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LA CONSPIRACIóN DEL 68

Jacinto Rodríguez Munguía  

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Fragmento

Introducción

Como toda historia humana que aborda el apetito por el poder, la que culmina trágicamente el 2 de octubre de 1968 está marcada por la traición, la intriga, la conjura. Ésta es la tesis central de este libro: la matanza de Tlatelolco es el resultado natural de una conspiración política y militar, con la intervención de un prominente y casi desconocido personaje de la esfera intelectual mexicana. Esta obra documenta una trama de secretos, traiciones y utopías, quiénes y por qué participaron en ella.

Lo que leerá a continuación modifica, en gran medida, lo que hasta ahora conocíamos sobre muchos políticos, militares e intelectuales (escritores, filósofos, poetas), y demuestra lo que durante largos años sólo fue sospecha: que el sutil control social ejercido por el poder político en México sobre los ciudadanos no fue resultado de una serie de casualidades, sino producto del trabajo de una de las mentes más lúcidas del país.

Este libro, en cuya investigación se ha invertido más de una década, devela a quienes desde la esfera del poder planearon y diseñaron, antes y durante el movimiento estudiantil, modelos de organización y conducción social vinculados a la propaganda con el propósito de que los horrores, los abusos y los excesos se asumieran como algo normal.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Los cientos de documentos históricos consultados, el acervo acumulado en casi dos décadas y las entrevistas a personajes que conocieron de primera mano o presenciaron los hechos de 1968, permiten adentrarse en los caminos subterráneos del sistema político: los submundos de mentiras, traición y engaño.

1968, modelo para (des)armar

Para entender lo ocurrido antes, durante y después del movimiento estudiantil, es necesario desarmar los acontecimientos más relevantes.

Por ejemplo, la extraña sincronía entre la pelea callejera ocurrida el 22 de julio en la Ciudadela y la estrategia de propaganda puesta en marcha desde varias instituciones del Estado, entre ellas la Secretaría de Gobernación.

De las sombras de los pasillos del antiguo Palacio de Bucareli emergerá a la superficie una figura deslumbrante, un pensador de “esos que en Europa se dan cada 100 años”, como lo definieron en su momento algunos de sus contemporáneos; un hombre discreto, un filósofo desbordado de saber y que también les habló al oído al menos a tres presidentes de la República, entre ellos Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría Álvarez.

Esa mente brillante decidió operar desde la oscuridad y servir al poder político. Escarbó en las entrañas del ser del mexicano, pero también desarrolló estrategias de propaganda para sembrar en la mente de millones de mexicanos ideas que justificaran y legitimaran los abusos del poder. Autor de hondos ensayos filosóficos, también prestó su talento e inteligencia para elaborar execrables libelos y textos anónimos para desprestigiar al movimiento estudiantil y a los sectores intelectuales que lo apoyaban. Sus actividades no eran por completo desconocidas para sus pares intelectuales y políticos, quienes en su momento prefirieron callar y no hablar de ello.

La influencia del trabajo político de este filósofo comenzó en los años sesenta, pero alcanzó su mayor impacto en los años setenta, cuando Luis Echeverría llegó al poder; eran los años de la guerra sucia en México, tiempos de torturas y desapariciones.

Igual de relevante es la historia cuyos hilos muestran que la intervención militar como salida al conflicto estudiantil no fue casual, sino que respondió a un afinado plan que, al cabo de un par de semanas, llevó al Ejército Mexicano a caer en la trampa del 2 de octubre.

La información revisada y los documentos que ahora salen a la superficie muestran que durante ese verano del 68 hubo una serie de claves que anunciaban la masacre y quiénes fueron los militares cuya participación funcionó como una de las piezas determinantes para que ocurriera de manera tan precisa.

El papel de los altos mandos del Estado Mayor Presidencial (EMP) en la conspiración es fundamental para el desenlace que conocemos. En las siguientes páginas desarmaré con detalle cómo se fue preparando la operación, los planes, los manuales. Los nombres que aún faltaban por descubrir.

Otras migajas en el camino

Pocos trabajos testimoniales o de investigación han reparado en el papel que en esos días desempeñó La Prensa, un periódico popular que, por esa misma razón, se había relegado de los esfuerzos para entender lo ocurrido en nuestro 68.

Esa condición, la de un diario dirigido a un sector específico de la población, lo hizo, hasta ahora, invisible a la mirada crítica de muchos estudiosos que, durante años, revisaron los registros de los diarios dirigidos a la clase media e intelectual.

