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LA CASA DE LOS ESPíRITUS

Isabel Allende  

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Fragmento

CAPÍTULO PRIMERO

ROSA, LA BELLA

Barrabás llegó a la familia por vía marítima, anotó la niña Clara con su delicada caligrafía. Ya entonces tenía el hábito de escribir las cosas importantes y más tarde, cuando se quedó muda, escribía también las trivialidades, sin sospechar que cincuenta años después, sus cuadernos me servirían para rescatar la memoria del pasado y para sobrevivir a mi propio espanto. El día que llegó Barrabás era Jueves Santo. Venía en una jaula indigna, cubierto de sus propios excrementos y orines, con una mirada extraviada de preso miserable e indefenso, pero ya se adivinaba —por el porte real de su cabeza y el tamaño de su esqueleto— el gigante legendario que llegó a ser. Aquél era un día aburrido y otoñal, que en nada presagiaba los acontecimientos que la niña escribió para que fueran recordados y que ocurrieron durante la misa de doce, en la parroquia de San Sebastián, a la cual asistió con toda su familia. En señal de duelo, los santos estaban tapados con trapos morados, que las beatas desempolvaban anualmente del ropero de la sacristía, y bajo las sábanas de luto, la corte celestial parecía un amasijo de muebles esperando la mudanza, sin que las velas, el incienso o los gemidos del órgano, pudieran contrarrestar ese lamentable efecto. Se erguían amenazantes bultos oscuros en el lugar de los santos de cuerpo entero, con sus rostros idénticos de expresión constipada, sus elaboradas pelucas de cabello de muerto, sus rubíes, sus perlas, sus esmeraldas de vidrio pintado y sus vestuarios de nobles florentinos. El único favorecido con el luto era el patrono de la iglesia, san Sebastián, porque en Semana Santa le ahorraba a los fieles el espectáculo de su cuerpo torcido en una postura indecente, atravesado por media docena de flechas, chorreando sangre y lágrimas, como un homosexual sufriente, cuyas llagas, milagrosamente frescas gracias al pincel del padre Restrepo, hacían estremecer de asco a Clara.

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Era ésa una larga semana de penitencia y de ayuno, no se jugaba baraja, no se tocaba música que incitara a la lujuria o al olvido, y se observaba, dentro de lo posible, la mayor tristeza y castidad, a pesar de que justamente en esos días, el aguijonazo del demonio tentaba con mayor insistencia la débil carne católica. El ayuno consistía en suaves pasteles de hojaldre, sabrosos guisos de verdura, esponjosas tortillas y grandes quesos traídos del campo, con los que las familias recordaban la Pasión del Señor, cuidándose de no probar ni el más pequeño trozo de carne o de pescado, bajo pena de excomunión, como insistía el padre Restrepo. Nadie se habría atrevido a desobedecerle. El sacerdote estaba provisto de un largo dedo incriminador para apuntar a los pecadores en público y una lengua entrenada para alborotar los sentimientos.

—¡Tú, ladrón que has robado el dinero del culto! —gritaba desde el púlpito señalando a un caballero que fingía afanarse en una pelusa de su solapa para no darle la cara—. ¡Tú, desvergonzada que te prostituyes en los muelles! —y acusaba a doña Ester Trueba, inválida debido a la artritis y beata de la Virgen del Carmen, que abría los ojos sorprendida, sin saber el significado de aquella palabra ni dónde quedaban los muelles—. ¡Arrepentíos, pecadores, inmunda carroña, indignos del sacrificio de Nuestro Señor! ¡Ayunad! ¡Haced penitencia!

Llevado por el entusiasmo de su celo vocacional, el sacerdote debía contenerse para no entrar en abierta desobediencia con las instrucciones de sus superiores eclesiásticos, sacudidos por vientos de modernismo, que se oponían al cilicio y a la flagelación. Él era partidario de vencer las debilidades del alma con una buena azotaina de la carne. Era famoso por su oratoria desenfrenada. Lo seguían sus fieles de parroquia en parroquia, sudaban oyéndolo describir los tormentos de los pecadores en el infierno, las carnes desgarradas por ingeniosas máquinas de tortura, los fuegos eternos, los garfios que traspasaban los miembros viriles, los asquerosos reptiles que se introducían por los orificios femeninos y otros múltiples suplicios que incorporaba en cada sermón para sembrar el terror de Dios. El mismo Satanás era descrito hasta en sus más íntimas anomalías con el acento de Galicia del sacerdote, cuya misión en este mundo era sacudir las conciencias de los indolentes criollos.

