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LA HERENCIA

Jorge G. Castañeda  

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Fragmento

El libro que recibe el lector contiene dos partes separadas y, en alguna medida, contrastantes. La primera, titulada La historia de los vencedores, incluye cuatro entrevistas con los expresidentes de México en vida —Luis Echeverría Álvarez, José López Portillo y Pacheco, Miguel de la Madrid Hurtado y Carlos Salinas de Gortari—, dedicadas al tema de la sucesión presidencial; o, en la jerga de la picaresca política mexicana, a cómo fueron “destapados”, y cómo “destaparon”. La segunda parte, que he denominado La visión de los vencidos, abarca los mismos acontecimientos —las sucesiones presidenciales de 1970, 1976, 1982, 1988, 1994, I y 1994, II— desde dos puntos de vista, complementarios, aunque diferentes: por una parte, se trata de mi propio análisis de cada una de las coyunturas en cuestión, realizado a partir de lo que creo saber y entender de la política mexicana y de los años que he vivido cerca de ella; por otra parte, ese análisis se apoya, sobre todo, en un conjunto de entrevistas celebradas con una veintena de personalidades de la vida política nacional, que de distintas maneras fungieron como protagonistas centrales de la época.

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Las conversaciones con los cuatro expresidentes tuvieron lugar durante 1998; tres en la Ciudad de México, y una en Londres. En los cuatro casos se grabaron las entrevistas, efectuadas en tres o más sesiones cada una; a principios de noviembre de 1998, los entrevistados recibieron sendas copias de los audiocassettes correspondientes, una transcripción verbatim y “sucia” de la entrevista, y una versión editada de su testimonio. La edición consistió esencialmente en recortar, ordenar y eliminar las repeticiones propias de un ejercicio de esta naturaleza. Como imaginará el lector, abundaron los temas acerca de los cuales mi curiosidad se estrelló contra la cautela, reserva o rutina de hombres políticos acostumbrados a cuidar cada palabra; los repetidos intentos —fructuosos o fallidos— de ir más lejos no aparecen como tales en la versión aquí presentada; sólo figura el resultado.

En los cuatro casos, solicité a los exmandatarios una revisión minuciosa de la versión que les sometí, para agregar, suprimir o modificar lo que les pareciera pertinente, con la súplica de que me devolvieran un texto definitivo, aprobado por ellos, antes de fin de año. Así sucedió, salvo en el caso de don Luis Echeverría, con quien, por razones de tiempo y de divergencias de criterio académico y periodístico, no fue posible acordar una versión común de su entrevista. Así, los capítulos respectivos de José López Portillo, de Miguel de la Madrid y de Carlos Salinas de Gortari, cuentan con la autorización explícita, detallada y documentada de los tres exmandatarios; en el caso de quien fuera Presidente de la República entre 1970 y 1976, la versión ofrecida al lector se apega, en mi opinión, tanto a la letra como al espíritu de las grabaciones de las siete sesiones llevadas a cabo, pero no goza de la aprobación del expresidente. Huelga decir que me esmeré en realizar la edición y el pulido de todas las entrevistas con el mismo cuidado y precisión.

Ahora bien, resulta indispensable aclarar lo que las entrevistas no son. Para empezar, por respeto a mi propio trabajo, y a la generosidad y confianza que me brindaron mis cuatro interlocutores, no constituyen un interrogatorio irreverente ni un debate acrimonioso carente de toda proporción o sentido. Algunos podrán objetar al leerlas: ¿por qué no se le preguntó a Echeverría sobre el golpe al Excélsior de Julio Scherer, a López Portillo por qué toleró o fomentó tanta corrupción en su gobierno, a De la Madrid quién consumó el fraude electoral del 6 de julio, y a Salinas si mató a Colosio? Las cuatro respuestas que siguen cumplen con el principio de la razón suficiente. El meollo de este libro es el mecanismo sucesorio mexicano, tal y como operó entre 1970 y 1994; existen otros temas de gran interés y afines a éste, pero forman parte de otros proyectos, de otros autores, de otros libros. En lo esencial, aquí se abordaron temas directamente relacionados con la transmisión del poder. En segundo lugar, me considero un académico, no un fiscal o entrevistador de oficio que se precia de exprimirle a sus “víctimas” más de lo que quisieran decir. Al contrario, en este trabajo lo fundamental reside en la plena disposición de los entrevistados para proporcionar su versión, cualquiera que ésta sea, no en hacerlos tropezar, contradecirse, o en “amarrar navajas” entre ellos. En tercer lugar, omití las hipotéticas preguntas mencionadas y muchas otras por el estilo, ya que, en mi opinión, las respuestas obtenidas hubieran carecido de todo interés. Y por último, a pesar de las críticas que a lo largo de los años he podido dirigir al sistema político mexicano y a las personas que lo encarnan, considero que la investidura presidencial —que comprende el desempeño de los mandatarios una vez abandonado Palacio— exige un determinado respeto, no reverencial ni adulatorio, pero sí cortés y deferente.