Algunas de las ideas e interpretaciones que leerá en estas páginas son resultado de años de inmersión en los archivos del pasado mexicano. Éstos me han enseñado el valor de la prudencia, aun así, es probable que algunas interpretaciones parezcan insostenibles.

En estos casos, me acogeré a la concepción central del historiador Robert Darnton, cuando habla del riesgo que implica explicar los actos humanos a partir de los documentos. Hago mía esta tesis:

Ningún historiador puede meterse en la cabeza de los muertos o, para el caso, en la de los vivos, aun si a éstos se les puede entrevistar para estudios de historia contemporánea. Sin embargo, con suficientes documentos podemos detectar patrones de pensamiento y acción […] con un caudal suficientemente vasto de evidencias podemos dilucidar los supuestos subyacentes y las actividades encubiertas de los funcionarios encargados de vigilar la palabra impresa.1

De manera ineludible, la investigación toca el papel que representaron intelectuales, empresarios, medios de comunicación y periodistas en aquellos años. Al mismo tiempo, necesariamente, aborda la relación entre los intelectuales y el poder político, y cómo, al menos durante dos décadas, el pensamiento y las ideas acompañaron —y en algunos casos legitimaron de manera directa e indirecta— los abusos y excesos del sistema político.

En algún momento de la elaboración de este libro surgió una duda: ¿hay algo más seductor para un intelectual que el saber y el conocimiento? La investigación ha arrojado una respuesta: sí. Existe algo más hondo que el conocimiento: el poder terrenal, el poder concreto. El que se experimenta, se siente, se ejerce, el que se vive y no sólo se teoriza o imagina.

Las debilidades más profundas del ser humano se encuentran conectadas con el placer del ejercicio del poder en todas sus variantes. De las múltiples formas de poder, la más seductora es, quizá, saber y sentir que las ideas tienen un efecto en la vida de los otros.

Por esa razón, intelectuales, políticos y militares se desvelan para que sus palabras lleguen a las habitaciones de quienes ejercen el poder: el rey, el príncipe, el papa, el tirano, el dictador, el presidente. Para que sus ideas se instalen en la mente y el espíritu de quien toma las decisiones e influyan en los actos humanos concretos.

Por eso buscan la cercanía con el poder. Desean no sólo escuchar a los poderosos, sino que los poderosos los escuchen a ellos; que sus palabras fluyan directamente a sus oídos, como un susurro en la alcoba y en las sombras. “La embriaguez más peligrosa es la del poder sobre los hombres”, decía Stefan Zweig.2

Estas pasiones tan humanas lo mismo pueden aplicarse, sin lastimar a nadie del mundo intelectual, al mundo de los militares. Por ahí cruzaron las decisiones, las traiciones, las venganzas que tejieron la otra parte de la masacre del 2 de octubre.

Nada, nadie es presente sin pasado

Muchas de las historias que han ajustado la oxidada e incómoda memoria de nuestro pasado reciente en los últimos 20 años provienen de cientos de documentos.

La mayoría de las investigaciones que realicé para este trabajo nacieron en las miles de cajas que descansaban al menos hasta 2015 en el Archivo General de la Nación (AGN). Sin estos archivos, sería imposible atar piezas, cabos, hilos de una parte de nuestra memoria histórica. No somos nada sin pasado.

Hacer explícito el origen de estos papeles se hace por lo tanto más que necesario. La información ha surgido de los fondos de las secretarías de Gobernación y Relaciones Exteriores, la Dirección Federal de Seguridad (DFS), el Ejército, entre otras fuentes.

¿Cómo sobrevivieron a la destrucción, casi obvia, archivos con tal cantidad y calidad de contenidos? La versión que conozco está conectada, de manera recurrente, con el rencor y el resentimiento de un personaje agraviado por un sistema político que de última hora decidió no heredarle la Presidencia de la República. En un acto marcado por el ácido sabor de la venganza, decidió guardarlos. Después, el azar y el destino harían su tarea.

El hombre que durante décadas cuidó el fundamental acervo de la DFS contó que estas cajas sobrevivieron gracias a las diferencias exacerbadas al final entre Luis Echeverría Álvarez y Mario Moya Palencia, cuando el primero optó por José López Portillo, su amigo de la adolescencia y juventud, para sucederlo en el Ejecutivo.