Severo del Valle era ateo y masón, pero tenía ambiciones políticas y no podía darse el lujo de faltar a la misa más concurrida cada domingo y fiesta de guardar, para que todos pudieran verlo. Su esposa Nívea prefería entenderse con Dios sin intermediarios, tenía profunda desconfianza de las sotanas y se aburría con las descripciones del cielo, el purgatorio y el infierno, pero acompañaba a su marido en sus ambiciones parlamentarias, en la esperanza de que si él ocupaba un puesto en el Congreso, ella podría obtener el voto femenino, por el cual luchaba desde hacía diez años, sin que sus numerosos embarazos lograran desanimarla. Ese Jueves Santo el padre Restrepo había llevado a los oyentes al límite de su resistencia con sus visiones apocalípticas y Nívea empezó a sentir mareos. Se preguntó si no estaría nuevamente encinta. A pesar de los lavados con vinagre y las esponjas con hiel, había dado a luz quince hijos, de los cuales todavía quedaban once vivos, y tenía razones para suponer que ya estaba acomodándose en la madurez, pues su hija Clara, la menor, tenía diez años. Parecía que por fin había cedido el ímpetu de su asombrosa fertilidad. Procuró atribuir su malestar al momento del sermón del padre Restrepo cuando la apuntó para referirse a los fariseos que pretendían legalizar a los bastardos y al matrimonio civil, desarticulando a la familia, la patria, la propiedad y la Iglesia, dando a las mujeres la misma posición que a los hombres, en abierto desafío a la ley de Dios, que en ese aspecto era muy precisa. Nívea y Severo ocupaban, con sus hijos, toda la tercera hilera de bancos. Clara estaba sentada al lado de su madre y ésta le apretaba la mano con impaciencia cuando el discurso del sacerdote se extendía demasiado en los pecados de la carne, porque sabía que eso inducía a la pequeña a visualizar aberraciones que iban más allá de la realidad, como era evidente por las preguntas que hacía y que nadie sabía contestar. Clara era muy precoz y tenía la desbordante imaginación que heredaron todas las mujeres de su familia por vía materna. La temperatura de la iglesia había aumentado y el olor penetrante de los cirios, el incienso y la multitud apiñada, contribuían a la fatiga de Nívea. Deseaba que la ceremonia terminara de una vez, para regresar a su fresca casa, a sentarse en el corredor de los helechos y saborear la jarra de horchata que la Nana preparaba los días de fiesta. Miró a sus hijos, los menores estaban cansados, rígidos en su ropa de domingo, y los mayores comenzaban a distraerse. Posó la vista en Rosa, la mayor de sus hijas vivas, y, como siempre, se sorprendió. Su extraña belleza tenía una cualidad perturbadora de la cual ni ella escapaba, parecía fabricada de un material diferente al de la raza humana. Nívea supo que no era de este mundo aun antes que naciera, porque la vio en sueños, por eso no le sorprendió que la comadrona diera un grito al verla. Al nacer, Rosa era blanca, lisa, sin arrugas, como una muñeca de loza, con el cabello verde y los ojos amarillos, la criatura más hermosa que había nacido en la tierra desde los tiempos del pecado original, como dijo la comadrona santiguándose. Desde el primer baño, la Nana le lavó el pelo con infusión de manzanilla, lo cual tuvo la virtud de mitigar el color, dándole una tonalidad de bronce viejo, y la ponía desnuda al sol, para fortalecer su piel, que era translúcida en las zonas más delicadas del vientre y de las axilas, donde se adivinaban las venas y la textura secreta de los músculos. Aquellos trucos de gitana, sin embargo, no fueron suficiente y muy pronto se corrió la voz de que les había nacido un ángel. Nívea esperó que las ingratas etapas del crecimiento otorgarían a su hija algunas imperfecciones, pero nada de eso ocurrió, por el contrario, a los dieciocho años Rosa no había engordado y no le habían salido granos, sino que se había acentuado su gracia marítima. El tono de su piel, con suaves reflejos azulados, y el de su cabello, la lentitud de sus movimientos y su carácter silencioso, evocaban a un habitante del agua. Tenía algo de pez y si hubiera tenido una cola escamada habría sido claramente una sirena, pero sus dos piernas la colocaban en un límite impreciso entre la criatura humana y el ser mitológico. A pesar de todo, la joven había hecho una vida casi normal, tenía un novio y algún día se casaría, con lo cual la responsabilidad de su hermosura pasaría a otras manos. Rosa inclinó la cabeza y un rayo se filtró por los vitrales góticos de la iglesia, dando un halo de luz a su perfil. Algunas personas se dieron vuelta para mirarla y cuchichearon, como a menudo ocurría a su paso, pero Rosa no parecía darse cuenta de nada, era inmune a la vanidad y ese día estaba más ausente que de costumbre, imaginando nuevas bestias para bordar en su mantel, mitad pájaro y mitad mamífero, cubiertas con plumas iridiscentes y provistas de cuernos y pezuñas, tan gordas y con alas tan breves, que desafiaban las leyes de la biología y de la aerodinámica. Rara vez pensaba en su novio, Esteban Trueba, no por falta de amor, sino a causa de su temperamento olvidadizo y porque dos años de separación son mucha ausencia. Él estaba trabajando en las minas del Norte. Le escribía metódicamente y a veces Rosa le contestaba enviando versos copiados y dibujos de flores en papel de pergamino con tinta china. A través de esa correspondencia, que Nívea violaba en forma regular, se enteró de los sobresaltos del oficio de minero, siempre amenazado por derrumbes, persiguiendo vetas escurridizas, pidiendo créditos a cuenta de la buena suerte, confiando en que aparecería un maravilloso filón de oro que le permitiría hacer una rápida fortuna y regresar para llevar a Rosa del brazo al altar, convirtiéndose así en el hombre más feliz del universo, como decía siempre al final de las cartas. Rosa, sin embargo, no tenía prisa por casarse y casi había olvidado el único beso que intercambiaron al despedirse y tampoco podía recordar el color de los ojos de ese novio tenaz. Por influencia de las novelas románticas, que constituían su única lectura, le gustaba imaginarlo con botas de suela, la piel quemada por los vientos del desierto, escarbando la tierra en busca de tesoros de piratas, doblones españoles y joyas de los incas, y era inútil que Nívea tratara de convencerla de que las riquezas de las minas estaban metidas en las piedras, porque a Rosa le parecía imposible que Esteban Trueba recogiera toneladas de peñascos con la esperanza de que, al someterlos a inicuos procesos crematorios, escupieran un gramo de oro. Entretanto, lo aguardaba sin aburrirse, imperturbable en la gigantesca tarea que se había impuesto: bordar el mantel más grande del mundo. Comenzó con perros, gatos y mariposas, pero pronto la fantasía se apoderó de su labor y fue apareciendo un paraíso de bestias imposibles que nacían de su aguja ante los ojos preocupados de su padre. Severo consideraba que era tiempo de que su hija se sacudiera la modorra y pusiera los pies en la realidad, que aprendiera algunos oficios domésticos y se preparara para el matrimonio, pero Nívea no compartía esa inquietud. Ella prefería no atormentar a su hija con exigencias terrenales, pues presentía que Rosa era un ser celestial, que no estaba hecho para durar mucho tiempo en el tráfico grosero de este mundo, por eso la dejaba en paz con sus hilos de bordar y no objetaba aquel zoológico de pesadilla.

Una barba del corsé de Nívea se quebró y la punta se le clavó entre las costillas. Sintió que se ahogaba dentro del vestido de terciopelo azul, el cuello de encaje demasiado alto, las mangas muy estrechas, la cintura tan ajustada, que cuando se soltaba la faja pasaba media hora con retorcijones de barriga hasta que las tripas se le acomodaban en su posición normal. Lo habían discutido a menudo con sus amigas sufragistas y habían llegado a la conclusión que mientras las mujeres no se cortaran las faldas y el pelo y no se quitaran los refajos, daba igual que pudieran estudiar medicina o tuvieran derecho a voto, porque de ningún modo tendrían ánimo para hacerlo, pero ella misma no tenía valor para ser de las primeras en abandonar la moda. Notó que la voz de Galicia había dejado de martillarle el cerebro. Se encontraba en una de esas largas pausas del sermón que el cura, conocedor del efecto de un silencio incómodo, empleaba con frecuencia. Sus ojos ardientes aprovechaban esos momentos para recorrer a los feligreses uno por uno. Nívea soltó la mano de su hija Clara y buscó un pañuelo en su manga para secarse una gota que le resbalaba por el cuello. El silencio se hizo denso, el tiempo pareció detenido en la iglesia, pero nadie se atrevió a toser o a acomodar la postura, para no atraer la atención del padre Restrepo. Sus últimas frases todavía vibraban entre las columnas.

Y en ese momento, como recordara años más tarde Nívea, en medio de la ansiedad y el silencio, se escuchó con toda nitidez la voz de su pequeña Clara.

—¡Pst! ¡Padre Restrepo! Si el cuento del infierno fuera pura mentira, nos chingamos todos...

El dedo índice del jesuita, que ya estaba en el aire para señalar nuevos suplicios, quedó suspendido como un pararrayos sobre su cabeza. La gente dejó de respirar y los que estaban cabeceando se reanimaron. Los esposos Del Valle fueron los primeros en reaccionar al sentir que los invadía el pánico y al ver que sus hijos comenzaban a agitarse nerviosos. Severo comprendió que debía actuar antes que estallara la risa colectiva o se desencadenara algún cataclismo celestial. Tomó a su mujer del brazo y a Clara por el cuello y salió arrastrándolas a grandes zancadas, seguido por sus otros hijos, que se precipitaron en tropel hacia la puerta. Alcanzaron a salir antes que el sacerdote pudiera invocar un rayo que los convirtiera en estatuas de sal, pero desde el umbral escucharon su terrible voz de arcángel ofendido.

—¡Endemoniada! ¡Soberbia endemoniada!

