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LA CONSPIRACIóN

José Luis Trueba Lara  

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Fragmento



Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Primera parte. La logia y el golpe de Estado (1821-1823)

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

Segunda parte. La guerra masónica (1821-1823)

I

II

III

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

Epílogo

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Notas

Créditos

Grupo Santillana

A Demián,

en lotananza,

mientras espero su regreso.

A Patty,
por esperar a mi lado.


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Nueva España: 1820. Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, José María Morelos han muerto. Ellos, al igual que la mayoría de los oficiales insurgentes, terminaron sus días en el paredón o el campo de batalla. Sin embargo, la guerra aún no estaba decidida. Vicente Guerrero y Guadalupe Victoria, junto a otros pequeños grupos armados, enfrentaban los ataques del ejército realista.

En mayo de aquel año, las autoridades novohispanas juraron la Constitución de Cádiz, que limitaba los poderes de la monarquía y abría las puertas al liberalismo. Sin embargo, los hombres más poderosos de la colonia no estaban dispuestos a permitir que las nuevas leyes transformaran Nueva España, por lo que decidieron apoyar a uno de los militares realistas más sanguinarios: Agustín de Iturbide, quien pactaría la unión de sus tropas con las de Vicente Guerrero para consumar la independencia.

El 24 de febrero de 1821, Iturbide y Guerrero suscribieron el Plan de Iguala, en el que se establecía la independencia de México, se asumía el catolicismo como la religión de la nueva nación y se reconocía la unión de los novohispanos; bajo estos tres principios crearon el Ejército Trigarante. Poco a poco, los antiguos enemigos de Iturbide se sumaron al plan y, en agosto de ese año, él suscribió los Tratados de Córdoba con el último virrey, en los que se garantizaba la independencia de Nueva España. El nuevo país sería libre, pero estaría gobernado por los monarcas españoles. Iturbide estaba seguro de que los reyes de España rechazarían el acuerdo y él se convertiría en el hombre fuerte del naciente Imperio Mexicano.

PRIMERA PARTE

 LA LOGIA Y EL GOLPE DE ESTADO
 (1821-1823)

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I

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El día que las tropas entraron a la capital del reino, todo se jodió sin que los antiguos insurgentes pudieran meter las manos. Los once años y once días de guerra no auguraban un buen futuro: a pesar de las palabras y las promesas, muchas heridas aún permanecían abiertas en ambos bandos. Para colmo de las desgracias, los grados que obtuvieron a fuerza de sangre perdieron su valor después de que ellos se sumaron a los planes de Agustín de Iturbide: los verdaderos insurgentes, los hombres que se jugaron la vida con Morelos, ya no eran generales ni generalísimos, sólo eran unos fantoches vestidos con casacas bordadas con hilos de oro, la comparsa del coronel que fue su enemigo y que ahora, en el desfile, se presentaba como el único padre del reino que estaba a punto de ser parido.

Ninguno de los oficiales de Morelos marchó con Iturbide al frente del Ejército de las Tres Garantías: él no quería compartir la gloria, no podía permitir que le robaran un aplauso. El 27 de septiembre del año de gracia de 1821, los insurgentes ya no importaban gran cosa: de unos pocos apenas quedaban los pálidos recuerdos de su decencia y la seguridad de su buena sangre; de la mayoría apenas se tenía la certeza de que ni siquiera eran españoles a medias: ellos tenían las patas rajadas, eran un atajo de zafios, prietos y pintos que amenazaban a los bien nacidos.

Mientras la mayoría de los oficiales que guerrearon con el monstruo de Carácuaro —el insurgente que mereció que se fundiera el cañón que recibiría por nombre Matamorelos— avanzaba casi al final de la columna, Iturbide fingía modestia y le pedía a la plebe que dejara de gritarle vivas como futuro emperador de la América Mexicana. Sin embargo, los hombres de pelos y carácter hirsuto, de mugre ancestral y notorias costillas nunca lo obedecieron: sus gritos siguieron ahogando el ruido de los cascos que golpeaban los adoquines y las piedras pulidas.