En lugar de destruirlos, Moya Palencia, entonces titular de Gobernación, resguardó los archivos como parte de su venganza por haber sido eliminado de la carrera por el poder. Cuidó que sobrevivieran.

Quizás fue la mejor manera de expulsar el odio de aquella tarde lluviosa cuando supo que no sería el ungido: “¡Que se chinguen, que se vayan a la chingada todos!”, dicen que gritaba lleno de furia cuando salió de su oficina. Entre las manos llevaba papeles que caían sobre los mojados y enlodados adoquines. Pasada un poco la furia, ordenó que recuperaran los documentos y los guardaran.3

En el momento en que escribo estas líneas, esos documentos y muchos otros se han cruzado en ese punto donde los caminos del destino y la casualidad se encuentran. Lo que guardaban las cajas del acervo de Gobernación destruye viejas historias y muestra nuevas versiones, reajustando de fondo nuestra historia colectiva.

El año de 1968 fue el gran laboratorio para las otras formas de poder: el poder de la razón y el poder de las armas. Una alianza casi perfecta. Apostando a una tesis muy atrevida, por medio de esta alianza se llevó a cabo un fino, terso e invisible golpe de Estado, lo cual consolidó una larga tiranía invisible.

Qué, cómo, dónde, quiénes y por qué lo hicieron, de eso es de lo que trata este libro.


1 Robert Darnton, Censores trabajando. De cómo los Estados dieron forma a la literatura, México, FCE, 2014.

2 Stefan Zweig, La curación por el espíritu, Barcelona, Acantilado, 2006.

3 Jacinto Rodríguez Munguía, La otra guerra secreta. Los archivos prohibidos de la prensa y el poder, México, Debate, 2007.

PRIMERA PARTE

DÍA CERO

El “nuevo propósito” o donde comienza la (otra) historia

—¿No cometo una mala acción? —preguntaba.

—¿Y yo? —replicaba fray Giuseppe.

—Pues… también vos —respondía con timidez, bajos los ojos, el monje.

En esos momentos, con gran llaneza, fray Giuseppe le explicaba que la tarea del historiador es un verdadero embrollo, una impostura, y que significaba mayor merecimiento inventar la historia que transcribirla, sin más ni más, a partir de viejos folios, de antiguas lápidas de viejos mausoleos. Además, en todo caso, era mucho más laborioso inventarla: por ende, honestamente, las fatigas que ambos emprendían eran dignas de una compensación más importante que la que premiaba a un historiador verdadero, a un historiógrafo que gozara de nombradía, pagas y prebendas.

—Toda una impostura. La historia no existe.

LEONARDO SCIASCIA,
El archivo de Egipto

Este trabajo no podía tener un mejor comienzo.

Estas 70 palabras de la ficha parten la historia y son, al mismo tiempo, un punto de inicio de otras historias. Ahí yace parte de la complejidad humana.

Por eso cuando asoma la punta de un hilo, se debe jalar con cuidado, poco a poco, para ir entrando en el complicadísimo laberinto histórico que se diseñó para perdernos, sin un hilo de guía, sin una luz que nos ayudara a ver quién y con qué propósitos estaban haciendo la historia de México.

Desgranemos la carta:

Señor secretario:

El proyecto de GRANERO POLÍTICO fue hecho según sus instrucciones, y aprovechando ideas y hasta varias páginas completas de los artículos antes preparados, aunque todo el material se pulió y orientó en función del nuevo propósito.

Estimo que sería muy conveniente pasarlo en limpio para eliminar la diferencia en tipos mecanográficos, y las correcciones manuscritas.

Respetuosamente.
Lic. Mario Moya Palencia
México, D. F., 31 de agosto de 1968.
9 a. m.

Esta carta, inofensiva en apariencia, es uno de los puntos ciegos donde se quedaron ocultas varias claves que desataron sucesos inesperados en dos universos que se atraen y se repelen: los intelectuales y el poder político. Aquí se quedó atrapado el inicio de una ruta distinta de la historia que nadie llegó siquiera a sospechar.

Tuvieron que pasar todos estos años para que el contenido de este mensaje alcanzara la madurez y estuviéramos en posibilidad de comprender sus implicaciones sociales, políticas e históricas. Es inevitable detenernos, hacer un ejercicio de análisis detallado en esa singular tarjeta.

