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LA ESPERANZA Y EL DELIRIO

Ugo Pipitone  

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Fragmento

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INTRODUCCIÓN

Jesús, que resurge a los tres días, regresa a la casa del padre y se sienta a su derecha, el lugar de la autoridad y la gloria. El otro lado, la izquierda, siempre fue el bando equivocado. En la dialéctica de aprobación y rechazo, privilegio y marginalidad, armonía y desorden, la izquierda es el segundo término; es Eva, feminista ancestral, que necesita probar el fruto prohibido y desobedecer la orden patriarcal al costo de sufrir las consecuencias de su transgresión. La suya fue una afirmación de independencia y eso es la izquierda, la encarnación de la virtud del no, el rechazo de lo que existe, la afirmación del derecho a contradecir, a construir la verdad propia, a experimentar y equivocarse. Y así es, pasando de los orígenes bíblicos a los históricos, desde la Asamblea Nacional Constituyente que, en septiembre de 1789, se declara contraria al poder de veto del rey. Pero, si eso fue o intentó ser la izquierda, bastaría mencionar la proscripción del “no” para exhibir la razón mayor del naufragio del socialismo real; la homologación virtuosa que destruye la capacidad de inventar e inventarse. Aquello que había nacido reivindicando el derecho a cuestionar —el privilegio aristocrático, el absolutismo, el capitalismo—, apenas conquistado el poder lo proscribe y, desde ahí, el futuro imaginado comenzó a cerrarse, a perder su empuje, a convertirse, según Saul Bellow, con el “entumecimiento de la conciencia”, en una “comunidad penitenciaria” y, para Octavio Paz, en un “helado paraíso policiaco”.1 Sin embargo, sin la negación la historia moderna no habría visto la luz como crítica del tiempo circular de la Iglesia eternamente igual a sí mismo; el sufragio universal estaría por venir como el Welfare State o el derecho al aborto.

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En la torsión de una empresa de libertad que se convierte en su contrario —y repitiendo en otro molde la historia de la independencia de Haití con Henry Cristophe o la revuelta de los esclavos en la Sicilia en tiempos de la república romana—2 es inevitable comenzar, en un libro que trata de América Latina, apuntando el perjuicio que Cuba ha hecho a la izquierda regional a lo largo de más de medio siglo con su partido único, su líder máximo y su opresiva doctrina de Estado. Para no hablar del costo pagado por los cubanos a una conformidad compulsiva en el cruce de autocracia puritana y sumisión revolucionaria. La crítica quedó desterrada como muestra de individualismo burgués o, peor, de un subrepticio boicot de la revolución por cuenta del imperialismo. El pluralismo (por el cual se combatió en la Sierra Maestra y en las mayores ciudades de la isla) se volvió un valor del enemigo y el líder máximo sustituyó a la democracia que debía venir. Dado el prestigio de una gesta revolucionaria exitosa bajo las narices de Estados Unidos, Cuba se volvió un modelo latinoamericano en que el caudillo —vetusta reliquia de la historia política regional— configuraba el único horizonte democrático visible, a medio camino entre Platón y Stalin. Si antes de Fidel Castro, bajo el peso del Comintern, de la urss y de inagotables tacticismos, la izquierda latinoamericana daba escasa muestra de originalidad en la búsqueda de algún camino para emancipar el subcontinente de las miserias, iniquidades y retardos civiles acumulados, desde Cuba la ausencia de debate, la estricta sumisión al líder y la mediocridad intelectual se reforzaron clausurando toda posibilidad de reflexión crítica y de experimentación democrática. Súbitamente el futuro quedó atrás. Las consignas altisonantes obstruyeron toda posibilidad de discusión abierta y de conclusiones no predeterminadas. El lugar del debate fue tomado por los ritos de confirmación. El tránsito de un cacicazgo carismático a un totalitarismo caribeño fue casi imperceptible; doctrina y poder soviéticos lo legitimaban y, supuestamente, la cercanía de Miami lo imponía. El “no”, impronunciable y súbitamente contrarrevolucionario, fue desterrado (Huber Matos fue el primer elocuente aviso a los navegantes) junto con la capacidad de aprender en el camino bajo un sí automático, virtuoso y confortado por oceánicos entusiasmos populares meticulosamente organizados. Y desde ahí comenzó a ser evidente que la ética —el estar cerca de los otros a diferencia de la reflexión económica que racionaliza las virtudes del estar cerca de sí mismo— no conjuraba el frío fanatismo de una nueva razón de Estado, ni inmunizaba de un burocrático despotismo virtuoso.

