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LA CLAVE ESTá EN REBECA

Ken Follett  

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Fragmento

1

 

 

El último camello se desplomó a mediodía. Era el macho blanco de cinco años que había comprado en Gialo, la más joven y fuerte de las tres bestias y que no tenía tan mal genio. Quería al animal tanto como un hombre puede querer a un camello, lo que equivale a decir que solo lo odiaba un poco.

Treparon a sotavento una colina pequeña, marcando —hombre y camello— grandes y torpes pisadas en la arena inestable. En la cima se detuvieron. Miraron adelante y solo vieron otra colina, y después de esa, mil más. Fue como si el camello hubiera perdido la esperanza. Primero se plegaron sus patas delanteras; luego bajó los cuartos traseros, y así quedó, en lo alto de la colina, como un monumento mirando fijamente hacia el desierto vacío con la indiferencia de los moribundos.

El hombre tiró de la rienda. La cabeza del camello se adelantó y el pescuezo se estiró, pero el animal no se puso en pie. El hombre se le acercó por detrás y, con todas sus fuerzas, le dio tres o cuatro puntapiés en las ancas. Finalmente, tomó un cuchillo beduino, curvo y de punta aguda, afilado como una navaja, y con él le hirió en la grupa. La sangre fluyó, pero el camello ni siquiera miró atrás.

El hombre comprendió lo que ocurría. Los propios tejidos del cuerpo del animal, privados de todo alimento, simplemente habían dejado de funcionar, como una máquina que se ha quedado sin combustible. Había visto desplomarse camellos como este, en los alrededores de un oasis, rodeados de un follaje vivificante del que hacían caso omiso, carentes de energía para comer.

Podía haber ensayado dos trucos más. Uno era verter agua en los ollares del animal, hasta que empezara a ahogarse. El otro consistía en encender fuego bajo sus cuartos traseros. Pero no podía desperdiciar agua para el primero, ni leña para el segundo, y, por otra parte, ninguno de los dos métodos ofrecía grandes posibilidades de éxito.

De todos modos, era hora de detenerse. El sol estaba alto y ardía. Empezaba el largo verano del Sáhara y la temperatura llegaría, a mediodía, a cuarenta y tres grados a la sombra.

Sin descargar el camello, el hombre abrió una de sus bolsas y sacó su tienda. Miró nuevamente alrededor, mecánicamente: no había sombra ni cobijo a la vista; ningún lugar era peor que cualquier otro. Montó la tienda junto al camello moribundo, allí en la cima de la colina.

El hombre se sentó con las piernas cruzadas en la entrada de la tienda, para preparar el té. Alisó la arena en un cuadrado pequeño, colocó unas pocas y preciosas ramitas secas en forma de pirámide y encendió el fuego. Cuando el agua de la pequeña caldera hirvió, hizo el té al estilo nómada, pasándolo de la tetera a la taza, agregándole azúcar, luego volviendo a echarlo en la tetera, y así varias veces. La infusión resultante, muy fuerte y bastante empalagosa, era la bebida más tonificante del mundo.

Masticó algunos dátiles y contempló la muerte del camello mientras esperaba que el sol comenzara a declinar. Su calma era fruto de la experiencia. Había hecho un largo viaje por aquel desierto, más de mil seiscientos kilómetros. Dos meses antes había partido de El Agela, sobre la costa mediterránea de Libia, y viajado con rumbo sur recorriendo ochocientos kilómetros, vía Gialo y Kufra hacia el vacío corazón del Sáhara. Luego había virado al este, cruzando la frontera de Egipto sin ser visto por hombre o animal alguno. Había atravesado el páramo rocoso del desierto Occidental y seguido rumbo norte cerca de Kharga; ya no estaba lejos de su destino. Conocía el desierto pero lo temía. Todo hombre inteligente lo temía, incluso los nómadas, que pasaban allí toda su vida. Pero nunca permitió que el temor lo dominara y le hiciera caer presa del pánico, que agotaba las energías de su sistema nervioso. Siempre había catástrofes: errores de orientación que desviaban el rumbo dos o tres kilómetros e impedían encontrar un pozo de agua; cantimploras que goteaban o reventaban; camellos aparentemente saludables que se enfermaban tras un par de días de camino. El único remedio era decir Inshallah: Es la voluntad de Dios.

Finalmente el sol comenzó a ponerse. El hombre contempló la carga que llevaba el camello, preguntándose cuánto podría acarrear. Había tres pequeñas maletas europeas, dos pesadas y una liviana, todas importantes; un saco pequeño con ropas, un sextante, los mapas, la comida y la cantimplora. Ya era demasiado: tendría que abandonar la tienda, el juego de té, la olla, el almanaque y la montura.

