¿No iría a provocar un incidente? No, ahí estaba, con un traje de seda púrpura y con los diamantes de su madre, charlando animadamente con Walter von Ulrich.

Fitz y Maud siempre habían estado muy unidos. El padre de ambos había sido un héroe distante, y su madre, la infeliz seguidora incondicional de su marido; los dos hermanos habían obtenido el cariño y el afecto que necesitaban el uno del otro, y a la muerte de sus progenitores, ambos se habían unido más aún, compartiendo su dolor. En aquel trance, Fitz tenía dieciocho años, y había tratado por todos los medios de proteger a su hermanita de aquel mundo implacable y cruel. Ella, a su vez, le había mostrado su adoración absoluta. Con el paso de los años, al llegar a la edad adulta, Maud se había convertido en una joven independiente, capaz de pensar por sí misma, mientras que él continuaba creyendo que, como cabeza de familia, todavía ejercía algún tipo de autoridad sobre ella. Sin embargo, su afecto mutuo había demostrado ser más fuerte que sus diferencias… por el momento.

En esos instantes, Maud dirigía la atención de Walter hacia un cupido de bronce. A diferencia de Fitz, ella sí entendía de esas cosas. Fitz rezó por que su hermanita se pasara toda la velada hablando de arte y no enturbiase la cena con su discurso sobre los derechos de las mujeres. Jorge V odiaba a los liberales, era un secreto a voces. Por regla general, los monarcas solían ser conservadores, pero los acontecimientos recientes habían acentuado aún más el sentimiento de animadversión del rey. Había ascendido al trono en plena crisis política y, contra su voluntad, se había visto obligado por el primer ministro liberal H. H. Asquith —con el pleno respaldo de la opinión pública— a recortar el poder de la Cámara de los Lores. La herida de aquella humillación aún seguía abierta, y Su Majestad sabía que Fitz, como par conservador de la Cámara de los Lores, había luchado con todas sus fuerzas contra la llamada reforma. Pero a pesar de ello, si a Maud se le ocurría soltarle una arenga esa noche, el rey nunca perdonaría a Fitz.

Walter ejercía como diplomático de rango inferior, pero su padre era uno de los mejores amigos del káiser. Robert también tenía buenos contactos: era amigo del archiduque Francisco Fernando, heredero al trono del Imperio austrohúngaro. Otro de los invitados que se movía en círculos selectos era el joven norteamericano, de gran estatura, que en esos precisos instantes hablaba con la duquesa. Se llamaba Gus Dewar, y su padre, un senador, era consejero personal del presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson. Fitz sintió que había hecho bien reuniendo allí a aquel grupo de jóvenes, la élite dirigente del futuro. Esperaba que fuese del agrado del rey.

Gus Dewar era un joven simpático pero un poco raro. Siempre encorvaba la espalda, como si hubiese preferido ser más bajo y no destacar tanto. No parecía muy seguro de sí, pero se mostraba agradablemente cortés con todo el mundo.

—El pueblo estadounidense está más preocupado por los problemas de la nación que por la política exterior —le decía a la duquesa—, pero el presidente Wilson es un liberal, y como tal, es más probable que simpatice con democracias como las de Francia y Gran Bretaña que con las monarquías autoritarias de Austria y Alemania.

En ese momento, se abrieron las puertas dobles, se hizo el silencio en la habitación, y el rey y la reina entraron en la sala. La princesa Bea hizo una reverencia, Fitz inclinó la cabeza y todos los demás siguieron su ejemplo. A continuación se sucedieron unos minutos de incómodo silencio, pues no estaba permitido que nadie hablase hasta que la pareja real hubiese dicho algo. Al fin, el rey se dirigió a Bea:

—Ya me alojé en esta casa hace veinte años, ¿lo sabía? —le dijo, y los demás empezaron a relajarse.

