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LA INVASIóN CONSENTIDA

Diego G. Maldonado  

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Fragmento

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“Por Cuba lloramos”

Por Cuba estamos dispuestos a morir.

HUGO CHÁVEZ, 1 de enero de 2009

AÑO 10 DE LA REVOLUCIÓN BOLIVARIANA

Los fuegos artificiales han iluminado el cielo de Caracas hasta el amanecer. La estela de pólvora en la atmósfera y las calles desiertas, el eco menguante de algún reggaetón, dan a la ciudad cierto aire fantasmal. El verde intenso de El Ávila, la imponente montaña que se alza entre la capital venezolana y el mar Caribe, parece irreal. Muchos no han terminado de salir de la resaca de Año Nuevo cuando Hugo Chávez celebra los 50 años del triunfo de la Revolución cubana.

Todavía está fresco el recuerdo de la reciente visita de Raúl Castro al país. Dos semanas antes, el dirigente cubano concretó acuerdos por más de 2 mil millones de dólares, en su mayoría favorables a La Habana. Entre ellos, uno que convierte a la isla en copropietaria de una nueva empresa que se encargará de diseñar y manejar los programas informáticos de la industria petrolera venezolana.

El jueves 1 de enero de 2009, Chávez ordena izar la bandera cubana en el Panteón Nacional “antes de que se oculte el sol” y para siempre. “Cuba es parte de esta patria, de esta unión […] la Cuba infinita que amamos. Por Cuba lloramos, por Cuba peleamos, y por Cuba estamos dispuestos a morir peleando…” Por Cuba ha velado desde que llegó al poder en 1999. El presidente venezolano ha ido a la isla, oficialmente, 24 veces en 10 años.

Al otro lado del sarcófago de Simón Bolívar lo acompaña un hombre mayor con una barbita gris de fauno. El oficial pequeño y delgado lleva el uniforme de gala marrón con botones dorados del ejército cubano. Es el comandante Ramiro Valdés, de 76 años, “Héroe de la República de Cuba”, en mayúsculas, y procónsul de La Habana, uno de los principales operadores de la penetración castrista en Venezuela.

“Nuestros pueblos se aman, Ramiro, nuestros pueblos ya son uno solo, nuestras revoluciones ya son una sola”, proclama el mandatario, a pesar de que, en realidad, el gobierno cubano prohíbe a sus trabajadores en Venezuela entablar amistad con quienes llama, de manera displicente, “los nacionales”. La bandera de la isla, diseñada en 1849 por el militar venezolano Narciso López, permanece en el Panteón Nacional como una paradoja, el símbolo de un sometimiento voluntario.

Un mes más tarde, cuando el comandante Hugo Chávez celebra el décimo aniversario de su ascenso al poder, lo escolta otro veterano de la Revolución cubana: el vicepresidente José Ramón Machado Ventura, segundo secretario del Comité Central, el funcionario más importante del Partido Comunista después de Raúl Castro. Es un lunes de fiesta nacional, de júbilo obligatorio. El gobierno impone el asueto, mediante un decreto presidencial que prohíbe trabajar el 2 de febrero.

Los militares hacen que todos obedezcan, aunque la ley permite a los comerciantes abrir los días feriados si pagan el doble a los empleados. Un par de soldados de la Guardia Nacional presionan al encargado de Rey David, en Los Palos Grandes, para que cierre el restaurante. Llueve a cántaros y no hay dónde tomar un café. Silenciosa, sin tráfico y con El Ávila oculto entre las nubes, Caracas luce mutilada. Ese día, sólo parece haber vida en un rincón de la capital.

Hugo Chávez festeja en el amplio patio de la Academia Militar junto a varios presidentes del circuito izquierdista latinoamericano que acaban de participar en una cumbre de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (Alba). Los mandatarios se empapan en la enorme tribuna instalada al aire libre. Es época de sequía y nadie pensó en instalar un toldo, ni siquiera en llevar sombrillas. Las ropas arrugadas de Evo Morales, Rafael Correa, Daniel Ortega y Rosario Murillo, las de los escoltas y el público que ha esperado durante horas, gotean bajo el diluvio tropical.