Esas palabras del padre Restrepo permanecieron en la memoria de la familia con la gravedad de un diagnóstico y, en los años sucesivos, tuvieron ocasión de recordarlas a menudo. La única que no volvió a pensar en ellas fue la misma Clara, que se limitó a anotarlas en su diario y luego las olvidó. Sus padres, en cambio, no pudieron ignorarlas, a pesar de que estaban de acuerdo en que la posesión demoníaca y la soberbia eran dos pecados demasiado grandes para una niña tan pequeña. Temían a la maledicencia de la gente y al fanatismo del padre Restrepo. Hasta ese día, no habían puesto nombre a las excentricidades de su hija menor ni las habían relacionado con influencias satánicas. Las tomaban como una característica de la niña, como la cojera lo era de Luis o la belleza de Rosa. Los poderes mentales de Clara no molestaban a nadie y no producían mayor desorden; se manifestaban casi siempre en asuntos de poca importancia y en la estricta intimidad del hogar. Algunas veces, a la hora de la comida, cuando estaban todos reunidos en el gran comedor de la casa, sentados en estricto orden de dignidad y gobierno, el salero comenzaba a vibrar y de pronto se desplazaba por la mesa entre las copas y platos, sin que mediara ninguna fuente de energía conocida ni truco de ilusionista. Nívea daba un tirón a las trenzas de Clara y con ese sistema conseguía que su hija abandonara su distracción lunática y devolviera la normalidad al salero, que al punto recuperaba su inmovilidad. Los hermanos se habían organizado para que, en el caso de que hubiera visitas, el que estaba más cerca detenía de un manotazo lo que se estaba moviendo sobre la mesa, antes que los extraños se dieran cuenta y sufrieran un sobresalto. La familia continuaba comiendo sin comentarios. También se habían habituado a los presagios de la hermana menor. Ella anunciaba los temblores con alguna anticipación, lo que resultaba muy conveniente en ese país de catástrofes, porque daba tiempo de poner a salvo la vajilla y dejar al alcance de la mano las pantuflas para salir arrancando en la noche. A los seis años Clara predijo que el caballo iba a voltear a Luis, pero éste se negó a escucharla y desde entonces tenía una cadera desviada. Con el tiempo se le acortó la pierna izquierda y tuvo que usar un zapato especial con una gran plataforma que él mismo se fabricaba. En esa ocasión Nívea se inquietó, pero la Nana le devolvió la tranquilidad diciendo que hay muchos niños que vuelan como las moscas, que adivinan los sueños y hablan con las ánimas, pero a todos se les pasa cuando pierden la inocencia.

—Ninguno llega a grande en ese estado —explicó—. Espere que a la niña le venga la demostración y va a ver que se le quita la maña de andar moviendo los muebles y anunciando desgracias.

Clara era la preferida de la Nana. La había ayudado a nacer y ella era la única que comprendía realmente la naturaleza estrafalaria de la niña. Cuando Clara salió del vientre de su madre, la Nana la acunó, la lavó y desde ese instante amó desesperadamente a esa criatura frágil, con los pulmones llenos de flema, siempre al borde de perder el aliento y ponerse morada, que había tenido que revivir muchas veces con el calor de sus grandes pechos cuando le faltaba el aire, pues ella sabía que ése era el único remedio para el asma, mucho más efectivo que los jarabes aguardentosos del doctor Cuevas.

Ese Jueves Santo, Severo se paseaba por la sala preocupado por el escándalo que su hija había desatado en la misa. Argumentaba que sólo un fanático como el padre Restrepo podía creer en endemoniados en pleno siglo veinte, el siglo de las luces, de la ciencia y la técnica, en el cual el demonio había quedado definitivamente desprestigiado. Nívea lo interrumpió para decir que no era ése el punto. Lo grave era que si las proezas de su hija trascendían las paredes de la casa y el cura empezaba a indagar, todo el mundo iba a enterarse.

—Va a empezar a llegar la gente para mirarla como si fuera un fenómeno —dijo Nívea.

—Y el Partido Liberal se irá al carajo —agregó Severo, que veía el daño que podía hacer a su carrera política tener una hechizada en la familia.

En eso estaban cuando llegó la Nana arrastrando sus alpargatas, con su frufrú de enaguas almidonadas, a anunciar que en el patio había unos hombres descargando a un muerto. Así era. Entraron en un carro con cuatro caballos, ocupando todo el primer patio, aplastando las camelias y ensuciando con bosta el reluciente empedrado, en un torbellino de polvo, un piafar de caballos y un maldecir de hombres supersticiosos que hacían gestos contra el mal de ojo. Traían el cadáver del tío Marcos con todo su equipaje. Dirigía aquel tumulto un hombrecillo melifluo, vestido de negro, con levita y un sombrero demasiado grande, que inició un discurso solemne para explicar las circunstancias del caso, pero fue brutalmente interrumpido por Nívea, que se lanzó sobre el polvoriento ataúd que contenía los restos de su hermano más querido. Nívea gritaba que abrieran la tapa, para verlo con sus propios ojos. Ya le había tocado enterrarlo en una ocasión anterior, y, por lo mismo, le cabía la duda de que tampoco esa vez fuera definitiva su muerte. Sus gritos atrajeron a la multitud de sirvientes de la casa y a todos los hijos, que acudieron corriendo al oír el nombre de su tío resonando con lamentos de duelo.

Hacía un par de años que Clara no veía a su tío Marcos, pero lo recordaba muy bien. Era la única imagen perfectamente nítida de su infancia y para evocarla no necesitaba consultar el daguerrotipo del salón, donde aparecía vestido de explorador, apoyado en una escopeta de dos cañones de modelo antiguo, con el pie derecho sobre el cuello de un tigre de Malasia, en la misma triunfante actitud que ella había observado en la Virgen del altar mayor, pisando el demonio vencido entre nubes de yeso y ángeles pálidos. A Clara le bastaba cerrar los ojos para ver a su tío en carne y hueso, curtido por las inclemencias de todos los climas del planeta, flaco, con unos bigotes de filibustero, entre los cuales asomaba su extraña sonrisa de dientes de tiburón. Parecía imposible que estuviera dentro de ese cajón negro en el centro del patio.