El rey era un hombre elegante, pensó Fitz mientras los cuatro mantenían una distendida charla. Llevaba la barba y el bigote muy cuidados. Empezaba a tener entradas en el cabello, pero aún conservaba el suficiente para peinárselo con una raya tan recta como una regla. El traje de etiqueta sentaba como un guante a su estilizada figura: a diferencia de su padre, Eduardo VII, no era ningún gourmet. Se relajaba con aficiones que requerían precisión: le gustaba coleccionar sellos, pegándolos meticulosamente en álbumes, un pasatiempo que suscitaba las burlas de los irrespetuosos intelectuales de Londres.

La reina era una figura que inspiraba más temor, con el pelo rizado y ceniciento y un rictus severo en los labios. Tenía un busto generoso, realzado sobremanera por el vertiginoso escote de su vestido, siguiendo la moda de rigueur. Era la hija de un príncipe alemán. En un principio, había estado comprometida con el hermano mayor de Jorge, Alberto, pero este murió de neumonía justo antes del enlace. Cuando Jorge se convirtió en el heredero al trono, también se quedó con la prometida de su hermano, una costumbre que algunos tildaron de un tanto medieval.

Bea estaba en su elemento. Iba vestida de forma arrebatadora en seda rosa y, con un efecto perfectamente estudiado, sus tirabuzones rubios parecían un tanto alborotados, como si acabase de interrumpir un beso ilícito. Conversaba animadamente con el rey. Intuyendo que las charlas superficiales no eran del agrado de Jorge V, la princesa estaba contándole cómo Pedro el Grande había creado la armada rusa, y el monarca asentía con gesto de interés genuino.

Peel se asomó por la puerta del comedor con una expresión expectante en el rostro cubierto de pecas. Captó la atención de Fitz y le hizo una señal muy elocuente. Fitz se dirigió a la reina:

—¿Desea que pasemos a cenar, majestad?

Ella le ofreció el brazo. Detrás de ellos, el rey entrelazó el suyo con el de Bea y el resto de los comensales formaron parejas conforme al protocolo. Cuando todos estuvieron listos, entraron en el comedor en procesión.

—Qué bonita… —murmuró la reina al ver la mesa.

—Gracias, majestad —contestó Fitz, y exhaló un imperceptible suspiro de alivio.

Bea había hecho un trabajo maravilloso: había tres arañas de luces colgadas a escasa altura encima de la alargada mesa, cuyos reflejos destellaban en las copas de cristal distribuidas en el sitio de cada comensal. La totalidad de la cubertería era de oro, al igual que los saleros y los pimenteros, y aun las minúsculas cerilleras para los fumadores. El mantel blanco estaba cubierto de rosas procedentes del invernadero y, para conferir un último toque espectacular al conjunto, Bea había colocado delicadas hojas de helecho que descendían desde las arañas hasta las pirámides de uvas sobre las bandejas doradas.

Todos tomaron asiento, el obispo bendijo la mesa y Fitz se tranquilizó. Las reuniones que empezaban bien casi siempre transcurrían sin incidencias; por lo general, el vino y la comida hacían que los asistentes estuvieran menos dispuestos a encontrar defectos.

El menú comenzaba con los hors d’oeuvres rusos, un guiño a la tierra natal de Bea: blinis con caviar y nata, tostadas con pescado ahumado, galletitas saladas con arenques en vinagre, todo regado con el champán Perrier-Jouët de 1892, tan delicioso y suave como Peel había prometido. Fitz no apartaba la mirada del mayordomo, y este no le quitaba la vista de encima al rey. En cuanto Su Majestad soltaba los cubiertos, Peel retiraba su plato, y esa era la señal para que los lacayos se llevaran el resto. El comensal que todavía siguiese disfrutando del plato tenía que dejarlo en señal de deferencia.