La naturaleza, imprevisible y contrarrevolucionaria, ha arruinado la impecable guayabera blanca de Machado Ventura, de 78 años, que resiste el chaparrón de pie, pestañeando constantemente, a la izquierda del anfitrión. “La Revolución bolivariana, que hoy cumple 10 años, cumplirá también 50 años, porque será el mandato de ustedes, del pueblo bolivariano”, sostiene Machado, anticipándose a la voluntad de los venezolanos como si pudiera predecir o manipular el futuro.

El presidente, que termina el acto con la casaca empapada, invita a todos a volver a celebrar con él dentro de 10 años. Chávez se vislumbra allí, en el mismo lugar, una tarde soleada de 2019. “Haremos los preparativos y las coordinaciones que no se hicieron hoy para que no llueva tanto como hoy llovió”, asegura con la mayor naturalidad.1 En esa ciudad empantanada y sucia, de calles muertas y puertas cerradas, la delirante promesa retumba como un pasaje de El otoño del patriarca, la novela de García Márquez.

El 15 de febrero el mandatario cumplirá su mayor deseo: la reelección indefinida. Ese día, en una consulta popular, se aprueba una enmienda que le permitirá competir por la presidencia ilimitadamente.2 Dos años antes, ese cambio había sido rechazado cuando lo planteó junto a un paquete de reformas. Cinco días después del referendo, Chávez viaja a Cuba por quinta vez en el último año. Según la prensa oficial, se trata de “una sorpresiva visita de trabajo”, que aprovecha para celebrar el triunfo electoral que le abre las puertas a la perpetuación.

El líder de la autodenominada Revolución bolivariana tiene 54 años y sueña con gobernar hasta 2021, hasta 2030, o más. “Hasta que el cuerpo aguante”, ha dicho en una ocasión. Cautivado por los espejismos del Caribe, persigue la utopía de la aclamación popular sin fin y del poder sin límites. Al llegar al aeropuerto de La Habana, en traje de campaña y boina roja, como si viniera de ganar una difícil batalla, levanta el brazo del presidente cubano mientras grita: “¡Viva Fidel, Viva Cuba, Viva Raúl!” Los hace partícipes y beneficiarios de su victoria.

Hugo Chávez ha completado un ciclo y los Castro tienen mucho que celebrar. Sus hombres están presentes en toda Venezuela. En el palacio presidencial de Miraflores, siempre al lado del mandatario; en los ministerios, institutos y empresas estatales. Comparten la administración de los puertos, tienen su propia plataforma de aterrizaje en la rampa presidencial del aeropuerto internacional Simón Bolívar y han penetrado los cuarteles y las bases navales, gracias a un convenio militar secreto, firmado en 2008. Además, están desplegados en todo el territorio nacional, al frente de los principales programas sociales.

El gobierno cubano conoce toda la base de datos de los venezolanos. Tiene pleno acceso a la oficina de identificación y migración. Está al tanto de cada transacción civil y mercantil que hacen los venezolanos en los registros y notarías; maneja los softwares de la administración pública y redes de fibra óptica. Por si fuera poco, tiene un panorama detallado del sistema eléctrico nacional, de la industria petrolera y un “mapa muy muy completo” —lo ha dicho Chávez en su informe anual de 2009— de las reservas minerales del país.

La “integración” entre la potencia petrolera y la mayor de las Antillas significa un verdadero éxito para el viejo proyecto castrista de expansión en América Latina. Se trata de una integración asimétrica. El gobierno de Chávez no tiene ninguna influencia política real en Cuba, más allá de la importante ayuda económica que le ofrece. Una cosa es que le rindan homenaje y le tiendan la alfombra roja cada vez que pisa la isla. Otra, su conocimiento de la administración y el aparato estatal cubano. La relación entre ambos países es tan fluida como desigual.

Para la Revolución bolivariana, la fortaleza de los Castro es inexpugnable. Cuba recibe la ayuda venezolana casi como un tributo. La ascendencia chavista en las decisiones de su gobierno es nula. Los cubanos no comparten sus bases de datos, ni el acceso a información estratégica. No aceptan funcionarios venezolanos en su administración pública y tampoco permiten, bajo

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