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LA CONSPIRACIóN DEL 68

Jacinto Rodríguez Munguía  

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Fragmento

Introducción

Como toda historia humana que aborda el apetito por el poder, la que culmina trágicamente el 2 de octubre de 1968 está marcada por la traición, la intriga, la conjura. Ésta es la tesis central de este libro: la matanza de Tlatelolco es el resultado natural de una conspiración política y militar, con la intervención de un prominente y casi desconocido personaje de la esfera intelectual mexicana. Esta obra documenta una trama de secretos, traiciones y utopías, quiénes y por qué participaron en ella.

Lo que leerá a continuación modifica, en gran medida, lo que hasta ahora conocíamos sobre muchos políticos, militares e intelectuales (escritores, filósofos, poetas), y demuestra lo que durante largos años sólo fue sospecha: que el sutil control social ejercido por el poder político en México sobre los ciudadanos no fue resultado de una serie de casualidades, sino producto del trabajo de una de las mentes más lúcidas del país.

Este libro, en cuya investigación se ha invertido más de una década, devela a quienes desde la esfera del poder planearon y diseñaron, antes y durante el movimiento estudiantil, modelos de organización y conducción social vinculados a la propaganda con el propósito de que los horrores, los abusos y los excesos se asumieran como algo normal.

Los cientos de documentos históricos consultados, el acervo acumulado en casi dos décadas y las entrevistas a personajes que conocieron de primera mano o presenciaron los hechos de 1968, permiten adentrarse en los caminos subterráneos del sistema político: los submundos de mentiras, traición y engaño.

1968, modelo para (des)armar

Para entender lo ocurrido antes, durante y después del movimiento estudiantil, es necesario desarmar los acontecimientos más relevantes.

Por ejemplo, la extraña sincronía entre la pelea callejera ocurrida el 22 de julio en la Ciudadela y la estrategia de propaganda puesta en marcha desde varias instituciones del Estado, entre ellas la Secretaría de Gobernación.

De las sombras de los pasillos del antiguo Palacio de Bucareli emergerá a la superficie una figura deslumbrante, un pensador de “esos que en Europa se dan cada 100 años”, como lo definieron en su momento algunos de sus contemporáneos; un hombre discreto, un filósofo desbordado de saber y que también les habló al oído al menos a tres presidentes de la República, entre ellos Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría Álvarez.

Esa mente brillante decidió operar desde la oscuridad y servir al poder político. Escarbó en las entrañas del ser del mexicano, pero también desarrolló estrategias de propaganda para sembrar en la mente de millones de mexicanos ideas que justificaran y legitimaran los abusos del poder. Autor de hondos ensayos filosóficos, también prestó su talento e inteligencia para elaborar execrables libelos y textos anónimos para desprestigiar al movimiento estudiantil y a los sectores intelectuales que lo apoyaban. Sus actividades no eran por completo desconocidas para sus pares intelectuales y políticos, quienes en su momento prefirieron callar y no hablar de ello.

La influencia del trabajo político de este filósofo comenzó en los años sesenta, pero alcanzó su mayor impacto en los años setenta, cuando Luis Echeverría llegó al poder; eran los años de la guerra sucia en México, tiempos de torturas y desapariciones.

Igual de relevante es la historia cuyos hilos muestran que la intervención militar como salida al conflicto estudiantil no fue casual, sino que respondió a un afinado plan que, al cabo de un par de semanas, llevó al Ejército Mexicano a caer en la trampa del 2 de octubre.

La información revisada y los documentos que ahora salen a la superficie muestran que durante ese verano del 68 hubo una serie de claves que anunciaban la masacre y quiénes fueron los militares cuya participación funcionó como una de las piezas determinantes para que ocurriera de manera tan precisa.

El papel de los altos mandos del Estado Mayor Presidencial (EMP) en la conspiración es fundamental para el desenlace que conocemos. En las siguientes páginas desarmaré con detalle cómo se fue preparando la operación, los planes, los manuales. Los nombres que aún faltaban por descubrir.

Otras migajas en el camino

Pocos trabajos testimoniales o de investigación han reparado en el papel que en esos días desempeñó La Prensa, un periódico popular que, por esa misma razón, se había relegado de los esfuerzos para entender lo ocurrido en nuestro 68.

Esa condición, la de un diario dirigido a un sector específico de la población, lo hizo, hasta ahora, invisible a la mirada crítica de muchos estudiosos que, durante años, revisaron los registros de los diarios dirigidos a la clase media e intelectual.

Algunas de las ideas e interpretaciones que leerá en estas páginas son resultado de años de inmersión en los archivos del pasado mexicano. Éstos me han enseñado el valor de la prudencia, aun así, es probable que algunas interpretaciones parezcan insostenibles.

En estos casos, me acogeré a la concepción central del historiador Robert Darnton, cuando habla del riesgo que implica explicar los actos humanos a partir de los documentos. Hago mía esta tesis:

Ningún historiador puede meterse en la cabeza de los muertos o, para el caso, en la de los vivos, aun si a éstos se les puede entrevistar para estudios de historia contemporánea. Sin embargo, con suficientes documentos podemos detectar patrones de pensamiento y acción […] con un caudal suficientemente vasto de evidencias podemos dilucidar los supuestos subyacentes y las actividades encubiertas de los funcionarios encargados de vigilar la palabra impresa.1

De manera ineludible, la investigación toca el papel que representaron intelectuales, empresarios, medios de comunicación y periodistas en aquellos años. Al mismo tiempo, necesariamente, aborda la relación entre los intelectuales y el poder político, y cómo, al menos durante dos décadas, el pensamiento y las ideas acompañaron —y en algunos casos legitimaron de manera directa e indirecta— los abusos y excesos del sistema político.

En algún momento de la elaboración de este libro surgió una duda: ¿hay algo más seductor para un intelectual que el saber y el conocimiento? La investigación ha arrojado una respuesta: sí. Existe algo más hondo que el conocimiento: el poder terrenal, el poder concreto. El que se experimenta, se siente, se ejerce, el que se vive y no sólo se teoriza o imagina.

Las debilidades más profundas del ser humano se encuentran conectadas con el placer del ejercicio del poder en todas sus variantes. De las múltiples formas de poder, la más seductora es, quizá, saber y sentir que las ideas tienen un efecto en la vida de los otros.

Por esa razón, intelectuales, políticos y militares se desvela

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