En cada visita que hizo Marcos al hogar de su hermana Nívea, se quedó por varios meses, provocando el regocijo de los sobrinos, especialmente de Clara, y una tormenta en la que el orden doméstico perdía su horizonte. La casa se atochaba de baúles, animales embalsamados, lanzas de indios, bultos de marinero. Por todos lados la gente andaba tropezando con sus bártulos inauditos, aparecían bichos nunca vistos, que habían hecho el viaje desde tierras remotas, para terminar aplastados bajo la escoba implacable de la Nana en cualquier rincón de la casa. Los modales del tío Marcos eran los de un caníbal, como decía Severo. Se pasaba la noche haciendo movimientos incomprensibles en la sala, que, más tarde se supo, eran ejercicios destinados a perfeccionar el control de la mente sobre el cuerpo y a mejorar la digestión. Hacía experimentos de alquimia en la cocina, llenando toda la casa con humaredas fétidas y arruinaba las ollas con sustancias sólidas que no se podían desprender del fondo. Mientras los demás intentaban dormir, arrastraba sus maletas por los corredores, ensayaba sonidos agudos con instrumentos salvajes y enseñaba a hablar en español a un loro cuya lengua materna era de origen amazónico. En el día dormía en una hamaca que había tendido entre dos columnas del corredor, sin más abrigo que un taparrabos que ponía de pésimo humor a Severo, pero que Nívea disculpaba porque Marcos la había convencido de que así predicaba el Nazareno. Clara recordaba perfectamente, a pesar de que entonces era muy pequeña, la primera vez que su tío Marcos llegó a la casa de regreso de uno de sus viajes. Se instaló como si fuera a quedarse para siempre. Al poco tiempo, aburrido de presentarse en tertulias de señoritas donde la dueña de la casa tocaba el piano, jugar al naipe y eludir los apremios de todos sus parientes para que sentara cabeza y entrara a trabajar de ayudante en el bufete de abogados de Severo del Valle, se compró un organillo y salió a recorrer las calles, con la intención de seducir a su prima Antonieta y, de paso, alegrar al público con su música de manivela. La máquina no era más que un cajón roñoso provisto de ruedas, pero él la pintó con motivos marineros y le puso una falsa chimenea de barco. Quedó con aspecto de cocina a carbón. El organillo tocaba una marcha militar y un vals alternadamente y entre vuelta y vuelta de la manivela, el loro, que había aprendido el español, aunque todavía guardaba su acento extranjero, atraía a la concurrencia con gritos agudos. También sacaba con el pico unos papelitos de una caja para vender la suerte a los curiosos. Los papeles rosados, verdes y azules, eran tan ingeniosos, que siempre apuntaban a los más secretos deseos del cliente. Además de los papeles de la suerte, vendía pelotitas de aserrín para divertir a los niños y polvos contra la impotencia, que comerciaba a media voz con los transeúntes afectados por ese mal. La idea del organillo nació como un último y desesperado recurso para atraer a la prima Antonieta, después que le fallaron otras formas más convencionales de cortejarla. Pensó que ninguna mujer en su sano juicio podía permanecer impasible ante una serenata de organillo. Eso fue lo que hizo. Se colocó debajo de su ventana un atardecer, a tocar su marcha militar y su vals, en el momento en que ella tomaba el té con un grupo de amigas. Antonieta no se dio por aludida hasta que el loro comenzó a llamarla por su nombre de pila y entonces se asomó a la ventana. Su reacción no fue la que esperaba su enamorado. Sus amigas se encargaron de repartir la noticia por todos los salones de la ciudad y, al día siguiente, la gente empezó a pasear por las calles céntricas en la esperanza de ver con sus propios ojos al cuñado de Severo del Valle tocando el organillo y vendiendo pelotitas de aserrín con un loro apolillado, simplemente por el placer de comprobar que también en las mejores familias había buenas razones para avergonzarse. Ante el bochorno familiar, Marcos tuvo que desistir del organillo y elegir métodos menos conspicuos para atraer a la prima Antonieta, pero no renunció a asediarla. De todos modos, al final no tuvo éxito, porque la joven se casó de la noche a la mañana con un diplomático veinte años mayor, que se la llevó a vivir a un país tropical cuyo nombre nadie pudo recordar, pero que sugería negritud, bananas y palmeras, donde ella consiguió sobreponerse al recuerdo de aquel pretendiente que arruinó sus diecisiete años con su marcha militar y su vals. Marcos se hundió en la depresión durante dos o tres días, al cabo de los cuales anunció que jamás se casaría y que se iba a dar la vuelta al mundo. Vendió el organillo a un ciego y dejó el loro como herencia a Clara, pero la Nana lo envenenó secretamente con una sobredosis de aceite de hígado de bacalao, porque no podía soportar su mirada lujuriosa, sus pulgas y sus gritos destemplados ofreciendo papelitos para la suerte, pelotas de aserrín y polvos para la impotencia.

Ése fue el viaje más largo de Marcos. Regresó con un cargamento de enormes cajas que se almacenaron en el último patio, entre el gallinero y la bodega de la leña, hasta que terminó el invierno. Al despuntar la primavera, las hizo trasladar al Parque de los Desfiles, un descampado enorme donde se juntaba el pueblo a ver marchar a los militares durante las Fiestas Patrias, con el paso de ganso que habían copiado de los prusianos. Al abrir las cajas, se vio que contenían piezas sueltas de madera, metal y tela pintada. Marcos pasó dos semanas armando las partes de acuerdo a las instrucciones de un manual en inglés, que descifró con su invencible imaginación y un pequeño diccionario. Cuando el trabajo estuvo listo, resultó ser un pájaro de dimensiones prehistóricas, con un rostro de águila furiosa pintado en su parte delantera, alas movibles y una hélice en el lomo. Causó conmoción. Las familias de la oligarquía olvidaron el organillo y Marcos se convirtió en la novedad de la temporada. La gente hacía paseos los domingos para ir a ver al pájaro y los vendedores de chucherías y fotógrafos ambulantes hicieron su agosto. Sin embargo, al poco tiempo comenzó a agotarse el interés del público. Entonces Marcos anunció que apenas se despejara el tiempo pensaba elevarse en el pájaro y cruzar la cordillera. La noticia se regó en pocas horas y se convirtió en el acontecimiento más comentado del año. La máquina yacía con la panza asentada en tierra firme, pesada y torpe, con más aspecto de pato herido, que de uno de esos modernos aeroplanos que empezaban a fabricarse en Norteamérica. Nada en su apariencia permitía suponer que podría moverse y mucho menos encumbrarse y atravesar las montañas nevadas. Los periodistas y curiosos acudieron en tropel. Marcos sonreía inmutable ante la avalancha de preguntas y posaba para los fotógrafos sin ofrecer ninguna explicación técnica o científica respecto a la forma en que pensaba realizar su empresa. Hubo gente que viajó de provincia para ver el espectáculo. Cuarenta años después, su sobrino nieto Nicolás, a quien Marcos no llegó a conocer, desenterró la iniciativa de volar que siempre estuvo presente en los hombres de su estirpe. Nicolás tuvo la idea de hacerlo con fines comerciales, en una salchicha gigantesca rellena con aire caliente, que llevaría impreso un aviso publicitario de bebidas gaseosas. Pero, en los tiempos en que Marcos anunció su viaje en aeroplano, nadie creía que ese invento pudiera servir para algo útil. Él lo hacía por espíritu aventurero. El día señalado para el vuelo amaneció nublado, pero había tanta expectación, que Marcos no quiso aplazar la fecha. Se presentó puntualmente en el sitio y no dio ni una mirada al cielo que se cubría de grises nubarrones. La muchedumbre atónita, llenó todas las calles adyacentes, se encaramó en los techos y los balcones de las casas próximas y se apretujó en el parque. Ninguna concentración política pudo reunir a tanta gente hasta medio siglo después, cuando el primer candidato marxista aspiraba, por medios totalmente democráticos, a ocupar el sillón de los Presidentes. Clara recordaría toda su vida ese día de fiesta. La gente se vistió de primavera, adelantándose un poco a la inauguración oficial de la temporada, los hombres con trajes de lino blanco y las damas con los sombreros de pajilla italiana que hicieron furor ese año. Desfilaron grupos de escolares con sus maestros, llevando flores para el héroe. Marcos recibía las flores y bromeaba diciendo que esperaran que se estrellara para llevarle flores al entierro. El obispo en persona, sin que nadie se lo pidiera, apareció con dos turiferarios a bendecir el pájaro y el orfeón de la gendarmería tocó música alegre y sin pretensiones, para el gusto popular. La policía, a caballo y con lanzas, tuvo dificultad en mantener a la multitud alejada del centro del parque, donde estaba Marcos, vestido con una braga de mecánico, con grandes anteojos de automovilista y su cucalón de explorador. Para el vuelo llevaba, además, su brújula, un catalejo y unos extraños mapas de navegación aérea que él mismo había trazado basándose en las teorías de Leonardo da Vinci y en los conocimientos astrales de los incas. Contra toda lógica, al segundo intento el pájaro se elevó sin contratiempos y hasta con cierta elegancia, entre los crujidos de su esqueleto y los estertores de su motor. Subió aleteando y se perdió entre las nubes, despedido por una fanfarria de aplausos, silbatos, pañuelos, banderas, redobles musicales del orfeón y aspersiones de agua bendita. En tierra quedó el comentario de la maravillada concurrencia y de los hombres más instruidos, que intentaron dar una explicación razonable al milagro. Clara siguió mirando el cielo hasta mucho después que su tío se hizo invisible. Creyó divisarlo diez minutos más tarde, pero sólo era un gorrión pasajero. Después de tres días, la euforia provocada por el primer vuelo de aeroplano en el país, se desvaneció y nadie volvió a acordarse del episodio, excepto Clara, que oteaba incansablemente las alturas.