A partir de la fecha, sabemos que el mensaje iba dirigido al entonces secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez. No se trataba de un informe cualquiera de su subalterno, Mario Moya Palencia. Siendo estrictos, era la confirmación del cumplimiento de una orden que había dado el mismo Echeverría, en este caso, del proyecto llamado Granero Político, el cual hasta ahora no se había expuesto de manera general o como una idea abierta.

Según las palabras de Moya, se hizo según sus instrucciones. Es importante dar todo el sentido que contienen estas palabras, pues implica que fue el mismo Echeverría quien, con claridad y precisión, dijo lo que quería que se hiciera, cuál era su concepto del proyecto. Podría haber escrito Moya Palencia: se hizo según las ideas que platicamos o que usted nos comentó o las sugerencias, pero no, fueron instrucciones. No el proyecto que sus burócratas quisieran, sino el que Echeverría quería que se hiciera.

Siguiente: y aprovechando ideas y hasta varias páginas completas de los artículos antes preparados. Si entendemos bien, Granero Político no era del todo nuevo, no en su contenido. Sin enunciar con precisión cuál es su antecedente, de manera implícita se asoma un antecedente, ideas y hasta varias páginas completas. Más pistas: tiene que ver con escritos que se han elaborado previamente, por lo menos antes de que diera las instrucciones de crear el proyecto.

Más huellas: de los artículos antes preparados. El universo de análisis se va reduciendo. Ideas, páginas y artículos. En este momento sabemos que Granero Político tiene que ver con artículos. Esto nos lleva directamente a artículos publicados o publicables. Hasta ahora desconocemos si en un periódico o una revista, pero el término artículo hace referencia a uno de los llamados géneros periodísticos: el artículo, que para más precisión sería el de opinión.

Nos acercamos al mundo de la prensa aún sin conocer nada más que eso. Pero se agregan datos: este tipo de artículos tiene un antecedente. No está naciendo a partir de las instrucciones que para este caso había dado Echeverría. Nos informa también que en cierto modo Echeverría sabe de esas otras ideas, páginas y artículos antes preparados.

Luego viene este complemento del párrafo que le da otro sentido a la historia: aunque todo el material se pulió y orientó en función del nuevo propósito. Es decir, las ideas, las páginas, los artículos, todo el material, había entrado en un proceso de revisión y perfeccionamiento. Pulir no solamente es copiar o pasar a otro formato, sino mejorar o superar los artículos ya hechos. Darles un mejor acabado, tanto en la forma como en el contenido. Más aún, este perfeccionamiento tenía un claro objetivo: orientarlo hacia el nuevo propósito. El trabajo debía cumplir una función específica que hasta ahora sólo sabemos que se trata del nuevo propósito.

El nuevo propósito… el nuevo propósito… el nuevo propósito.

Uno tendría que ser muy indiferente a los mensajes del poder para no preguntarse a qué se refería Moya Palencia con ese nuevo propósito. ¿Hacía qué tipo de propósito se orienta el material? Y por supuesto, si es nuevo, debe de haber otro que no es nuevo o no tan nuevo. Y desde cuándo existía ese otro proyecto que no se define en estas líneas.

No solamente ha cambiado el proyecto o se habrá de modificar, sino, aún más importante, el propósito mismo. Hay un ajuste de intenciones y objetivos: de propósitos de quien dio las instrucciones, de Luis Echeverría Álvarez.

Estimo que sería muy conveniente pasarlo en limpio para eliminar la diferencia en tipos mecanográficos, y las correcciones manuscritas. El segundo y último párrafo agrega información sobre el proyecto. Hay detalles sobre el estado en que se encontraban algunos de esos materiales, de esos artículos. Pormenores como la unificación de criterios mecanográficos y correcciones.

En el momento en que se elaboró este documento, Moya Palencia era presidente del Consejo de Administración y Presidente de Pipsa1. En teoría, era el personaje con mayor poder luego de Echeverría y del presidente; y el hombre de todas las confianzas del secretario de Gobernación.

Importa y mucho el que Mario Moya Palencia, a diferencia de otros funcionarios y directores de otras áreas del gobierno, fuera tan rigurosamente formal y cuidadoso en conservar todos sus documentos. Cuando nos encontramos con ésa y otras fichas2 de trabajo, tan inusuales en esa época, siempre llamó la atención que Moya Palencia fuera tan “transparente”. La gran mayoría de sus tarjetas las elaboró a manera de fichas con el sello de su cargo público y su firma; incluso las tarjetas que existen en el fondo del AGN son las originales, en ellas está el tiempo y la historia.