A continuación, sirvieron la sopa, un pot-au-feu acompañado de un oloroso jerez de Sanlúcar de Barrameda. El pescado era lenguado, regado con un maduro Meursault Charmes que sabía a gloria. Para los medallones de cordero galés, Fitz había escogido el Château Lafite de 1875, pues el de 1870 todavía no estaba listo para su consumo. Siguió corriendo el vino tinto con el parfait de hígado de oca que sirvieron después y con el último plato de carne: hojaldre relleno de codorniz con uvas.

Nadie se comía todo aquello: los hombres seleccionaban lo que les gustaba y hacían caso omiso del resto, mientras que las mujeres picoteaban de uno o dos platos. Muchas de las viandas regresaban a la cocina intactas.

Hubo ensalada, un postre, surtido de aperitivos salados, fruta y petits fours. Finalmente, la princesa Bea alzó una discreta ceja en dirección a la reina, quien respondió con un asentimiento casi imperceptible. Ambas se pusieron en pie, todos los demás las imitaron y las damas abandonaron la sala.

Los hombres volvieron a tomar asiento, los lacayos llevaron cajas de cigarros y Peel depositó un decantador de oporto Ferreira de 1847 a la derecha del rey. Fitz aspiró agradecido el humo de un cigarro. Las cosas habían ido bien. El rey era célebre por su escasa afición a la vida social, pues solo se sentía cómodo entre sus viejos compañeros de sus felices días en la Marina. Sin embargo, aquella noche se había mostrado muy afable y todo había ido como la seda. Hasta las naranjas habían llegado a tiempo.

Fitz había hablado antes con sir Alan Tite, el ayuda de cámara del rey, un oficial retirado que aún lucía anticuadas patillas. Habían acordado que, al día siguiente, el rey dispondría de aproximadamente una hora a solas para departir con cada uno de los hombres sentados a la mesa, todos ellos depositarios de información privilegiada de un gobierno u otro. Aquella noche, Fitz debía romper el hielo entablando una conversación política de carácter general. Carraspeó unos segundos y se dirigió a Walter von Ulrich.

—Walter, tú y yo somos amigos desde hace quince años, fuimos juntos a Eton. —Le habló entonces a Robert—: Y conozco a tu primo desde que los tres compartimos apartamento en Viena cuando éramos estudiantes. —Robert sonrió y asintió. A Fitz le caían bien ambos: Robert era un tradicionalista, como Fitz, y si bien Walter no era tan conservador como ellos, lo cierto es que era muy inteligente—. Ahora asistimos con perplejidad a los rumores de una posible guerra entre nuestros países —siguió diciendo Fitz—. ¿Creéis que cabe realmente la posibilidad de que se produzca semejante tragedia?

Fue Walter quien contestó.

—Si hablar de la guerra puede hacer que esta estalle, entonces sí, no tendremos más remedio que enfrentarnos, porque todo el mundo se está preparando para esa eventualidad, pero ¿existe en verdad una razón de peso? Yo no lo creo.

Gus Dewar levantó la mano tímidamente. A Fitz le gustaba Dewar, pese a sus devaneos con la política liberal. Se suponía que los norteamericanos se comportaban con un exceso de desparpajo, pero aquel tenía buenos modales y era un poco tímido. También estaba asombrosamente bien informado. En ese momento dijo:

—Gran Bretaña y Alemania tienen muchas razones para enfrentarse.

Walter se volvió hacia él.

—¿Como por ejemplo?

Gus exhaló el humo de su cigarro.

—La rivalidad naval.

Walter asintió.

—Mi káiser no cree que exista ninguna ley divina por la que la armada alemana deba seguir siendo inferior en número a la británica.

Fitz lanzó una mirada nerviosa al rey; el monarca amaba la Royal Navy por encima de todas las cosas, y podía sentirse ofendido. Por otra parte, el káiser Guillermo era su primo. El padre de Jorge y la madre de Guillermo eran hermanos, ambos hijos de la reina Victoria. Fitz sintió un gran alivio al comprobar que Su Majestad esbozaba una sonrisa indulgente.

Walter siguió hablando.