A la semana sin tener noticias del tío volador, se supuso que había subido hasta perderse en el espacio sideral y los más ignorantes especularon con la idea de que llegaría a la luna. Severo determinó, con una mezcla de tristeza y de alivio, que su cuñado se había caído con su máquina en algún resquicio de la cordillera, donde nunca sería encontrado. Nívea lloró desconsoladamente y prendió unas velas a san Antonio, patrono de las cosas perdidas. Severo se opuso a la idea de mandar a decir algunas misas, porque no creía en ese recurso para ganar el cielo y mucho menos para volver a la tierra, y sostenía que las misas y las mandas, así como las indulgencias y el tráfico de estampitas y escapularios, eran un negocio deshonesto. En vista de eso, Nívea y la Nana pusieron a todos los niños a rezar a escondidas el rosario durante nueve días. Mientras tanto, grupos de exploradores y andinistas voluntarios lo buscaron incansablemente por picos y quebradas de la cordillera, recorriendo uno por uno todos los vericuetos accesibles, hasta que por último regresaron triunfantes y entregaron a la familia los restos mortales en un negro y modesto féretro sellado. Enterraron al intrépido viajero en un funeral grandioso. Su muerte lo convirtió en un héroe y su nombre estuvo varios días en los titulares de todos los periódicos. La misma muchedumbre que se juntó para despedirlo el día que se elevó en el pájaro, desfiló frente a su ataúd. Toda la familia lo lloró como se merecía, menos Clara, que siguió escrutando el cielo con paciencia de astrónomo. Una semana después del sepelio, apareció en el umbral de la puerta de la casa de Nívea y Severo del Valle, el propio tío Marcos, de cuerpo presente, con una alegre sonrisa entre sus bigotes de pirata. Gracias a los rosarios clandestinos de las mujeres y los niños, como él mismo lo admitió, estaba vivo y en posesión de todas sus facultades, incluso la del buen humor. A pesar del noble origen de sus mapas aéreos, el vuelo había sido un fracaso, perdió el aeroplano y tuvo que regresar a pie, pero no traía ningún hueso roto y mantenía intacto su espíritu aventurero. Esto consolidó para siempre la devoción de la familia por san Antonio y no sirvió de escarmiento a las generaciones futuras que también intentaron volar con diferentes medios. Legalmente, sin embargo, Marcos era un cadáver. Severo del Valle tuvo que poner todo su conocimiento de las leyes al servicio de devolver la vida y la condición de ciudadano a su cuñado. Al abrir el ataúd, delante de las autoridades correspondientes, se vio que habían enterrado una bolsa de arena. Este hecho manchó el prestigio hasta entonces impoluto, de los exploradores y los andinistas voluntarios: desde ese día fueron considerados poco menos que malhechores.

La heroica resurrección de Marcos acabó por hacer olvidar a todo el mundo el asunto del organillo. Volvieron a invitarlo a todos los salones de la ciudad y, al menos por un tiempo, su nombre se revindicó. Marcos vivió en la casa de su hermana por unos meses. Una noche se fue sin despedirse de nadie, dejando sus baúles, sus libros, sus armas, sus botas y todos sus bártulos. Severo, y hasta la misma Nívea, respiraron aliviados. Su última visita había durado demasiado. Pero Clara se sintió tan afectada, que pasó una semana caminando sonámbula y chupándose el dedo. La niña, que entonces tenía siete años, había aprendido a leer los libros de cuentos de su tío y estaba más cerca de él que ningún otro miembro de la familia, debido a sus habilidades adivinatorias. Marcos sostenía que la rara virtud de su sobrina podía ser una fuente de ingresos y una buena oportunidad para desarrollar su propia clarividencia. Tenía la teoría de que esta condición estaba presente en todos los seres humanos, especialmente en los de su familia, y que si no funcionaba con eficiencia era sólo por falta de entrenamiento. Compró en el Mercado Persa una bola de vidrio que, según él, tenía propiedades mágicas y venía de Oriente, pero más tarde se supo que era sólo un flotador de bote pesquero, la puso sobre un paño de terciopelo negro y anunció que podía ver la suerte, curar el mal de ojo, leer el pasado y mejorar la calidad de los sueños, todo por cinco centavos. Sus primeros clientes fueron las sirvientas del vecindario. Una de ellas había sido acusada de ladrona, porque su patrona había extraviado una sortija. La bola de vidrio indicó el lugar donde se encontraba la joya: había rodado debajo de un ropero. Al día siguiente había una cola en la puerta de la casa. Llegaron los cocheros, los comerciantes, los repartidores de leche y agua y más tarde aparecieron discretamente algunos empleados municipales y señoras distinguidas, que se deslizaban discretamente a lo largo de las paredes, procurando no ser reconocidas. La clientela era recibida por la Nana, que los ordenaba en la antesala y cobraba los honorarios. Este trabajo la mantenía ocupada casi todo el día y llegó a absorberla tanto, que descuidó sus labores en la cocina y la familia empezó a quejarse de que lo único que había para la cena eran porotos añejos y dulce de membrillo. Marcos arregló la cochera con unos cortinajes raídos que alguna vez pertenecieron al salón, pero que el abandono y la vejez habían convertido en polvorientas hilachas. Allí atendía al público con Clara. Los dos adivinos vestían túnicas «del color de los hombres de la luz», como llamaba Marcos al amarillo. La Nana tiñó las túnicas con polvos de azafrán, haciéndolas hervir en la olla destinada al manjar blanco. Marcos llevaba, además de la túnica, un turbante amarrado en la cabeza y un amuleto egipcio colgando al cuello. Se había dejado crecer la barba y el pelo y estaba más delgado que nunca. Marcos y Clara resultaban totalmente convincentes, sobre todo porque la niña no necesitaba mirar la bola de vidrio para adivinar lo que cada uno quería oír. Lo soplaba al oído al tío Marcos, quien transmitía el mensaje al cliente e improvisaba los consejos que le parecían atinados. Así se propagó su fama, porque los que llegaban al consultorio alicaídos y tristes, salían llenos de esperanzas, los enamorados que no eran correspondidos obtenían orientación para cultivar el corazón indiferente y los pobres se llevaban infalibles martingalas para apostar en las carreras del canódromo. El negocio llegó a ser tan próspero, que la antesala estaba siempre atiborrada de gente y a la Nana empezaron a darle vahídos de tanto estar parada. En esa ocasión Severo no tuvo necesidad de intervenir para ponerle fin a la iniciativa empresarial de su cuñado, porque los dos adivinos, al darse cuenta de que sus aciertos podían modificar el destino de la clientela, que seguía al pie de la letra sus palabras, se atemorizaron y decidieron que ése era un oficio de tramposos. Abandonaron el oráculo de la cochera y se repartieron equitativamente las ganancias, aunque en realidad la única que estaba interesada en el aspecto material del negocio era la Nana.