En esos momentos —entre los pendones que adornaban los balcones de las casas del Paseo Nuevo y al paso de un contingente que se uniformó gracias a los préstamos que algunos tuvieron que darle— ninguno de los generales insurgentes imaginó que los léperos y los miserables recibirían unos reales a cambio de sus aullidos. El fin de la guerra y la certeza de la independencia les parecían suficientes para explicar el clamor de los desharrapados. Sí, tuvieron de pasar unos días para que ellos se enteraran de que un oscuro sargento de apellido Marcha los había reclutado en los barrios más espantosos.

—Rómpete el gañote y que no te importe si don Agustín te pide que te calles —le dijo el militar a cada uno de los muertos de hambre que ansiaban tener unas monedas para comprarse un pambazo y empulcarse a la salud de su nuevo mandamás.

Los hombres de Morelos avanzaban sin decir esta boca es mía y, al llegar frente al arco que se levantó en honor de Iturbide, lo vieron rechazar las llaves de oro de la ciudad con un brevísimo discurso que sólo mostraba lo que no era.

—¡Soy un libertador, no un conquistador! —exclamó ante el alcaide.

Los capitalinos miraron su desdén como la enésima prueba de gallardía y modestia. Ésa, según los espectadores, era la verdadera muestra de su corazón inmaculado, la seguridad absoluta de que él impediría venganzas y escabechinas.

Después de esto, Iturbide se trepó en su caballo y le espoleó los hijares para reanudar el paso. La gente le aplaudió y los insurgentes siguieron marchando con el ninguneo a cuestas, aunque algunos —como Vicente Guerrero y Guadalupe Victoria— se sentían gloriosos con un uniforme recién teñido o con una levita perfectamente cortada. Ellos, un multado y un loco apenas atreguado, nunca se habían puesto una casaca cuajada de brillantes garigoles ni un traje confeccionado con buena tela; en las montañas del sur y las selvas veracruzanas esos lujos eran imposibles para la gente de su calaña: el prieto y el mestizo venido a menos nunca tuvieron la suficiente plata para comprarse un traje decente, la poca que tenían inexorablemente terminaba en las cantinas y los burdeles.

Al cabo de unas cuantas manzanas, el desfile torció su camino para que Iturbide y las tropas pasaran frente a la casa de la mujer que le abría las piernas mientras se llenaba la cabeza con blasones. Casi todos sabían de sus amoríos con María Ignacia Rodríguez, la Güera que emputeció para alcanzar la gloria que nunca pudo obtener por otros medios. Sólo Nicolás Bravo, uno de los insurgentes bien nacidos que apostó su vida y su fortuna a las campañas de Morelos, se dio cuenta de que el cambio de rumbo nada tenía que ver con la lujuria: las tropas tenían que desfilar frente a La Profesa, el templo donde el padre Matías Monteagudo decidió romper con la península para darle su apoyo a Iturbide y la independencia con tal de anular las herejías que los liberales y los masones de ambos hemisferios publicaron en Cádiz.

Según el clérigo y los conspiradores que lo apoyaban, era mejor que Nueva España se alejara de la Corona a que la Constitución de Cádiz rigiera su destino: una carta magna liberal y lejana del absolutismo, al igual que las leyes que seguían los pasos de los revolucionarios franceses que decapitaron a sus monarcas, eran inaceptables para quienes anhelaban la monarquía y el catolicismo. Para Monteagudo y los españoles de buena cuna, la posibilidad de que el reino se afrancesara era inadmisible: en sus venas no corría la misma sangre que tenían las castas cuyos nombres recordaban a los animales, ellos estaban convencidos de que la fe no podía distanciarse del poder y que el gobierno de los mulatos, los lobos, los zámbigos y los saltapatrás sería una fuente de horrores. La buena sangre, el catolicismo y la monarquía absoluta tenían que mantenerse a toda costa. Dios había hecho distintos a los hombres y las diferencias tenían que mantenerse: ningún liberal, ningún masón, podía enmendarle la plana al Creador de todo lo visible y lo invisible.