Si seguimos la línea de mando, las tarjetas no debieron pasar por otras manos que no fueran directamente las del mismo Moya Palencia hacia su jefe directo: Echeverría. Por lo tanto, las cajas donde quedaron confinadas eran de la oficina de Moya o, si acaso, de alguno de los secretarios particulares de Echeverría. Es difícil imaginar que este tipo de información del más alto nivel llegara a oficinas o burócratas con una jerarquía menor. Tampoco bajó a los subterráneos de la inteligencia, la misma Dirección General de Investigaciones Políticas y Sociales (DGIPS) o la Dirección Federal de Seguridad (DFS), las cuales dependían directamente de Gobernación y de Luis Echeverría.

Finalmente, la fecha y la hora, dos datos claves: México, D. F., 31 de agosto de 1968, a las nueve de la mañana. ¿No es una hora inusual? ¿Por qué la anotó? ¿Por qué era tan importante? Hay otros miles de documentos con los que me encontré de Moya Palencia que no tienen ese dato final. Sabemos que Echeverría era un obsesivo del tiempo y la eficiencia; sabemos de su obsesión por que todo se hiciera siempre temprano. ¿Será ésa la razón? Si el sentido común suele ser una buena herramienta para la explicación de las cosas sencillas, me pregunto por qué uno querría dejar asentada la hora en la que se hace tal o cual trabajo.

Siguiendo todavía con el sentido común, se trataba de dejar registro de la hora en que se concretaba el proyecto, Granero Político. Acaso quiso dejar pistas para la historia, o simple y llanamente ese día a Moya Palencia le dio la gana poner la hora como remate final. Lo que sea, ahí quedó: 9 a.m.

El porqué de la importancia de anotar la hora tal vez nunca tenga explicación, pero casi todos los elementos acá descritos sí la tienen.

La fecha corresponde al día en que se envió la tarjeta, el informe. El origen real del Granero Político, su primera aparición, es el domingo 21 de julio, casualmente un día antes del primer conflicto que se ha registrado como el que abrió las puertas de las protestas callejeras que derivarían en el gran movimiento estudiantil. Casualidades que no lo son tanto.

Sólo con el paso del tiempo, y sólo en algunas ocasiones, llegamos a ver lo que se fue quedando en esos ángulos perdidos y oscuros, entre los pliegues del olvido de la historia.

Dice Néstor Rodríguez, profesor de sociología de la Universidad de Texas, en Austin, mi mentor y guía en esta investigación, que una de las responsabilidades de los historiadores no es solamente explicar lo que pasó y cómo pasó, sino también por qué pasó y, más aún, por qué pasó así y no de otro modo, sobre todo cuando los muros que sostienen la historia se cimientan sobre sótanos y subterráneos.

Y la fecha. 31 de agosto de 1968 es la fecha en la cual cumplieron las instrucciones. El registro puntual de la obediencia, de la tarea cumplida.


1 Apenas el 21 de mayo había renunciado a su cargo como director general de Cinematografía. Pipsa era la distribuidora de papel del gobierno. Desde ahí se controlaba también a los medios impresos, que en aquella época tenían una de las más grandes influencias sobre la información.

2 Las fichas de trabajo que acostumbraba hacer Mario Moya Palencia medían 7.5 x 15 cm. Este modelo no era usual en la mayoría de los funcionarios.

Granero Político: la máquina de la (otra) historia

Como todo buen documento de archivo, la tarjeta de Moya Palencia abre infinidad de puertas hacia el pasado. Una lista de preguntas que se van acumulando, que se vuelven obligatorias y elementales:

La pregunta más obligada y urgente: ¿existió o no ese proyecto de Granero Político? ¿Existieron esos artículos que enuncia el mensaje de Moya Palencia? ¿Hubo un antecedente de Granero Político? Si existió, ¿dónde se publicaba? ¿A qué nuevo propósito se refiere? ¿Cómo se llegaría a ese nuevo propósito? ¿Cuál sería la ruta? ¿Quiénes serían los encargados de la elaboración del proyecto, de su ejecución?

Primera respuesta: sí existió.

Antes del encuentro con la tarjeta de Moya Palencia, en cajas previas se habían hallado racimos de largos artículos periodísticos. En apariencia nada extraordinarios como para detenernos en ellos.