Pero la izquierda latinoamericana es muchas izquierdas que vienen de diferentes matrices culturales entrelazadas en el tiempo. Una mezcla de influencias recíprocas en que, en gran parte del siglo XX, los principales protagonistas fueron el populismo (cuando fue de izquierda) y el comunismo. El primero con su fervoroso nacionalismo anti-oligárquico, sus líderes mesiánicos y su mística del “pueblo”, y el segundo con su utopía de una sociedad sin clases inscrita en el ADN de una historia que se anticipaba con la URSS. Pero, si bien populismo y comunismo fueron los sujetos políticos mayores, no fueron los únicos. Al referirse a la política italiana de la segunda mitad del siglo pasado, Norberto Bobbio apuntaba:

Todos los partidos actuales tienen algo de liberal, de socialista, de socialdemócrata y de cristiano. Y tal vez incluso algo de comunista. Cuarenta años de convivencia [...] han terminado por multiplicar los empréstitos, los intercambios y los transformismos.3

En un contexto diverso, algo similar puede decirse de los partidos y organizaciones progresistas en América Latina, por más distintas que hayan sido sus matrices ideológicas. ¿Cuáles “empréstitos” se han cruzado en el espacio y en el tiempo latinoamericano en el curso del siglo XX hasta formar hábitos culturales y lenguajes vagamente comunes? Hagamos un rápido inventario. Del anarquismo de nuestros bisabuelos (a menudo llegados de la Europa mediterránea) vino la cultura de la solidaridad artesano-obrera en las sociedades mutualistas y, en contraste, el anarcosindicalismo y su inspiración revolucionaria; del comunismo vino la idea de la (inminente) crisis final del capitalismo y de la sociedad futura que espera, ya platónicamente definida, a la vuelta de la revolución; del populismo, la retórica nacionalista y justiciera junto con la confianza en el líder encarnación ética del pueblo; de la guerrilla, un renacimiento pospartidario del comunismo, la idea de que una pequeña vanguardia armada puede cambiar el mundo sin requerir condiciones previas y de la socialdemocracia —una corriente de izquierda relativamente reciente, a contrapelo de la historia europea—, el asistencialismo hacia los más pobres y un pragmatismo reformador a menudo temeroso de su propia audacia y dolorosamente consciente de los vínculos de un tiempo actual de imperiosas interdependencias globales.

En estas partes del mundo, la izquierda combina en su metabolismo cultural todos o partes de estos componentes (y reflejos) culturales en equilibrios diversos e inestables en tiempos y países. Pero, respecto a Europa, una diferencia salta a la vista: mientras allá, en la segunda mitad del siglo XX, los partidos (de izquierda o no) compartieron un marco institucional democrático y un ambiente pluralista al mismo tiempo tolerante y conflictivo, en América Latina el marco democrático común fue más frágil y frecuentemente cuarteado bajo dictaduras o protagonismos personales exuberantes. Por consiguiente, la destilación de valores comunes resultó más incierta. Lo que no impidió a la izquierda en sus distintos avatares intercambiar un material genético en el que terminaron por sobresalir dos elementos centrales: la idea de la revolución como nuevo inicio (una especie de finalismo redentor) y la confianza en el líder como guía supremo. Sintetizados y filtrados los aportes de más de un siglo de historia con sus luchas, aspiraciones y delirios, con sus avances e inercias, quedaban estas ideas (o imágenes) primarias en el cruce de anarquismo, comunismo, populismo y experiencia guerrillera. Y como es obvio, estamos frente a ideas de escaso, si es que algún, valor democrático. Gran parte del recorrido histórico de la izquierda de estas partes del mundo se ha jugado alrededor de un anhelo de justicia en que no siempre el complemento de la libertad estaba presente, salvo durante las experiencias dictatoriales del subcontinente, cuando la pérdida de la democracia “burguesa” obligaba a revalorar aquello que se quería superar. Sin embargo, independientemente de la capacidad de expresarlo con alguna concreción política, aquí y en otras partes, el reto subyacente ha sido siempre el mismo: justicia con libertad, sabiendo que la primera sin la segunda termina por imposibilitar a las dos y que la segunda sin la primera convierte esta última en algo similar a un privilegio de casta.