De todos los hermanos Del Valle, Clara era la que tenía más resistencia e interés para escuchar los cuentos de su tío. Podía repetir cada uno, sabía de memoria varias palabras en dialectos de indios extranjeros, conocía sus costumbres y podía describir la forma en que se atraviesan trozos de madera en los labios y en los lóbulos de las orejas, así como los ritos de iniciación y los nombres de las serpientes más venenosas y sus antídotos. Su tío era tan elocuente, que la niña podía sentir en su propia carne la quemante mordedura de las víboras, ver al reptil deslizarse sobre la alfombra entre las patas del arrimo de jacarandá y escuchar los gritos de las guacamayas entre las cortinas del salón. Se acordaba sin vacilaciones del recorrido de Lope de Aguirre en su búsqueda de El Dorado, de los nombres impronunciables de la flora y la fauna visitadas o inventadas por su tío maravilloso, sabía de los lamas que toman té salado con grasa de yac y podía describir con detalle a las opulentas nativas de la Polinesia, los arrozales de la China o las blancas planicies de los países del Norte, donde el hielo eterno mata a las bestias y a los hombres que se distraen, petrificándolos en pocos minutos. Marcos tenía varios diarios de viaje donde escribía sus recorridos y sus impresiones así como una colección de mapas y de libros de cuentos, de aventuras y hasta de hadas, que guardaba dentro de sus baúles en el cuarto de los cachivaches, al fondo del tercer patio de la casa. De allí salieron para poblar los sueños de sus descendientes hasta que fueron quemados por error medio siglo más tarde, en una pira infame.

De su último viaje, Marcos regresó en un ataúd. Había muerto de una misteriosa peste africana que lo fue poniendo arrugado y amarillo como un pergamino. Al sentirse enfermo emprendió el viaje de vuelta con la esperanza de que los cuidados de su hermana y la sabiduría del doctor Cuevas le devolverían la salud y la juventud, pero no resistió los sesenta días de travesía en barco y a la altura de Guayaquil murió consumido por la fiebre y delirando sobre mujeres almizcladas y tesoros escondidos. El capitán del barco, un inglés de apellido Longfellow, estuvo a punto de lanzarlo al mar envuelto en una bandera, pero Marcos había hecho tantos amigos y enamorado a tantas mujeres a bordo del transatlántico, a pesar de su aspecto jibarizado y su delirio, que los pasajeros se lo impidieron y Longfellow tuvo que almacenarlo, junto a las verduras del cocinero chino, para preservarlo del calor y los mosquitos del trópico, hasta que el carpintero de a bordo le improvisó un cajón. En El Callao consiguieron un féretro apropiado y algunos días después el capitán, furioso por las molestias que ese pasajero le había causado a la Compañía de Navegación y a él personalmente, lo descargó sin miramientos en el muelle, extrañado de que nadie se presentara a reclamarlo ni a pagar los gastos extraordinarios. Más tarde se enteró de que el correo en esas latitudes no tenía la misma confiabilidad que en su lejana Inglaterra y que sus telegramas se volatilizaron por el camino. Afortunadamente para Longfellow, apareció un abogado de la aduana que conocía a la familia Del Valle y ofreció hacerse cargo del asunto, metiendo a Marcos y su complejo equipaje en un coche de flete y llevándolo a la capital al único domicilio fijo que se le conocía: la casa de su hermana.

Para Clara ése habría sido uno de los momentos más dolorosos de su vida, si Barrabás no hubiera llegado mezclado con los bártulos de su tío. Ignorando la perturbación que reinaba en el patio, su instinto la condujo directamente al rincón donde habían tirado la jaula. Adentro estaba Barrabás. Era un montón de huesitos cubiertos con un pelaje de color indefinido, lleno de peladuras infectadas, un ojo cerrado y el otro supurando legañas, inmóvil como un cadáver en su propia porquería. A pesar de su apariencia, la niña no tuvo dificultad en identificarlo.

—¡Un perrito! —chilló.

Se hizo cargo del animal. Lo sacó de la jaula, lo acunó en su pecho y con cuidados de misionera consiguió darle agua en el hocico hinchado y reseco. Nadie se había preocupado de alimentarlo desde que el capitán Longfellow, quien como todos los ingleses trataba mucho mejor a los animales que a los humanos, lo depositó con el equipaje en el muelle. Mientras el perro estuvo a bordo junto a su amo moribundo, el capitán lo alimentó con su propia mano y lo paseó por la cubierta, prodigándole todas las atenciones que le escatimó a Marcos, pero una vez en tierra firme, fue tratado como parte del equipaje. Clara se convirtió en una madre para el animal, sin que nadie le disputara ese dudoso privilegio, y consiguió reanimarlo. Un par de días más tarde, una vez que se calmó la tempestad de la llegada del cadáver y del entierro del tío Marcos, Severo se fijó en el bicho peludo que su hija llevaba en los brazos.

—¿Qué es eso? —preguntó.

—Barrabás —dijo Clara.

—Entrégueselo al jardinero, para que se deshaga de él. Puede contagiarnos alguna enfermedad —ordenó Severo.

Pero Clara lo había adoptado.

—Es mío, papá. Si me lo quita, le juro que dejo de respirar y me muero.

Se quedó en la casa. Al poco tiempo corría por todas partes devorándose los flecos de las cortinas, las alfombras y las patas de los muebles. Se recuperó de su agonía con gran rapidez y empezó a crecer. Al bañarlo se supo que era negro, de cabeza cuadrada, patas muy largas y pelo corto. La Nana sugirió mocharle la cola, para que pareciera perro fino, pero Clara agarró un berrinche que degeneró en ataque de asma y nadie volvió a mencionar el asunto. Barrabás se quedó con la cola entera y con el tiempo ésta llegó a tener el largo de un palo de golf, provista de movimientos incontrolables que barrían las porcelanas de las mesas y volcaban las lámparas. Era de raza desconocida. No tenía nada en común con los perros que vagabundeaban por la calle y mucho menos con las criaturas de pura raza que criaban algunas familias aristocráticas. El veterinario no supo decir cuál era su origen y Clara supuso que provenía de la China, porque gran parte del contenido del equipaje de su tío eran recuerdos de ese lejano país. Tenía una ilimitada capacidad de crecimiento. A los seis meses era del tamaño de una oveja y al año de las proporciones de un potrillo. La familia, desesperada, se preguntaba hasta dónde crecería y comenzaron a dudar de que fuera realmente un perro, especularon que podía tratarse de un animal exótico cazado por el tío explorador en alguna región remota del mundo y que tal vez en su estado primitivo era feroz. Nívea observaba sus pezuñas de cocodrilo y sus dientes afilados y su corazón de madre se estremecía pensando que la bestia podía arrancarle la cabeza a un adulto de un tarazcón y con mayor razón a cualquiera de sus niños. Pero Barrabás no daba muestras de ninguna ferocidad, por el contrario. Tenía los retozos de un gatito. Dormía abrazado a Clara, dentro de su cama, con la cabeza en el almohadón de plumas y tapado hasta el cuello porque era friolento, pero después, cuando ya no cabía en la cama, se tendía en el suelo a su lado, con su hocico de caballo apoyado en la mano de la niña. Nunca se lo vio ladrar ni gruñir. Era negro y silencioso como una pantera, le gustaban el jamón y las frutas confitadas y cada vez que había visitas y olvidaban encerrarlo, entraba sigilosamente al comedor y daba una vuelta a la mesa retirando con delicadeza sus bocadillos preferidos de los platos sin que ninguno de los comensales se atreviera a impedírselo. A pesar de su mansedumbre de doncella, Barrabás inspiraba terror. Los proveedores huían precipitadamente cuando se asomaba a la calle y en una oportunidad su presencia provocó pánico entre las mujeres que hacían fila frente al carretón que repartía la leche, espantando al percherón de tiro, que salió disparado en medio de un estropicio de cubos de leche desparramados en el empedrado. Severo tuvo que pagar todos los destrozos y ordenó que el perro fuera amarrado en el patio, pero Clara tuvo otra de sus pataletas y la decisión fue aplazada por tiempo indefinido. La fantasía popular y la ignorancia respecto a su raza, atribuyeron a Barrabás características mitológicas. Contaban que siguió creciendo y que si no hubiera puesto fin a su existencia la brutalidad de un carnicero, habría llegado a tener el tamaño de un camello. La gente lo creía una cruza de perro con yegua, suponían que podían aparecerle alas, cuernos y un aliento sulfuroso de dragón, como las bestias que bordaba Rosa en su interminable mantel. La Nana, harta de recoger porcelana rota y oír los chismes de que se convertía en lobo las noches de luna llena, usó con él el mismo sistema que con el loro, pero la sobredosis de aceite de hígado de bacalao no lo mató, sino que le provocó una cagantina de cuatro días que cubrió la casa de arriba abajo y que ella misma tuvo que limpiar.