Ninguno de los expresidentes, en ningún momento, vetó o vedó temas de la entrevista; la selección de las preguntas fue exclusivamente responsabilidad mía. Debo mi gratitud y mi reconocimiento a Luis Echeverría, José López Portillo, Miguel de la Madrid y Carlos Salinas por haber corrido el riesgo de participar en un proyecto de esta índole, con este autor, en esta coyuntura. Es una muy pequeña prenda de por qué los expresidentes de la República son ellos, y no otros.

La segunda parte del libro se propone asimilar las tesis del filósofo francés Louis Althusser a propósito del fundador de la ciencia política o “de la política”, a saber, Nicolás Maquiavelo. Para Althusser, El Príncipe y Los discursos sobre la Primera Década de Tito Livio no son recetarios de perlas preceptivas dirigidas por el sabio florentino a César Borgia o a Lorenzo de Medici sobre cómo gobernar a sus sujetos, sino auténticos tratados de teoría política dedicados a analizar la realidad política del cincuecento —el eterno problema de la unidad italiana— o de la Roma antigua. Como tales, se apoyan en dos instrumentos básicos, que según Althusser, Maquiavelo erige en verdaderos pilares de la ciencia política: la coyuntura —de la cual el autor de El Príncipe es el primer teórico— y la comparación, ambos vinculados siempre a la solución de “un problema político concreto”. Althusser demuestra, en uno de sus textos más penetrantes, aunque también más tramposos (“Maquiavel et Nous”, en Écrits Politiques et Philosophiques, Stock, París, 1995), cómo Maquiavelo habla siempre de coyunturas, y siempre las compara, para detectar, o descartar, las recurrencias, las rupturas y las excepciones: “En los doce primeros capítulos de El Príncipe(hay 26 en total), de ninguna manera se trata de una enumeración general abstracta de los casos posibles […], válidos para todos los tiempos y sitios, sino al contrario, de un examen de ejemplos concretos, de situaciones concretas que constituyen la coyuntura italiana contemporánea y de los países vecinos, Francia y España.”

La teoría política sólo existe en la medida en que se “invierte” en, o “aclara” las coyunturas y las comparaciones, no abstraída de ellas. Por ello, aquí hemos seguido el camino de describir, explicar y comparar las coyunturas sucesorias mexicanas, extrayendo patrones de conducta, reglas y variaciones únicamente en cuanto parten de las coyunturas estudiadas. No se proponen modelos o teorías generales, ni vastas construcciones abstractas; cuando mucho, se indican algunas reglas recurrentes que permiten entender el proceso. Por ello no se discuten, ni se avalan o rechazan, las teorías sucesorias existentes, elaboradas ya sea por estudiosos académicos del tema, ya sea por los políticos prácticos de nuestros días. Tampoco, por cierto, se trata de una revisión exhaustiva de cada uno de los sexenios en cuestión: se omite el análisis de la política económica, de las relaciones internacionales, de los conflictos sociales y de la evolución política como tal, no porque estos temas carezcan de importancia, sino sencillamente porque no constituyen el objeto de estudio de este trabajo.

