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LA úLTIMA LEGIóN

Valerio Massimo Manfredi  

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Fragmento

PRÓLOGO

Estas son las memorias de Myrdin Emreis, druida del bosque sagrado de Gleva a quien los romanos llamaron Meridio Ambrosino, escritas a fin de que la posteridad no olvide los avatares de los que soy el último testigo.

He franqueado desde hace ya tiempo el umbral de la extrema vejez y no encuentro explicación para que mi vida siga prolongándose más allá de los límites que normalmente la naturaleza asigna a los seres humanos. Tal vez el ángel de la muerte se ha olvidado de mí, o quizá quiera dejarme este último lapso para que haga penitencia por mis pecados, que son muchos y graves. Sobre todo de presunción. Porque mucho he presumido de la inteligencia que Dios me diera y por vanidad he dejado que se difundieran entre la gente leyendas sobre mi clarividencia o incluso sobre unos poderes que solo pueden ser atribuidos al Creador Supremo y a la intercesión de los santos. Oh, sí, me he dedicado también a las artes prohibidas, las escritas por los antiguos sacerdotes paganos de esta tierra en la corteza de los árboles, sin considerar sin embargo que haya obrado mal. En efecto, nada puede haber de malo en escuchar las voces de nuestra antigua madre, de la naturaleza soberana, las voces del viento entre las copas, del murmullo de las fuentes en primavera y del susurrar de las hojas en otoño, cuando las colinas y las llanuras se recubren de un manto de colores rutilantes en las calmas puestas de sol que anticipan el invierno.

Nieva. Grandes copos blancos danzan en el aire y un manto blanco cubre las colinas que coronan este valle silencioso, esta torre solitaria. ¿Será así el país de la paz eterna? ¿Es esta la imagen que veremos para siempre con los ojos del alma? Si así fuera sería dulce la muerte, grato el tránsito a la última morada.

¡Cuánto tiempo ha pasado! Cuánto tiempo desde los días tumultuosos de sangre y de odio, de los enfrentamientos, de las convulsiones de un mundo agonizante que he visto hundirse y que creía inmortal y eterno. Y ahora, mientras estoy a punto de dar el último paso, siento el deber de transmitir la historia de ese mundo moribundo y de cómo la última flor de ese árbol seco era trasplantada por el destino a esta tierra remota para echar raíces en ella y dar origen a una nueva era.

No sé si el ángel de la muerte me dejará el tiempo para ello y tampoco si este viejo corazón mío aguantará al revivir sentimientos tan fuertes que casi lo rompieron cuando era mucho más joven. No dejaré que me venza el desaliento por lo ingente de la empresa. Siento que la ola de los recuerdos asciende como la marea entre las escolleras de Carvetia, siento que retornan visiones lejanas que creía desvanecidas, como un antiguo fresco desvaído por el tiempo.

Creía que tomar la pluma y ponerse a trazar signos sobre este ejemplar de piel intonso sería suficiente para recrear la historia, para hacer que discurriera como un río entre los prados, cuando la nieve se disuelve en primavera, pero estaba equivocado. Demasiada es la urgencia de los recuerdos, demasiado fuerte el nudo que me aprieta la garganta, y la mano cae impotente sobre la página en blanco. Tendré primero que evocar esas imágenes, volver a avivar esos colores, esa vida y esas voces debilitadas por los años y por la lejanía. Recrear también lo que personalmente no vi, como hace el dramaturgo que representa en sus tragedias escenas que no ha vivido nunca.

Nieva en las colinas de Carvetia. Todo está blanco y silencioso y la última luz del día se apaga lentamente.

PARS PRIMA

CIVITAS RAVENNA

1

Dertona, campamento de la Legión Nova Invicta, Anno Domini 476, ab Urbe condita 1229.

La luz comenzó a filtrarse por entre la nube que cubría el valle, y los cipreses se irguieron de pronto cual centinelas sobre la cresta de las colinas. Una sombra encorvada bajo un haz de ramas secas apareció en el lindero de una rastrojera y acto seguido se disipó como un sueño. El canto de un gallo resonó en aquel momento desde un caserío lejano anunciando un día gris y pálido, luego se apagó como si la niebla se lo hubiera tragado. Solo unas voces de hombres atravesaban la bruma.

—Hace frío.

—Y esta humedad cala hasta los huesos.

—Es la niebla. En toda mi vida no he visto nunca una niebla tan espesa.

—Ya. Y el rancho todavía sin llegar.

—Tal vez no ha quedado ya nada de comer.

—Y ni siquiera un poco de vino para entrar en calor.

—Y no recibimos la paga desde hace tres meses.

—Yo no puedo más, no aguanto ya esta situación. Emperadores que cambian casi cada año, los bárbaros en todos los puestos de mando y ahora la cosa más absurda de todas: ¡un mocoso en el trono de los césares, Rómulo Augusto! Un chiquillo de trece años que ni siquiera tiene fuerzas para sostener el cetro habrá de regir los destinos del mundo, al menos de Occidente. No, de veras, yo voy a acabar con esto, me voy. A la primera oportunidad dejo el ejército y me marcho a cualquier isla a pastar cabras y a cultivar un trozo de tierra. No sé tú, pero yo lo he decidido.

Un soplo de viento, una brisa suave, abrió un resquicio entre la neblina y dejó ver a un grupo de soldados reunidos en torno a un brasero. Rufio Vatreno, hispano de Sagunto, veterano de muchas batallas, comandante del cuerpo de guardia, se dirigió a su compañero, el único que no había dicho aún una palabra:

—¿Tú qué dices, Aurelio? ¿Piensas como yo?