Eran tiempos difíciles. Yo tenía entonces alrededor de veinticinco años, pero me parecía que me quedaba poca vida por delante para labrarme un futuro y tener la posición que deseaba. Trabajaba como un animal y las pocas veces que me sentaba a descansar, obligado por el tedio de algún domingo, sentía que estaba perdiendo momentos preciosos y que cada minuto de ocio era un siglo más lejos de Rosa. Vivía en la mina, en una casucha de tablas con techo de zinc, que me fabriqué yo mismo con la ayuda de un par de peones. Era una sola pieza cuadrada donde acomodé mis pertenencias, con un ventanuco en cada pared, para que circulara el aire bochornoso del día, con postigos para cerrarlos en la noche, cuando corría el viento glacial. Todo mi mobiliario consistía en una silla, un catre de campaña, una mesa rústica, una máquina de escribir y una pesada caja fuerte que tuve que hacer llevar a lomo de mula a través del desierto, donde guardaba los jornales de los mineros, algunos documentos y una bolsita de lona donde brillaban los pequeños trozos de oro que representaban el fruto de tanto esfuerzo. No era cómoda, pero yo estaba acostumbrado a la incomodidad. Nunca me había bañado en agua caliente y los recuerdos que tenía de mi niñez eran de frío, soledad y un eterno vacío en el estómago. Allí comí, dormí y escribí durante dos años, sin más distracción que unos cuantos libros muchas veces leídos, una ruma de periódicos atrasados, unos textos en inglés que me sirvieron para aprender los rudimentos de esa magnífica lengua, y una caja con llave donde guardaba la correspondencia que mantenía con Rosa. Me había acostumbrado a escribirle a máquina, con una copia que guardaba para mí y que ordenaba por fechas junto a las pocas cartas que recibí de ella. Comía el mismo rancho que se cocinaba para los mineros y tenía prohibido que circulara licor en la mina. Tampoco lo tenía en mi casa, porque siempre he pensado que la soledad y el aburrimiento terminan por convertir al hombre en alcohólico. Tal vez el recuerdo de mi padre, con el cuello desabotonado, la corbata floja y manchada, los ojos turbios y el aliento pesado, con un vaso en la mano, hicieron de mí un abstemio. No tengo buena cabeza para el trago, me emborracho con facilidad. Descubrí eso a los dieciséis años y nunca lo he olvidado. Una vez me preguntó mi nieta cómo pude vivir tanto tiempo solo y tan lejos de la civilización. No lo sé. Pero en realidad debe haber sido más fácil para mí que para otros, porque no soy una persona sociable, no tengo muchos amigos ni me gustan las fiestas o el bochinche, por el contrario, me siento mejor solo. Me cuesta mucho intimar con la gente. En aquella época todavía no había vivido con una mujer, así es que tampoco podía echar de menos lo que no conocía. No era enamoradizo, nunca lo he sido, soy de naturaleza fiel, a pesar de que basta la sombra de un brazo, la curva de una cintura, el quiebre de una rodilla femenina, para que me vengan ideas a la cabeza aún hoy, cuando ya estoy tan viejo que al verme en el espejo no me reconozco. Parezco un árbol torcido. No estoy tratando de justificar mis pecados de juventud con el cuento de que no podía controlar el ímpetu de mis deseos, ni mucho menos. A esa edad yo estaba acostumbrado a la relación sin futuro con mujeres de vida ligera, puesto que no tenía posibilidad con otras. En mi generación hacíamos un distingo entre las mujeres decentes y las otras y también dividíamos a las decentes entre propias y ajenas. No había pensado en el amor antes de conocer a Rosa y el romanticismo me parecía peligroso e inútil y si alguna vez me gustó alguna jovencita, no me atreví a acercarme a ella por temor a ser rechazado y al ridículo. He sido muy orgulloso y por mi orgullo he sufrido más que otros.

