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LA EXPEDICIóN

Stephen King  

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Fragmento

LA EXPEDICIÓN


—Último aviso para la expedición 701 —anunció una agradable voz femenina en el vestíbulo azul de la terminal de Port Authority, Nueva York.

El edificio no había sufrido demasiados cambios en los últimos trescientos años. Seguía dando la impresión, un tanto siniestra, de estar a punto de derrumbarse. Tal vez la anónima voz femenina fuera lo único agradable allí.

—Es la expedición para Whitehead, Marte —prosiguió la voz—. Todos los pasajeros provistos de billetes deberán reunirse en la sala de embarque del vestíbulo azul. Por favor, asegúrense de que todos sus documentos estén en regla. Muchas gracias.

La sala de embarque no tenía nada de tétrico. Una moqueta, color gris perla, cubría enteramente el suelo. De las paredes, de un blanco indescriptible, colgaban grabados más o menos abstractos. En el techo, una gama de colores bastante acertada conformaba un conjunto atractivo a los ojos. Había alrededor de cien tumbonas dispuestas en perfectas filas de a diez. Cinco auxiliares del servicio de expediciones ofrecían vasos de leche a los pasajeros, animándoles con comentarios amables, reconfortantes. En uno de los extremos de la sala, dos guardias custodiaban la puerta de entrada. Uno de los empleados de la compañía examinaba atentamente los papeles de un recién llegado, un sujeto con cara de liebre y un ejemplar del New York World-Times bajo el brazo. En el lado opuesto del recinto, el suelo iniciaba un suave descenso hasta desembocar en una especie de rampa que conducía a un túnel de unos dos metros de ancho por el doble de largo, desnudo, sin puertas.

Mark Oates, su mujer Marilys y sus dos hijos esperaban en sus tumbonas, cerca de la salida.

—Papá, ¿por qué no me explicas ahora lo de la expedición? —preguntó Ricky—. Lo habías prometido.

—Sí, papá, lo habías prometido —añadió Patricia, con una risita estúpida.

Enfrente, un individuo con todo el aspecto de dedicarse a los negocios y la misma constitución que un toro de lidia, los miró de soslayo, sin decir palabra. Tendido en su tumbona, con unos zapatos maravillosamente lustrosos, hojeaba sus papeles.

El rumor de las conversaciones en voz baja y el apagado ajetreo de los que iban llegando acabó por llenar completamente la sala.

Mark guiñó un ojo a Marilys, que le correspondió, aunque parecía tan asustada como Patty. ¿Por qué no?, se preguntó Mark. Era la primera vez que metía a su familia en una aventura semejante. Hacía ya varios meses que la compañía para la que trabajaba, la Texaco Water, le había informado de su próximo traslado a Whitehead City. Pasaron semanas enteras, Marilys y él, discutiendo las ventajas e inconvenientes de que la familia en pleno le siguiera a su nuevo destino. Por fin, después de arduas deliberaciones, decidieron que era mejor que todos ellos se trasladaran a Marte durante los dos años que él tendría que pasar allí.

Miró su reloj: todavía faltaba casi media hora para la partida. Tenía tiempo para contar toda la historia. Se dijo que tal vez de esa manera lograra distraer a los niños y evitar que se pusieran nerviosos. Y tal vez hasta Marilys llegara a relajarse un poco.

—De acuerdo —dijo.

Ricky y Pat le miraban atentamente. Ricky tenía doce años y Pat, nueve. Pensó que, para cuando regresaran a la Tierra, el chico estaría ya en plena pubertad, y la niña probablemente tuviese senos. Casi no podía creerlo. Había decidido, tras consultar con Marilys, que los niños asistirían a la escuela en Whitehead, con los hijos de los ingenieros y los otros empleados de la compañía. Ricky podría participar en una excursión geológica a Phobos, situado a pocos meses de distancia. Increíble, pero tan cierto como que estaban allí en aquel momento.

¿Quién sabe?, se dijo. Hasta es posible que me calme yo mismo.

—Por lo que sé, el método de expedición, o de Salto, como también se lo conoce, fue inventado por un individuo llamado Victor Carune hacia 1987. Carune había recibido una subvención oficial para realizar investigaciones. Finalmente, el gobierno (o las compañías petroleras) puso las manos sobre el asunto. No se conoce la fecha exacta porque Carune era bastante excéntrico.

—¿Quieres decir que estaba loco? —preguntó Ricky.

—Solo un poco loco —precisó Marilys, sonriendo a Mark.

—¡Ah, ya!

—Bien, el tal Carune trabajó durante un tiempo sin informar de sus hallazgos al gobierno, y solo habló de ellos porque se le acababa el dinero y necesitaba una nueva subvención.

—Si no es de su entera satisfacción, le devolvemos el dinero —interrumpió Pat, riendo nuevamente.

—Exacto, cariño —replicó Mark, acariciándole tiernamente el flequillo.

En aquel momento, entraron silenciosamente dos nuevos auxiliares, vistiendo el mono rojo brillante de los empleados de la empresa de viajes espaciales. Llevaban en una mesilla de ruedas un pulverizador de acero inoxidable con un tubo de goma; cuidadosamente ocultos por los faldones del mantel de la mesilla —Mark lo sabía— había dos bombonas de gas; en la bolsa sujeta a uno de los lados se guardaban un centenar de mascarillas desechables. Mark continuó hablando, con la esperanza de que su familia no reparara en los recién llegados. Si alcanzaba a relatar la historia hasta el final, su mujer y sus hijos serían los primeros en acoger el gas con los brazos abiertos. Por otra parte, tampoco tenían otra alternativa.

—Ya sabéis que el Salto no es otra cosa que un proceso de teletransporte. En los ambientes profesionales se lo llama Efecto Carune. El término «salto» fue una invención del mismo Carune, que era un fanático de las novelas de ciencia ficción. En una de ellas, llamada Destino a las estrellas, de Alfred Bester, ya se hablaba de este fenómeno. Aunque en la novela se supone que uno puede someterse a la experiencia solo con el pensamiento, mientras que, en la práctica, no es posible.

En aquel momento los auxiliares aplicaron la mascarilla a una anciana. Esta aspiró una vez y se quedó tendida, serena y laxa, sobre su tumbona. La falda se había levantado ligeramente, revelando un muslo fláccido y surcado por varices. Un auxiliar acomodó la tela con discreción mientras el otro cambiaba la mascarilla usada por una nueva, lo que llevó a Mark a pensar en los vasos de plástico que suelen hallarse en las habitaciones de los moteles.

Miró a Pat, rogando a Dios que se tranquilizara; había visto niños a los que era necesario someter por la fuerza, y algunos seguían chillando hasta que las mascarillas les cubrían el rostro. No es que no encontrara normal una reacción semejante en un niño, pero no deseaba ver a Patty en esas circunstancias. Ricky le inspiraba más confianza.

—Lo que sí se puede afirmar que el nuevo descubrimiento llegó en el momento oportuno —prosiguió. Se dirigía a Ricky, pero sostenía entre las suyas la mano de su hija. Los dedos de la niña aferraban los de su padre, rígidos por el pánico. Tenía las palmas frías y algo sudadas.

»El mundo estaba a punto de agotar las reservas de petróleo existentes, que, en su mayor parte, seguían perteneciendo a los países del Oriente Medio, los cuales lo utilizaban como arma política. Habían formado un cártel petrolero al que llamaban OPEP.

—¿Qué es un cártel? —preguntó Patty.

—Pues... un monopolio —respondió Mark.

—Algo así como un club, cariño —interrumpió Marilys—. Pero solo puedes pert

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