Hizo un solo bulto con las tres maletas y encima ató la ropa, la comida y el sextante sujetándolo todo con un trozo de lienzo. Pudo pasar los brazos bajo las fajas del lienzo y cargarse el bulto a la espalda como una mochila. Se colgó al cuello la cantimplora de piel de cabra, que quedó suspendida delante de él.

Era una carga pesada; tres meses antes hubiera podido llevarla todo el día y jugar al tenis al atardecer, porque era un hombre fuerte; pero el desierto le había debilitado. Sus intestinos eran pura agua; su piel, un montón de llagas; y había perdido diez o quince kilos. Sin el camello no podría ir muy lejos.

Con la brújula en la mano comenzó a andar. Siguió el rumbo que le marcaba, resistiendo la tentación de desviarse alrededor de las colinas, pues en los últimos kilómetros se estaba orientando por puro cálculo y el más mínimo error podía hacer que se extraviara. Estableció un paso lento y largo. Su mente se vació de esperanzas y temores y se concentró en la brújula y en la arena. Logró olvidar el dolor de su cuerpo exhausto y puso mecánicamente un pie delante del otro, sin pensar y, por tanto, sin esfuerzo.

Al anochecer refrescó. La cantimplora colgaba más ligera a medida que consumía el contenido. No quería pensar en la cantidad de agua que quedaba. Había calculado que bebía tres litros por día, y sabía que no tenía suficiente para otra jornada. Una bandada de aves voló sobre su cabeza silbando ruidosamente. Miró hacia arriba, dando sombra a sus ojos con la mano, y vio que eran urogallos de Liechtenstein, aves del desierto parecidas a palomas marrones, que todas las mañanas y todas las tardes volaban hacia el agua. Iban en la misma dirección que él. Eso significaba que llevaba el rumbo correcto, pero sabía que esas aves podían volar ochenta kilómetros hasta llegar al oasis, de modo que era poco el aliento que le daban.

Al enfriarse el desierto se juntaron nubes en el horizonte. Detrás del hombre, el sol bajó más y se convirtió en un gran globo amarillo. Poco después apareció una luna blanca en el cielo purpúreo.

Pensó en hacer un alto. Era imposible caminar toda la noche. Pero no tenía ni tienda, ni manta, ni arroz, ni té. Y tenía la certeza de encontrarse cerca del pozo: según sus cálculos ya debería estar allí.

Siguió andando. Empezaba a perder la calma. Había opuesto su fuerza y su pericia al desierto despiadado, y comenzaba a parecer que el desierto ganaría. Pensó de nuevo en el camello que había abandonado y en cómo se había sentado el animal en la pequeña colina, con la tranquilidad del agotamiento, aguardando la muerte. Pensó que él no la esperaría: cuando fuera inevitable, correría a su encuentro, las horas de angustia y de invasora locura no eran para él. Sería indigno. Llegado ese momento tenía su cuchillo.

La idea le hizo perder la esperanza y ya no pudo reprimir el temor. La luna se ocultó, pero el panorama brillaba a la luz de las estrellas. Vio a su madre en la distancia. Le amonestaba: «¡No dirás que no te lo advertí!». Oyó un tren que resoplaba al ritmo de su corazón, lentamente. Piedras pequeñas se movían a su paso, como ratas que corretearan. Olió a cordero asado. Con enorme esfuerzo trepó a una elevación y vio, muy cerca, el brillo rojo del fuego en el que se había cocido la carne, y al lado a un muchachito que roía los huesos. Había tiendas alrededor del fuego, camellos maneados pastando en los espinos dispersos y, más allá, el manantial. Entró en aquella alucinación. Los que estaban en el espejismo levantaron la vista y lo miraron asombrados. Un hombre alto se puso en pie y habló. El viajero desenrolló parcialmente la tela de su bowli, para mostrar la cara.

El hombre alto se adelantó conmovido.

—¡Mi primo! —exclamó.

El viajero comprendió que, después de todo, no se trataba de una ilusión. Esbozó una sonrisa y se desplomó.

 

 

Al despertar creyó por un momento que volvía a ser niño y que su vida de adulto había sido un sueño.

Alguien le tocaba el hombro y le decía en el idioma del desierto: «Despierta, Achmed». Hacía años que nadie le llamaba Achmed. Se dio cuenta de que estaba envuelto en una manta burda y acostado sobre la arena fría, con la cabeza vendada. Abrió los ojos y vio el amanecer espléndido como un arcoíris recto sobre el horizonte negro y plano. El viento helado de la mañana le golpeaba la cara. En ese instante experimentó de nuevo toda la confusión y ansiedad de sus quince años.