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Al llegar al palacio de los virreyes, Iturbide ocupó su lugar en el balcón que marcaba el corazón del edificio. Ahí estaba, en el centro del poder, flanqueado por el virrey O’Donojú, los clérigos más encumbrados, los aristócratas a cuyos escudos de armas les sobraban cuarteles y algunos de los generales realistas que a fuerza de conveniencias olvidaron sus raterías, sus escándalos de alcoba y, sobre todo, sus traiciones: después de encontrarse con Monteagudo, él le dio la espalda a la Corona y engatusó a Guerrero y los insurgentes que aún sobrevivían para sumar sus tropas y consumar la independencia con el apoyo de los grupos más conservadores del reino.

La victoria que Iturbide obtuvo con varias escaramuzas, unas cuantas batallas de poca monta y las bendiciones de Monteagudo blanquearon su nombre sin que nadie pudiera oponerse. Aunque todos los guardaban en su memoria, ninguno de los hombres que estaban en el balcón del palacio quería recordar los robos de plata y los asaltos a los arrieros que llevaban azogue a las minas de Guanajuato, esos hechos no podían opacar el buen nombre del único padre del reino. La memoria de sus acompañantes ya era un pliego inmaculado: los pueblos incendiados, las mujeres que fueron fusiladas por estar casadas con insurgentes y los niños que terminaron sus días aplastados por los cascos de los caballos, desaparecieron sin dejar rastro. Iturbide era el hacedor de la independencia, el Moisés que liberó a los mexicanos y, justo por eso, sus crímenes tenían que ser olvidados.

Las campanas de la catedral repicaron y las tropas desfilaron frente a Iturbide y los notables. Los oficiales del ejército de Morelos tampoco fueron invitados a contemplar el último acto de la victoria en los altos del palacio. Y casi lo mismo ocurrió en el solemnísimo Te Deum que se cantó en catedral, ellos tuvieron que conformarse con un lugar lejano del altar: la gran mayoría era parte de la chusma que no podía estar cerca del todopoderoso, del hombre que ya se asumía como Su Alteza Serenísima, Emperador, Amo y Señor de las tierras que estaban a punto de convertirse en el novísimo Imperio Mexicano.

Algunos —los más presentables y los que aún le merecían una pizca de agradecimiento— sólo volverían a verlo cuando la oscuridad se adueñara de la ciudad: a las ocho de la noche, en honor de Iturbide, se presentaría El califa de Bagdad en el Coliseo, el teatro que fue limpiado y engalanado para la ocasión. Las ochocientas butacas permitieron que los oficiales insurgentes más notorios fueran invitados sin poner en riesgo los verdaderos compromisos de Iturbide. Sin embargo, al terminar la ópera y los sentidísimos discursos, la selección de los asistentes fue mucho más dura: solamente unos pocos tendrían la dudosa fortuna de encontrarse con el padre del reino en el palacio de los virreyes, ahí se llevaría a cabo la cena a la que sólo estaban convidados los hombres más notables.

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Nicolás Bravo no aguantó mucho tiempo en su asiento. En realidad, a él no le importaba que los cantantes fueran malos o que la ópera se entonara en una lengua que no comprendía. Él apenas sabía unos cuantos latines que aprendió en la escuela y refrendó en las misas. Su título era el problema, las cuatro palabras que lo formaban eran un claro presagio que no podía pronunciarse sin miedo a las consecuencias: Iturbide, a menos que ocurriera un milagro, se convertiría en el califa del nuevo reino. A pesar de los once años y once días de guerra, el absolutismo de los monarcas españoles sería suplantado con el absolutismo de Iturbide, y la casa de los borbones sería reemplazada por una familia de criollos de Valladolid.

Nicolás abandonó su palco sin aspavientos, cuidó cada uno de sus movimientos para no llamar la atención de Iturbide y sus lamebotas. Necesitaba aire, quería estar más allá de las miradas y lejos de la presencia del que fuera su enemigo, del hombre que decapitó a muchas mujeres para exhibir sus cabezas clavadas en picas como advertencia para quienes se atrevieran a enfrentarse a los realistas, el ejército que también tenía estandartes con vírgenes y estaba formado por hombres idénticos a los suyos: muchos criollos y más castas dispuestos a matar a sus iguales sin tener del todo claros los motivos del combate.

Salió, se recargó en la pared y cerró los ojos.