Desde fines del siglo XIX, cuando una izquierda de matriz europea (¿un pleonasmo?) comienza a asomarse en estas partes del mundo, América Latina se encamina a una nueva fase de su historia entre urbanización acelerada e industrias incipientes. De ahí vienen los iniciales núcleos de proletariado en la industria textil, en puertos, ferrocarriles, servicios urbanos y talleres artesanales y una tímida clase media que va perfilándose en una administración pública que crece y requiere nuevas funciones y profesiones. Se forma la base social destinada a recibir los primeros mensajes de anarquismo y socialismo europeos. Y desde entonces, la izquierda asume dos caras: por un lado, la búsqueda de colaboración con el poder establecido para favorecer el desarrollo de cooperativas y sociedades mutualistas (antigua aspiración lassalliana duramente criticada, en su tiempo, por Marx) y, por el otro, un anarcosindicalismo para el cual la lucha sindical es una gimnasia revolucionaria que, sin mediaciones políticas, prepara a los trabajadores para la huelga insurreccional que conducirá al derrumbe del Estado y a una sociedad finalmente libre de propiedad privada, autoridad política e Iglesia, como sería en los anhelos del mexicano Ricardo Flores Magón y del chileno Luis Emilio Recabarren. Pero, con el fin de la ola expansiva de la economía regional, que abarca las cuatro décadas entre 1870 y 1913, tanto las aspiraciones mutualistas como las anarcosindicalistas se apagan, en parte por cambios sociales que estrechan el espacio de las profesiones artesanales y en parte por repetidos y feroces episodios de represión contra protestas sociales o cándidos, desesperados, intentos de huelgas insurreccionales.

Mientras la parábola anarquista se encamina a su descenso,comienza el ciclo ascendente del comunismo. La Revolución rusa proyecta a distintas partes del mundo (excluyendo África, el mundo anglosajón, Medio Oriente, Escandinavia y la India) una efervescencia voluntariosamente proyectada a repetir en otras latitudes la experiencia soviética. Si la Revolución francesa enarboló una bandera universal contra reyes y aristócratas, la rusa, en el mismo surco, repite un universalismo mesiánico, pero esta vez no es el pueblo contra los tiranos, sino el proletariado contra la burguesía.4 Pasamos, por un lado, de una masa de campesinos pobres, artesanos, abogados ilustrados y radicales a la clase obrera y, por el otro, de una aristocracia rentista y patriarcal a la burguesía. Aunque en América Latina ese tránsito haya ocurrido más en el terreno ideológico que en las estructuras de clases de la sociedad. Frente al ocaso de la influencia anarquista, el marxismo toca su ápice con la Revolución rusa. Los bolcheviques son revolucionarios marxistas legitimados por continuar, con otra idiosincrasia intelectual, el camino de sus ancestros franceses: Rousseau y Robespierre son desplazados por Marx y Lenin. Pero la idea es la misma, la revolución, como diría Pascal del universo, tiene muchos centros y ninguna circunferencia; es el acto prístino que crea un mundo nuevo sin límites geográficos. La historia se vuelve presagio de lo inevitable y desde inicios de los años veinte, casi siempre por iniciativa del Comintern (la Tercera Internacional Comunista fundada en Moscú en 1919), nacen en América Latina partidos comunistas que consideran a la URSS el cuartel general de la futura revolución mundial. A su pretendido antiguo papel de tercera Roma, la capital rusa añade el de ser una segunda París. Y Lenin es, naturalmente, un Robespierre redivivo. La cabeza política destinada a cambiar su país y el mundo.