Luego de revisar miles y miles de documentos, uno termina evadiendo muchos. Así como esos textos, en esas cajas hay decenas de miles de recortes periodísticos. Los periódicos y las revistas de esa época eran una fuente elemental tanto para los analistas de Gobernación como para los aparatos de la policía política, DGIPS, DFS, y para las estructuras de inteligencia de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena).

En ese contexto, los artículos con el título de Granero Político no eran más que huesos de muchos cadáveres periodísticos entre ese inmenso cementerio de papel1. Aun así, si consideramos que algunos eran resultado de lo que los aparatos de la policía política cosechaban, entonces en ellos también podría haber pistas de muchos de los contenidos de los archivos. Y así se comenzaban a levantar cantidades inmensas del polvo de la historia.

La mayoría de los recortes de Granero Político, esos guiños que anunciaban algo más en la hondura de los papeles, estaban acompañados por un fajo de hojas con manuscritos. Se trataba de un auténtico tesoro para paleógrafos y lingüistas: párrafos completos eliminados, tachonados y marcados, cruces de palabras, frases sobrepuestas, anotaciones en los márgenes, observaciones de un lector acucioso, obsesivo.

Fue el encuentro con la tarjeta de Moya Palencia a Echeverría lo que le dio un giro a todo. La tarjeta funcionó como una extraña llave que abría puertas detrás de las cuales había respuestas y revelaciones insospechadas e inimaginables. Una historia de historias que no se debía saber.

Con cada lectura de esas columnas periodísticas surgían otras dudas que quedaban clavadas en las libretas, dudas permanentes, de ésas que desvelan: ¿quién hacía y reescribía estas columnas? ¿Quién ajustaba, diseñaba y reescribía la historia? ¿Quién era ese demiurgo, ese operador que quitaba y ponía las tuercas, que aceitaba o detenía la máquina de la historia? ¿Quién urdía con el polvo de estos huesos esos ensayos, esos trabajos de la más fina propaganda política? ¿Quién o quiénes?

Un mundo tejido de submundos encriptados: los del espionaje, los rumores del poder, los destinos bajo control. Todo urdido, semana a semana, por alguien de quien no se sabía más que su seudónimo: el Sembrador.

En los primeros años de estos largos textos, una viñeta acompañaba al seudónimo. En los trazos, un campesino mexicano va soltando granos de maíz sobre un campo árido, y a sus espaldas hay cuervos que acechan las semillas.

Esta sencilla idea e imagen del Sembrador tiene una raíz simbólica y, concretamente, bíblica: la parábola del sembrador.

Salió un sembrador a sembrar. Al sembrar, unas semillas cayeron junto al camino, vinieron las aves y se las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso con poca tierra. Al faltarles profundidad, brotaron enseguida, pero al salir el sol se marchitaron, y como no tenían raíces se secaron. Otras cayeron entre espinos: crecieron los espinos y las ahogaron. Otras cayeron en tierra fértil y dieron fruto: unas cien, otras sesenta, otras treinta.2

En El siglo de los intelectuales3, Michel Winock cita a Jean Jaurès en uno de sus textos contra Émile Zola —quien siempre defendió la inocencia de Alfred Dreyfus— donde usa la siguiente metáfora: “Detrás del sembrador de gesto amplio se abaten los pájaros voraces que se aprovechan de las semillas de justicia antes de que puedan germinar”.

Aquí volveré una y otra vez a levantar muchas de las semillas de la siembra del Sembrador y a mirar con más detalles por qué todo esto formaba parte de un cálculo propagandístico. Se trataba de un sembrador que no solamente sembró ideología coyuntural para un gobierno, un presidente o un político en turno, sino que sembró las semillas que echarían raíces hondas en una conciencia colectiva para consolidar a un sistema político, del que todos, de muchas maneras, somos parte activa.

Nada parecía ya ser casual.


1 Tomo prestada esta frase del excelente título de la novela de Fritz Glockner: Cementerio de papel, México, Ediciones B, 2006.

2 Mc 4,1-12; Lc 8,4-10. Luis Alonso Schökel, La Biblia de nuestro pueblo. Biblia del peregrino. América Latina, Bilbao, Ediciones Mensajero, 2009.

3 Michel Winock, El siglo de los intelectuales, Barcelona, Edhasa, 2010. En 1894 Alfred Dreyfus, militar francés de origen judío, fue acusado de traición por, supuestamente, servir a la inteligencia militar alemana. Fue condenado. El caso polarizó a la sociedad francesa y representó, a decir del autor, el p ...