Aquella vez, la primera que había despertado en el desierto, se sintió totalmente perdido. Pensó: «Mi padre ha muerto», y luego: «Tengo otro padre». Por su cabeza pasaron fragmentos de los suras del Corán, mezclados con otros del Credo que su madre aún le enseñaba secretamente, en alemán. Recordaba el reciente dolor agudo de su circuncisión, seguido por las salvas de rifle de quienes le felicitaban por haberse convertido finalmente en uno de ellos, en un verdadero hombre. Luego el largo viaje en tren, preguntándose cómo serían sus primos del desierto y si desdeñarían su cuerpo pálido y sus modales civilizados. Había salido caminando enérgicamente de la estación y vio a dos árabes sentados junto a sus camellos en el polvo del patio. Estaban envueltos en las tradicionales chilabas, que los cubrían de la cabeza a los pies, con excepción de una hendidura en el howli, que revelaba solamente sus ojos, oscuros e inescrutables. Le llevaron al manantial. Fue aterrador: nadie le habló, salvo por señas. Al atardecer se dio cuenta de que aquella gente no tenía retretes, y se sintió terriblemente avergonzado. Por fin se vio obligado a preguntar. Hubo un momento de silencio y luego estalló una carcajada general. Pensaban que no hablaba su idioma y por eso todos habían tratado de comunicarse con él por señas. Y había usado una palabra infantil al preguntar por el excusado, lo que hizo todo más cómico. Alguien le explicó que debía caminar un poco más allá del círculo de tiendas y ponerse en cuclillas sobre la arena. Después de eso ya no se sintió tan atemorizado, pues aquellos eran hombres toscos, pero no rudos.

Todos esos pensamientos habían pasado por su mente mientras contemplaba su primer amanecer en el desierto; y ahora volvían veinte años después, tan frescos y dolorosos como los malos recuerdos del ayer, con las palabras: «Despierta, Achmed».

Se sentó bruscamente y los viejos pensamientos se desvanecieron con rapidez, como las nubes matinales. En una misión vitalmente importante, había cruzado el desierto hallando finalmente el manantial. No era una alucinación: allí estaban sus primos, como siempre en aquella época del año. Se desvaneció a causa del agotamiento y le envolvieron en mantas y le dejaron dormir junto al fuego. Súbitamente sintió pánico al pensar en su precioso equipaje. ¿Todavía lo llevaba cuando llegó? Entonces lo vio amontonado cuidadosamente a sus pies.

Ishmael estaba en cuclillas junto a él. Siempre había sido así: durante el año que los dos muchachos pasaron juntos en el desierto, Ishmael siempre se despertaba el primero.

—Serios problemas, primo —le dijo.

Achmed asintió:

—Hay guerra.

Ishmael le ofreció un diminuto cuenco adornado con piedras preciosas. Achmed sumergió los dedos en el agua y se lavó los ojos. Luego se levantó mientras Ishmael se alejaba.

Una de las mujeres, callada y obsequiosa, le sirvió té. Lo tomó sin darle las gracias, rápidamente. Comió un poco de arroz hervido, frío, mientras a su alrededor continuaba el trabajo pausado del campamento. Al parecer, aquella rama de la familia todavía era rica: había varios sirvientes, muchos niños y más de veinte camellos. Las ovejas que se hallaban en las cercanías solo eran una parte del rebaño. El resto pastaba a pocos kilómetros de distancia. También había más camellos, que vagaban durante la noche en busca de follaje para comer y, aunque estaban maneados, a veces se perdían de vista. Los muchachos más jóvenes los estarían reuniendo ya, como lo habían hecho Ishmael y él. Los animales no tenían nombres, pero Ishmael conocía a cada uno de ellos, y también su historia. Decía por ejemplo: «Este es el macho que mi padre le regaló a su hermano Adbel el año en que murieron muchas hembras; y el macho quedó cojo, de modo que mi padre le dio a Adbel otro y se trajo este de vuelta. Todavía renquea, ¿ves?». Achmed había llegado a conocer bien a los camellos, pero nunca llegó a adoptar totalmente la actitud del nómada hacia ellos: la víspera no había encendido fuego debajo del moribundo animal blanco. Ishmael lo habría hecho.

Achmed terminó su desayuno y volvió a su equipaje. Las maletas no estaban cerradas con llave. Abrió la que estaba encima, una pequeña, de cuero; y cuando miró

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