Ha pasado mucho más de medio siglo, pero aún tengo grabado en la memoria el momento preciso en que Rosa, la bella, entró en mi vida, como un ángel distraído que al pasar me robó el alma. Iba con la Nana y otra criatura, probablemente alguna hermana menor. Creo que llevaba un vestido color lila, pero no estoy seguro, porque no tengo ojo para la ropa de mujer y porque era tan hermosa, que aunque llevara una capa de armiño, no habría podido fijarme sino en su rostro. Habitualmente no ando pendiente de las mujeres, pero habría tenido que ser tarado para no ver esa aparición que provocaba un tumulto a su paso y congestionaba el tráfico, con ese increíble pelo verde que le enmarcaba la cara como un sombrero de fantasía, su porte de hada y esa manera de moverse como si fuera volando. Pasó por delante de mí sin verme y penetró flotando a la confitería de la Plaza de Armas. Me quedé en la calle, estupefacto, mientras ella compraba caramelos de anís, eligiéndolos uno por uno, con su risa de cascabeles, echándose unos a la boca y dando otros a su hermana. No fui el único hipnotizado, en pocos minutos se formó un corrillo de hombres que atisbaban por la vitrina. Entonces reaccioné. No se me ocurrió que estaba muy lejos de ser el pretendiente ideal para aquella joven celestial, puesto que no tenía fortuna, distaba de ser buen mozo y tenía por delante un futuro incierto. ¡Y no la conocía! Pero estaba deslumbrado y decidí en ese mismo momento que era la única mujer digna de ser mi esposa y que si no podía tenerla, prefería el celibato. La seguí todo el camino de vuelta a su casa. Me subí en el mismo tranvía y me senté tras ella, sin poder quitar la vista de su nuca perfecta, su cuello redondo, sus hombros suaves acariciados por los rizos verdes que escapaban del peinado. No sentí el movimiento del tranvía, porque iba como en sueños. De pronto se deslizó por el pasillo, y al pasar por mi lado sus sorprendentes pupilas de oro se detuvieron un instante en las mías. Debí morir un poco. No podía respirar y se me detuvo el pulso. Cuando recuperé la compostura, tuve que saltar a la vereda, con riesgo de romperme algún hueso, y correr en dirección a la calle que ella había tomado. Adiviné donde vivía al divisar una mancha color lila que se esfumaba tras un portón. Desde ese día monté guardia frente a su casa, paseando la cuadra como perro huacho, espiando, sobornando al jardinero, metiendo conversación a las sirvientas, hasta que conseguí hablar con la Nana y ella, santa mujer, se compadeció de mí y aceptó hacerle llegar los billetes de amor, las flores y las incontables cajas de caramelos de anís con que intenté ganar su corazón. También le enviaba acrósticos. No sé versificar, pero había un librero español que era un genio para la rima, donde mandaba a hacer poemas, canciones, cualquier cosa cuya materia prima fuera la tinta y el papel. Mi hermana Férula me ayudó a acercarme a la familia Del Valle, descubriendo remotos parentescos entre nuestros apellidos y buscando la oportunidad de saludarnos a la salida de misa. Así fue como pude visitar a Rosa. El día que entré a su casa y la tuve al alcance de mi voz, no se me ocurrió nada para decirle. Me quedé mudo, con el sombrero en la mano y la boca abierta, hasta que sus padres, que conocían esos síntomas, me rescataron. No sé qué pudo ver Rosa en mí, ni por qué con el tiempo, me aceptó por esposo. Llegué a ser su novio oficial sin tener que realizar ninguna proeza sobrenatural, porque a pesar de su belleza inhumana y sus innumerables virtudes, Rosa no tenía pretendientes. Su madre me dio la explicación: dijo que ningún hombre se sentía lo bastante fuerte como para pasar la vida defendiendo a Rosa de las apetencias de los demás. Muchos la habían rondado, perdiendo la razón por ella, pero hasta que yo aparecí en el horizonte, no se había decidido nadie. Su belleza atemorizaba, por eso la admiraban de lejos, pero no se acercaban. Yo nunca pensé en eso, en realidad. Mi problema era que no tenía ni un peso, pero me sentía capaz, por la fuerza del amor, de convertirme en un hombre rico. Miré a mi alrededor buscando un camino rápido, dentro de los límites de la honestidad en que me habían educado, y vi que para triunfar necesitaba tener padrinos, estudios especiales o un capital. No era suficiente tener un apellido respetable. Supongo que si hubiera tenido dinero para empezar, habría apostado al naipe o a los caballos, pero como no era el caso, tuve que pensar en trabajar en algo que, aunque fuera arriesgado, pudiera darme fortuna. Las minas de oro y de plata eran el sueño de los aventureros: podían hundirlos en la miseria, matarlos de tuberculosis o convertirlos en hombres poderosos. Era cuestión de suerte. Obtuve la concesión de una mina en el Norte con la ayuda del prestigio del apellido de mi madre, que sirvió para que el banco me diera una fianza. Me hice firme propósito de sacarle hasta el último gramo del precioso metal, aunque para ello tuviera que estrujar el cerro con mis propias manos y moler las rocas a patadas. Por Rosa estaba dispuesto a eso y mucho más.

A fines del otoño, cuando la familia se había tranquilizado respecto a las intenciones del padre Restrepo, quien tuvo que apaciguar su vocación de inquisidor después que el obispo en persona le advirtió que dejara en paz a la pequeña Clara del Valle, y cuando todos se habían resignado a la idea de que el tío Marcos estaba realmente muerto, comenzaron a concretarse los planes políticos de Severo. Había trabajado durante años con ese fin. Fue un triunfo para él cuando lo invitaron a presentarse como candidato del Partido Liberal en las elecciones parlamentarias, en representación de una provincia del Sur donde nunca había estado y tampoco podía ubicar fácilmente en el mapa. El Partido estaba muy necesitado de gente y Severo muy ansioso de ocupar un escaño en el Congreso, de modo que no tuvieron dificultad en convencer a los humildes electores del Sur, que nombraran a Severo como su candidato. La invitación fue apoyada por un cerdo asado, rosado y monumental, que fue enviado por los electores a la casa de la familia Del Valle. Iba sobre una gran bandeja de madera, perfumado y brillante, con un perejil en el hocico y una zanahoria en el culo, reposando en un lecho de tomates. Tenía un costurón en la panza y adentro estaba relleno con perdices, que a su vez estaban rellenas con ciruelas. Llegó acompañado por una garrafa que contenía medio galón del mejor aguardiente del país. La idea de convertirse en diputado o, mejor aún, en senador, era un sueño largamente acariciado por Severo. Había ido llevando las cosas hasta esa meta con un minucioso trabajo de contactos, amistades, conciliábulos, apariciones públicas discretas pero eficaces, dinero y favores que hacía a las personas adecuadas en el momento preciso. Aquella provincia sureña, aunque remota y desconocida, era lo que estaba esperando.

Lo del cerdo fue un martes. El viernes, cuando ya del cerdo no quedaba más que los pellejos y los huesos que roía Barrabás en el patio, Clara anunció que habría otro muerto en la casa.

—Pero será un muerto por equivocación —dijo.

El sábado pasó mala noche y despertó gritando. La Nana le dio una infusión de tilo y nadie le hizo caso, porque estaban ocupados con los preparativos del viaje del padre al Sur y porque la bella Rosa amaneció con fiebre. Nívea ordenó que dejaran a Rosa en cama y el doctor Cuevas dijo que no era nada grave, que le dieran una limonada tibia y bien azucarada, con un chorrillo de licor, para que sudara la calentura. Severo fue a ver a su hija y la encontró arrebolada y con los ojos brillantes, hundida en los encajes color mantequilla de sus sábanas. Le llevó de regalo un carnet de baile y autorizó a la Nana para abrir la garrafa de aguardiente y echarle a la limonada. Rosa se bebió la limonada, se arropó en su mantilla de lana y se durmió enseguida al lado de Clara, con quien compartía la habitación.

En la mañana del domingo trágico, la Nana se levantó temprano, como siempre. Antes de ir a misa fue a la cocina a preparar el desayuno de la familia. La cocina a leña y carbón había quedado preparada desde el día anterior y ella encendió el fogón en el rescoldo de las brasas aún tibias. Mientras calentaba el agua y hervía la leche, fue acomodando los platos para llevarlos al comedor. Empezó a cocinar la avena, a colar el café, tostar el pan. Arregló dos bandejas, una para Nívea, que siempre tomaba su desayuno en la cama, y otra para Rosa, que por estar enferma tenía derecho a lo mismo. Cubrió la bandeja de Rosa con una servilleta de lino bordado por las monjas, para que no se enfriara el café y no le entraran moscas, y se asomó al patio para ver que Barrabás no estuviera cerca. Tenía el prurito de asaltarla cuando ella pasaba con el desayuno. Lo vio distraído jugando con una gallina y aprovechó para salir en su largo viaje por los patios y los corredores, desde la cocina, al fondo de la casa, hasta el cuarto de las niñas, al otro extremo. Frente a la puerta de Rosa vaciló, golpeada por la fuerza del presentimiento. Entró sin anunciarse a la habitación, como era su costumbre, y al punto notó que olía a rosas, a pesar de que no era la época de esas flores. Entonces la Nana supo que había ocurrido una desgracia irreparable. Depositó con cuidado la bandeja en la mesa de noche y caminó ...