—Eso ha sido motivo de fricciones en el pasado, pero hace dos años que estamos de acuerdo, de manera extraoficial, sobre el tamaño relativo de nuestras flotas.

—¿Y qué hay de la rivalidad económica? —preguntó Dewar.

—Es verdad que Alemania se está haciendo cada día más próspera y que puede que pronto alcance a Gran Bretaña y a Estados Unidos en cuanto a sus niveles de economía productiva, pero ¿por qué habría de suponer eso un problema? Alemania es uno de los principales clientes de Gran Bretaña. Cuanto más dinero tengamos para gastar, más compraremos. ¡Nuestro poderío económico es bueno para los productores británicos!

Dewar volvió a la carga.

—Se rumorea que los alemanes quieren más colonias.

Fitz volvió a mirar de soslayo al rey, preguntándose si no le molestaría que aquellos dos hombres monopolizasen la conversación, pero Su Majestad parecía fascinado.

—Ha habido guerras a causa de las colonias —contestó Walter— sobre todo en su país de origen, señor Dewar. Sin embargo, hoy en día parece ser que podemos dirimir esos conflictos sin recurrir a las armas. Hace tres años Alemania, Francia e Inglaterra se pelearon por culpa de Marruecos, pero la disputa se resolvió sin recurrir a ninguna guerra. Más recientemente, Gran Bretaña y Alemania han llegado a un acuerdo respecto al espinoso asunto del ferrocarril de Bagdad. Si seguimos haciendo las cosas de este modo, no entraremos en ninguna guerra.

—¿Me perdonaría usted el uso del término «militarismo alemán»? —inquirió Dewar.

Aquello era pasarse de la raya, y Fitz sintió un escalofrío.

Walter se ruborizó, pero respondió con calma.

—Le agradezco su franqueza. El Imperio alemán está dominado por los prusianos, que desempeñan prácticamente el mismo papel que los ingleses en el Reino Unido de Su Majestad.

Era una osadía equiparar a Gran Bretaña con Alemania, o a Inglaterra con Prusia. Walter estaba rozando el límite de lo permisible según las normas de urbanidad que regían el arte de la conversación, pensó Fitz con cierta desazón.

Walter prosiguió con su argumentación.

—Los prusianos poseen una fuerte tradición militar, pero no van a la guerra sin tener un motivo.

—Entonces, Alemania no es agresiva —dijo Dewar en tono escéptico.

—Ni mucho menos —dijo Walter—; les aseguro que Alemania es la única… y subrayo, la única… potencia de la Europa continental que no es agresiva.

Alrededor de la mesa se propagó un murmullo de sorpresa, y Fitz vio que el rey arqueaba las cejas. Dewar se recostó en la silla, con gesto de asombro, y preguntó:

—Ah, ¿por qué lo dice?

Los modales exquisitos de Walter, así como su tono amigable, quitaban hierro a sus provocadoras palabras.

—En primer lugar, examinemos el caso de Austria —prosiguió—. Mi primo vienés Robert, aquí presente, no negará que al Imperio austrohúngaro le gustaría ampliar sus fronteras al sudeste.

—Aunque no sin razón —protestó Robert—. Esa parte del mundo, a la que los británicos llaman los Balcanes, ha formado parte del dominio otomano durante siglos, pero el Imperio otomano se ha desmoronado, y ahora en los Balcanes reina la inestabilidad. El emperador austríaco considera su deber sagrado mantener el orden y la religión cristiana en esa región.

—Es cierto —repuso Walter—, pero también Rusia quiere territorio en los Balcanes.

Fitz se creyó en la obligación de defender al gobierno ruso, quizá a causa de Bea.

—Ellos también tienen buenas razones —dijo—. La mitad de su comercio exterior atraviesa el mar Negro y llega hasta el Mediterráneo a través de los estrechos. Rusia no puede dejar que ninguna otra potencia domine los estrechos anexionándose territorio en los Balcanes orientales. Sería como poner una soga al cuello de la economía rusa.