Sin embargo, la historia subsiguiente del comunismo latinoamericano será menos brillante de lo imaginado en sus exordios y estará condicionada por una relativamente débil consolidación de la clase obrera (frecuentemente penetrada por un sindicalismo más gremialista que político, como en Argentina, o más corporativo que revolucionario, como en México) y por los vaivenes estratégicos de Moscú que a veces promueve descabelladas insurrecciones como en El Salvador en 1932 o en Brasil en 1935; otras veces impulsa colaboraciones instrumentales con los partidos “burgueses” y, después de la guerra, afirma la posibilidad de una transición pacífica al socialismo con la revolución como mito fundacional no removido. En este traqueteo (donde las decisiones del momento son siempre definitivas, correspondientes al pensamiento de Marx y destinadas al triunfo), las burocracias comunistas de estas partes del mundo reflejan mucho más los mandatos moscovitas que una lectura original de las condiciones de posibilidad en sus países. Y tanto la débil implantación social de la clase obrera como la dependencia de un centro de poder lejano que observa al mundo en la óptica de sus intereses y ofuscaciones nacionales, harán de la presencia comunista latinoamericana una aventura de cuadros de clases medias intelectualmente timoratos, disciplinados, a menudo abnegados y portadores de una causa que se vuelve cada vez más una rutina cansada sin arrastre popular pero con la certeza libresca de la victoria final en un futuro indefinido.

Desde los años treinta del siglo pasado irrumpe el oleaje populista que, en un abigarrado revoltijo de ira social, espíritu antioligárquico y personalismos más o menos mesiánicos, intenta contrastar (casi siempre con éxito) la influencia del comunismo con organizaciones sociales corporativas dependientes del Estado. Una historia pletórica de ambigüedad entre comunismo negro y fascismo rojo con profusión de retórica nacionalista y risible culto al líder en turno. Como siempre, donde resulta arduo creer en instituciones y reglas, es más sencillo depositar la confianza en el individuo de cascos ligeros y lenguaje florido.

Si la Revolución rusa abre en América Latina una estación comunista que se irá agotando a lo largo del siglo XX, la Revolución cubana, cuatro décadas después, inaugura un nuevo ciclo comunista de pasión revolucionaria a través de una fórmula (relativamente) inédita: la guerrilla. Una historia que se contará aquí a través de algunos episodios ejemplares: Cuba, que conduce a un caudillismo con vestiduras soviéticas, y Nicaragua, que atraca en un caudillismo más genuinamente populista; en ambos casos la novedad se entreteje con tradiciones políticas nacionales que se suponían superadas. Pero, en el fondo, ¿de qué asombrarse si la primera revolución política de la Edad Moderna pasa del ciudadano Saint-Just a Napoleón emperador? La mayor parte de las experiencias guerrilleras latinoamericanas terminará con la derrota y el sacrificio de jóvenes entusiastas, movidos por el rechazo de la injusticia y el deseo de repetir la épica de la Sierra Maestra. En algunos casos, estos anhelos alimentarán la locura política (como en Perú y Colombia) entre delirios homicidas e inquietantes simplificaciones dogmáticas. Para no hablar de la complicidad con los cárteles de la droga.

Sólo recientemente, después de tantas frustraciones, derrotas y consecuencias indeseadas de las propias acciones, da sus primeros pasos un reformismo progresista (¿o liberalismo social?), especialmente en Brasil, Chile y Uruguay. Y con esas experiencias se concluirá, llegando al presente, este bosquejo de las andanzas de la izquierda en la región. Una historia iniciada con la revolución como revelación de un esplendoroso inicio que desemboca en un reformismo pragmático sin pathos épico. Y mientras algo parecido a una socialdemocracia se asoma al escenario, el populismo vuelve con fuerza desmintiendo las tan razonables como equivocadas profecías sobre su declive histórico. Proyectados imprudentemente al vaticino desde el preludio de este texto, tal vez no sea descabellado suponer que en el futuro próximo socialdemocracia y populismo serán los dos protagonistas mayores de la izquierda latinoamericana. Y naturalmente sería aventurado añadir a esta conjetura la premonición de un triunfador, lo que por cierto descontaría la posibilidad de nuevos ciclos, posibles retornos e hibridaciones ocultas más allá del horizonte que se vislumbra en el presente.

En el arco de más de un sig ...