Si en La visión de los vencidos el análisis parte de estas premisas teóricas, reposa también en los testimonios de primeros actores en el drama nacional. Para la elaboración de los seis ensayos sobre las coyunturas correspondientes, acudí extensamente a las entrevistas que me brindaron Rosa Luz Alegría, Francisco Javier Alejo, Manuel Bartlett, Manlio Fabio Beltranes, Manuel Camacho Salís, Jorge Carpizo, Jorge de la Vega Domínguez, Alfredo del Mazo, Alfonso Durazo, Fernando Gamboa, Emilio Gamboa, Fernando Gutiérrez Barrios, David Ibarra, José Ramón López Portillo, Alfonso Martínez Domínguez, Rafael Moreno Valle, Mario Moya Palencia, Porfirio Muñoz Ledo, Salim Nasta, José Newman, Samuel Palma, Federico Reyes Heroles, Francisco Rojas, Humberto Romero, Jesús Silva Herzog, José Luis Soberanes y Fausto Zapata. Tres interlocutores se negaron expresamente a ser entrevistados: Alfonso Corona del Rosal, Javier García Paniagua —meses antes de morir— y Pedro Aspe. Todas las entrevistas fueron realizadas off-the-record, es decir, no para atribución, a lo largo de 1998, en la Ciudad de México o en donde se encontraban los entrevistados. En cada caso, el entrevistado recibió, por escrito, una transcripción de los breves pasajes de su entrevista que me proponía citar on-the-record, es decir, para atribución, ya sea entrecomillados o indirectamente. Cada protagonista así requerido leyó, revisó, enmendó y aprobó las citas o referencias explícitas incluidas en el libro; por contra, nada de lo que aquí aparece sin comillas o referencias puede ser atribuido legítimamente a alguna de las personas mencionadas. Quien así lo desee, puede especular indefinidamente sobre quién dijo qué; el respeto por el casi desconocido off-the-record en México implica que sólo se sabe a ciencia cierta lo que dijeron quienes fueron citados formal y voluntariamente.

A nadie debe extrañar que difieran las visiones de la primera y segunda sección, o incluso que se contrapongan, tanto en las interpretaciones como en los hechos mismos. Los ganadores, por definición, tienen una explicación particular de su propia victoria y de los factores y elementos que los condujeron a escoger a quien escogieron para sucederlos; quienes contendieron y perdieron, o quienes observaron de cerca el espectáculo sin ser partícipes en él, necesariamente tienen un recuerdo diferente y una mirada distinta. Es Rashomón: ninguna de las versiones es más cierta que otra; todas se refieren a la misma coyuntura, pero los acontecimientos vividos y recordados, así como su explicación, divergen. Ni al autor ni al lector les corresponde juzgar la veracidad de una u otra, sino incorporar ambas a una exégesis de conjunto. Ello no significa, por supuesto, que mi propio discurso se abstenga de tomar partido. Existe, como ya se advirtió, una tercera voz en el libro: la de un autor que, si bien no retoma al pie de la letra ninguna de las dos primeras —la de los vencedores o la de los vencidos—, alimenta su perspectiva a partir de ambas y de su propio análisis. Es inevitable que las debilidades, los prejuicios, las preferencias ideológicas, políticas y sentimentales del autor se transmiten al texto; es obvio también que impera en el texto una simpatía natural por los perdedores, no sólo por inclinación personal, sino por una causa política. Los ganadores tuvieron el poder, e hicieron con él cosas buenas y malas, y nadie puede pasar por alto las segundas: forman parte de la historia de México. Los perdedores acariciaron el poder, lo vieron pasar por su ventana —como Hegel al “espíritu del siglo a caballo”, cuando entró Napoleón ajena—, pero no lo poseyeron. Por ende, a pesar de sus contribuciones innegables al avance del país, y de su responsabilidad inesquivable por los diversos desastres que nos han azotado, el juicio sobre los perdedores pertenece parcialmente al ámbito de la imaginación. Si tal o cual lector distingue una excesiva simpatía por mi parte hacia cualquiera de los precandidatos derrotados —Porfirio Muñoz Ledo, Jesús Silva Herzog o Manuel Camacho, por ejemplo—, ello se debe no sólo a la amistad que puedo compartir con ellos, sino también a un hecho lógico: siempre subsiste la esperanza de que ellos lo hubieran hecho mejor. No se puede decir lo mismo, en el caso respectivo, de José López Portillo, de Carlos Salinas o de Ernesto Zedillo, por ejemplo; ya hicieron lo que hicieron, para bien y para mal.

El lector dispone de varios caminos para leer este libro; es, en cierto sentido, un Modelo para armar. ...