—Exacto —dijo Walter—. En cuanto al extremo occidental de Europa, Francia alberga la ambición de arrebatarle a Alemania los territorios de Alsacia y Lorena.

En ese momento, el único invitado francés, Jean-Pierre Charlois, estalló indignado.

—¡Robados a Francia hace cuarenta y tres años!

—No voy a entrar en discusiones acerca de ese punto en concreto —repuso Walter con ánimo conciliador—. Dejémoslo en que los territorios de Alsacia y Lorena fueron anexionados al Imperio alemán en 1871, tras la derrota de Francia en la guerra franco-prusiana. Robado o no, monsieur le compte, convendrá conmigo en que Francia desea recuperar dichos territorios.

—Naturalmente. —El francés se recostó en la silla y tomó un sorbo de su copa de oporto.

Walter retomó su discurso.

—Hasta a Italia le gustaría quitarle a Austria los territorios de Trentino…

—¡Donde la mayoría de la población habla italiano! —exclamó el signor Falli.

—… además de buena parte de la costa dálmata…

—¡Que está llena de leones de Venecia, iglesias católicas y columnas romanas!

—…y el Tirol, una provincia con una larga historia de autogobierno, donde la mayor parte de la población habla alemán.

—Pura necesidad estratégica.

—Por supuesto.

Fitz advirtió lo inteligente que había sido Walter. Sin ser descortés, sino discretamente provocador, había azuzado a los representantes de cada nación para que confirmasen, en un lenguaje más o menos beligerante, sus ambiciones territoriales.

En esos momentos, Walter decía:

—Pero ¿qué territorios nuevos está reclamando Alemania? —Miró a su alrededor en la mesa, pero nadie contestó—. Ninguno —repuso en tono triunfal—. ¡Y el único país de Europa, aparte de Alemania, que puede decir lo mismo es Gran Bretaña!

Gus Dewar pasó la botella de oporto y dijo con su acento norteamericano:

—Supongo que tiene razón.

—Entonces —dijo Walter—, ¿por qué, mi viejo amigo Fitz, deberíamos ir a la guerra?

IV

El lunes por la mañana, antes del desayuno, lady Maud mandó llamar a Ethel.

La joven doncella tuvo que contener un suspiro de exasperación, pues estaba extremadamente ocupada. Era temprano, pero el servicio ya llevaba rato trabajando con ahínco. Antes de que los huéspedes se despertaran, había que limpiar las chimeneas, volver a encender todos los fuegos y llenar los cajones para el carbón. Había que ordenar y ventilar los salones principales como el comedor, la sala de estar, la biblioteca, el salón de fumadores y las habitaciones más pequeñas de acceso general. Ethel estaba supervisando las flores de la sala de billar, sustituyendo las que empezaban a marchitarse, cuando la llamaron. Pese a la debilidad que sentía por la hermana de ideas radicales de Fitz, esperaba que Maud no tuviese reservada para ella ninguna tarea especialmente complicada.

Cuando Ethel entró a trabajar en la mansión de Ty Gwyn, a la edad de trece años, la familia Fitzherbert y sus huéspedes eran personajes prácticamente irreales para ella: se le antojaban los protagonistas de algún cuento, o unas tribus extrañas de la Biblia, los hititas tal vez, y lo cierto es que la aterrorizaban. La aterraba pensar en la posibilidad de cometer algún error y perder su trabajo, pero también sentía una gran curiosidad por ver a aquellas extrañas criaturas más de cerca.

Un día, una de las criadas que ayudaba en la cocina le dijo que subiera a la sala de billar y trajera el tántalo. Estaba demasiado nerviosa para preguntar qué era aquello, de modo que fue a la sala y buscó por todas partes, esperando que fuera algo evidente, como una bandeja de platos sucios, pero no vio nada cuyo sitio pudiese estar en la cocina. Ya se le empezaban a saltar las lágrimas cuando Maud entró en la habitación.