Aunque recién había cumplido treinta y cinco, se sentía envejecido: la decepción y el ninguneo le cobraban todas las cuentas de un solo golpe. Los poco más de diez años que habían pasado desde el día en que él y su familia se sumaron a las tropas de Morelos lo marcaban irremediablemente; lo mismo ocurría con los hechos que se desataron desde enero, cuando él —después de recibir el indulto que le permitió abandonar la cárcel— se entrevistó con Iturbide y volvió a tomar las armas para luchar por la independencia, por la instauración de una monarquía que nunca más sería absoluta gracias a la Constitución de Cádiz. Pero esto, él lo sabía bien, ya era imposible.

Nicolás estaba convencido de que al nuevo reino le urgía un emperador, pero también estaba seguro de que ese lugar no le correspondía a Iturbide. El asesino de inocentes e insurgentes no tenía el tamaño necesario para conducir el imperio: lo suyo era la violencia y la soberbia, las mentadas de madre y las ansias de figuranza, los robos que se olvidaban a fuerza de componendas; de resto, Iturbide nada tenía que ofrecerle al Imperio Mexicano. Sin embargo, por más que lo pensaba, ningún nombre venía a su cabeza: llamar a los borbones, a los reyes de España, era absurdo, imbécil. ¿Qué sentido tendrían los once años de guerra si al final ellos volvían por sus fueros? Y, al recordar a sus compañeros de armas, la situación no era mejor: ninguno tenía el tamaño ni las luces para gobernar el Imperio Mexicano. Guerrero era incapaz de leer una línea y Victoria estaba enloquecido: los ataques con espumarajos le nublaban la mente y sus acciones eran perturbadoras. La vieja sífilis se le había enquistado en la sesera.

—¿Para qué matamos? —murmuró con la certeza de que nadie podía escucharlo.

A Nicolás le pesaban las demasiadas muertes, la sangre excesiva, las heridas que le sobraban en el cuerpo, la decepción que le quemaba el alma. Aunque él era uno de los padres del reino, tenía que conformarse con las sobras que Iturbide le dejaba.

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—¿Huyendo de la música mala, mi general? Por favor, no me diga que una pésima cantante lo hizo batirse en retirada —le preguntó Manuel Codorniu, el médico cetrino que llegó a la capital novohispana acompañando al último virrey, un personaje que, con tal de estar a la altura de los tiempos y la constitución gaditana, aún se hacía llamar jefe político.

Nicolás lo miró, no había dejo de burla en sus palabras, en ellas casi sonaba una voz fraternal, una broma amigable que lo obligaba a salir de las tinieblas. Codorniu quizá se había hartado de la ópera y buscaba a alguien con quién matar el tiempo que aún faltaba para que el telón cayera de manera definitiva.

Codorniu, a pesar de los contados encuentros que tuvieron antes de que los trigarantes entraran a la Ciudad de México, no le parecía un mal tipo: sus exigencias de que el nuevo reino debía de gastarlo todo en educación y no en fusiles, su moderadísimo liberalismo y sus inagotables propuestas para que Nueva España sanara de la guerra entre hermanos, le agradaban a pesar de que su apariencia revelaba una salud fantasmal, un mal impreciso del que uno podía contagiarse sin darse cuenta.

Pero los tiempos no estaban para confianzas, él tenía que cuidarse de las miradas y las palabras: a pesar de que Nicolás se había sumado al Plan de Iguala con el que Iturbide y Guerrero pactaron la unión de sus fuerzas para consumar la independencia del reino, Iturbide estaba seguro de que él era su enemigo.

—No, sólo quería refrescarme, ya no estoy para bullas, fueron muchas luces para un solo día.

—Pero también hay muchas oscuridades, ¿no le parece?

Nicolás prefirió no responder: las palabras de Codorniu tenían doble filo.

Con ganas de no mostrarse por completo, asintió con un leve movimiento de cabeza y con la mano derecha le apretó un poco el hombro a su interlocutor. Tenía que darle confianza, mostrarle cierta amistad, era mejor que él siguiera hablando a que metiera la pata irremediablemente: los hombres de Iturbide estarían felices de contarle que Nicolás quería traicionarlo. Así podrían refundirlo en la Real Cárcel de Corte, el lugar donde se encontraría con la muerte inexplicable: los suicidios y las fiebres casi siempre ocultaban los asesinatos de los enemigos presos.