Aurelio hurgó con la punta de la espada dentro del brasero, reavivó la llama que subió crepitando y liberando un torbellino de chispas en la neblina lechosa.

—Yo siempre he sido soldado, siempre he servido en la legión. ¿Qué otra cosa podría hacer?

Hubo un largo silencio: los hombres se miraron a la cara unos a otros, presa de un sentimiento de extravío y de inexpresable angustia.

—Déjalo estar —dijo Antonino, un suboficial entrado en años—, no va a dejar nunca el ejército, siempre ha formado parte de él. Pero si ni siquiera recuerda qué hacía antes de alistarse, simplemente no recuerda haber conocido otra cosa. ¿No es así, Aurelio?

El interpelado no respondió, pero la reverberación de las brasas ahora mortecinas reveló por un instante en su mirada una sombra de melancolía.

—Aurelio está pensando en lo que nos espera —comentó Vatreno—. La situación está de nuevo fuera de control. Por lo que yo sé, las tropas bárbaras de Odoacro se rebelaron y atacaron Pavía, donde estaba atrincherado Orestes, el padre del emperador. Ahora Orestes se ha replegado hacia Piacenza y cuenta con nosotros para hacer volver a los bárbaros a la razón y apuntalar el tambaleante trono de su pequeño Rómulo Augusto. Pero no sé si bastará. Es más, no lo creo, si queréis saber mi parecer. Ellos son el triple que nosotros y…

—¿Lo habéis oído también vosotros? —le interrumpió uno de los soldados que en aquel preciso momento estaba más cerca de la empalizada.

—Viene del campamento —respondió Vatreno volviendo la mirada para inspeccionar el campamento semidesierto, las tiendas cubiertas de escarcha—. El turno de guardia ha terminado: debe de ser el piquete de vigilancia de día.

—¡No! —dijo Aurelio—. Viene de afuera. Es un galope.

—Caballería —añadió Canidio, un legionario de Arelate.

—Bárbaros —apostilló Antonino—. Esto no me gusta nada.

En aquel momento los jinetes salieron de la niebla por el angosto camino blanco que desde las colinas llegaba al campamento, imponentes sobre sus robustos corceles sármatas cubiertos de chapas metálicas. Llevaban yelmos cónicos tachonados de hierro y erizados de cimeras, largas espadas pendían de sus costados y las largas cabelleras rubias o pelirrojas flotaban en el aire neblinoso. Llevaban capas negras y calzones de igual lana burda y oscura. La neblina y la distancia los hacían parecer demonios escapados de los infiernos.

Aurelio se asomó por la empalizada para observar el destacamento que se acercaba cada vez más.

—Son auxiliares hérulos y esciros del ejército imperial —dijo—, gente de Odoacro, maldición. Esto no me huele nada bien. ¿Qué hacen a estas horas sin que nadie nos haya avisado? Voy a informar al comandante.

Se precipitó escaleras abajo y atravesó a la carrera el campamento hacia el pretorio. El comandante Manilio Claudiano, un veterano de casi sesenta años que de joven había combatido con Aecio contra Atila, estaba ya en pie y cuando Aurelio entró en su tienda estaba atándose la vaina de la espada al cinto.

—General, se está aproximando una escuadra de auxiliares hérulos y esciros. Nadie nos ha avisado de su llegada y la cosa me preocupa.

—También a mí me preocupa —coincidió el oficial—. Manda formar a la guardia y abrir la puerta, oigamos qué quieren.

Aurelio corrió a la empalizada y pidió a Vatreno que apostara una unidad de arqueros, luego bajó al puesto de guardia y mandó formar a la fuerza disponible. Entretanto el mismo Vatreno hacía despertar a la tropa con una voz de alarma, hombre tras hombre, sin ruido y sin toques de trompa. El comandante salió completamente armado y cubierto con el yelmo, signo evidente de que se consideraba en zona de guerra. A su derecha e izquierda estaba formada la guardia en la que destacaba, sacándoles una cabeza y los hombros, Cornelio Batiato, un gigante etíope negro como un tizón que no le dejaba nunca ni a sol ni a sombra. Embrazaba un escudo ovalado hecho a su medida por el maestro armero para cubrir su descomunal cuerpo. De los hombros le colgaban a la izquierda la espada romana, y a la derecha una segur bárbara de doble filo.

El destacamento de los bárbaros a caballo estaba ya a unas pocas docenas de pasos y el hombre que los mandaba levantó el brazo para dar el alto. Tenía una espesa melena de cabellos rojizos anudados en largas trenzas que le caían a los lados de la cabeza, una capa orlada de piel de zorro le cubría los hombros y su yelmo estaba decorado con una corona de pequeñas calaveras de plata. Debía de ser un personaje de cierto relieve. Se dirigió al comandante Claudiano sin apearse de su caballo, en un latín tosco y gutural:

—El noble Odoacro, jefe del ejército imperial, te ordena que me transmitas los poderes. A partir de hoy asumo el mando de esta unidad. —Arrojó a sus pies un pergamino atado con un lazo de cuero y añadió—: Aquí tienes tu orden de licenciamiento y tu pase a la reserva.

Aurelio hizo ademán de inclinarse para recogerlo, pero el comandante le detuvo con un gesto perentorio. Claudiano era de una antigua familia aristocrática que podía enorgullecerse de descender directamente de un héroe de la época republicana y el gesto del bárbaro tenía para él el significado de un insulto gravísimo. Respondió, sin inmutarse:

—No sé quién eres y no me interesa saberlo. Yo solo recibo órdenes del noble Flavio Orestes, comandante supremo del ejército imperial.

El bárba

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