Maud era entonces una espigada muchacha de quince años, una mujer vestida con ropa de niña, malhumorada y rebelde. Hasta más tarde no le dio sentido a su vida canalizando toda su rabia y su descontento en una cruzada personal. Sin embargo, a los quince años ya poseía esa compasión inmediata que la hacía sensible a las injusticias y a la opresión.

Le preguntó a Ethel qué le pasaba. El tántalo resultó ser un recipiente de plata con decantadores de brandy y whisky. Era engañoso, porque estaba provisto de un mecanismo de cierre para impedir que los sirvientes pudiesen beber a escondidas, le explicó. Ethel se lo agradeció enormemente, con emoción. Esa sería la primera de las muchas atenciones que Maud tuvo para con ella y, con el tiempo, Ethel llegó a encariñarse tanto con aquella muchacha algo mayor, que lo cierto es que sentía por ella verdadera adoración.

Ethel subió a la habitación de Maud, llamó a la puerta y entró. La Suite Gardenia estaba decorada con papel pintado de flores de intrincado diseño, pero que ya había pasado de moda con el cambio de siglo. Sin embargo, desde el balcón mirador se veía la parte más bonita del jardín de Fitz, el paseo del ala oeste, un largo sendero recto que atravesaba los macizos de flores hasta llegar a un pabellón de verano.

Ethel comprobó contrariada que Maud se estaba calzando las botas.

—Voy a salir a dar un paseo, y tienes que hacerme de carabina —dijo—. Ayúdame con el sombrero y cuéntame todos los chismes, anda.

Ethel no tenía tiempo para aquellas cosas, pero lo cierto es que estaba intrigada, además de molesta. ¿Con quién iba Maud a dar un paseo, dónde estaba tía Herm, su carabina habitual, y por qué se estaba poniendo un sombrero tan elegante solo para dar una vuelta por el jardín? ¿Era posible que todo aquello tuviese algo que ver con algún hombre?

Mientras colocaba los alfileres para sujetar el sombrero en el pelo oscuro de Maud, Ethel dijo:

—Esta mañana se ha armado un verdadero escándalo abajo. —A Maud le encantaba oír chismes del mismo modo que al rey le encantaba coleccionar sellos—. Morrison no se ha ido a dormir hasta las cuatro de la madrugada; es uno de los lacayos… el alto con el bigote rubio.

—Sé quién es Morrison. Y sé con quién ha pasado la noche. —Maud se calló, vacilante.

Ethel aguardó un momento y luego preguntó:

—¿Y no me lo vas a decir?

—Es que te vas a escandalizar.

Ethel sonrió.

—Pues razón de más.

—Pasó la noche con Robert von Ulrich. —Maud miró a Ethel en el reflejo del espejo del tocador—. ¿Te has quedado horrorizada?

Ethel estaba fascinada con aquella revelación.

—¡Caramba! Nunca lo habría… Sabía que Morrison no parecía demasiado interesado en las mujeres, pero no creía que fuese uno de… «esos», no sé si me entiendes…

—Pues verás, Robert sí es uno de «esos», desde luego, y lo pillé lanzándole miraditas a Morrison varias veces durante la cena.

—¡Y delante del rey, además! ¿Cómo sabes lo de Robert?

—Walter me lo dijo.

—Pero ¡qué clase de caballero le cuenta una cosa así a una dama! Desde luego, la gente lo cuenta todo… ¿Qué chismes circulan por Londres?

—El señor Lloyd George es la comidilla de todo el mundo.

David Lloyd George era el canciller del Exchequer, y estaba a cargo de las finanzas del país. De origen galés, era un brillante orador de izquierdas. El padre de Ethel decía que Lloyd George debería haberse afiliado al Partido Laborista. Durante la huelga minera de 1912, había llegado a hablar incluso de nacionalizar las minas.

—¿Y qué dicen de él? —preguntó Ethel.

—Que tiene una amante.

—¡No! —Esta vez Ethel estaba verdaderamente escandalizada—. ¡Pero si es baptista!