—Sí mi general, usted y yo sabemos que el tiempo está muy oscuro: la tinta de los tratados que don Agustín y el virrey firmaron en Córdoba para pactar la independencia aún no se seca, y el futuro todavía no está claro. Asómese —dijo mientras señalaba una de las ventanas—, aunque todo está aluzado y la plebe anda enloquecida gritando vivas a la menor provocación, en el futuro únicamente hay negruras, sombras que la poca luz no puede borrar.

Codorniu guardó silencio durante unos segundos para asegurarse de que era dueño de la atención de Nicolás. Sus sospechas —a pesar de lo que afirmaban algunos de los suyos— casi estaban confirmadas: el general no era un hombre de Iturbide y terminaría sumándose a los planes para cambiar el destino del reino gracias a la conjura que pondría punto final a las ansias del hombre que se soñaba califa. Sus ideas sobre el porvenir —si acaso las tenía— no importaban gran cosa, lo único que valía era el odio que le tenía a Iturbide. Nicolás, a pesar de haberse sumado al Ejército Trigarante, no podía perdonarle sus asesinatos, sus acciones terribles y los fusilamientos de los hombres que militaban bajo el mano de Morelos: la mayoría de sus hermanos de guerra murieron por sus órdenes.

Con calma y voz queda, apostándolo todo a la confianza que aún necesitaba ganarse, Codorniu retomó sus palabras.

—Los que quieren que Su Majestad o uno de sus parientes gobiernen el nuevo reino saben que esto nunca ocurrirá a pesar de los acuerdos: los borbones ya no pueden ceñirse la corona del Imperio Mexicano, y la vieja España, por lo menos en este momento, no está para reconquistas, América tiene incendios en todas partes.

—Pues ésa, don Manuel, es una buena razón para pensar que no hay oscuridades —respondió Nicolás tratando de fingir la certeza que no tenía.

—Por favor, no se engañe ni me engañe. Mi general, usted sabe muy bien de lo que estoy hablando: los borbonistas tienen miedo de que don Agustín se convierta en un monarca absoluto sin tener la sangre para serlo. A los reyes de España el poder les viene de cepa, y él se lo ganó a fuerza de saliva, traiciones y componendas. Los insurgentes tampoco están contentos con los tratados. Más de uno está furioso por una razón casi obvia: ¿para qué declarar la emancipación si el rey de España o uno de los suyos se convierte en emperador del nuevo reino?

Nicolás —aunque estaba de acuerdo con Codorniu— trató de interrumpirlo con un ademán. La conversación ya era muy peligrosa. No estaba seguro de si podía depositar su confianza en él, pues hasta hacía muy poco había sido acompañante del último virrey.

Codorniu lo ignoró sin preocuparse por su seña y siguió hablando. Nicolás, como muchos de sus pacientes, se resistía a decir la verdad sobre sus enfermedades, y él, con tiento, debía conducirlo al reconocimiento de sus males, a la luz que podría encontrar en las tinieblas del templo. Su voz, para remarcar la secresía, se tornó opaca, pausada.

—Yo sé que usted me entiende, pero no quiere comprometerse aunque las dudas le atenazan el alma. Mi general, usted es un hombre de buena sangre: yo, al igual que todos los que están ahí adentro, sé de sus actos, de los perdones que lo ennoblecen.

Ahí, frente a él, estaba Codorniu recordándole el día que, después de enterarse del fusilamiento de su padre, les perdonó la vida a trescientos soldados realistas. El médico tenía razón: Nicolás lo entendía a las claras, pero no quería aventurarse en la enésima conspiración, Iturbide era muy poderoso y los insurgentes estaban casi anulados.

