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LA DIOSA Y LA SERPIENTE (TRILOGíA DE LA INDEPENDENCIA 2)

Juan Miguel Zunzunegui  

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Fragmento



PRESAGIOS

Costas mayas. Año Uno Caña

Amanecía en las costas de Levante del inmenso territorio de la Liga del Mayapán, el “lugar que no es para todos”. El sol comenzaba su eterno periplo por la bóveda celeste para hundirse en su ocaso como cada día y luchar arduamente contra las tinieblas para poder emerger nuevamente; para ello, desde luego, necesitaba poder, y éste sólo podía obtenerse de la sangre, lo único que los seres humanos poseían con una pizca de divinidad.

No era ésa la enseñanza que Serpiente Emplumada había tratado de introducir entre sus seguidores toltecas o sus anfitriones itzáes. Se negaba a todo sacrificio humano; por eso mismo se había enfrentado a Tezcatlipoca y había resultado derrotado en la antigua Tollán, donde pregonó la misma paz que infundió entre su nuevo pueblo. Había creado la Liga de Mayapán para mantener la paz entre Uxmal, Mayapán y Chichén, pero finalmente las sanguinarias doctrinas se habían apoderado de su pueblo. El momento había llegado finalmente.

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Era un año Uno Caña, tal como estaba profetizado. Amanecía. Serpiente Emplumada se acercó al mar y contempló el sol naciente por encima de los mares que miran a oriente. La intersección entre la penumbra y la luz, las últimas tinieblas de la noche, cedían ante los primeros rayos del sol y formaban un firmamento multicolor. El momento había llegado.

El pueblo, su pueblo… mejor dicho, los seguidores que conservaba entre aquel mosaico de etnias donde se fusionaba lo maya con lo tolteca, lo seguía con discreta timidez. Adoraban y respetaban a Kukulcán; poco habían tardado en perder el temor que les provocaba su tez aclarada y sus rasgos nunca antes vistos, divinos con toda seguridad. Alto, blanco, con el rostro cubierto de cortos cabellos. El sol quemaba su rostro… Un dios entre los hombres según decían muchos. El dios creador de la humanidad, el dios hecho hombre nacido de Tonantzin, el dios piadoso y único verdadero. El rey sabio y civilizador.

Tiempo hacía desde que llegó del oriente, del valle central, de las ciudades legendarias donde convivían los hombres y los dioses. Su mirada se perdía en el horizonte y podía verse que recuerdos, pensamientos y emociones se agolpaban en su mente. Diecinueve años había gobernado a los toltecas; les enseñó la paz, el progreso y la armonía; los convirtió en gigantes en medio de seres comunes hasta que fue vencido por las fuerzas de la oscuridad.

El astro rey seguía su recorrido en un cielo que dejaba atrás la penumbra. No podía perder más tiempo. Todo estaba en su mente como si recién hubiera ocurrido: sus enemigos, los sacerdotes de Tezcatlipoca el negro, los seguidores del sacrificio humano, la sangre y la violencia… los que propagaban los tiempos de terror y guerra, los dioses temibles y vengativos. Todo aquello que intentó destruir Serpiente Emplumada.

Aquella nefasta mañana había quedado en el pasado pero lo atormentaba cada día, el momento en que despertara aún embriagado por los néctares de la diosa Mayaguel, por el pulque con que lo atascaron y lo engañaron sus enemigos. El rey casto, limpio y puro olvidó sus votos a causa de los vapores que subieron a su cerebro, nublaron su mente, trabaron su lengua y aflojaron sus piernas.

Ésa fue la mañana en que el dios príncipe dejó a los toltecas y se encaminó con unos cuantos seguidores, sin rumbo fijo, hacia la zona por donde salía el sol. Ayunó y se dirigió a la ya legendaria ciudad donde los hombres se convierten en dioses, para hacer penitencia, y finalmente emprendió su camino. Prometió volver en un año Uno Caña a recuperar su señorío.

Serpiente Emplumada despejó su mente de los tormentos del pasado, de los días aciagos; lo más importante estaba por suceder. El disco solar ya había rebasado completamente la línea del horizonte y el agua tocaba ligeramente los pies del príncipe, que penetró en el mar hasta que éste cu ...