Maud se echó a reír.

—¿Y sería menos escandaloso si fuera anglicano?

—¡Sí…! —Ethel se contuvo a tiempo para no añadir «por supuesto»—. ¿Y quién es ella?

—Frances Stevenson. Entró a trabajar como institutriz de su hija, pero es una mujer muy lista, tiene una titulación en lenguas clásicas, y ahora es su secretaria personal.

—Eso es terrible.

—Él la llama «Conejito».

Ethel estuvo a punto de ruborizarse. No sabía qué decir ante aquello. Maud se levantó y Ethel la ayudó a ponerse el abrigo.

—¿Y su mujer, Margaret? —quiso saber la doncella.

—Vive aquí, en Gales, con los cuatro hijos de ambos.

—Tenían cinco, pero uno se les murió. Pobre mujer.

Maud estaba lista. Recorrieron el pasillo y bajaron por la majestuosa escalera central. Walter von Ulrich las aguardaba en el vestíbulo, arropado por un abrigo largo y oscuro. Lucía un bigote corto y tenía unos ojos de un suave tono avellana. Mostraba un aspecto arrebatador con aquella vestimenta abotonada hasta arriba, al más puro estilo alemán; era la clase de hombre capaz de hacer una reverencia, dar un taconazo y luego guiñarte un ojo, pensó Ethel. De modo que era por eso por lo que Maud no quería que lady Hermia fuese su carabina…

—Williams vino a trabajar a la casa cuando yo era una niña, y somos amigas desde entonces.

A Ethel le gustaba Maud, pero decir que eran amigas era ir demasiado lejos. Maud era amable y Ethel sentía por ella una gran admiración, pero seguían siendo ama y criada. En realidad, lo que Maud estaba diciendo es que se podía confiar en Ethel.

Walter se dirigió a la doncella con la educada deferencia que empleaban las personas de su clase al tratar con los estamentos inferiores.

—Encantado de conocerla, Williams. ¿Cómo está usted?

—Gracias, señor. Iré por mi abrigo.

Corrió escaleras abajo. Lo cierto es que no tenía ningunas ganas de salir a pasear durante la estancia del rey en la casa, porque habría preferido permanecer cerca para supervisar el trabajo de las criadas, pero no podía negarse.

En la cocina, la doncella de la princesa Bea, Nina, estaba preparando el té a la manera rusa para su señora. Ethel se dirigió a una doncella:

—Herr Walter ya se ha levantado —la informó—. Ya puedes limpiar la Habitación Gris. —En cuanto aparecían los huéspedes, las doncellas tenían que ir a los dormitorios a limpiar, hacer las camas, vaciar los orinales y cambiar el agua de las palanganas para el aseo. Vio a Peel, el mayordomo, contando platos—. ¿Hay movimiento arriba? —le preguntó.

—Diecinueve, veinte —dijo—. El señor Dewar ha llamado para pedir agua caliente para el afeitado y el signor Falli ha pedido café.

—Lady Maud quiere que salga con ella.

—Qué contrariedad… —exclamó Peel, disgustado—. Te necesitamos en la casa.

Ethel ya lo sabía.

—¿Y qué quiere que haga, señor Peel? ¿Que le diga que se vaya al cuerno? —repuso con sarcasmo.

—No seas tan caradura, jovencita. Regresa lo antes posible.

Cuando volvió arriba, el perro del conde, Gelert, estaba delante de la puerta principal, jadeando con avidez ante la perspectiva de dar un paseo por el campo. Todos salieron y atravesaron los jardines del ala este en dirección al bosque.

Walter se dirigió a Ethel.

—Supongo que lady Maud ya te habrá instruido convenientemente para que te declares sufragista.

—En realidad, fue al contrario —le explicó Maud—. Williams fue la primera persona que me habló de las ideas liberales.

—Todo me lo enseñó mi padre —dijo Ethel.

La doncella s ...