—Sí mi general, aunque los borbonistas están perdidos, no están dispuestos a aceptar el gobierno de un cipayo. Lo mismo pasa con los que andan pensando en repúblicas y se alelan mirando a los estadounidenses: ellos también están seguros de que Iturbide tomará un camino distinto, una ruta que alejará al reino de sus planes. Y, para colmo, ellos no se dan cuenta de que sus vecinos son un peligro para el futuro del Imperio Mexicano: a los yanquis les urge llegar al Pacífico y ustedes les estorban… Ya lo verá, no falta mucho para que su embajador se apersone y les ofrezca dinero por el norte.

Nicolás no tuvo más remedio que asentir a las palabras de Codorniu. No hacía mucho que los estadounidenses le habían comprado a Napoleón la Luisiana y menos tiempo había pasado desde que la Corona Española les entregó la Florida después de firmar un tratado ignominioso. Por si esto no bastara, los monarcas también habían autorizado que uno de ellos, Moses Austin, promoviera la colonización de Tejas con estadounidenses que aseguraran ser católicos. Nicolás sabía que ellos eran peligrosos, no sólo por su voracidad y sus desenfrenos, sino por su fe disimulada y su lengua: el reino que estaba por nacer no podía abandonar la única religión que guiaba el rumbo y contenía a los hombres de distintas coloraturas. El nuevo país no era de iguales: los españoles de Europa y América eran absolutamente distintos de las castas embrutecidas a fuerza de guerras, chinguiritos y una ignorancia tan férrea como los cañones mejor fundidos.

Codorniu tenía razón, Nicolás tenía que seguir escuchándolo.

—Y ustedes —continuó el médico—, los que se jugaron la vida, tampoco saben qué camino tomar. Hasta ahora, discúlpeme que se lo diga con franqueza, se han conformado con bajar las orejas mientras él les roba los laureles y les devuelve los grados que tenían. Acéptelo, mi general, hay oscuridades, y el ejército realista y la plebe miran a don Agustín como si fuera un dios, como si fuera la única lámpara para alumbrar el mañana. Y eso, sin duda alguna, es muy peligroso.

—Eso, don Manuel, sólo Dios lo sabe. El Imperio Mexicano aún está en trabajo de parto y es muy pronto para pronunciarse. Lo mejor, por lo menos en este momento, es esperar un poco para que se asienten las cosas.

Codorniu lo miró con cuidado: quería adivinar lo que escondía la mirada de Nicolás. Su confianza —a pesar de las cuidadosas palabras— ya era un hecho, lo demás era un asunto de tiempo.

—No se preocupe —le dijo Codorniu mientras le daba una palmada en la espalda—, yo entiendo su situación, pero también sé que usted está de acuerdo conmigo y que, al final, se unirá a nosotros.

—¿Ustedes?

—No coma ansias mi general, nosotros, a pesar de lo que se oye en los rumores y las acusaciones, somos como usted: no tenemos cuernos ni patas de cabra, en nuestras reuniones la habitación nunca huele a azufre, sólo de cuando en cuando apesta a puro corriente —le dijo Codorniu mientras le daba la mano para despedirse.

II

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A pesar del hastío, Nicolás se apersonó en la cena de los notables. No podía darse el lujo de la ausencia ni podía esgrimir el pretexto de las enfermedades: las lenguas de los empinados perderían las riendas si él no aparecía. Salió del teatro y tomó rumbo a palacio con pocas ganas de llegar. En ningún momento se quejó del aglomeramiento de carros, carruajes y caballos en la calle del Colegio de las Niñas. De alguna manera llegaron las personas que ocuparon las ochocientas butacas del teatro Coliseo.

En uno de los patios del palacio de los virreyes se acomodaron mesas y sillas que cubrían sus miserias con largos manteles y fundas casi blancas. Los platos, nacidos en distintas vajillas, estaban rodeados de cubiertos de plata que amanecerían con nuevos dueños que no dilatarían en venderlos en el Volador para completar sus haberes.

Con gran parsimonia, los edecanes que durante muchos años atendieron a los virreyes lo llevaron a su lugar: por fortuna no estaba cerca de Iturbide, aunque desde ahí podía mirar sin problemas a Guerrero, Victoria y Codorniu. Los comensales eran lo de menos: el presbítero Fulano, el conde Perengano y don Zutano —al igual que su esposa y su cigarrera engarzada de diamantes— le importaban un bledo. Las palabras de Codo ...